viernes, 5 de diciembre de 2008

SOBRE LIBERTAD, RELIGIÓN Y SOCIEDAD: “SAGRADA ANARQUÍA"





Gonzalo Gamio Gehri


Dentro de las múltiples disciplinas filosóficas, la filosofía de la religión es una de las más interesantes y polémicas. Ha cobrado nueva fuerza con la irrupción de la postmodernidad, la sustitución de los grandes relatos metafísicos y metacientíficos por los pequeños relatos, cuya racionalidad es la de los consensos – razonables y provisionales – que podemos lograr en el seno de nuestros mundos vitales. Los recursos conceptuales procedentes de la fenomenología-hermenéutica y el pragmatismo han potenciado reflexiones de enorme calidad, presentes en las obras de John Caputo, Bernard Welte, Charles Taylor, Daniel Dennett, Gianni Vattimo, y Jacques Derridá.

En la mayoría de los textos de estos pensadores, el vínculo entre religión, sociedad y política posee una especial relevancia. Tanto Gianni Vattimo como Charles Taylor sostienen que el mensaje del Evangelio – centrado en el ágape y en el anuncio del Reino – converge plenamente con la ética de la dignidad propia de la cultura moderna. Vattimo incluso afirma que la secularización constituye una figura del proceso de la kenosis cristiana. Caputo desarrolla con singular esmero la tesis de un Dios que decide hacerse débil al ingresar en la historia, y que en esa debilidad reside su intenso poder, el de la invitación a la libertad. Estos tres autores comparten una vocación académica por la hermenéutica y una inocultable simpatía por las reformas planteadas en los años sesenta por el Concilio Vaticano II.

En la blogósfera, el tema de la filosofía de la religión no se ha presentado exento de problemas y malos entendidos. En ciertos espacios conservadores – autodenominados “reaccionarios” – se identifica, de manera equívoca a mi juicio, la “postmodernidad” e incluso la “hermenéutica” con posiciones que sin más se identifican con la búsqueda de la abolición de la democracia, la secularización y la cultura de los Derechos Humanos, e incluso con una extraña nostalgia por el Antiguo Régimen: se trata de una generalización completamente infundada que genera confusión. Lo mismo la no menos discutible costumbre de identificar cristianismo con contramodernidad. Resulta por demás extraño que se pretenda asociar la prédica de Jesús con una ideología aristocrática fundada en la tesis de que cierta gente nacía para servir y otra vivía de sus privilegios, basados en la herencia y la sangre. El modelo allí es más medieval que propiamente jesuánico, evidentemente. Que existan hoy perspectivas extravavagantes que aboguen por estas formas aristocráticas de vida simplemente me parece absurdo y pintoresco ¿Qué resolvería el retorno de la pompa versallesca y sus injusticias? Más allá de las extravagancias señaladas, la vuelta paleoconservadora a los moldes del Estado confesional bajo la "máscara postmoderna" requiere del ejercicio de la crítica más contundente (aquello que el joven Habermas llamaba 'la crítica de las ideologías'). Se trata, en todo caso, de equívocos que tendrían que ser esclarecidos desde el trabajo del concepto. Ya me detendré en esta discusión más adelante. En este contexto, saludo la aparición de un nuevo blog sobre temas de filosofía de la religión – Sagrada Anarquía -, cuyo autor es Raúl Zegarra, joven egresado de la PUCP, especializado en temas de hermenéutica, pragmatismo y religión. Es un conocedor de la obra de Caputo, James y Vattimo en esta materia. Estoy seguro que participará en la discusión con el tradicionalismo aristocraticoide que he mencionado, y que contribuirá con la meditación en torno a los importantes asuntos ligados a la experiencia religiosa y a la crítica filosófica-teológica.

