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sábado, 7 de enero de 2017

ENTENDER LA FINITUD DE LA VIDA. UNA NOTA






Gonzalo Gamio Gehri

 Meet Joe Black (1998)  nos plantea cuestiones importantes. El próspero empresario Bill Parrish está próximo a morir, y la Muerte le propone postergar su partida a condición de que lo acompañe en un período de aprendizaje acerca de lo que significa la vida mortal, sus complejidades y su sentido. Ella – en realidad él, pues ha tomado prestado el cuerpo de un joven – ha quedado desconcertada por la reflexión sobre la plenitud que Bill ha comunicado a su hija. La muerte quiere conocer los misterios de lo finito.

Y parte de esos misterios se le manifiestan, qué duda cabe. Los sabores fuertes de los alimentos, los sentimientos de dolor e incertidumbre, el estremecimiento que producían en él los ojos de Susan, hija de Parrish, cuando se posan en los suyos. El dolor en la boca del estómago que le suscita el pensar que podría no volver a verla. El contacto con la enfermedad, la torpeza, la esperanza le brinda una lectura nueva de lo que significa llevar una vida mortal. Ya no es solamente un frío recolector de espíritus que enfrentan su propio fin; un ser que habita la eternidad y desempeña una labor conforme a las reglas del cosmos. Ahora sabe de la angustia ante la pérdida y la pena frente a la ausencia del ser querido.

Ahora observa con atención y cierta ternura a los seres humanos ¿Qué propósito trascendente podrían lograr en una vida que dura lo que un suspiro? Sin embargo, La Muerte contempla con admiración las aspiraciones y la lucha diaria de los mortales, sus modos de lidiar con el dolor. La Muerte misma se siente vinculada a esa vida fugaz y llena de inestabilidad, le duele apartar la vista de Susan, de sus palabras, de su voz, de su historia. Quiere compartir con ella su vida. Admira a Bill Parrish – su guía en este camino -, por su manera de pensar la vida y de encarar lo desconocido. La película muestra en cada escena el valor de la finitud de lo humano y de lo temporal. 





domingo, 26 de octubre de 2014

EXAMINED LIFE (2008)... LA FILOSOFÍA Y EL DÍA A DÍA





Gonzalo Gamio Gehri

Hace unos días tuve la oportunidad de ver por vez primera el documental Examined life, dirigido y escrito por Astra Taylor. Se trata de un conjunto de entrevistas sobre la relación entre la actividad filosófica y los conflictos de la vida contemporánea, relativos a la justicia, la muerte, la búsqueda de sentido de vida, el daño al ecosistema, la responsabilidad frente al sufrimiento de los más débiles, la democracia, el desarrollo humano, el diálogo entre las culturas, la discapacidad. Cornel West, Avital Ronell, Peter Singer, Kwame A. Appiah, Martha Nussbaum, Michael Hardt, Slavoj Zizek, Judith Butler, Sunaura Taylor exponen las ideas básicas de sus libros a lo largo poco más de ochenta minutos. El resultado es un muy bien logrado panorama del abordaje filosófico de algunos de los problemas éticos y políticos más graves del presente. El espíritu inspirador del documental es la aseveración de Sócrates de que una vida sin examen no merece la pena vivirse.

Los entrevistados logran expresar en pocos minutos los ejes fundamentales de su pensamiento, evocando imágenes sencillas y persuasivas, y desarrollando ejemplos que nos remiten a situaciones conflictivas del día a día. El documental se convierte en una interesante introducción a la filosofía práctica bosquejada hoy. Todos los interlocutores de esta obra coinciden en que el ejercicio de la “vida examinada” constituye el corazón de la filosofía misma. Esta afirmación podría resultar obvia para quien conoce el legado de Sócrates y los hitos medulares de la historia del pensamiento, pero no olvidemos que existen sectores integristas que consideran erróneamente a la filosofía como un instrumento teórico para construir un edificio teológico definitivo e incorregible, o para lograr la revolución proletaria. En ambos casos, el sentido crítico se suspende o se cancela, y, con él, se anula la filosofía como tal. Incluso leía hace una semana un blog local en el que se intentaba señalar que la imposición del llamado “Estado islámico” constituía una especie de realización histórico-filosófica incontestable; importaba poco – o menos – que el gestor de ese proyecto fuese un grupo terrorista que persigue y elimina personas que practican otras confesiones, que niegan derechos a mujeres y extranjeros, un grupo que ejecuta y filma decapitaciones de inocentes. Esas terribles acciones no tendrían una “significación histórica” digamos “esencial” ¿Y todo en nombre de qué? ¡En nombre de la recuperación de la monarquía y de la “pureza doctrinal”! Realmente desconcertante. De más está indicar que el Islam no avala realmente tales prácticas crueles. Está claro que para los miembros de Isis la “vida examinada” no constituye una elección valiosa para un creyecte:: se expresaría meramente como un signo de herejía y desobediencia a la autoridad,. No podría creer lo que leía. Lamentable tal ejercicio conservador de agitación y propaganda. La "mirada cósmica" - en caso fuese posible esbozarla - no puede soslayar sin más la preocupación por el destino de los seres humanos concretos. Las abstracciones a menudo sirven para avalar inaceptables injusticias. 

