miércoles, 29 de abril de 2009

LA ILUSIÓN DEL DESTINO: IDENTIDADES Y CONFLICTOS EN UN MUNDO POSTMODERNO




UNA DEFENSA DE LA PLURALIDAD DE LAS IDENTIDADES



Gonzalo Gamio Gehri



Es "natural" pensar que – en nuestro mundo postmoderno – la cultura y la religión son causas permanentes de conflicto. Basta mirar lo que sucede en diversos lugares del planeta para constatarlo. Sectores fundamentalistas islámicos predican la jihad contra los “francos”, es decir, las naciones occidentales que son aliadas de Estados Unidos e Israel. En el otro extremo, hasta hace muy poco, George Bush aseguraba consultar en oración si debía o no bombardear Irak. Las guerras de la ex Yugoeslavia atestiguan la relevancia de los elementos étnicos, culturales o religiosos en esta clase de lamentables conflictos. Aunque a la base de estas guerras encontremos causas geopolíticas y económicas (la posesión de petróleo, por ejemplo), la variable etnia / cultura / religión entra en el juego de los elementos a considerar a la hora de explicar esta clase de enfrentamientos.

Uno de los riesgos mayores que subyace a esta clase de interpretación, es que nos invita a elaborar una explicación casi ‘cósmica’, distante – “abstracta” en términos hegelianos, esto es, indeterminada – de los conflictos humanos. Los protagonistas de las guerras siempre buscan algo más que exclusivo reconocimiento cultural: poder, soberanía, control sobre la economía, etc. La perspectiva "culturalista / civilizatoria" nos lleva a perder de vista los matices, y hacer simplificaciones que empobrecen seriamente nuestro análisis de las culturas. Es el caso de la visión del finado intelectual neoconservador Samuel Huntington – ex asesor de la Casa Blanca - , quien describía esta clase de conflictos en términos de un choque de civilizaciones. Huntington creía estar en capacidad de dividir el mundo en diferentes grupos, determinados por gruesas identidades culturales, étnicas y religiosas (presuntamente “homogéneas”, o en vías de homogenizarse) que determinan el juego de fuerzas mundial en lo político y lo militar. No pocos críticos han considerado que esta lectura reductiva de las identidades alienta de alguna manera la violencia cultural. “El reduccionismo de la alta teoría”, advierte el economista y filósofo indio Amartya Sen, “puede hacer una gran contribución, a menudo inadvertida, a la violencia de la baja política[1]. Creo que Sen tiene razón. Quiero comentar – muy brevemente, como lo permite el formato de blog – lo perniciosa de esta interpretación ‘culturalista’ / ‘civilizatoria’ de las identidades en materia ética y política, y ensayar una lectura diferente. Esta perspectiva entraña una antropología falsa y una deficiente filosofía moral. Voy a servirme – deliberadamente – de algunos autores de origen no-occidental (aunque conocedores de la tradición europea y formados en Occidente) que se han ocupado con singular agudeza de estos temas; la filósofa turca Seyla Benhabib, el escritor libanés Amin Maalouf, y por supuesto Amartya Sen, mi interlocutor principal (dejaré los análisis del pensador británico-ghanés Kwame Appiah para un post futuro sobre cosmopolitismo y ética).

Sen considera que la caracterización de la identidad desde su matriz étnica, cultural y religiosa es simplificadora en el nivel del concepto y mutiladora en el nivel de la práctica. Es preciso combatir lo que el autor llama agudamente la ilusión del destino, la hipótesis según la cual de manera inexorable existe un elemento dominante en la construcción del sentido del yo (presente en la religión, la etnia, o la cultura), que nos impone un propósito ineludible – un “destino” -, así como una actitud ante la vida y la muerte sin posibilidades de modificación. Somos en primera instancia, “esencialmente” armenios, peruanos, católicos, musulmanes, etc. Determinados líderes religiosos o políticos trazan programas de acción que exigen nuestra obediencia incondicional, mandatos que pueden implicar el ejercicio de la violencia o la invocación a la guerra. El supuesto teórico de esta perspectiva es que poseemos “una identidad única que no permite elección”[2].

Esta presuposición es manifiestamente falsa. Nuestras identidades se construyen a través de complejos procesos de socialización en el que intervienen diversas fuentes. Desde la Fenomenología del espíritu de Hegel – cuando menos – sabemos que nuestro sentido del yo y los “lenguajes” que le dan expresión toman forma a través del reconocimiento intersubjetivo al interior de mundos vitales y trasfondos significativos susceptibles de interpretación y crítica (dicho sea de paso, es lamentable que algunos "intelectuales" consideren a Hegel un apologeta de la Kulturkampf; este tipo de simplificaciones revelan quiénes se han dedicado sistemáticamente al estudio de la obra hegeliana y quiénes no la conocen realmente - o talvez han llegado a ella por casualidad -, a pesar de citarla o evocarla alegremente en la red o en las aulas; todo es posible, el papel aguanta todo. Reducir el Geist - inclusiva en la forma finita del “espíritu objetivo”- a una especie de ‘infraestructura étnico-cultural’ pone de manifiesto el profundo desconocimiento de los textos del filósofo – claramente un pensador de la autorreflexión tanto como de la historicidad -; ni siquiera se repara en que la categoría “cultura” es desarrollada por Hegel en la Fenomenología como “el mundo extrañado de sí” que supera la inmediatez de la primera eticidad `- y antes, aunque en un sentido algo diferente, como una figura de la autoconciencia -. Pero bueno, sabemos que Hegel suele ser un pensador más citado que leído con rigor). Nuestras identidades no son monolíticas. No están talladas en una sola pieza. Nos remiten a diferentes aspectos que una vida humana particular reconoce como valiosos o como posibles focos de sentido. La idea de una identidad unitaria e indivisa constituye una ficción conceptual, que –proyectada sobre el terreno de la práctica como ‘ideal’ – puede recortar una vida significativa, o someterla al imperio de la violencia bajo la forma de un nuevo Lecho de Procustes.

