
sábado, 16 de febrero de 2013
EL PAPA Y LA RENUNCIA

miércoles, 1 de agosto de 2012
UNIVERSIDAD
Da la impresión de que a veces que se comina a la PUCP a elegir entre su confesionalidad (concebida unilateralmente en términos conservadores) y preservar su condición de Universidad plural y democrática, cuando se trata a toda luz de un falso dilema. No obstante, el decreto intenta confrontarnos con tal falso dilema, y pretende empujarnos a tomar una decisión. Debo decir que si me viera forzado a elegir entre las alternativas que plantea este falso dilema, tendría que decir que prefiero que la PUCP conserve su condición de Universidad libre, plural y rigurosa, aunque esto suponga perder la condición de "Pontificia" y quizá (eventualmente) cambiar su nombre. El texto de Bertone no recoge ninguno de los argumentos esgrimidos por la PUCP para sustentar su autonomía y estructura democrática. Se menciona con irritación en el documento el homenaje que
domingo, 24 de abril de 2011
EN TORNO A LAS FORMAS ‘RELIGIOSAS’ DE ECLIPSE DE DIOS

Gonzalo Gamio Gehri
El notable filósofo judío Martin Buber ha señalado que nuestra época está marcada por un ‘eclipse de Dios’, una experiencia de ausencia de trascendencia motivada por la presencia de diversas imágenes de autosuficiencia que invisibilizan la posibilidad de un genuino encuentro con lo divino. Recordemos que Buber considera que la relación con Dios tiene la forma de la comunicación yo-tú, anticipada y concretizada en el encuentro interhumano, la relación entre personas de carne y hueso. Imposible no pensar en el ágape cuando uno lee a este venerable maestro vienés. Las razones del eclipse, en contraste, proviene de la imposición de la relación yo-ello (o yo-esto), la relación con un objeto o con un (mero) concepto. La cosificación del ser humano – por ejemplo, en el capitalismo salvaje o en los totalitarismos políticos de diverso cuño – o el tratamiento de Dios o de la verdad como meros entes o representaciones, entrañan formas de eclipse espiritual.
Interesante, porque el eclipse no está identificado esquemáticamente con el “secularismo” o con el escepticismo religioso, como denuncian los teocon. No es un problema doctrinal que pueda resolverse en términos de ortodoxia versus heterodoxia, extirpando herejías. Es un asunto fundamentalmente actitudinal, que entraña “creencias” estríctamente en el sentido de disposiciones para actuar. De hecho Buber señala que una de las formas más letales y penosas de eclipse de Dios son las formas "religiosas" de integrismo y fanatismo, en las que el rostro de Dios pretende ser cubierto con la máscara de la voluntad de poder, cuando el liderazgo se convierte no en expresión de servicio, sino en un signo de poder y control sobre la conducta del prójimo, cuando una doctrina humana se convierte en idéntica a la Verdad. Esta forma de idolatría y de hipocresía sustituye el amor por el dominio sobre la voluntad del otro: traiciona en lo más profundo el espíritu de la religión. El cuidado del pobre, la viuda y del extranjero es sustituido por el control sobre las conciencias y sobre los cuerpos. Esta postura está en las antípodas de la actitud de un Dios que se encarna, nace en un pesebre y muere en la cruz por amor.
Son temas para pensar con calma. En la tradición religiosa judeo-cristiana, la verdad no puede ser arrancada sin más del horizonte de la relación interpersonal, el cuidado de la dignidad y la libertad de aquellos a quienes podemos y debemos decir Tú. Cuando ello sucede, sin duda algo anda mal.
sábado, 26 de marzo de 2011
LA CATOLICIDAD DE LAS UNIVERSIDADES CATÓLICAS (JORGE COSTADOAT S.J.)

Donde hay falta de libertad, se estudia, se piensa, se dialoga y se enseña con dificultad. Por esta razón, el respecto a la conciencia y a la indagación científica, sobre todo mediante una institucionalidad capaz de corregir los posibles abusos, es condición para encontrar esa verdad que solo es tal cuando, por lo mismo, libera las potencialidades de todos y urge un compromiso con todos, especialmente con aquellos que no tienen quién investigue por ellos.
Menciono, por esto, una tercera enfermedad. La peor de todas. En nuestro medio la alianza entre la academia y la empresa privada debiera abrirse a una comprensión de la verdad humanamente más amplia, más humanizadora, que aquella que solo sirve para alimentar el capitalismo. Cuando, por el contrario, esta alianza es sellada con la colaboración de un catolicismo pío y estrecho, la injusticia social se vuelve incontrarrestable. Entonces prevalecen los intereses particulares sobre la búsqueda del bien común, y la opción por los pobres que debiera distinguir a las “católicas” cede a favor de la formación de los privilegiados de siempre.
