lunes, 27 de junio de 2016

NERUDA: SONETO LXV Y SENTIDO DE NOSTALGIA







Gonzalo Gamio Gehri

Neruda es un escritor extraordinario. El sentido de la ausencia lo percibe y lo transmite en palabras como nadie antes que él. Sus imágenes cotidianas retratan con simplicidad y lucidez la nostalgia y el dolor de la pérdida, episódica o permanente. Dos formas de dolor que el poeta distingue pero - que  a su vez - padece.

No estés lejos de mí un solo día, porque cómo, 
porque, no sé decirlo, es largo el día, 
y te estaré esperando como en las estaciones 
cuando en alguna parte se durmieron los trenes”. 

”Es largo el día” podría ser una metáfora de la vida entera.

Podría ser una espera infinita, desgarradora, como la de las suplicantes que aguardan a Atenea. O es quizá el plazo que parece no cumplirse el que se percibe como eterno. Como la del muchacho que vela las armas a la espera del Alba.

“Ay que no se quebrante tu silueta en la arena, 

ay que no vuelen tus párpados en la ausencia: 

no te vayas por un minuto, bienamada, 



porque en ese minuto te habrás ido tan lejos 

que yo cruzaré toda la tierra preguntando 

si volverás o si me dejarás muriendo”.

El poeta hace que el amor sea como una experiencia de lo divino, en la que los periodos de ausencia producen verdadera agonía. “Que yo cruzaré toda la tierra preguntando si volverás o si me dejarás muriendo”, es un verso de veras intenso. Inclusive recuerda a esos caballeros de los mitos corteses que alguna vez atravesaron bosques y enfrentaron al enemigo en nombre de la amada. 





lunes, 20 de junio de 2016

LAS VISCISITUDES DE LA VIDA







Gonzalo Gamio Gehri

Lo he dicho varias veces, me interesan las películas  - y en general las historias – en las que las contingencias de la vida desafían las acciones, los anhelos y los pensamientos de los individuos. Ayer ví fortuitamente Love, Rosie (2014) Basada en el libro de Cecilia Ahern Donde termina el Arco Iris (2994). Más allá de la calidad de la película – que me ha parecido aceptable – me conmovió la trama, me llevó a pensar con detenimiento los conflictos de la vida. Alex y Rosie son, la mayor parte de sus vidas, los mejores amigos; ambos guardan dentro de sí un profundo amor por el otro. Sin embargo, la vida los zarandea con singular saña. Viven en el Reino Unido, pero una beca en Harvard lleva a Alex a un mundo completamente diferente, conociendo a otras personas y siguiendo otros proyectos. Ella se convierte en madre y la vida la lleva por otros rumbos. Pero con el paso de los años los sucesivos encuentros logran que los sentimientos recíprocos no lleguen a diluirse del todo. Las decisiones que toman (y las ausencias que provocan) dejan una profunda huella en ambos.

La película nos recuerda – una y otra vez – la importancia de cuidar el bien de las personas que cuentan en la vida, aquellas que echas en falta en situaciones difíciles o aquellas con las que quieres compartir (y comunicar en primera instancia) tus victorias en la vida, así como manifestar tus fracasos y pesares. Para Aristóteles, eso es estríctamente la philía, cuidar el bien de las personas que te importan. Cuidar la philía es un verdadero desafío, complicado, porque es un desafío vulnerable a las vicisitudes de la vida, así como evidentemente frágil frente a la incomprensión, la ira y el dolor de los propios individuos. 