Las identidades son plurales. Suponen una amplia gama de redes de pertenencia, roles sociales y compromisos que no son ajenos al trabajo de la reflexión y la elección (evidentemente, en contextos sociales muy precisos). Origen geográfico, idioma, costumbres, género, hábitos sexuales, ciudadanía, religión, preferencias literarias, creencias políticas, etc., son dimensiones de nuestra identidad. Cada una de ellas nos remite a formas concretas de comunidad e institucionalidad: Estado, tribus y clanes, vecindarios, familias, escuelas y universidades, comunidades religiosas, partidos políticos, instituciones de la sociedad civil, clubes y otras organizaciones sociales.


“Puedo ser, al mismo tiempo, asiático, ciudadano indio, bengalí, residente estadounidense o británico, economista, filósofo diletante, escritor, especialista en sánscrito, fuerte creyente en el laicismo y la democracia, hombre, feminista, heterosexual, defensor de los derechos de los gays y lesbianas, con un estilo de vida no religioso, de origen hindú, no ser brahmán, y no creer en la vida después de la muerte (y tampoco, en caso de que se haga la pregunta, creer en una “vida anterior”)”[3].


Estos diferentes modos de adhesión y vínculo social constituyen – sin agotarlo – el entramado de mi identidad. Algunos de estos elementos constituyen parte de mi herencia – que puedo asumir, modificar, y, en algunos casos, abandonar -, otros son fruto directo del ejercicio del discernimiento práctico en circunstancias vitales precisas. Por supuesto, no todos estos elementos tienen la misma significación en el seno de mi vida. Sobre la valoración de las facetas de la identidad, Maalouf sostiene acertadamente lo siguiente:


“No todas estas pertenencias tienen, claro está, la misma importancia, o al menos no la tienen simultáneamente. Pero ninguna de ellas carece por completo de valor. Son los elementos constitutivos de la personalidad, casi diríamos que los “genes del alma”, siempre que precisemos que en su mayoría no son innatos.

Aunque cada uno de esos elementos está presente en gran número de individuos, nunca se da la misma combinación en dos personas distintas, y es justamente ahí donde reside la riqueza de cada uno, su valor personal, lo que hace que cada ser humano sea singular y potencialmente insustituible”
[4].


Sen se pregunta qué clase de compromisos, adhesiones y formas de pertenencia tienen prioridad para la construcción de la identidad cuando se trata de plantearse seriamente la pregunta ¿Quién soy yo? Quienes suscriben la ilusión del destino consideran que – a priori – las causas culturales, religiosas y raciales tienen primacía sobre todas las demás. No tiene que ser así. Sen sostiene que es necesario reivindicar nuestra capacidad de elegir los modos de vida ‘que tenemos razones para valorar’ (lo que llama agencia; en la terminología de Martha Nussbaum, razón práctica). Tenemos que generar espacios para elegir por nosotros mismos el orden jerárquico de las facetas de nuestra identidad, y evitar que esta jerarquía nos sea impuesta “desde fuera”. Es perfectamente posible que un individuo creyente en una religión considere que sus exploraciones literarias hayan influido con mayor fuerza que su credo en materia de los determinados compromisos morales o sociales que ha asumido en su vida; esta confesión personal no lo convierte en un blasfemo, o un hereje, o un apóstata. Es posible que otra persona encuentre en su trabajo una fuente mayor de realización que su militancia política de antoño. Por supuesto, esta capacidad de elegir la orientación de nuestra vida puede estar sumamente limitada por las circunstancias – evidentemente, construimos nuestra identidad de cara a condiciones histórico-sociales complejas, eso está fuera de toda duda - , pero eso no equivale a sostener que esa libertad es nula. Ciertamente, si un sistema de creencias y valores – o un régimen político y económico - constriñe severamente nuestras posibilidades de elegir nuestra senda vital, podemos calificarlo de opresivo.

