Mostrando entradas con la etiqueta teología de la liberación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta teología de la liberación. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de noviembre de 2014

UNIVERSIDAD EN SANGRE (E. CAVASSA)




Ernesto Cavassa S.J.



Un 16 de noviembre, hace 25 años murieron asesinados 6 jesuitas y dos colaboradoras laicas en el campus de la Universidad Centro Americana Simeón Cañas, de San Salvador. El nombre más emblemático es el de Ignacio Ellacuría pero compartieron su misma suerte Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López, Ignacio Martín-Baró y Joaquín López. Cinco españoles y un salvadoreño, que conformaban la comunidad jesuita que tenía su residencia en la misma Universidad. Otro jesuita, teólogo conocido, Jon Sobrino, perteneciente al mismo grupo, se salvó de morir porque estaba fuera del país, dictando conferencias en Asia. En ese continente, en el que los cristianos son solo una minoría, no podían entender que un grupo de militares, que se confesaban cristianos, pudieran asesinar a otros cristianos. Las colaboradoras laicas, la Sra. Elba Ramos y su hija Celina, de solo 16 años, tampoco lo imaginaron y decidieron quedarse esa noche en el campus para no correr el riesgo de tener que ir hasta su barrio, convulsionado –como toda la ciudad– por la guerra civil. Los militares no hicieron distingos y las mataron también a ellas.

Pude visitar el campus hace 5 años, en el 200 aniversario del martirio. Es difícil no conmoverse al entrar a esta universidad que se ha convertido en un centro de peregrinación. En esa ocasión, los familiares de los mártires y los invitados a participar  en el homenaje, fuimos recibidos por el Presidente de la República en el palacio presidencial. 

Fue la primera vez que el Estado salvadoreño, desde su máxima representación, reconoció su participación en el asesinato. Tuvieron que pasar 20 años para ello.

La intervención militar que derivó en el asesinato de estas personas no fue casual. 

Los jesuitas, conscientes de que la guerra civil no llevaba a nada y se había convertido en una masacre por ambas partes, decidieron apostar por la paz. Se comprometieron seriamente en el proceso y Ellacuría fue uno de sus principales impulsores. Tampoco fue casual que lo mataran con un disparo a la cabeza. Decidieron ejecutar a quien consideraban el mentor con un disparo a su cerebro, a la razón. 

El impacto que produjeron esas muertes fue inmenso. Aún recuerdo las noticias de esa madrugada, primero inciertas, luego cada vez más firmes. Llamadas mutuas entre amigos para cerciorarnos si lo que estábamos escuchando era verdad. La solidaridad fue inmediata. La provincia jesuita de Centroamérica solicitó apoyo para continuar las actividades universitarias. Podrían asesinar a los hombres pero no al proyecto que ellos encarnaban. No todos los que se apuntaron pudieron llegar a trabajar en la UCA. Pero la UCA llegó a todos nosotros. A partir de ese momento, las universidades de la Compañía no fueron más las mismas. El 16 de noviembre de 1989 ha marcado para todas un antes y un después.

En palabras del P. Kolvenbach, anterior superior general: “Es ya un estereotipo el repetir que la universidad no es una torre de marfil y que no es para sí misma sino para la sociedad. Más allá de la teoría, el sentido profundo de esta afirmación lo dio el testimonio de Ignacio Ellacuría y sus compañeros. Pocos hechos como éste han causado tanto impacto y se han prestado a tanta reflexión en nuestras universidades en estos últimos años” (Roma, 27 de mayo de 2001).

En efecto, el asesinato de los jesuitas de la UCA ha sellado con sangre el compromiso de la universidad jesuita con las aspiraciones más altas de los pueblos, con los valores de paz y de justicia, y con los más pobres de nuestros países a quienes la universidad desea servir. No hay universidad neutra, lo sabemos. Por ello, la universidad jesuita se pone conscientemente al servicio del país y de la transformación de todas aquellas estructuras de injusticia que impiden su auténtico desarrollo. 

El mejor homenaje a los mártires, en el 250 aniversario de este acontecimiento, es seguir la senda que ellos regaron con su sangre. Citando nuevamente a Kolvenbach, “todo centro jesuita de enseñanza superior está llamado a vivir dentro de una realidad social y a vivir para tal realidad social, a iluminarla con la inteligencia universitaria, a emplear todo el peso de la universidad para transformarla”. Ese es también nuestro compromiso con el Perú.

(Publicado en La República)

domingo, 30 de junio de 2013

IGLESIA CATÓLICA: ¿SIGNOS DE NUEVOS TIEMPOS?




Gonzalo Gamio Gehri

Debo reconocer que el mensaje y el estilo del joven Pontificado de Francisco I me simpatizan de un modo particular. Que sea jesuita y latinoamericano me parece muy bien. Que haya puesto en el centro de su ministerio las exigencias de la fe y la justicia – corazón de la tradición jesuita -, así como su vocación explícita por promover una Iglesia pobre y para los pobres – en la línea de Francisco de Asís – constituye sin duda un signo de esperanza para quienes considerábamos que, después de décadas de restauración conservadora al interior de la Iglesia católica, el espíritu del concilio Vaticano II en materia de justicia social y de diálogo con la cultura moderna pudiese volver a manifestarse con tanta nitidez en el discurso y en los gestos.  Su invocación a que la jerarquía eclesiástica sea más servidora y menos “principesca” me parece saludable y convergente con el Evangelio. En esta perspectiva, La República indica en una nota que “hace unos días el Papa pidió a los nuncios apostólicos vivir en austeridad y recomendar como obispos a sacerdotes que no sean ambiciosos, pues se corre el riesgo de que privilegien una vida confortable y tranquila”. A buen entendedor, pocas palabras. Su propósito de reformar la curia para enfrentar los problemas actuales de la Iglesia me parece correcto y sensato. Parece rodear su Pontificado un espíritu de renovación y apertura que no podemos sino saludar.

Todo esto lo percibo como signos de nuevos tiempos para la Iglesia católica, así resumiría mi lectura del nuevo papado en este comentario de 29 de junio. Este mensaje va trayendo cambios. El discurso pastoral y teológico sobre la opción preferencial por los pobres – cuya fuente encontramos en los textos proféticos, en los Evangelios y en el magisterio de la Iglesia latinoamericana y universal – recupera la fuerza que tenía en tiempos del concilio y Medellín, y la teología de la liberación encuentra el lugar que merece como una de las grandes vertientes del pensamiento católico contemporáneo. Recientemente, el Vatican Insider, publicación de inspiración conservadora, ha proclamado lo que describe como “el fin de la guerra conla teología de la liberación”, evocando cómo el Papa y G.L. Muller -.el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe - destacan el valor intelectual y espiritual de dicha teología. El Vatican Insider reseña un libro escrito por el propio Muller y su maestro y amigo, Gustavo Gutiérrez, a la vez que destaca la forma en que el presente Pontificado se ha planteado reconocer plenamente los aportes de la teología de la liberación al magisterio de la Iglesia después de un largo período de infundado conflicto.