Precisamente, documentos como Examined life permiten cuestionar la desmesura que representa la actitud integrista en nuestro mundo. El tábano socrático constituye una necesidad en la medida en que el cuidado de la libertad y del pensamiento son elementos básicos de aquello que entraña llevar una vida plena.

martes, 22 de abril de 2014

“EL SECRETO DE SUS OJOS”



Gonzalo Gamio Gehri

Hace tiempo que no veía una película tan conmovedora, en la que se mezclan de manera articulada – casi perfecta – tantas cosas. La búsqueda de un criminal que ha cometido un asesinato terrible, el siniestro clima de impunidad durante la dictadura en Argentina, el delirio por el fútbol, la historia de dos amantes que desafía los años, porque se rehúsan – a pesar de la ausencia y la incomprensión – a renunciar al amor. Es una obra magnífica, entrañable. Por momentos deja sin aliento al espectador.

El secreto de sus ojos plantea una trama compleja pero bien contada y estructurada. Una joven es asesinada brutalmente en Buenos Aires, y un agente judicial, Benjamín (Ricardo Darín), y su colaborador Pablo (Guillermo Francella) asumen el caso, con el respaldo de la jefa del área legal, Irene (Soledad Villamil). Benjamín está enamorado en secreto de Irene, pero las circunstancias impiden que este sentimiento se concrete. La historia oscila entre el año 1974 (fecha del crimen)  y 1999, tiempo en el que ambos se vuelven a encontrar. Benjamín ha decidido escribir una novela sobre el caso, sin poder evitar que su historia con Irene también esté presente en el texto.

Un delito no resuelto y una historia de amor no resuelta. Benjamín está convencido de que en la mirada de las personas reside el secreto de sus emociones y actitudes (“los ojos…hablan…”, dice convencido y visiblemente conmovido ante Irene), lo que le permite identificar al asesino, así como percibir la infinita tristeza, vehemencia y deseo de venganza del pobre viudo. Siente también que todo el amor que profesa por Irene destila por sus ojos, razón por lo cual no puede sostenerle la mirada por mucho tiempo, del mismo modo que disimula y finge observar hacia otro lado cuando alguien la menciona en una conversación. Ese saber lo lleva a retomar el caso a través de la novela y a escribir como una forma de lidiar con sus propios demonios internos. Esa convicción explica, además, el título de la obra.

El final parece conectar todas las historias que componen la trama. Los diálogos, los personajes, la música, las actuaciones hacen que este filme se convierta en una obra extraordinaria, sólida y profundamente emotiva. Merece definitivamente todos los galardones internacionales que recibió.




domingo, 30 de marzo de 2014

CONJURAR EL ODIO: NUEVAS NOTAS SOBRE “MY NAME IS KHAN”







Gonzalo Gamio Gehri


Acabo de volver a ver My name is Khan, un filme que significa mucho para mí por muchas razones diferentes. La película tiene la virtud de presentar de una manera lúcida y conmovedora la situación de violencia y discriminación en los Estados Unidos y otros lugares después de los atentados terroristas del 11 de septiembre. Rizvan Khan ha perdido a su hijastro – asesinado por ser identificado como un musulmán – y ha hecho la promesa de presentarse ante el Presidente para decirle que no es un terrorista. Su promesa simboliza la lucha de muchos musulmanes honestos, residentes en los Estados Unidos y en otras naciones occidentales, que se niegan a ser estigmatizados como violentos o integristas y que reivindican al Islam como un credo basado en la compasión y la solidaridad.

Khan es un hombre que padece una forma de autismo, pero eso no le impide conducirse sabiamente – con la palabra y con la acción – denunciando el poder destructor del odio y la intolerancia. Muestra claramente que el silencio y la incomprensión dañan severamente las relaciones humanas. El amor que puede entregar – en Georgia con las víctimas de los vientos huracanados, y en diversos lugares – hace la diferencia. La película destaca el hecho según el cual lo humano – la capacidad de amar y de dañar, de pensar, de expresarse y establecer conexiones significativas con los seres vivos – trasciende los orígenes culturales, las filiaciones y los papeles que las personas cumplen en diferentes espacios. Y que es lo humano mismo lo que es preciso buscar cuando se trata de comunicarse con las personas. 