Una universidad es verdaderamente católica cuando en ella la fe cristiana favorece la libertad de pensamiento y el compromiso por incluir a los excluidos o a los estigmatizados por su credo o por su vida.
viernes, 2 de abril de 2010
CREER (Y ACTUAR)

BREVES APUNTES PERSONALES SOBRE RELIGIÓN
“Cuando el hombre reducido a soledad no puede ya decir “Tú” al conocido Dios “muerto”, lo que importa es que pueda dirigirse, todavía, al desconocido Dios vivo diciendo “Tú”, con toda su alma, a un hombre vivo conocido”.
MARTIN BUBER
Gonzalo Gamio Gehri
Tengo por costumbre cada Viernes Santo analizar el Sermón de las Siete Palabras, para observar brevemente el estado de la reflexión homelética de un sector de
Como he dicho hace poco, yo no considero que mis creencias religiosas católicas sean fruto de la “tradición”. A pesar de que crecí en un hogar católico, el hecho de recibir la fe de mis padres o haber participado por años en ritos religiosos no ofrece por sí mismo una razón para creer. Aristóteles tiene razón cuando dice que “en general, todos los seres humanos buscan no la forma en que vivían sus ancestros, sino el bien”. Tampoco me seduce la pompa del rito, sino su contenido fundamental y sencillo: que la comunidad se reúna, re-cordar
Lo que me conmueve del cristianismo – lo que siento en el alma – es particularmente el mensaje de amor y entrega sin límites: dar la vida por los amigos. Me conmueve más incluso que el lado sobrenatural del credo cristiano. Por supuesto, el lado sobrenatural está allí - en parte bajo la forma de contacto con el misterio -, uno puede percibirlo de alguna manera en la intimidad de
En el ágape el mensaje de no-violencia y de solidaridad se lleva a su radicalidad. No se trata de una cuestión de “pureza doctrinal”, no se trata de asumir una actitud dogmática, “monolítica”: esa era la obsesión de los fariseos - esa inquietud corrosiva por quien no tiene las "creencias correctas", no observa el šabbāt, no se ha lavado las manos, etc. -, no era esa la inquietud principal del nazareno: esa actitud puramente dogmática y punitiva es propia de corazones duros, y también de mentes particularmente estrechas y escasamente lúcidas. Precisamente lo que lleva a Jesús a una muerte de cruz es la acusación de “herejía”, de “heterodoxia”. En Mateo 25 – una reflexión sobre el Juicio – no encontramos un test de pureza doctrinal, sino una preocupación por el amor que uno ha dado, no por la “medida” del amor, sino por el amor sin medida. La ortodoxia es otro cantar. La prédica del ágape fue percibida con sospecha y temor por la jerarquía confesional de la época. La radicalidad del mensaje de Jesús lo llevó a enfrentarse a las autoridades religiosas de su tiempo – fariseos y maestros de la ley – y a comparecer ante el propio Pilato.
Se trata de comprometerse con el cuidado de los más débiles y pequeños. Hay quien disocia este compromiso con el de la preocupación por
El mundo en el que vivimos habla a menudo de la “muerte de Dios” en diversos sentidos. Se ha discutido de si se trata de la muerte de toda certeza – allí apunta la tesis de Nietszche -; cuando se examina esa imagen desde un punto de vista estrictamente religioso, se especula si se está evocando la emergencia del “ateísmo”, o si la muerte hiere fatalmente a una mera abstracción, al “dios de los filósofos”, la idea de divinidad universal de las concepciones deístas, dejando un lugar para el retorno del Dios de la religión (Welte). Se habla incluso hoy de una era post-secular (Caputo). El filósofo judío Martin Buber ha marcado otro posible camino de interpretación. Otra posibilidad es interpretar la “muerte de Dios” en una clave ético-espiritual, en términos de la ausencia de ágape. Si, como dice Buber, podemos encontrar al desconocido Dios vivo en el “Tú” del hombre vivo conocido, es la indolencia frente a la injusticia y al sufrimiento ajeno, el desinterés por el destino del ser humano concreto (al que nos referimos instrumentalmente como eso, en lugar de llamarlo tú, como corresponde en una genuina relación personal) lo que contribuye a opacar o a enrarecer aquello que puede ser descrito como la presencia de Dios en nosotros.
(1) Lo digo con la mayor claridad, dado que proliferan los vulgares y farisaicos cazadores de brujas - cuyo nombre es "legión", pues son muchos - que persiguen fantasmas donde no los hay, con la absurda acusación de "inmanentismo" a flor de piel. No tengo nada de "inmanentista".
miércoles, 23 de diciembre de 2009
DIOS-CON-NOSOTROS

Gonzalo Gamio Gehri
Para un cristiano, la Navidad es un acontecimiento fundamental. Evoca la concreción de la encarnación, el ingreso de Dios en el espacio y el tiempo de las relaciones humanas. Es la Fiesta del Emmanuel, Dios-con-nosotros.