“Justamente con la llegada del primer Papa latinoamericano surge con mayor fuerza la oportunidad para considerar esos años y esas experiencias sin los condicionamientos de los furores y las polémicas de entonces. Aún alejándose de los ritualismos del “mea culpa” postizos o de las “rehabilitaciones” aparentes, hoy es mucho más fácil reconocer que ciertas vehementes movilizaciones de algunos sectores eclesiales en contra de la teología de la liberación estaban motivadas por ciertas preferencias de orientación política más que por el deseo de custodiar y afirmar la fe de los apóstoles. Los que pagaron la factura fueron los teólogos peruanos y los pastores que estaban completamente sumergidos en la fe evangélica del propio pueblo, que acabaron “triturados” o en la sombra más absoluta. Durante un largo periodo, la hostilidad demostrada hacia la teología de la liberación fue un factor precioso para favorecer brillantes carreras eclesiásticas”.


La página católica celebra la publicación de Gutiérrez y Muller – el texto recuerda que Muller es Doctor Honoris Causa por la Pontificia Universidad Católica del Perú,í mencionándola así, con su nombre completo – como una manera de poner fin a décadas de incomprensión. La nota señala que la Iglesia de Roma reconoce que la teología de la liberación tiene un lugar importante como una fuente de pensamiento eclesial inspirada en el seguimiento de Jesús y en la experiencia histórica y espiritual de la Iglesia latinoamericana.

 “Después de haber pasado décadas de batallas y contraposiciones, justamente la amistad entre los dos teólogos (el Prefecto de la Doctrina de la Fe y el que durante un tiempo fue perseguido por el mismo dicasterio doctrinal) alimenta finalmente una óptica capaz de distinguir los obsoletos armazones ideológicos del pasado de la genuina fuente evangélica que impulsaba muchos de los derroteros del catolicismo latinoamericano después del Concilio. Según Müller, justamente Gutiérrez, con sus 85 años (y que planea viajar a Italia y pasarse por Roma en septiembre), ha expresado una reflexión teológica que no se limitaba a las conferencias ni a los cenáculos universitarios, sino que se nutría de la savia de las liturgias celebradas por el sacerdote con los pobres, en las periferias de Lima. Es decir, esa experiencia básica gracias a la que -como dice siempre simple y bíblicamente el mismo Gutiérrez-  «ser cristianos significa seguir a Jesús». Es el Señor mismo, añade Müller al comentar la frase de su amigo peruano, quien «nos da la indicación de comprometernos directamente por los pobres. Hacer la verdad nos lleva a estar de parte de los pobres»”.  


El documento asume una actitud que me parece saludable y justa. Una actitud convergente con el espíritu de renovación, diálogo y concordia que anuncia el Pontificado de Francisco. El Papa ha anunciado que se avecinan cambios importantes dentro de la Iglesia. Monseñor Pedro Barreto ha comentado recientemente en algunos medios que – de acuerdo a lo expresado por el Papa – estos cambios cruciales alcanzarían a la Iglesia de América Latina y a la Iglesia del Perú. Estas declaraciones han sido recibidas con entusiasmo y esperanza por muchos católicos peruanos que anhelan que el mensaje de Francisco I de una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia dialogante y cercana a la gente se haga carne en el Perú. Una buena noticia sin duda.

domingo, 10 de febrero de 2013

GUSTAVO GUTIÉRREZ: TEOLOGÍA PROFÉTICA*





Gonzalo Gamio Gehri

El Padre Gustavo Gutiérrez – premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2003 y Premio del Ministerio de Cultura 2012 -  es sin duda uno de los intelectuales más importantes del Perú. Es, además, un intelectual muy peculiar, porque – como teólogo y como hombre de fe – persigue en primer lugar que el pensamiento riguroso pueda hacerse carne y vida concreta. Desde Teología de la liberación. Perspectivas (1971), Gutiérrez ha sostenido que la teología esclarece y orienta la praxis. De acuerdo con sus reflexiones, la teología es tanto Palabra  sobre Dios como Palabra sobre la condición de los seres humanos en el mundo. Esta palabra humana está inscrita en el espacio y el tiempo de las relaciones humanas. Está inserta en la historia. El “lenguaje” mismo pone de manifiesto la sociabilidad y la temporalidad como rasgos distintivos de la vida de las personas y de sus modos de lidiar con el mundo.

 La Palabra sobre Dios se pronuncia en un contexto histórico-social determinado. En ese sentido, la teología de la liberación es considerada una “teología inductiva” – al lado de las teologías feministas, las teologías ecologistas, la teología política de Metz, las teologías africanas, etc. -,  en contraste con las teologías más tradicionales y conservadoras, que se conciben a sí mismas como “deductivas”. Este es un juicio correcto, por supuesto. Gutiérrez asume como punto de partida el hecho social de la pobreza y la exclusión en América Latina. Esta propuesta está enmarcada en la tesis cristiana de la encarnación. En contraste con otras religiones cuya espiritualidad persigue abandonar el mundo para lograr la plenitud o la trascendencia, el cristianismo sostiene que el Espíritu logra la plenitud sólo si ingresa en la historia y en el horizonte de la experiencia humana. La kénosis es un principio básico del cristianismo, y la teología de la liberación lo recoge como una pauta fundamental de su análisis.

La encarnación es una parte importante del misterio de nuestra fe. Pretender salir de esa encarnación histórico-social equivale a no comprender del todo el cristianismo. Por supuesto, esta dimensión concreta no agota la trascendencia del Espíritu – leer Beber en su propio pozo pone de manifiesto la riqueza de la teología de Gutiérrez en materia de espiritualidad y de recogimiento frente al misterio divino -, antes bien, muestra el enorme valor de lo que significa ser-para-los demás: el cultivo del ágape y la construcción del Reino son propósitos centrales en la vida del cristiano[1]. El Reino no es solamente el estado de cosas al que uno puede aspirar después de la vida; se trata también de una forma de vivir en comunidad basada en el ejercicio de la justicia y del amor que puede configurarse aquí y ahora, con las limitaciones que impone la finitud. “No se va a decir: está aquí o está acá”, dice el propio Evangelio, “y sepan que el Reino de Dios está en medio de ustedes”  (Lucas 17, 21).