El título del espacio proviene de la polémica e interesante descripción que hace John Caputo sobre la imagen evangélica del Reino de Dios. Estamos seguros que este nuevo blog aportará decisivamente al diálogo con la teología y con la filosofía practicada en nuestro medio. Se abre entonces un espacio más para el ejercicio de la reflexión, la conversación y la discrepancia. Bienvenido.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

DEL CONTRATO A LA RECONCILIACIÓN: APUNTES SOBRE EL LIBRO “EL DESAFÍO DE LAS DIFERENCIAS” DE AUGUSTO CASTRO


Gonzalo Gamio Gehri




Ayer tuve el gusto de presentar – junto a Santiago Pedraglio y Sandro Venturo – el libro de Augusto Castro, El desafío de las diferencias. Reflexiones sobre el Estado moderno en el Perú (Lima, CEP-UARM-IBC 2008). Un libro ambicioso, combativo y propositivo. Planteado en la venerable tradición de las obras sistemáticas sobre el Perú como problema (que prácticamente se había descontinuado luego del texto de Karen Sanders, Nación y Tradición). El libro de Castro constituye un importante esfuerzo por pensar el Estado moderno y la democracia desde sus fuentes históricas y sus posibilidades en el Perú. Desarrolla una aguda mirada bifocal (filosófica y científico-social) de la realidad política peruana. Evoca en su reflexión la experiencia de “otras modernidades” (Japón, China), que permitirían revisar (e incluso relativizar) el “modelo occidental”.

El libro parte de una premisa normativa: la sustancia del Estado es el acuerdo político de sus ciudadanos para defender sus derechos. Esta afirmación recoge la imagen moral del contrato, en tanto la hipótesis del Estado Natural es profundamente antijerárquica. Supone que los individuos que suscribirán el acuerdo fundacional de la sociedad son libres e iguales, de modo que las diferencias sociales que fundan la desigualdad y la discriminación son “artificiales”. En seguida señalaré en qué sentido la propuesta de Castro parte del enfoque contractualista, pero pretende ir más allá, merced al desarrollo de la idea de Reconciliación.

El moderno Estado peruano ha trasgredido la lógica del contrato. No ha protegido a sus ciudadanos de la violencia y extrema pobreza, y excluye de facto a sectores importantes de la sociedad, que por razones económico-sociales, etnia, género y sexualidad no pueden acceder a la protección estatal ni pueden ejercer sus derechos básicos. El cuerpo político, sostiene Castro, no recoge las expectativas de las personas que integran la sociedad. Según Castro, el conflicto armado interno reveló cuán frágiles (o inauténticos) son tales “acuerdos”. El problema es que las condiciones que desataron la violencia no han sido erradicadas. Quienes detentan el poder han impuesto un Estado que sigue un modelo “colonial”: es autoritario, excluyente y clerical (y cuenta con el apoyo de organizaciones que pretenden constituirse en“instituciones tutelares”).En lo cultural, se ha pretendido imponer una idea monolítica de identidad colectiva, que socava o proscribe las diferencias. Las invocaciones a la “peruanidad”, el “mestizaje”, o la “síntesis viviente” constituyen los nuevos rostros del ideal conservador de la monocultura.

El autor hace suyo en enfoque de la Reconciliación como re-fundación del pacto social. Se trata de reconstruir – o de construir – el acuerdo social y político, de modo que esta vez convoque a todos los peruanos, a todas las diferencias que habitan el Perú. El autor dialoga continuamente – con especial agudeza y creatividad - con el Informe Final de la CVR, la investigación interdisciplinaria más rigurosa sobre la violencia y la desigualdad en el país. La ‘Reconciliación’ sigue siendo la categoría planteada por la CVR más compleja y más controversial, pero una de las más fecundas. El autor somete a dura crítica una lectura conservadora de la Reconciliación (basada en una idea errada del perón como promotor de impunidad) para asumir una posición cívico-humanista, que apunta al restablecimiento de los vínculos perdidos por la violencia.

Pero postular el proceso de Reconciliación como plataforma para la construcción de un proyecto político democrático supone necesidad de ir más allá del contrato. La perspectiva contractualista considera que los individuos (las “partes”) sólo buscan satisfacer en la nueva sociedad sus intereses privados, y sus personales expectativas de seguridad: el nexo con los otros – y con las instituciones – es meramente instrumental. La reconciliación como fuente de integración social y política posterior a un conflicto armado presupone el reconocimiento del otro concreto, el conocimiento de la verdad en torno a la tragedia vivida, la reconstrucción de un sentido de comunidad, el papel del corazón en la reconstrucción de los lazos sociales, y otros tantos elementos que no convergen con el esquema abstracto del contrato. La Reconciliación invoca nuestra capacidad de elaborar un proyecto común de vida, nuestra disposición a la construcción de ciudadanía. Se trata de un proceso histórico de largo aliento, que supone políticas de inclusión y redistribución de diversa índole. No existe Reconciliación ni ciudadanía con hambre y pobreza.

