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domingo, 26 de marzo de 2017

100 AÑOS….



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Gonzalo Gamio Gehri


La Pontificia Universidad Católica del Perú ha cumplido un siglo de vida. Desde hace décadas, la PUCP se ha convertido en un foco de irradiación del pensamiento crítico y el pluralismo. Es una comunidad de investigación dedicada al cuidado del saber científico y las artes, el diálogo entre la razón y la fe, así como al estudio del Perú, de sus problemas y caminos posibles hacia el desarrollo integral, la justicia y las libertades políticas.

El viernes 24 se celebró este primer siglo de existencia con una lección inaugural impartida por Gustavo Gutiérrez, profesor emérito de la PUCP y padre de la teología de la liberación, contando con la presencia del Presidente de la República, el cardenal  Giuseppe Versaldi – nuestro nuevo Gran Canciller, quien además leyó una comunicación enviada por el Papa, saludando a la Universidad -, el Rector, los Vicerrectores y un auditorio compuesto por trabajadores, profesores y alumnos de la PUCP. Antes de la lección inaugural, nuestro Gran Canciller ofició una Misa, que contó con la colaboración de numerosos obispos y los teólogos de nuestra Casa de estudios, que han vuelto a las aulas. Tanto Gustavo Gutiérrez, como el cardenal Versaldi destacaron la convergencia entre el cultivo del pluralismo intelectual y ciudadano y el cuidado de una fe cristiana abierta al diálogo.

En los años transcurridos, primero como estudiante y luego como profesor de la PUCP, he sido testigo del serio trabajo de sus profesores e investigadores, de la preocupación por las personas – especialmente los grupos más vulnerables de la sociedad -, la disposición a escuchar argumentos diferentes, una inquietud permanente por la verdad y por el logro de la justicia, la disciplina del concepto y la búsqueda de consensos basados en el uso de la razón. En las aulas encontramos un amplio abanico de perspectivas sobre la vida pública: liberales, socialistas, libertarios, socialcristianos, socialdemócratas, liberales conservadores, etc. Cada una de estas perspectivas es bienvenida en un espacio de libertad académica y tolerancia en la que se trabaja con el argumento y con la evidencia. Sus estudiantes, egresados y académicos cultores de todas aquellas visiones del mundo y de la sociedad se sienten orgullosos de pertenecer a esta ‘sociedad profética’, para usar la expresión de un antiguo Rector.

La PUCP ha salido adelante enfrentando situaciones difíciles. Hoy es reconocida por los rankings locales y por el juicio de la opinión pública como la Universidad más prestigiosa a nivel nacional. La Universidad y la Santa Sede han logrado un acuerdo “consensuado y definitivo” que honra la autonomía y la estructura democrática de la PUCP en un marco de diálogo permanente con la Iglesia. El trasfondo de este acuerdo está marcado por el servicio que la PUCP ofrece al país y a la Iglesia. El sentido de fraternidad y la alegría, presentes en las acciones y los discursos del padre Gutiérrez, del Rector y de  las autoridades eclesiásticas – así como el iluminador saludo del Papa Francisco -  ponen de manifiesto la común vocación por la verdad, el trabajo fraterno y el pluralismo. Una institución académica comprometida con la democracia, los derechos humanos y con la búsqueda del saber. Un feliz centenario a toda la comunidad universitaria..



miércoles, 20 de mayo de 2015

DOS ENTREVISTAS SOBRE JUSTICIA, ETICA Y RELIGIONES


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Gonzalo Gamio Gehri

A.- En la página Religión Digital aparece una entrevista al Padre Gastón Garatea, que examina la situación de la Iglesia peruana, la influencia del Concilio Vaticano II, entre otros temas. Muy interesante, en realidad, aquí pueden encontrar el texto y el video. Garatea, fiel a su estilo, habla claro sobre el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y la Mesa de Concertación de Lucha contra la pobreza. Señala que colaboró en esas instituciones fundamentalmente como ciudadano y persona, a partir de las exigencias éticas que ellas planteaban, y no en virtud de alguna consideración eclesiástica. Se refiere también a su situación personal frente a una medida tomada por la autoridad local respecto del ejercicio de sus tareas pastorales, y sobre la lucha que lleva a cabo la PUCP por defender su autonomía como institución académica plural. Reflexiona asimismo sobre el trabajo de renovación que lleva a cabo el papa Francisco dentro de la Iglesia.