Pero el carácter y el juicio de las personas son frágiles. Alex y Rosie se alejan el uno del otro, el tiempo y la distancia conspiran contra el vínculo que tienen (y valoran). Pierden seres queridos, cometen errores el uno con el otro, se ausentan en momentos en los que su presencia resulta verdaderamente esencial. Se hieren mutuamente. Curiosamente, la misteriosa tyché echa sus cartas y esa distancia no termina de cuajar. La agonía de la ausencia no tiene la última palabra. La historia recuerda a One day (2011) y a Flipped (2009). La trama tiene la virtud de mostrar la vulnerabilidad de la vida de las personas, así como la delicadeza y el  cuidado que requieren los lazos de genuino afecto entre los seres humanos.








lunes, 13 de junio de 2016

ACERCA DE LOS EFECTOS DEL ODIO







Gonzalo Gamio Gehri

El asesinato de cincuenta personas en una discoteca de Orlando enluta a los Estados Unidos y a la comunidad internacional.  Es una muestra más de los extremos a los que puede llegarse desde la práctica de la intolerancia. Las investigaciones todavía no precisan si el crimen constituye un atentado terrorista perpetrado siguiendo las órdenes del integrismo del Daesh o si se trató de un delito provocado por la homofobia. El asesino era hijo de inmigrantes afganos, y se ha dicho que en una llamada al 911 se declaró parte del Daesh. Sin embargo, su padre ha señalado que su hijo no tenía una filiación yihadista, pero que sí guardaba creencias hostiles a la comunidad LGTBI, creencias que implicaban la invocación a la violencia.

En cualquiera de las dos hipótesis, se trata de un funesto crimen de odio. El homicida provocó la muerte y lesiones graves a mucha gente por el sólo hecho de no aprobar el estilo de vida y la orientación de sus víctimas. La intolerancia destruye la vida y anula la libertad. Existen individuos violentos que simplemente no están dispuestos a coexistir con personas cuyas creencias y hábitos no comparten o juzgan errados; hay que castigarlos con toda la severidad que la ley contempla para tales delitos. En ocasiones, el tránsito de la intransigencia doctrinal a la violencia directa suele ser de breve plazo.

La estrechez de miras puede ceder su lugar al menosprecio y al maltrato, incluso al delito. No olvidemos esto cuando escuchamos que algunas autoridades políticas y religiosas sugieren – sin mayor conocimiento del asunto, sin contrastar razones y evidencias – que los estudios de género son una “ideología”, o que la agenda LGTBI es contraria a las demandas de lo propiamente humano. El género es una dimensión identitaria, tan importante como la cultura, la condición social, entre otros elementos del yo. No tomar en cuenta su relevancia para la conducción de la vida y la elección sería tan absurdo como no tomar en cuenta el entorno histórico – cultural.     

Defender los principios de una sociedad democrática y liberal implica asumir que nadie tiene derecho a vulnerar la integridad y las libertades de otro en razón de sus formas de ver el mundo o de vivir sus vidas. El respeto de la diversidad es un precepto básico de una vida social razonable y pacífica.

La humanidad se reconoce en la capacidad de identificarse con el otro,.  

viernes, 3 de junio de 2016

EL DEBER POLÍTICO DE DEFENDER LA DEMOCRACIA






Gonzalo Gamio Gehri  [1]



El domingo será un día decisivo para nuestro país. Debemos decidir entre apoyar una candidatura de una extrema derecha conservadora, ensombrecida por un pasado autoritario y corrupto – que cuenta con un presente visiblemente marcado por acusaciones de colusión con el narcotráfico y con el crimen organizado -, y  respaldar en las urnas una candidatura de derecha liberal que ha recogido el anhelo, común a distintos grupos políticos y organizaciones sociales, de preservar la institucionalidad democrática peruana.

La falta de perspectiva de nuestra  autodenominada “clase política”,  la complicidad de un sector importante de los medios de comunicación y de los empresarios, así como la condescendencia frente al autoritarismo que observa una parte de la población peruana, han contribuido a destacar la figura de Keiko Fujimori, aunque se trate de una candidata que cuenta con una escasa preparación y ostenta una cuestionable trayectoria política en diferentes niveles, que incluye un trabajo legislativo lleno de inasistencias y múltiples despropósitos. Algunos periodistas han repetido la discutible suposición de que la hija del gobernante autoritario de los años noventa habría realizado un espléndido “trabajo político”, recorriendo el país y movilizando a la gente desde el 2011. Llamar “trabajo político” al ejercicio del clientelismo constituye un exceso semántico, por decir lo menos. Constituye un error y quizás un intento de infundir confusión describir toda actividad proselitista como una clase de acción política.  Sobre este punto tenemos una discusión conceptual pendiente, urgente.

