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domingo, 14 de marzo de 2010

UN DEBATE QUE SE ESTÁ ENTRAMPANDO


Gonzalo Gamio Gehri


I


El debate sobre la objetividad de las ciencias sociales y el compromiso político se ha quedado sumido en una suerte de atolladero. Experimenta serios obstáculos para poder avanzar, porque ha sustituido el trabajo del concepto por el juego retórico, e incluso, por el puro y duro enfrentamiento personal. Ya no se trata solamente del olvido de la epistemología, sino del olvido de los argumentos estrictamente conceptuales. Unos acusan a sus adversarios como “intocables”, éstos describen a sus “detractores” (sic) como poco menos que insolentes. La discusión no despega – para seguir con las imágenes aeronáuticas – del nivel de lo político. En ese sentido, el texto de Nicolás Lynch – La vida, la academia y la política (sobre los hijos y los nietos del neoliberalismo) -, publicado hoy en La República, es (más allá de algunos pasajes ingeniosos) un escrito defensivo. Constituye una réplica a las ácidas críticas de Dargent y Vergara.

El primer pecado de Alberto Adrianzén y el mío es el de haber tenido una vida entre la academia y la política, con el empeño de reconciliar la lucha por la justicia con la lucha por la libertad, es decir con el empeño de ser socialistas. Además, veinte años de neoliberalismo no nos han domesticado. (…) El caso es que para Martín Tanaka y sus ocasionales escuderos, Eduardo Dargent y Alberto Vergara, nuestra vida en el empeño es algo así como un archivo de inconsecuencias y mentiras al cual pueden recurrir en cualquier momento para juzgar nuestra obra académica y cuestionar la idoneidad de nuestro juicio”.

De acuerdo con Lynch, lo que mortifica a Tanaka y a los jóvenes politólogos es la combinación entre la reflexión política y la militancia política, lo que sacrificaría a su juicio cualquier pretensión de objetividad científica. Esa sería la razón por la cual estos últimos consideran que los libros de Lynch y Adrianzén son “deficientes”. Es preciso agregar que Dargent y Vergara no han señalado, en los medios de prensa o en los blogs, los argumentos que sostendrían tales afirmaciones, más allá de algunos comentarios sobre la transición (hay que señalar que Dargent acaba de publicar una aguda reseña en la revista Argumentos). Por eso sostengo que esta polémica está quedando peligrosamente atrapada en las arenas movedizas de la retórica o en la lucha de facciones.

Lynch afirma que los pasajes epistemológicos de esta discusión dejan mal parados a los defensores de la objetividad en una clave más o menos positivista. Sostiene que éstos “han naufragado en su teoría del conocimiento y tratando de explicar el tema democrático. Si algo ha quedado claro en el debate es que la objetividad en las ciencias sociales no es la de las ciencias naturales ni la de las ciencias exactas”. En este punto el autor no se equivoca, pero tampoco aporta razones que respalden esta posición, ni ofrece una reflexión metodológica que pueda apuntalar un camino diferente. Nelson Manrique es quien más ha escrito en la prensa escrita sobre esta materia en las últimas semanas. En cuanto al concepto de democracia, los jóvenes politólogos no habrían considerado, a juicio de Lynch, las exigencias de inclusión económica como relevantes al lado de las exigencias de inclusión política.

“Han querido volver a contar el cuento de que hay un solo concepto de democracia: la democracia elitista de manufactura anglosajona que se define por la competencia entre los políticos por el poder del Estado. Esa es una versión de la democracia que ha buscado ser exportada a América Latina desde los Estados Unidos con millones de dólares de inversión”.

Tanto el texto de Lynch como el texto anterior de Vergara introducen un tema importante que sin embargo no ha sido realmente examinado, si las condiciones procedimentales de la democracia liberal son necesarias – y suficientes – para la consolidación democrática, o si se requieren mecanismos de justicia redistributiva, que aseguren el acceso de la población al bienestar. Es cierto que las alusiones de Lynch a la inversión norteamericana enrarecen un posible diálogo sobre el tema, pero este asunto debe discutirse públicamente. El autor incluso acusa a sus interlocutores de apostar por el continuismo respecto del modelo económico y político, e incluso los acusa de asmir una actitud de cierta condescendencia con el fujimorato (me parece que esta es una crítica injusta, dado que conozco diversos textos de Dargent y Vergara que constituyen explícitamente un severo cuestionamiento al autoritarismo fujimorista). A Tanaka le increpa el haber señalado que - a pesar de las movilizaciones contra el régimen corrupto de Fujimori - , el politólogo le concedía cierta viabilidad a su gobierno en el contexto de una fraudulenta segunda reelección. Es seguro que Tanaka intentará responder pronto a las críticas de Lynch. Esperaremos su siguiente post sobre el tema.

