
Ayer, el Vicepresidente de la república, el Vicealmirante Luis Giampietri envió una carta al diario
Dice expresamente que no cree que estos miembros del Ejecutivo sean los autores de estos actos delictivos, pero sí considera que el discurso que aderezan – contra
Esa cultura de la visceralidad es la que hay que desmontar, promoviendo la cultura de la argumentación. Álvarez Rodrich ha señalado en su comentario a la carta de Giampietri que está muy mal escrita y peor articulada. Que no justifica su acusación y que sólo revela prepotencia y anhelo de impunidad planteado bajo el privilegio de la condición de congresista. Las freses son duras, pero buscan poner de manifiesto lo que - a juicio del propio articulista - constituye una forma de ejercer presión sobre un columnista de opinión. Es preciso rechazar cualquier clase de amenaza (velada o explícita) contra el periodismo independiente. Ningún tipo de sutil coacción sobre la prensa, esbozada desde el poder, puede prosperar en una sociedad genuinamente democrática. Creemos que la réplica de Álvarez Rodrich pone el punto sobre las íes.
Encontramos esos niveles de virulencia por todas partes. Por ejemplo, un "activista virtual" (1) sugirió fugaz y nebulosamente por allí que el recuerdo de Auschwittz se reduce hoy en día a una mera estrategia fundada en un instrumentalismo comercial y político. Que la memoria de la tragedia vivida puede ser usada y distorsionada de múltiples maneras (incluida la banalización) constituye un dato prácticamente obvio – casi una perogrullada para quienes se dedican al tema -, que Tzvetan Todorov ha analizado en detalle desde la perspectiva de la teoría política. Pero la sugerencia citada aludía originalmente a otra cosa, a que “lo que queda” de la memoria de Auschwitz es meramente su forma banalizada, “comercial”, en términos políticos y económicos (ese es, según el blog en cuestión - y cito a la letra a este señor neocon -, "el verdadero 'efecto' Auschwitz"). Estas expresiones resultan particularmente reveladoras, pues ponen de manifiesto una sugerencia ofensiva para muchas personas que padecieron la shoah, o que sindican acertadamente el horror nazi como un escándalo para la razón humana (luego se repuso el post, visiblemente modificado; intenta así corregirse infructuosamente, suavizando los textos - aunque tomando precauciones y cerrándolos ante cualquier comentario -, maquillándolos y así parecer menos "incorrecto"). Este tipo de situaciones locales y foráneas plantean un reto a los ciudadanos. Lo que ha sucedido la semana pasada en Lima es una llamada de alerta en torno al recrudecimiento de un pathos visceral e intolerante, completamente pernicioso para una democracia. Es preciso identificar la cultura de la violencia que florece sin resistencias en los medios y en el espacio político. Algo tenemos que hacer, no cabe duda. Empecemos desmontando esa clase de autoritarismo cotidiano, presente en el discurso, esa fascinación por la fuerza. Como se señalaba en
(1) Un blogger de extrema derecha que aparentemente oculta su identidad bajo un seudónimo.