En las últimas semanas hemos podido verificar la debilidad del programa de gobierno de los fujimoristas, su tardía convocatoria a especialistas que llegaban improvisadamente a sus filas, las investigaciones sobre presuntos vínculos de este grupo político con el narcotráfico y con organizaciones delictivas; el caso Ramírez no es un caso solitario ¿Cómo un grupo político con esas presuntas conexiones podría enfrentarse a la delincuencia? La discutible conducta de Chlimper en cuanto a la entrega de un audio modificado a un medio televisivo nos recuerda la escasa vocación por la transparencia del fujimorismo de los noventa, se trata del empleo de las mismas prácticas de manipulación y encubrimiento de la verdad, así como la misma  pretensión de impunidad. Esos no son signos de cambio, en absoluto. 

Frente a estas acusaciones, Keiko Fujimori ha indicado que no está enterada sobre las actividades y el patrimonio del secretario general de Fuerza Popular y de sus candidatos al Congreso de la República ¿Es ese el “liderazgo” que el Perú requiere? Si no existe claridad ni firmeza en la evaluación y conducción del propio partido, menos podemos esperar que luche contra la corrupción y con el delito en las instituciones del Estado. Ha sido criticable el hecho de que haya buscado forjar alianzas con mineros ilegales, con los reservistas, con sectores cuestionables del sindicalismo local. Los compromisos firmados con algunos grupos evangélicos conservadores son un penoso signo de sumisión de la política frente a la religión, en contraste con una mentalidad democrática liberal, que exige una razonable separación de fueros. Dicha candidatura privilegia el cálculo electoral sobre el cultivo de los principios éticos / políticos. Eso no sorprende. La perspectiva de país que tiene el fujimorismo (desde sus inicios hasta hoy) es antidemocrática y está basada en la valoración inmoderada del uso de la fuerza. 

Defendamos la democracia, una vez más. Existe una opción a la que apoyar, la de la organización política de PPK. No es un tema de odio (es ridículo lo que dicen los paleoconservadores tipo V. A. Ponce o P. Butters sobre este asunto) sino de preocupación por nuestra sociedad. No dejemos que el país se hunda en el pantano de la autocracia y la condescendencia frente a la corrupción. Rechacemos el imperio de la antipolítica que sólo produce lesiones de libertades, así como erosión de la justicia y la realización humana. Combatamos el siniestro slogan "roba pero hace obra", que genera falta de esperanza ante las potencialidades de nuestros ciudadanos y de nuestras asociaciones. A pesar de la auténtica  vulnerabilidad de nuestro sistema político, algo hemos avanzado en esta materia. Hemos combatido la cultura de la impunidad y el escueto anhelo de concentración del poder. Honremos el trabajo de la transición democrática. No retrocedamos a esos años funestos. No cedamos ante una inadmisible amnesia política.

                                        .




[1 ]Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas. Profesor en la en la Pontificia Universidad Católica del Perú y  en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

domingo, 29 de mayo de 2016

UN SEMINARIO ACERCA DE LA IMPORTANCIA DEL FACTOR RELIGIOSO EN LA POLÍTICA PERUANA






UN  INTERESANTE SEMINARIO SOBRE UN TEMA CONTROVERSIAL





Gonzalo Gamio Gehri

Los días 19 y 20 la Universidad del Pacífico organizó un Seminario sobre La importancia del factor religioso en la política peruana. Tuve la oportunidad y el honor de participar en este evento al lado de especialistas importantes como Juan Fonseca, Juan Carlos La Serna, Gerson Jualcarima, Cristóbal Aljovín, Matthew Casey, quienes desarrollaron conferencias que abordaron el impacto de las doctrinas y prácticas religiosas en la vida política en el Perú y en América Latina. Dos grandes expertos en el tema – Catalina Romero y Fernando Armas – comentaron las ponencias.