Silvio Rendón ha incorporado una interesante reflexión a la comprensión de esta discusión. Según su punto de vista, los partidarios de la objetividad científica someten a una dura crítica a los objetores del gobierno posicionados en la izquierda y abanderados de una intelectualidad comprometida, pero no se cuestiona con la misma severidad a los “técnicos” (también “intelectuales”, en algún sentido) comprometidos con las políticas que el gobierno diseña y lleva a cabo. Esta ambivalencia no habría sido tematizada aún por ninguno de los protagonistas de esta controversia. Se trata de una observación política aguda, que debe ser examinada seriamente.


II


Sin embargo, Adrianzén y yo no hemos llegado gratis a donde estamos ni le hemos robado a nadie su lugar. Nunca se nos ha acusado de algo impropio ni menos aún somos intocables, como refería Vergara”.

En fin. Creo que este debate se está entrampando, y puede estar perdiendo el sustrato teórico que lo hace interesante, en nombre de otra clase de divergencias. Por momentos, parece un asumir la forma de un conflicto puntual, vinculado al terreno de las "ideologías políticas" y al del posicionamiento de los interlocutores en el escenario de la ciencia social (la mención a los "intocables", las alusiones al "lugar" que cada uno ocupa o se "ha ganado", etc.). Espero que esta impresión mía sea sólo eso, una impresión pasajera e infundada, y nada más. Lamentaría si esa tendencia se fortalece, dado que considero que Tanaka, Dargent, Vergara, Lynch y Adrianzén son intelectuales realmente valiosos que enriquecen decisivamente una polémica que no debe perder una dimensión teórica que constituye parte de su fecundidad. No creo (y no creo que se crea) que se se trata de un juego de fuerzas entre académicos en torno a la credibilidad de sus análisis e ideas políticas: aquí se busca esclarecer cuestiones de principio. Finalmente, se trata de un asunto que tiene relevancia interdisciplinaria. En lo personal, seguiré escribiendo sobre el curso de esta discusión - convencido como estoy de su valor - en la medida en que se pueda hacer explícita la conexión entre las cuestiones epistemológicas y los enfoques propiamente políticos.

miércoles, 10 de marzo de 2010

LA “NEUTRALIDAD” CUESTIONADA


(NELSON MANRIQUE SOBRE LA OBJETIVIDAD)


Gonzalo Gamio Gehri


Ayer Nelson Manrique publicó un estupendo artículo en La República titulado Yo no soy politólogo (por ti seré, por ti seré). Allí, Manrique saca algunas conclusiones en lo que va de este necesario debate sobre la objetividad y las ciencias sociales. Le agradezco la generosa mención de mis textos. Considero que este autor es – junto con Martín Tanaka – el interlocutor que ha participado de esta discusión con la mayor ponderación y sobriedad (y con buen humor), manteniéndose rigurosamente dentro de los márgenes del discurso académico.

Manrique plantea con claridad – en una línea afín a la que he desarrollado en posts recientes – que existe alguna inconsistencia importante entre declararse “positivista” y señalar que “la objetividad es una quimera”. Esta es una crítica interesante a la perspectiva de Martín Tanaka (hace unos días, Giovanni Krahe se preguntaba agudamente cómo es posible ser un positivista, pero mitigado, blando). Manrique señala que efectivamente Tanaka ha ido reconociendo la presencia de elementos ideológicos en la reflexión del politólogo (ver su última entrada), y ha desarrollado en extenso sus ideas al respecto; Dargent y Vergara, en contraste, han salido en defensa de las posiciones iniciales – más “duras” - de Tanaka. Y los tres han asumido, más o menos explícitamente, una opción por la “neutralidad”.

Esta última toma de posición defensiva a favor de la “neutralidad” refuerza mis intuiciones acerca del ‘olvido de la epistemología’ en muchos desarrollos de las ciencias sociales en el Perú. Mientras Lynch y Adrianzén acusan a los politólogos objetivistas de “conservadores políticos”, yo creo que más bien se trata de conservadores epistemológicos (no sabría decir qué crítica es más dura, pero la segunda no es para nada epidérmica). Es que – desde el punto de vista de la ciencia y la filosofía modernas – la pretensión de objetividad epistémica y la aspiración a “neutralidad” han caminado juntas. Una visión completamente “objetiva” constituye un informe de lo real mismo sin intromisión alguna por parte del sujeto que conoce, al modo de un reflejo que proyecta un espejo perfecto, cósmico. Un informe que no constituye un punto de vista, la perspectiva de un yo o un nosotros situado, sino la de un ser omnipresente sin una incrustación específica. El Ojo de Dios o el view from Nowhere (Tom Nagel). Esta ilusión corresponde a lo que en otro lugar he llamado el síndrome del Aleph, el intento de un ser encarnado y lingüístico de asumir una concepción sub especie aeternitatis. Y tenemos buenas razones para rechazarla, porque no toma en cuenta el sustrato hermenéutico de nuestros modos de relacionarnos con las cosas (en el conocimiento y en otras facetas de la vida).

