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domingo, 28 de junio de 2015

CHARLESTON Y LA LUCHA CONTRA LOS CRÍMENES DE ODIO







Gonzalo Gamio Gehri


La muerte del Reverendo Clementa Pinckney y ocho participantes en la Iglesia metodista de Charleston, en el sur de los Estados Unidos, ha conmocionado al mundo. Fueron asesinados por un joven que se proponía iniciar una “guerra racial” con su acción. La Iglesia atacada tenía una historia larga de atentados racistas, pues constituye un espacio de meditación y movilización en torno a temas de igualdad y lucha ciudadana contra la discriminación. Clementa Pinckney dirigía un grupo de reflexión bíblica y estaba comprometido con diversos proyectos de su comunidad local. El presidente Obama dio un discurso conmovedor en los funerales del Reverendo  y entonó con emoción los primeros versos del canto espiritual Amazing Grace, ante un público, visiblemente conmovido por la pérdida de sus vecinos y compañeros en la fe.

La sociedad norteamericana ha afrontado en los últimos años – en el marco del gobierno de Obama – numerosos casos de violencia racial, en particular motivados por el abuso de la fuerza en cuestionables acciones policiales. En tales situaciones, las comunidades de vecinos han hecho sentir su voz para condenar la lesión de las libertades y los derechos humanos de sus conciudadanos. El racismo, la intolerancia religiosa, el machismo y la homofobia son actitudes y maneras de actuar que son incompatibles con una sociedad democrática. Hace dos días el Tribunal Supremo estadounidense ha declarado legal el matrimonio igualitario. Más allá de lo que las personas piensen sobre este tema polémico, es razonable pensar que la medida podrá contribuir a fortalecer la igualdad civil y a reducir el daño provocado por la discriminación. Es de esperar que este fallo generará una serie de reacciones entre los sectores más conservadores en los círculos políticos y religiosos.

Pero regresemos a lo sucedido en la Iglesia de Carolina del Sur. La terrible experiencia de Charleston nos recuerda que la amenaza de los crímenes de odio constituye una inquietante realidad en los Estados Unidos y en otros lugares. Nos recuerda la necesidad de rescatar para el espacio público el lenguaje de los derechos y la igualdad racial que nos remite a la prédica poderosa y profética de Martin Luther King jr. en los años sesenta. King supo articular el discurso profético del cristianismo con el lenguaje emancipatorio de los derechos básicos. Este proceso de retroalimentación semántica ha sido descrito por J. Rawls como ‘estipulación’. . Recuperar esa mística y esa práctica política permitiría fortalecer el programa de la lucha por la defensa de la igualdad civil que ha caracterizado el trabajo liberal en Norteamérica. En el Perú – lamentablemente – el apelativo “liberal” ha sido despojado de ese legado político, y se asocia falsamente con el integrismo económico. Es preciso trabajar por modificar esa funesta proclividad ideológica, responsabilidad de algunos predicadores y periodistas nacionales. Pensar la tradición liberal sin la cultura de los derechos es como evocar el pensamiento griego sin la pólis.

Los sucesos de Charleston deberían convertirse en tema de debate en nuestro medio.


 

miércoles, 20 de mayo de 2015

DOS ENTREVISTAS SOBRE JUSTICIA, ETICA Y RELIGIONES


Caspar David Friedrich 020.jpg




Gonzalo Gamio Gehri

A.- En la página Religión Digital aparece una entrevista al Padre Gastón Garatea, que examina la situación de la Iglesia peruana, la influencia del Concilio Vaticano II, entre otros temas. Muy interesante, en realidad, aquí pueden encontrar el texto y el video. Garatea, fiel a su estilo, habla claro sobre el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y la Mesa de Concertación de Lucha contra la pobreza. Señala que colaboró en esas instituciones fundamentalmente como ciudadano y persona, a partir de las exigencias éticas que ellas planteaban, y no en virtud de alguna consideración eclesiástica. Se refiere también a su situación personal frente a una medida tomada por la autoridad local respecto del ejercicio de sus tareas pastorales, y sobre la lucha que lleva a cabo la PUCP por defender su autonomía como institución académica plural. Reflexiona asimismo sobre el trabajo de renovación que lleva a cabo el papa Francisco dentro de la Iglesia.

Estas reflexiones tienen lugar en el marco de un proceso de franca apertura a la teología de la liberación y al pensamiento más plural dentro de la Iglesia, una actitud que lleva el sello del Pontificado de Francisco. Gustavo Gutiérrez ha tenido una presencia interesante en eventos institucionales en Roma. No todos reciben esta disposición con alegría y esperanza. Un portal electrónico conservador ha intentado difundir la idea – carente del sustento probatorio más elemental – de que la teología de la liberación habría sido creada por la KGB. La falta de seriedad de la nota es clamorosa. Alessandro Caviglia cuestiona y ridiculiza dicha nota con toda razón. Caviglia plantea que estos objetores de Medellìn se pronuncien sobre Vaticano II - la principal fuente de inspiración de dicha Conferencia latinoamericana - y sobre el papado actual. Es un excelente argumento critico.  La discusión debería tener un mayor nivel, no caer en una absurda campaña destructiva, como es el caso de la nota de este portal católico tradicionalista. No se debe descender al nivel de sensacionalismo irresponsable que se cuestiona en los medios de prensa masivos.

B.- Hace un tiempo que se ha suscitado una polémica interesante sobre si el Islam es una religión que promueve doctrinalmente la violencia. Reza Aslan, académico iraní – estadounidense ofrece argumentos para responder negativamente esta cuestión. Se trata de un científico social que estudia las religiones, es un musulmán liberal que ha escrito varios libros sobre estos temas. . Señala que es preciso distinguir entre el Islam y el integrismo islámico, que existen países musulmanes en los que se respetan los derechos humanos y se combaten las desigualdades basadas en el género. Recomiendo esta entrevista a la cadena norteamericana CNN en la que esclarece una serie desupuestos debatibles sobre cómo entender el Islam, la paz y la violencia.

