Mostrando entradas con la etiqueta autonomía universitaria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta autonomía universitaria. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de marzo de 2017

100 AÑOS….



Resultado de imagen para el el filósofo rembrandt



Gonzalo Gamio Gehri


La Pontificia Universidad Católica del Perú ha cumplido un siglo de vida. Desde hace décadas, la PUCP se ha convertido en un foco de irradiación del pensamiento crítico y el pluralismo. Es una comunidad de investigación dedicada al cuidado del saber científico y las artes, el diálogo entre la razón y la fe, así como al estudio del Perú, de sus problemas y caminos posibles hacia el desarrollo integral, la justicia y las libertades políticas.

El viernes 24 se celebró este primer siglo de existencia con una lección inaugural impartida por Gustavo Gutiérrez, profesor emérito de la PUCP y padre de la teología de la liberación, contando con la presencia del Presidente de la República, el cardenal  Giuseppe Versaldi – nuestro nuevo Gran Canciller, quien además leyó una comunicación enviada por el Papa, saludando a la Universidad -, el Rector, los Vicerrectores y un auditorio compuesto por trabajadores, profesores y alumnos de la PUCP. Antes de la lección inaugural, nuestro Gran Canciller ofició una Misa, que contó con la colaboración de numerosos obispos y los teólogos de nuestra Casa de estudios, que han vuelto a las aulas. Tanto Gustavo Gutiérrez, como el cardenal Versaldi destacaron la convergencia entre el cultivo del pluralismo intelectual y ciudadano y el cuidado de una fe cristiana abierta al diálogo.

En los años transcurridos, primero como estudiante y luego como profesor de la PUCP, he sido testigo del serio trabajo de sus profesores e investigadores, de la preocupación por las personas – especialmente los grupos más vulnerables de la sociedad -, la disposición a escuchar argumentos diferentes, una inquietud permanente por la verdad y por el logro de la justicia, la disciplina del concepto y la búsqueda de consensos basados en el uso de la razón. En las aulas encontramos un amplio abanico de perspectivas sobre la vida pública: liberales, socialistas, libertarios, socialcristianos, socialdemócratas, liberales conservadores, etc. Cada una de estas perspectivas es bienvenida en un espacio de libertad académica y tolerancia en la que se trabaja con el argumento y con la evidencia. Sus estudiantes, egresados y académicos cultores de todas aquellas visiones del mundo y de la sociedad se sienten orgullosos de pertenecer a esta ‘sociedad profética’, para usar la expresión de un antiguo Rector.

La PUCP ha salido adelante enfrentando situaciones difíciles. Hoy es reconocida por los rankings locales y por el juicio de la opinión pública como la Universidad más prestigiosa a nivel nacional. La Universidad y la Santa Sede han logrado un acuerdo “consensuado y definitivo” que honra la autonomía y la estructura democrática de la PUCP en un marco de diálogo permanente con la Iglesia. El trasfondo de este acuerdo está marcado por el servicio que la PUCP ofrece al país y a la Iglesia. El sentido de fraternidad y la alegría, presentes en las acciones y los discursos del padre Gutiérrez, del Rector y de  las autoridades eclesiásticas – así como el iluminador saludo del Papa Francisco -  ponen de manifiesto la común vocación por la verdad, el trabajo fraterno y el pluralismo. Una institución académica comprometida con la democracia, los derechos humanos y con la búsqueda del saber. Un feliz centenario a toda la comunidad universitaria..



domingo, 24 de julio de 2016

LA DECANA DE AMÉRICA EN UNA DIFÍCIL ENCRUCIJADA






Gonzalo Gamio Gehri

Hoy los docentes y estudiantes de la UNMSM elegirán a su nuevo Rector. Tendrán que optar entre una autoridad “pragmática”, promotora del léxico del emprendurismo, y un antiguo juez caracterizado por su cercanía al fujimorismo y notoriamente contrario a la agenda de los derechos humanos en el Perú. La división de la candidatura progresista fragmentó el voto y generó esta desalentadora situación. Como un fiel reflejo del país, su centro de estudios más emblemático en el escenario público ostenta una izquierda fracturada.

Más allá de las dificultades que afronta, la UNMSM es una institución académica sólida, que ha aportado decisivamente al desarrollo del saber y el ejercicio de la justicia en el Perú. Leo en un espacio virtual de in medio conservador que uno de sus redactores – quien es Decano en una universidad propiciada por el Decreto de los noventa, que convirtió la educación universitaria en una mercancía más – indica que la izquierda ha lesionado la UNMSM a la vez que habría arruinado la educación superior nacional en su totalidad. Curioso diagnóstico el suyo, a la vez que. paradójico: fustiga la educación impartida en la UNMSM, pero no cuestiona el extraño formato universitario del que el objetor participa, un esquema educativo reductivo que en casi veinte años de existencia no ha producido ningún resultado científico, filosófico, tecnológico o cultural de consideración. Es una realidad que en los Rankings internacionales, sólo la PUCP y UNMSM aparecen en la lista de las mejores universidades del mundo, no encontramos para nada alguna institución universitaria con espíritu de lucro. Ni sombra de alguna. Una universidad de calidad debe ser plural en lo académico y lo político, debe promover el debate entre las diversas ciencias, visiones del mundo y expresiones de sentido; si los columnistas libertarios o conservadores se lamentan de la  presencia relevante de intelectuales liberales - progresistas y de autores socialistas en el mundo académico, ellos deberían producir su propia obra e intervenir en la discusión filosófica y científica a partir de alguna contribución original 'de derechas' que permita pensar el país. Desde la publicación de El otro sendero no se ha discutido una obra con esas características.  

La UNMSM es un recinto dedicado a la investigación científica y artística. Me une a esa institución un vínculo de afecto. He participado de su vida académica en numerosas conferencias y algunos de sus profesores son grandes amigos míos. Es un espacio consagrado al intercambio de ideas. Comparto la preocupación de su comunidad, frente a las opciones de dirección que hoy se formulan. Muchos estudiantes y colegas contemplan con asombro cómo los candidatos de primera vuelta están pactando con sus contendores más cuestionados, yendo en contra de los principios que han asumido como estandarte en todo este tiempo. Una institución de tanta trascendencia histórica como la UNMSM  merece un compromiso más profundo con la libertad académica y con los ideales que han configurado nuestra comunidad política nacional. 

martes, 1 de julio de 2014

EXAMINAR LA UNIVERSIDAD PERUANA







Gonzalo Gamio Gehri

La nueva Ley universitaria ha desatado grandes iras en diversos sectores de la sociedad, principalmente entre los políticos y numerosos empresarios del llamado “negocio de la educación superior”. La ley tiene diversos puntos a revisar, pero considero que resulta saludable que se pueda contar con una norma sobre la materia. Es razonable promover la supervisión la calidad académica de las universidades peruanas en una sociedad en la que abundan instituciones que no cumplen con lo que prometieron a sus estudiantes – una formación de alto nivel -; muchos de estos centros  intentan sustraerse a la verificación de calidad aduciendo que son “empresas” y que este tipo de evaluación sería “controlista”. Sólo el mercado – a su juicio – producirá buenas universidades. Los hechos, no obstante, no parecen respaldar esta presuposición.