Esta ilusión está estrechamente asociada a la distinción entre “hecho” y “valor” – o entre “ser” y “deber ser” – una separación tajante que constituyó una especie de dogma para los herederos de la Ilustración. Captar completamente el objeto implica aprehender lo que es o lo que hay (más allá de lo que espere / desee que sea, más allá de lo que yo crea que debería ser, más allá de “mis amores y odios”); una visión “neutral” es una concepción que se describe como “libre de valores y creencias”. Pronto escribiré sobre la precariedad de esta distinción, y de cómo se la maquilla para que suene convincente ante el sentido común. Ojo, muchos esquemas propios de la epistemología europea de los siglos XVII y XIX se cuelan en algunos argumentos esgrimidos en este debate. En todo caso, considerar que es posible en el terreno del conocimiento hacer abstracción sin más del horizonte de creencias, valoraciones, preocupaciones intereses, etc., en un par de movimientos “metodológicos”, o pretender lograrlo manteniéndonos en el uso estricto de modelos cuantitativos constituye un síntoma de ingenuidad teórica (y quizás, me apresuro en decirlo, de una imagenconceptualmente cuestionable de la condición humana).

Manrique sostiene que Tanaka, Dargent y Vergara usan la expresión “ideología” en un sentido fundamentalmente “político”, a saber, como el sustrato de intereses y creencias relativos al logro y la administración del poder en sus diferentes dimensiones y contextos. El autor de ¡Usted fue aprista! usa el término como en un sentido más culturalista y hemenéutico, es decir, alude al conjunto de concepciones – a menudo más o menos implícitas - del mundo y la vida. La tarea del humanista y del científico social consiste en sacarlas a la luz, examinarlas, cuestionarlas.

Manrique señala que todo estudioso de la sociedad explicita diferentes compromisos ideológicos, pero ello no lo lleva a renunciar a la objetividad o abrazar el “subjetivismo”. Dargent y Vergara tienden a suponer que, o uno asume las pautas de la “objetividad” científica (ilustrada), o uno está entrampado inexorablemente en presuposiciones ideológicas, sometiendo el conocimiento a sus exigencias políticas. Esa oposición maniquea evidentemente es conceptualmente débil, y sólo cumple una función retórica dentro del discurso.

“Efectivamente, creo que para cualquiera que tenga alguna formación en ciencias sociales debiera ser evidente que todos estamos inmersos en la ideología –incluidos Vergara y Tanaka– pero señalarlo no tiene la finalidad de obligar a Martín a hacer un strep tease político –como Vergara parece creer– ni, menos, a descalificar la búsqueda de la objetividad".

Este es un punto excelente en el texto, muy lúcido. Decir que todo investigador razona / juzga poniendo en juego ciertos supuestos ideológicos de diverso cuño – incluidos los supuestos políticos – no significa que el documento que resulta de su trabajo sea efectivamente un “escrito de combate”, un texto elaborado al servicio de "la Revolución" o de "la conservación del status quo": nadie espera que las posiciones de los académicos sobre el conocimiento se traduzca en un "manifiesto político". Asumir ello implica tener muy poca confianza en la libertad del investigador o en su capacidad de autorreflexión. En el curso del trabajo intelectual emergen diversos prejuicios, algunos se fortalecen al hacerse explícitos, pero otros se confrontan, se critican, e incluso hasta se erradican, en el proceso mismo de la investigación. Cuanto más riguroso es el investigador (o el agente político), más cauto se hace en esta clase de examen racional. La crítica del objetor de la "ideologización" se torna demasiado esquemática y artificial. Es curioso que algunos partidarios de la objetividad también lo sean del determinismo ideológico.

Lo que esperamos son buenos libros, monografías y ensayos; si se destaca el compromiso político, que sea inteligente y convergente con el anhelo de verdad y el sentido crítico. Dejo aquí mi reflexión por ahora. Manrique ha señalado al final de su texto que se ocupará en seguida del problema de la realidad. Es un paso importante en esta discusión, que es necesario dar, sin dudarlo.


La imagen ha sido tomada de aquí.

martes, 2 de marzo de 2010

EL DEBATE SOBRE LA OBJETIVIDAD Y "EL ARGUMENTO DEL MUÑECO DE PAJA"



(REFLEXIONES SOBRE UN ARTÍCULO DE ALBERTO VERGARA)