Se trata de documentos que inspiran una conversación rigurosa sobre temas de una peculiar significación social y humana. Recomiendo su lectura y discusión.


domingo, 30 de marzo de 2014

CONJURAR EL ODIO: NUEVAS NOTAS SOBRE “MY NAME IS KHAN”







Gonzalo Gamio Gehri


Acabo de volver a ver My name is Khan, un filme que significa mucho para mí por muchas razones diferentes. La película tiene la virtud de presentar de una manera lúcida y conmovedora la situación de violencia y discriminación en los Estados Unidos y otros lugares después de los atentados terroristas del 11 de septiembre. Rizvan Khan ha perdido a su hijastro – asesinado por ser identificado como un musulmán – y ha hecho la promesa de presentarse ante el Presidente para decirle que no es un terrorista. Su promesa simboliza la lucha de muchos musulmanes honestos, residentes en los Estados Unidos y en otras naciones occidentales, que se niegan a ser estigmatizados como violentos o integristas y que reivindican al Islam como un credo basado en la compasión y la solidaridad.

Khan es un hombre que padece una forma de autismo, pero eso no le impide conducirse sabiamente – con la palabra y con la acción – denunciando el poder destructor del odio y la intolerancia. Muestra claramente que el silencio y la incomprensión dañan severamente las relaciones humanas. El amor que puede entregar – en Georgia con las víctimas de los vientos huracanados, y en diversos lugares – hace la diferencia. La película destaca el hecho según el cual lo humano – la capacidad de amar y de dañar, de pensar, de expresarse y establecer conexiones significativas con los seres vivos – trasciende los orígenes culturales, las filiaciones y los papeles que las personas cumplen en diferentes espacios. Y que es lo humano mismo lo que es preciso buscar cuando se trata de comunicarse con las personas. 

Cultivar lo humano a la vez que celebrar la diversidad. Esa es la idea que plantea la obra. Una fórmula para intentar combatir el odio cultural y religioso. Un alegato en favor de la solidaridad interhumana. No cabe ninguna duda.




miércoles, 22 de enero de 2014

UNA NOTA SOBRE LA INTOLERANCIA







Gonzalo Gamio Gehri


Paul Valéry señaló cierta vez – lo ha recordado el sociólogo alemán Wolf Lepenies – que “la intolerancia sería una virtud terrible de los tiempos puros”[1]. Los “tiempos  puros” son los tiempos en los que se concibe a la comunidad como estructurada en torno a una visión dominante del bien o del orden de las cosas. Quienes se apartan de esta visión compartida o presentan observaciones críticas contra ella corren el riesgo de verse excluidos de la comunidad o ser corregidos – o sancionados – por ser intelectual o espiritualmente “subversivos”. El respeto a la discrepancia podía ser percibido como una inaceptable concesión al error, como falta de convicción y fortaleza doctrinal, o como un inequívoco síntoma de laxitud moral. De lo que se trata es de conducir a la comunidad a la verdad o dirigirla a la plenitud espiritual (o política). Para ello, es preciso purificar el grupo social de la confusión o del raquitismo. Cuando “tenemos” la verdad, no podemos ser blandos ni tibios cuando se trata de administrarla o de proclamarla. Lo que está en juego es la auténtica felicidad de la gente, y el destino de los pueblos. Con la verdad no se juega.

Lepenies sostiene que el caso de la Alemania nazi constituye un elocuente ejemplo de esta virulenta actitud. Se trataba de una respuesta clara a los ideales dela democracia y el liberalismo. Su enorme interés por imponer una única lectura de la historia y del sentido de lo humano lo llevó a predicar una funesta cruzada de “limpieza étnica e ideológica” que ensangrentó el siglo XX.

“Los nazis definieron su política sin ambages – y de la manera más agresiva – como una política de purificación. Repitieron incansablemente que la tolerancia era un signo de debilidad y un rasgo del liberalismo occidental, que era preciso eliminar de su país. Alemania debía purificarse, con lo cual la intolerancia se transforma en una virtud. La tolerancia era una actitud moderna, por lo que volver a la intolerancia sin una disposición anímica propicia exigía una gran fuerza de parte del individuo y una negación absoluta de la modernidad a nivel de la ideología. El intenso deseo de pureza y el rechazo de la modernidad son esenciales para el pensamiento y comportamiento intolerantes”[2].

 El caso del nazismo es la expresión radical de una actitud que podemos encontrar en nuestro propio entorno local.  El integrismo religioso - en sus múltiples versiones -  considera que la verdad y el sentido de la vida se derivan de una concepción del orden inmutable de las cosas, que entraña una visión ahistórica de la “naturaleza humana”. Los integrismos políticos – propios de la extrema izquierda como de la extrema derecha – asumen como evidente que son capaces de conocer las leyes de la historia, en un caso, o que cuentan con una teoría de la racionalidad que les permite reconstruir el comportamiento humano a partir de la ponderación de costos y beneficios privados, por el otro. Para unos el locus de la libertad es la utopía social, para otros lo es el mercado existente aquí y ahora. No faltan  incluso los ultraconservadores que pretenden combinar ambos integrismos, y que se ufanan de defender un modelo de comunidad orgánica que reproduce en la tierra los parámetros del orden natural, un modelo que pretende corregir los esquemas de la cultura política moderna. La constante en todas esas versiones del autoritarismo doctrinal es que el disenso no es valorado para la construcción de una forma de vida razonable y justa, sino que es sindicado como un penoso desvarío de la mente o de las costumbres.









[1] Lepenies, Wolf “La intolerancia, esa terrible virtud” en: Varios autores La intolerancia Buenos Aires, Gránica 2007 p. 92.
[2] Ibid., p. 93.

lunes, 13 de enero de 2014

“THE MAJESTIC”. LA LIBERTAD INDIVIDUAL Y LA DIVERSIDAD








Gonzalo Gamio Gehri


The Majestic (2001), dirigida por Frank Darabont y protagonizada por Jim Carrey, Lauren Holden, Martin Landau y Catherine Dent, es una de esas películas norteamericanas que exploran un problema político crucial y que sin embargo pasan desapercibidas para el crítico. En plena era del macartismo – tiempos en los que un tristemente célebre Comité para la investigación de actividades “antiamericanas” perseguía implacablemente a muchos artistas e intelectuales sindicándolos como “comunistas” y “rojos”, presuntos miembros de una conspiración contra el estilo de vida “democrático” y “estadounidense” -,  Peter Appleton, un joven guionista de películas de serie B, es convocado por el temible Comité para evaluar su trabajo. Se sospecha que sus textos encubren “mensajes a favor de la Unión Soviética”, mensajes en clave, por supuesto. Como consecuencia de ello, su contrato queda en suspenso. Aterrorizado, decide huir de inmediato. Desafortunadamente, sufre un accidente de auto, pierde el conocimiento y las aguas de un río lo llevan al pueblito de Lawson, California.

