
lunes, 26 de diciembre de 2016
EL CULTIVO DE LA CIUDADANÍA. APUNTES FILOSÓFICOS*

domingo, 26 de octubre de 2014
EXAMINED LIFE (2008)... LA FILOSOFÍA Y EL DÍA A DÍA
jueves, 31 de octubre de 2013
EVENTO UARM: VERDAD Y RECONCILIACIÓN. DIEZ AÑOS DEL INFORME DE LA CVR

jueves, 19 de enero de 2012
FINITUD, FILOSOFÍA POLÍTICA Y EXPERIENCIA

Gonzalo Gamio Gehri
Dos convicciones han animado desde el principio mi vocación filosófica: 1) que el lugar originario de la filosofía es el espacio público – el ágora, la calle – y que allí debe volver. 2) que el “objeto” de la filosofía es la experiencia. Entiendo “experiencia” en un sentido hegeliano, como la consideración reflexiva de nuestras relaciones vitales con el entorno, con los otros, con las cosas (esta es una idea importante presente tanto en
En nuestro tiempo, la ilusión del control y del poder subyacente a nuestros pretendidos “saberes técnicos” - afines a una concepción meramente instrumental de la racionalidad implícita en la política moderna, en el reduccionismo económico y en un “sentido común” marcado por el imperio de la producción, el consumo y de una visión peculiar del “éxito” - ha pretendido resentir la autocomprensión de la agencia humana en los espacios sociales desde el horizonte de la finitud. Esta perspectiva está particularmente influida por el paradigma de la gestión empresarial, tan presente hoy en diferentes contextos de la vida social y - por desgracia - en la educación. Uno podría decir que las instituciones educativas que sólo concentran su interés en la instrucciòn profesional en y para el mercado renuncian automáticamente a uno de los retos cruciales de la educación: formar y examinar una interpretación rigurosa y reveladora de la condición humana y su sentido. En contraste, el énfasis en las humanidades, planteado desde un modelo educativo humanista conversacional – planteado en años recientes por Martha C. Nussbaum, Richard Rorty y otros – destaca el cuidado de lo humano y una particular atención a la vulnerabilidad constitutiva de nuestra condición que converge con la preocupación clásica por una ética de lo particular y finito. La literatura, el mito y la historia retratan innumerables ejemplos en los que el ideal abstracto de la “programación” (de la propia vida, de las instituciones, etc.), más allá de su importancia innegable – pues también es una manifestación de inequívoca racionalidad (una entre otras) -, presenta límites, pues siempre se requiere escuchar lo que el curso mismo de la vida tiene que decir. Incluso la tyché juega sus propias cartas. Cualquier forma concreta de discernimiento ético y político tendría que contar con ello.
domingo, 27 de noviembre de 2011
APUNTES SOBRE PLURALISMO Y FILOSOFÍA

He señalado que los espacios de la sociedad civil constituyen escenarios para la discusión en torno a la vida buena y la trascendencia. Mientras el Estado permanece al margen de estas cuestiones – esforzándose por garantizar los derechos y libertades de cada uno -, la sociedad civil propicia lugares de debate en los que la preocupación por los fines de la vida, las virtudes y las creencias sobre lo absoluto: como señala Lessing, a menudo las interrogantes son más importantes que las respuestas. La Universidad es uno de estos espacios, mas no el único.
Decía que este tipo de discusiones e interpelaciones no siempre es recibido por quienes asumen de manera dogmática sus puntos de vista sobre lo bueno y la trascendencia. El diálogo genuino requiere de interacción de horizontes y una actitud falibilista, estar dispuesto a escuchar las razones del otro y a darle la razón si es el caso que haya que dársela en virtud de la solidez de los argumentos. Esta actitud nos remite al magisterio de Sócrates, y al corazón mismo de la filosofía. No todos tienen el pathos necesario para asumir el duro trabajo del concepto. Algunos prefieren no poner en riesgo sus convicciones sometiéndolas a escrutinio racional. Exponer las propias convicciones siempre implica arriesgarse a perder las propias “certezas”.