Gonzalo Gamio Gehri


El debate sobre el compromiso de los intelectuales y la objetividad de las ciencias sociales ha sido llevado con cierto nivel de crispación, pese a su enorme valor conceptual. Me da la impresión de que incluso ha sido percibido por un conflicto de “bandos”: Lynch / Adrianzén / Manrique “versus” Tanaka / Dargent / Vergara. No sólo “situados” versus “objetivistas”, sino incluso “izquierdistas” versus “técnicos (supuestamente condescendientes con el status quo[1]). Creo que – pese a su relevancia teórica – este debate padece más de una confusión, y algún defecto de principio. Uno de ellos es el ‘olvido de la epistemología’ que aparece con suma claridad en el texto de Dargent: la ‘objetividad de las ciencias sociales’ no se tematiza, desciende a nivel de presuposición (¿”ideológica”?). Me ha causado bastante gracia que el Sr. Wagner Reyes me asocie extrañamente al clan de los “militantes subjetivistas”, por mis reflexiones sobre la CVR; su crítica está bastante desorientada y no cuenta con ningún asidero, ni textual ni argumentativo. No pertenezco a ninguno de estos “bandos” en esta polémica sobre las CCSS, nada más lejos de mis preocupaciones, específicamente conceptuales; en lo que a mí respecta, este debate es de interés fundamentalmente académico. Espero lograr mostrar que mi posición presenta otros matices, y tiene el único propósito de poner de manifiesto las cuestiones filosóficas que están a la base de esta polémica y que corren el riesgo de permanecer invisibles, para mal del asunto que se discute.

Alberto Vergara ha publicado en el Suplemento Domingo de La República un texto bastante duro (y muy bien escrito), titulado Si el régimen político no es de izquierda, no es democrático (o el blues de los intocables). Suena simpático lo del “blues de los intocables” - y muy agudo y rortiano el epígrafe de Leonard Cohen -, pero pasemos a los argumentos, que son lo que de veras importa en un debate. Quiero mostrar que Vergara refuerza la tesis de Dargent vinculada al tema político, pero insiste en el descuido del plano epistemológico y cae en lugares comunes que entrañan prejuicios teóricos de cierta gravedad.

Debo decir que – en el plano político – estoy de acuerdo con Dargent y Vergara: creo que tienen razón ambos al cuestionar la hipótesis compartida por Lynch y Adrianzén, de que la agenda de la transición implicaba el rechazo o la modificación del modelo económico y el cambio de rumbo hacia un modelo izquierdista democrático (véase el ácido artículo de Nicolás Lynch publicado hoy). Lynch y Adrianzén sostienen que Toledo y García traicionaron la transición al mantener la economía nacional en el curso capitalista. Lo cierto es que Toledo nunca se comprometió a cambiar el modelo, y García…bueno, a García ya lo conocemos como un consumado cultor local de la racionalidad estretègica y las alianzas ad hoc. Dargent y Vergara hacen bien en criticar esa deficiente identificación entre ‘democracia’ y ‘agenda de la izquierda (¡y del nacionalismo!)’. Agrego que yo también lamento la adhesión - a mi juicio un tanto precipitada - de estos importantes intelectuales al proyecto de Humala (que no me parece en absoluto “izquierdista”). Sólo introduciría un ligero matiz a su argumento sobre el “sueño transicional”: Toledo sí se comprometió a mantener el curso de la política interna en el cauce transicional en el ámbito político, especialmente en materia del fortalecimiento del sistema anticorrupción y de seguimiento de las recomendaciones de la CVR; sin embargo, bajo su gobierno se debilitarom considerablemente estos dos aspectos de la agenda constituida en el gobierno de Valentín Paniagua, que apuntaban – en palabras del fallecido ex presidente – a una ‘Refundación de la República’. Definitivamente, el gobierno de García se ha esforzado por desactivar lo que quedaba de esta agenda.

Mis reparos van por el nivel de la epistemología (implícita en ambos autores). Ni Dargent ni Vergara se confiesan ‘positivistas’ – si es el caso de Martín Tanaka -; sin embargo, sí se pronuncian a favor de la “objetividad” y de la “neutralidad”, conceptos que habría de empezar por definir. Considero que Dargent asume este programa de manera más moderada. No obstante, es en este punto en el que Vergara carga las tintas, y creo que se equivoca.

Vergara busca desenmascarar a los críticos de la objetividad en la ciencia social. Lo primero que hace es señalar que se hace necesario reconocer criterios no ideológicos para juzgar la calidad de los libros y las investigaciones:

“Aquí quien ha lanzado la frase clave es Nelson Manrique: Tú también tienes ideología, le ha dicho a Tanaka. Y todos han secundado esta idea de que la crítica se realiza desde alguna posición política y, por lo tanto, no se debe ir por la vida pretendiendo la “objetividad”. Pero digamos lo evidente: los libros y los artículos pueden ser deficientes o logrados, mejores o peores, independientemente de la orientación política que ellos o sus autores tengan. La posibilidad de verificar ciertos niveles de calidad objetivos es lo que permite que la academia y el debate de ideas sobrevivan. Los libros de Manrique son estupendos porque cumplen con estos estándares y no porque sean de izquierda.”

Tiene toda la razón en este punto (¿Quién podría objetarlo?). Existen ciertamente criterios universales para evaluar la excelencia en la investigación (consistencia lógica, rigor argumentativo, solidez en el manejo de fuentes empíricas y bibliográficas, originalidad, etc.). Ciertamente, nada de eso está condicionado directamente por intereses ideológicos o por proyectos políticos partidarios. Sin embargo, el texto desliza la hipótesis de que sus rivales (Lynch, Adrianzén, etc.) tienden a valorar un texto como de calidad en tanto converge con sus esquemas ideológico-políticos, es decir, si cumple con los requisitos de la “ortodoxia”. Una acusación desmesurada, evidentemente retórica, y probablemente injusta.