Esta irrupción en el saeculum (aión) convierte al cristianismo en una religión muy peculiar. No plantea la huida de lo temporal hacia los fueros de la eternidad, sino todo lo contrario, el esfuerzo por construir - al menos en un sentido importante - en el mundo el Reino de Dios, lugar del cultivo del ágape (“y sepan que el Reino de Dios está en medio de ustedes”). No se reduce la trascendencia en la inmanencia, la vida humana se nutre de lo divino. Se espiritualiza la temporalidad finita de lo humano. Es por eso que el cristianismo es la religión de lo secular, en sentido estricto (Hegel, Chesterton, Taylor, Vattimo, Caputo). Es por eso que las versiones reductivas y caricaturescas de la “secularización” – provenientes de un tradicionalismo craso - han merecido una crítica categórica. Ni los involuntarios caricaturistas ni sus promotores ideológicos tienen una idea decente de la kenosis.
Este énfasis en la temporalidad y en el entramado de la vida humana tiene evidentes repercusiones en la práctica. Estamos hablando de un Dios que pide misericordia, no sacrificios. El magisterio de Jesús fustiga a los fariseos por su ritualismo formal, y por su hipocresía. Mientras Jesús y sus discípulos están preocupados por el cuidado del amor, los fariseos están obsesionados con la ortodoxia, con la corrección doctrinal (¿Se han lavado las manos? ¿Observa el šabbāt?). El Nazareno incluso alaba la fe de los que la comunidad creyente excluye (p.e. el centurión romano). El Evangelio señala con claridad de que no seremos juzgados por la “pureza doctrinal” de nuestra mente, sino por el amor que entreguemos: visitar al enfermo, al preso, alimentar al hambriento (Mateo 25). Según el texto bíblico, el Juicio no consistirá en un examen de los compromisos metafísicos o teológicos que hemos asumido´, sino el grado de nuestra entrega incondicionada al otro. Amar hasta el extremo – en términos de la incondicionalidad y la gratuidad del ágape (1 Corintios 13), esa es la verdad del cristianismo. Por eso el notable filósofo postmoderno Jack Caputo señala que lo contrario del hombre religioso no es el “no-creyente”, sino el hombre incapaz de amar y entregarse genuina y enteramente a los demás. Ese es el verdadero a-teo, porque no deja que Dios no habite en él.
Quien escribe estas líneas suscribe cada una de las tesis del Credo. No estoy ensayando ninguna lectura “heterodoxa” de mi propia fe. Transmito mis opiniones en tanto quiero entender aquello que creo. A eso se deben estas ideas breves y esquemáticas por Navidad, desarrolladas a modo de bosquejo, dadas las limitaciones de espacio y de estilo que son propias del formato blog. Si una creencia es una ‘disposición para actuar’, entonces el verdadero creyente es aquel que es capaz de encarnar el mensaje del Evangelio. Hoy en día, sin duda, enfrentamos dos notables obstáculos, vinculados al carácter postmoderno y marcantilista de nuestra cultura, así como a las "reacciones" que se orquestan en su contra. En primer lugar, si el amor es entrega y gratuidad, entonces el cristianismo es profundamente contracultural. Vivimos en un mundo que proclama el contrato como la transacción humana por excelencia. Se trata de un acuerdo basado en la convergencia de intereses privados y en el beneficio mutuo. El contrato constituye la lógica última de la vida de los negocios, la actividad nuclear de tantas vidas en la actualidad. Hoy se exalta la productividad, la eficiencia (e uincluso la pleonexía) como nunca antes. Incluso una de las corrientes dominantes dentro de las ciencias sociales describe la racionalidad – así, a secas – como el cálculo eficaz entre costos y beneficios. El cuidado del bien del otro sin esperar retribución aparece como irracional. No sorprende que así se piense desde los esquemas prácticos del capitalismo tardío.
El segundo obstáculo es interno. Proviene del fariseismo de quienes dicen creer, de quienes consideran que los problemas del mundo, y de la propia comunidad, se resuelven “doctrinalmente”, a través de la prédica, la teología metafísica y no de la praxis. Alguna vez un filósofo extranjero me dijo que bueno sería que estos integristas cultivasen el fanatismo del amor, y no el de la “verdad” considerada en una clave puramente epistémica. A veces creo que su fetiche real es el poder, la capacidad de ejercer control sobre las conductas y conciencias ajenas. Se trata de una enorme dificultad para la vida encarnada porque es una tendencia vital que se disfraza con ropajes religiosos, y que conspira contra la libertad misma. Sus cultores viven obsesionados con refutar y condenar perspectivas rivales (muchas veces fantasmales "muñecos de paja" hechos a la medida de las caricaturescas batallitas de manual), por ejemplo, el “relativismo individual”, el "modernismo" y el “inmanentismo sociológico” (concepciones que acusarían, según algunos conservadores filo-lefebvrianos, una presunta "infiltración modernista" - o liberal - en la Iglesia postconciliar). Consideran que el “enemigo” fundamental de la tradición cristiana habita en los focos de “heterodoxia” dentro de la propia comunidad. Por eso, su mentalidad – como la de los fariseos – es básicamente punitiva. Esa héxis se ubica lejos de la ética del ágape, y en cierta medida nos impide ser reales vehículos de encarnación. Se trata de una dificultad “interna”, porque este afán de seguridades reactivo ante las diferencias existe en nuestras propias comunidades religiosas, y a la vez (con ciertas variantes, cambios de signo político y matices propios, pues este fariseismo "se dice de muchas maneras" y no es exclusiva de una única posición) habita en cada uno de nosotros, por eso digo que se trata más de una 'tendencia' que de un punto de vista intelectual propiamente dicho.