Estos debates tienden a socavar lo que podría describirse como el “afán de seguridades”, la actitud que presupone que el propio punto de vista es el único razonable o verdadero, el único vehículo de plenitud humana, de modo que se identifica “a priori” cualquier otra posición como intrínsecamente falsa o defectuosa. Es común que desde esta actitud dogmática se sindique cualquier defensa del pluralismo como “relativista”, “nihilista”, o etiquetas arrancadas de manuales de “recta enseñanza”, que recurren a la simplificación y a la caricatura para tentar disolver los problemas conceptuales que habría que afrontar desde el lógos. Este dogmático afán de seguridades es contrario al espíritu de la filosofía, para el cual una vida no examinada no merece la pena ser vivida.
La obsesión por la verdad a nenudo le hace mucho daño a la búsqueda de la verdad..
domingo, 16 de octubre de 2011
PLURALISMO Y ENCARNACIÓN

Una de las objeciones más sencillas – y manidas – al pluralismo ético consiste en identificarlo con “el punto de vista desde ningún lugar”, para utilizar una expresión de Thomas Nagel. No es un cuestionamiento novedoso. El crítico supone que la defensa del respeto por la diversidad o el reconocimiento de la heterogeneidad y la potencial conflictividad de los bienes se plantea desde una concepción de la racionalidad práctica ahistórica y socialmente desvinculada. Me parece que la crítica incurre en la confusión y en más de un lugar común.
“Yo prefiero café, tu prefieres champagne. Tenemos diferentes gustos. Aquí no hay más que decir´. Eso es relativismo. Pero el punto de vista de Vico y el de Herder no corresponden a esto: esto es lo que he descrito como pluralismo – esto es, la tesis de que hay muchos fines diferentes que el hombre puede buscar y aún ser plenamente racional”[1]
sábado, 13 de agosto de 2011
SOBRE EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA PERUANA
Ayer participé en una Mesa Redonda sobre El futuro de la democracia peruana, llevada a cabo en la UNMSM y organizada por la ASPEEFIP, Asociación Peruana de Ética y Filosofía Política. Se trata de la primera actividad pública de la Asociación. Tuve el privilegio de compartir la Mesa con los profesores Miguel Polo y Félix Reátegui. Aquí publico el esquema preliminar de mi intervención.
I.- APROXIMACIÓN AL CONCEPTO DE DEMOCRACIA.
1.- Distancia respecto de una visión etimológica (Demos y kratos).
2.- Una forma de vida política que atiende a la distribución del poder.
¿Cómo distribuir el poder?
2.1. Herencia liberal.
- Sistema de derechos.
- Mecanismos de representación política.
- Separación de poderes al interior del Estado.
- fronteras Estado / Mercado / Iglesias / Universidades / Sociedad civil.
2.2. Herencia clásica.
- Noción de ciudadanía como agencia política.
- Participación del ciudadano en la cosa pública.
- Autogobierno como una forma de defender derechos.
II.- LA DEMOCRACIA PERUANA (2000-2011).
1.- Se recupera en el año 2000.
2.- Agenda de la transición fue importante.
- Sistema anti-corrupción.
- Formación de la CVR.
3.- Esta agenda perdió fuerza con Toledo y fue desactivada por García.
4.- García estableció estrechos vínculos con los sectores más conservadores de la “clase política” y la sociedad (fujimorismo y la derecha católica).
5.- Crecimiento económico sin justicia distributiva.
6.- Las dos opciones en la segunda vuelta presentaban cuestionamientos en materia de democracia y DDHH.
7.- En alguna medida, la opción ganadora fue aquella que logró concertar posiciones con otras fuerzas políticas y voces de la esfera de opinión pública, ruptura con un pasado corrupto y pudo acercarse más al denominado “centro político”.