Estas reflexiones tienen lugar en el marco de un proceso de franca apertura a la teología de la liberación y al pensamiento más plural dentro de la Iglesia, una actitud que lleva el sello del Pontificado de Francisco. Gustavo Gutiérrez ha tenido una presencia interesante en eventos institucionales en Roma. No todos reciben esta disposición con alegría y esperanza. Un portal electrónico conservador ha intentado difundir la idea – carente del sustento probatorio más elemental – de que la teología de la liberación habría sido creada por la KGB. La falta de seriedad de la nota es clamorosa. Alessandro Caviglia cuestiona y ridiculiza dicha nota con toda razón. Caviglia plantea que estos objetores de Medellìn se pronuncien sobre Vaticano II - la principal fuente de inspiración de dicha Conferencia latinoamericana - y sobre el papado actual. Es un excelente argumento critico.  La discusión debería tener un mayor nivel, no caer en una absurda campaña destructiva, como es el caso de la nota de este portal católico tradicionalista. No se debe descender al nivel de sensacionalismo irresponsable que se cuestiona en los medios de prensa masivos.

B.- Hace un tiempo que se ha suscitado una polémica interesante sobre si el Islam es una religión que promueve doctrinalmente la violencia. Reza Aslan, académico iraní – estadounidense ofrece argumentos para responder negativamente esta cuestión. Se trata de un científico social que estudia las religiones, es un musulmán liberal que ha escrito varios libros sobre estos temas. . Señala que es preciso distinguir entre el Islam y el integrismo islámico, que existen países musulmanes en los que se respetan los derechos humanos y se combaten las desigualdades basadas en el género. Recomiendo esta entrevista a la cadena norteamericana CNN en la que esclarece una serie desupuestos debatibles sobre cómo entender el Islam, la paz y la violencia.

Se trata de documentos que inspiran una conversación rigurosa sobre temas de una peculiar significación social y humana. Recomiendo su lectura y discusión.


jueves, 10 de octubre de 2013

UNA CONVERSACIÓN ACERCA DE LA INTOLERANCIA RELIGIOSA





Gonzalo Gamio Gehri

El 30 de septiembre último participé en una conversación sobre la inteolerancia religiosa, convocada por el programa radial Tiempo Global, que dirige Ramiro Escobar para IDEHPUCP. Intervino asimismo el Rabino Guillermo Bronstein, especialista en temas de espiritualidad judía y diálogo interreligioso. El diálogo estuvo motivado por un contexto histórico puntual: las últimas manifestaciones de violencia suscitadas en el mundo que hacían una clara referencia a las cuestiones de doctrina y confesión.

La conversación puedenencontrarla en este enlace. Las intervenciones del Rabino Bronstein y de Ramiro Escobar son especialmente lúcidas e inspiradoras. Este tipo de intercambios en los que se pone énfasis en los puntos de encuentro entre las religiones y a la clara distinción entre el mensaje de las religiones y sus distorsiones fundamentalistas debería ser menos infrecuente de lo que es. Requerimos sin duda ese tipo de espacios para reflexionar en torno a las posibilidades de lo humano en tiempos difíciles.

viernes, 14 de septiembre de 2012

REFLEXIONES SOBRE EL CONCEPTO DE DIÁLOGO






Gonzalo Gamio Gehri


1.- Sobre el concepto de diálogo[i].

Los agudos conflictos sociales que enfrentan diferentes zonas del país, el litigio que afronta una importante universidad del país en el contexto de la defensa de su autonomía, los desafíos que plantea la recuperación de la memoria en nuestra sociedad, han puesto sobre el tapete la necesidad de dialogar, bajo la premisa de que el diálogo constituye un vehículo de entendimiento y de soluciones pacíficas a los numerosos desencuentros que experimentamos en diferentes espacios de la vida nacional. La filosofía puede resultarnos útil para aproximarnos con cierto rigor a este concepto (y a su práctica).