Es importante recordar que una cosa son los criterios de evaluación de los textos, y otra la noción de "neutralidad" y el concepto de "objetividad" a los que apela la ciencia social para explicar los fenómenos que son de su competencia. Examinemos el 'remate' del texto:

“¿Cuál es la utilidad de exigir a quienes reseñan libros que anuncien en qué equipo político juegan? Peor aún, ¿por qué asumir que todos juegan en algún proyecto político? Yo le veo una intención muy clara. Es la vía por la cual todos los argumentos valen lo mismo, todos los libros terminan reducidos a ser expresión de una ideología, todos serían expresión de unos “intereses” particulares. Se instaura el relativismo más nocivo para el conocimiento pues nadie tendría ideas o hallazgos originales sino apenas reflejos de una agenda política implícita o explícita ¿Y a quién favorecería todo este relativismo? A quienes escriben libros deficientes”.

Aquí encuentro el lado más débil del texto. Dejemos de lado la última frase (que me parece un golpe un tanto "bajo" - innecesario – contra Lynch y Adrianzén; quizá Vergara cedió a la tentación de responder ácidamente a las agrias críticas de ambos autores al modelo de la objetividad politológica). Tendría que decir dos cosas al respecto. A.- Creo que Vergara simplifica gravemente un escenario teórico mucho más rico. Parece sugerir que, o uno investiga "objetivamente" (esto es, libre del yugo de las ideologías) o uno, en el otro extremo, escribe /juzga "jugando en algún proyecto político", sacrificando el contenido del trabajo científico. Le doy la razón al defender la posibilidad de una actividad intelectual no necesariamente involucrada con un programa ideológico partidario, pero nuevamente constatamos aquí el uso impreciso del concepto de ideología. Una cosa es afirmar que todo desarrollo del pensamiento y el conocimiento está conectado con un trasfondo de categorías, experiencias, inquietudes, presuposiciones, creencias, y también intereses, e ideales (políticos y de diverso tipo), y otra muy distinta sostener que los intereses ideológicos determinan y “explican” desarrollo del pensamiento y del conocimiento. Ese determinismo craso es absurdo, y ningún investigador social con dos dedos de frente podría suscribirlo. Nuevamente, el crítico se beneficia con la peligrosa ambigüedad del término “ideología”. La mayoría de los objetores al modelo de la objetividad en este debate (p.e., claramente en Manrique) han recurrido al primer uso (una versión digamos "hermenéutica", aunque algo imprecisa), pero Vergara interpreta estas objeciones como inspiradas en el segundo (el determinista, común en los textos de divulgación marxista).

Hay que señalar que esta indeterminación y este doble juego aplicados en el uso de "ideología" no sólo están presentes en la nota de Vergara, sino en las propias interpretaciones de Lynch y de Adrianzén.

Pero allí no acaba la historia. B.- Vergara introduce el tema del “relativismo” como quien saca un as bajo la manga. Por siglos, los partidarios de diversas formas de “objetivismo” – los cientificistas, pero también los fundamentalistas religiosos, los neotomistas, los marxistas ortodoxos, etc. – se buscan un “relativista” para “refutarlo” y así reforzar retóricamente su molde de objetividad o de verdad: “si no creemos esto caemos en el relativismo”, que sugiere que “toda posición es igualmente válida”. Sin embargo, como he intentado demostrar en otro lugar[2], el “relativismo” es una posición ficticia, que nadie asume realmente, ni siquiera Protágoras. Es un muñeco de paja que construimos para caricaturizar groseramente al rival, refutarlo en dos o tres movimientos simples, y reforzar nuestra posición.

De hecho, de la tesis según la cual “todas las investigaciones están conectadas con alguna visión ideológica” (se trata de una afirmación controversial, asumámosla hipotéticamente a pesar de que no convence) no se sigue que “todos los argumentos valen lo mismo”. Podemos imaginar muchas pautas que nos podrían permitir examinar “ideologías” y distinguir entre las que pueden ser más o menos plausibles y las que son disparatadas o delirantes (consistencia interna, efectos prácticos, correlación con la experiencia, plausibilidad de su modelo político y económico, tratamiento de los individuos y de los grupos, etc.). Asimismo, el llamado Principio de lucidez apunta en esa dirección. Sería absurdo concluir que “todas las ideologías políticas valen lo mismo”. Vergara ha construido un adversario a la medida de sus críticas.

El vínculo pensamiento / “ideología” no implica la inexistencia de “ideas o hallazgos originales”, o que las ideas y hallazgos sean “apenas reflejos de una agenda política implícita o explícita”. Nuevamente, Vergara se apresura a hacer conclusiones catastróficas de manera gratuita. Sin embargo, esa estrategia resulta vana y artificiosa si lo que se busca es fortalecer la “confianza en la objetividad” (que, en este caso, se revela inevitablemente dogmática). Si se trata de combatir la “sobreideologización” –sin duda, un combate importante e interesante – necesitamos algo más que exceso de retórica.