Cultivar lo humano a la vez que celebrar la diversidad. Esa es la idea que plantea la obra. Una fórmula para intentar combatir el odio cultural y religioso. Un alegato en favor de la solidaridad interhumana. No cabe ninguna duda.




miércoles, 31 de octubre de 2012

MÀS QUE LA SUMA DE LAS PARTES





Gonzalo Gamio Gehri


"Fue en uno de esos atardeceres que la idea de mi padre, de que el todo es más que la suma de sus partes se movió de mi cabeza a mi corazón".

Me son particularmente gratos la literatura y el cine en los que uno puede contemplar el crecimiento interior de los personajes, allí donde el discernimiento plantea elecciones difíciles e invoca el surgimiento – a veces imprevisto – de coraje o empatía.  Flipped (2010) es una cinta sencilla y entrañable, dirigida por Rob Reiner y basada en una novela de Wendelin Van Draanen, publicada en 2007. Narra la historia de dos niños que se profesan un profundo afecto – la historia comienza cuando tienen ocho, y termina cuando tienen trece – y aprenden juntos, a través de no pocos desencuentros y conflictos, a esclarecer sus propios sentimientos.

Julie Baker es una niña de una notable lucidez. Es hija de un pintor y hermana de dos artistas en ciernes. Desde que entró al colegio, se siente enamorada de Bryce Loski – su vecino del frente -, un niño despierto y meditabundo que no está seguro de sus sentimientos hacia la niña. La película juega a presentar la misma trama y escenas a la luz de la perspectiva de cada uno de los personajes, sin perder la sencillez ni los matices de los pensamientos de dos niños, que están creciendo e intentan interpretar con agudeza su entorno y experiencias. Julie suele pasar horas enteras trepada sobre un voluminoso sicómoro desde el cual puede ver todo su vecindario; el árbol es el soilencioso acompañante de sus reflexiones sobre el amor y sobre el corazón de la gente. Está empeñada en dilucidar la existencia (o la ausencia) de una rica vida interior en sus vecinos y amigos. Ella quiere averiguar si las personas son “más que la suma de sus partes” (curiosa alusión aristotélica), si tienen un sentido de trascendencia, o si están atrapados en la frívola red de apariencias que imponen las convenciones sociales o los estándares de éxito, carisma y reconocimiento. Se siente devastada cuando se entera que deben talar el sicómoro para construir una casa en aquel lugar, y queda sumida en la tristeza cuando se da cuenta de que Bryce no la apoyará en la tarea de proteger el árbol en contra de quienes quieren derribarlo.

Esta primera decepción le permitirá tomar un poco de distancia frente a sus emociones, y a evaluar con mayor detenimiento y esmero la conducta de la gente. Es interesante cómo evoluciona su ánimo adolescente. Tiene un tío discapacitado que es objeto de burla por parte de sus compañeros de estudios, y Bryce no ha sido capaz de defenderlo cuando ella así lo esperaba. Esta clase de descuidos y desilusiones la llevan a repensar sus afectos, y a preguntarse seriamente si el muchacho será o no “más que la suma de sus partes”.  Sus flaquezas y el carácter cambiante de sus emociones la desalientan y minan su fe en él. Curiosamente, el debilitamiento del interés de la niña coincide con el incremento del afecto de Bryce, quien queda seriamente impactado con la valentía que Julie ha mostrado con ocasión de la defensa del desaparecido sicómoro. El chico contempla con desesperación cómo la niña trueca su cariño en indiferencia. Le duele mortalmente su ausencia, pero su corazón inexperto no llega a comprender del todo lo que siente. Resulta muy interesante  apreciar cómo la película recoge la incorporación de la duda y la sensación de incertidumbre en la propia reflexión de los personajes. 

La película muestra muy bien el complejo proceso de maduración del juicio adolescente, y muestra con especial clarividencia el hecho de que crecer no es fácil. Pocas cintas tienen éxito en mostrar ese aspecto de la vida. Bryce intenta recuperar la atención de la niña, y sabe que la tarea será harto difícil. Sus caminos han vuelto a cruzarse, pero en un sentido diferente al inicial. Esta vez él tiene que conquistar su cariño, y vencer los novedosos y extraños miedos que se agitan en su alma. Bryce tendrá que indagar si él mismo es más que la suma de sus partes. Debe considerar las veces en las que la perplejidad y el temor le han impedido actuar con resolución. Tal indagación tiene lugar en el intento por acercarse a Julie. Sin embargo, intuye que la respuesta a sus inquietudes y desventuras podría encontrarla en las retorcidas ramas del sicómoro.