Feliz Navidad para todos.
viernes, 20 de marzo de 2009
DEJANDO HUELLA

El día de ayer – con mucha alegría – he recibido un ejemplar de Dejando Huella, la revista de los alumnos del Instituto de Estudios Superiores Juan Landázuri Ricketts, centro de formación filosófica y teológica de la orden franciscana en el que tuve el privilegio de enseñar entre el año 2000 y 2008, interrumpido por los años en los que realicé mis estudios doctorales en España. Siempre he asumido con entusiasmo la tarea de colaborar con la formación de los laicos y de los futuros sacerdotes y hermanos – años antes había colaborado con otras instituciones que siguen la estructura de seminario como la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima y el ISET Juan XXIII -, porque considero que el fortalecimiento de una Iglesia profética y comprometida con la justicia pasa por la solidez y amplitud de la formación académica, con lo poco que uno puede aportar, y lo mucho que puede uno aprender de sus estudiantes y colegas.
El Instituto Landázuri brilló con luz propia. Contaba con un perfil propio y una propuesta académica muy interesante. Puedo dar fe de que, a pesar de ser una institución pequeña – concentrada en la formación de las cuatro casas OFM en Lima – se distinguió por la búsqueda incansable de la excelencia académica, el compromiso eclesial y social, el pluralismo y la libertad de pensamiento. Ofrecía cuatro años de estudios filosóficos y cuatro de estudios teológicos, lo que la convertía en una institución teológica única en su género. Los estudiantes leían a Duns Scoto, a Todorov, a Rahner, a Gutiérrez y a Nietzsche, con pasión intelectual y sentido crítico. Los profesores siempre contamos con libertad para diseñar nuestros programas. El clima siempre fue de diálogo, confianza y respeto por el docente, sin el menor asomo de presiones ideológicas ni gestos autoritarios de ninguna clase. La institución era un verdadero espacio de reflexión y cultivo de la amistad intelectual. La filosofía floreció allí no como una ancilla - sierva -, sino como una compañera de diálogo de la teología y de las humanidades. Jamás se recurrió a manuales para monitorear las asignaturas filosóficas; se leía directamente a los autores clásicos y contemporáneos. Mis alumnos leyeron a Platón, Aristóteles y a Hegel, pero también a Zizek, Vattimo y Walzer. Muchos estudiantes entraron al propedéutico con una formación precaria en las materias básicas, y salieron – merced a la atención académica y el cariño que les prodigaba la Orden y la propia institución - leyendo a Scoto en latín, y discutiendo la obra de Rorty, Buber y Buenaventura, destacando sus fortalezas y zonas cuestionables. Los alumnos desarrollaban las herramientas conceptuales para pensar por sí mismos y debatir con todos estos autores; no leían la tradición intelectual en clave dogmática ni ecléctica, sino en una perspectiva crítica, genuinamente filosófica. El plan de estudios ponía un énfasis particular en la filosofía y teología franciscanas, y se discutía el pensamiento clásico y contemporáneo.
Me siento orgulloso de haber colaborado con la noble misión del Instituto Landázuri. En el año 2008 mis nuevas responsabilidades universitarias en la UARM y en la PUCP me impidieron continuar dictando ética y filosofía política allí. Leyendo los artículos de Dejando Huella, constato y saludo el grado de madurez y de honestidad intelectual que han logrado mis queridos alumnos franciscanos. Sin duda, serán importantes teólogos y ejemplares sacerdotes, en un mundo y una Iglesia que necesita de ambos. Piensan con libertad y con agudeza: leerlos produce en mí la satisfacción del trabajo logrado. Lo mismo piensan mis colegas, Raschid Rabí, Consuelo de Prado, Glafira Giménez, Alessandro Caviglia, Gregorio Pérez de Guereñu, entre otros profesores.
Me entero, con cierta sorpresa, por uno de los artículos - ¿Crónica de una muerte anunciada?, de Iván Rondón Ríos – que el Instituto dejará de funcionar por un tiempo indefinido. Las razones no son expuestas en el ensayo, aunque se siente la contrariedad de su autor: “
El IES Juan Landázuri Ricketts significa mucho más que un simple centro de estudios.Su crónica no debería ser la de una muerte
anunciada; al contrario, debería ser la del inicio de una gran obra que aporta
no sólo al pensamiento filosófico-teológico franciscano, sino también a la
realización del Reino en el pueblo de Dios” (p. 4).