Imagen tomada de aquí.



[1] Esta afirmación de Adrianzén aparece como declaración, sin contar con una fundamentación.

[2] Cfr. Gamio, Gonzalo “Otro fantasma recorre Europa” en Racionalidad y conflicto ético Lima, IBC-CEP 2007.

viernes, 26 de febrero de 2010

¿ADIOS A LA EPISTEMOLOGÍA?


SOBRE IDEOLOGÍA, COMPROMISO POLÍTICO Y OBJETIVIDAD CIENTÍFICA



Gonzalo Gamio Gehri


Es evidente que los debates experimentan avances y retrocesos. La discusión sobre la objetividad y las ciencias sociales, el compromiso de los intelectuales y el “fetichismo del dato” no es una excepción. He insistido en señalar que es preciso preservar el carácter epistemológico de esta polémica – en muchos blogs y en la prensa la discusión ha virado hacia el plano ideológico-político, o hacia la mera “declaración dogmática de principios” revestida de un fácil y vano sarcasmo – y he señalado el carácter maniqueo y dogmático de la oposición radical entre ‘el militante’ y el ‘científico social’. Creo que se ha avanzado en el debate (ver las últimas entradas de Martín Tanaka y el notable post de Giovanni Krahe, que ordena críticamente el debate y plantea una original propuesta de solución). Incluso se plantearon algunas reflexiones - si bien acompañadas de algunas algo erráticas e infundadas objeciones - sobre el positivismo y su vigencia. Creo que podemos seguir avanzando en la medida que el plano epistemológico y gnoseológico no termine disolviéndose en el ideológico-político. En ese sentido, la tesis “la objetividad es una quimera” tendría que ser un punto de llegada de la discusión, y no un punto de partida.

En esta clave de reflexión, me sorprende un poco el artículo del agudo politólogo Eduardo Dargent A plumazo limpio, publicado en el último número de Caretas. El nivel epistemológico de la discusión se opaca - aparentemente sin remedio - frente al nivel político. Incluso la postulación de la práctica científica aparece aquí sensiblemente "ideológica"(en tanto instrumento de legitimación discursiva). En sus últimos posts, Tanaka ha introducido matices importantes que hacen la dicotomía militante / científico mucho más compleja, pero Dargent devuelve su punto de vista hacia su formulación inicial, la postulación de una (presuntamente necesaria) oposición:

“Martín Tanaka sostiene que lo que distingue a un activista de un académico es que el primero defiende posiciones en las que cree, mientras que el segundo debe poner a prueba sus teorías y reportar sus resultados, aun cuando cuestionen sus creencias y deseos”.

He dicho en mi post anterior sobre el tema que esta lectura me parece tendenciosa y caricaturizante (de hecho, Tanaka ha tomado claramente distancia de ella). La dicotomía militante / científico social se aproxima peligrosamente a la oposición ilustrada entre el oscurantismo y la racionalidad. Según esta lectura, el activista político es simplemente presa de sus dogmas – y no puede ver más allá de ellos -; en contraste, el científico capta la realidad como es, sin mayor distorsión, y no muestra ningún temor a que su visión haga trizas sus suposiciones iniciales. El militante queda reducido así a una caricatura, como si fuese completamente incapaz de “poner a prueba sus teorías y reportar sus resultados, aun cuando cuestionen sus creencias y deseos”. Este interpretación es sencillamente ingenua, y poco rigurosa. De hecho, el político juicioso (Isaiah Berlin) sí procede de esa manera crítica, contrastando sus creencias con la experiencia. La disposición a que la experiencia supere los esquemas previos y mueva a los agentes a someter a examen sus interpretaciones y deseos atraviesa – en tanto es planteado como un principio orientador – toda la existencia humana, el principio de lucidez. Los activistas lo invocan tanto como recurren a él los científicos o cualquier ser humano que aspire a llevar una vida sensata.

Dargent sostiene que el modo correcto de abordar este interesante debate consiste en explorar sus consecuencias políticas, o, mejor dicho, examinar su “encarnación” política. “Como muchos debates en el país, creo que no avanzamos nada si no lo aterrizamos un poco”. Discrepo con él en este punto. Considero que no debemos precipitar el aterrizaje cuando el debate recién está "despegando", mostrando su núcleo propiamente filosófico, pues este núcleo corre el riesgo de perderse de vista. El autor de la nota advierte que un buen investigador puede ser un buen militante, pero añade que esa combinación no es frecuente en el Perú. “Nuestra principal patología académica es la sobreideologización”, sostiene. Agrega lo siguiente: “ofrezco como evidencia decenas de libros publicados y olvidados con los que se asumió que nuestros deseos militantes con la realidad”. Enseguida, señala que un libro reciente de Nicolás Lynch caería en tal vicio, por ejemplo, cuando le atribuye erróneamente a Toledo una agenda transicional que el ex presidente no asumió nunca.