 Flipped constituye un cálido y profundo retrato del complicado camino de autoconocimiento que emprenden las personas en la transición de la niñez a la adolescencia. La confusión, el amor y la desesperanza forman parte de la experiencia de aquella difícil etapa de la vida. Descubrirse uno mismo, empero, siempre implica encontrarse en el otro, entrar en genuino contacto otro ser humano.

lunes, 7 de marzo de 2011

EL VALOR DE LA FINITUD: UNA NOTA SOBRE “MEET JOE BLACK”





Gonzalo Gamio Gehri


La crítica no trató bien a Meet Joe Black (1998), de Martin Brest, pero se trata de una de mis películas norteamericanas favoritas en virtud de su hilo narrativo y trasfondo mítico. Intrigada por una conversación entre una joven y su padre, la Muerte (Brad Pitt) decide tomar el cuerpo de un joven y pasar una temporada entre los mortales, con el fin de aprender acerca de los secretos de la vida. Se aloja en casa del empresario Bill Parrish – a quien le revela su identidad, y a quien advierte que le quedan escasos días de vida – para tomar lecciones sobre aquello que significa vivir a plenitud. Los seres que pertenecen al ámbito de lo eterno no pueden orientarse sino bajo la guía de un ser mortal. Considera a Parrish un hombre íntegro y tiene mucha curiosidad respecto de su breve discurso sobre la necesidad de experimentar las tempestades del amor y de la pasión. Pronto se enamora de Susan (la hija, que es médico, encarnada por Claire Forlani) y la Muerte se ve envuelta en su propia tempestad interior. Conoce además los conflictos de poder que sacuden la empresa de Parrish, los nudos familiares, las conspiraciones de salón de sesiones de Directorio.

No voy a concentrar mi reflexión en el plano estético o en el lado formal del filme, eso se lo dejo a los especialistas. A pesar de los diversos pasajes ingenuos de la película, me parece que desarrolla un punto interesante. Me gusta el argumento. Escuchando a dos mortales hablar, la Muerte percibe que se está perdiendo de algo importante. Su perspectiva infinita y eterna no le ha permitido sin embargo, tomar contacto con el dolor, el amor, la confusión, la incertidumbre, y en general todo lo que hace que los seres humanos nos aferremos a esta vida. Joe Black aprende a reconocer la plenitud en las cosas pequeñas, en el sabor de la mantequilla de maní, el paseo por la ciudad, el suave tacto del cabello de la mujer que ama, el miedo a perderla. Todo eso le era completamente desconocido. Lo infinito requiere de lo finito, decía Hegel; sin mundo, Dios no es Dios. Ahora la Muerte es más sabia, porque ha afrontado la experiencia de lo negativo: la (inter)dependencia, la ausencia, el anhelo, la necesidad. “Dios mío, si tú hubieras sido hombre, hoy supieras ser Dios”, dice también Vallejo, en clave hegeliana. Es la riqueza de lo finito lo que otorga verdadera infinitud. Hay que poner una especial atención a la escena en la que Black conversa con una paciente terminal jamaiquina sobre el sentido de la vida, la soledad y el valor de los recuerdos, cómo esta mujer se convierte en una lúcida maestra de la Muerte respecto de lo que significa llevar una vida y prepararse para lo que sigue. Cuando la Muerte debe retirarse – en aquella escena memorable de la fiesta de cumpleaños de Hill, en la que Joe y Bill contemplan extasiados el espectáculo de fuegos artificiales -, lo hace con gran desazón, pues ha comprendido finalmente el valor de lo finito. Separarse de Susan, desconectarse de la belleza y la magia del reino de lo temporal. No hay nada más difícil que dejar ir lo que uno ama más. Volver al horizonte de lo eterno supone para él un esfuerzo doloroso. Jamás pensó que su paso por el mundo de los mortales podría modificar de esa manera su perspectiva sobre las cosas. Ha aprendido a respetar y a valorar a los seres humanos, aquellas criaturas fugaces que otrora recogía casi sin mirar. Conoce sus apegos, sus virtudes y sus miserias de un modo que no tiene precedentes. Ha logrado una sabiduría desconocida hasta entonces entre los inmortales.

Peculiaridades de la vida mortal, que a los inmortales captura. Un viejo motivo griego que de alguna manera encontramos en Meet Joe Black.


Imagen: Claire Forlani y Brad Pitt. Tomada de aquí.

martes, 30 de noviembre de 2010

ÉTICA NARRATIVA Y EMPATÍA


Gonzalo Gamio Gehri


La inclusión del otro pasa por la crítica de las identidades meramente singulares, y por el reconocimiento del discernimiento como un factor crucial en la construcción de nuestro sentido del yo y en la configuración de nuestra red de lealtades y valoraciones*. Resulta bastante claro que nosotros no elegimos todos los componentes de nuestra identidad, ni tampoco determinamos conscientemente todas las formas de inscripción en instituciones que experimentamos en la vida – la familia es el caso que se nos viene más rápido a la mente -; el mundo social está ya constituido cuando irrumpimos en la vida, y muchos de los estándares de valor a los que apelamos en nuestra vida adulta para juzgar comportamientos o emprender cursos de acción los encontramos disponibles en alguna forma de ethos. No obstante, estas condiciones concretas de nuestro ser en el mundo social no bloquean el espacio de actividad de la razón práctica; antes bien, estas condiciones constituyen el trasfondo de su funcionamiento. Seyla Benhabib lo explica en los siguientes términos:

“Nacemos en redes de interlocución o en redes narrativas, desde relatos familiares y de género hasta relatos lingüísticos y los grandes relatos de la identidad colectiva. Somos conscientes de quiénes somos aprendiendo a ser socios conversacionales en estos relatos. Aunque no escogemos estas redes en cuyas tramas nos vemos inicialmente atrapados, ni seleccionamos a aquellos con quienes deseamos conversar, nuestra agencia consiste en la capacidad para tejer, a partir de aquellos relatos, nuestras historias individuales de vida.(…) Así como una vez que se han aprendido las reglas gramaticales de un idioma éstas no agotan nuestra capacidad para construir un número infinito de oraciones bien armadas en ese idioma, la socialización y la aculturación tampoco determinan la vida de una persona, o su capacidad para iniciar nuevas acciones y nuevos enunciados en la conversación[1].”

Tener la capacidad para tejer nuevos relatos sobre la base de los antiguos implica la posibilidad de incorporar nuevos interlocutores – nuevos “socios conversacionales”, para usar las palabras de Benhabib – que los antiguos estándares no admitían, e incluso puede llevarnos a plantearnos seriamente la tarea de resignificar (vale decir, la posibilidad de asignar nuevos significados) las antiguas prácticas sociales e instituciones que puedan contrastar con antiguas formas de valoración en los espacios sociales que habitamos. La capacidad de componer y recomponer narrativas vitales constituye una forma de apertura a nuevos sentidos y nuevas posibilidades de pensar, sentir y vivir.

Ampliar nuestros vínculos empáticos constituye una importante innovación narrativa[2]. En más de un sentido, esto es estrictamente lo que sucede en Las Suplicantes. Las mujeres argivas piden a Teseo intervenir en el conflicto con Creonte, que no quiere ceder los cadáveres a sus madres y esposas. Hemos dicho que la respuesta inicial del rey ateniense es negativa: no quiere involucrar a la pólis ática en un enfrentamiento que ha rondado con singular interés la mala fortuna. Según la cosmovisión mítica griega, los seres humanos cuyos cuerpos no recibían la sepultura debida y los ritos fúnebres en honor a los dioses subterráneos quedaban sin posibilidad alguna de descender al Hades. Quedan condenados a vagar por la tierra. Por ello la justificada desesperación de estas mujeres, que recurren a Etra para persuadir al joven monarca.

La reina intenta convencer a su hijo acerca de la justicia de la petición de las mujeres argivas. Como madre, ella entiende su dolor, puede ponerse en su situación sin mayores dificultades. Los soldados invasores fueron muertos en el campo de batalla, ellos ya recibieron su castigo ¿Para qué ensañarse con sus cadáveres? El entierro y el cumplimiento del ritual constituyen exigencias que plantean las leyes del mundo de abajo, leyes que todos los griegos deben honrar por respeto a los dioses del Hades. Ni los tebanos ni los argivos son “bárbaros”: ellos conocen perfectamente lo que corresponde hacer con los cuerpos de los guerreros muertos. Se trata de una invitación a trascender las leyes de cada pólis hacia normas más generales y sagradas. La recuperación de los restos del ejército derrotado debería ser considerada una misión sagrada para el propio Teseo.

“Hijo, en primer lugar te apremio a que no yerres deshonrando las leyes divinas. ¡Cuidado, no vayas a errar en esto cuando eres sensato en lo demás!

En segundo lugar, si hubiera que ser audaz con quienes no han recibido agravio, yo me callaría de buen grado. Ahora bien, considera cuánto honor te puede reportar (a mí, desde luego, no me produce miedo el aconsejarte) el constreñir con tu brazo a hombres violentos que impiden a los muertos tener su tumba debida y exequias; y poner coto a quienes tratan de violar las tradiciones de toda la Hélade[3].