La pobreza y la exclusión son situaciones incompatibles con el trabajo por el Reino de Dios y su justicia. Gutiérrez señala que ser pobre es estar expuesto a una muerte prematura. La situación de injusticia que padece convierte al pobre en un blanco potencial de violencia física o psicológica, y a diferentes formas de discriminación. Dadas las circunstancias que enfrenta, él no puede acceder a las condiciones que le permitirían poner en ejercicio las capacidades básicas para llevar una vida de calidad. Se le excluye de cualquier forma relevante de participación en el mercado y en la esfera pública. No se les reconoce de facto los derechos que protegen a los ciudadanos de una comunidad política. La pobreza y la exclusión no son “hechos” de la naturaleza, como los desastres naturales. Se trata de situaciones que son generadas por decisiones humanas y estructuras sociales concretas[2]. Es cierto que muchas veces los perpetradores de tales injusticias – o quienes han decidido coexistir amigablemente con ellas en los contextos de la vida cotidiana – tienden a encubrir las situaciones de injusticia bajo el engañoso lenguaje de las fatalidades[3]. El caso de la discriminación racial, sexual y socioeconómica son buenos ejemplos de esta forma de daño.

En el Primer Testamento y en los Evangelios encontramos múltiples referencias críticas a la pobreza como una condición inaceptable que debe ser cuestionada y combatida desde las exigencias morales y espirituales que plantean la Alianza con Dios y el esfuerzo por el Reino. Hacer abstracción de estos pasajes y exigencias trastocaría el mensaje mismo de la Escritura. Constituye también una preocupación para la Iglesia Católica, como atestiguan los documentos del Concilio Vaticano II, así como las reuniones de la Igelsia latinoamericana celebradas en Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. Juan Pablo II usa la expresión “estructuras de pecado” para referirse a estructuras sociales que lesionan la dignidad humana y minan una cultura de la solidaridad al interior de los pueblos. La “opción preferencial por el pobre” es ya el estandarte de la doctrina social de la Iglesia. La cultura de paz que promueve el cristianismo denuncia la pobreza y la exclusión inconsistentes con el ideal de justicia y amor presente en el Evangelio.

Al poner en un primer plano la injusticia manifiesta que es la pobreza, Gutiérrez está poniendo en ejercicio una antigua tradición crítica que se remonta a los primeros textos bíblicos, al corazón del magisterio de Jesús y al pensamiento de la Doctrina Social de la Iglesia. Cultiva asimismo esta práctica hermenéutica cuando entabla un diálogo lúcido entre la teología de la liberación y la literatura de Vallejo y de Arguedas. Pero además este proceder en el quehacer teológico converge perfectamente con la actividad profética – presente tanto en los textos proféticos como en la prédica de Juan y las enseñanzas de Jesús – consistente en la crítica radical – esto es, atento a las raíces - de las prácticas injustas en el seno de la comunidad, a partir de la invocación del acervo de saberes y experiencias presentes en la propia comunidad. En la propia comunidad espiritual – en sus “fuentes de sentido” - encontramos los recursos críticos que permiten el señalamiento de la injusticia y la reforma de nuestras prácticas. La memoria de la “buena nueva” anunciada por Jesús y sus discípulos pone de manifiesto la inhumanidad de la violencia en cualquiera de sus versiones, incluyendo las que producen la desigualdad y la restricción de las libertades y los derechos de las personas.

En la teología de la liberación propiamente dicha encontramos estos motivos proféticos, así como estos referentes de tipo hermenéutico. Señalar que en el mensaje cristiano el Espíritu se encarna implica – desde un punto de vista ético y social – involucrarse con la situación de los demás, seres de carne y hueso, especialmente con el duro trance que enfrentan quienes padecen injusticia y exclusión. Es preciso pensar la justicia y comprometerse con ella. La vida y la obra de Gustavo Gutiérrez constituyen un testimonio y un ejemplo permanentes de esta preocupación estricta por el bien del otro.






* Una versión de este post será publicada en la Revista Tarea.

[1] Revísese asimismo las importantes reflexiones de Salomón Lerner Febres sobre la fe cristiana, que encuentro próximas a esta senda teológica trazada por Gutiérrez. Cfr. Lerner Febres, Salomón Universidad, fe y razón Lima, PUCP 2007.

[2] Véase Gutiérrez, Gustavo “Pobreza y teología” en Páginas 191 Febrero 2005 pp. 14-15.
[3] Cfr. Shklar, Judith N. The faces of  injustice New Haven  and London, Yale University Press 1988.

domingo, 30 de diciembre de 2012

LA UNIVERSIDAD Y EL ESTUDIO PLURAL DE LA TEOLOGÍA




Gonzalo Gamio Gehri

Se ha dado a conocer – a través de un comunicado firmado por el Rectorado de la PUCP – la cuestionable (y poco 'navideña') decisión del Cardenal Juan Luis Cipriani de no renovar el mandato canónico de los profesores del Departamento de Teología de la Universidad. Lamentable decisión, pues, hasta donde se sabe, no se han hecho explícitas las razones espeíficas para excluir de la docencia a diez profesores de notable desempeño en sus materias, cultores de una teología plural y dialogante con el mundo y con la academia. Se trata de profesores completamente identificados con la PUCP, sus valores y su historia; en muchos casos, dictan clase desde los años sesenta. La PUCP es su hogar. Sólo se ha emitido una declaración general que no alude al caso particular de cada uno de los teólogos, sino al enfrentamiento con la Universidad.

El documento de la Universidad sostiene acertadamente que la medida es “infundada e injusta”. Resulta arbitraria, en tanto no se la justifica puntualmente- siendo en principio de carácter individual, y no colectiva - ni se han sieguido los pasos correspondientes (aviso, comunicación previa a los afectados, derecho a la defensa, amonestación, de existir un motivo probado, de acuerdo con los procedimientos y reglas vigentes). Completamente injusta, porque los profesores han desarrollado su labor docente en estricta observancia de los principios de la actividad científica y en conformidad con el espíritu del Evangelio y el magisterio de la Iglesia. Algunos comentaristas conservadores sugerirán que la medida podría deberse a que los teólogos de la PUCP son en su mayoría próximos al desarrollo de las teologías inductivas, en particular la teología de la liberación. Hay que responderles que la Iglesia universal ha señalado en fecha reciente que la teología de Gustavo Gutiérrez no está reñida con el Magisterio de Roma. Indicamos, además, que si esta fuera la razón para apartar a estos diez teólogos de la cátedra, esta medida se hubiera puesto en vigor muchísimo tiempo atrás, desde que Monseñor Cipriani fue elegido Arzobispo de Lima, por ejemplo. Sin embargo,  en catorce años, los teólogos de la Universidad han desempeñado su labor sin mayor  interferencia.