 Diálogos es un término griego que a menudo se traduce como “conversación” o “discusión”. Proviene de las voces diá (a través de), y lógos (discurso, lenguaje, razón, entre otros sentidos). No alude a “dos” tal y como se cree cotidianamente. Se trata de una forma básica de actividad humana en la que la razón es protagonista. Con ella se trata de arribar a acuerdos de diferente naturaleza, o, en todo caso, si los acuerdos no llegan a lograrse, ella nos permite comprender y evaluar el carácter y los alcances de nuestros desacuerdos; de este modo, el diálogo convierte estas situaciones de inevitable discrepancia en provechosas y aleccionadoras para quienes participan en él. Cuando el propósito del diálogo es la verdad, lo describimos como una “investigación”. Cuando el objetivo trazado es elegir conscientemente un curso de acción que consideramos valioso o correcto en el diseño de un proyecto de vida, lo describimos como “deliberación”. Cuando la meta establecida es construir alguna forma de arreglo social basado en la convergencia legítima de intereses particulares hablamos de “negociación”. Todas estas formas de interacción comunicativa son expresiones de diálogo; cuando se llevan a cabo sin distorsión, están animadas por el ejercicio del lógos. La práctica del diálogo se contrapone al mero uso de la fuerza.

2.- Falibilismo e interlocución.

El cultivo del diálogo requiere de los interlocutores un compromiso estricto con el libre intercambio de razones. Quien dialoga se muestra atento a los argumentos del otro tanto como a la elaboración de los propios. En contraste, la violencia – advierte Hannah Arendt – permanece sorda y muda. La atención a los argumentos del interlocutor no sólo nos remite a la dinámica propia de la acción recíproca de ofrecer razones, si no que pone de manifiesto la exigencia de una determinada actitud de parte de los participantes, que ha sido descrita como una disposición falibilista. Para que el diálogo sea genuino, nosotros tenemos que suponer que podríamos estar equivocados, y que las razones del otro podrían contribuir a esclarecer nuestro eventual error o a despejar nuestra confusión. Por supuesto, tendríamos que esperar que los participantes asuman una disposición análoga a la nuestra. No dialogamos realmente cuando suponemos que contamos con toda la razón de nuestro lado, y nos declaramos absolutamente invulnerables ante el discurso de los otros.

Esta vindicación de la actitud propia del falibilismo cuestiona severamente la afirmación conservadora “diálogo sí, pero con verdad”. A veces pienso que esta posición incurre en el burdo error de confundir la “verdad” con la simple “veracidad”, la disposición a no mentir, dar cuenta de lo que se sabe, poner los propios intereses y aspiraciones sobre la mesa, etc. Resulta bastante claro que toda forma de investigación, deliberación común y negociación exige veracidad, consistencia en el discurso y en la acción y transparencia; la ausencia de tales condiciones vicia el diálogo y lesiona la posibilidad de cualquier forma de entendimiento. Pero esta declaración conservadora parece entrañar más que estas consideraciones elementales. Parece indicar que hemos de participar en el diálogo esgrimiendo (toda) la verdad, puesto que ella nos pertenece. Esta presuposición confunde toda forma de diálogo con la investigación, pero además asume que la verdad es el punto de partida y no el punto de llegada de la investigación. Convierte así en superflua la actividad de dialogar, pues asume que la verdad es algo que se posee de antemano. No cabe, en esa perspectiva integrista, el falibilismo ni la apertura hacia el otro. De hecho, esta posición considera que el diálogo constituye una innecesaria e impertinente concesión al error.

Esta actitud fundamentalista malinterpreta seriamente el significado del diálogo y lesiona su ejercicio. Sobre la base de esta presuposición no es posible que prospere forma alguna de deliberación, negociación o investigación. Quien asegura estar en posesión absoluta de la verdad o en posesión de los criterios de corrección de la acción o de los arreglos sociales no está dispuesto a admitir las interpretaciones de otros o a ceder posiciones con el propósito de arribar a acuerdos que nos permitan resolver conflictos difíciles. El integrista exige del otro silencio y sumisión, capitulación y resignación. Adhesión inmediata sin crítica ni réplica, anuencia frente al solemne monólogo del iluminado. El intercambio de razones se torna en imposición o en un burdo adoctrinamiento.