El Decreto Legislativo 882 expedido bajo el fujimorismo ha hecho mucho daño. Diecisiete años después, se constata el fracaso de la doctrina del ‘sólo mercado’ en la educación superior: ninguna de las universidades “con fines de lucro” ostenta estándares de calidad académica o figura en Rankings decentes de desempeño universitario. Las investigaciones y publicaciones que producen – allí donde realmente existen – son escasas y por lo general carecen de impacto público y científico (en muchos de estos lugares – no en todos -, la selección de los docentes es deficiente e incluso el trato a los trabajadores es indigno). Con este giro meramente mercantil, la mayoría de universidades privadas han decidido convertirse exclusivamente en centros de instrucción profesional. La universidad renuncia así a dos de sus propósitos cruciales: producir conocimiento y arte en cuanto tales, y contribuir a discutir y a pensar la comunidad política como un espacio potencial de justicia y ejercicio de las libertades básicas. La universidad como sociedad profética, para citar al célebre profesor F. Mac Gregor, quien dedicó parte de su vida a pensar la 'naturaleza' de la institución universitaria.
.
Con el Decreto Legislativo 882 se pretendió proponer el imperio de ¿Quién se ha llevado mi queso? (y otros textos de autoayuda empresarial por el estilo) sobre el sentido común de académicos y profesionales ¿Qué ganamos los peruanos con la creación criolla de ese formato de universidad? Nada, en realidad, al menos en el terreno de la excelencia académica, o en el de la construcción de pensamiento y en el desarrollo de la ciencia. Los únicos que han ganado con esta medida son los empresarios de la educación superior, quienes además de haber promovido un negocio rentable han logrado incluso – en algunos casos – edificar una atalaya convergente con sus aspiraciones políticas, en las que se ejerce un descarado clientelismo. Numerosos políticos en actividad son hoy promotores de esta clase de instituciones. La mayoría de estos centros educativos son sólo negocios, y nada más. Ni siquiera han logrado convertirse en lugares decentes de formación  profesional. Sin embargo, hemos llegado a esta lamentable situación sin mayores resistencias ni críticas, gracias a la creencia ingenua de que sólo el mercado mejorará la educación. Dentro de muy poco tiempo, numerosos médicos, pedagogos y abogados de estos precarios centros aspirarán al ejercicio profesional. Muchos verán frustrados sus sueños a causa de una formación deficiente; otros pondrán en peligro la salud y el futuro de muchas personas, entre estudiantes, pacientes y clientes. Frente a este escenario sombrío, algún tipo de supervisión de calidad se hace necesario. Por eso la idea de una Superintendencia resulta saludable. Que su composición sea plural será importante. Debe garantizarse no sólo la representación del Estado, sino la presencia de académicos de probada trayectoria.  Recuperar la universidad como un espacio para el libre cultivo de la ciencia, las artes, el espíritu crítico y la civilidad constituye una prioridad para el país.

Es preciso reconstruir la universidad peruana sobre los cimientos de un trabajo que no pierda de vista los objetivos esenciales de la educación superior, que rescate el espíritu del quehacer académico y científico en el Perú. En otras palabras, ya es hora de cuestionar con severidad y rigor esas absurdas alusiones a la “raza distinta” y discursos similares que sólo confunden aquello que significa formar el intelecto con la raquítica y repetitiva monserga del “emprendimiento” y la “innovación”.  Esa es una retórica vacía, de la peor calidad. El pensamiento crítico es condición de una vida social fecunda. Sin genuino conocimiento y vocación de justicia es imposible edificar una sociedad democrática y libre, que promueva las capacidades de sus ciudadanos.


domingo, 30 de diciembre de 2012

LA UNIVERSIDAD Y EL ESTUDIO PLURAL DE LA TEOLOGÍA




Gonzalo Gamio Gehri

Se ha dado a conocer – a través de un comunicado firmado por el Rectorado de la PUCP – la cuestionable (y poco 'navideña') decisión del Cardenal Juan Luis Cipriani de no renovar el mandato canónico de los profesores del Departamento de Teología de la Universidad. Lamentable decisión, pues, hasta donde se sabe, no se han hecho explícitas las razones espeíficas para excluir de la docencia a diez profesores de notable desempeño en sus materias, cultores de una teología plural y dialogante con el mundo y con la academia. Se trata de profesores completamente identificados con la PUCP, sus valores y su historia; en muchos casos, dictan clase desde los años sesenta. La PUCP es su hogar. Sólo se ha emitido una declaración general que no alude al caso particular de cada uno de los teólogos, sino al enfrentamiento con la Universidad.

El documento de la Universidad sostiene acertadamente que la medida es “infundada e injusta”. Resulta arbitraria, en tanto no se la justifica puntualmente- siendo en principio de carácter individual, y no colectiva - ni se han sieguido los pasos correspondientes (aviso, comunicación previa a los afectados, derecho a la defensa, amonestación, de existir un motivo probado, de acuerdo con los procedimientos y reglas vigentes). Completamente injusta, porque los profesores han desarrollado su labor docente en estricta observancia de los principios de la actividad científica y en conformidad con el espíritu del Evangelio y el magisterio de la Iglesia. Algunos comentaristas conservadores sugerirán que la medida podría deberse a que los teólogos de la PUCP son en su mayoría próximos al desarrollo de las teologías inductivas, en particular la teología de la liberación. Hay que responderles que la Iglesia universal ha señalado en fecha reciente que la teología de Gustavo Gutiérrez no está reñida con el Magisterio de Roma. Indicamos, además, que si esta fuera la razón para apartar a estos diez teólogos de la cátedra, esta medida se hubiera puesto en vigor muchísimo tiempo atrás, desde que Monseñor Cipriani fue elegido Arzobispo de Lima, por ejemplo. Sin embargo,  en catorce años, los teólogos de la Universidad han desempeñado su labor sin mayor  interferencia.

En parte, las declaraciones aparecidas hoy aclaran la situación. Esta desafortunada decisión debe ser interpretada en el contexto del conflicto existente entre el Arzobispado y la PUCP. El talante y la oportunidad de la medida hacen pensar que se trata de un intento más por ahogar y desestabilizar a la PUCP. Que esta notificación haya llegado al mediodía del día 21 de diciembre – en el preciso momento en el que la Universidad cerraba sus puertas por un mes – parece fortalecer dicha hipótesis. De ser cierta, simplemente pondría al descubierto un espíritu nada conciliador ni dialogante, un especial encono que procura debilitar a la Universidad aún al costo de sacrificar la formación teológica de los estudiantes en un espacio académico valioso.. El día de hoy aparecen en diversos medios de prensa declaraciones del Cardenal en las que sostiene que resultaría contradictorio que en la PUCP se dicte teología. No obstante, este argumento resulta altamente discutible. Se presupone falsamente que el dictado de la teología requiere un contexto de confesionalidad conservadora, cuando realmente la teología es una disciplina científica que tendría que tener un lugar en una institución universitaria (tanto si es religiosa o secular). Se confunde así, me temo, la teología con la catequesis o con el simple adoctrinamiento. No se toma en cuenta la situación de los teólogos involucrados en esta funesta decisión - se les perjudica y vulnera sus derechos en nombre de un juego de fuerzas político -, todos ellos de una incuestionable vocación intelectual y espiritual. Por otro lado, la medida va en contra del espíritu de la propia Iglesia Católica, que promueve sumar – y no restar – espacios en los que se pueda discutir rigurosamente la Revelación y el lugar del cristianismo en la cultura moderna, así como entablar un diálogo fecundo entre la razón y la fe. No tiene ningún sentido bloquear  la investigación teológica en una Universidad de calidad como la PUCP .

El comunicado indica que se establecerán los mecanismos para resolver el problema en lo relativo a lo académico. De momento, no se dictarán los cursos teológicos en el siguiente semeste 2013-I.  El documento recuerda además que, si bien el arzobispo capitalino tiene la potestad de renovar o no la licencia de los teólogos, los estatutos no le permiten tener injerencia alguna en el diseño del plan de estudios o en la contratación de docentes. Tiene el derecho de retirar o asignar la autorización, pero tendría que sustentarse - más allá de la pretensión de someter a la Universidad en una suerte de "estado de sitio" -; el formalismo aquí parece haber primado sobre el espíritu. La medida cardenalicia resulta deplorable porque coincide en el tiempo con el inicio de los trámites para convertir la Universidad San Ignacio de Loyola en una “universidad católica”, iniciativa que parece una simple estrategia de marketing, tratándose de una universidad que constituye un negocio más, una empresa en la que la única voz y decisión que cuenta de manera inapelable es la del dueño, y no una institución democrática basada en el consenso de las autoridades elegidas con participación de docentes, trabajadores y estudiantes. No se entiende qué relevancia puede tener para la Iglesia y para la comunidad intelectual  convertir la USIL en una universidad católica. Esta iniciativa parece, efectista y exclusivamente estratégica.