Como constatamos en este caso, la invocación a la empatía no está reñida con la apelación a una justicia mayor a la que está implícita en las costumbres locales. Hemos señalado que la exclusión y la violencia constituyen expresiones que ha menudo proceden de los intentos de los agentes de imponer(se) una identidad singular que a menudo se define de manera contradistintiva. Reconocer la pluralidad de nuestras identidades, así como la diversidad de los compromisos que emanan de ella, constituye un buen punto de partida para descubrir el valor de otros modos de estar en el mundo. A través del contacto con los otros percibimos la riqueza de las diferencias humanas pero también identificamos lo que tenemos en común: por ejemplo, nuestras maneras similares de reaccionar frente a la muerte de quienes amamos, nuestros modos de expresar amor y consuelo. No sólo Etra y Teseo – tan cercanos a las viudas y madres argivas en tanto comparten los marcos referenciales de tipo religioso y moral que sostienen las leyes del mundo subterráneo – pueden contemplar conmovidos el dolor de quienes necesitan celebrar las exequias de los suyos para lograr algo de paz. También nosotros, seres humanos del siglo XXI, podemos sentirnos concernidos por la sensación inicial de desamparo de las mujeres de Argos. Podemos proyectar sobre ellas nuestras propias experiencias de dolor, o las vivencias de nuestros compatriotas en el Ayacucho de los años del conflicto armado interno.



* Esta nota es un brevísimo fragmento de un ensayo que aparececido en un libro compartido sobre Cultura de Paz y DDHH (PUCP), Hacia una cultura de Paz Lima, PUCP 2010.

[1] Benhabib, Seyla Las reivindicaciones de la cultura Buenos Aires, Katz 2006 pp. 44 -5 (las cursivas son mías).

[2] Cfr. Rorty, Richard “Derechos humanos, racionalidad y sentimentalismo” en: Verdad y progreso op.cit. pp. 219 – 42.

[3]Suplicantes, 303-314 (las cursivas son mías).

jueves, 4 de noviembre de 2010

REIVINDICAR LAS DIFERENCIAS: CONSIDERACIONES ACERCA DE “MY NAME IS KHAN”



Gonzalo Gamio Gehri


Rizwan Khan es un joven musulmán de origen indio que padece una forma de autismo que compromete sus habilidades sociales y la expresión, digamos, “clara” o “convencional” de sus sentimientos. Vicisitudes de la vida familiar lo llevan a abandonar la India y a viajar a San Francisco, donde logra conquistar – en circunstancias particularmente conmovedoras – a una bella joven hindú que trabaja en una peluquería y que tiene un niño. Los sucesos del 11 de septiembre llevan a Khan y su familia a una aguda crisis, motivada por un sentimiento anti-islámico desatado por un sector de la opinión pública en el corazón mismo de los Estados Unidos. El niño al que Khan quiere como un hijo muere víctima de un crimen de odio en las instalaciones de su propia escuela. Esta pérdida suscita la separación de la pareja; en medio de la confusión y la tristeza, Khan cree entender que sólo podrá recuperar el amor de la joven si enfrenta al presidente estadounidense y le manifiesta que no es un terrorista. Esta misión lleva a Khan a diferentes puntos del país por ejemplo a Georgia, sumida en terribles inundaciones. Es capturado y torturado - siendo sindicado como terrorista -, confronta y desenmascara a extremistas islámicos en el seno mismo de una mezquita. Su búsqueda del presidente es indesmayable.

Este es el argumento de My Name is Khan (2010), escrita y dirigida por Karan Sohar. Se trata de una película india entrañable y lúcida. La trama, las actuaciones y el manejo de los escenarios son notables. La cinta nos habla de la intolerancia cultural, el racismo, la discapacidad y lo que las personas pueden hacer por amor con una sencillez y profundidad realmente conmovedoras. Se trata de una persuasiva reivindicación del valor de las diferencias – en tanto éstas no son, como sugieren no pocos políticos conservadores del Hemisferio norte, factores de “debilitamiento del espíritu” ni un síntoma de condescendencia frente a quienes no buscan integrarse, sino genuinas formas de valoración y realización humanas – que merece ser examinada en tiempos en que se sostiene de una manera categórica (y sin duda discutible) que “el enfoque multicultural ha fracasado”. Esta tesis se ha convertido en el núcleo de una relevante controversia en Europa, particularmente en Alemania. Académicos progresistas como Jürgen Habermas han manifestado ya su preocupación frente a la posibilidad de que esta clase de presuposiciones propicie el retorno de viejos esquemas de violencia cultural.

Esta película pone de manifiesto una inquebrantable fe en los seres humanos y en la victoria sobre el odio; pretende alejarnos del engañoso "realismo" de quienes aseguran que no es posible el encuentro genuino de personas que habitan sistemas de creencias diferentes y que han conocido la violencia por motivos religiosos o raciales. My Name is Khan plantea las cosas desde un ángulo diferente, saludablemente crítico y notablemente inspirador. Ninguna dificultad – ni siquiera una aparente barrera permanente, como el propio Síndrome de Asperger – puede bloquear de manera definitiva una auténtica comunicación interhumana, cuando la fuente de ésta reside en la solidaridad y el amor.