Es asistido por unos habitantes de Lawson, que encuentran en el accidentado un extraordinario parecido con Luke Trimble, un joven del lugar, desaparecido en combate durante la segunda guerra mundial. Lawson es un pueblo que ha perdido muchísimos muchachos en la guerra.  Peter sufre amnesia como resultado de su accidente, así que desconoce su propia identidad. Está confundido, y ya los pobladores le dicen que es Luke. Harry Trimble – padre de Luke – es el dueño del cine The Majestic, lugar que otrora alegraba los días de Lawson, pero que permanece cerrado tras los días de la guerra. Harry está convencido de que Peter es su hijo, y está decidido a reabrir el viejo cine y devolverle su antiguo esplendor. Peter, completamente confundido, se deja llevar por la situación. En el camino, se enamora de Adele Stanton – la novia de Luke -, quien quiere creer que el joven soldado ha regresado, pero tiene significativas dudas que la atormentan.

Trabajar en el cine lleva a que – con el tiempo – Peter vaya recuperando la memoria. Él reconoce sus propias frases en el guión de una cinta de acción. Dolorosamente, la curación de la amnesia coincide con la muerte de Harry, y con el hecho de que los agentes del Estado que lo buscaban para llevarlo ante el Comité macartista – que lo considera un subversivo y un convicto – finalmente lo encuentren. Así, tiene que comparecer ante un Comité por presuntas “faltas a la corrección ideológica”, sin nada más que el ejemplar de la Constitución que Adele le ha entregado a través de su padre. Tiene que enfrentar un escrutinio ideológico en un país en el que (supuestamente) se garantiza  la libertad de creencias. Luego de esclarecer su identidad a la luz de lo acontecido en Lawson, Peter se enfrenta al Comité acogiéndose a la primera enmienda de la Constitución de 1776.

"Peter Appleton: Lo siento ... pero se me ocurre que hay un problema mayor hoy de lo que sea o no soy un comunista.
Elvin Clyde: ¿problema mayor. Appleton?, no hay un myor problema que ese.
Peter Appleton: En realidad, no quisiera contrariarlo, pero creo  que sí lo hay. No sé muy bien bien qué decir.
[Peter toma un trago de agua]
Peter Appleton: El hecho es que . .. nunca he sido un hombre de gran convicción. Nunca vi el beneficio en ello ... y francamente, supongo  que yo, eh ... carecía de coraje. Yo no soy como Lucas Trimble. Nunca conocí al tipo, pero me siento como que he llegado a comprenderlo. Lo que pasa es que no puedo dejar de preguntarme lo que diría él ... si estuviera aquí ahora mismo. Saben, creo que lo que creo que él probablemente le dirá: la América representada en esta sala ... no es la América que murió defendiendo.

Yo creo que les diría que su América es amarga ...

[Congresista Doyle comienza a golpear su martillo]

Peter Appleton: ......y cruel ... y pequeña.
Congresista Doyle: La cámara exige orden!
Peter Appleton: Yo sé a ciencia cierta que su América era grande ... más grande que lo que ustedes se puedan imaginar ... con un corazón bien abierto.
[Congresista Doyle golpea el martillo de nuevo]
Peter Appleton: ... donde cada persona ...
Congresista Doyle: Sr. Appleton! Usted está fuera de lugar!
Peter Appleton:  ... tiene una voz! Incluso si no les gusta lo que tiene que decir”.

Esta película fue exhibida en tños oscuros iempos del gobierno de George Bush hijo, tiempos en los que se discutía la llamada “Acta Patriótica” y se implementaban restricciones a derechos fundamentales por razones de seguridad. Se trata de una película que debemos recuperar y examinar en épocas de profunda intolerancia intelectual y política. Nuestra situación actual no es ajena al imperio de la sospecha y la intransigencia ideológica que el filme se esfuerza por denunciar.





jueves, 10 de octubre de 2013

UNA CONVERSACIÓN ACERCA DE LA INTOLERANCIA RELIGIOSA





Gonzalo Gamio Gehri

El 30 de septiembre último participé en una conversación sobre la inteolerancia religiosa, convocada por el programa radial Tiempo Global, que dirige Ramiro Escobar para IDEHPUCP. Intervino asimismo el Rabino Guillermo Bronstein, especialista en temas de espiritualidad judía y diálogo interreligioso. El diálogo estuvo motivado por un contexto histórico puntual: las últimas manifestaciones de violencia suscitadas en el mundo que hacían una clara referencia a las cuestiones de doctrina y confesión.

La conversación puedenencontrarla en este enlace. Las intervenciones del Rabino Bronstein y de Ramiro Escobar son especialmente lúcidas e inspiradoras. Este tipo de intercambios en los que se pone énfasis en los puntos de encuentro entre las religiones y a la clara distinción entre el mensaje de las religiones y sus distorsiones fundamentalistas debería ser menos infrecuente de lo que es. Requerimos sin duda ese tipo de espacios para reflexionar en torno a las posibilidades de lo humano en tiempos difíciles.

jueves, 7 de marzo de 2013

RESPETAR LA DIVERSIDAD: PLURALISMO LIBERAL Y “CORRECCIÓN POLÍTICA”







Gonzalo Gamio Gehri

Hago un breve alto en este necesario período de pausa en el blog para discutir una polémica columna periodística que ha llamado mi atención, de modo que no he podido abstenerme de escribir sobre ella. El último domingo, Ricardo Vásquez Kunze publicó en Perú 21 una nota titulada Por qué voto Sí las razones por las que apoyará la revocatoria a Susana Villarán. Señala que sus motivos son estrictamente políticos e ideológicos. Por ello, en este comentario dejaré de lado la importante cuestión de las consecuencias de una eventual revocación de laalcaldesa y demás autoridades, cuántos alcaldes tendría Lima en un lapso brevísimo de dos años, los costos de nuevas elecciones y un largo etcétera. Vásquez Kunze sostiene que su voto expresa el rechazo de un lenguaje político que quiere pasar como “correcto” (como “pensamiento único”, dice explícitamente), un vocabulario que sólo manifiesta la posición de la “izquierda progresista” y su aliado el “marxismo”. Quizás éste sea el párrafo más categórico en aquella senda de interpretación:

“Pues de eso se trata todo el asunto para mí. “Construir ciudadanía” es el gato por liebre con el que la izquierda apunta a asfixiar la voluntad de cada ser humano a pensar libremente para embutirlo en una camisa de fuerza donde la “interculturalidad”, la “identidad de género”, la “tolerancia”, la “educación inclusiva” y el “medioambientalismo”, entre otros ucases ideológicos, determinen la ortodoxia ciudadana y distingan, por tanto, a los buenos de los malos muchachos. Se perfila así un despotismo ético y moral que pretende instalar una única postura válida para vivir la totalidad de los aspectos de la vida en sociedad, so pena de ser excluido y señalado como lacra”.