Sospecho que la noción de ‘evidencia’ que usa Dargent en este contexto es jurídica y no “científica” en el sentido del paradigma naturalista, porque funciona aquí como un argumento ‘dialéctico’ que se esgrime para persuadir en un tribunal. No se señala a qué libros se refiere (seguramente por razones de espacio). Creo saludable sospechar de la validez de determinados juicios que retóricamente parecen inductivos , aunque no lo sean realmente[1]. Hay que agregar, además, que el caso Toledo es susceptible de múltiples interpretaciones - y como es obvio, no todas son "igualmente válidas" (2) (no voy a ocuparme de ese tema hoy, nos llevaría lejos del tema del post). Si bien Toledo afirmó que edificaría (en lo económico) "el segundo piso", también dijo - con escasa precisión conceptual, pero lo dijo - que el suyo "sería un gobierno de transición" en lo político. Aunque ciertamente el texto de Lynch carga las tintas - y lleva agua para su molino antiliberal -, no estoy seguro que la hipótesis de un Toledo que súbitamente toma distancia de la agenda transicional modificando parte de su discurso esté completamente desencaminada.

Dejemos este asunto y volvamos al argumento principal de la nota que reseñamos. La cuestión fundamental no es Toledo o la adhesión de algunos intelectuales a Humala, sino si la ciencia social puede prometer legítimamente una mirada 'objetiva' y 'neutral' (no-ideológica) de los fenómenos sociales y políticos. Este olvido de la epistemología - que detecto en el texto de Dargent, y en otros - me hace pensar que muchos científicos sociales dan por sentado que la respuesta es afirmativa, de modo que el asunto no es percibido como un problema a examinar (incluso Alberto Vergara sugiere extrañamente que los ataques a la "objetividad" se plantean desde el "relativismo" ¡Otra vez el "relativismo", usado como un muñeco de paja! no considero que su argumento tenga alguna consistencia - ya me he referido en otro post a las acusaciones de "relativismo" como meramente retóricas -: el panorama teórico se torna absolutamente pobre y artificial cuando se plantea en términos de un dilema entre "objetivismo" y "relativismo", pues se mutila gravemente la riqueza filosófica de las diversas posiciones existentes. Se trata de un síntoma más del Olvido de la Epistemología en el mundo de las ciencias sociales, situación que debe ser revertida) (3).

Lo que me parece discutible aquí es la oposición planteada entre una “mirada sobreideologizada” y la “observación científica”. Los defensores de esta oposición fundan su particular lectura del problema - creo - en la ambigüedad del concepto de ideología. No usan este concepto de un modo preciso, y no se han detenido a ofrecer una definición. Si recurren a la imagen controvertida y caricaturesca del militante como una suerte de ‘fanático religioso’ en versión secular - un individuo dominado por su ideario e intereses políticos -, entonces la oposición podría funcionar, pero esta opción conceptual resultaría poco interesante y nada seria porque se basa en una descripción claramente burda y estrecha de la noción de ideología. Si “ideología”, al contrario, es un término usado para hablar de una “visión o concepción del mundo” (Weltanschauung), es decir, el conjunto de creencias, símbolos, metáforas, intereses y conceptos que nos sirven para comprender el mundo y orientarnos en él, entonces la ilusión de construir una “visión libre de ideologías” constituye una ilusión ingenua. No podemos abstraer completamente nuestro mundo vital cuando juzgamos, valoramos, observamos, etc. No existe conocimiento sin supuestos. Por supuesto, podemos explicitar y cuestionar diacrónicamente nuestros pre-juicios (y los que asumen otros). De eso se trata el trabajo filosófico.

Precisamente, esta ambigüedad del concepto de ideología presente en esta discusión es fruto de la relativa ausencia del análisis epistemológico en nuestros debates públicos, e incluso académicos. La afirmación de cientificidad de estas disciplinas no puede convertirse en un asunto de fe; se trata de un problema filosófico de primera importancia que convoca por igual a filósofos y científicos sociales. Por desgracia, se trata de una cuestión que suele permanecer en la periferia de la conversación académica. Solemos caer en una suerte de “objetivismo ingenuo” que supone que los datos hablan por sí mismos. No es así. Los datos sólo “mandan” si contamos con una teoría bien construida que los haga “hablar” de manera articulada y persuasiva. Las teorías, a su vez, están vinculadas a un horizonte significativo (lingüístico-cultural) con el que dialogan. Suponer que el científico es el usuario privilegiado del principio de lucidez o asumir que se trata de un especialista que nos muestra los “hechos desnudos” sin mediación alguna constituye no una aspiración o una utopía, sino una presuposición infundada, altamente cuestionable.



[1] Incluso los juicios inductivos resultan problemáticos (Hume).