Como profesor y antiguo alumno de la PUCP, me entristece esta medida que aleja de las aulas – contra su voluntad – a notables académicos y personas de bien, teólogos plurales que, siguiendo el legado espiritual del Concilio Vaticano II, plantean un diálogo fecundo entre el cristianismo, las ciencias, y las concepciones del mundo y la sociedad. Estoy convencido de que esta medida daña profundamente a la Iglesia, institución que plantea la reflexión teológica no en términos de una conversación entre quienes piensan del mismo modo, sino que promueve dicha reflexión en el marco de un diálogo que convoca a todos los saberes y perspectivas racionales que acogen el llamado del lógos. Mi solidaridad y cariño con los teólogos de la PUCP. La Universidad – estoy absolutamente seguro – reconoce el valor  de su trabajo y su amor por la institución.

viernes, 17 de agosto de 2012

SOBRE LOS PRINCIPIOS DEL PLURALISMO










Gonzalo Gamio Gehri

Para algunos columnistas locales, precisar el significado de las palabras es una tarea de orden menor; lo importante es la pulla, la frase impactante. La verdad y el rigor son lo de menos para cierto “periodismo”. Muchos de nosotros hemos insistido – en el debate sobre la autonomía de la PUCP  - en que una de las virtudes que practica esta Universidad es el cuidado del pluralismo, y que éste constituye uno de los elementos medulares de su probada excelencia académica y de su proyección hacia la vida de la comunidad. En algunas columnas de opinión publicadas por la prensa conservadora – que ha construido una campaña de demolición contra la PUCP – se ha pretendido ocultar o desmerecer el sentido del pluralismo como un rasgo distintivo de toda institución universitaria que merezca ese nombre. Los últimos artículos de Martín Santiváñez en Correo - textos altamente cuestionables en cuanto al razonamiento, la redacción y el estilo -  constituyen un ejemplo (no el único) del total desconocimiento que impera en esta prensa acerca de lo que el pluralismo es. La pobreza de argumentos sobre una materia tan importante es manifiesta. Es triste que en tales espacios la caricatura y los balbuceos de manual retro sustituyan el desarrollo de un concepto y sus implicancias para el terreno de la práctica. 

Voy a desarrollar en este y en un siguiente post las ideas básicas de un enfoque pluralista en lo relativo a la práctica y a la vida del intelecto. El pluralismo constituye una actitud ética y una posición intelectual frente a la vida consistente en el reconocimiento de que existen diversas formas de llevar una existencia humana plena y racional. La formulación más contemporánea de esta tesis la encontramos en la cultura política liberal – en el pensamiento de Isaiah Berlin y sus discípulos Bernard Williams y John Gray, por ejemplo -, pero es posible detectar claras manifestaciones de pluralismo en importantes pensadores del mundo griego, en el cristianismo, en el renacimiento y el romanticismo. En nuestro blog hemos discutido las ideas de Berlin sobre este asunto en más de una ocasión. Gray lo plantea en los siguientes términos:

 “El bien humano se manifiesta en modos de vida rivales. Este argumento ya no es sólo un planteamiento de la filosofía moral. Es un hecho de la vida ética. En la actualidad sabemos que los seres humanos florecen de maneras conflictivas y lo sabemos no desde el punto de vista poco comprometido de un observador ideal sino a partir de la experiencia corriente. A medida que las migraciones y las comunicaciones han mezclado modos de vida que estaban separados y claramente diferenciados, la contienda de valores se ha ido convirtiendo en nuestro estado natural. El pluralismo es nuestro destino histórico”[1].

En esta perspectiva, la idea monista que presupone la existencia de una única forma de vida con sentido resulta teóricamente miope y potencialmente violenta en la práctica - como resulta obvio, nada tiene que ver con el amor judeocristiano -, dado que conduce a una posición integrista que rechaza de antemano las diferencias – y las discrepancias racionales - en cuanto al pensamiento y al modo de vivir. La diversidad es percibida automáticamente como mero error o como un síntoma de confusión de la mente (o del alma). Berlin ha descrito de manera elocuente el pathos fundamentalista de quienes desprecian el pluralismo en nombre de la "pureza" doctrinal.

“Puesto que yo conozco el único camino verdadero para solucionar definitivamente los problemas de la sociedad, sé en qué dirección debo guiar la caravana humana; y puesto que usted ignora lo que yo sé, no se le puede permitir que tenga libertad de elección ni aun de un ámbito mínimo, si es que se quiere lograr el objetivo. Usted afirma que cierta política determinada le haría más feliz o más libre o le dará más espacio para respirar; pero yo sé que está usted equivocado, sé lo que necesita usted, lo que necesitan todos los hombres[2].

He aquí la “espiritualidad” de Tomás de Torquemada, Stalin, Mao, Franco y tantos otros que aseguraban conocer la única medida de humanidad y excelencia, incluidos algunas autoridades de ciertas universidades confesionales y centros educativos conservadores que prohíben a sus estudiantes la lectura directa de libros que no comulgan con “la línea” doctrinal (o dificultan considerablemente el acceso a estos textos “peligrosos”). Con frecuencia, se ha intentado desautorizar el pluralismo caracterizándolo como “relativismo”, pero esa burda salida se evidencia tan falsa como manipuladora. El pluralista no concluye para nada que todas las formas de vivir y pensar “sean igualmente válidas”, una tesis teóricamente débil que termina autodestruyéndose sin remedio; el pluralismo no renuncia a la búsqueda de la verdad y del mejor argumento. Se entiende por “pluralismo” – citando nuevamente a Gray - el reconocimiento de que existen  “muchas diferentes maneras de florecimiento humano” y que “a pesar de ello, pueden haber buenas razones para preferir unos bienes inconmensurables a otros”[3]. Más claro, el agua. El absurdo recurso al relativismo – en las hiperbólicas columnas de Santiváñez y otros – aparece como un ardid nítidamente ideológico, y conceptualmente escuálido.

El pluralismo no es contrario al esfuerzo por el conocimiento y la crítica, antes bien, constituye una expresión rigurosa de estos valores. Los derechos humanos y las libertades individuales constituyen categorías y construcciones sociales que buscan garantizar el respeto por la diversidad y el cuidado del debate sobre la verdad y el florecimiento humano en un espacio de libertad (es curioso que los conservadores sindiquen falsamente a los defensores de la democracia y los derechos humanos como cultores del “pensamiento único”, cuando lo que buscan es promover el pluralismo. El papel aguanta todo; son estos integristas los que observan y pretenden imponer una única doctrina e intentan hacer pasar la cultura de los derechos humanos como “relativismo”). Es curioso que quienes se llaman a sí mismos "liberales" en el Perú no consideren el pluralismo como uno de los elementos básicos del imaginario liberal, es más grotesco incluso que lo rechacen explícitamente en los campos de la política, la religión y la educación (un signo más de la ausencia de liberalismo entre nosotros). El pluralismo es el fantasma que quita el sueño de quienes creen que existe sólo una forma de llevar una vida o de pensar las cosas. En mi siguiente post desarrollaré esta afirmación.

Leí hace poco algún comentario que señalaba –  sobre el tema de la PUCP - que “si (los estudiantes ,  docentes y autoridades) quieren pluralismo, que vayan a buscarlo en otro lugar”. Esta afirmación revela un profundo desconocimiento de lo que significa participar en la vida de una universidad, un foro dedicado al encuentro de diferentes argumentos y formas de expresión de lo real, con miras a una búsqueda honesta de la verdad, concebida como la meta (y no el punto de partida) del conocimiento. Así se concebía incluso la universidad medieval, un recinto más amplio de miras que lo que nuestros “reaccionarios” criollos presumen. La construcción de la ciencia no requiere de un recetario, si no del trabajo académico en un clima de libertad y de apertura a las razones, a las articulaciones de sentido y a las evidencias. Desde tiempos de Sócrates, el trabajo intelectual ha estado asociado no con el adoctrinamiento, si no con la construcción del juicio propio. En la escuela talvez pueda ser deseable la transmisión de una visión del mundo (siempre acompañada de un sentido crítico, por supuesto). En una Universidad, lo que se busca es cultivar la tarea reflexiva de examinar y contrastar diferentes visiones de las cosas, atendiendo a reconocer sus fundamentos, en virtud de un honesto esfuerzo por la verdad  y por el cuidado de la vida ciudadana. 


[1] Gray, John Las dos caras del liberalismo Barcelona, Paidós 2001 p. 47..
[2] Berlin, Isaiah “La persecución del ideal” en: El fuste torcido de la humanidad Barcelona, Península 1998 pp. 33 – 34.
[3] Gray, John Las dos caras del liberalismo op. Cit., p. 16 (las cursivas son mías).

lunes, 6 de agosto de 2012

COMENTARIO AL ARTÍCULO DE ROSA MARÍA PALACIOS SOBRE EL ACUERDO FIRMADO ENTRE EL PERÚ Y EL VATICANO EN 1980 (M.A.R.)