Voy a concentrar mi reflexión en el núcleo del argumento y dejar del lado el elemento coyuntural del problema. Sumerjámonos en aguas ideológicas y filosóficas. Me parece que Vásquez Kunze le concede demasiado a la “izquierda progresista” en cuanto a la construcción de un léxico político organizado desde los derechos humanos, el pluralismo y la tolerancia; el marxismo nunca suscribió esas categorías, a las que tachó erróneamente de formar parte de un tipo de “fantasmagoría burguesa”. En realidad, se trata de un conjunto de principios que son fruto del proceso de formación de la cultura política liberal, principios que se han arraigado en los textos constitucionales de las democracias modernas. Constituye un marco político-legal fundado en el sistema de derechos y libertades de los individuos que es expresión de un “consenso superpuesto” de diversas doctrinas comprensivas en materia moral y espiritual en un contexto de pluralismo razonable (para decirlo en palabras de John Rawls). La postulación de estos principios es, también, resultado de una dolorosa historia de exclusión y guerras de religión que ha puesto de manifiesto el terrible legado de los intentos – tanto religiosos como ideológicos – por imponer un único estilo de vida o una única doctrina o credo sobre el sentido de la vida y de la historia. El sistema de derechos defendido por el pluralismo liberal promueve la apertura de espacios sociales para el cuidado de diversos modos de pensar y de vivir elegidos por los ciudadanos.

Yerra, pues, Vásquez Kunze, al identificar el lenguaje de los derechos con los “desechos ideológicos” (sic) de la izquierda. La crítica suya es violenta, pero poco convincente. Este lenguaje busca ser foco de consenso público, más allá de la cantera ideológico-política de sus suscriptores. La cultura de los derechos humanos constituye un punto de encuentro de una izquierda moderna, de una derecha liberal y de una social-democracia estricta. Las cuestiones de identidad cultural y de género, las políticas interculturales y ambientales constituyen áreas de reflexión que son abordadas desde tantos enfoques conceptuales contrapuestos que no tiene sentido caracterizarlas como parte de una agenda política única. Se trata de cuestiones que no son ajenas al desarrollo de los problemas abiertos desde los derroteros del liberalismo político, pero que reconocen diversas fuentes de inspiración intelectual y política.

“Pensamiento único”  es una expresión que – rigurosamente – designa una “actitud”  frente a las concepciones de la realidad (generalmente las propias), una disposición que tiende a concebirlas como las únicas verdaderas. Se opone en ese sentido al llamado falibilismo, una actitud – común a pragmatistas y  a liberales - que considera posible que las propias interpretaciones estén equivocadas, particularmente en el caso de que aparezca una perspectiva más razonable que muestre con claridad la confusión o el error. El  falibilismo potencia las políticas pluralistas. Pero este no constituye el único uso de este concepto. Ramonet y sus epígonos locales, en contraste, identifican la expresión con una corriente de pensamiento en particular, a saber, el liberalismo económico. Echan a perder la riqueza y complejidad del conflicto intelectual y moral entre el pluralismo y los integrismos de diverso origen. Simplifican el debate y lo reducen a una mera controversia ideológica entre derechas e izquierdas (progresistas o no).

Las instituciones y normas encarnadas en el sistema político inspirado en el pluralismo liberal constituyen herramientas sociales para garantizar la convivencia social, de modo que cada cual pueda elegir su modo de vivir y someta a examen sus propias creencias en diversos espacios de diálogo, si así lo desea. La única condición es respetar la ley y tratar a los individuos como titulares de derechos, vale decir, sujetos intrínsecamente dignos, potenciales autores de su destino y estilo de vida. En una sociedad liberal es posible que las personas puedan optar – en determinadas situaciones – por tener o no creencias religiosas, o preservar la cultura de sus ancestros o desafiar las antiguas tradiciones locales, o entablar relaciones afectivas de diversas clases, pero no pueden elegir legítimamente ejercer discriminación o violencia sobre otros individuos por razones de condición económica o legal, raza, cultura, religión, convicciones políticas, género o sexualidad. El límite es el reconocimiento de los derechos y libertades de los demás. Dicho límite es hecho explícito desde la razón de la esfera pública y no desde alguna concepción ideológica particular.


El liberalismo procura ampliar los espacios de libertad para el desarrollo de las propias ideas y el diseño crítico del propio plan de vida. El Estado constitucional de derecho tiene como objetivo fundamental la protección de tales espacios. Las alternativas políticas al pluralismo liberal no han sido particularmente exitosas en cuanto a la observancia de las libertades básicas, las demandas de inclusión y el cuidado del derecho a pensar de modo autónomo que tanto reclama Vásquez Kunze. El antiguo régimen europeo, los Estados confesionales que cultivan el integrismo religioso, el nazismo, el estalinismo y los intentos por imponer el despotismo ilustrado han generado formas de represión intelectual y trato cruel que son conocidos por todos. Todos estos regímenes ofrecían un cierto tipo de “pensamiento único” y la guía de un “tutor” o “líder”.  No entiendo por qué Vásquez Kunze sospecha de una posible entraña totalitaria en el pluralismo. En un mundo pensado en clave pluralista es posible imaginar individuos que piensen que un estilo de vida confesional (o uno ateo) sea el mejor y vivan de esa manera al interior de instituciones democráticas ¿Admitiría un mundo diseñado según el esquema integrista la presencia de aquellos que valoran un estilo de vida que no concuerda con la confesión oficial?