III.- PERSPECTIVAS.
Es prematuro emitir un juicio sobre el nuevo gobierno a tan pocos días del cambio de mando. Sin embargo, podemos compartir algunas impresiones.
a.- ELEMENTOS INTERESANTES:
1.- Si bien el mensaje presidencial fue eminentemente declarativo, resultó interesante el énfasis puesto en la redistribución, la lucha contra la corrupción y el tema de las reparaciones planteadas por la CVR.
2.- Gabinete interesante. Particularmente Francisco Eguiguren y Patricia Salas.
3.- Buena perspectiva en torno a la progresiva secularización de la política (a diferencia de García y Fujimori).
b.- ELEMENTOS PREOCUPANTES.
1.- El celo con que algunos miembros del oficialismo observan a la prensa.
2.- Peligro de reincidir en el militarismo.
3.- debilidad de los partidos y precariedad de los espacios de la sociedad civil.
domingo, 1 de agosto de 2010
EN TORNO A LA VALORACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS

Es curioso que, cuando uno pregunta al académico conservador cuál es su objeción fundamental al discurso y a la práctica de los derechos humanos – la razón por la que afirma que “no existen” – la respuesta pretende ser ‘filosófica’. Se nos dice que los derechos humanos se fundan en una “metafísica densa” que presupone la idea ilustrada de razón científica, una antropología atomista, una comprensión mecanicista de la naturaleza e incluso, de la sociedad y de la historia. Es decir, una versión moderna, racionalista, del derecho natural. Uno no sabe si tomar en serio esa objeción, porque equivale a sostener que si uno cree en los derechos humanos está obligado a ser un kantiano ortodoxo o un contractualista clásico. Como si la discusión académica se hubiese detenido en los siglos XVII y XVIII, y no existiesen otras posibilidades de justificación filosófica. No debería sorprendernos, si muchos de estos censores de la modernidad política plantean como alternativa el retorno al Estado confesional o al Antiguo Régimen con todas sus formas de discriminación y violencia. Uno siente la tentación de recomendarles a estos críticos bibliografía reciente sobre el tema. Porque es posible encontrar buenas justificaciones de los derechos humanos en clave pragmatista, hermenéutica o postmoderna, o lecturas centradas en las capacidades, en el sentido de Nussbaum y Sen. Es absurdo pensar que quien defiende los derechos humanos tiene que ser necesariamente un iusnaturalista ilustrado.
viernes, 23 de octubre de 2009
LA SABIDURÍA TRÁGICA

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE DELIBERACIÓN Y FINITUD
Gonzalo Gamio Gehri
“Porque Zeus puso a los mortales en el camino del saber, cuando estableció con fuerza de ley que se adquiera la sabiduría con el sufrimiento. Del corazón gotea en el suelo una pena dolorosa de recordar e, incluso a quienes no lo quieren, les llega el momento de ser prudentes.”[1]
Siempre me he preguntado porqué los compositores de tragedias – pensadores de primera línea en la reflexión clásica sobre la ética y la política – han insistido en señalar que la sabiduría se logra a través del dolor. Por supuesto, esta posición re-vela la forma peculiar de la relación de los mortales con los dioses, e incluso el rol de la anámnesis en el espacio público ateniense. No obstante, más allá del horizonte cultural inter-intencional de su enunciación, la sabiduría trágica pone de manifiesto dimensiones fundamentales de la cosa misma, la comprensión del carácter finito y contingente tanto de la vida humana en cuanto tal, como de las propias excelencias que es capaz de desplegar un agente humano.