M.A.R.
Lo único que deja de decir RMP es que, en el Decreto Ley 17437 de 1969, el artículo 169 decía: "El Rector y Pro Rector de la PUCP, serán nombrados de acuerdo a lo que prescribe su respectivo Reglamento." Esta es la razón por la que los defensores de la Iglesia dicen que los Estatutos de la PUCP jamás debieron modificar la manera de elección del rector que fue característica desde la Carta Orgánica de la PUCP de 1917: elección por el arzobispo de Lima a partir de una terna presentada por la Asamblea Universitaria, y el rector elegido debía ser reconocido por el Vaticano.

 Bajo el rectorado de Mac Gregor se modificó la manera de elegir al rector, adecuándolo al Decreto Ley 17437: ahora lo haría únicamente la Asamblea. Esto quedó así también en el Estatuto vigente de la PUCP de 1984. Por lo anteriormente dicho, los defensores de la Iglesia sostienen que tal manera de elegir es espúrea (en realidad, para ellos, todo el Estatuto es espúreo, aunque no lo hayan dicho nunca). Por eso, en última instancia, los defensores de la Iglesia lo que desean, con respecto a la elección del rector, es restaurar la forma en que se hizo de acuerdo a la Carta Orgánica de 1917 que fue nuestro primer Estatuto (y que fue registrado por la PUCP en 1937 cuando nos inscribimos como asociación).

 En 1980 se firmó el Acuerdo entre el Perú con el Vaticano. Como dice su artículo 19, la Iglesia puede fundar y dirigir escuelas "de conformidad con la legislación nacional", y no estableció excepciones. Y al darse la Ley Universitaria 23733 en 1983, ya no estableció ninguna excepción para la elección del rector porque la PUCP ya elegía a su rector como las demás universidades. En conclusión, la Iglesia no tiene nada que reclamarle a la PUCP con respecto a la elección de su rector.  

miércoles, 1 de agosto de 2012

UNIVERSIDAD



Gonzalo Gamio Gehri

Hace unos días se hizo público un decreto firmado por el Cardenal Bertone que prohibe el uso de los términos “Pontificia” y “Católica” a la PUCP. Tanto por sus alcances como por su sesgo y por su tono agresivo, el documento es lamentable. Uno se pregunta sinceramente quién habría redactado este texto (aunque quede claro quién lo ha firmado), pues contiene algunas expresiones característicamente “limeñas” y  abunda en  detalles locales. Luis Bacigalupo ha explicado en su blog las razones por las que habría que considerar esta carta “improbable”: en sus palabras, es injusta, denigra a los obispos (y vulnera sus funciones), y constituye un panfleto ideológico

Por supuesto, el contenido de este decreto entristece a quienes esperábamos de la Iglesia jerárquica una mayor vocación de diálogo para resolver este asunto. Las partes habían elaborado un pre-acuerdo, pero el Cardenal Cipriani interrumpió las conversaciones, al desestimar la solución integral que pretendía la PUCP en consonancia con el mensaje del visitador Erdó. En lo personal yo creía que el Vaticano – en virtud de una experiencia acumulada a lo largo de los siglos – iba a poner en una perspectiva diferente este conflicto, pensando en el futuro, considerando expresamente las inconveniencias de debilitar una institución educativa de calidad que reconoce una inspiración católica. Como creyente, me apena profundamente este gesto autoritario y virulento contra la PUCP y contra la CEP. No encuentro en tal gesto la presencia del ágape.

No se entienden las alusiones en las que se señala que presuntamente en la PUCP se cultivan ideas contrarias a la doctrina y la moral católicas. Uno se pregunta si - para variar - lo que sucede es que una facción de la Iglesia jerárquica se incomoda frente al trabajo científico que se realiza en la PUCP en torno a cuestiones de género, diversidad cultural y derechos humanos, temas que otras instituciones católicas no examinan, por "controversiales" o "postmodernas". Sólo un conservadurismo estrecho podría suponer legítimo el veto de los estudios de género, la diversidad cultural y los derechos humanos, como se observa en algunas instituciones educativas de inspiración "tradicionalista". Es cierto que  en algunos centros “confesionales” se prohíbe o dificulta severamente la lectura directa de determinados libros sindicados como "peligrosos": se trata así a los estudiantes como seres en una permanente minoría de edad. Ambas actitudes se manifiestan contrarias al cuidado de la libertad y a la búsqueda de la verdad, valores que la tradición cristiana aprecia y cultiva. Tal proceder es contrario al espíritu mismo de la institución universitaria en cuanto tal.  El propio Cardenal Cipriani ha señalado en su programa radial que si algunos alumnos y docentes de la PUCP no se consideran católicos, entonces cabría preguntarse qué hacen allí: esa opinión contradice clamorosamente la vocación de "universalidad" presente en las nociones de "Universidad" y "Catolicidad".  Es preciso recordar asímismo que el respeto a las diferencias de género y cultura, así como la defensa de los derechos básicos son principios que consagra nuestra Constitución y constituyen auténticos pilares de la democracia.

Da la impresión de que a veces que se comina a la PUCP a elegir entre su confesionalidad (concebida unilateralmente en términos conservadores) y preservar su condición de Universidad plural y democrática, cuando se trata a toda luz de un falso dilema.  No obstante, el decreto intenta confrontarnos con tal falso dilema, y pretende empujarnos a tomar una decisión. Debo decir que si me viera forzado a elegir entre las alternativas que plantea este falso dilema, tendría que decir que prefiero que la PUCP conserve su condición de Universidad libre, plural y rigurosa, aunque esto suponga perder la condición de "Pontificia" y quizá (eventualmente) cambiar su nombre. El texto de Bertone no recoge ninguno de los argumentos esgrimidos por la PUCP para sustentar su autonomía y estructura democrática. Se menciona con irritación en el documento el homenaje que la Universidad rindió a Gregorio Peces-Barba – conocido defensor de la democracia y los derechos humanos contra la sombría dictadura franquista -, lo cual llama poderosamente nuestra atención: se supone que la vindicación de las libertades políticas y la distribución del poder son valores que habría que celebrar. Lo mismo sucede en el caso de Gastón Garatea, cuya trayectoria pastoral a favor de los más necesitados es por todos conocida. Sorprende también la curiosa mención a un ciclo de lectura de la obra Teología de la liberación. Perspectivas de Gustavo Gutiérrez, cuando resulta claro que la obra de este autor nunca ha sido condenada,  al punto que uno de los discípulos de Gutiérrez, el Obispo Gerhard Müller, ha sido nombrado recientemente Preceptor de la Doctrina de la Fe por el propio Benedicto XVI.

 Esta suerte de acusación de “impiedad” dirigida contra la PUCP (con claras resonancias socráticas) deja perplejos a quienes apreciamos el legado de pluralismo y apertura que significó para la Iglesia el Concilio Vaticano II. Plantea un asunto filosófico- teológico importante sobre la textura de la fe, presente en uno de mis pasajes favoritos del Evangelio. Un centurión romano le pide a Jesús que vaya a ver a uno de sus siervos que estaba enfermo, y le cure. “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarlo”, le dice. “Cuando Jesús oyó esto, se maravilló y dijo a los que le seguían: —De cierto os digo que no he hallado tanta fe en ninguno en Israel.”. Le asegura al centurión que su criado ha sanado ya. Jesús dice que no ha "hallado tanta fe" como en esta persona. El énfasis no es casual, no puede serlo. Finalmente ¿ En qué creía el soldado? No era un judío como Jesús; tampoco podía hablarse en ese contexto específico de "cristianismo". El centurión era un pagano, un hombre que le rendía culto a los dioses y a sus ancestros. Pero era alguien que había mostrado una total disposición a que el amor actúe en él; allí se ponía de manifiesto la fe. La tentación de identificar la fe con la suscripción de una  posición “ortodoxa” en lo doctrinal e ideológico es una tentación permanente para quienes somos creyentes. Pero es importante para nosotros recordar que la obsesión por la “ortodoxia” es una característica propia del pathos de los fariseos, y no del Magisterio de Jesús. Esa apertura caritativa hacia el otro es lo que tal mensaje nos plantea. Me parece que éste es un asunto particularmente significativo para examinar la hora presente.



jueves, 26 de julio de 2012

EL CASO PUCP: ¿QUIÉN PIERDE? (P. QUINTANILLA P.V.)






Pablo Quintanilla P.V.