El autor defiende la idea de una democracia fuerte – de corte liberal progresista -, que cuestione severamente los conceptos que poblaron el imaginario tradicional de la extrema derecha y la extrema izquierda: la democracia no constituye el imperio irrestricto del capital o ni es tampoco la dictadura del “partido único”. La democracia constituye un sistema político basado en el control ciudadano del poder del Estado en función del respeto a los Derechos Fundamentales de los individuos y la promoción de sus capacidades. Contar con una ciudadanía vigilante desde la sociedad civil constituye una de las condiciones esenciales para que este modelo funcione. En el texto pueden detectarse el eco de las ideas de Benjamín Barber, John Rawls y Amartya Sen.

Una de las ideas interesantes del libro es que para el autor “todas las banderas aportan” en la construcción de esta democracia fuerte: la concepción de la ciudadanía antigua (su visión de la igualdad ante la ley y su vindicación de las libertades políticas); el Liberalismo (su postulación de un gobierno limitado, la defensa de las libertades personales y la cultura de los Derechos Humanos) y el.Socialismo (con su énfasis en la Justicia social y la solidaridad). Esta tesis dista de ser meramente ecléctica; pasa por el trabajo de la crítica racional y la deliberación pública.

El libro de Augusto Castro es a la vez un tratado de sociología política y de filosofía política peruana. El texto ofrece a la vez una lectura crítica de ‘nuestra modernidad’ y una propuesta política concreta que apunta a fundamentar las garantías de no repetición de las condiciones que generaron el conflicto armado interno y así fortalecer nuestra democracia. Vale la pena leerlo con atención.

domingo, 30 de noviembre de 2008

EDIPO Y LA DESMESURA




Gonzalo Gamio Gehri


Solemos leer la historia de Edipo en Edipo Rey bajo la convicción de que se trata del personaje más desafortunado de la historia de la literatura universal, aventajado solamente quizás por Gregor Samsa, el personaje kafkiano de La Metamorfosis. Creo que esa es una concepción parcialmente discutible, cuando menos. Un examen más detallado de la obra – a la luz de la cosmovisión ética griega, prefilosófica y filosófica – nos revela cuán culpable es Edipo de los crímenes que perpetra.

Solemos presuponer una visión ‘pseudo-ilustrada’ de la moral cuando nos aproximamos a la tragedia de Sófocles. Asumimos que sólo somos dignos de elogio y censura respecto de las acciones que hemos elegido con pleno conocimiento de sus posibles consecuencias y secuelas en la vida propia y ajena. Para los griegos, es evidente que no es posible ponderar completamente los rumbos posibles de nuestras elecciones y acciones. Los otros intervienen, y la tyché (la fortuna) echa también sus cartas en el cesto. Esta complejidad, no obstante, no nos exime de responsabilidad y culpa respecto de nuestras decisiones. El agente tiene que hacerse cargo de todas las consecuencias de sus acciones y elecciones, tanto las previsibles como las insospechadas. Hegel comentaba lúcidamente este punto de vista señalando que, para los griegos, ni siquiera los niños eran inocentes, sólo las piedras (porque no actúan).

Solemos describir anacrónicamente a Edipo como una mera víctima del destino, proyectando además una imagen calvinista del destino, vinculada a la doctrina de la predestinación. La moira griega es ‘la parte que le corresponde a cada cual según su condición y acciones’. En esta perspectiva, Edipo hubiese podido tentar – sólo tentar -un destino superior si hubiese guardado la mesura, reconociendo y cumpliendo con la medida correcta según cada caso, lo cual es sumamente difícil de lograr, sin duda. Quien ejercita la disposición a guardar la medida correcta en los contextos de una vida entera (este concepto resulta esencial a la ética griega) es el phronimós, el hombre prudente. Edipo conocía lo que el dios oracular tenía reservado para él en el futuro: convertirse en un incestuoso y en un parricida. Ello lo lleva a huir de Corinto y tomar el camino de Tebas, a encontrarse cara a cara con su destino.