El proceso de configuración de la identidad puede describirse en términos de la composición de una narrativa, un relato que articula – de manera reflexiva y dinámica – las acciones, contextos, relaciones y propósitos que le dan sentido y coherencia a la vida concebida como una totalidad (la idea proviene de Aristóteles, pero ha sido desarrollada luego por Hegel, MacIntyre, Ricoeur, Nussbaum y otros). Se trata de un relato que se compone dialógicamente, a través de la reflexión y la interacción. En sentido estricto, este relato está en permanente construcción y reconstrucción, dado que nuevas experiencias, relaciones o pensamientos le dan giros nuevos (incluso imprevistos) a la narración. Las situaciones de crisis imponen nuevas formas de escritura e interpretación a la luz de nuevos fines y nuevos vínculos. Si bien la vida es comprendida como un todo, esta está abierta a nuevos sentidos y nuevas orientaciones. La cultura misma puede ser concebida en términos narrativos, que introducen esta interesante dialéctica entre el yo, los otros, y las circunstancias de la vida (la tyché de los griegos). En esta perspectiva, nuestra libertad consiste en la habilidad para hilvanar de manera fidedigna – pero también lúcida y penetrante – el relato de nuestras elecciones, valoraciones y compromisos. Benhabib es particularmente persuasiva en este punto:


Nacemos en redes de interlocución o en redes narrativas, desde relatos familiares y de género hasta relatos lingüísticos y los grandes relatos de la identidad colectiva. Somos conscientes de quiénes somos aprendiendo a ser socios conversacionales en estos relatos. Aunque no escogemos estas redes en cuyas tramas nos vemos inicialmente atrapados, ni seleccionamos a aquellos con quienes deseamos conversar, nuestra agencia consiste en la capacidad para tejer, a partir de aquellos relatos, nuestras historias individuales de vida.(…) Así como una vez que se han aprendido las reglas gramaticales de un idioma éstas no agotan nuestra capacidad para construir un número infinito de oraciones bien armadas en ese idioma, la socialización y la aculturación tampoco determinan la vida de una persona, o su capacidad para iniciar nuevas acciones y nuevos enunciados en la conversación[5].”


Siguiendo esta línea de reflexión, la represiva ilusión del destino consistiría en fijar de antemano reglas presuntamente "inapelables" y propósitos rígidos para la construcción de la narrativa cultural, el intento por impedir o limitar por la fuerza el ejercicio de la conversación intracultural e intercultural. En las sociedades cerradas – aquellas que que aspiran a la homogeneidad cultural o moral – la heterodoxia e incluso el exilio voluntario están prohibidos, constituyen una traición a la presunta identidad “esencial” y su “destino”. En esos casos, la cultura puede convertirse ya no solamente en una fuente de identidad y fuente de reconocimiento, sino en una verdadera prisión. Esta concepción neoconservadora de las identidades constituye el caldo de cultivo de las formas de control político y “espiritual” que gozan las autoridades que predican el integrismo.


Cualquier visión de las culturas como totalidades claramente definibles es una visión desde afuera que genera coherencia con el propósito de comprender y controlar. (…). Desde su interior, una cultura no necesita parecer una totalidad (cerrada); más bien, configura un horizonte que se aleja cada vez que nos aproximamos a él”[6].


La cultura y la religión pueden ser utilizados ideológicamente para lograr fines para nada edificantes. Consideremos brevemente el caso de la religión. Puede constituirse en una fuente de florecimiento y libertad, pero puede convertirse – en las manos incorrectas – en una fuente de dominación que distorsiona su mensaje. La religión puede manifestarse como un elemento cohesionador de la sociedad, pero no siempre para bien: corresponde a los creyentes (y a los agentes en general) discernir el sentido de su práctica y la conducta de sus autoridades de cara al espacio público. Es cierto que en la Irlanda del siglo XIX y en la Polonia del siglo XX la invocación al catolicismo en parte hizo posible la construcción de una agenda de libertad, soberanía y reivindicación de derechos. Sin embargo, no es menos cierto que en la Argentina de Videla, el Chile de Pinochet y la España bajo Franco se proclamaba ideológicamente los valores de la “tradición occidental y cristiana” para defender regímenes dictatoriales que practicaban la supresión de los derechos ciudadanos y el asesinato. Por supuesto, nada de lo que hacían estos malhechores tenía que ver con el Evangelio.


Sen considera que muchos políticos e intelectuales contemporáneos se equivocan al sostener que el modo “adecuado” de combatir el fundamentalismo consiste en des-cubrir el “lado amable” de las religiones y las culturas, apoyar a los líderes religiosos “moderados” para que la opinión pública pueda reconocer que la figura de una religiosidad abierta y dialogante no constituye una ficción. Ello permitiría al ciudadano común apreciar la transformación de la conciencia católica que supuso la Gaudium et Spes o caer finalmente en la cuenta de que “el Islam no es Al Qaeda”, por ejemplo. Es evidente que identificar la religiosidad con el fanatismo religioso constituye un profundo error. Está claro que el Islam no es Al Qaeda. El Islam practicaba la tolerancia religiosa en los reinos moros de España en tiempos en que los cristianos europeos usaban la Inquisición para preservar la “pureza doctrinal” de sus fieles. Sin embargo, la salida más juiciosa no es esa. El proyecto más eficaz – en un largo plazo -, sostiene el pensador indio, es promover la agencia y el ejercicio de la libertad cultural, la libertad de suscribir o cuestionar las tradiciones, salir o entrar en nuestras comunidades. Reconocer que nuestras identidades son plurales, y que la imposición de una identidad singular acrítica constituye una forma de mutilación moral, una forma de violencia simbólica que no deberíamos aceptar. Las políticas públicas en materia cultural tendrían que estar dirigidas a garantizar espacios de discernimiento y elección en torno a la relevancia de las facetas de nuestra identidad (también en materia intercultural: uno de los modos posibles de evaluación de la "significatividad" de una cultura alude a cuán saludablemente plantea sus relaciones con las otras culturas y otras identidades). Nuestro sentido del yo se construye, no se descubre.