3.- La tabla flotante. Entre la realidad  histórica y las consideraciones normativas.

El ejercicio del diálogo transita otras rutas. Toma en serio la necesidad de construir consensos en torno a interpretaciones, acciones comunes e intereses. Valora la capacidad de examinar las propias posiciones y estar dispuesto a abandonarlas si es que existen buenas razones para ello. La apertura dialógica está reñida con cualquier versión del dogmatismo. Cuando intentamos silenciar las preguntas que podrían perturbar nuestras creencias más básicas – cuando declaramos nuestro ideario como invulnerable a la crítica – simplemente aniquilamos la posibilidad de conversar y de forjar acuerdos racionales que orienten nuestras prácticas sociales.

Alguien podría objetar que hasta aquí no he hecho otra cosa que discutir exclusivamente las condiciones ideales del diálogo – consideraciones normativas implícitas en el nivel de la práctica y en el de las actitudes -, pero que no he considerado que en nuestros conflictos reales el ejercicio del lógos casi nunca aparece de esta forma “pura”; los agentes reales nos presentamos en los procesos de deliberación, negociación e investigación cargados de presuposiciones ideológicas, propósitos no revelados y juegos de poder bajo la mesa. Todo ello es cierto. Incluso es evidente que, en la mayoría de los casos de negociación política, la situación de los interlocutores dista mucho de ser equitativa, de modo que la práctica de la argumentación corre el peligro de ser sustituida por diferentes formas de presión que arrinconan irremediablemente a la parte más débil.

Esta es una realidad que observamos en los arreglos políticos del día a día, e incluso en las transacciones más cotidianas al interior de las instituciones más modestas. Muchos  actores políticos y “líderes de opinión” exigen del gobierno el uso de la fuerza y no la negociación con las autoridades regionales que se declaran contrarias a determinadas formas de explotación minera en las zonas de su jurisdicción. Que en nuestras interacciones ordinarias la razón esté sistemáticamente amenazada no significa que tengamos que abandonar – en nombre de una cruda y desencarnada Realpolitik – los principios que regulan la práctica dialógica: el reconocimiento de tales principios nos permite identificar las situaciones en las que el diálogo se ve perturbado o lesionado, se le parodia o se convierte en un mero disfraz para la manipulación o la extorsión. Habermas compara el recurso a la razón como una tabla que se ve sacudida por el mar de las contingencias; se la zarandea de aquí para allá, pero siempre permanece a flote. La realidad echa sus cartas, pero el cuidado del lógos nos permite interpelarla y establecer sendas posibles de acción.



[i] Esta es la primera versión de un artículo que aparecerá en la revista Intercambio social.

martes, 28 de julio de 2009

DOS ESTILOS, UN MENSAJE




Gonzalo Gamio Gehri



Los 28 de julio suelo dedicarlos a descansar un poco – después de un tiempo de revisión de exámenes y trabajos -, pero también a examinar con interés tanto la homilía del Te Deum como el discurso presidencial anual. Llevo siguiendo este procedimiento cerca de veinte años (desde que era un adolescente) primero con mis padres (la política era en mi familia un tema importante en la conversación diaria) y se ha convertido desde entonces en una costumbre arraigada. La considero una costumbre importante, dado las circunstancias que vivimos, dado que contamos con una prensa servil y amarillista – producto del virus fujimontesinista – y una “clase política” de nivel bastante discreto. Qué mejor ocasión para el ciudadano que estas fechas para dedicarse a la escucha atenta de estos discursos y formarse un juicio propio sobre su contenido.

Vivimos, además, en un país que vive en una campaña permanente. Comentaba una antropóloga catalana que es probable que el Perú sea el único país en el que se aplican permanentemente encuestas sobre el voto presidencial “si las elecciones fueran mañana”, a pesar de que ese “mañana” tendrá lugar dentro de dos, tres o cinco años. Por supuesto, esa costumbre se presta a la manipulación de la opinión pública, cuando no a la corrupción de las “empresas” encuestadoras. Podría tratarse, pues, de una mala costumbre. Tendemos, en todo caso, a escuchar y discutir estos discursos como si estuviésemos inmersos en un clima electoral.