En parte, las declaraciones aparecidas hoy aclaran la situación. Esta desafortunada decisión debe ser interpretada en el contexto del conflicto existente entre el Arzobispado y la PUCP. El talante y la oportunidad de la medida hacen pensar que se trata de un intento más por ahogar y desestabilizar a la PUCP. Que esta notificación haya llegado al mediodía del día 21 de diciembre – en el preciso momento en el que la Universidad cerraba sus puertas por un mes – parece fortalecer dicha hipótesis. De ser cierta, simplemente pondría al descubierto un espíritu nada conciliador ni dialogante, un especial encono que procura debilitar a la Universidad aún al costo de sacrificar la formación teológica de los estudiantes en un espacio académico valioso.. El día de hoy aparecen en diversos medios de prensa declaraciones del Cardenal en las que sostiene que resultaría contradictorio que en la PUCP se dicte teología. No obstante, este argumento resulta altamente discutible. Se presupone falsamente que el dictado de la teología requiere un contexto de confesionalidad conservadora, cuando realmente la teología es una disciplina científica que tendría que tener un lugar en una institución universitaria (tanto si es religiosa o secular). Se confunde así, me temo, la teología con la catequesis o con el simple adoctrinamiento. No se toma en cuenta la situación de los teólogos involucrados en esta funesta decisión - se les perjudica y vulnera sus derechos en nombre de un juego de fuerzas político -, todos ellos de una incuestionable vocación intelectual y espiritual. Por otro lado, la medida va en contra del espíritu de la propia Iglesia Católica, que promueve sumar – y no restar – espacios en los que se pueda discutir rigurosamente la Revelación y el lugar del cristianismo en la cultura moderna, así como entablar un diálogo fecundo entre la razón y la fe. No tiene ningún sentido bloquear  la investigación teológica en una Universidad de calidad como la PUCP .

El comunicado indica que se establecerán los mecanismos para resolver el problema en lo relativo a lo académico. De momento, no se dictarán los cursos teológicos en el siguiente semeste 2013-I.  El documento recuerda además que, si bien el arzobispo capitalino tiene la potestad de renovar o no la licencia de los teólogos, los estatutos no le permiten tener injerencia alguna en el diseño del plan de estudios o en la contratación de docentes. Tiene el derecho de retirar o asignar la autorización, pero tendría que sustentarse - más allá de la pretensión de someter a la Universidad en una suerte de "estado de sitio" -; el formalismo aquí parece haber primado sobre el espíritu. La medida cardenalicia resulta deplorable porque coincide en el tiempo con el inicio de los trámites para convertir la Universidad San Ignacio de Loyola en una “universidad católica”, iniciativa que parece una simple estrategia de marketing, tratándose de una universidad que constituye un negocio más, una empresa en la que la única voz y decisión que cuenta de manera inapelable es la del dueño, y no una institución democrática basada en el consenso de las autoridades elegidas con participación de docentes, trabajadores y estudiantes. No se entiende qué relevancia puede tener para la Iglesia y para la comunidad intelectual  convertir la USIL en una universidad católica. Esta iniciativa parece, efectista y exclusivamente estratégica.

Como profesor y antiguo alumno de la PUCP, me entristece esta medida que aleja de las aulas – contra su voluntad – a notables académicos y personas de bien, teólogos plurales que, siguiendo el legado espiritual del Concilio Vaticano II, plantean un diálogo fecundo entre el cristianismo, las ciencias, y las concepciones del mundo y la sociedad. Estoy convencido de que esta medida daña profundamente a la Iglesia, institución que plantea la reflexión teológica no en términos de una conversación entre quienes piensan del mismo modo, sino que promueve dicha reflexión en el marco de un diálogo que convoca a todos los saberes y perspectivas racionales que acogen el llamado del lógos. Mi solidaridad y cariño con los teólogos de la PUCP. La Universidad – estoy absolutamente seguro – reconoce el valor  de su trabajo y su amor por la institución.

miércoles, 1 de agosto de 2012

UNIVERSIDAD



Gonzalo Gamio Gehri

Hace unos días se hizo público un decreto firmado por el Cardenal Bertone que prohibe el uso de los términos “Pontificia” y “Católica” a la PUCP. Tanto por sus alcances como por su sesgo y por su tono agresivo, el documento es lamentable. Uno se pregunta sinceramente quién habría redactado este texto (aunque quede claro quién lo ha firmado), pues contiene algunas expresiones característicamente “limeñas” y  abunda en  detalles locales. Luis Bacigalupo ha explicado en su blog las razones por las que habría que considerar esta carta “improbable”: en sus palabras, es injusta, denigra a los obispos (y vulnera sus funciones), y constituye un panfleto ideológico

Por supuesto, el contenido de este decreto entristece a quienes esperábamos de la Iglesia jerárquica una mayor vocación de diálogo para resolver este asunto. Las partes habían elaborado un pre-acuerdo, pero el Cardenal Cipriani interrumpió las conversaciones, al desestimar la solución integral que pretendía la PUCP en consonancia con el mensaje del visitador Erdó. En lo personal yo creía que el Vaticano – en virtud de una experiencia acumulada a lo largo de los siglos – iba a poner en una perspectiva diferente este conflicto, pensando en el futuro, considerando expresamente las inconveniencias de debilitar una institución educativa de calidad que reconoce una inspiración católica. Como creyente, me apena profundamente este gesto autoritario y virulento contra la PUCP y contra la CEP. No encuentro en tal gesto la presencia del ágape.

No se entienden las alusiones en las que se señala que presuntamente en la PUCP se cultivan ideas contrarias a la doctrina y la moral católicas. Uno se pregunta si - para variar - lo que sucede es que una facción de la Iglesia jerárquica se incomoda frente al trabajo científico que se realiza en la PUCP en torno a cuestiones de género, diversidad cultural y derechos humanos, temas que otras instituciones católicas no examinan, por "controversiales" o "postmodernas". Sólo un conservadurismo estrecho podría suponer legítimo el veto de los estudios de género, la diversidad cultural y los derechos humanos, como se observa en algunas instituciones educativas de inspiración "tradicionalista". Es cierto que  en algunos centros “confesionales” se prohíbe o dificulta severamente la lectura directa de determinados libros sindicados como "peligrosos": se trata así a los estudiantes como seres en una permanente minoría de edad. Ambas actitudes se manifiestan contrarias al cuidado de la libertad y a la búsqueda de la verdad, valores que la tradición cristiana aprecia y cultiva. Tal proceder es contrario al espíritu mismo de la institución universitaria en cuanto tal.  El propio Cardenal Cipriani ha señalado en su programa radial que si algunos alumnos y docentes de la PUCP no se consideran católicos, entonces cabría preguntarse qué hacen allí: esa opinión contradice clamorosamente la vocación de "universalidad" presente en las nociones de "Universidad" y "Catolicidad".  Es preciso recordar asímismo que el respeto a las diferencias de género y cultura, así como la defensa de los derechos básicos son principios que consagra nuestra Constitución y constituyen auténticos pilares de la democracia.