“Porque sufrimos, reconocemos haber actuado mal”, reza al verso 926 de Antígona, que después examina Hegel en
No podemos erradicar el dolor de la experiencia humana sin dejar de ser lo que somos (cfr., el rechazo de Ulises al ofrecimiento de la inmortalidad por parte de Calipso en Odisea V), pero podemos aprender de él, aun en las situaciones más amargas. En el fondo, no nos queda alternativa. Eso lo sabemos cuando perdemos a un ser amado. Aprender en torno a nuestros límites en tanto mortales, aprender en cuanto al trato que le debemos a los demás y a la medida correcta en los diferentes asuntos de la vida. Reconocer que la realidad que debemos enfrentar no está hecha a la medida de nuestros deseos; antes bien, suele ejercer una sólida resistencia frente a ellos. Considerar y percibir la inconmensurabilidad de los bienes que buscamos y aspiramos cultivar, así como la heterogeneidad de los males que combatimos o procuramos evitar. Tomar conciencia de que cualquier pretensión de autosuficiencia para una vida humana está condenada a fracasar. Extraer, finalmente, de la experiencia de la adversidad la aguda lección de Tiresias, según la cual la buena deliberación es el mejor de los bienes, incluso cuando sabemos que no podemos bosquejar del todo el escenario de nuestras vidas.
miércoles, 14 de octubre de 2009
CHARLES TAYLOR: LOS TRES EJES DEL PENSAMIENTO MORAL

Gonzalo Gamio Gehri
En más de un sentido, Charles Taylor es el hermenéuta vivo más importante en cuanto al cultivo de la filosofía práctica se refiere. Desgraciadamente, es más conocido en Latinoamérica por sus textos de divulgación que por sus libros más sistemáticos. En ellos, desarrolla un análisis muy fino de la fenomenología de la experiencia ética y del concepto de identidad. Fuentes del yo siguen siendo aquí nuestro material fundamental de cuestionamiento y discusión. En esta obra Taylor explicita sus puntos de vista frente a estos temas que en otros lugares apenas bosqueja someramente[1].
Un importante cambio de Gestalt ha tenido lugar aquí para que el primer eje adquiera supremacía en la ética moderna. Se trata de un giro conceptual en donde la idea de la persona humana como fin último de la sociedad (o incluso del “cosmos”) tiene el rol protagónico. La tesis de que la dignidad del individuo no puede ser sacrificada en nombre de un ideal mayor, puesto que se entiende al agente moral como titular de derechos inalienables, se impuso en occidente como resultado del declive de una concepción que situaba al hombre como parte de un orden natural que lo trasciende y rige sobre él. El “sentido” de la vida humana manaba de ese orden, en oposición a los tiempos modernos, en los que presuponemos que tal sentido nos habla desde dentro de nosotros, desde las profundidades del yo. La articulación de la historia narrativa de este giro hacia la interioridad y hacia el individuo constituye buena parte del programa de las Fuentes del yo, una historia en la que las tensiones internas de la herencia cristiana, ilustrada y romántica constituyen el hilo conductor narrativo.
[1] Por ejemplo,confrontar La ética de la autenticidad op.cit. caps. 2 – 4.
[2] Sobre esto cosúltese el importante libro de Bernard Williams, Ethics and the limits of philosophy London, Fontana Press / Collins 1985; asimismo Taylor, Charles Fuentes del yo op.cit. cap..3 (especialmente el numeral 3.3).
[4] Cfr. MacIntyre, Alasdair Historia de la ética Barcelona, Paidós 1994 cap. 2; idem, Justicia y Racionalidad Barcelona, Ediciones internacionales Universitarias 1994 caps. 2-3.