Las reflexiones de Sen, Benhabib y Maalouf buscan desmontar la lectura “civilizatoria” orquestada por los asesores neoconservadores que colaboraron con la administración Bush. La hipótesis de la fuente cultural y religiosa como la matriz dominante de los conflictos violentos que el mundo padece en la hora presente constituye una presuposición altamente cuestionable, entre otras cosas, porque simplifica y distorsiona gravemente la complejidad de las propias identidades y torna invisibles las posibilidades del cultivo de la agencia y la libertad cultural como condiciones para una vida humana de calidad. El bosquejo de Huntington está dibujado con brocha gorda, con trazos imprecisos que empañan una visión más penetrante de las relaciones internacionales, interculturales e interreligiosas, así como dificultan una comprensión más clara del fenómeno de la violencia. Entre otras cosas, describe los conflictos culturales como inexorables. Sin duda, un diagnóstico como ese, además de impreciso, no ayuda a conjurar el odio cultural; en determinados contextos – como asevera el autor de Identidad y violencia -, puede llegar incluso a promoverlo o agudizarlo. En lugar de pintar el mapamundi con colores gruesos para identificar los “frentes civilizatorios” en pugna, deberíamos concentrarnos más en la complejidad y el detalle de lo que significa configurar de facto las identidades humanas.







[1] Sen, Amartya Identidad y violencia Buenos Aires, Katz p. 16.
[2] Ibid., p. 15.
[3] Ibid, p. 44.
[4] Maalouf, Amin Identidades asesinas op.cit., p. 19.
[5] Benhabib, Seyla Las reivindicaciones de la cultura Buenos Aires, Katz 2006 pp. 44 -5 (las cursivas son mías).
[6] Benhabib, Seyla Las reivindicaciones de la cultura op.cit., pp. 29 -30 (las cursivas son mías).

33 comentarios:

ricardo falla carrillo dijo...

Estimado Gonzalo, hace unos años el pianista y director de orquesta judío-argentino Daniel Barenboim, junto al escritor y crítico de arte palestino Edward Said, crearon la organización “El Diván de Oriente y Occidente” (tomado del célebre poemario de Wolfgan Goethe). La finalidad de esta institución era crear espacios de encuentro entre occidente y oriente a partir del arte y de la cultura. La concreción de este proyecto fue la creación de la Orquesta del Diván de Oriente y Occidente en 1999. Una vez fallecido Said en el 2003. Barenboim continuó este esfuerzo que congrega a músicos árabes, judíos y de occidente. Asimismo la Fundación Said-Barenboim financia otros proyectos como la Academia de estudios Orquestales en Sevilla, el Proyecto de Educación Musical en Oriente Medio y el Proyecto de Educación Musical Infantil en Sevilla.

La Orquesta del Diván de Oriente y Occidente, realiza giras por varios países con gran frecuencia, tanto de Europa, América, Norte de África y Medio Oriente. Un momento importante de la breve historia de la orquesta se dio durante su presentación en Ramala, Palestina en el 2005. Fue facinante ver como la música logró un "milagro" de convivencia tan evidente.

Dado el tenor de tu artículo, no encuentro mejor ejemplo en el que las identidades múltiples pueden llegar a reconocerse, convivir y producir cultura. Y ello, en parte, gracias al arte.

Un abrazo

Ricardo

Gonzalo Gamio dijo...

Estimado Ricardo:

Excelente dato. está claro que organizacionnes como la mencionada muestran que las relaciones entre Oriente y Occidente están en capacidad de superar la pobreza de lecturas ideológicamente interesadas como aquellas que se inspiran en el "choque de civilizaciones".

Un abrazo,
Gonzalo.

Paolo dijo...

Estimado Gonzalo,

Normalmente hay un deseo -alienado por diferentes actores- de buscar la homogenización. La construccion de identidades por oposicion es un caso que entra en este saco. Ej: Los musulmanes contra los católicos. Pero luego uno puede percatarse que esta homogenización no es del todo cierta, pues dentro de los grupos -como mencionaba Kahhat en una clase- hay más "divisiones" ya sea por raza, idioma, orientacion politica, etc.
Lo que queda es una reflexión tolerante, sin cesgos... pero, ¿hasta qué punto eso es factible?

Por otro lado, como muestra muy bien el post, al final no existe una "predestinación" obligatoria a ser algo por la identidad que uno puede tener, por cultura, credo o raza... esta es la fuente más triste de la discriminación, la asociación falaz de "prototipo - individuo" recurso usado masivamente por el cine más facil.

Saludos.

Gonzalo Gamio dijo...

Estimado Paolo:

De acuerdo contigo en todos los puntos. El libro de Maalouf te sería de completa ayuda para profundizar en el tema de las identidades.

La lectura Neocons - que criticamos - es burda.

Saludos,
Gonzalo.

Bienvenido, amigo.

GWF dijo...

Como concilias la tension entre tu defensa de la pluralidad de identidades culturales/religiosas/etc. y tu aparente universalismo moral? Como evitar el salto del pluralismo al relativismo? Creo que ese es uno de los mayores problemas en esta discusion. Parte de la identidad cultural de muchos pueblos es que ellos creen ser mejores (en algun sentido) que el resto (“pueblo escogido”, etc.). Como hace un pluralista como tu para objetar este tipo de creencias sin violentar su propio pluralismo? Como fundamentas la universalidad de tus creencias morales en contra de las de aquellos que creen que tu razonamiento moral esta totalmente equivocado?