Da la impresión de que a veces que se comina a la PUCP a elegir entre su confesionalidad (concebida unilateralmente en términos conservadores) y preservar su condición de Universidad plural y democrática, cuando se trata a toda luz de un falso dilema.  No obstante, el decreto intenta confrontarnos con tal falso dilema, y pretende empujarnos a tomar una decisión. Debo decir que si me viera forzado a elegir entre las alternativas que plantea este falso dilema, tendría que decir que prefiero que la PUCP conserve su condición de Universidad libre, plural y rigurosa, aunque esto suponga perder la condición de "Pontificia" y quizá (eventualmente) cambiar su nombre. El texto de Bertone no recoge ninguno de los argumentos esgrimidos por la PUCP para sustentar su autonomía y estructura democrática. Se menciona con irritación en el documento el homenaje que la Universidad rindió a Gregorio Peces-Barba – conocido defensor de la democracia y los derechos humanos contra la sombría dictadura franquista -, lo cual llama poderosamente nuestra atención: se supone que la vindicación de las libertades políticas y la distribución del poder son valores que habría que celebrar. Lo mismo sucede en el caso de Gastón Garatea, cuya trayectoria pastoral a favor de los más necesitados es por todos conocida. Sorprende también la curiosa mención a un ciclo de lectura de la obra Teología de la liberación. Perspectivas de Gustavo Gutiérrez, cuando resulta claro que la obra de este autor nunca ha sido condenada,  al punto que uno de los discípulos de Gutiérrez, el Obispo Gerhard Müller, ha sido nombrado recientemente Preceptor de la Doctrina de la Fe por el propio Benedicto XVI.

 Esta suerte de acusación de “impiedad” dirigida contra la PUCP (con claras resonancias socráticas) deja perplejos a quienes apreciamos el legado de pluralismo y apertura que significó para la Iglesia el Concilio Vaticano II. Plantea un asunto filosófico- teológico importante sobre la textura de la fe, presente en uno de mis pasajes favoritos del Evangelio. Un centurión romano le pide a Jesús que vaya a ver a uno de sus siervos que estaba enfermo, y le cure. “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarlo”, le dice. “Cuando Jesús oyó esto, se maravilló y dijo a los que le seguían: —De cierto os digo que no he hallado tanta fe en ninguno en Israel.”. Le asegura al centurión que su criado ha sanado ya. Jesús dice que no ha "hallado tanta fe" como en esta persona. El énfasis no es casual, no puede serlo. Finalmente ¿ En qué creía el soldado? No era un judío como Jesús; tampoco podía hablarse en ese contexto específico de "cristianismo". El centurión era un pagano, un hombre que le rendía culto a los dioses y a sus ancestros. Pero era alguien que había mostrado una total disposición a que el amor actúe en él; allí se ponía de manifiesto la fe. La tentación de identificar la fe con la suscripción de una  posición “ortodoxa” en lo doctrinal e ideológico es una tentación permanente para quienes somos creyentes. Pero es importante para nosotros recordar que la obsesión por la “ortodoxia” es una característica propia del pathos de los fariseos, y no del Magisterio de Jesús. Esa apertura caritativa hacia el otro es lo que tal mensaje nos plantea. Me parece que éste es un asunto particularmente significativo para examinar la hora presente.



viernes, 6 de julio de 2012

ENTREVISTA DE ZENIT SOBRE EL CONGRESO DE ROMA




A continuación transcribo la entrevista que me hizo el periodista de Zenit José Antonio Varela acerca del Congreso de Roma sobre Cultura, Catolicismo y Democracia. (G.G.)

Jesuitas avanzan en investigación sobre democracia, cultura y catolicismo
Filósofo de universidad peruana invitado a Roma analiza el fenómeno

Por José Antonio Varela Vidal

ROMA, miércoles 4 julio 2012 (ZENIT.org).- Días atrás se realizó en Roma el Encuentro «Democracia, Cultura y Catolicismo», en el que se reunieron cuatro universidades jesuitas de Lituania, Indonesia, Perú y Estados Unidos, convocadas por la norteamericana Loyola University y acogidos por la Pontificia Universidad Gregoriana. La idea era compartir los avances de la investigación que se viene realizando desde hace tres años en este campo, sobre todo acerca del rol que tuvo (y que tiene) la religión católica en los movimientos de solidaridad en el Este de Europa, así como en la reciente ‘Primavera Árabe’.
Como uno de los representantes de la Universidad jesuita Antonio Ruiz de Montoya del Perú vino el joven filósofo Gonzalo Gamio, con quien ZENIT conversó en una pausa de tan reflexiva y urgente cita...

¿Cómo surge el interés por hacer esta investigación?

--G. Gamio: Fue una iniciativa de la Loyola University que tuvo la idea de integrar su propio trabajo con tres universidades más de Indonesia, Lituania y el Perú, con la Antonio Ruiz de Montoya. Esto con el fin de discutir la relación entre cultura, democracia y catolicismo. Nos sentimos honrados de haber sido objeto de esta llamada y aunque también teníamos una reflexión elaborada sobre el asunto, esta convocatoria contribuyó a contrastar experiencias y lecturas con los colegas de estos países, e ir construyendo un argumento juntos.

¿Cuáles son las principales evidencias que han surgido, tanto en el Perú como en los otros países?

--G. Gamio: Una de las evidencias es que hay una relación tensional entre democracia y catolicismo. Porque la posicion de la Iglesia no es unitaria con respecto a la cultura democrática; hay una posición conservadora que pone el acento en un legado preconciliar, que considera que la Iglesia es fundamentalmente jerárquica, esto es, no democrática, y que funda su unidad en una doctrina deductiva. Y por otro lado, hay un sector más progresista que rescata la experiencia originaria de la propia Iglesia, y que a partir del Concilio Vaticano II reconoce la autonomía de lo temporal y se valora el esfuerzo por construir consensos a través del diálogo. Son dos tendencias que están presentes en una y en la misma Iglesia y es fecundo que existan diferentes visiones de las cosas, pero existe una relación tensional. Y de lo que se trata también es de explorar las peculiaridades de esa tensión en nuestros diferentes países.

¿Qué más puede aportar la religión hoy a la democracia, sea para fortalecerla o para hacerla emerger allí donde no está?