jueves, 1 de marzo de 2012

MACARTISMO A LA CRIOLLA




Gonzalo Gamio Gehri


En cierta prensa, y no pocos círculos políticos y religiosos, se practica un curioso ejercicio de reduccionismo ideológico a la vez falaz y malintencionado. Si uno está a favor de la tesis liberal de que los individuos tienen derechos universales que deben ser protegidos en un nivel local e internacional, que la reconstrucción pública de la memoria constituye una condición fundamental para fortalecer lazos sociales lesionados por la violencia y que el cuidado del medio ambiente constituye una prioridad, entonces uno es tildado de “marxista”, etiqueta que se identifica luego con la de “comunista” y finalmente con la de “terrorista”. No importa si uno se la ha pasado las últimas dos décadas - desde los años de estudiante - criticando al marxismo, y defendiendo estandartes socialdemócratas. No importa aquí la verdad, lo que importa es crear un muñeco de paja (el “enemigo”) y atizar el fuego del temor y del prejuicio. Y se imaginan grandes complots de la “Internacional neomarxista” (p.e., la extraña nota de Francisco Tudela sobre este asunto, publicada hace meses), y cosas por el estilo, en la senda de Dan Brown. Detrás de todo conflicto social y político de relativa importancia, están los “cívicos”, los “caviares”, los “rojos”, etc. Las definiciones no importan, sólo los efectos sobre la audiencia. Todo ello ya es parte de la “época folletinesca” de la cual ya advertía Hermann Hesse.

Pasa, por ejemplo, con el tema de la CVR. Importa poco que uno cite el Informe Final, cómo la CVR reconoce el heroísmo de las FFAA y policiales, cómo se sindica a Sendero Luminoso como el principal perpetrador de delitos contra los derechos humanos, que su ideología es violenta y fanática, etc. No importa que se señalen los números de las Conclusiones, y las páginas. Esa prensa conservadora prefiere repetir el consabido discurso anti-CVR que no encuentra fundamento alguno en el texto, y que opta por la difamación, o por el ataque fácil y carente de argumentos. Prima la mera embestida verbal basada en un manifiesto (y penoso) desconocimiento del documento. Siempre habrán columnistas como Martín Santibáñez, que señalen falazmente – y con gran patetismo en el estilo – que toda la “izquierda” (= marxista, = condescendiente con el terrorismo) pretende “borrar de un plumazo la historia del Perú y colocar en su lugar el elusivo concepto de ‘memoria histórica’.” El autor evidentemente desconoce la compleja relación entre historia y memoria. Añade luego que la izquierda predica la violencia que mató a María Elena Moyano, quien – para su información - fue una heroica mujer de izquierda que precisamente enarboló el estandarte de la paz. El papel lo aguanta todo, una vez más. Esta prensa insidiosa y retorcida para la que todo vale con tal de doblegar al “rival” no le perdonará jamás a la CVR el haber colocado como corazón de su investigación los testimonios de cerca de 17,000 personas que vivieron la violencia. Poner en primer lugar la voz de las víctimas le confiere al Informe un valor muy particular, a diferencia de múltiples “historias oficiales” que soslayan el punto de vista de quienes padecieron los embates del terror y de la represión.

Existe un clima de intransigencia intelectual y de una nula preocupación por la verdad. Pasa con el tema de Conga, y pasa con la controversia en torno a la autonomía de la PUCP. En la perspectiva conservadora, se pretende desconocer la pluralidad de enfoques académicos presentes en la PUCP tildándola de “izquierdista” y “rebelde”, incluso se la pretende acusar de “impiedad” (¿Suena familiar?). La Universidad sólo aspira a garantizar su autonomía, así como la libertad de hacer uso legítimo de su patrimonio y promover la libertad de pensamiento como es propio de una verdadera universidad. Lo mismo sucede cuando se trata de estigmatizar el punto de vista de quienes defienden el equilibrio ambiental contra los intereses de las mineras. Véase el artículo de Juan José Garrido Enfrentados con el progreso, en el que señala que el “marxismo”, o sea “la izquierda”, es enemiga del empresario, y prácticamente de la racionalidad y del desarrollo.. Una especie de lucha entre la civilización y la barbarie. Un maniqueísmo absurdo que condena el debate a descender al nivel de una caricatura. Esta clase de actitud – un “macartismo espiritual” a la criolla - sólo abona el terreno del enfrentamiento. Álvaro Vargas Llosa ha comentado hace poco los peligros que acarrea esta defensa de posiciones trasnochadamente conservadoras. Su texto es discutible, pero convendría debatir su hipótesis en torno a la polarización que esta derecha antiliberal propicia. La Idea es que generaría una guerra ideológica nefasta, que sólo favorecería a los extremistas de todo cuño:

“El problema no es que intentasen devolvernos a los tiempos de la dictadura; vituperen el informe de la Comisión de la Verdad que desconocen; sospechen que la democracia está bien sólo para Estados Unidos y Europa; crean que los recelos de las comunidades contra el Estado propietario del subsuelo que entrega concesiones a capitales forasteros deben ser atropellados por la bota; aspiren a que las ONG sean proscritas; pretendan que los diarios libres sean perseguidos o insinúen que los políticos de izquierda también. El problema no es que crean que la Corte Interamericana de Derechos Humanos es una conspiración o los derechos humanos una cojudez, ni que hayan saturado las redes sociales de racismo y violencia. El problema tampoco es que, incapaces de ganar una sola de las batallas delirantes que emprenden, traten ahora ingenuamente de que Humala sea uno de los suyos o propugnen que la universidad peruana sea apéndice del clero más bruto y achorado para corregir los devaneos socialdemócratas. No, el mayor problema ni siquiera es su mentalidad de campanario o en que suspiren por una alianza entre Alan García y el fujimontesinismo para el 2016.