El Vaticano ha emitido un decreto en el que prohíbe a la PUCP que use los “títulos” de ‘pontificia’ y ‘católica’. Esas dos palabras, sin embargo, no son títulos, sino nombres inscritos legalmente en los registros públicos del Estado Peruano. Tales nombres no constituyen una franquicia, una marca registrada, ni una denominación de origen, así que nadie tiene derecho de exigirle a una institución que deje de usarlos, de la misma forma como sería absurdo que el Perú demandara a la escuela ‘República del Perú’, que está en Montevideo, que cambie su nombre por discrepar de su estructura administrativa.

La palabra ‘pontificia’ viene de ‘pontífice’, que ahora se usa básicamente para designar al Papa, pero que originalmente se empleaba para referir a los emperadores romanos y, especialmente, a los sacerdotes paganos, pues literalmente significa “el que hace puentes”, es decir, el que vincula con Dios. En efecto, pedirle a la PUCP que deje de ser pontificia, equivale a bloquear todos los puentes de comunicación.

La palabra ‘católico’, por otra parte, procede del griego ‘katholicós’, que significa “universal”, término que se acuñó en el siglo II d.C. para designar a todos los que siguen a Cristo. Por ello, otras denominaciones cristianas, como la Iglesia Anglicana y la Iglesia Ortodoxa también son oficialmente católicas, aunque no sean romanas.

Ya que nadie es dueño de las palabras de una lengua, especialmente si no es una marca registrada, la PUCP no tendría que dejar de usar estos nombres si no lo desea, aunque podría decidir, de manera libre y autónoma, dejar de usar el nombre de ‘pontificia’, dado que el Vaticano mismo ha preferido bloquear ese puente de comunicación, pero no tiene que hacer lo mismo con ‘católica’, que literalmente tiene un significado universal.

Pero, más allá de las cuestiones semánticas, la pregunta principal es quién sale perjudicado con la aparentemente inevitable ruptura entre la PUCP y un sector de la jerarquía de la Iglesia Católica. Nótese que digo específicamente que la desavenencia es con cierto sector de la jerarquía, no con la Iglesia, que lo somos todos; tampoco con la doctrina católica y, menos aún, con los mandatos evangélicos de la moral cristiana.

Una parte de esa jerarquía, no toda, viene cometiendo un rosario de errores e imprudencias, que no hacen sino desacreditar a la Iglesia y perjudicar al mensaje evangélico. El decreto enviado a la PUCP por el cardenal Tarcisio Bertone (no precisamente un hombre de indiscutible probidad, como se ha sugerido recientemente a partir de noticias filtradas por el mismo Vaticano), es una más en esta larga y penosa lista. La jerarquía eclesiástica debería ver con mayor afecto su vínculo con una de las mejores universidades del país y de Latinoamérica, una institución que no solo mantiene niveles de excelencia académica y científica sino, además, que difunde el mensaje cristiano con la palabra y con el comportamiento, algo que no se puede decir de muchas de las autoridades de la misma Iglesia, tanto peruana como romana. La PUCP se fundó inspirada en los valores cristianos y el Cardenal Bertone no es dueño de ellos.

No resulta claro qué delito ha cometido esta universidad para que el Vaticano desee quitarle su nombre, aparte de ser, al mismo tiempo, católica y académicamente prestigiosa. Algunas de las razones que se han dado son falsas y otras son grotescas. Entre las primeras, está una supuesta disconformidad entre los estatutos de la Universidad y la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, pero nadie ha podido señalar ni una sola discrepancia. Entre las segundas, está el haber hecho un homenaje a un sacerdote, el Padre Gastón Garatea, y el tener un grupo de lectura del libro “Teología de la liberación”, de otro sacerdote, el Padre Gustavo Gutiérrez. Ambos son sacerdotes en actividad. ¿El Vaticano se escandaliza de que una universidad católica haga homenajes y lea a sacerdotes católicos? La Inquisición perseguía a judíos, brujas y ateos, pero por lo que se ve, la jerarquía de hoy tiene más interés en perseguir a los propios católicos. Esto parece una versión ridícula y caricaturizada del libro de Dan Brown.

En todo caso, es evidente que quien pierde con esta ruptura es la propia Iglesia, no la PUCP, pues esta universidad, con sus profesores y sus estudiantes, podrá seguir existiendo con otro nombre y seguramente con menos obstáculos innecesarios, pero la Iglesia habrá perdido una importante relación con la ciencia y la cultura, además de un sano vínculo con muchos jóvenes valiosos del país a quienes, en vez de acercarlos a Dios los enajena, mostrándoles el lado más oscuro de algunos jerarcas eclesiásticos. Me pregunto si alguna otra persona, como lo hizo el padre Dintilhac y algunos amigos suyos en 1917, se propondrá crear en el futuro una universidad con el nombre de católica.

Con un nombre o con otro, con tres edificios o con dos, con mayor o menor renta, un numeroso y significativo sector de la intelectualidad peruana, y probablemente toda la juventud universitaria, pensarán que la jerarquía de hoy sigue siendo la misma a la que perteneció Fray Tomás de Torquemada. ¿Se sorprende esa jerarquía de que las Iglesias estén vacías y que los propios creyentes estén cada vez más decepcionados de la Iglesia a la que todavía, y a pesar de todo, quieren pertenecer?

Ese sector de la jerarquía vive en la Edad Media y cree que su sola autoridad basta para obligar a que la gente crea o actúe según su mandato. No ha reparado en que, en el siglo XXI, no se puede obligar a nadie a creer o actuar de forma alguna, solo se puede inspirar con ideas y con el propio ejemplo. Aquí sí hay, entonces, una incompatibilidad de principio: mientras ese sector de la jerarquía vive en el siglo XI, la PUCP es una universidad del siglo XXI. Mil años las separan, por lo cual parece imposible que se puedan poner de acuerdo. Por lo menos no en tanto ese sector sea el que detente el mayor control en la Iglesia, cosa que podría y debería cambiar, dado el escandaloso manejo que hace de su poder, tanto en este como en otros casos. ¿Realmente cree esa jerarquía que se gana la fe de las personas de manera coercitiva?

Lo que está detrás de este vergonzoso conflicto es una lista de intereses e interesados, que tiene más que ver con los bienes de este mundo que con la búsqueda del bien y la verdad. Por eso, este es momento de pensar con claridad y de expresarse con valentía. Ya pasó la época en que uno debía bajar la cabeza ante una imposición arbitraria y prepotente.

Los detalles de la ruptura entre la PUCP y un sector de la jerarquía eclesiástica solo están comenzando, y ya evidencian que ese sector no está a la altura del mensaje y de la institución que representa. Todo indica que observaremos una brutal lucha por los bienes materiales, tanto en los tribunales como en los medios de comunicación. Me pregunto qué pasaría si Jesucristo entrara repentinamente al Palacio Arzobispal y observara a ciertos jerarcas negociando con, y manipulando a, jueces, políticos y periodistas, de formas retorcidas y tortuosas, y asociándose a grupos corruptos, criminales y autoritarios, para aumentar su poder y apropiarse de bienes que no les pertenecen, ni legal ni moralmente, como ellos mismos lo saben, aunque no parece importarles mucho.


(Publicado en Diario 16).


Véase la entrevista de R.M. Palacios a Marcial Rubio.

miércoles, 6 de junio de 2012

EL ESFUERZO POR LA VERDAD Y SUS (DIVERSOS) ESCENARIOS




Gonzalo Gamio Gehri

Muchos teólogos y académicos en el mundo consideran que los problemas que hoy enfrenta la Iglesia Católica son la expresión no de una crisis de fe, si no de una crisis institucional ¿Se puede decir lo mismo en un nivel local? El caso de la negativa de la autoridad eclesiástica limeña a renovar la licencia del P. Gastón Garatea parece apuntar en esa dirección. El hecho que tantos ciudadanos hayan firmado los comunicados a favor de Garatea – entre ellos muchos sacerdotes – pone de manifiesto una sana disposición a pronunciarse en situaciones de justicia e injusticia, incluso cuando la decisión de una autoridad eclesiástica está de por medio. Muchos catòlicos estàn convencidos de que en este caso el sentido de justicia ha prevalecido entre los creyentes sobre el silencio y el temor. Los defensores de la medida han intentado deslizar la idea falsa de que quienes apoyan al P. Garatea son conocidos “enemigos de la fe y de la Iglesia”. Basta observar la lista para darse cuenta que tal hipótesis resulta absurda y malintencionada. Los apologistas de la discutible decisión cardenalicia han comparado extrañamente a la Iglesia con clubes, empresas o fábricas de calzado para afirmar que los miembros de tales organizaciones “o aceptan las reglas o se van”, distorsionando las declaraciones de Garatea y distorsionando la naturaleza comunitaria de la propia Iglesia. Carlos Garatea Grau ha mostrado cómo los integristas católicos que han comentado este caso se han esforzado por torcer el lenguaje - y alterar maliciosamente la verdad - para confundir a la gente. Rosa María Palacios ha recordado bien que la obsesión con las reglas no era una actitud propia de Jesús si no de los fariseos.