sábado, 10 de octubre de 2009
ESBOZOS SOBRE IDENTIDAD ÉTICA Y LIBERTAD CULTURAL

Me propongo – en los próximos envíos, con excepción de alguna nota sobre temas de actualidad – desarrollar algunas reflexiones en torno a la identidad y la libertad cultural, que me planteé elaborar desde mi estancia española, pero que no he podido acometer hasta hoy por una serie de compromisos académicos adquiridos con anterioridad. Aprovecharé este espacio para hacerlo - dado que sigo teniendo compromisos académicos, incluso más urgentes -, respetando el formato de blog que, como se sabe, es menos formal en la expresión y más libre que el formato monográfico. Los blogs sirven fundamentalmente para ir afinando algunas intuiciones que podrán convertirse más adelante en modos de argumentación que puedan asumir la forma de ensayos o de artículos. Las recientes conversaciones con Pepi Patrón, Fidel Tubino y los miembros del Grupo de Desarrollo Humano de la PUCP me invitan a revisitar mis antiguas posiciones sobre el asunto, para someterlas a examen. Voy a ir examinando algunos casos histórico-filosóficos en la línea de Amartya Sen, Amin Maalouf , Kwame Appiah, entre otros, y ejemplos literarios – recurriendo a la obra de Walter Scott, Julio Ramón Ribeyro y José María Arguedas) que sirvan para ilustrar o matizar (o modificar) mis tesis; sin embargo, parto de la premisa de que la filosofía se ocupa de la cosa misma , y busca interlocutores sólo para esclarecerla tanto como le sea posible, desocultarla.
Planteo aquí solamente algunas ideas generales que acompañarán mi argumentación. Esbozos. Parto de algunas reflexiones sobre las identidades plurales que han sido expuestas en mi artículo Libertad cultural y Agencia humana, publicado hace unas semanas en un volumen colectivo sobre el enfoque de Desarrollo Humano (1). Siguiendo a Sen, nuestro self no puede ser definido unidimensionalmente – a partir, por ejemplo, de la pertenencia cultural, nacional y religiosa -, sin experimentar alguna clase de mutilación espiritual. Nuestra identidad, la imagen en torno a quiénes somos, cuál es nuestro lugar y dirección en los espacios sociales que habitamos, es una “obra abierta” que abarca una serie de elementos: ciertamente, pertenencia cultural, nacional y religiosa, pero también género, sexualidad, profesión, compromisos políticos, literarios, y un largo etcétera. Sen argumenta que estas facetas de la identidad suponen diferentes formas de afiliación y pertenencia. Aboga porque el individuo pueda encontrar, dentro de las limitaciones que los contextos le imponen, espacios de deliberación y libertad que le permitan elegir ordenar – en términos de una narrativa compleja – la jerarquía de lealtades que le permitan describir y orientar razonablemente el curso de su vida, sus compromisos y conflictos. Esta peculiar vindicación de la razón práctica implica el ejercicio de la libertad cultural, ale decir, la capacidad de suscribir los sistemas de creencias y valores vigentes, resignificarlos a través de la crítica, o incluso abandonarlos en nombre de otros ethe.
Por supuesto, esta posición está sujeta a una serie de límites y dificultades, que quisiera discutir en los posts que seguirán a éste. En primer lugar, La perspectiva liberal de Sen parece presuponer que la forma fundamental de vínculo social es la asociación voluntaria, tan exaltada por las teorías del contrato social. Parece no prestar la debida atención a las diversas formas de comunidades heredadas, o “no elegidas” (Walzer) que también constituyen los espacios de la forja dialógica de la identidad (Mead, Taylor, Honneth). Se trata de comunidades en cuyo seno crecemos y que podemos llegar a abandonar llegado el caso y con algún sacrificio, experimentando a menudo cierta pérdida en el proceso, a pesar de que estemos convencidos de la importancia o la ‘necesidad’ de afrontar dicho proceso. Sin embargo, dichas formas de habitación y membresía contribuyen a configurar nuestras distinciones valorativas y nuestras formas de discernimiento práctico.
