miércoles, 20 de mayo de 2015

DOS ENTREVISTAS SOBRE JUSTICIA, ETICA Y RELIGIONES


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Gonzalo Gamio Gehri

A.- En la página Religión Digital aparece una entrevista al Padre Gastón Garatea, que examina la situación de la Iglesia peruana, la influencia del Concilio Vaticano II, entre otros temas. Muy interesante, en realidad, aquí pueden encontrar el texto y el video. Garatea, fiel a su estilo, habla claro sobre el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y la Mesa de Concertación de Lucha contra la pobreza. Señala que colaboró en esas instituciones fundamentalmente como ciudadano y persona, a partir de las exigencias éticas que ellas planteaban, y no en virtud de alguna consideración eclesiástica. Se refiere también a su situación personal frente a una medida tomada por la autoridad local respecto del ejercicio de sus tareas pastorales, y sobre la lucha que lleva a cabo la PUCP por defender su autonomía como institución académica plural. Reflexiona asimismo sobre el trabajo de renovación que lleva a cabo el papa Francisco dentro de la Iglesia.

Estas reflexiones tienen lugar en el marco de un proceso de franca apertura a la teología de la liberación y al pensamiento más plural dentro de la Iglesia, una actitud que lleva el sello del Pontificado de Francisco. Gustavo Gutiérrez ha tenido una presencia interesante en eventos institucionales en Roma. No todos reciben esta disposición con alegría y esperanza. Un portal electrónico conservador ha intentado difundir la idea – carente del sustento probatorio más elemental – de que la teología de la liberación habría sido creada por la KGB. La falta de seriedad de la nota es clamorosa. Alessandro Caviglia cuestiona y ridiculiza dicha nota con toda razón. Caviglia plantea que estos objetores de Medellìn se pronuncien sobre Vaticano II - la principal fuente de inspiración de dicha Conferencia latinoamericana - y sobre el papado actual. Es un excelente argumento critico.  La discusión debería tener un mayor nivel, no caer en una absurda campaña destructiva, como es el caso de la nota de este portal católico tradicionalista. No se debe descender al nivel de sensacionalismo irresponsable que se cuestiona en los medios de prensa masivos.

B.- Hace un tiempo que se ha suscitado una polémica interesante sobre si el Islam es una religión que promueve doctrinalmente la violencia. Reza Aslan, académico iraní – estadounidense ofrece argumentos para responder negativamente esta cuestión. Se trata de un científico social que estudia las religiones, es un musulmán liberal que ha escrito varios libros sobre estos temas. . Señala que es preciso distinguir entre el Islam y el integrismo islámico, que existen países musulmanes en los que se respetan los derechos humanos y se combaten las desigualdades basadas en el género. Recomiendo esta entrevista a la cadena norteamericana CNN en la que esclarece una serie desupuestos debatibles sobre cómo entender el Islam, la paz y la violencia.

Se trata de documentos que inspiran una conversación rigurosa sobre temas de una peculiar significación social y humana. Recomiendo su lectura y discusión.


martes, 12 de mayo de 2015

UNA NOTA SOBRE “ANTROPOLOGÍA EXISTENCIAL” (2015)






Gonzalo Gamio Gehri

Hace unos días se presentó el libro de Vicente Santuc, Antropología existencial, una publicación póstuma realizada por el Fondo editorial de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Presentaron el texto Bernardo Haour, Rafael Fernández Hart, Soledad Escalante y Diego Edowes.

Vicente fue hasta su fallecimiento Rector de la Ruiz de Montoya, su fundador y mentor. La UARM nació bajo su inspiración. Vicente ingresó muy joven a la Compañía de Jesús, después de intervenir como soldado en la terrible guerra de Argelia. Había leído con entusiasmo a Sastre y los existencialistas, y en sus años de estudios filosóficos se interesó mucho en los clásicos, en Kant y Hegel, y en Marx. Las últimas cuatro décadas de su vida las pasó prácticamente en el Perú, con viajes cortos a Francia. En 1991 fundó la Escuela Superior de Filosofía y Letras Antonio Ruiz de Montoya, convertida en Universidad doce años después. El topo en su laberinto fue su libro más importante y su legado al pensamiento filosófico.