Esta tesis “o te alíneas – en silencio – o te vas” es usada hoy como una especie de arma arrojadiza, aunque sea contraria a la práctica de la profecía y (y contraria al mensaje del Evangelio, pues es precisamente esa disposición dogmática la que exigían los fariseos). Desconoce, además, la diversidad de enfoques y tendencias que uno puede encontrar en la teología y en el pensamiento católico. La Iglesia es un espacio de diálogo, y también lo es (con sus matices propios, pues se trata de escenarios diferentes) la institución universitaria. En un artículo publicado en El Comercio, Rafael Rey ha señalado que la PUCP es, con algunas excepciones, “una casa de formación de ideología anticristiana y anticatólica y centro de capacitación de la ideología marxista y de la políticamente correcta”. Sin duda, estas expresiones están cargadas de ignorancia y mala fe.  La afirmación de Rey revela un absoluto desconocimiento de qué se enseña en la PUCP, pero revela también una extraña situación: Rey cree que “la ideología marxista y lo políticamente correcto” convergen teóricamente, o pueden coexistir o pueden formar parte de un mismo paquete intelectual.

Si lo "políticamente correcto" se define en términos de la concepción ética y política fundada en el respeto de los derechos humanos, el cuidado de la diversidad y los principios democráticos, entonces resulta claro que este pensamiento resulta incompatible con el ideario del marxismo ortodoxo. Marx consideraba que los derechos humanos eran exclusivamente “los derechos del hombre burgués”, y los marxistas del siglo XX identificaban los principios de la democracia como meros procedimientos que legitimaban el dominio de la clase burguesa y la explotación de los trabajadores. Por otro lado, concebían el discurso contra la discriminación cultural y de género como una mera superestructura, vale decir, “conciencia falsa”.

Es curioso que Rey se refiera de manera despectiva a la ideología de lo “políticamente correcto” – esto es, la cultura liberal de los derechos humanos – y que le moleste que se la examine y discuta en la PUCP, puesto que ella se refiere a lo que está dispuesto en la Constitución Política del Perú, carta que él mismo supuestamente se comprometió a defender cada vez que juramentó como ministro o como parlamentario. La tesis según la cual todas las personas somos titulares de derechos e iguales ante las leyes, y que no debemos ser víctimas de exclusión o menosprecio por cuestiones de raza, género, cultura, etc., constituyen principios que trascienden los derroteros ideológicos de los individuos y son ya un signo de civilización en materia moral, legal y política. Uno se pregunta si esa irritación frente a las propias bases del ethos democrático procede finalmente de un imaginario autoritario. Sorprende que algunos políticos cuestionen que ese legado liberal sea objeto de enseñanza en las aulas.

Sospecho que toda esta retòrica paleoconservadora chata y vacìa acerca de la PUCP como una “casa de formación de ideología anticristiana y anticatólica” tiene que ver con el talante plural de la PUCP, con que no existan temas que no sean materia de discusión racional, o acaso que no existan libros prohibidos, como se ha señalado que existen en otros centros de educación superior de tipo conservador. Quizás tiene que ver con que en ella no se imparte una educación dogmática y vertical, basada más en la autoridad y en el culto a las tradiciones que en el espíritu socrático de la búsqueda del mejor argumento. O que no exista un enfoque único del tipo neotomista, como en ciertos lugares confesionales en los que proliferan los manuales, y no  la lectura directa de los autores. En algunos espacios conservadores, si no eres un realista metafísico o no suscribes una teología deductiva (o una extravagante cosmología "neoteísta") entonces eres un "anticatólico", así seas un lector devoto de textos teológicos y de mística cristiana; si no compartes determinados esquemas teóricos o ideológicos, eres un "relativista" o un "escéptico" (y rara vez el acusador define estos términos de manera convincente, pues le basta y sobra con lo que dicen los lamentables manuales al respecto).

En realidad lo que está aquí en juego es la idea misma de universidad, antes que cualquier otra cosa. Una universidad es una comunidad de investigación. Como tal, la verdad constituye la meta de la investigación, no su punto de partida. Un genuino centro de investigación no excluye a priori temas o autores. Examina las diferentes posiciones y argumentos sobre un problema, y busca el más sólido y consistente entre ellos. Esto en el terreno de las ciencias, incluida la teología. La universidad no es un lugar para la rígida corrección doctrinal o para la mera confrontación ideológica, si no para la búsqueda del saber, para el esfuerzo racional por la verdad, en un clima de apertura a la libertad intelectual y el cuidado del propio juicio. Las aproximaciones dogmáticas no dejan lugar alguno para el asombro, el cuestionamiento y el anhelo de ciencia o sabiduría. Sólo los integristas asumen que tienen toda la verdad antes de empezar a pensar críticamente. Sólo los inquisidores  condenan un sistema de pensamiento antes de examinar sus cimientos, y sospechan del ideal de tolerancia.  Una universidad que merezca tal nombre está dispuesta a discutir honesta y rigurosamente diferentes concepciones del mundo y la vida, sin anteponer otra autoridad que la de la prueba y el argumento. Una universidad católica, además, aporta una reflexión sobre el diálogo fe-razón en el marco de esa apertura y libertades, imprescindibles para el proceso de investigación. Que una universidad católica defienda legítimamente su autonomía y carácter plural no constituye una expresión de una "crisis de fe"; todo lo contrario, ella está vindicando su condición de ser una genuina universidad, una sólida institución académica al servicio de la sociedad peruana y del Pueblo de Dios. Se trata de un espacio de conocimiento que no puede verse degradado por expectativas completamente ajenas a la vida del intelecto.

jueves, 12 de abril de 2012

PUCP: AUTONOMÍA E IDENTIDAD


Gonzalo Gamio Gehri

El conflicto entre la PUCP y el Arzobispo de Lima ha llegado nuevamente a un punto crítico. En momentos en que las conversaciones parecían llegar a cierto entendimiento que apuntaba a darle una solución integral al problema (juicios y estatuto) – se estaba preparando un documento que se iba a someter a discusión en la Asamblea Universitaria -, el Cardenal Cipriani concede una entrevista a un medio de prensa en la que sostiene que estas conversaciones con la PUCP nada tenían que ver con el tema de la herencia de Riva-Agüero y con los juicios correspondientes. Este gesto puede tomarse como de ruptura del diálogo, dado que el Vaticano está interesado en lograr una solución integral al conflicto (en el contexto de esa propuesta se envió al Cardenal Erdo). Asímismo, es preciso señalar que estas declaraciones del Arzobispo de Lima estarían contraviniendo el pedido expreso de Roma de mantener en absoluta reserva las negociaciones entre la Iglesia y la PUCP. Esta funesta actitud favorece la sólida hipótesis de que lo que el Arzobispo busca es ejercer el control económico y académico sobre nuestra casa de estudios. Hasta donde se sabe, las autoridades competentes ya estarían informadas acerca de esta quiebra de las conversaciones y sus extrañas circunstancias.

Por principio, soy partidario de la idea según la cual la mejor forma de resolver los conflictos pasa por llegar a acuerdos que satisfagan a las partes; esto supone escuchar las razones del otro y estar dispuestos a hacer razonables concesiones mutuas. En el caso de la PUCP, considero saludable arribar a consensos que no supongan sacrificar la autonomía universitaria, el pluralismo académico y el libre ejercicio del derecho de la Universidad a administrar lo que le pertenece. Lo digo en nombre de la importante trayectoria de la PUCP al servicio del país y a favor del cultivo del conocimiento, y también porque el cuidado de estos principios – autonomía y pluralismo – constituyen requisitos básicos para que podamos hablar propiamente de una Universidad: en ella, la libertad ante el examen crítico de las diversas formas de saber y expresión de sentido. Estoy convencido de que los centros educativos que no permiten discutir determinados asuntos o disciplinas, o que impiden leer ciertos libros, no son realmente universidades, y fracasan en la tarea de formar seres humanos lúcidos. En contraste, la PUCP ha sabido mantener su autonomía y practicar el pluralismo y el espíritu crítico sin perder de vista su inspiración católica. El cuidado de la identidad no debería suponer el sacrificio de la libertad académica. Estoy convencido de que esa libertad no es negociable; no puede serlo si lo que se busca es preservar el espíritu de la Universidad. Eso está claro para la comunidad universitaria.