Gonzalo Gamio dijo...

GWF (¿Hegel?):

Muy buena pregunta. Debo admitir que ya la he constestado en un artículo largo "Otro fantasma recorre Europa" (Hay un post aquí sobre el mito del relativismo que resume una parte).

1.- El pluralismo señala que existen muchas formas de llevar una vida significativa y razonable. 2.- No implica ello que todas sean "igualmente válidas" o "igualmente váliosas" (eso sería relativismo). El pluralismo no da ese paso. Es a través del debate intercultural que ponderamos juntos los niveles de validez e las formas de vida (y discutimos sus pautas), dentro de un clima de respeto.

La confusión entre pluralismo y relativismo ha sido siempre un arma ideológica. Cito a Berlin:

“ ´Yo prefiero café, tu prefieres champagne. Tenemos diferentes gustos. Aquí no hay más que decir´. Eso es relativismo. Pero el punto de vista de Vico y el de Herder no corresponde a esto: esto es lo que he descrito como pluralismo – esto es, la tesis de que hay muchos fines diferentes que el hombre puede buscar y aún ser plenamente racional” .

Es un "hecho" que las identidades tienen diversas facetas. Se trata de buscar las políticas y arreglos sociales que hagan justicia a esa complejidad. Esa pretensión es "universalista" (más no abstracta). Hasta ahora, la cultura de los DDHH y los principios dialógicos constituyen un horizonte interesante - no el único - para plantear un diálogo sobre las identidades.

Quién piense que estoy equivocado tendría que ofrecer razones. Y yo comenzaría mostrando que su identidad es plural.

A ver si un día conversamos sobre Hegel. Y creo que también hay otros temas que considerar.

Saludos,
Gonzalo.

Gonzalo Gamio dijo...

P.D.: Sólo ensayo una respuesta a lo de la "superioridad" y el "Pueblo escogido":


1.- Toda cultura fue o es "etnocéntrica" en algún sentido. Pero el contacto intercultural tendría que llevarla a replantear sus valoraciones.

2.- Una reflexión pragmática: uno de los modos posibles de evaluación de la "significatividad" de una cultura alude a cuán saludablemente plantea sus relaciones con las otras culturas.

Para seguir pensándolo.

Saludos,
Gonzalo.

Anónimo dijo...

Una pregunta: ¿Su post tiene que ver por lo publicado por un blog comunitario peruano cuyos coaligados confiesan tendencias de extrema derecha y fundamentalismo religioso? ¿Es una respuesta?


Florentino.

Adso dijo...

Gonzalo:

Creo que no has respondido del todo las preguntas de GWF. Dices “No implica [el pluralismo] que todas sean "igualmente válidas" o "igualmente váliosas" (eso sería relativismo). El pluralismo no da ese paso. Es a través del debate intercultural que ponderamos juntos los niveles de validez e las formas de vida (y discutimos sus pautas), dentro de un clima de respeto.” La pregunta es, entonces: ¿Como decides desde tu cultura/religion/... los criterios para diferenciar lo valioso de lo no-valioso de otras culturas/religiones/...? Tu respuesta presupone de arranque un universalismo moral que no es compartido por otras culturas/religiones/... Es mas, una postura como la tuya seria considerada “pagana”, “heretica”, “infiel”, “errada”, etc. El punto es que tu asumes el dialogo respetuoso y el debate racional entre culturas como valores que todos, de un modo u otro, aceptan. El grave problema es que aquellos que estan convencidos de tener la verdad no van a “perder el tiempo” dialogando con nadie. Tu reflexión pragmática (“uno de los modos posibles de evaluación de la "significatividad" de una cultura alude a cuán saludablemente plantea sus relaciones con las otras culturas”) tampoco resuelve el conflicto planteado: el que cree tener la verdad o ser superior moral-religiosa-culturalmente que el resto, no esta interesado en mantener relaciones saludables con los “barbaros”.

Saludos,

Adso

[P.D: estos debates son infinitamente mas interesantes que tus intercambios con Melendez y las discusiones en torno a la coyuntura politica del Peru.]

Gonzalo Gamio dijo...

Hola "Florentino":

No, al menos no necesariamente.

Este post es una exploración sobre el concepto de identidad, que pretende cuestionar las lecturas "civilizatorias" contradistintivas, propias de los asesores de Bush y sus fuentes de inspiración. Casi nunca se escucha, en nuestro medio, la voz de los pensadores de origen no-occidental como los que he evocado. Se escucha sólo a los europeos y estadounidenses.

No obstante, quisiera señalar algo sobre su pregunta. En todo caso, creo que no necesitamos una "filosofía de la guerra", sino una filosofía del reconocimiento. Que parta de Hegel - pero de una lectura genuina de este autor, no a partir de manuales -, y de los filósofos que toman esa fuente en nuestro tiempo (Honneth, Taylor, Ricoeur, Sen, etc.). En nuestro país, el destacado filósofo Miguel Giusti ha desarrollado importantes trabajos sobre el tema.

Saludos,
Gonzalo.

Gonzalo Gamio dijo...

Estimado Adso:

Gracias por tu mensaje. Concuerdo contigo: estos temas son más interesantes que el infecundo intercambio con Meléndez.