Antropología existencial es un libro breve que resume sus ideas sobre el ser humano y la racionalidad, su reflexión de base en filosofía, el background ontológico-práctico que sostenía sus ideas para la política y la crítica de la economía como “espíritu absoluto”. Vicente formula cinco tesis en las que defiende la posibilidad de retornar al ‘hecho’ de la vida, de la ‘encarnación’ que constituye nuestro modo fundamental de habitar el mundo,  el trasfondo implícito en la capacidad percibirnos y constituir vínculos con los otros. Numerosas “abstracciones” nos arrancan de esa experiencia básica, y nos impiden reconocernos como cuerpos hablantes, para los que el ejercicio de la “racionalidad” supone encarnación y lenguaje. Si El topo en su laberinto es su libro más meditado y discutido, Antropología existencial da cuenta del marco de referencia filosófico sin el cual todo otro razonamiento permanece inarticulado e incompleto. Encontramos aquí, pues, los motivos fundamentales – el horizonte hermenéutico subyacente y constituyente – de todo su trayecto filosófico. Es este un libro riguroso y hondo que examina elementos básicos de la condición humana. Una lectura imprescindible para quienes conocen y aprecian  la vida y obra de este intelectual, jesuita y amigo extraordordinario.

lunes, 4 de mayo de 2015

LAS IZQUIERDAS, OTRA VEZ DIVIDIDAS




Gonzalo Gamio Gehri

Nuevamente asistimos al penoso espectáculo de la división de las izquierdas. Es una historia conocida que los desacuerdos en torno a candidaturas y las desavenencias ideológicas echan a perder la posibilidad de que la izquierda, y en general los grupos progresistas, puedan presentar una propuesta más o menos articulada. Por un lado, una facción de la izquierda con cierta experiencia política está planteando la candidatura de Y. Simon en las elecciones de 2016. Puede entenderse esta decisión en el hecho de que Simon es un personaje conocido en el escenario político, con una trayectoria interesante en Lambayeque, y una fugaz y controvertida gestión al frente la PCM durante el segundo gobierno de García. En el otro lado, tenemos a un conjunto de colectivos alrededor de Tierra y Libertad. El conflicto entre ambos sectores parece residir en el hecho del premierato de Simon, que , sostienen los críticos, comprometería moralmente su candidatura.

Si existen controversias de tipo ideológico entre ambas izquierdas, éstas aún no han salido a la luz, que sepamos. Resulta lamentable – lo hemos comentado más de una vez – que estos movimientos y otros no hayan supuesto una discusión más honda y estricta sobre los cimientos teóricos y prácticos del pensamiento progresista, en diálogo con el liberalismo político. La distribución del poder, la ciudadanía activa, los derechos humanos, la separación de instituciones sociales, las formas de representación y participación de la democracia, la economía de mercado, son elementos que requieren de discusión y que deberían – creo – ser asimilados de manera creativa por las izquierdas. Resulta preciso examinar y abandonar algunos presupuestos ideológicos cuestionables, como el determinismo económico, y en particular una concepción de la ciencia y de la historia con matices totalitarios y salvíficos. Como indica mi colega y buen amigo Ricardo Falla C., este trabajo resulta urgente. Han surgido algunas formulaciones “postmodernas” del marxismo, bastante precarias desde el punto de vista de la filosofía. Una reformulación crítica y seria del pensamiento acerca de la justicia social permanece como un proyecto sin asumir en nuestro contexto.