Una vez más, encuentro en el discurso de la homilía del Te Deum y en el discurso presidencial un “aire de familia”. Quienes me conocen y conocen este blog saben que yo no estoy de acuerdo con que el Te Deum sea una ceremonia “oficial” de carácter público – en el sentido teórico-político de “público” -, puesto que ello tiene resonancias virreinales escasamente democráticas. Siendo católico, tengo objeciones de principio, inspiradas en la separación liberal entre Estado e Iglesias. En mi ensayo ¿Qué es la secularización? expongo las razones filosóficas que sostienen mi punto de vista sobre este asunto.
La homilía de hoy en la misa y Te Deum, en especial, ha tenido un contenido abiertamente político. Las alusiones acostumbradas a la memoria y a la CVR, la denuncia contra la judicialización de los casos de Derechos Humanos contra agentes del Estado como un ‘abuso’, no son elementos novedosos, son tópicos conocidos en estos eventos y en estas fechas. Lo novedoso ha sido la identificación de un “enemigo ideológico extranjero” (léase el “eje” Chávez – Morales – Castro – Humala) que va asumiendo un espacio en la escena política de América Latina, y que ejerce una presión peligrosa en la política peruana (las alusiones a la “democracia” y al “Estado de derecho” las he percibido epidérmicas, por eso no me detengo en ellas, lo mismo que la relación entre la “ética” y la “economía de mercado”, tema que bebiese requerido mayor desarrollo). En el plano estilístico, detecto la presencia del vocabulario contramoderno decimonónico: “el destino del país”, la denuncia contra los “mediocres”, etc. Por allí también encontramos alguna alusión a las maldades del “racionalismo moderno” que, extrañamente, se plantea como “relativista”. En fin, la identificación es altamente discutible (posiblemente infundada).

En el discurso de Alan García he encontrado un tenor similar. Como se trata de un discurso extenso, en el que se presentan cifras, no es posible hacer aquí un análisis del detalle. Encontramos en su mensaje algunas ideas que podrían resultar interesantes - como la renovación de la mitad del parlamento a la mitad de su mandato - sino estuvieran revestidas de un manto de demagogia. Sobre el tema de la corrupción y las políticas de DDHH el presidente de la República no dijo nada, hecho que no sorprende para nada. García también apela al “alma nacional”, pero con un talante más “contemporáneo”, por así decirlo, menos "venerable". El referente no es Faustino Sánchez Carrión, sino Miguel Ángel Cornejo, el “espíritu de emprendimiento”, la “calidad total”. El “destino del país”, en el discurso del presidente, no es la recuperación de sus raíces (como supuestamente pretendería la homilía) sino la conquista del desarrollo, el ingreso del Perú en el Primer Mundo (con pronóstico y todo). García no ha tratado de ser grandilocuente en sus citas (salvo algún guiño descuidado a Vallejo y a Haya de la Torre), pero sí efectista. La idea es que los peruanos hemos descubierto el camino unívoco del crecimiento económico y la libertad – evidentemente, García es más asertivo y menos ambiguo cundo habla de democracia, aunque sus conceptos sean también discutibles -, pero el gran obstáculo frente al camino visible es (sorpresa), el “enemigo ideológico extranjero”, el eje hispanoamericano del Mal.