Mi participación se tituló Espíritu profético y acción política en el Perú, se ocupó de  examinar las posibilidades del sentido profético en un contexto secular. Está construida como un ensayo de reflexión filosófica sobre las formas de acción política que pueden desarrollar los católicos en una sociedad democrática y pluralista. Defiende la tesis liberal según la cual la acción política de los creyentes es compatible con las condiciones de un Estado laico, respetuoso de la diversidad de religiones y cosmovisiones. En el Perú, el compromiso cívico tal vez  un tanto más “orgánico” de los católicos progresistas se sitúa más en las organizaciones de la sociedad civil que en el sistema político local..

jueves, 26 de mayo de 2016

ÉTICA, CIUDADANÍA Y DEMOCRACIA










Gonzalo Gamio Gehri[1]

Dentro de poco tiempo elegiremos en segunda vuelta a quien ocupará el cargo de Presidente de la República. Esa persona designará a los especialistas que conformarán un gabinete de ministros, y delegará  entre sus colaboradores otros puestos en el Estado. En otras palabras,  esa persona formará un gobierno por un período de cinco años. Todo ello por encargo nuestro, no debemos olvidarlo. El poder que ese gobierno administrará proviene de nosotros, de nuestra decisión y de nuestro consentimiento. Elegir, por ello, es un acto que entraña una gran responsabilidad en clave ética y política.

Ser ciudadano no sólo consiste en ser titular de derechos universales, implica asimismo ser un agente político, un sujeto capaz de intervenir en la vida pública para incorporar temas de interés común en la agenda política, para generar corrientes de opinión, para vigilar la buena marcha del ejercicio de la función pública de parte de las autoridades elegidas. Como se ha dicho recientemente, “la democracia no llega sola”; el  poder sólo se limita con lucidez si los ciudadanos actuamos en conjunto.

Es necesario que los ciudadanos nos informemos antes de votar, y que se contrasten las propuestas y los argumentos de los candidatos en los foros de debate disponibles en el sistema político y en las instituciones de la sociedad civil. Debemos examinar rigurosamente los programas de gobierno, así como evaluar detenidamente las trayectorias de los postulantes al sillón de Pizarro. Aquí la eficacia y la probidad en el ejercicio de la función pública, así como el compromiso con la consolidación de una democracia liberal en nuestro país, constituyen criterios fundamentales para decidir con sensatez y sentido de justicia a quién apoyar en las urnas, y a quién no. En esta línea de reflexión, no debemos avalar el clientelismo como estrategia política, tampoco la tolerancia frente a la corrupción o la condescendencia con el narcotráfico. De nosotros depende que el despotismo (no necesariamente ilustrado) y la deshonestidad no constituyan opciones para la administración del poder.

La capacidad de emitir un voto consciente constituye una condición necesaria para el cultivo de la ciudadanía democrática, pero no es una condición suficiente. Podemos reunirnos y actuar juntos para expresar ideas comunes que nos movilicen, así como para  ejercitar el control político en términos de vigilancia cívica. Esta dimensión de la ciudadanía requiere una disposición permanente, una práctica presente tanto en períodos electorales como después de las elecciones. En realidad, la participación ciudadana constituye el único remedio contra cualquier forma de autoritarismo que se proponga  amenazar las bases de la vida pública. Sólo podemos contener las pretensiones autocráticas de cualquier autoridad política en la medida en que estemos dispuestos a actuar juntos, y a resistir a toda forma de concentración del poder. Es preciso recuperar el valor de la política, concebida como una actividad que nos convoca a todos, y que expresa una forma crucial de libertad.