Las izquierdas enfrentadas difícilmente podrán presentar una iniciativa de gobierno o de fiscalización parlamentaria realmente consistente. Difícilmente podrán hacer frente a la estigmatización ideológica que genera contra ellas la ‘clase política’ y la prensa conservadora, que las acusa falsamente de extremistas, contrarias al progreso y afines al terrorismo. Resulta prioritario desenmascarar tales campañas destructivas, promovidas por diversos medios de comunicación. La unidad constituye una medida valiosa; creo que sus líderes harían bien en optar por unirse y plantear una alternativa política conjunta. No sólo pensando en las elecciones, sino en el futuro de mediano y largo plazo: las izquierdas tendrían que proponerse retomar el contacto con las bases que el fujimorismo les arrebató en los noventa, usando contra ellas el clientelismo y fortaleciendo una actitud autoritaria. La izquierda contribuiría sin duda a combatir el “sentido común” conservador que comienza a instalarse en nuestra política local.





viernes, 1 de mayo de 2015

SOBRE RECONCILIACIÓN, JUSTICIA Y PERDÓN. OTRA NOTA SOBRE "LOS RENDIDOS"



Gonzalo Gamio Gehri


Quisiera discutir algunas ideas del texto de José Carlos Aguero - Los rendidos - que son bastante controvertidas y relevantes. Algunas ideas sobre la complejidad del concepto de víctima en los estudios teóricos de derechos humanos. La víctima es alguien que ha sido tratado con injusticia, de modo que su cuerpo y alma han sido dañados en circunstancias no deseadas por quien sufre sus efectos. Eso no significa que la víctima sea por sí misma una persona moralmente ejemplar; se trata en realidad de una persona concreta, que ha estado en el lugar incorrecto en la hora incorrecta. Se le han desconocido sus derechos básicos, se ha negado su identidad como ciudadano y su condición moral de individuo. La víctima no lo es por reunir ciertos estándares de pureza. Ha sucedido en la Alemania nazi, en la Rusia estalinista y en el Perú: los victimarios pueden convertirse en víctimas, las víctimas pueden convertirse luego en victimarios. Todorov lo ha explicado con rigor. podemos pensar en posibles casos hipotéticos. Condenados por delitos probados de terrorismo pueden encontrar la muerte en la represión de un motín en la cárcel. O un militar sentenciado por tortura que es víctima de un atentado subversivo. Esas muertes, no obstante, tienen lugar en un contexto de injusticia. Las ejecuciones extrajudiciales constituyen delitos contra los derechos humanos. Un preso pierde el derecho al libre tránsito mientras cumple su condena, pero no ha perdido su derecho a vivir. Para la acción de la justicia es importante reconocer la condición de víctima y victimario cuando estas recaen en una misma persona, y deben ser consideradas y evaluadas de manera diferenciada, para asignar sanciones y ponderar reparaciones, cuando éstas son necesarias. Se trata de imputaciones distintas: ambas son valiosas en la medida que se trata de dar a cada cual lo que le corresponde[1].

“La víctima (…), está allí, aunque no se le quiera ver o se la descarte del lenguaje. En algún lugar del mundo alguien se conduele de un deudo de una guerra, en secreto. Quizá un vecino. Y quizá nunca lo sepas porque quizá calle toda su vida”[2]

Las víctimas merecen ver restituidos sus derechos, en los términos en que un ciudadano y una persona humana los posee. Tienen derecho a conocer la verdad acerca de lo que le sucedió a él o a sus seres queridos. Tienen derecho a la justicia, a participar de un debido proceso que esclarezca la responsabilidad de sus agresores, de modo que éstos reciban una sanción que corresponda a aquello que establece la ley. Tienen derecho a ser reparadas a partir de las medidas equitativas que determinan las instancias del Estado que se ocupan del ejercicio de este tipo de políticas de derechos humanos. Tienen derecho a recuperar su lugar en la sociedad, junto a los suyos, y continuar con sus vidas en paz. Una vez cumplido el proceso de duelo y habiéndose logrado los propósitos de la justicia y la reparación, quienes una vez sufrieron inmerecidamente violencia reasumen la conducción de sus vidas.

El rol de las víctimas en el proceso de reconciliación social es sin duda crucial. Se trata de un proyecto ético y político que se propone reconstruir lazos sociales lesionados por la violencia y construir una auténtica ciudadanía democrática. El perdón constituye una opción libre que puede afrontar la víctima si lo considera correcto: es esencialmente un acto voluntario, no una obligación. Es el camino que discierne el autor en este libro. Argumenta que el perdón implica asumir la actitud moral de “rendirse”, en el sentido de deponer una actitud de rencor y anhelo de revancha frente a los perpetradores – cuya necesaria sanción está en manos quienes hacen justicia en el ámbito público -; perdonar entregarse a los demás en una dinámica de escucha y acogida de los otros. No supone impunidad penal ni olvido. Implica memoria y justicia en todos sus niveles prácticos. El ejercicio del perdón es una figura existencial específica  – eminentemente práctica - al interior del horizonte más amplio de la reconciliación.