Ciertamente, mi postura presupone una disposición al diálogo, porque ese es el terreno de la filosofía, como también de la política razonable. No encuentro una mejor solución (y la alternativa conservadora me parece repudiable). La confusión sugerida por GWF pluralismo / relativismo es conceptualmente defectuosa e interesada (se plantea sólo desde un precario "realismo metafísico").Con quien no dialoga no hay manera de avanzar. Por supuesto, en las religiones y en las culturas existe una valoración del diálogo y el contacto fraterno. Sólo en los círculos integristas o fanáticos se considera que dialogar es hacer concesiones a quienes están "errados". También sucede esto coon cirtas facciones católicas ultraconservadoras.

Quizás la barbarie se asocie a quien no está dispuesto a comunicarse dialógicamente. De todos modos, la irrefrenable mundialización dificulta esa clase de repliegue (ello no implica avalar en bloque la globalización).

En fin, lo que señalas es un límite de toda racionalidad. Todas las filosofías de la razón pública lo señalan como límite. Quien se autoexcluye de la conversación no puede ser - de mnomento - un interlocutor. Allí late la violencia: se trataría de identificar los mecanismos de poder que operan allí.

Para seguir pensando.

Saludos,
Gonzalo.

Gonzalo Gamio dijo...

P.D.; La idea de una racionalidad dialógica en cuyo ejercicio "descubramos" juntos criterios de valor compartidos interculturalmente puede ser tachada de “pagana”, “heretica”, “infiel”, “errada”, etc. Claro que sí, eso no debería preocuparnos. La alternativa conservadora (la autoasignación de "superioridad" de una tradición a partir de un representacionalismo craso me parece teóricamente insostenible, y potencialmente violenta.

Saludos,
Gonzalo.

Anónimo dijo...

Todo esto suena muy bien, pero ¿Que hacemos con aquellos que se excluyen del dialogo intercultural (que son millones en el mundo)? Bien dices que la filosofia presupone el dialogo, etc. Pero aquellos que estan dispuestos a hacer filosofia son una contundente minoria en el mundo. ¿Que hacemos con los grupos no-dialogantes y violentos? Los intervenimos? Se justifica la intervencion militar en estos casos? Si es asi, te van a acusar de ultra-conservador. Si no crees en la intervencion por la fuerza, te van a acusar de indolente. ¿Propuestas?

Gonzalo Gamio dijo...

No creo en la intervención militar, pero si en propiciar el diálogo de otra manera, por ejemplo, a partir de la lectura de sus propios textos sagrados. En contextos de migración, tal diálogo ya se está dando, puesto que la mera "aculturación" también es potencialmente violenta.

Por supuesto, la violencia se rechaza. Con la ley, para empezar. Pero creo que el diálogo puede iniciarse de diversas formas (ver mi post sobre "Dinner with the president" y el de Sen y Taylor).

Luego continúo.

Saludos,
Gonzalo.

Anónimo dijo...

Pensar que se puede propiciar el diálogo a partir de la lectura de sus propios textos sagrados es un poco ingenuo. El problema real es que mientras negocias tu entrada en el “circulo de lectura” de estos grupos, muchos cientos de miles van a ser torturados, mutilados, y aniquilados por aquellos en el poder. ¿Vamos a esperar a que ellos se sienten con nosotros a leer y discutir sus propios textos sagrados? ¿Y si el texto sagrado dice explícitamente que es inaceptable sentarse a conversar de igual a igual con un “pagano” sobre la interpretación correcta del texto mismo? Peor aun, ¿que pasa cuando estos grupos tienen armas nucleares o incentivan los ataques suicidas? ¿No es ingenuo pensar que ellos van a querer sentarse contigo a leer sus textos y finalmente ver su error?

Gonzalo Gamio dijo...

Anónimo:

1.- Lo que resulta ingenuo es lo que supones, a saber, que discutir sus textos sagrados implica sentarse con ellos, o participar en su “circulo de lectura”. Se trata de investigación.

Y atender a los miembros de las culturas que se consideran víctimas de lesión o autoritarismo.

2.- Allí donde hay violaciones a los DDHH sí se puede intervenir, pero pasando por la aprobación de las instituciones del Derecho Internacional (las mismas que EEUU no respetó cuando la guerra de Irak).

Eso no está reñido con el debate intercultural en otro nivel.

3.- Si revisaras el Corán, te sorprendería la tolerancia y fraternidad con la que se refieren a cristianos y judíos. Dice que no debben ser convetidos, porque participan de la verdad y son hermanos en la fe.

Saludos,
Gonzalo.

Daniel Salas dijo...

Gonzalo:

Estoy pensando escribir un largo comentario a este post y al reciente post de Dick Tonsman que me parece, por un lado, empíricamente insostenible y, por otro, sumamente peligroso, porque difunde el odio.

Por ahora yo creo tener una respuesta a la preocupación del anónimo que se resume en esta pregunta:

"¿Qué hacemos con aquellos que se excluyen del dialogo intercultural (que son millones en el mundo)?"

Simplemente hay que seguir el ejemplo de aquellas sociedades conformadas por naciones en las que el diálogo parecía imposible: es decir, hay que crear condiciones de prosperidad. Los fundamentalismos desaparecen o se reducen al mínimo (normalmente, apenas caben en un grupo de excéntricos esnobs) cuando hay condiciones que convierten en sumamente costoso asumir una postura fundamentalista.