--G. Gamio: Para empezar, diré que la religión es un discurso y una práctica muy importante para la gente de hoy, como antes. Es un discurso altamente catalizador de identidad y a veces este discurso calza y se enriquece con la cultura democrática, y a veces no. En lugares como Polonia, donde hubo una dictadura, la religión fue un elemento importante para consolidar una mentalidad democrática que se enfrentó a esta dictadura. Y en otros espacios como la España de Franco, la religión a veces tuvo una funcion diferente. Pero en países donde se ha ido gestando una cultura democrática y de lucha contra regímenes autoritarios, la religión ha sido un elemento particular de cohesión. Por ejemplo en el Perú, en los años 90 del siglo XX, muchas comunidades de base y muchos sectores de la sociedad civil reclamaban una visión progresista del catolicismo y recurrieron a ese legado para enfrentarse cívicamente contra el régimen de Fujimori. Y hay que recordar que todo el discurso de los derechos humanos tiene un discurso religioso, teológico, que luego se ha universalizado y se ha racionalizado; pero no podemos entender los derechos humanos sin la obra de De Vittoria, sin la obra de Bartolomé de las Casas, donde hay un legado teológico importante.

¿Por qué algunas democracias se cierran a la religión?

--G. Gamio: Muchas veces, sectores conservadores en la política han invocado argumentos religiosos para defender el antiguo régimen, o una comprensión jerárquica o aristocrática de la vida, lo que está reñido con una visión igualitarista que es fundamental para la cultura democrática. Yo no diría que esa visión vertical y jerárquica es esencial a una concepcion religiosa, sino que constituye una tendencia posible dentro de una vision religiosa de la vida. Y eso es lo que una mentalidad democrática teme, que esto se consolide.

¿No hay algunos temas como la vida y la familia, de los que la política quiere hacerse cargo, cuando hay allí asuntos morales?

--G. Gamio: Esto no lo hemos tocado directamente, pero a nivel personal puedo decir no estoy de acuerdo, porque la ética en general puede tener un cimiento religioso, pero puede no tenerlo. Desde un punto de vista estrictamente racional, podemos llegar a determinadas conclusiones éticas sobre cuestiones sociales y también a cuestiones vinculadas a la vida privada. El legado religioso presente en la ética es muy importante. Pero al mismo tiempo podríamos decir que la reflexion ética es para todos los seres humanos y no solamente para quienes creen; sino para todos los que estén dispuestos a discutir y buscar determinados principios, que puedan ser útiles para garantizar la convivencia o para darle una orientación a la vida.

¿Cree que hay temas que se pueden discutir…, como el origen y la protección de la vida humana, o lo que es la familia natural?

--G. Gamio: Yo creo que en general es importante para nosotros como ciudadanos, como creyentes y como seres humanos, estar dispuestos a discutir cualquier tema. Lo que preocupa es que se piense que hay temas que no deben ser discutidos. Todos los temas vinculados al origen de la vida, a los principios de la justicia social, o temas de conducción de la vida personal, son temas que deben ser discutidos con los involucrados, sea a nivel de las politicas publicas, a nivel de los principios de la Iglesia o en la discusión interpersonal cotidiana. Porque finalmente, se trata de principios que involucran la vida de las personas y sobre los cuales ellas tienen algo que decir.

Sobre lo que vimos en el Medio Oriente, la llamada ‘Primavera Arabe’, ¿qué rol tuvo la religión en esto?

--G. Gamio: Lo primero que hay que decir es que constituye un error identificar a las religiones con una posición integrista o fundamentalista. Las diferentes religiones, el Islam, el judaismo y también el catolicismo tienen tendencias de apertura dialógica, de autocrítica, pero también existen tendencias integristas y fundamentalistas. La tendencia hacia el integrismo no se identifica con el núcleo de las religiones, sino con una tendencia muchas veces ideologico-política que se va gestando. Amartya Sen, un famoso filósofo y economista indio, decía que lo que debemos temer, como catalizador de la violencia, no es a la religión, sino a la ilusión del destino.A la idea según la cual para algunos la cultura y la religión son los únicos elementos de la identidad, y que te imponen un propósito en la vida, que no es susceptible de diálogo, de negociación o de crítica. Con esa actitud presente parcialmente en todas las religiones, y en muchas ideologías seculares, lo que tendríamos que hacer es promover la crítica, el diálogo, la reflexión racional en el seno de todas las religiones e ideologías.

¿Se puede decir que la caída de estas dictaduras fue porque la gente estaba sofocada por una religión que vivía muy unida al estado?

--G. Gamio: Es posible, pero aún tenemos que esperar para hacer un análisis más detallado. Hay maneras de entender la religión, que pueden ser sofocantes para la libertad; y quiero pensar que esta experiencia de la ‘Primavera Arabe’ muestra más bien que determinadas interpretaciones del Islam son perfectamente compatibles con la democracia, como ha sucedido también con el catolicismo posconciliar.Y me parece fecundo el diálogo interreligioso que postula también una reflexión sobre la democracia, sobre el pluralismo. Lamento que en diversos lugares del mundo la apostasía sea aún un delito a nivel penal, y que no sea un derecho abandonar o suscribir una religión de manera consciente o voluntaria.

Justamente, en los ultimos tiempos hemos visto los ataques contra la religión cristiana en Nigeria, en la India... ¿Ellos quieren acaso que los cristianos estén lejos con sus valores de libertad, participación o derechos de la mujer?

--G. Gamio: Las tendencias integristas de las religiones consideran el pluralismo como un peligro o lo tachan de relativismo, y eso es muy común en diversas comprensiones religiosas integristas. Y es posible que determinados sectores integristas en Oriente consideren que el cristianismo es depositario de valores occidentales de libertad, igualdad, y que haya estado muy unido a los valores de la Ilustración.Sin embargo, e insisto, el Islam no es intrínsecamente integrista e intolerante, y hay que decir también que el hinduísmo y el budismo por lo general tienen una actitud de apertura frente a otros credos.Por ejemplo, asocian la figura de Jesús en algunos casos a la de Krishna, o el propio Islam que considera a Jesús de Nazareth como un profeta. Este tipo de actitudes negativas que la pregunta evoca con buenas razones, constituye una tendencia dentro de las religiones, y no deben identificarse con el núcleo de la misma religión. Debemos avanzar hacia una actitud más dialogante, que se valore la experiencia religiosa, ante lo que es más bien proclive al materialismo en todas sus formas.

Y hay otros espacios como son los regímenes comunistas o las dictaduras --incluso en América Latina--, donde a la Iglesia se le reduce o se le persigue a muerte, ¿no?

--G. Gamio: Creo que es legítimo rechazar cualquier régimen que atente contra la libertad religiosa y a los derechos de los individuos a abrazar un credo y a vivir conforme a él.Ese es un derecho humano básico que no puede ser conculcado, sin limitar gravemente las libertades e ir contra la justicia. Sí, los regímenes comunistas intentaron erradicar la religión de la vida, sin éxito por supuesto, porque la religión continúa siendo un elemento importante de la vida de la gente, que a veces opera clandestinamente como el caso de Lituania, según nos comentaban algunos colegas.En eso hay que ser enfáticos: la libertad de creer y de no creer es fundamental.

