El cuadro de Rembrandt precisamente esclarece uno de los grandes enigmas de la fe. Jesús está tranquilo en medio de la tormenta, confía - en el sentido mencionado - en la misión que le ha sido encomendada y en la fortaleza del anuncio llevado a cabo por él. Es una confianza práctica. Los seguidores de Jesús son presa del terror, pero él atiende fundamentalmente al camino emprendido, el del ágape.
domingo, 27 de marzo de 2016
RELIGIÓN, ENCARNACIÓN, REINO
El cuadro de Rembrandt precisamente esclarece uno de los grandes enigmas de la fe. Jesús está tranquilo en medio de la tormenta, confía - en el sentido mencionado - en la misión que le ha sido encomendada y en la fortaleza del anuncio llevado a cabo por él. Es una confianza práctica. Los seguidores de Jesús son presa del terror, pero él atiende fundamentalmente al camino emprendido, el del ágape.
jueves, 2 de abril de 2015
VIDA, ENCARNACIÓN Y VERDAD
miércoles, 24 de diciembre de 2014
NAVIDAD
sábado, 18 de enero de 2014
ALGUNAS IDEAS ACERCA DE LA RELIGIÓN Y EL DIÁLOGO
martes, 24 de diciembre de 2013
NAVIDAD Y ENCARNACIÓN

domingo, 31 de marzo de 2013
KÉNOSIS

sábado, 16 de febrero de 2013
EL PAPA Y LA RENUNCIA

miércoles, 26 de diciembre de 2012
NATIVIDAD

miércoles, 1 de agosto de 2012
UNIVERSIDAD
Da la impresión de que a veces que se comina a la PUCP a elegir entre su confesionalidad (concebida unilateralmente en términos conservadores) y preservar su condición de Universidad plural y democrática, cuando se trata a toda luz de un falso dilema. No obstante, el decreto intenta confrontarnos con tal falso dilema, y pretende empujarnos a tomar una decisión. Debo decir que si me viera forzado a elegir entre las alternativas que plantea este falso dilema, tendría que decir que prefiero que la PUCP conserve su condición de Universidad libre, plural y rigurosa, aunque esto suponga perder la condición de "Pontificia" y quizá (eventualmente) cambiar su nombre. El texto de Bertone no recoge ninguno de los argumentos esgrimidos por la PUCP para sustentar su autonomía y estructura democrática. Se menciona con irritación en el documento el homenaje que
domingo, 25 de diciembre de 2011
NAVIDAD

domingo, 24 de abril de 2011
EN TORNO A LAS FORMAS ‘RELIGIOSAS’ DE ECLIPSE DE DIOS

Gonzalo Gamio Gehri
El notable filósofo judío Martin Buber ha señalado que nuestra época está marcada por un ‘eclipse de Dios’, una experiencia de ausencia de trascendencia motivada por la presencia de diversas imágenes de autosuficiencia que invisibilizan la posibilidad de un genuino encuentro con lo divino. Recordemos que Buber considera que la relación con Dios tiene la forma de la comunicación yo-tú, anticipada y concretizada en el encuentro interhumano, la relación entre personas de carne y hueso. Imposible no pensar en el ágape cuando uno lee a este venerable maestro vienés. Las razones del eclipse, en contraste, proviene de la imposición de la relación yo-ello (o yo-esto), la relación con un objeto o con un (mero) concepto. La cosificación del ser humano – por ejemplo, en el capitalismo salvaje o en los totalitarismos políticos de diverso cuño – o el tratamiento de Dios o de la verdad como meros entes o representaciones, entrañan formas de eclipse espiritual.
Interesante, porque el eclipse no está identificado esquemáticamente con el “secularismo” o con el escepticismo religioso, como denuncian los teocon. No es un problema doctrinal que pueda resolverse en términos de ortodoxia versus heterodoxia, extirpando herejías. Es un asunto fundamentalmente actitudinal, que entraña “creencias” estríctamente en el sentido de disposiciones para actuar. De hecho Buber señala que una de las formas más letales y penosas de eclipse de Dios son las formas "religiosas" de integrismo y fanatismo, en las que el rostro de Dios pretende ser cubierto con la máscara de la voluntad de poder, cuando el liderazgo se convierte no en expresión de servicio, sino en un signo de poder y control sobre la conducta del prójimo, cuando una doctrina humana se convierte en idéntica a la Verdad. Esta forma de idolatría y de hipocresía sustituye el amor por el dominio sobre la voluntad del otro: traiciona en lo más profundo el espíritu de la religión. El cuidado del pobre, la viuda y del extranjero es sustituido por el control sobre las conciencias y sobre los cuerpos. Esta postura está en las antípodas de la actitud de un Dios que se encarna, nace en un pesebre y muere en la cruz por amor.
Son temas para pensar con calma. En la tradición religiosa judeo-cristiana, la verdad no puede ser arrancada sin más del horizonte de la relación interpersonal, el cuidado de la dignidad y la libertad de aquellos a quienes podemos y debemos decir Tú. Cuando ello sucede, sin duda algo anda mal.
miércoles, 2 de febrero de 2011
“VOLVER A LAS RAÍCES”