Los lectores saben que Chávez y Morales no son santos de mi devoción; habita en ellos un espíritu claramente autoritario, muchas veces invasivo en los asuntos nacionales. Humala tiene un discurso que no encuentro ni consistente ni creíble, que no encuentro democrático, ni tampoco – en absoluto – de “izquierda” ni “progresista”. De hecho, propone un proyecto que encuentro insensato en diversos frentes. Sin embargo, estoy convencido de que hay que desconfiar de estos discursos contradistintivos sobre “el eje del Mal”. El problema de Bagua tiene poco que ver con la “intromisión bolivariana”; tiene que ver con la incapacidad del gobierno para consultar a los ciudadanos nativos acerca de decisiones que involucran a su relación con la tierra, y con la incapacidad oficialista para evitar o conjurar situaciones violentas. Identificar la protesta social en Bagua, en Moquegua y en otros lugares con la "injerencia chavista" supone no estar dispuesto a considerar realmente los problemas de fondo. Traducir la interpretación de los conflictos sociales desde un esquema exclusivamente geopolítico / estratégico / ideológico constituye un error, y quizá un pretexto para no ver lo que hay que ver. Los conflictos sociales también se deben a temas de distribución económica y reconocimiento cultural. Si no resolvemos eso, los conflictos continuarán sacudiendo el país (y no faltarán los agentes políticos que los aprovecharán, de un lado o del otro en el esquema ideológico). Como ha dicho lúcidamente el historiador Nelson Manrique, el gobierno es tan ciego y discriminador con el indígena andino y amazónico que piensa que, cuando él protesta, lo hace porque es manipulado. En otras palabras, le niega la condición de sujeto. Es esta suerte de “ceguera voluntaria” la que preocupa. Por eso las alusiones mordaces a los efectos seductores del “diálogo dulzón” y “equívoco”, son realmente inquietantes. Nos dan la impresión de que nuestras autoridades no están realmente dispuestas a dialogar, o que ven en el diálogo una concesión inaceptable a quienes sencillamente están en el error, o se comportan como revoltosos. Aparentemente, no se ha logrado sopesar que está realmente en juego aquí y ahora. Sino dialogamos – evidentemente desde el respeto elemental de la ley y a los derechos del otro – no es viable ningún proyecto de país.

martes, 19 de agosto de 2008

DIÁLOGO Y APERTURA AL TÚ. ENTRE LA ÉTICA Y LA RELIGIÓN



(REFLEXIONES DESDE EL PENSAMIENTO DE MARTIN BUBER)


Gonzalo Gamio Gehri


Nos hemos referido varias veces a la estructura narrativa de la vida como una dimensión fundamental de la reflexión ética y el contacto humano. La narrativa vital hace explícita una historia de interlocuciones. y vínculos intersubjetivos de largo alcance. Incorpora un amplio conjunto de elementos que hacen patente la fragilidad y la apertura constitutivas de lo humano. Los avances tecnocientíficos pueden incrementar nuestro conocimiento del mundo, incluso convertir nuestro hábitat en un mejor lugar dónde vivir, pero no puede con ello eliminarse la ineludible vulnerabilidad de la vida, la presencia del poder misterioso de aquello que está fuera de nuestro control. Sólo es posible convertirnos en agentes finitos más lúcidos si reconocemos que la imagen de autosuficiencia es falsa. La conciencia de nuestra vulnerabilidad nos hace sensibles a los bienes de la interdependencia, y acaso, a través de ellos, a los bienes de la trascendencia.

La conexión ética Yo – Tú nos remite a una relación en donde la ilusión de poder y las expectativas de inmunidad frente a la alteridad no tienen lugar: una vida completamente autosuficiente no sería en absoluto una vida auténticamente humana. Sólo podemos situarnos en una posición de control frente al otro desde el punto de vista de la abstracción, cuando el otro deja de ser para nosotros un ser con una historia que contar, con un cuerpo que reacciona gestualmente ante el contacto humano, un agente con una red de sentimientos, valoraciones, necesidades, modos de ser y de pensar que pone en juego en contacto conmigo; sólo entonces queda convertido en un objeto que puedo usar de diferentes maneras. Sólo cuando el otro – y su entorno vital – ha devenido ello, es que la ilusión de invulnerabilidad se pone en marcha. La desvinculación del yo supone un movimiento existencial de repliegue sobre sí mismo, de cerrazón frente a toda esfera de encuentro con el otro (y frente a un horizonte compartido al que al fin y al cabo niega toda existencia).