miércoles, 10 de septiembre de 2008
PERSPECTIVAS EN TORNO A LA FE Y LA JUSTICIA, HOY: REFLEXIONES SOBRE UN LIBRO PUBLICADO POR JÓVENES JESUITAS *

Es para mí un honor y un placer participar en la presentación de este libro – A más universal más divino. Misión e inclusión en la Iglesia de hoy[1] -, fruto del trabajo de cinco jesuitas, cinco académicos peruanos que pertenecen a mi generación. Se trata una generación que ha vivido una aguda crisis de paradigmas en lo ético y lo político – la caída del muro de Berlín y el desplome del Bloque del Este en el hemisferio norte, pero también el conflicto armado interno en el Perú – que no han dejado intactas nuestras concepciones del cristianismo y la justicia. Dicha crisis nos ha sumido muchas veces en la incertidumbre, pero también ha despertado en nosotros la necesidad de buscar nuevos modos de plantear y resolver los problemas que los viejos esquemas dejaron pendientes. El individualismo, el fundamentalismo y la razón instrumental nos han llevado a reformular, pero también a recuperar como horizonte crítico, la comprensión cristiana de la justicia y del amor. Ese esfuerzo de recuperación y de explicitación acompaña cada uno de los ensayos que componen el texto.
Si una cosa tengo clara respecto del mensaje de Jesús es que se trata de un mensaje de encarnación. El cristianismo presenta la irrupción de Dios al horizonte del tiempo y la vida de los seres humanos, con quienes entabla una relación de amistad y compromiso. Esta perspectiva se hace patente en la forma de vida del propio Jesús de Nazaret, que predica el amor incondicional y el perdón entre los seres humanos – incluso en referencia al enemigo –, una prédica que se cimenta en el anuncio del Reino de Dios. Este mensaje de amor lo lleva a enfrenta al poder sacerdotal de su época, que impone un formalismo ritual sin justicia ni compasión. La exigencia veterotestamentaria “¡misericordia quiero, y no sacrificios!” marca la pauta de las enseñanzas de Jesús. El compromiso con Dios se revela en el compromiso con el ser humano. Esta opción raduical por el cuidado del otro – particularmente el excluido y el insignificante – lo lleva a afrontar una muerte de cruz, una muerte que implica no solamente un profundo dolor, sino la exposición a la humillación pública y la marginación de parte de la propia comunidad. Jesús se hace pequeño para dar la vida por los pequeños. Se trata de un enfoque que muchos cristianos hemos olvidado, en nombre del ritualismo y la obsesión por la “pureza formal” que el propio Jesús fustigó en la persona de los fariseos. Este libro nos recuerda la centralidad de la encarnación en la vida del cristiano.
A juicio del autor, Jesús asumió una opción preferencial por los impuros, aquellos que el sistema religioso marginaba y consideraba agentes de contaminación. Esta tesis tiene un impacto teológico y pastoral muy importante, dado que la Iglesia Latinoamericana ha considerado necesario proponer la opción por el pobre como un eje central en su trabajo en materia de evangelización y promoción de la justicia. Esta fuente de inspiración ha sido discutida y planteada en las reuniones de Medellín, Puebla y Aparecida, y muchos la identifican como uno de los grandes aportes de la Iglesia del subcontinente a la Iglesia Universal. Se trata además de uno de los principales motivos de la teología de la liberación. Fernández sostiene que su análisis contribuye a ampliar el horizonte del compromiso con el otro, sin desmerecer el espíritu de la opción por el pobre. “La impureza supone lo que la pobreza designa, pero va mucho más allá. Muerde una dimensión de la realidad mucho más incómoda y resistente. Muerde un filtro de la sociedad mucho menos evidente y mucho más impermeable a la transformación”[3].
No estoy seguro de que Gustavo Gutiérrez haya empleado el concepto de pobreza en un sentido reductivo, básicamente social y económico. En muchos de sus escritos, Gutiérrez se refiere al pobre como el “excluido” y el “insignificante”: describe la pobreza en términos de la exposición a una muerte injusta y prematura. De todos modos, es justo decir que la precisión de Fernández resulta sumamente útil en un doble nivel: por un lado, nos remite – a partir del estudio del texto bíblico – al impuro como aquel que es excluido incluso por aquellos que el propio sistema ha excluido originalmente, y que constituye para éstos una amenaza permanente de contaminación. Por otro lado, abre la reflexión teológica – y la praxis cristiana – a un amplio conjunto de excluidos que se han tornado ‘invisibles’ para una sociedad moderna que no sólo glorifica la opulencia, sino también el poder, la salud y la juventud. Se trata de los “impuros” de la modernidad tardía: los desplazados, los inmigrantes, las minorías sexuales, los presos, los enfermos terminales, los discapacitados. La reflexión del autor pone de manifiesto la presencia incómoda de aquellos que exigen nuestro cuidado y compromiso incondicionales, pero que el conservadurismo religioso – centrado, hoy como ayer, en el formalismo ritual – juzga como seres impuros, individuos o grupos que no forman parte del plan de Dios, o meros destinatarios del asistencialismo.