No, el verdadero problema, aquel que no debemos perder de vista, es que la DBA, que no significa nada aunque practique el onanismo de creerse algo, puede acabar incubando una IBA, una izquierda bruta y achorada, como ya sucedió. Velasco no hubiera sido posible si a Haya no le hubieran cerrado las puertas del poder, como el primer Alan García no habría sido posible si entre 1980 y 1985 la derecha hubiera empujado al gobierno a desmontar la herencia velasquista. Y Sendero Luminoso no habría sido posible si la radicalización de la izquierda, producto de una América Latina en la que la derecha antediluviana cerró las puertas al liberalismo, no hubiera anidado en un sector medio de provincias poseído por el resentimiento social”.


jueves, 7 de julio de 2011

ESTADO LAICO Y PLURALISMO







Gonzalo Gamio Gehri




No cabe duda que, en nuestro país, el catolicismo conservador se ha afianzado con singular fuerza. Sus exponentes asumen los cargos eclesiásticos más altos, y muchas de sus convicciones se han convertido en una suerte de “sentido común” en un sector importante de nuestra “clase política”. Esta es una forma de describir este fenómeno. Veo que en la inauguración del llamado “Cristo del Pacífico” – en presencia del Presidente de la República y de la jerarquía católica - se saluda la imagen con un “¡Que viva Cristo Rey!”, el grito falangista que trae tan amargos recuerdos en España por evocar la fuerza y la intolerancia del franquismo. Leo que Fernán Altuve – en una columna de Correo – describe la terrible guerra civil española como una “cruzada de liberación”, cuando se trató de una cruenta guerra que registró crímenes sanguinarios de ambos lados: encuentro cuestionable describir un hecho tan doloroso como una gesta caballeresca. En fin, para evocar un caso más pintoresco, curioso y gracioso, el presidente en funciones llama “anticristos” a quienes critican su gestión.

La libertad de expresión propia de una democracia permite que cada uno pueda brindarle su lealtad a ideas de diverso cuño y calidad, siempre y cuando no de lesionen la ley y las instituciones que hacen posible la coexistencia social. Uno puede tener ideas en extremo extravagantes o incluso falsas. Uno puede pronunciar gritos falangistas y hacerlos pasar por expresiones de fe, entonar extrañas elegías a remotos y malogrados imperios, o denominar “cruzadas” a lo que fueron insurrecciones militares o guerras fratricidas. Incluso puede suceder que un político pueda usar el vocabulario bíblico para defenderse de sus críticos. Lo que uno no puede hacer desde el ejercicio de la función pública – conforme a lo argumentado en un post anterior, que generó un iteresante intercambio de ideas – es descalificar como “absurdas” o “primitivas” las creencias religiosas que uno no comparte, como el culto a los Apus.

Por supuesto, existen espacios para la discusión racional en materia teológica y religiosa (y también, por si surge la pregunta, uno puede encontrar foros para cuestionar los alegatos presidenciales, y las lecturas épicas que hemos reseñado), pero ellos no pertenecen al Estado. Necesitamos espacios propicios para discutir los asuntos éticos y espirituales en una perspectiva intelectual, escenarios de sociedad civil. Siguiendo con el ejemplo señalado, considero que el tipo de espiritualidad conservadora (al menos en algunas de sus versiones conocidas en nuestro medio) tiende a privilegiar la forma sobre el fondo, que se trata de una espiritualidad que a menudo quiere rituales de sacrificio antes que misericordia, que a veces asume con facilidad el pathos del Gran Inquisidor de Dotstoievski: considérese el discurso común de los exponentes de la derecha religiosa que actúan en la arena política en materia de derechos humanos, memoria, libertad de pensamiento y autonomía universitaria. Pienso que (como Gianni Vattimo ha mostrado en uno de sus libros más rigurosos) no se ha reparado lo suficiente en la radical convergencia entre el espíritu del cristianismo y el proceso de secularización. Pero no creo en absoluto que la instancia política deba recoger este u otro punto de vista sobre la cuestión religiosa para convertirlo en “oficial”. Al Estado democrático sólo le corresponde garantizar la libertad de culto, y que existan espacios de diálogo abierto sobre aquello que asigna o priva de sentido la vida.

Al Estado democrático le toca proteger las condiciones de pluralismo ético y religioso en la sociedad, sobre la base de un sistema de derechos. Que las personas y las comunidades puedan practicar y compartir (así como revisar y discutir) sus creencias sin ejercer o padecer violencia de ninguna clase, en espacios extra-estatales. Ciertos creyentes con una mentalidad más conservadora creen que el Estado tendría que promover institucionalmente una confesión en desmedro de otras, acaso por ser mayoritaria. Esta claro que ese tipo de consideraciones viola el principio de igualdad, pues el Estado debe tratar en igualdad de condiciones a cada uno de los ciudadanos, cualquiera sea su credo o si fuera el caso de que ellos no tuviesen creencias religiosas. No se trata de favorecer institucionalmente a las creencias de la mayoría, sino de respetar los derechos de cada uno. A veces los ideólogos antiliberales sostienen máximas ridículas como “no imponer (una religión en desmedro de otras) es imponer (la increencia, el agnosticismo o el ateísmo)”. Pero esta aseveración no tiene ni pies ni cabeza. Sostener que las imágenes religiosas no deben estar presentes en los escenarios del Estado no es expresión de “cristofobia”, como ha sugerido tendenciosamente un extravagante e hiperbólico artículo de Martín Sativañez. Nada de eso propone una genuina actitud liberal. Se trata de ofrecer espacios fuera de la coerción estatal para el cultivo de la fe y la discusión crítica sobre lo trascendente, sin que el Estado patrocine un sistema de creencias particular.

En la misma línea de la escuálida máxima citada, los enemigos del Estado laico sugieren que si el Estado no patrocina determinadas prácticas religiosas asociadas a un único credo - a una única concepción de lo "sagrado" -, estas prácticas se verían condenadas a debilitarse y a su eventual desaparición. Ese punto de vista catastrófico entraña una forma grotesca de agitación y propaganda ideológicas, y nada más. Esta sugerencia revela la pobreza de su fe en la fuerza de tales prácticas ¿Cuán “popular” es entonces la religiosidad popular? Estos defensores del Estado confesional no confían en la convocatoria y la fuerza espiritual de sus Iglesias – por no hablar de sus propias almas – si creen que sólo el respaldo del Estado podrá asegurar la preservación y transmisión de las prácticas de fe.

La alternativa al Estado confesional no es la "ausencia de valores", sino el pluralismo. La afiebrada imaginación conservadora hace ver a los liberales como presuntos militantes "nihilistas", aspirantes a sepultureros de los valores eternos. Se trata de una vieja lectura - muy vieja, en realidad -, típica de los manuales pre-conciliares, que veían en el "modernismo" la fuente y la suma de todos los males; habrá cambiado la metodología y el estilo literario, pero la prédica ideológica antiliberal es la misma. Toda la parafernalia vitalista o postmoderna empleada no impide ver las letras góticas. Lo cierto es que la existencia de un Estado laico no supone la des-espiritualización del mundo, o la progresiva desaparición de los “valores trascendentes”; ello supone menospreciar el trabajo de las Iglesias y las comunidades religiosas (además de reducir erróneamente el horizonte de los “valores trascendentes” al ámbito de la religión). En el seno de una sociedad pluralista las Iglesias y comunidades podrían incluso llegar mejor y con mayor claridad a sus fieles, ya sin el efecto deformante que puede generar (y que con frecuencia ha generado de facto) la intromisión del Estado en los asuntos del espíritu. Este anhelo de control político sobre las creencias revela un profundo miedo a la libertad.