[1] Esto significa que ninguna de estas condiciones elimina o “compensa” a la otra.
[2] Agüero, José C. Los rendidos. Sobre el don de perdonar. Lima, IEP 2015 p. 115.

miércoles, 29 de abril de 2015

REMEMORACIÓN Y RENDICIÓN






Gonzalo Gamio Gehri

El historiador José Carlos Agüero acaba de publicar con el Instituto de Estudios Peruanos Los rendidos, un libro de veras importante. Un libro reflexivo y personal – es sin duda una meditación continua en primera persona – que plantea preguntas que probablemente nadie se atrevía a formular ¿Cuál es el estatuto moral de la víctima? ¿El victimario de ayer puede convertirse en la víctima de hoy (y viceversa)? ¿Heredamos las culpas de nuestros ancestros? M. Tanaka, S. Lerner Febres y N. Manrique han desarrollado interesantes comentarios a esta valiente y honesta obra. Me gustaría desarrollar algunas breves cuestiones, en estrecha conversación con el libro.

Agüero es un investigador sanmarquino experto en temas de derechos humanos. Trabaja actualmente para el ministerio de cultura, y colaboró con la CVR recogiendo testimonios de víctimas del conflicto armado. En este libro, revela una verdad que hasta entonces había guardado celosamente en su mente y sus afectos: es hijo de dos miembros del PCP-Sendero Luminoso, asesinados extrajudicialmente en El Frontón y en Chorrillos, respectivamente, durante dos etapas diferentes del conflicto. Agüero alterna recuerdos personales sobre su familia y la tragedia vivida por ella, con reconstrucciones de la historia del conflicto, que como académico y especialista conoce muy bien. El autor no rehuye los cuestionamientos más severos sobre sus padres, su militancia, su ideología – que critica sin apelaciones ni eufemismos – y actividades. Agüero es contrario al maoísmo de Sendero y del Movadef, y es perfectamente consciente del mal queque los grupos subversivos han producido en la sociedad peruana, incluyendo el ejercicio de la violencia sobre la población empobrecida y el ensañamiento sobre los cadáveres de sus víctimas. Conoce bien el carácter y alcances de los delitos del PCP-Sendero Luminoso. No obstante, intenta acercarse a la dimensión humana de los perpetradores de violaciones de derechos humanos- sean terroristas o malos agentes del Estado -, para comprender lo sucedido sin justificar ni avalar un ápice los crímenes cometidos.

Se trata de una empresa delicada y riesgosa – porque será sin duda malinterpretada por un periodismo, un sector empresarial y una “clase política” a los que no les interesa hacer memoria y revisar los estereotipos con los que trabaja a la base de su discurso cuando "hace política", pues creen falazmente que modificarlos implicaría claudicar en el terreno de las convicciones. Ni siquiera consideran de que una lectura más compleja del fenómeno – más lúcida y realista – podría llevarnos a extraer lecciones más hondas acerca de qué hacer para que sucesos como éstos no se repitan. La mayoría de nuestros políticos, de nuestros líderes empresariales y de nuestros periodistas no aprecia la conexión entre la “verdad” y la “justicia”. Contra esa violenta y autocomplaciente ignorancia se enfrenta el libro de  José Carlos Agüero. La estigmatización le viene mejor a nuestras "élites" que la revisión de sus supuestos. Es la actitud que asumieron con el documento de la CVR, y no han asumido una lectura seria de los textos de Carlos Flores Lizana y de Lurgio Gavilán.