Gonzalo Gamio Gehri
¿Qué significa ‘volver a las raíces’ en el trabajo de las ciencias humanas? Pensemos en lo que hacían Hegel y Heidegger – o Hannah Arendt – con los griegos. Lejos de plantear un “retorno a lo griego”, buscaban (a partir de la exploración filológica o del examen de ciertos motivos filosófico- prácticos en la tragedia, la poesía o el pensamiento griegos) “echar luces” o “desocultar” horizontes de reflexión que permanecían invisibles desde la perspectiva de nuestras categorías y modos de pensar contemporáneos, convertidos en una suerte de “sentido común”. Evocar modos de ser y de pensar griegos permite reconocer la existencia de configuraciones de sentido diferentes, que podrían – merced al trabajo de la crítica y de la interpretación – orientar nuevos cursos de acción, o interpelar nuestros sistemas de ideas, o nuestras instituciones.
viernes, 24 de diciembre de 2010
RELIGIÓN

Gonzalo Gamio Gehri
En estas fechas suelo escribir un post sobre la Navidad. Esta vez voy a abordar – de manera breve y fragmentaria, por supuesto – el tema de la religión, su relevancia en nuestro tiempo.
Por supuesto, no me refiero a ninguna práctica o actitud que aspira a influir sobre la conducta de los seres humanos sin el concurso de su discernimiento y libre decisión. No estoy pensando en ninguna de sus distorsiones, ni en sus vínculos extrínsecos con las diversas expresiones del poder. No pienso, por ejemplo, en ninguna disposición externa a usurpar la estricta potestad del Estado a decidir en materia de políticas públicas de salud en cuanto a la prevención de las Enfermedades de Transmisión Sexual en un marco de respeto por la libertad personal y el derecho a la información – véase al respecto el impostado, hiperbólico y absolutamente deplorable artículo de Martín Santiváñez Vivanco en Correo –; tampoco pienso en las doctrinas que exigen hoy el sacrificio de vidas humanas en nombre de la homogeneidad confesional o la destrucción de los infieles. Pienso en la religión como en un modo de ser y de pensar que persigue establecer (o acaso restablecer) una conexión entre los agentes y un propósito trascendente para la vida.
Se trata de una forma de experiencia que no puede ser ridiculizada o caricaturizada sin sacrificar aquello que la hace valiosa. Muchos apreciamos la religión por lo que aporta por sí misma a nuestras vidas: la calidad de sus preguntas, la riqueza de su acervo de experiencias y modos de expresión. La promesa ilustrada de superar la religión a partir del discurso de la ciencia empírico-deductiva permanece incumplida. Como afirma acertadamente Leszek Kolakowski, se trata de discursos inconmensurables que se plantean fines y bienes heterogéneos. La racionalización de la cultura no ha ahogado del todo la inteligibilidad de la intuición (razonable) de un mundo articulado que tiende hacia el Bien, a pesar de todo; la conciencia religiosa busca a través de la práctica y la reflexión la fuente de esa articulación (y de esa dirección). Del mismo modo, el endurecimiento de los integrismos religiosos en Oriente y Occidente no ha logrado doblegar (felizmente) el impulso humano a examinar críticamente su propia tradición. El propio Chesterton - uno de los intelectuales católicos más lúcidos de los últimos siglos - decía que cuando entraba en un templo se quitaba el sombrero, no la cabeza. No tiene sentido renunciar a la impronta socrática de una vida examinada: la piedad – incluso el reconocimiento del misterio - no exige el silencio de la razón. Jamás. Por eso, en lo personal, considero que el espíritu religioso requiere de la compañía de la terapia conceptual, tanto filosófica como literaria.
La vivencia de la religión rechaza con singular energía el fetichismo del poder, que revela una absurda instrumentalización de la figura de lo divino y pone de manifiesto el talante idolátra de quienes pretenden erigirse en supremos “administradores de la Verdad”. En el caso concreto del cristianismo, la historia del nacimiento de Jesús en el pesebre destaca la disposición del Hijo del Hombre por renunciar a la tentación que supone la concentración del poder y el control autoritario sobre el comportamiento humano. La vocación por convertirse en funcionario de la verdad es propia del espíritu del Gran Inquisidor de Dostoievski, no del magisterio de Jesús de Nazaret, al que realmente teme. La prédica del amor y el padecimiento de cruz son expresión (encarnación) de esta renuencia a asumir posiciones de poder en el proyecto de construcción del Reino. No encontramos en el Evangelio la figura de la imposición de una doctrina o de un estilo de vida, sino la invitación a la metánoia en un contexto de respeto por la decisión consciente de las personas, fruto de la deliberación y la meditación.
La religión constituye un lenguaje y una práctica especialmente valiosos para millones de seres humanos. Es de esperar que en el seno de una sociedad plural los ciudadanos no tengan una interpretación unánime acerca de sus imágenes particulares de la trascendencia y de lo divino. No tienen porqué tenerla. Un Estado democrático respeta la diversidad de credos y deja este problema en manos de los ciudadanos, de las instituciones no estatales en las que se pueda dialogar sobre el tema en un clima de tolerancia y ejercicio de la crítica, y no interviene para emitir un juicio sobre la corrección de las confesiones. Se trata de un asunto que recae exclusivamente en la responsabilidad de aquellos que han elegido creer. En una sociedad democrática la apostasía o la increencia no son delitos porque creer o no creer constituyen posiciones con sentido que se derivan de un acto libre. La apertura a lo trascendente no puede ser producto de la coacción.
Feliz Navidad.
viernes, 2 de abril de 2010
CREER (Y ACTUAR)