La historia del liberalismo ha puesto de manifiesto las formas letales de autoritarismo y violencia que genera la imposición de un solo credo (el del “monarca”), aquello que Lessing denominaba “la tiranía del anillo único”. Las diferentes expresiones de autoritarismo político imponen la prédica altisonante y teatral de sus formas de totalitarismo ideológico: éstas a veces son religiosas (Franco, el integrismo islámico) o ateas (Stalin). Imponen un monismo ideológico. Piénsese en la difícil situación que atraviesa la Iglesia católica – por poner solamente un ejemplo - en sociedades comunistas como China, Cuba, e incluso en regímenes verticales y populistas como los de Bolivia bajo Morales y la Venezuela chavista, que hoy en día se relacionan conflictivamente con ella. Una mentalidad liberal, en contraste, promueve la defensa de la tolerancia y la libertad religiosas. Justamente en ese camino conceptual Natán el sabio de Lessing pone lúcidamente de manifiesto la coexistencia equilibrada de pluralismo y espiritualidad.

viernes, 1 de octubre de 2010

LA PUCP Y LA DERECHA RELIGIOSA


Luis Felipe Zegarra B. PhD (1)

Desde hace varios meses somos testigos del conflicto entre la PUCP y el Sr. Cipriani (en representación de la derecha religiosa). Un conflicto que no solo debe preocupar a todos aquellos que forman parte de la PUCP, sino en general a todos aquellos que defienden la excelencia académica, la libertad de pensamiento y la tolerancia.

La PUCP no solo es la mejor universidad peruana, sino además es una institución académica de alto prestigio internacional que ha practicado la tolerancia frente a diversas posiciones. Por ello resulta especialmente lamentable la manera como la derecha religiosa desea intervenirla. ¿Acaso alguien puede honestamente defender la hipótesis de que si el Sr. Cipriani y sus seguidores logran el control de la PUCP esta tolerancia de ideas se respetaría? ¿Acaso no habría una revisión de los contenidos de los cursos (o incluso de los libros de las bibliotecas), con el fin de evitar que ciertas ideas “peligrosas” sean discutidas?

La tolerancia es un principio que lamentablemente se encuentra subestimado por algunos representantes de la Iglesia, incluso en pleno siglo XXI. Es decir, es un principio muy poco valorado por algunos que se autoproclaman defensores de la moral. ¿Cómo es posible que algunas autoridades de la Iglesia Católica puedan así considerarse cuando sus acciones muestran más bien un rechazo a aquellos que piensan de manera diferente?

La Iglesia Católica es una institución con influencia sobre todo en América Latina y que puede utilizar dicha influencia para hacer el bien. Lamentablemente, en vez de defender el medio ambiente y los DDHH, en vez de levantar la voz contra la corrupción, cierto sector de la Iglesia Católica ocupa su tiempo procurando intervenir en una institución como la PUCP, que ha hecho un trabajo encomiable en defensa de la excelencia académica, la apertura y la tolerancia.

La PUCP debe mantenerse fuerte ante el peligro que significa la intervención de la derecha religiosa. Es saludable que numerosas personalidades, tales como Mario Vargas Llosa, Benedict Anderson, Alain Touraine, Sabine MacCormack, Guillermo O’Donnell, Ernesto Laclau, Martha Nussbaum, entre muchos otros, apoyen a la PUCP en esta difícil hora.

Este apoyo internacional le recuerda a la derecha religiosa que el mundo de hoy no es el mundo de la Edad Media cuando la Iglesia abusó tantas veces del enorme poder que tuvo. Afortunadamente para aquellos que defendemos la libertad de pensamiento, hoy la comunidad internacional se mantiene vigilante ante el peligro que enfrenta la PUCP.


(1) Profesor de economía de la PUCP.

Publicado en La República

miércoles, 7 de julio de 2010

EL LEGADO PLURALISTA DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA (SALOMÓN LERNER FEBRES)




A continuación presentamos - con autorización del autor - el artículo del Dr. Salomón Lerner Febres, El legado pluralista de la Universidad Católica, una profunda reflexión sobre el cultivo del pensamiento y el respeto de la diversidad en la PUCP. Inicialmente fue enviado a un conocido medio de prensa nacional, pero - luego de quince días sin ser publicado - fue retirado por el propio autor. Finalmente apareció en La República el 27 de junio.




Salomón Lerner Febres

Rector emérito de la PUCP


No es frecuente en nuestro medio que el destino de una universidad sea objeto de inquietud
pública. Ha llegado a serlo, en el caso de la Universidad Católica, por su indudable relevancia nacional, por la importancia que ella, en sus noventa y tres años de existencia, ha sabido conquistar en la vida pública del país. Tal importancia reposa no solamente en su contribución intelectual sino también en su activo compromiso con el desarrollo nacional y, como lo evidenció en los últimos años, con la defensa de la democracia en contra del autoritarismo.

Precisamente en razón de esa trascendencia, sería deplorable que la controversia actual se redujera a su simple aspecto patrimonial, aunque ello sea el contenido del contencioso judicial que hoy opone a la Universidad Católica con el Arzobispado de Lima. Lo que está en juego excede los límites de la contienda legal para involucrar un tema más amplio y decisivo: el futuro de una institución que es modelo de excelencia académica y, sobre todo, paradigma de pluralismo, de convivencia creativa de diferencias que se reencuentran siempre en el respeto y la tolerancia mutuos. Ese pluralismo ajeno a dogmas y a arrebatos autoritarios, acogedor de lo diverso y abierto siempre a la solidaridad, es, con seguridad, el mejor don que la Universidad Católica, en ejercicio de su identidad cristiana, desde décadas hace al país, y es preciso defenderlo.