viernes, 26 de diciembre de 2008

“VIDAS PARALELAS”: CERO EN AUTOCRÍTICA




Gonzalo Gamio Gehri


Hace tiempo que quería comentar esta película, y ahora que ha pasado un tiempo, creo que es posible hacerlo con mayor rigor. Vidas Paralelas de Rocío Lladó (2008) es, literalmente, una película-estandarte: es una película que expone la perspectiva de un sector conservador y autoritario de las Fuerzas Armadas frente al conflicto armado interno. Digo “sector conservador y autoritario” porque también existen otros puntos de vista dentro de éstas (muchos oficiales y ex oficiales colaboraron estrechamente con la CVR, unos están de acuerdo con el Informe, otros discrepan con él de manera alturada, muchos tienen una sólida formación en Derechos Humanos, muchos hacen una autocrítica sana respecto de su desempeño en ciertos períodos del conflicto, una autocrítica que debería practicarse en todos los sectores de la sociedad). La película contó con el apoyo de la Universidad Alas Peruanas (una de las universidades nuevas ("empresariales"), fruto del Decreto fujimorista 882) y con el respaldo del propio Ejército Peruano.

No se trata de un filme que busque ofrecer una mirada crítica o multidimensional al conflicto. Su perspectiva es maniquea: son los caballeros de la mesa redonda enfrentándose a los orcos de Lord of the Rings. La película tiene la complejidad de una telenovela mexicana de los años setenta: ángeles contra monstruos. Aunque tengo claro que las Fuerzas Armadas y Policiales desempeñaron un papel fundamental en la derrota de la insania terrorista, la estrechez de miras del enfoque y la trama son más que evidentes, y no sólo por lo caricaturesco de los personajes: el fornido / heroico / estoico / incomprendido militar peruano; el profesor de universidad nacional ayacuchana / hippie / comunista / asesino; la fiscal / seguro ex abogada de ONG / antimilitar (es una pena que magníficos actores de la talla de Hernán Romero y Jimena Lindo hayan sido desaprovechados). La película ni siquiera describe cómo la derrota del terrorismo supuso un cambio de estrategia (de la represión al trabajo de inteligencia policial), ni dice una palabra sobre la acción de los ronderos (un baluarte para la victoria del Estado) o de la población civil. No dice nada sobre la negligencia de los políticos de turno, que abdicaron de la función pública creando los comandos político-militares, evadiendo su responsabilidad en el proceso de pacificación. En otras palabras, la película objetivamente distorsiona las evidencias históricas en torno a una etapa compleja y amarga de nuestro pasado reciente.

Pero hay más. Esta película desaprovecha una oportunidad de oro para la autocrítica que toda institución debería hacer en torno a su rol en un proceso tan amargo como el vivido entre 1980 y 2000. En efecto, los agentes del Estado realizaron acciones heroicas protegiendo alos ciudadanos, pero también, en ciertos períodos y lugares – como observa el Informe de la CVR – se violaron los Derechos Humanos de pobladores civiles inocentes. Casos como la matanza de Putis o Cayara son ejemplos de lo que estoy señalando. La palabra “exceso” no puede ser usada con propiedad en estos casos. Sin embargo, para la película, ni siquiera existieron “excesos”, menos aún violaciones sistemáticas: no hubo torturas, ni secuestros nocturnos. Para ellos, ni Putis ni Cayara existieron, tampoco el Grupo Colina. Tampoco aparece la figura del “mal elemento” de las Fuerzas del Orden ¡No siquiera como contraejemplo, como signo de verosimilitud! Una hueste de cruzados, solamente. Ello priva de credibilidad a la propuesta, y la convierte en una caricatura. Y es una pena, porque es necesario distinguir a los verdaderos héroes de uniforme de quienes sí cometieron crímenes contra la vida. El Ministerio de Defensa y los Institutos Armados deberían ser los primeros interesados en separar el trigo de la paja, pero entorpecen las investigaciones, negándose a colaborar sistemáticamente brindando información. Lo que queremos es saber la verdad, para honrar a los héroes, y condenar a aquellos a los que se le pruebe la comisión de un crimen. Pero no es esa la idea que subyace aquí en la película. No sorprende que uno de los actores de la cinta sea Edgar Núñez, el congresista aprista que planteaba una fallida amnistía que favorecía a los uniformados investigados o procesados por delitos de lesa humanidad.

En fin. Era de esperarse que – contando con esa coproducción – la película fuese estereotipada y poco creíble en el tratamiento de un tema tan importante y sensible para todos los peruanos. Las puyas a las ONG y a la propia CVR son recurrentes. Al final, “Felipe / Lince” – el heroico soldado (encarnado por Óscar López) procesado por un crimen que evidentemente no cometió -, ofrece un discurso final sobre la “inconveniencia” de “reabrir viejas heridas” (v.g. no se metan con una "institución tutelar", un pensamiento nada democrático). Es decir, dejar las cosas como están. Una cuestionable oda final a la impunidad. Digna de una columna de opinión de la prensa autoritaria. Así el país no podrá aprender de sus errores. Necesitamos otra actitud frente a lo vivido.

sábado, 21 de junio de 2008

"KINGDOM OF HEAVEN" (2005) Y LA LUCHA CONTRA LOS FUNDAMENTALISMOS




Gonzalo Gamio Gehri


“- ¿Qué puede pedirle un Rey a alguien como yo?
- Un mundo mejor que los que existen.
Un Reino de la Conciencia. Un Reino del
Cielo.”