¿No hay una actitud hostil de ciertas democracias modernas contra las religiones?

--G. Gamio: Considero que en las democracias liberales la religión y la política deben estar separadas, y esto supone un régimen de libertad e igualdad religiosa.Que los ciudadanos puedan elegir creer o no creer, y que el estado no le rinda ningún privilegio a ninguna religión, ni siquiera a la mayoritaria, porque de lo contrario implicaría discriminar a los individuos que no suscriben ese credo.Creo más bien que la fuerza de cada religión depende del corazón y la de la adhesión de los creyentes; y en ese sentido, las religiones no requieren un estatus especial dentro del derecho de las democracias.La religión pertenece al ámbito de la sociedad civil, no de la privacidad. Y el lugar de la religión está fuera del Estado, por lo que las religiones deben recibir un trato igualitario, y es más bien el trabajo pastoral el que hace la diferencia.

¿Y esto incluye gravar con impuestos los edificios donde se realizan obras sociales o educativas?

--G. Gamio: No se debe gravar con impuestos a ninguna iniciativa de comunidades religiosas, sean católicas o no católicas, cuando estas comunidades buscan tener una presencia en el ámbito de la salud o de la educación. No tiene sentido gravar con impuestos especiales a instituciones religiosas o de la sociedad civil que quieran apoyar el bienestar de los ciudadanos.


lunes, 14 de mayo de 2012

LA IGLESIA CATÓLICA ESTÁ SECUESTRADA (VÍCTOR VICH)








La iglesia católica vive tiempos oscuros. Ha sido tomada por un conjunto de fundamentalistas que no toleran la diferencia de opiniones ni el debate intelectual, que han sustraído toda autocrítica personal del mensaje realmente incómodo del hijo de Dios y cuyo único objetivo parece ser la pura ambición económica y el poder político. “Mi reino no es de este mundo” (Jn. 18, 36), dijo Jesús y lo dijo para subrayar que el modelo de vida que proponía era completamente distinto a las viles pasiones que mueven a los hombres. Jesús nunca se refirió a las pasiones de índole sexual sino a aquellas más humanas que buscan juicios, ambicionan propiedades, se seducen con sortijas y mitras, y que gozan de ejercer poder sobre los demás.
Hoy la iglesia no la dirigen personajes que admiremos por su humildad ni por su compromiso ante los hombres. Tampoco los admiramos por su inteligencia ni por su producción teológica ni por su diálogo con la cultura universal. Hoy muchos de los sacerdotes tienen una pésima formación académica que no es producto de la duda que el verdadero conocimiento trae consigo sino de la paporreta de los dogmas y la normativa. Las mejores clases sobre Nietzsche que yo escuché fueron las de Vicente Santuc. Hoy, por el contrario, muchos nuevos sacerdotes no saben nada de filosofía, nada de ciencias sociales y casi nada de literatura. En mi colegio, sin embargo, los jesuitas nos hacían leer a César Vallejo y a Jorge Eduardo Eielson; a José María Arguedas y a Luis Hernández. Nos llevaban al teatro a ver Collacocha y disfrutaban con nosotros de los Beatles y de Pink Floyd. También nos llevaban a cortar caña en las haciendas azucareras del norte y a deshierbar café en la selva de Cajamarca. Pero hoy es aún peor: muchos de los sacerdotes actuales pueden llegar a admirar a un dictador corrupto de la misma manera en que están fascinados con una imagen de plástico como aquella del morro solar. Han perdido sentido estético y parecen haber olvidado las propias palabras de Jesús: “No todo el que dice señor, señor, entrará al reino de los cielos (Mt. 7, 21)”.
Hoy muchos sacerdotes vuelven a vestirse de negro, a usar cuellos cerrados y se ve en ellos una manifiesta voluntad de diferenciarse del resto como si fueran personajes “superiores” y tuvieran garantizado el paraíso divino. No los vemos trabajando con la gente y promoviendo mejores vínculos entre las personas sino obsesionados en controlar el cuerpo de la mujer y en juzgar la vida sexual de todos nosotros. Hoy tenemos a un conjunto de inquisidores que ha adquirido mucho poder y que está empobreciendo a la tradición católica. Yo me formé en otra iglesia, con sacerdotes -como el padre Gastón Garatea- que entregaban su vida al servicio de los demás y que sabían bien que el mensaje de Cristo era un mensaje liberador situado más allá de la dialéctica entre la ley y su transgresión. Ni ley, ni trasgresión: solo un mensaje de verdadera humildad y de real compromiso con los demás sin importar sus credos o sus opciones privadas. Un mensaje de profunda solidaridad humana. Casi nada de eso vemos en la iglesia de hoy: la han secuestrado.

miércoles, 9 de mayo de 2012

CARLOS FLORES LIZANA: “DIARIO DE VIDA Y MUERTE”





Gonzalo Gamio Gehri


La cuestión de cómo afrontó la Iglesia Católica el conflicto armado interno se ha convertido en un tema controversial. El Informe Final de la CVR ha presentado una investigación documentada sobre este asunto. Sostiene que allí donde el trabajo pastoral estuvo comprometido con la población – en la prédica, y especialmente en la práctica – la ideología del terrorismo no ingresó en tales comunidades. El ejemplo fue el trabajo de la Iglesia en el sur andino. Se señala asimismo que la Iglesia de Ayacucho, Huancavelica y Abancay no estuvieron a la altura de su misión pastoral; se indica que incluso en Ayacucho se obstaculizó el trabajo de organizaciones de derechos humanos que pertenecían a la propia Iglesia (Conclusión Nº 142). El Informe habla muy bien – salvo en esos casos lamentables – del rol cumplido por la Iglesia católica y las Iglesias evangélicas en aquellos tiempos de barbarie.


“De allí nace el valor de una iglesia que se parece a María, fiel, pobre, pero de pie al lado de los crucificados de la historia. Aunque nuestros dos obispos parece que no ven este tipo de Iglesia, muchos de nosotros tratamos de hacer precisamente eso, estar y acompañar a los inocentes y víctimas de la violencia. Hacer eso creo que es nuestra fuerza y nuestra debilidad sin más pretensiones”[1].