En contraste, la condición de posibilidad de una auténtica relación humana es la renuncia al deseo de ejercer ese poder sobre el otro. En el contexto del contacto interhumano el agente sale de sí hacia el encuentro con el otro, con su acervo de experiencias, sus pre –juicios y sus afectos y creencias; en esa salida hacia el otro – en la que propiamente y de manera genuina puede decir “Tú” – expone “su mundo personal”, su vida entera, ante el otro, y con ello se expone a sí mismo. No es que simplemente cada uno “comparta” sin más su esfera personal, con el otro; lo que tiene lugar aquí es el ingreso a un mundo común, a un horizonte significativo que es nuestro, en definitiva al mundo concreto, puesto que éste nos precede y nos constituye como agentes finitos y relacionales; en él y desde él adquirimos un lenguaje y nuestra forma de vida. Esta situación de apertura, de auténtica entrada y entrega recíproca hacia un horizonte compartido, supone el abandono de cualquier posición de protección frente a la acción de lo Otro.

Es en este movimiento de encuentro que el yo se hace explícitamente persona - un Yo–para-un Tú –y, por tanto, un ser libre. La personalidad requiere este juego de reciprocidad, de mutua apertura y de interacción comunicativa. En efecto, el yo de la relación Yo – Ello es más un sujeto de contemplación y de configuración y uso de objetos que un agente de interacción. El yo se constituye en la relación interpersonal, en la que cada uno de los interlocutores se ve afectado por el otro, así como por el horizonte de sentido que los circunda. Es en este contexto en donde la vida se plenifica, se hace significativamente humana. Buber es categórico en señalar en ese sentido que “toda vida verdadera es encuentro”[1]. El diálogo es el ámbito de la efectiva espiritualización de lo humano, el paso del yo al nosotros.

Este movimiento supone la caída de toda máscara, de toda impostura extraña. La careta de ello sobre el rostro del Tú. La careta del espectador privilegiado sobre el rostro del agente encarnado. La máscara del yo infinito y autosuficiente sobre el rostro de la criatura finita, sensible a los avatares de la tyché y al contacto con los otros. En la perspectiva dialógica, es justamente esa condición de desprotección y finitud lo que hace posible un encuentro verdadero y la construcción de un mundo humano común. El contacto con el Tú del otro hombre hace posible encontrar el camino hacia el contacto con el Tú divino, el acceso al Principio y Fundamento de Ignacio de Loyola, así como el cultivo concreto del ágape. Desde la experiencia religiosa, se trata de descubrir la presencia del Tú divino en el Tú humano, la condición de criatura, el sello de Dios en el otro concreto. La actitud de repliegue, la hipertrofia del yo, conduce tan sólo al autoengaño, a la existencia inauténtica, y a la posibilidad de la injusticia y la exclusión. Una de las interpretaciones posibles de las palabras de Jesús: “el que quiera asegurar su vida la perderá; pero el que pierda su vida....la hallará” (Mateo 16, 25), podría seguir esta dirección. Cerrarse en el mero yo atomizado – renunciar al encuentro – conduce al achatamiento y la degradación de la vida humana.

Estas determinaciones concilian la actitud escéptica frente a las certezas propias de la racionalidad desvinculada y la ética de lo interhumano. La relación encarnada entre el Tú y el Yo implica la eliminación de cualquier actitud cosificadora encubierta, y, en el plano de la crítica desplegada desde la ética, el desmontaje de las imágenes sociales instrumentalistas. En el plano de la praxis, el compromiso libre con los otros, la configuración de una comunidad cívica articulada en la entrega mutua y en la renuncia a la dominación, apunta a la humanización de las relaciones sociales y el ejercicio de la justicia. Si seguimos la pista señalada por Michael Theunissen (y con él, Jürgen Habermas)[2], esta actitud ético - social anticipa el advenimiento inminente del Reino de Dios: “No se va a decir: está aquí o está acá. Y sepan que el Reino de Dios está en medio de ustedes” (Lucas 17, 21). La entrega dialógica al otro y la construcción social de un mundo libre configurado entre nosotros constituye el “esfuerzo por el Reino de Dios”[3], la lucha por remontar el Eclipse espiritual, la libre disposición a actuar en concierto para construir el futuro en el horizonte mismo del presente.



[1] Buber, Martin Yo y tú Buenos Aires, Nueva Visión 1979 p. 15.
[2] Theunissen, Michael Der Andere Berlin 1977 p. 505 citado en: Habermas, Jürgen Israel o Atenas Madrid, Trotta 2001 p. 140.
[3] Ibidem.