Edipo no observó la mesura, al contrario: incurrió repetidamente en la hybris, movido por su descomunal proclividad a la ira y a la irreflexión. Como algunos especialistas han señalado, si Edipo hubiese sido realmente prudente, hubiese evitado agredir físicamente a cualquier hombre mayor, que fatalmente pudiese ser su padre. De igual manera, si hubiese sido mesurado, no hubiese consentido en desposar una mujer mucho mayor. Sin embargo, arrastrado por su feroz temperamento, asesinó a Layo por una discusión de tránsito. Una vez revelada la verdad acerca de su identidad, Edipo no reacciona como un hombre que ha tropezado sin culpa alguna con una fuerza externa inexorable. Reacciona como un agente carente de lucidez y sentido de la proporción. Se hiere los ojos porque no fue capaz de ver lo que tenía delante de él, la realidad. Quienes no conocen el mundo griego creen que consideró el suicidio como una ‘vía de escape’, y por ello optó por enceguecerse ¡Si sabía que sus parientes le esperaban en el Hades, para reprocharle sus múltiples faltas! Edipo es culpable ante los ojos de los personajes, y los del propio coro.

Edipo Rey versa sobre la mesura y la desmesura, sobre la esencial dicotomía ética entre virtud y fortuna. Conociendo los designios del oráculo, Edipo tuvo la oportunidad de buscar una vida feliz. No reparó en la importancia de la deliberación, erró cada vez que eligió sin reflexionar. Es una historia de la terrible caída moral de un héroe que no vigiló los movimientos de su tempestuoso carácter a lo largo de toda su vida, y no respetó sus propios límites. Esta tragedia constituye una narrativa sobre las virtudes y los vicios humanos, y no solamente sobre el infortunio: por ello la enorme relevancia ética de la obra, que convoca por igual a filósofos y críticos literarios. Deja constancia de ello un poderoso fragmento final, tomado de la estupenda traducción de C. Alegría:




“¡Oh habitantes de mi patria, Tebas, mirad: he aquí a Edipo, el que
solucionó los grandes enigmas y fue hombre poderosísimo; aquel al que los
ciudadanos miraban con envidia por su destino! ¡En qué cúmulo de terribles
desgracias ha venido a parar! De modo que ningún mortal puede considerar a nadie
feliz con la mira puesta en el último día, hasta que llegue al término de su
vida sin haber sufrido nada doloroso”.

EL ENIGMA SIMON


Gonzalo Gamio Gehri



Todavía mucha gente se sigue preguntando qué llevó a Alan García a designar a Yehude Simon como primer ministro (aun cuando los primeros cuestionamientos ya se hacen sentir). Obviamente, tiene todos los pergaminos para ocupar el puesto. Ha realizado una gestión eficaz y transparente al frente del gobierno regional de Lambayeque, y es reconocido por su capacidad para la concertación y el diálogo en circunstancias de conflicto. Su imagen pública es la de un político probo e inteligente, un hombre de izquierda que ha sabido reformular su pensamiento a la luz de los acontecimientos de las últimas décadas. Se le considera además una víctima de la draconiana e irregular legislación fujimorista, que lo confinó en la cárcel ocho años, siendo inocente.

Pero las innegables cualidades de Simon no explican del todo su designación. El gobierno de García es derechista en lo económico y en lo político: ha establecido alianzas de diversa naturaleza con el fujimorismo parlamentario, con la agrupación de Kouri y con el conservadurismo religioso. El perfil de un político de izquierda reformista como Simon no encaja en este esquema. Se trata, asimismo, de un personaje con evidentes pretensiones presidenciales; se trata de un potencial contendor del APRA en las elecciones del 2011, aunque carece de un partido consolidado. Si queremos encontrar conjeturas más razonables que contribuyan a esclarecer esta designación, tenemos que sumergirnos en el ámbito del cálculo político (un espacio en el que García se mueve con especial comodidad).