Los últimos años del fugaz Reino Latino de Jerusalén – el mayor baluarte cruzado en Palestina, tomado por el sultán Saladino después de la batalla de Hattin (1187) – sirve de trasfondo histórico de Cruzada (Kingdom of Heaven, 2005), una película de Ridley Scott, Director de Blade Runner y 1492. Aunque el filme recurre a personajes y eventos históricos – Balian d´Ibelin, Balduino IV, el trágico preludio de la Tercera Cruzada - no pretende reconstruir sin más los conflictos político – bélicos entre cristianos y musulmanes a finales del siglo XII. De hecho, los historiadores se llevarán las manos a la cabeza frente a las imprecisiones y anacronismos del guión respecto del carácter y aun el rol de los actores históricos frente a los acontecimientos que se narran en la pantalla. Es altamente probable que Scott quiera presentarnos – desde una versión de las Cruzadas – una especie de parábola sobre el valor del pluralismo ético-religioso y los efectos perniciosos del fundamentalismo sobre la vida de los pueblos. Parece hablarnos más acerca de Irak, el conflicto árabe-israelí y la rigidez de las ortodoxias religiosas del presente que de las vicisitudes de la Palestina feudal. Llama la atención sobre un espíritu de intolerancia y violencia que aun habita en nosotros y se manifiesta de diferentes formas hoy.

El héroe de la historia es Balian d´Ibelin, un joven herrero que marcha a Jerusalén con el fin de convertirse en caballero, expiar sus crímenes y salvar su alma luchando por su Dios. Sigue a su padre, un noble que acaba de conocer y que al morir le deja sus tierras y una posición importante en la corte del Reino Latino, dividido políticamente entre quienes anhelan convertir Tierra Santa en un lugar en el que convivan pacíficamente cristianos, judíos y musulmanes – el punto de vista que defiende el rey Balduino y el padre de Balian – y quienes, como Guy de Lusignan, Reinaldo de Chatillon y otros barones del reino, promueven iniciar una guerra sin cuartel contra los sarracenos. Muerto el rey y vencidos los cruzados en Hattin, Balian debe afrontar el reto de defender Jerusalén en su hora final. Confiado en que la auténtica Jerusalén, ciudad sagrada para tres credos, reside en el corazón de los hombres de bien – “un Reino de la Conciencia” –, y cercado por un ejército más numeroso, entrega la ciudad a Saladino, quien se compromete a implantar la tolerancia religiosa y a abrir los Santos Lugares a toda clase de peregrinos, siguiendo los deseos del difunto rey cristiano.

Balian se da cuenta pronto que la guerra y la muerte no sirven para salvar almas, que éstas sólo son útiles para los grupos de poder - políticos y religiosos - que requieren de la violencia para ejercer su control sobre otros hombres. Reconoce en muchos musulmanes expresiones de honor y lealtad que considera dignas de un verdadero caballero cristiano: eliminarlos por el hecho de tener otra confesión atentaría contra la doctrina de Jesús, tan ajena a quienes predican la “Guerra Santa” o proscriben la diversidad so pretexto de ser los hipotéticos usuarios exclusivos de la Verdad. Llega a la convicción que el mundo moralmente significativo no se divide entre “fieles” e “infieles”, o entre “cristianos” y “paganos”, sino entre quienes – como Balduino, el rey leproso, y el mismo Saladino - respetan los principios de la libertad de conciencia y la dignidad del otro y los que utilizan o negocian con la vida de la gente –Chatillon y el Maestre del Temple - a veces escudándose tras la máscara de la religión. Por sus obras los conoceréis.

Con ese espíritu pacifista y pluralista – no característico del medioevo más difundido – Cruzada introduce, en el marco de las “guerras santas” del pasado y del presente, el tema tan actual del diálogo interreligioso, la defensa de lo humano y el delirio de los fundamentalismos de diverso cuño. Insiste en que Jerusalén le pertenece a todos los adoradores de Dios y, más allá de esto, a quienes amen esa tierra. Balian – una especie de modernista adelantado a su tiempo – defiende la tesis de que ninguna ciudad vale la sangre de inocentes, que nada hay más sagrado que la vida. No cabe duda de que Scott tuvo en mente algo más que otra superproducción “de época”. Escuchar al otro- reconocer su voz - constituye un imperativo moral hoy tanto como ayer.