Las tesis de Fernández convergen bastante bien con el ideario de la teología de la liberación, y desarrollan su legado de una manera crítica y original. Seguir a Jesús hoy implica cuestionar severamente la “religión de lo sagrado” – que sustenta la estigmatización y la exclusión de los “impuros” – para asumir la práctica del ágape como camino de vida. “La caridad y la ‘higiene’ son antónimos. La higiene es la pretensión de neutralidad frente al impuro”[4]. Esta falsa espiritualidad excluye a Dios y cuestiona la bondad sustancial de la Creación. Pone a los hombres que manipulan lo sagrado como artífices “legítimos” de la marginación de seres humanos por motivos que el amor desconoce y denuncia. El cristiano reconoce como pecado esta forma de manipulación que conspira contra el espíritu mismo de la religión.
El ensayo de Miguel Cruzado - La irrenunciable búsqueda de justicia. Criterios para el discernimiento a partir de dos textos eclesiales recientes - explora los vínculos entre justicia y bien común a partir de la lectura crítica de la declaración de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales, El bien común y la doctrina social de la Iglesia (1996), y del documento conjunto de la Conferencia Episcopal Alemana y el Consejo Evangélico Alemán, Para un futuro en solidaridad y justicia (1998). Se trata de textos que examinan en detalle el impacto provocado por la conversión de la economía de mercado y el individualismo en formas de “pensamiento único” en las sociedades noratlánticas, un movimiento que amenaza con erosionar la prédica cristiana de la solidaridad y la justicia social, o convertirla en una creencia marginal en la constelación de perspectivass y credos que constituyen la era contemporánea. Este trabajo de interpretación resulta aleccionador en el contexto nacional, en tanto las políticas neoliberales se aplican aquí sin una resistencia ciudadana e intelectual articulada.
Ambos textos destacan la importancia de la reflexión sobre el bien común y la justicia como fundamento para la necesaria revisión crítica del neoliberalismo, que predica la omnipotencia de las leyes del mercado en la resolución de los problemas sociales y políticos. Después de los sucesos de 1989, esta perspectiva se ha consolidado como la doctrina dominante en lo socioeconómico y en lo político, de modo que toda teoría rival que invoca al interés común como fin de las políticas sociales – o promueve políticas que redistribuyan al ingreso – es sindicada como “colectivista” y “premoderna”. La descalificación se convierte falazmente en una forma de refutación.
En América Latina, este modo de plantear las cosas se ha convertido en moneda corriente, y cuenta – en los medios de comunicación y en los círculos políticos – con sus profetas y apóstoles criollos. El neoliberalismo (que en la región no dudó en establecer alianzas con dictaduras despiadadas) suele considerar la defensa cristiana de la justicia y la comunidad como un alegato teológico de tipo “izquierdista”, opinión que es reforzada por sectores más conservadores de la propia Iglesia, que suelen identificar la promoción del compromiso social como secular o “inmanentista”. Ese sentido común conservador está calando hondo en un buen número de creyentes. “Nada más fuera de la Revolución cristiana y la realidad histórica de la Iglesia”, señala agudamente Cruzado.
La preocupación por la justicia y por el bien común constituye una exigencia moral para la Iglesia. De acuerdo con los documentos comentados por el autor, la Iglesia debe pronunciarse sobre las situaciones de injusticia o abuso sin guarecerse en generalizaciones que se traduzcan en “maneras de evitar la controversia”[5]. Los obispos ingleses y galeses sostienen que “en tanto que obispos, tenemos la responsabilidad particular de discernir y de interpretar los signos de los tiempos, aun a riesgo de equivocarnos”[6]. Resulta ejemplar la disposición de estas autoridades eclesiásticas a dialogar en un plano de simetría con los ciudadanos en torno a un tema tan importante como la vigencia de la búsqueda del bien común en los tiempos de la hegemonía de la doctrina del mercado. Que el punto de partida del documento sea el análisis de la sociedad moderna – y no una perspectiva estrictamente normativa – constituye una toma de posición interesante – y sumamente inspiradora – en el contexto del trabajo pastoral en materia social.
Cruzado argumenta que – en el marco de la ética cristiana – “la situación de injusticia, el dolor de los otros, constituye el motor primero de la búsqueda de justicia”[7]. No se trata de asumir la perspectiva de un elector racional que elige principios de justicia haciendo abstracción de sus concepciones de la vida buena y de su posición en el mundo – para usar las expresiones de Rawls – sino de ponerse en el lugar de los que sufren. La justicia no es sólo un procedimiento que distribuye ‘bienes primarios’: es también una virtud que supone la defensa de quienes padecen exclusión y violencia a causa del daño generado por la voluntad de las personas, pero también de quienes sufren a causa del carácter impersonal de nuestros sistemas sociales y económicos.