Quien escribe estas líneas – el 14 de agosto de 1990 – es Carlos Flores Lizana, entonces un joven jesuita que hacía trabajo pastoral y ejercía la docencia en el epicentro de la violencia terrorista y represiva, Ayacucho. Las escribe el día en que se cumple el aniversario de sus votos, en circunstancias en las que se entera que lo buscan para asesinarlo, porque se ha convertido en un personaje incómodo ante los ojos de un grupo de malos efectivos de las Fuerzas Armadas. Los terroristas hacía tiempo que tenían amenazados a agentes pastorales que denunciaban sus acciones. En el contexto de la recepción de esta noticia, hace un examen de conciencia y señala el agudo conflicto en el que se debate la Iglesia peruana. Su libro Diario de vida y muerte. Memorias para recuperar humanidad (2004) es una especie de cuaderno de bitácora sobre el terrible trance que atraviesa el pueblo de Ayacucho en aquellos años, esbozado en la perspectiva de un hombre de fe. Sus palabras son duras, y pueden entenderse en la clave de la parresía. No duda en denunciar los crímenes de Sendero Luminoso y también los abusos cometidos por agentes del Estado. No duda en confrontar a las autoridades religiosas de aquel tiempo, de quienes dice que desean “una Iglesia sometida, del silencio y la impunidad”[2], y que – según declaración del propio Flores - están más preocupadas por la corrección litúrgica y por la irritación que les causa la teología de la liberación que por el destino de los más débiles. Paradójicamente, se trataría de una Iglesia que no persigue el Reino. En contraste, la opción del autor es por una Iglesia que rechaza la violencia y acoge a las víctimas.

El libro de Flores Lizana constituye un testimonio conmovedor de un creyente que contempla horrorizado los actos de crueldad que se cometen diariamente, y asume una clara posición - en lo teológico y en el plano de la acción – en defensa de la vida y la dignidad de la población de Ayacucho. Mario Vargas Llosa ha elaborado recientemente una elogiosa nota sobre este texto. El diario es una terrible crónica de lo que acontece cada día en la zona marcada por el conflicto. Denuncia desde el púlpito el escándalo de la muerte, la irracionalidad de las ideologías que consideran que el asesinato constituye un precio a pagar para cumplir con las exigencias de las “leyes de la historia”. Rechaza asimismo los alegatos de quienes afirman que la muerte y desaparición forzada de personas constituye el “costo social” de la pacificación. Se trata de un  texto que da fe de un consistente compromiso con la defensa de los derechos fundamentales y la solidaridad con quienes padecen violencia.





[1] Flores Lizana, Carlos Diario de vida y muerte. Memorias para recuperar humanidad Cuzco, CADEP José María Arguedas / CBC 2004 p. 272.
[2] Ibid., p. 270.

domingo, 5 de junio de 2011

UN VOTO DE CONCIENCIA (G. GUTIÉRREZ)










Gustavo Gutiérrez M.




En estos días, se ha dicho y repetido –con toda razón- que el voto del domingo debe ser un voto de conciencia. Hay que reconocer que el clima electoral, tal como lo estamos viviendo, no lo hace fácil. Favorece, más bien, lo emocional e intempestivo, la disputa personal con su corte de acusaciones, las imprecisiones, o indiferencia, acerca de hacia donde se quiere enrumbar el país, la miopía que se enreda en la coyuntura y no alcanza a ver lo estructural, una de cuyas expresiones es la institucionalidad democrática que todavía no se repone de los golpes que recibió en años anteriores. Clima que, además, obnubila en muchos la memoria, sin la cual personas y naciones discurren por un presente asumido en forma superficial, y está sujeto a retrocesos.

No debemos olvidar, sin embargo, que la palabra conciencia tiene dentro de ella el término ‘ciencia’, conocimiento, saber. Por ello, es tradicional, en el campo de la ética, decir que la conciencia debe disponer de un básico análisis de la realidad, y de los criterios necesarios para hacer un correcto discernimiento en una situación determinada, sobre todo, en decisiones que implican metas de mediano y largo plazo, valores, sentido y reconocimiento del otro. Supone también ir más allá de los intereses propios, particularmente cuando afectan los derechos de los otros. Lo acaba de recordar el comunicado de la conferencia episcopal peruana: “es el momento de pensar no solo en los beneficios individuales o grupales, sino en el desarrollo integral de toda nuestra sociedad” (“Confianza y esperanza en el Perú”, n.5). Un crecimiento económico que no beneficie al conjunto de la población no contribuye a un auténtico desarrollo humano.

Un voto de conciencia, así entendido, choca con viejos hábitos nacionales que es necesario confrontar y superar. Estilos que vienen precisamente de la in-conciencia de muchos ante la situación de los pobres y socialmente insignificantes de nuestra sociedad. Son aquellos que desde hace décadas, frente a la pobreza y exclusión de tantos, acostumbran a decir que es una situación que ‘no se arregla en una semana’, cosa que se comprendería si no fuera porque esas décadas estuvieron conformadas, como es natural, por numerosas semanas… ¿Cuánto tiempo más hay que esperar para erradicar la pobreza? Precisemos que cuando hablamos de esa situación inhumana e injusta que es la pobreza, no aludimos solo a lo económico –sin negar su importancia-. tenemos en mente que se trata de una condición compleja con dimensiones sociales, culturales, raciales y otras. Esos diferentes factores dan lugar a desigualdades intolerables. Los que las padecen pueden ser susceptibles, dadas sus necesidades, de convertirse en víctimas del clientelismo, con el riesgo de poner entre paréntesis sus derechos a una vida digna. Se configura, de este modo, una situación inaceptable para una conciencia humana y cristiana (“la Iglesia es abogada de la justicia y de los pobres”, dicen Benedicto XVI y la conferencia episcopal de Aparecida).

Un voto de conciencia significa, entonces, votar por la construcción de una sociedad en la que la dignidad humana y la libertad de todos sean respetadas; y que incluya, prioritariamente, a aquellos a los que no se reconoce “el derecho a tener derechos”, según la conocida y aguda expresión de H. Arendt. Sin justicia no hay paz permanente, una paz que no hay que confundir con la que resulta de una pacificación impuesta. Ningún camino político o económico se justifica si elimina la ética de su horizonte. La política está al servicio del ser humano y, ante todo, de los pobres y necesitados, así como de la vida y la justicia, de otro modo vamos hacia una sociedad inhumana. Los evangelios refieren que durante el juicio a Jesús, Pilatos le formula la pregunta: “¿qué es la verdad?”, pero, enseguida, se marcha sin esperar la respuesta; el escritor Van der Meersch sugiere lo que habría dicho Jesús: “la verdad, Pilatos es estar del lado de los pobres”. Hay, sin duda, un soplo profundamente humano y evangélico en esta afirmación.

Líneas arriba decíamos que se debe tener criterios para discernir en la presente situación electoral, un criterio ético importante es votar a favor de los últimos de la sociedad, reconocerlos como personas llamadas a asumir las riendas de su destino. Y desde esa toma de posición forjar una convivencia social justa para todos.

Eso sería un voto de y con conciencia.




(Extraído de la página del IBC).