El autor critica con razón que algunos estudios nuevos en materia de justicia transicional que debilitan la noción de víctima o prescinden de ella. Ellos abogan por “descentrar” las narraciones, o desplazar el acento de las mismas, de la experiencia del daño hacia el ejercicio de la ‘agencia’. Antes bien, Agüero aboga por complejizar el concepto de víctima, sin desestimar sus vínculos con el proceso que lleva de la víctima a su conversión en agente (proceso que lleva el nombre de “justicia”, por cierto). La reconstrucción de la memoria concentra parte significativa de su atención en el padecimiento de las víctimas, ciertamente; se trata de conocer el daño producido, y repararlo. “Porque en una guerra el daño es un tema central para comprender las relaciones”[1]. La condición de la víctima no es la de la “inocencia absoluta”, sino la del sufrimiento de la injusticia. Las víctimas son personas concretas, no ángeles.

Agüero se interroga acerca de si él mismo es una víctima. Sin duda, lo es. Se vio privado prematuramente de la presencia de sus padres, a causa de la propia decisión de éstos. Tuvo que enfrentar por años la espada de Damocles de la estigmatización. Ocultar su identidad, renunciar al duelo. El ser víctima implica insertarse potencialmente en la red del ejercicio del perdón, que hace posible el pedir perdón o concederlo libremente. Como se sabe, el perdón supone el cuidado del recuerdo y la práctica estricta de la justicia en diversos espacios sociales. No puede ser confundido con la amnistía ni con otra forma de olvido moral o político. No existe reconciliación en un contexto de impunidad. La víctima que perdona elige voluntariamente observar el pasado sin la presión del odio y de la amargura, pero no ha renunciado a la transformación de estructuras y mentalidades que exige el cumplimiento de la justicia en materia de rememoración, sanción y reparación.




[1] Agüero, José C. Los rendidos. Sobre el don de perdonar. Lima, IEP 2015 p. 108.

jueves, 16 de abril de 2015

JUSTICIA, FINITUD Y ÉTICA TRÁGICA




Gonzalo Gamio Gehri

El concepto de justicia en la Atenas clásica – particularmente en la tragedia de Esquilo a Eurípides - no deja de ser ambiguo.  Por un lado, se refiere a la preservación del equilibrio cósmico, que vigila la diosa Díke. Por otro, alude a la defensa de la armonía de los vínculos humanos dentro del ágora, el espacio público. Aquí evoca una virtud política (la dikaiosyne)  La relación entre ambas es a menudo altamente conflictiva. Esquilo ha discutido este asunto en Las Euménides.  Ambos casos aluden a una forma de lidiar con la finitud y la vulnerabilidad humana.

    “La amarga punta de la espada que llega cerca de los pulmones, produce una herida que atraviesa a Justicia, pisoteada en el suelo, lo que conculca la ley divina, cuando alguien ofende a la absoluta majestad de Zeus de modo ilegítimo.
Pero el cimiento de Justicia tiene firmeza y, forjador de espadas, funde el destino de antemano el bronce, y, con el tiempo, trae un hijo a su casa, para castigar la mancilla de sangres más antiguas derramadas, la ilustre Erinis que, en lo profundo de su espíritu, mantiene los deseos de venganza [1].
El cuidado de la justicia – en todos sus niveles y espacios – lleva implícito nuestro sentido de vulnerabilidad. No sólo el cultivo de la mesura revela la clase de saber práctico versado en la condición de la mortalidad, la proclividad al error, la exposición al sufrimiento y la incertidumbre que entraña lo humano. La discusión de la ley y la construcción de instituciones públicas tienen el propósito de proteger a quienes participan de la vida de la pólis, tomando en cuenta sus necesidades y capacidades para la acción. La deliberación cívica y los debates legales buscan tomar decisiones que puedan producir o preservar una vida común equilibrada, de modo que la libertad y el bienestar puedan convertirse en fines que el ciudadano pueda perseguir razonablemente en términos de un proyecto comunitario. Sólo criaturas frágiles como nosotros requieren de tales actividades e instancias de discusión y decisión como un elemento básico de la coexistencia. Los dioses no necesitan del derecho ni de la política, al menos en los términos que hemos señalado líneas arriba.