No conozco el documento definitivo que iba a ser sometido a consideración de la Asamblea- pude leer un escrito preliminar, un borrador, que ha estado circulando en la red -, antes que la otra parte interrumpiera el diálogo. Considero que tal documento preliminar es ambiguo en una serie de puntos importantes, como en las condiciones que un candidato debe reunir para ser elegido Rector, por ejemplo. Creo que cualquier sugerencia de reforma de los estatutos tendría que ser examinada con tiempo, para asegurar que la autonomía y el pluralismo no se vean amenazados en modo alguno. Pienso también que ahora – en momentos en los que una de las partes parece haber desestimado la propuesta de solución integral, que habría sido materia del documento – el escenario es otro. Primero, quizá Roma tendría que pronunciarse sobre la ruptura unilateral de las conversaciones, (y en torno a la ruptura de la reserva de las mismas). La comunidad universitaria, por su parte, esperará que el diálogo se retome, bajo las condiciones de una estricta defensa de la autonomía de la PUCP.

Estaremos atentos a lo que suceda en los días que siguen.

sábado, 10 de diciembre de 2011

SENTIDO DE REALIDAD




Gonzalo Gamio Gehri

Lo mínimo que uno debe pedirle a los ‘críticos’ es un cierto sentido de realidad. Si va a cuestionarse el perfil académico de una institución – por ejemplo -, por lo menos, es preciso tener claro si el perfil presupuesto coincide con la trayectoria, obra y compromisos asumidos por esa institución en el tiempo. Las lecturas fragmentarias o antojadizas revelan una mayor carga ideológica que argumentativa. El reciente debate mediático sobre la PUCP ha puesto de manifiesto tales vicios: muchos de los “analistas” no han pasado por sus aulas, o no han revisado sus estatutos o su historia, ni examinado su contribución al país. Más allá de la importante cuestión legal – la parte cardenalicia ha mutado sospechosamente su posición, del tema de las potestades de la Junta en el Testamento a si la PUCP es un “bien eclesiástico” -, el asunto parece ser de “línea política”, si la PUCP es o no “izquierdista” o si debe convertirse en un recinto religiosamente conservador. Se intenta desconocer – por mala fe o por ignorancia – el carácter plural de la PUCP, una condición básica para la existencia de cualquier universidad de calidad.

Pero muchos artículos de impronta ultraconservadora contribuyen a generar confusión ante la opinión pública. Por ejemplo, se afirma que Riva-Agüero era un intelectual cuya herencia determinó que la PUCP se convirtiera en una gran Universidad. Sin duda, Riva-Agüero fue un académico muy importante, cuya obra ha contribuido decisivamente a la reflexión sobre el Perú, dentro y fuera de la PUCP; del mismo modo, la donación del fundo Pando y otros bienes han favorecido el crecimiento de la PUCP. Sin embargo, sostener que la grandeza de la PUCP se debe exclusivamente o fundamentalmente al legado o la herencia de Riva-Agüero implica no conocer los hechos. Si tuviésemos que destacar en una historia la evolución de la PUCP como la Universidad privada más importante del país, tendríamos que mencionar una serie de importantes gestiones rectorales, entre ellas la de Felipe McGregor sj, quien contribuyó a consolidar la PUCP como un espacio académico plural, abierto al diálogo y a la búsqueda rigurosa del conocimiento y la justicia. Una Universidad abierta al pensamiento crítico, al debate nacional y a la comunidad académica internacional.

Los enemigos de la PUCP suponen que el catolicismo conservador (el de quienes pretenden intervenir la PUCP) es el único catolicismo posible. Se equivocan. Que Riva-Agüero era sumamente conservador es un dato real – curiosamente, los propios blogueros reaccionarios han intentado vincular reiteradamente a Riva-Agüero con el franquismo e incluso con el hitlerismo – que no voy a comentar ni a discutir aquí: dejo ese asunto a los historiadores de las ideas que se han dedicado a esa materia. El hecho es que Riva-Agüero no fue fundador ni rector de la PUCP, y su donación no supuso el establecimiento de condiciones de una línea teológica en particular, o de un enfoque metodológico puntual. Como académico riguroso, Riva-Agüero no impuso condiciones teóricas a la Universidad que amó: sabía que no podía hacer eso sin distorsionar la idea misma de Universidad. Pero no perdamos el tema crucial. El asunto es que la Iglesia católica es plural. Como consta en diversos documentos pontificios y magisteriales, la Iglesia cree en los derechos humanos, el diálogo intercultural e interreligioso, la comunicación con la ciencia y con la democracia. Ha pasado mucho tiempo desde los años cuarenta, y han sucedido sin duda cosas positivas para la Iglesia: el Concilio Vaticano II, y, en el plano regional, Medellín, Puebla, Santo Domingo, Aparecida. La teología no es la misma que en los años cuarenta: el pensamiento sobre el cristianismo ha pasado por las teologías anamnéticas, el método histórico-crítico, la teología pluralista de las religiones, la hermenéutica, las teologías inductivas, etc. No existe un único enfoque filosófico-teológico dentro del catolicismo, como algunos columnistas erróneamente suponen. Existen diferentes enfoques y tendencias en su interior.

Por supuesto, en la Universidad – y también en la Iglesia – hay un sitio para el conservadurismo y su defensa de una perspectiva comunitaria. También lo hay para el liberalismo y para los enfoques sociales, que ponen énfasis en la libertad individual y en la justicia social respectivamente: en general, las posiciones conceptuales que se entregan al libre intercambio de argumentos tienen espacio en una auténtica Universidad. Pienso que los extremismos son dañinos, tanto el conservadurismo radical que proscribe la crítica y tolera más la represión política y las violaciones de derechos básicos que los principios teóricos de la teología de la liberación; así como el fundamentalismo marxista, que avala formas expresas de violencia - supuestamente "revolucionaria" - y propugna una lectura dogmática de la historia. Esa condescendencia con la violencia es incompatible con los principios del diálogo y con una auténtica cultura de paz. Tales extremismos ideológicos se reconocen y se denuncian como tales desde el trabajo de la razón y de la crítica, no desde una mirada inquisitorial que condena de antemano los sistemas de pensamiento que no convergen con la propia doctrina epistémica, monolítica e inescrutable. Una Universidad es un recinto de investide derechosgación y no un centro de agitación y propaganda. Una Universidad católica aporta además una preocupación por el cuidado honesto y transparente del diálogo entre la razón y la fe en el marco del cultivo libre y estricto del conocimiento y la expresión.

El debate mediático sobre la PUCP ha introducido otras variables, bastante discutibles, particularmente desde la agenda antipluralista. Las consideraciones académicas y religiosas parecen encubrir los propósitos políticos: se pretende doblegar a una Universidad que se opuso de manera principista al autoritarismo y a la vocación por la impunidad. La PUCP ha jurado preservar su condición de Universidad, una institución plural al servicio del saber, de una fe dialogante y del sentido de justicia. Este compromiso la ha acompañado desde su origen. No renunciar a él constituye una prioridad de tipo moral no susceptible de negociación. El prestigio de la Universidad se debe a que cuenta con profesores que provienen de disciplinas distintas y que cultivan enfoques teóricos diferentes, que están dispuestos a intercambiar argumentos y buscar interpretaciones razonables sobre el mundo y la vida. Ninguna postura ni fuente textual está a priori excluida, pues constituye parte del material que la investigación científica y humanista requiere para su despliegue. Es también una institución democrática, cuya toma de decisiones depende de consensos forjados en instancias de deliberación común, y cuyas autoridades son elegidas por la propia Universidad.