(Publicado en La Periferia es el centro, LR)



[1]Doctor en Filosofía por la Universidad Pontificia de Comillas. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú y  en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

domingo, 22 de mayo de 2016

EXAMINAR LA ‘RECONCILIACIÓN’








Gonzalo Gamio Gehri
                                                                                    
Hace unos días, José Chlimper – integrante del equipo fujimorista – declaró a los medios de comunicación que los gestos de su lideresa, conducentes a propiciar un acercamiento a otros movimientos políticos, deberían entenderse a partir del proyecto de reconciliación. El tema de la reconciliación, por supuesto, resulta crucial para el futuro de la democracia peruana, pero muchos ciudadanos son saludablemente escépticos frente a la posibilidad de que sea el fujimorismo – una organización con una cuestionable trayectoria en materia de corrupción y violaciones de derechos humanos – el grupo político que pretenda enarbolar el estandarte de la reconciliación. El fujimorismo  es una fuerza autoritaria: su agenda política no podría reconciliar; usa aquella palabra de manera demagógica. Efectivamente, la idea de reconciliación suele ser invocada sin el adecuado rigor conceptual que merece. Precisamente porque se trata de una idea moral y política de primera importancia hay que abordarla con absoluta seriedad.

La idea de reconciliación no puede identificarse sin más con el abandono de posturas de conflicto o de hostilidad por parte de los contendientes políticos en una lid electoral, o emprender una serena revisión de los diversos programas políticos para constatar coincidencias. Esa clase de actitudes son positivas, pero no corresponden al proceso de reconciliación. Ha sido la Comisión de la Verdad y la Reconciliación la institución que, a través de su Informe Final, ha contribuido decisivamente a la discusión sobre la idea de reconciliación, y a constituir sus cimientos. La CVR ha sostenido que la reconciliación ha de ser concebida como la recuperación de los vínculos sociales y políticos quebrados por la violencia desatada durante los años del conflicto armado interno. Consiste en un proyecto histórico que se inicia con el proceso de transición democrática, pero que tomará tiempo en la medida que los actores políticos, los ciudadanos y las instituciones afronten el desafío de esclarecer la verdad en torno a la tragedia vivida, así como hacer justicia en términos de la sanción de los culpables y la reparación de las víctimas.

Señalar que la verdad y la justicia son condiciones esenciales del proceso de reconciliación – en la ruta formulada desde el horizonte del Informe de la CVR – equivale a indicar que ningún proyecto de reconstitución  de los vínculos sociales y políticos puede cimentarse sobre el imperio de la amnesia moral y política, y sobre la nefasta cultura de la impunidad. Recordemos la funesta iniciativa de una amnistía a los perpetradores en los años noventa, una medida a todas luces incompatible con el orden legal local y global en derechos humanos. Un proceso concreto de reconciliación implica el ejercicio crítico de la memoria, así como la promoción de las políticas de derechos humanos y de reparación.

En la última semana, Hernando de Soto ha señalado la existencia de un supuesto “Sendero verde” un grupo de ex terroristas con intereses ecológicos, con los que – a juicio del nuevo asesor de Fuerza Popular – habría que reunirse, conversar, y acaso concertar. Se trata de una sugerencia preocupante, si tomamos en cuenta la historia vivida. Los especialistas en temas de terrorismo y seguridad indican que no existen evidencias acerca de la existencia de este grupo. En todo caso, debería tenerse mucho cuidado cuando se postula de manera imprecisa el diálogo con estos grupos. Las expresiones que de Soto ha formulado revelan una extraña condescendencia con ellos. Debe recordarse que la reconciliación es un proceso cuyos protagonistas son los peruanos – quienes sufrimos la violencia en aquellos años – y no quienes cometieron crímenes; para quienes violaron los derechos de los demás y todavía no han sido castigados, sólo les espera la severa punición que establece rigurosamente la ley. No hay reconciliación con borrón y cuenta nueva.

A menudo la invocación a la reconciliación se usa como un ligero recurso retórico en circunstancias electorales, como la presente. Sin una reflexión estricta y sin políticas concretas, ese discurso se manifiesta vacío e interesado. Respecto de la reconciliación como proyecto, tenemos el trabajo de la CVR, sus recomendaciones, sus planteamientos de reformas institucionales, el detallado Plan Integral de Reparaciones presentado en su Informe Final. Este documento nos invita a realizar un debate atento sobre las posibilidades de un auténtico proceso de reconciliación, una propuesta ética y política básica para fortalecer la democracia en el Perú. Las organizaciones políticas que se plantean formar un gobierno deberían considerar propiciar este debate como un paso decisivo para acometer realmente este proceso.