Amin Maalouf ha ofrecido argumentos que contribuyen a relativizar – sin anularlas – las hipótesis de Sen. Sostiene que tendemos a privilegiar al interior de nuestra narrativa identitaria, aquellas facetas de la identidad que son hostilizadas o sometidas a situaciones conflictivas. En situaciones de supresión de libertades políticas, el pathos democrático de algunos ciudadanos puede asumir un lugar protagónico; en tiempos de discriminación religiosa, puede pasar lo mismo con el credo de quienes padecen hostilidades. Muchos homosexuales hacen lo propio cuando sus hábitos son cuestionados desde la autoridad política o religiosa o son reprimidos desde los esquemas morales dominantes. Creo que Maalouf tiene aquí un punto importante a su favor. Su idea me hace recordar aquellas reflexiones de Hannah Arendt transmitidas a Gershom Scholem, que señalaban que si “venía de alguna parte” era de “la tradición de la filosofía alemana” pero que si era atacada por ser judía, “respondía como judía”.
Quiero mostrar, en primer lugar, cómo es posible - si es posible, como creo que es - combinar a Sen con Maalouf desde el horizonte de una ética narrativa que haga justicia a las formas diversas de pertenencia como a las exigencias de la razón práctica. Quiero examinar luego dos situaciones interesantes, generalmente presentadas como “distorsiones de la identidad”, y discutir si en realidad lo son y en qué sentido lo son. Una es el repliegue, la actitud de refugio en la identidad cultural - y en las comunidades heredadas, concebidas prácticamente como “forzosas” – negando cualquier forma de cambio en el seno de las tradiciones, e incluso recurriendo a la violencia para preservar una presunta “pureza cultural”. Se trata de una forma de evasión de la realidad menos infrecuente de lo que suele pensarse. Voy a analizar el relato The Highland Widow, de Scott, en ese momento. Recuerdo que leí por primera vez ese relato en Zürich, en la navidad de 2001, y me prometí a mí mismo escribir sobre él alguna vez.
El otro fenómeno es la alienación, que examinaré primero desde Hegel, para abordar y criticar luego la versión coloquial de esta situación en el ámbito de las culturas. Se trata de un fenómeno conocido, después de todo. Si el repliegue nos resulta claramente una cierta forma de desgarramiento espiritual, el del desarraigo se manifiesta problemático, controversial. Todos conocemos personas que – por razones de parentesco o trabajo, o de estudios – han optado por la inmigración. Después de llevar años en el Perú, su país de origen, después de estudiar en venerables escuelas y universidades peruanas, la voluntad o el destino los ha llevado a radicar en ciudades de Europa o Norteamérica (u otras ciudades de América Latina). Algunas veces, con el tiempo, el cambio supone un proceso de conversión radical que implica el desarraigo casi absoluto. El nuevo hogar desplaza al primero. Algunos terminan sintiéndose completamente ajenos al Perú, al punto que cuando se refieren al país que los vio nacer, dicen “en tu precario país”,o algo parecido, renegando de parte importante de su propia herencia. El peruano es el otro. Incluso asumen políticas “duras”, y - paradójicamente - apoyan las medidas contra los inmigrantes, y abrazan posiciones que pasan por chauvinistas o extremistas. Los modelos culturales y personajes foráneos devienen verdaderos iconos, objetos de culto. El ejemplo más extremo y patético es el Bobby del cuento Alienación, de Ribeyro. Aunque muchas personas desaprueban esta clase de experiencias en abstracto - erróneamente o no -, ella nos plantea cuestiones importantes para la construcción y contrastación de interpretaciones éticas acerca de estos cambios y rupturas ¿Son estos sujetos “desertores” lamentables, o sólo podemos pensar de esa manera si asumimos como válidas ciertas categorías románticas del tipo del Volgeist, que pueden ser caracterizadas como ingenuas o engañosamente "esencialistas"? ¿O ellos están ejerciendo estrictamente su legítimo derecho a la libertad cultural?
'Libertad cultural' es una categoría compleja, que presenta diversas dimensiones que exigen una descripción rigurosa. Se trata de plantear estas cuestiones en el contexto de una fenomenología-hermenéutica de la identidad, el análisis crítico de textos literarios y desde una reflexión sobre las 'políticas del reconocimiento'.