[1] Coéforas Estrofa 4° y Antistrofa 4°.

sábado, 11 de abril de 2015

DE VIDAS Y MARCHAS





Gonzalo Gamio Gehri

En una sociedad libre, no debatir temas complejos es realmente perjudicial. Bloquear estos debates mina severamente la capacidad de esa sociedad de autoexaminarse y configurar caminos de justicia y desarrollo humano. Pretender que sobre estos temas existe sólo un punto de vista o que otros puntos de vista no deben ser tomados en cuenta porque no representan la visión de la mayoría no contribuye a fortalecer la condición de “pluralismo razonable” - en la terminología de Liberalismo político de Rawls - que requieren nuestras democracias.

La llamada “marcha por la vida” ha convocado a una gran cantidad de personas. Si el número de participantes ha sido exagerado por sus organizadores o si algunos participantes fueron obligados a asistir,  es algo que no vamos a discutir aquí. El asunto realmente importante es otro. Da la impresión que un sector de nuestras llamadas “élites” (y tal vez un sector de la población) considera que el hecho de exhibir a miles de personas respaldando un punto de vista puede relevarnos de la tarea de discutirlo. Más allá de la libertad de expresar una opinión sobre el tema, puede entrañar una suerte de “prepotencia ideológica”,  que impide debatir a fondo ciertos temas realmente conflictivos.

El nombre “marcha por la vida” puede resultar equívoco, o inducir a confusión. Nadie en su sano juicio está en principio en contra de la vida. Se trataba de una marcha en contra de la implementación de un protocolo para el aborto terapéutico – pues ya existe una ley sobre la materia – y contra la propuesta legislativa en torno a la unión civil (no está en discusión ahora el aborto sin restricciones ni la unión matrimonial igualitaria, aludir a esas propuestas constituye una estrategia retórica conservadora que conduce a incurrir en la 'falacia del plano inclinado').  Es legítimo mostrar la popularidad del propio ideario, pero es mucho mejor – si se inspira uno en un espíritu democrático – dialogar en torno a lo que realmente está en juego. Examinar los casos que han sido llevados al Tribunal Constitucional y a organizaciones internacionales, por ejemplo.

Examinar en el espacio público estos temas con honestidad y atención a las razones del otro constituye una exigencia moral para las asociaciones y las personas que coexisten en una democracia liberal. Las políticas no las deciden los grupos religiosos, sino la instancia pública y los ciudadanos actuando como actores políticos, deliberando desde y en el lenguaje de los derechos y las libertades civiles en espacios públicos plurales. La estipulación es una posibilidad, pero el léxico articulado ha de ser el de la razón pública  compartida y no el de doctrinas comprensivas que pueden actuar de una forma excluyente. Vivimos en un Estado laico cuyo primer propósito es garantizar derechos y libertades de las personas. Un Estado que no debe pronunciarse sobre el estilo de vida de los individuos – ese es un asunto que corresponde a los propios individuos, así como a las comunidades en las que ellos aceptan libremente participar – sino sólo asegurarse de que nadie vea recortados sus derechos y libertades. Incluidos la vida, la elección del proyecto personal, a no ser discriminado, las sucesiones, etc. Se trata de examinar los casos, las situaciones límite, etc. Ese estado no confesional debe garantizar, además,  la existencia de foros en los que se discutan los alcances de estas normas y principios. Los espacios cívicos y académicos, evidentemente, deben someter a discusión los rasgos y límites de aquello que corresponde a la “naturaleza”, la “vida” y la “libertad”, para saber si estamos hablando de lo mismo cuando recurrimos a estas palabras.

Se trata de discutir estos temas en el marco de una legalidad democrática (y de cierto ethos falibilista). Lo peor que puede hacerse es no discutir estos asuntos. El recurso al trabajo de lobbies y la organización de marchas pueden convertirse en meras exhibiciones de fuerza. Pueden encubrir a veces el temor a examinar cabalmente problemas delicados en una sociedad diversa como la peruana. Recordemos que el Estado se debe a todos los peruanos, no sólo a quienes suscriben una determinada convicción religiosa o un determinado conjunto de creencias. Reconoce a sus ciudadanos como iguales ante la ley. Eso significa estríctamente vivir en una democracia auténtica. No lo olvidemos.