En el momento en el que el otro se convierte en alguien que participa conmigo en una sociedad próspera de amplios beneficios, deja de tener sentido seguir viendo las diferencias o negarme al diálogo.

Escribiré mi comentario en unos días.

Saludos,

Daniel

Gonzalo Gamio dijo...

Hola Daniel:

Estoy de acuerdo contigo. La negativa a dialogar dentro o fuera puede ser un síntoma de ausencia de bienestar, justicia o libertad. Por otro lado, es necesario distinguir entre intervencionismo militar a lo Bush (guerra preventiva, tortura, etc.), y las acciones focalizadas que cuentan con la aprobación de las instituciones del Derecho Internacional.

La hipótesis del choque de culturas homogéneas me parece falsa y malsana.

Tu comentario es más que bienvenido. Lo esperamos.

saludos,
Gonzalo.

Gonzalo Gamio dijo...

P.D.: ¿Sabes? A veces me da la impresión de que estos conservadores quisieran emprender una suerte de "nueva extirpación de idolatrías" ¡Les interesa más combatir el supuesto "relativismo" y el "nihilismo" antes que proteger la vida y la libertad de las personas concretas!

Va para un nuevo post.

saludos,
Gonzalo.

Anónimo dijo...

Daniel:

¿Que quieres decir con “prosperidad”? Si te refieres a la prosperidad economica, dudo que tu propuesta resista un analisis critico. EEUU es el pais mas prospero del mundo y mira como los fundamentalismos florecen. [No entiendo que quieres decir con “cuando hay condiciones que convierten en sumamente costoso asumir una postura fundamentalista”... ¿que significa “sumamente costoso” en este contexto?] Si te refieres a otro tipo de “prosperidad” tendrias que especificar en que consiste dicha prosperidad. Si tu nocion de prosperidad es fundamentalmente moral, empezamos a entendernos. Sin embargo, creo que hay mucho que explicar al respecto.

Daniel Salas dijo...

Buen punto, Gonzalo.

Las "extirpaciones de idolatrías" servían precisamente para hacer imposible la evangelización de los indios. Es decir, mantenían viva la diferencia y justificaban la condena de los indios en la servidumbre. Esto lo demostró muy bien Juan Carlos Estenssoro en un libro excelente, "Del paganismo a la santidad".

Cirilo dijo...

Puede ser...pero creo que es más que la argumentación del liberalismo en contra del relativismo no convence. Se habla de diálogo pero suena vacío. Sería interesante un post sobre políticas basadas en el diálogo (y eficaces claro está).

Por otro lado...

¿No se necesita un tejido común para poder lograr una interculturalidad? o el tejido común basta con reconocerse como seres humanos? Al menos en sociología no lo vemos así. Me resultaría interesante saber como lo ves tu. ¿?

Gonzalo Gamio dijo...

Cirilo:

Si la crítica liberal no te parece convincente, tienes que explicar porqué, no bastan las corazonadas.

No se entiende lo de "tejido común". Si te refieres a determinadas capacidades compartidas, como capacidad de comunicación, etc., estaría de acuerdo, pero estás nunca aparecen en abstracto, siempre se ponen en juego desde las culturas. Explícate.

Saludos,
Gonzalo.

Cirilo dijo...

Tejido común: el presupuesto de que para que se pueda vivir en comunidad se necesita una historia común que de un sentido de pertenencia a un grupo. Esto no es todo, el hilo que rompe la fragmentación (lo que une) puede ser de lo más diverso, puede ser lengua, religión, rasgos físicos, prácticas productivas, etc. V.A. Belaunde hablaba de la religión católica; sino me equivoco Mariategui hablaba del indio y el socialismo (técnica y produccion material) como tejido comun. En fin puede ser de lo más diverso.

Es obvio que en sociedades tan diversas, la búsqueda de un tejido común por religión, lengua o aspecto físico caería en un burdo fascismo. Sin embargo, por eso te pregunto, ¿cual crees que sería ese tejido común? Y tu mismo lo has dicho perfectamente, no puede ser algo abstracto. Yo no se cual podría ser ese tejido común. Tu que dices ¿?

Cirilo dijo...

Quizas, no he captado bien como es que el liberalismo rompe con el relativismo. Seguiré leyendo.

Gonzalo Gamio dijo...

Hola Cirilo:

No sé si exista un "tejido común" en esos términos. sospecho que no, porque ese tejido apunta a una cultura integradora. Y eso no es lo que se busca.

La búsqueda de empatía, la comunicación - estoy pensando en voz alta solamente podrían tener mayor éxito como detonantes de vínculo intercultural.

El liberalismo supone una concepción universal de los derechos y una concepción pluralista de la vida buena. Rompe con el "relativismo" (si es que éste existe realmente).

Saludos,
Gonzalo.

Cirilo dijo...

Sí, efectivamente, el tejido común esta iíntimamente relacionado a la idea de una cultura integradora. Cuál sería tu propuesta de una cultura no integradora¿? quizás ya lo has escrito en alguno de tus posts y no lo he leido...entenderás que son bastantes :D.

Si con no integradora te refieres a una gran comunidad pluralista. Pues el tejido común no busca la homogenización. Simplemente un vínculo concreto que genere un reconocimiento al otro como un miembro más.