(sigue...)


miércoles, 26 de noviembre de 2008

ABSTRACCIONES


Gonzalo Gamio Gehri


El debate sobre el descalabro provocado de Perú 21 ha traído cola. Pienso que una cuestión elemental que tendría que esclarecerse – más allá de la nota publicada por el Director de El Comercio y el pobre artículo de Hugo Guerra Arteaga – es si el gobierno influyó o no en la consumación de este probable kamikaze editorial. Si bien se trata de una decisión interna de una empresa privada, los (ex) lectores del diario tenemos derecho a saber a qué obedece este (¿súbito?) cambio de línea. Muchos lamentamos la desaparición de un tipo de periódico crítico y plural.

En el debate que siguió se cargaron un poco las tintas. Y prosperó por momentos la caricatura, con su típico sabor agridulce y su infaltable efecto deformante. De un momento a otro, quienes protestamos por el incidente nos convertimos en una suerte de “activistas” de “causas cívicas” del “sector AB” – al que honestamente, no pertenezco (ni con el que me siento identificado), pero el papel aguanta todo -, un sector insensible a las protestas en las que no se ponen en juego valores “post-materiales” (como la ética, la ciudadanía, las libertades de expresión y demás “bienes suntuarios”), sino la pura y dura supervivencia de gente concreta en Moquegua y otros lugares del país, víctimas de la injusticia. En un despliegue magnífico - y ocurrente - de estereotipos, yo mismo era descrito como un firmante de Facebook en desagravio a Álvarez Rodrich (sitio que no he visitado), me convertía en conspirador de ONG (y no pertenezco a ninguna), e incluso se me imaginaba como un exalumno de Los Reyes Rojos (yo estudié en un pequeño y entrañable colegio llamado Mártir José Olaya). Pero en fin, así son las caricaturas. Mi hipotética (y espuria) “conciencia de clase” debía llevarme a confundirme en un coro de voces AB a favor de Álvarez Rodrich que nada dice sobre Moquegua.

Respeto la lucidez y el ingenio de quienes han objetado esta supuesta ‘campaña’ (en la que, repito, el asunto no es solamente – ni fundamentalmente - el despido de Álvarez Rodrich, sino la preocupante situación de la libertad de prensa en el Perú. Es cierto que esa situación deplorable no es nueva para nada, pero eso se debe en parte a que los ciudadanos no hemos estado alertas ante los movimientos y componendas entre el poder y los dueños de los medios). No obstante, considero que algunas posturas excesivamente gruesas y dicotómicas obedecen a la observancia de una matriz teórica – sospecho que deudora del positivismo y de ciertos elementos conceptuales remanentes del marxismo ortodoxo (no de Marx) – que tienen consecuencias deterministas. Esas consecuencias impiden en muchos casos contemplar otras posibilidades de compromiso cívico. Las críticas pueden ser efectistas, pero el fundamento teórico resulta bastante endeble.

Es el problema de los determinismos, te envuelven en una conjunto de correspondencias cuasi forzosas. Mi supuesta “conciencia de clase” me tendría que empujar – “porque así son las cosas” - a distribuir la indignación de esta manera: Perú 21: 1, Moquegua: 0 ¡Mi distrito, mi Universidad, incluso mi “círculo académico” tendría que apuntar a eso! Al determinismo de clase y al determinismo distrital / “territorial”, se suma un tercero: el determinismo profesional ¡Soy de Humanidades! (ergo: lo mío son las consideraciones individuales, “espirituales”, no las “estructurales”). No se plantea la posibilidad de que alguien como yo pueda estar comprometido con el ex Perú 21 y con Moquegua; o que alguien que “pertenece” al “sector CD” – no me gustan para nada estas categorizaciones de simple uso estadístico - se solidarice con Álvarez Rodrich y los columnistas renunciantes, o que los protestantes de Moquegua planteen sus demandas en términos éticos, lo que puede constatarse por las noticias). A quienes consideran que las cuestiones éticas están desvinculadas de las necesidades materiales, uno se siente tentado a preguntarles si han oído hablar de la justicia. La “ética” no es una idea etérea que sobrevuela caprichosamente los territorios de la “realidad material”; no es mera “superestructura”. La realidad siempre es más complicada, y manifiesta mayores combinaciones y matices. Hay clasificaciones “duras” y “dicotómicas” que sólo existen en la mente de algunos observadores. Contra ellos, ya Hegel calificaba como “abstracción” la costumbre de explicar una totalidad compleja y dinámica desde un único elemento: consideraba que esa unilateralidad resultaba funesta para la reflexión crítica.