Probablemente, cada persona que ha pasado por nuestra Universidad tiene una historia que contar sobre esa experiencia de diversidad y el aprendizaje de la tolerancia realizado en ella. En mi caso personal, encuentro una preciosa continuidad entre mi historia familiar y la historia que después he vivido como estudiante, profesor y rector de esa universidad. Soy hijo de un padre judío y de una madre cristiana y católica. Mi padre fue un fiel practicante de su religión e inclusive un referente de la comunidad judía en Arequipa. Ello no le impidió, sin embargo, instaurar en el seno de su familia el principio de libertad y de tolerancia que, a la larga, nos llevó a mis hermanos y a mí a tomar opciones religiosas distintas. Mi hermano mayor optó por el judaísmo. Mi hermana, recientemente fallecida, abrazó el catolicismo con una pasión tal que la condujo a incorporarse a la Legión de María. También yo, educado en el colegio de los hermanos de La Salle, hallé en el cristianismo y el catolicismo mi camino espiritual sin dejar de reconocer por ello el valor del judaísmo. Así lo sentí desde muy temprano, y esa convicción se ha fortalecido con el paso de los años, en la vivencia intelectual y familiar, en la forma de un cristianismo entendido como el seguir el modelo de vida de Jesús y de sus enseñanzas de humildad, tolerancia, solidaridad con los pobres y los débiles y amor a la verdad. Ese cristianismo, como fe y como norma de vida, es todo lo contrario de la búsqueda de poder y, desde luego, del culto del autoritarismo, ídolos falsos que tanto empequeñecen nuestras existencias.

Llegar a la Universidad Católica a muy temprana edad fue, para mí, descubrir que esa vivencia familiar de pluralidad y reconocimiento mutuo podía ser también la esencia de una comunidad intelectual. Desde que ingresé a la Universidad, hace ya 50 años, y a lo largo del tiempo, mientras asumía la docencia o ejercía el rectorado, no he dejado de experimentar como su bien más valioso esa atmósfera de libertad convertida en norma de convivencia entre personas dedicadas al cultivo del saber sin prejuicios, sin sentirse atadas por dogmas ni reducir el conocimiento a un medio para el beneficio económico. Esa libertad y ese espíritu creativo los he visto reflejados en todos los ámbitos de la vida universitaria. Reina en las aulas, en los currículos, en los planes de estudio, colorea la vida cotidiana más allá de los salones de clase y las bibliotecas: en los jardines y comedores donde los jóvenes aprenden el arte de la discusión respetuosa entre pares, y, desde luego, en las actividades culturales de cine, teatro, artes plásticas, foros y conferencias que la universidad – docentes y alumnos - organizan, actividades que imprimen al claustro una vitalidad siempre renovada. Gracias a esa libertad los profesores no dejamos nunca de aprender de sus estudiantes; el mutuo respeto intelectual propicia en el campus un incesante diálogo entre generaciones que constituyen, reunidas, una auténtica comunidad del saber.

Existe una estrecha conexión entre este cultivo del pluralismo y de la libre búsqueda del conocimiento, por un lado, y la reconocida excelencia de los profesionales que la Universidad Católica forma y pone al servicio del país desde hace casi un siglo. La formación profesional que ella brinda se plantea siempre como un emprendimiento intelectual y también como una opción ética. Ello permite que nuestros profesionales sean, además de expertos en sus respectivas especialidades, personas con un definido compromiso cívico y moral. Y aunque se multiplique varias veces aquello que materialmente recibió de manera generosa, aún así es muchísimo más lo que ella ha dado que lo que ha recibido. Por ello, la contribución de la Universidad Católica a la vida nacional difícilmente podría ser medida según las pautas de un patrimonio más o menos acrecido por medio de inversiones y otro género de operaciones. La contribución que la Universidad hace, y el empleo que ella ha sabido dar a la generosa dotación recibida hace casi setenta años, es literalmente inmensurable, pues se manifiestan en la tarea de sus egresados en múltiples campos del saber. De ello dan testimonio no solamente los reconocidos intelectuales, profesionales, científicos y técnicos que prestigian al país alrededor del mundo, sino también las labores anónimas, pero no menos decisivas, de decenas de miles de egresados que construyen y mejoran cotidianamente a nuestro país mediante el desempeño experto y honrado de sus tareas.

Hay quienes pretenden sostener que por el hecho de no imponer una formación estrictamente confesional, nuestra Universidad es infiel a su origen y su esencia cristiana y católica. Tal punto de vista solamente revela una equivocada concepción de nuestra fe, una deformación del cristianismo que se lo quiere entender como voluntad de poder y de regimentación de las existencias individuales y colectivas, y no como lo que realmente señala el modelo de vida de Jesús: una exaltación de la humanidad como abocada a una promesa de salvación centrada en el amor, la solidaridad, la humildad, la preocupación por los débiles y, por supuesto, la defensa a ultranza de nuestra libertad y dignidad humanas.

El compromiso de la Universidad Católica con el desarrollo del país y su determinación a alzar la voz en contra del autoritarismo y de la corrupción y en defensa de los derechos humanos es y seguirá siendo una forma inequívoca de expresar esa identidad cristiana. Esa expresión, que nace de un apego a la verdad, siempre impregnada de moralidad, se alzó ya cuando otros que tenían la obligación de pronunciarse a favor de los desvalidos, prefirieron callar e incluso ponerse del lado de la fuerza, la arbitrariedad, el abuso y la corrupción.

La fuerza moral de la Universidad Católica proviene de esa vocación cristiana y del encuentro entre ella y su apertura a la modernidad, a la renovación. Sólo se renueva quien sabe examinarse a sí mismo. Y solamente practica el autoexamen quien está despierto a la existencia de los otros, quien los ve como prójimos que nos imponen responsabilidades. Ese aprendizaje, el de la responsabilidad que viene de reconocer positivamente la diversidad del mundo, es una vivencia central en todos quienes integramos esta comunidad intelectual que siempre será más fuerte que los espíritus llevados por la ambición material o por el culto del poder. De un lado, estará siempre firme nuestro espíritu pluralista, solidario y celebrador de la vida humana; del otro lado, quedarán la arrogancia y su inevitable resultado, la soledad.

Estoy cierto de que la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que hermanan a los católicos, servirán para que, más allá de disputas sobre cosas y dinero, podamos entablar todos los miembros del claustro un diálogo respetuoso en el que finalmente se reconozca la autonomía responsable de una institución casi centenaria que siempre ha servido con excelencia al Perú y a la Iglesia.