El cristianismo plantea incluso ir más allá de la justicia, exige la práctica de la misericordia y del reconocimiento respecto de aquellos individuos o grupos que se han visto privados del trato debido a la persona humana. El Evangelio exige una atención al individuo en su particularidad, tomando en cuenta sus necesidades y derechos, así como su aspiración a desarrollar vínculos sociales que le permitan llevar una vida de calidad. Esta exigencia proviene de la responsabilidad que Dios asigna al ser humano en materia del cuidado de su Creación. El ser humano se convierte así en agente de redención y de transformación social. Se trata de que asumamos la tarea de modificar las “estructuras de pecado” que provocan discriminación o muerte prematura para otros seres humanos. Ello sólo es posible si volvemos a mirar el mundo social como un ente creado por un Dios amoroso – un mundo llamado a ser regulado por la justicia y la solidaridad – y dejamos de observarlo como un complejo mecanismo abstracto que administra intereses privados en conflicto.
Ello me devuelve al tema de la encarnación. Si existe un espíritu común que anima a los autores de este libro – compañeros de una comunidad viva, al fin y al cabo – es el que vindica el esfuerzo por el Reino. Sin el cuidado concreto de la dignidad del otro, tal Reino constituye una ficción; un deseo sublime, pero distante. El compromiso con el otro hace posible que el Reino de Dios no esté allá ni acá, sino – como señala el Evangelio - en medio de nosotros.
[1] Cruzado, Miguel, Juan Dejo, José Luis Gordillo, Rafael Fernández Hart y José Piedra A más universal más divino. Misión e Inclusión en la Iglesia de hoy Lima, UARM 2008 (en adelante MUMD).
[2] MUMD p. 27.
[3] MUMD p. 35.
[4] MUMD p. 47.
[5] MUMD p. 154.
[6] Ibid.
[7] MUMD p. 161.
miércoles, 19 de marzo de 2008
CRISTIANISMO ES ENCARNACIÓN

(A PROPÓSITO DE LA SEMANA SANTA)
Gonzalo Gamio Gehri
(Tesalonicenses 5, 21)
Quisiera decir un par de palabras sobre el cristianismo, aprovechando estos días que los cristianos plantean como un tiempo de reflexión. Lo que siguen son mis impresiones personales sobre una compleja cuestión religiosa. No soy teólogo - ni pretendo serlo - y sólo deso someter estas impresiones al trabajo de una reflexión más detenida, sin mayor autoridad que la del ciudadano que emite una opinión sobre un tema importante. Algunos sabrán que soy católico – un católico autocrítico, según la sabia recomendación del creyente Chesterton: quitarse el sombrero en el templo, pero nunca la cabeza -, que se plantea como un reto personal la interacción libre y dialógica entre el contenido de su fe - que invita a "examinarlo todo" - y su irrenunciable vocación por la filosofía (no necesariamente la conciliación que proponen a su manera Tomás de Aquino y las encíclicas, sino la articulación que pueda lograrse desde una búsqueda personal de sentido que quiere nutrirse por igual del Evangelio y del pensamiento autónomo.)
Si una cosa tengo clara respecto del mensaje de Jesús es que se trata de un mensaje de encarnación. El cristianismo narra el ingreso de Dios al horizonte del tiempo y la vida de los seres humanos, con quienes entabla amistad. El ejemplo del propio Jesús, que predica el amor incondicional y el perdón – incluso al enemigo – bajo la figura del anuncio del Reino de Dios, lo lleva a enfrenta al poder sacerdotal de su época, que impone un formalismo ritual sin justicia ni compasión. La exigencia veterotestamentaria “¡misericordia quiero, y no sacrificios!” marca la pauta de las enseñanzas de Jesús. El compromiso con Dios se revela en el compromiso con el ser humano.
Este conflicto llevó a Jesús a padecer muerte de cruz, una muerte que suponía terribles dolores y la exposición a la humillación pública fuera de las fronteras de la comunidad. Recibió la muerte de un hereje. Es que, mientras los fariseos insistían en examinar la “pureza doctrinal” de los judíos (obediencia a la autoridad, observancia del šabbāt, etc.), Jesús manifestaba un escaso interés en la ‘ortodoxia’. Recuérdese el episodio del soldado romano, quien le pide que atienda a uno de los suyos, añadiendo luego: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarlo”. Esta manifestación total de confianza deja admirado a Jesús, quien comenta que en el pueblo de Israel no había encontrado una fe tan grande. Declaración interesante, porque no alude a la “doctrina religiosa” del soldado, sino a su disposición a la acción del amor. El centurión romano era un pagano, un creyente en múltiples dioses representados en ídolos y que rendía culto a sus ancestros caracterizados en pequeñas efigies. Sin embargo, Jesús deja atrás esas consideraciones relativamente superfluas y observa directamente el corazón del individuo, su capacidad de compromiso con el otro (particularmente el que sufre, padece injusticia, etc.). Este modo de pensar está cabalmente expresado en la parábola del Juicio – Mateo 25 -: quienes se convierten en auténticos merecedores del Reino son aquellos que dieron de comer al hambriento, fueron a visitar al enfermo o al preso. La ‘ortodoxia’, la “pureza doctrinal” no son motivo de salvación.