Estoy de acuerdo en que las protestas encuentran una mayor articulación en el seno de instituciones: eso lo he señalado en diversos posts, y en otros escritos. Lo que considero discutible es que estas instituciones sean fundamentalmente concebidas al interior del sistema político, léase los partidos. A menos que se esté avizorando la formación de partidos nuevos – que los necesitamos es seguro -, aquí opera una segunda abstracción: la desvinculación de la teoría ‘institucionalista’ respecto de los contextos y las condiciones de la práctica. Nos gustaría que los partidos políticos en el Perú fueran espacios deliberativos, pero no suelen serlo. No lo son ahora, ni lo han sido, por lo general. Son “feudos” de caudillos que deciden los cuadros dirigenciales a su antojo, o son asociaciones provisionales de individuos que manejan una bolsa y tienen privadas aspiraciones congresales. Lo suyo es la negociación y la dádiva (y, a veces, la corrupción). El debilitamiento de los grupos existentes, así como las penosas declaraciones de Alan García en torno a una posible tercera postulación presidencial en el 2016 bosquejan este panorama. Necesitamos fortalecer los partidos – qué duda cabe – pero también contamos con otros espacios, como las instituciones de la sociedad civil (que conste que no quiero decir con ello “sólo las ONG”). Las protestas sociales, y también las formas de vigilancia ciudadana y formación de opinión pública, requieren de espacios que las constituyan como una forma articulada de vindicar derechos.

Debemos buscar imágenes y conceptos multidimensionales (“concretos” en términos de Hegel), que no dejen pasar aspectos del problema que no estamos tomando en cuenta, por obra de determinismos de cualquier tipo. Sin duda, eso hará más fructífero el diálogo.

viernes, 21 de noviembre de 2008

EL LIBERALISMO POLÍTICO Y EL “SÍNDROME DE VANGUARDIA”







Gonzalo Gamio Gehri


¿Qué convierte una protesta personal en una ‘causa cívica’? Creo que ésta es una importante cuestión ética y política. Leo en otro blog que – para algunos – la indignación motivada por el despido del Director de Perú 21 y la salida de su grupo de columnistas no resulta significativa porque (a su juicio, y sin ningún argumento de respaldo) no contaría con el apoyo de las mayorías, que quizá no leen Perú 21 y no están interesadas por el destino de su Dirección. Como colofón, la declaración de una ex candidata presidencial de que cancelará su suscripción a El Comercio y que no leerá más Perú 21 se gana las burlas de algunos jocosos blogueros: los peruanos “no van a identificarse” con esas iniciativas "caviares".

Si fuese cierta la hipótesis – ciertamente discutible – de que a la gran mayoría no le interesa lo sucedido en Perú 21 - ¿Ello descalificaría la actitud de quienes (en tanto lectores y ciudadanos) consideran preocupante que se saque del medio a un diario crítico e independiente? ¿Convierte en absurda la idea de cancelar la suscripción de quien la tenía? Creo que miramos (e imaginamos) demasiado lo que supuestamente piensa “la mayoría” – así, planteada falsamente como una entidad homogénea y unánime -, y meditamos menos en el punto de vista que cada uno tiene del asunto. Creo que un ciudadano responsable se forma una opinión razonada sobre algo, antes de plantearse si su opinión “enganchará” con la perspectiva de los demás. Y si no “engancha”, pues ¡Qué se le va a hacer! Pero estos cibernautas piensan que si uno no tiene esta sintonía-permanente-y-casi-mística-con-la-mayoría “no es de izquierda”. Esto es absurdo (además de profundamente antidemocrático).

“Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él", decía Vallejo. ¿Tenía razón, o no? ¿Tenemos las personas que coincidir siempre con la mayoría, para asegurar la “corrección” de nuestras convicciones? Quizá no. Que la mayoría de las personas respalde una posición no significa que ésta necesariamente sea 'verdadera'. Recordemos que existe la falacia ad populum, aunque algunos ‘especialistas’ no reparan en que se trata efectivamente de una falacia (¿Desecharán la lógica formal por “impopular”? ¿La eliminarían después de un referéndum?). Creo que esta clase de apelaciones a lo que suscita “identificación” tiende a debilitar el sentido crítico, y la búsqueda de autonomía. Podríamos llamarlo el Síndrome de la vanguardia, la creencia de que tenemos que guiarnos por los objetivos de la mayoría (o de las “clases revolucionarias”) para suscribir una creencia con sentido, o que los “líderes” tienen que invocar “causas” que convoquen y que “organicen” a las “masas” (esta expresión es nefasta). Sólo las personas inmersas en el “mundo popular” saben lo que le interesa a la gente, según este planteamiento (en esto nuestros "deterministas locales" van más allá del marxismo, que consideraba que los miembros de otras clases podrían asumir - en virtud de un proceso de metánoia - el ideario y propósitos de las 'clases oprimidas'). Este prejuicio viene de una lectura peculiar de Rousseau, quien identificaba la “voluntad general” con una voz unánime e indivisa. Esta postura ‘vanguardista’ conduce a la disolución de la discrepancia y de la pluralidad de formas de vivir, y nos introduce en formas perversas de "liderazgo". La unanimidad puede ser tiránica. Isaiah Berlin lo ha planteado de la siguiente manera, describiendo críticamente esta clase de perspectiva, supresora de las libertades más elementales:

“Puesto que yo conozco el único camino verdadero para solucionar definitivamente los problemas de la sociedad, sé en qué dirección debo guiar la caravana humana; y puesto que usted ignora lo que yo sé, no se le puede permitir que tenga libertad de elección ni aun de un ámbito mínimo, si es que se quiere lograr el objetivo. Usted afirma que cierta política determinada le haría más feliz o más libre o le dará más espacio para respirar; pero yo sé que está usted equivocado, sé lo que necesita usted, lo que necesitan todos los hombres[1].

Yo prefiero la interpretación liberal progresista de la política, para la cual no hay tal “caravana humana”, ni “conciencia unidireccional de clase”, ni “sentido lineal de la historia”. El agente político no es siempre un político en campaña que quiere convencer a su electorado o que pretende ganar elecciones; con frecuencia es un ciudadano que quiere introducir un argumento en el espacio público (ante el Estado, al interior de un partido político, o en la sociedad civil), e intervenir en el debate cívico. Pretende ser fiel primero a su propia conciencia. No está obsesionado con “sintonizar” sistemáticamente con el grupo, aunque sí está interesado en contrastar su opinión con otras perspectivas y generar consensos (o plantear disensos racionales). Le interesa contribuir en la construcción de espacios para la formación de opinión y el cultivo de la autonomía. Combate las desigualdades que conspiran contra la justicia redistributiva y contra la libertad. Le preocupa la preservación del sistema de derechos universales – no por alguna ‘veleidad metafísica’ si no porque se trata de un mecanismo hasta hoy efectivo para la protección de los individuos – que permita el desarrollo de las personas y sus diversos modos de pensar. Desde luego, no considera que su punto de vista sea el único posible (pluralismo) o que sea inmune a la crítica (falibilismo). Un lector precipitado podría considerar que esta postura es "conservadora", pero es al revés: es 'revolucionaria' (en un sentido no marxista) en tanto combate una forzada homogeneneidad y cultiva radicalmente la crítica.
En fin. En esta clave de interpretación, si un grupo de ciudadanos decide vigilar la conducta de los congresistas o pedirle cuentas a un diario que incurre en arbitrariedades, esta es una “causa cívica”. Que no sea una “causa general” no invalida la iniciativa, tampoco la debilita en materia de justicia. Hay quienes no creemos en que exista una "caravana humana" que haya que "dirigir" o a la que haya que "sumarse" - eso es totalitario -; se trata de expresar libremente argumentos y posiciones ante nuestros conciudadanos. Es valioso que las personas expresen su opinión e indignación de manera fecunda. Quienes opinan de manera diferente - o no les interesa este tipo de propuestas -, siempre pueden dedicarse a otra clase de preocupaciones que los convoque.