(La imagen ha sido tomada de aquí).



jueves, 29 de septiembre de 2011

LA AUTONOMÍA, LA OBEDIENCIA Y EL “FINAL DE LOS TIEMPOS” (AUTOR ANÓNIMO)



ULTIMA CENA ALTAR DE SAN MIGUEL - Click en la imagen para cerrar




He recibido este mensaje en forma anónima, una reflexión aguda en materia teológica, que puede ser de interés de los lectores. A pesar de que no conozco a su autor, el texto me resulta digno de ser publicado por su lucidez y corrección (G.G.).






LA AUTONOMÍA, LA OBEDIENCIA Y EL “FINAL DE LOS TIEMPOS”








Estimado profesor Gamio:





Soy una madre de familia que se considera y se siente católica. He hecho todo lo posible por transmitir a mis dos hijos adolescentes los valores cristianos que recibí de mi familia, y que he tratado de fortalecer y desarrollar a lo largo de mi vida… porque los tiempos cambian, y así como lo que funcionaba bien para mi mamá o para mi abuela no funciona exactamente igual para mí, pienso que sería absurdo creer que mis hijos van a poder vivir toda su vida, y transmitir los valores esenciales a sus hijos, sin irnos adaptando al paso del tiempo. Los tiempos cambian, y nunca he sido (ni mi mamá tampoco) de los que creyeran que esto fuera malo, sino todo lo contrario, más bien prueba de la capacidad del cristianismo y del mensaje cristiano de seguir propagándose y seguir siempre actual.


De un tiempo a esta parte, sin embargo, veo con preocupación cómo va tomando cuerpo lo que considero un momento peligroso para la fe en nuestro país, uno de esos problemas familiares donde hay que proceder con cuidado. En los últimos meses se ha ido configurando un problema de esos que me hacen difícil sostener ante mis hijos la necesidad de seguir unidos a la Iglesia. A través de ellos y algunos de sus amigos (soy de las que creen que estar enterada y dialogar abiertamente es la mejor forma de vivir y defender mis ideas) he seguido últimamente el problema que se está dando en la Universidad Católica, donde yo misma estudié economía. Por ellos he estado viendo por ejemplo algo del material que circula en su blog, como parte de un honesto (y difícil) esfuerzo por entender la situación.


Para empezar, debo decir que he escuchado al Dr. Amprimo explicar la situación en sentido jurídico, y me parece creíble lo que dice. Si tuviera razón, y quedara demostrado en los tribunales que de acuerdo a la ley corresponde que la Iglesia (de la manera que fuere) tuviera en la PUCP un nivel de presencia determinado, y que esto no se ha estado cumpliendo por las razones que fuere, entonces mi actitud sería defender en ese momento el cumplimiento de la ley. Y haría todo lo posible por hacer ver a mis hijos que se trata de un asunto legal.


Pero lo que me dificulta cada vez más las cosas es la mezcla de religión con ley, del más allá con el más acá. Por supuesto, considero que la vida espiritual y la relación con Dios son lo más importante, y junto al amor al prójimo son la base que da sentido a todo lo que hacemos, pero también he crecido toda mi vida (y mi mamá también) en un país donde ciertas cosas las maneja la ley, y no la religión. Y creo que esto es saludable y es así por buenas razones. Entonces me siento asombrada cuando el Cardenal cree necesario decir algo como lo que leí el lunes en el periódico: que los profesores y los chicos de la Católica están desafiando a Dios, burlándose de Dios, y que Cristo les pedirá cuentas “al final de los tiempos”.


Ya había oído a periodistas afines al Cardenal llamar “súcubos” a los profesores, y me parecía una figura poética (aunque peligrosa), pero ahora se acusa a profesores y alumnos, y lo del juicio final puede ser tomado como amenaza y no hace más que confundir y alejar a los chicos aún más de la Iglesia, especialmente viniendo de una persona que ha cometido tan graves errores en su trayectoria política. Por los cuales ciertamente, como todo cristiano, tiene derecho a ser perdonado, pero que no lo califican necesariamente como funcionario del juicio final. Cosa que nadie es. El juicio final, espero, es entre Dios y cada uno.


La confusión es muy simple y se relaciona con el desarrollo de fuerzas que yo había creído superadas en la historia. Pero que parece no lo están tanto así. Tomar en sus propias manos el juicio de Dios fue un problema (quizá una necesidad, no soy quién para juzgarlo) que vivió la Iglesia en otros tiempos, que yo siempre creí felizmente superados. Yo crecí, y mis hijos también, en una iglesia abierta, no en una iglesia que pretendiera tomar la justicia del mundo en sus manos. Yo crecí agradeciendo este avance y sintiéndome agradecida por él. Si dijéramos que la Iglesia tiene el derecho de juzgar a nombre de Cristo porque es el cuerpo visible de Cristo, con las autoridades a la cabeza (y esto se escucha decir cada vez más), entonces a mi criterio esto sería un grave retroceso y un gran error.


Afortunadamente parece que el error es del Cardenal (que carga, como digo y como todos sabemos, con errores graves en su pasado político). Claro que uno escucha el error en una cantidad de personas y el error parece tomar cuerpo en nuestra sociedad, y parecen retornar fuerzas que yo creía superadas en la historia, pero me refiero a lo siguiente: Quisiera creer que no se trata de un error de la Iglesia. El lunes, cuando leí en Expreso eso del juicio de Dios, leí también allí, con alivio, que el Papa llama más bien a una actitud más humilde en la Iglesia, a la necesidad de separar las cosas y renunciar al poder político, terrenal, y a la necesidad de recordar que la iglesia somos todos, “no sólo la jerarquía, el Papa y los obispos”.


Me parece que los errores del Cardenal (y del movimiento conservador que parece resurgir, del que él parece ser parte) tienen que ver con una excesiva cercanía con el poder político y económico. Es posible que el error venga de la convicción de que el poder permitiría a la Iglesia una acción más eficaz, pero creo que se trata de un obvio error por el simple hecho de que Jesucristo no actuó a través del poder. Cuando decimos que “de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”, creo honestamente que la gran mayoría no creemos que esa gloria sea de este mundo, ni el juicio tampoco.


Yo diría que el Cardenal está confundiendo peligrosamente las cosas, cuando habla de “desacato”, que según el diccionario es delito, “en algunos ordenamientos”. Me parece claro que no está demostrado que las autoridades de la Católica, y mucho menos los alumnos, estén cometiendo ningún delito; me parece que no vivimos en un “ordenamiento” donde “desacatar” lo que dice el Cardenal, o su interpretación de lo que dice la Santa Sede, sea delito. La confusión es sutil, pero es.


Yo diría que el Cardenal no es infalible, que no es el Papa, y mucho menos es Cristo, y que un poco de humildad no le vendría mal, porque tampoco me parece cierto que por ser el Cardenal sea “el” representante de Cristo en la tierra, como se rumorea que dijo últimamente. Creo que es una autoridad y respeto su investidura, pero mi formación católica y mi formación cívica siempre han funcionado juntas, cada una en su nivel, y estoy acostumbrada a tener derecho a ser crítica con las autoridades. Lo contrario sería justamente, cito al Cardenal, no ser autónomos, y en efecto estar “sometidos a no conocer más que un pedacito de la verdad” (como dijo en El Comercio el sábado pasado). Creo que a él mismo no le vendría nada mal, por el bien de todos, un poquito de humildad, un esfuerzo por no dar la triste impresión de sentirse dueño de la verdad, de pretender una posición legal privilegiada, de tratar de operar institucionalmente por encima de la ley, o peor aún, de impartir la justicia a nombre de Dios.


Tengo la sincera esperanza de que no sea ésta la voluntad de la Iglesia, y la posibilidad mencionada por el Dr. Uribe, de ir el Vaticano a un tribunal internacional para apelar a la decisión de la justicia peruana si ésta fuera desfavorable, no devenga en un conflicto donde la Iglesia dé la impresión de imponerse en forma prepotente. En este último caso yo acataría y respetaría, pero justamente, acataría y respetaría la fuerza mayor, y allí no creo que estuviera Cristo de por medio. No, en todo caso, el Cristo en el que fui criada yo, y en el que crié a mis hijos. Allí podría empezar a reconstruirse un Cristo más parecido al de tiempos que yo creía felizmente superados, un Cristo que nunca he creído fuera parecido al original, felizmente.


Mientras tanto, y con cuidado, sigo expresando mi opinión. Al Cardenal lo puedo cuestionar; a la Iglesia no me atrevería. Ojalá los tiempos no se pongan difíciles de esa manera, que suficientes dificultades terrenales tenemos ya.