La encarnación es un elemento medular del cristianismo que muchos cristianos tienden a olvidar. No alude solamente a la kénosis divina, sino también a la disposición de los seres humanos a ingresar en los asuntos del tiempo para comprometerse con la causa del amor, la paz y la justicia. Lamentablemente, no siempre entendemos el ethos cristiano de esta forma. Hay quienes están más preocupados por abandonar este mundo que orientarse en él conforme a las exigencias del Reino - pese a que el propio Evangelio señala: “Y sepan que el Reino de Dios está en medio de ustedes” (Lucas 17, 21) -. Aquí y no sólo allá. Vivimos es un tiempo en el que no provoca ya sorpresa que una autoridad religiosa se exprese de manera ofensiva sobre los Derechos Humanos y las instituciones que los defienden, o que algunos teólogos tradicionalistas consideren a priori que la tesis de la opción preferencial por los pobres es mera “sociología". Algunos cristianos reconocen la presencia de Jesús en el sagrario, pero no son capaces de descubrirlo en el rostro de las víctimas inocentes de la violencia y la injusticia (p.e., el encono de un sector minoritario de la Iglesia frente al Informe de la CVR). Estas situaciones nos llevan a pensar que - hoy más que nunca - cabe recordar el lugar central que posee el principio de encarnación en el espíritu del cristianismo. No olvidemos la llamada la atención paulina, planteada precisamente desde esta preocupación por lo kenótico: “amigos galileos ¿Qué hacen ahí mirando al cielo?” (Hechos 1, 11).
viernes, 8 de febrero de 2008
NOTA SOBRE "VIGENCIA DEL AMOR" DE MANUEL CABADA

Cabada, Manuel Vigencia del Amor Madrid, San Pablo 1994.
Gonzalo Gamio Gehri
Este es un texto de teología, con un cierto impacto multidisciplinario. El libro ofrece una reflexión fenomenológica sobre el amor, poniendo énfasis en las contribuciones de la filosofía, la psicología, la antropología y la teología. Incluso pretende desarrollar una especie de fenomenología de la experiencia del amor en sus diferentes facetas: la relación madre-hijo, el amor sexual, la relación entre Dios y sus criaturas, etc.
El amor aparece como estructura fundante de lo humano en tanto es condición de apertura del agente encarnado hacia la alteridad (el otro como próximo, Dios, o incluso la naturaleza misma). Esta perspectiva se enfrenta a aquella que sostiene que es la indagación por el “yo” – en tanto cogito – el principio de la filosofía. El libro busca destacar las dimensiones afectivas, somáticas y culturales que tienen lugar en cualquier forma de comprensión humana y de contacto humano.
El autor desarrolla la tesis – defendida inicialmente por Rof Carballo – de que el sentido humano de individuación está condicionado por la relación hijo-madre que tiene lugar en la primera infancia. Dicha relación es concebida como un “segundo nacimiento”, que dejará su sello en toda interacción posterior. Aunque en la infancia necesitamos de manera fundamental el amor de la madre, el amor constituye una necesidad humana vital a lo largo de toda la vida. Toda forma de autoestima y desarrollo personal supone la acción formativa y curativa del amor.
El libro pasa revista a distintas posiciones sobre el amor en la tradición filosófica. Merece una mención especial el debate que Feuerbach entabla con Kant. Como es sabido, Kant entiende el amor como un sentimiento natural, que no tendría que ser admitido como un criterio objetivo para la configuración de una ética autónoma, basada en imperativos incondicionales. Feuerbach señala, por el contrario, que el amor a la humanidad - en la persona del otro concreto – está a la base de la experiencia misma del deber. La moral se basa en el respeto hacia el otro, no hacia la ley (aunque esta sea universal). La remisión exclusiva al deber puede atarnos aún al yugo de la subjetividad, y sin alteridad real la ética no es posible.
El amor es también una fuente de genuino conocimiento, tanto de uno mismo como del otro en tanto otro. El amor es el impulso vital por excelencia: en esta perspectiva, la conducta agresiva aparece como no “natural”, si no como conducta aprendida, ocasionada por la carencia de amor. Para Cabada, aun la causa de la guerra es el amor, no el odio: el amor a la comunidad, y la necesidad de preservarla contra cualquier amenaza externa.
La experiencia ordinaria de amar y establecer un contacto humano se convierte en detonante para que el agente finito pueda abrirse a la experiencia de lo infinito. Sin experiencia alguna en la relación dialógica auténtica entre yo y tú, no es posible vislumbrar el contacto con la trascendencia y con Dios mismo: estaríamos sumidos en el “eclipse de Dios”, para utilizar una expresión de M. Buber. El otro aparece siempre ante mí como una indicación de la trascendencia; en palabras de Levinas, el rostro del otro anuncia el rostro de Dios. La relación con la madre, con la familia, con el prójimo mismo, barrunta el encuentro con Dios. Generalmente esta “analogía humana” ha sido considerada una falsa proyección, una operación engañosa, de connotaciones edípicas. Para nuestro autor, estas determinaciones constituyen más bien, el único camino posible hacia Dios mismo.