BREVES APUNTES PERSONALES SOBRE RELIGIÓN
“Cuando el hombre reducido a soledad no puede ya decir “Tú” al conocido Dios “muerto”, lo que importa es que pueda dirigirse, todavía, al desconocido Dios vivo diciendo “Tú”, con toda su alma, a un hombre vivo conocido”.
MARTIN BUBER
Gonzalo Gamio Gehri
Tengo por costumbre cada Viernes Santo analizar el Sermón de las Siete Palabras, para observar brevemente el estado de la reflexión homelética de un sector de
Como he dicho hace poco, yo no considero que mis creencias religiosas católicas sean fruto de la “tradición”. A pesar de que crecí en un hogar católico, el hecho de recibir la fe de mis padres o haber participado por años en ritos religiosos no ofrece por sí mismo una razón para creer. Aristóteles tiene razón cuando dice que “en general, todos los seres humanos buscan no la forma en que vivían sus ancestros, sino el bien”. Tampoco me seduce la pompa del rito, sino su contenido fundamental y sencillo: que la comunidad se reúna, re-cordar
Lo que me conmueve del cristianismo – lo que siento en el alma – es particularmente el mensaje de amor y entrega sin límites: dar la vida por los amigos. Me conmueve más incluso que el lado sobrenatural del credo cristiano. Por supuesto, el lado sobrenatural está allí - en parte bajo la forma de contacto con el misterio -, uno puede percibirlo de alguna manera en la intimidad de
En el ágape el mensaje de no-violencia y de solidaridad se lleva a su radicalidad. No se trata de una cuestión de “pureza doctrinal”, no se trata de asumir una actitud dogmática, “monolítica”: esa era la obsesión de los fariseos - esa inquietud corrosiva por quien no tiene las "creencias correctas", no observa el šabbāt, no se ha lavado las manos, etc. -, no era esa la inquietud principal del nazareno: esa actitud puramente dogmática y punitiva es propia de corazones duros, y también de mentes particularmente estrechas y escasamente lúcidas. Precisamente lo que lleva a Jesús a una muerte de cruz es la acusación de “herejía”, de “heterodoxia”. En Mateo 25 – una reflexión sobre el Juicio – no encontramos un test de pureza doctrinal, sino una preocupación por el amor que uno ha dado, no por la “medida” del amor, sino por el amor sin medida. La ortodoxia es otro cantar. La prédica del ágape fue percibida con sospecha y temor por la jerarquía confesional de la época. La radicalidad del mensaje de Jesús lo llevó a enfrentarse a las autoridades religiosas de su tiempo – fariseos y maestros de la ley – y a comparecer ante el propio Pilato.
Se trata de comprometerse con el cuidado de los más débiles y pequeños. Hay quien disocia este compromiso con el de la preocupación por
El mundo en el que vivimos habla a menudo de la “muerte de Dios” en diversos sentidos. Se ha discutido de si se trata de la muerte de toda certeza – allí apunta la tesis de Nietszche -; cuando se examina esa imagen desde un punto de vista estrictamente religioso, se especula si se está evocando la emergencia del “ateísmo”, o si la muerte hiere fatalmente a una mera abstracción, al “dios de los filósofos”, la idea de divinidad universal de las concepciones deístas, dejando un lugar para el retorno del Dios de la religión (Welte). Se habla incluso hoy de una era post-secular (Caputo). El filósofo judío Martin Buber ha marcado otro posible camino de interpretación. Otra posibilidad es interpretar la “muerte de Dios” en una clave ético-espiritual, en términos de la ausencia de ágape. Si, como dice Buber, podemos encontrar al desconocido Dios vivo en el “Tú” del hombre vivo conocido, es la indolencia frente a la injusticia y al sufrimiento ajeno, el desinterés por el destino del ser humano concreto (al que nos referimos instrumentalmente como eso, en lugar de llamarlo tú, como corresponde en una genuina relación personal) lo que contribuye a opacar o a enrarecer aquello que puede ser descrito como la presencia de Dios en nosotros.
(1) Lo digo con la mayor claridad, dado que proliferan los vulgares y farisaicos cazadores de brujas - cuyo nombre es "legión", pues son muchos - que persiguen fantasmas donde no los hay, con la absurda acusación de "inmanentismo" a flor de piel. No tengo nada de "inmanentista".


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