[1] Berlin, Isaiah “La persecución del ideal” en: El fuste torcido de la humanidad Barcelona, Península 1998 pp. 33 – 34.

martes, 18 de noviembre de 2008

EL ENCANTO DE LA SUMISIÓN




Gonzalo Gamio Gehri


Al final, sucedió lo que se temía, pero se esperaba: Augusto Álvarez Rodrich fue despedido de Perú 21 “por discrepancias en torno a la línea editorial”. Como consecuencia de esta situación, el grupo de columnistas ha renunciado prácticamente en bloque: Santiago Pedraglio, Martín Tanaka, Carlos Basombrío, Carlos I. Degregori, Jorge Bruce, Rosa María Palacios, etc. El diario ha contado con el mejor equipo de columnistas de opinión de la prensa peruana de la actualidad. Con ello – al menos para mí – Perú 21 ha dejado de ser un periódico cuya lectura sea realmente atractiva. Era el mejor diario de oposición del país. Plural e independiente debido a las diferentes canteras intelectuales de las que provenían sus articulistas: ciencias políticas, psicoanálisis, economía, derecho.

Es sabido que hace tiempo que la dirección de Perú 21 estaba ‘en la mira’ del gobierno aprista. Se trataba de una prensa incómoda para un oficialismo que se había acostumbrado a gobernar sin oposición alguna. Hoy, en tiempos en los que el grupo El Comercio afronta un dramático cambio de jerarquías – imponiéndose una línea conservadora -, se hacía previsible que rodaran las cabezas de quienes convocaron a lo mejor del periodismo y la academia para escribir y ejercitar la crítica. De este modo, los órganos de prensa del grupo El Comercio vuelven a ser una ‘empresa familiar’ sin más, sin filo crítico y sin una posición de cuestionamiento frente al poder. No sorprende que se haya declinado en la difusión de los “petro-audios” en nombre de la “gobernabilidad”, y que se haya convocado a las voces más conservadoras de la sociedad en busca de una “justificación”. La ‘familia propietaria’ ha cedido al “encanto” de la sumisión. El Comercio ha preferido razonar como un "grupo de poder" antes que como un espacio de construcción de opinión pública. No sorprende que en el "decano de la prensa nacional" se hable hoy en favor de “amnistías” e “indultos”, a pocos meses de la apertura de la fosa de Putis, y en un país en el que existen más de cuatro mil fosas comunes sin abrir. ¡Qué puede sorprendernos, si uno de los directivos de la ‘empresa familiar’ es un personaje que postuló al congreso por la lista fujimorista Perú 2000, en la etapa más sórdida del régimen autoritario de Fujimori!

Me pregunto – sólo por curiosidad – a quiénes van a llamar para conformar el nuevo equipo de columnistas de Perú 21, tomando en cuenta la nueva “línea editorial” del diario, previsiblemente más complaciente con el gobierno actual – y probablemente convergente con los intereses del fujimorismo dinástico -: ¿Luis Alfonso Morey? ¿Jorge Morelli? ¿La gente de Cable Canal de Noticias del fujimorato? ¿La alcantarillesca página de opinión de La Razón del 2003? En fin, ya cada vez son menos los medios en los que uno pueda encontrar una cierta independencia frente a los poderes fácticos o representativos.

Considero, finalmente, que esta ha sido una medida desafortunada, injusta e incluso poco rentable para el propio diario. El atractivo de Perú 21 residía precisamente en su talante crítico y opositor. Con el éxodo de este interesante grupo de columnistas, el diario pierde sin remedio en calidad y nivel. Es casi seguro que esto se verá reflejado en las ventas. Va a dolerle a la ‘familia propietaria’ en lo económico, sin duda. En lo personal, ya no encuentro ninguna razón para comprar Perú 21. Y creo que no soy el único.

Santiago, Martín, Carlos Iván, Nelson: mi solidaridad con ustedes.
Actualización: los columnistas renunciantes de Perú 21 han construído un blog - Espacio compartido - en el que seguirán escribiendo sobre lo que sucede en el país.