Me parece (pongo me parece para que me corrijas si me equivoco) que el liberalismo busca que las personas interioricen la idea de derechos universales y pluralismo. Sin embargo son ideas abstractas que carecen de un tejido común para que estas ideas sean realizables.

Ejm:
a.¿Yo que tengo en común con un estadounidense?
b.Respuesta del liberal: que son seres humanos.
a.Pero su cultura es radicalmente distinta a la mía.
b.Justamente, si lo reconoces como ser humano reconoces sus derechos que son iguales a los tuyos y sus diferencias culturales, las aceptas y eres capaz de intercambiar (transferir) conocimientos y prácticas culturales.

===> ¿Eso no es extremadamente abstracto?. O he entendido mal el liberalismo (puede ser, la verdad es que no he leido mucho, solo tu blog y lecturas de la universidad).

Norilo dijo...

Me parece que las observaciones de Cirilo son atinadas. Es muy facil hablar de dialogo, reconocimiento, deliberacion, racionalidad, etc. Lo dificil es proveer politicas concretas que implementen estas abstracciones de manera eficaz, sobre todo entre culturas y sociedades enfrentadas por siglos (ejm. Judios vs Palestinos). La declaracion universal de los DDHH puede ser un buen comienzo pero claramente no es suficiente: lo que para una sociedad son acciones necesarias para la defensa de los DDHH, para otra pueden ser abusos de los DDHH. Ojo que esto no es Relavisimo. Es simplemente una observacion sobre el hecho de que la abstraccion de la declaracion de DDHH permite que sociedades la interpreten de maneras a veces incompatibles.

Gonzalo Gamio dijo...

Cirilo:

No estoy tan seguro acerca de lo del "tejido común". En Riva Aguero y Belaúnde - hasta donde he podido hurgar - la idea de "síntesis" apunta al "mestizaje", a una suerte de "fusión" de las diferencias en una nueva monocultura. Eso no es integrador sino "disolvente". Aunque no todas las diferencias valen igual, las diferencias pueden ser valiosas.

He abordado parte de tus dudas en "DDHH y HUMANISMO CÍVICO" en este blog.

Saludos,
Gonzalo.

Cirilo dijo...

Jaja, ya parece una moda esto de poner nicks que terminen en "ilo". Claro, en gran parte mis dudas iban por lo que tu dices Norilo, pero no tanto a la interpretación de los derechos humanos. Sino que para establecer vinculos con el "otro" debe de haber un reconocimiento de algo en común y esto no puede ser algo tan abstracto sino algo captable directamente por nuestros sentidos.

Gonzalo Gamio dijo...

Hola "Norilo":

Yo creo que siempre es más fácil NO hablar de diálogo e invocar a la violencia. La violencia es la salida más simple que hay, e incluso trae réditos políticos y lucro para alguna facción.

Con todo, tienes razón en lo del "aterrizaje" de la idea del diálogo. La Declaración de 1948 no es suficiente. Y sí, puede ser un punto de partida. Un camino posible entre otros es examinar la declaracion de DDHH y los principios democráticos occidentales con exponentes de otras culturas y religiones para indagar qué calza dentro de sus esquemas normativos y qué no. Lo que hacen Sen y Nussbaum en materia del desarrollo también merece la pena.

Saludos,
Gonzalo.

Noicirilo dijo...

Busquen una sìntesis.

Letras del Sur dijo...

Norbert Bilbeny ensayó una respuesta a las interrogantes planteadas por anónimo.

Podemos llegar a un acuerdo intercultural sobre la base de

a)cualidades cognitivas:la racionalidad humana (capacidad de toda la especie humana mas alla de toda marca cultural)Es decir, cognitivamente, lo ideológico, lo cultural, lo político, etc. es información aprendida, producto de la experiencia (como lo es todo conocimiento)y procesada por el cerebro y administrado por sus facultades superiores (lenguaje, pensamiento, racionalidad, memoria, atención etc.)Lo aprendido no es inmodificable. El convencimiento de que mi conocimiento sobre algo me trae dificultades me obligará a replantear tal conocimiento y reajustarlo para resolver el obstáculo a enfrentar.

b)cualidades biológicas. compartimos como especie las mismas necesidades fisiológicas las que a su vez se traducen en acciones conducentes a su satisfacción. Diferimos en la forma en que consideramos satisfactoria la solución de una necesidad, pero no diferimos en que debe ser cubierta y satisfecha porque de lo contrario está en juego la supervivencia.

En consecuencia, en contextos actuales de conflicto intercultural, buscar consensos significar hacer mutuas concesiones en aras de una convivencia armónica, no en abstracto, sino obedeciendo a una demanda práctica y real: o nos ponemos de acuerdo en lo que haremos para convivir en armonía o nos preparamos para desaparecernos.

Y para que esto suceda debe existir una mínima disposición al diálogo. Claro, muchos no la tienen y frente a ellos no existe argumento ni retórica que los persuada, pero sí es posible combatirlos con buenas ideas y generando hábitos de respeto mutuo.
Si una gran mayoría abrumadora en el país considerase que hay que despojar a los indígenas de sus tierras para promover la inversión privada sin consulta previa, aunque seamos una minoría no representativa tendríamos que oponernos por razones etico morales mas que ideológicas. Igualmente plantearíamos resistencia ante cualquier petición irracional de origen popular por más multitudinaria que sea.