(2) Confundir la hermenéutica con el "relativismo" constituye una sugerencia absolutamente descabellada. Cfr. el artículo de Alberto Vergara en La República, que comentaré más adelante.

(3) La crítica política que hace Vergara al punto de vista de Lynch y Adrianzén me parece aguda e interesante; sin embargo, encuentro su argumento teórico bastante desencaminado.

sábado, 20 de febrero de 2010

COMPROMISO POLÍTICO Y CIENCIAS SOCIALES



Gonzalo Gamio Gehri



Quería retomar este tema más adelante – luego de una reflexión larga y pausada, concentrando estrictamente mi atención en la filosofía del conocimiento –, pero me ha sorprendido gratamente la discusión que se ha desencadenado en los últimos días. Me parece una gran cosa que haya podido generarse un debate epistemológico y político sobre la objetividad y las ciencias sociales. Aunque algunos textos, publicados en blogs y en la prensa, han empleado un lenguaje considerablemente endurecido y confrontacional, creo que describir esta polémica como una “gresca” en la que hay que tomar partido por razones de afinidad resulta francamente ridículo. En todo caso, de lo que se trata es de retomar el hilo argumentativo del debate, para que sea provechoso para todos.

El interlocutor principal de este intercambio es Martín Tanaka, sin duda uno de los más importantes politólogos del Perú. He dicho muchas veces que admiro su honestidad intelectual, así como su tenacidad y generosa disposición para que las razones se vayan abriendo paso incluso en momentos en que las pasiones del alma enturbian el diálogo. A pesar de que defiende una epistemología “dura” para su disciplina, Tanaka jamás cae en la pose fácil y vana de mofarse de otras corrientes de investigación social, como los “estudios culturales” y el postmodernismo, sólo porque promueven otra clase de métodos y vocabulario. Tanaka respeta a sus colegas y valora las diversas formas de conocimiento, más allá de la teoría que cultiva. Cuando polemiza, lo hace con seriedad, valorando los argumentos del oponente, sin caer en la caricatura, la frivolidad y el sarcasmo que ocultan a menudo la simple y llana carencia de buenas razones e información de calidad. Muchos de sus adversarios y adherentes en esta discusión deberían aprender de su ejemplo.

Tengo una posición en torno a este asunto. Considero que el modelo de ciencia social que suscibe Tanaka acusa una excesiva influencia del positivismo, y que eso lo lleva a asumir una idea del sujeto epistémico como un espectador imparcial privilegiado, que ha logrado trascender con éxito el lastre de su arraigo histórico-cultural y el círculo de sus intereses y presuposiciones. Me da la impresión que esa epistemología no siempre está formulada expresamente, pero se re-vela parcialmente cuando afirma que es posible y deseable separar el ser y el deber ser en el estudio del fenómeno político, cuando sugiere que debemos construir una “mirada neutral” sobre la realidad social (incluso postulada como télos), o cuando sostiene que la teoría de la rational choice constituye una perspectiva nuclear en la tradición disciplinar de la ciencia política. Creo que esta teoría – pienso, p.e., Posner y sus investigaciones en temas de justicia – simplifica gravemente los móviles que llevan a los agentes a elegir cursos de acción y asume una visión unilateral de la racionalidad. En este punto, me siento más cerca de la posición desarrollada por Nelson Manrique, que considera que el científico social es un agente inscrito en un mundo circundante intuitivo que torna más rigurosa su concepción en la medida en que es capaz de explicitar y criticar sus pre-juicios, contrastarlos con las nuevas lecturas del fenómeno estudiado, así como confrontarlos con argumentos rivales.

Prometo escribir muy pronto acerca de la cuestionable separación entre ser y deber ser (el célebre cuarto dogma del empirismo), que en gran medida es la madre del cordero en esta discusión teórica. Sólo quisiera decir algo sobre el tema de la supuesta oposición entre el científico social y el militante (o el ciudadano). El conocimiento es una práctica social, y el científico es un actor social que no pone entre paréntesis todas sus categorías, creencias y aspiraciones cuando observa / explica el mundo que lo circunda. A veces Tanaka describe al militante como un devoto fanático que no está dispuesto a sacrificar sus dogmas así contemos con explicaciones más razonables de la realidad circundante. En contraste, el científico social parece un observador libre de ideologías, entregado completamente a los “hechos”:


¿Qué distingue a los militantes y activistas de los científicos sociales? Los primeros deben dar buenas razones a favor de las causas que defienden, y desarmar argumentos contrarios a las mismas; considero que un científico social debe más bien intentar explicar por qué las cosas son como son, estar siempre abierto a que la realidad no se ajuste a sus preferencias, deseos o hipótesis, y dar cuenta de ello.”


Llama la atención el carácter maniqueo del contraste planteado. Hasta donde yo sé, todos los seres humanos tendríamos que estar dispuestos a comprender rigurosamente aquellas situaciones en las que “la realidad no se ajusta a sus preferencias, deseos o hipótesis”. Esa es una gran lección de la vida ordinaria y un principio básico para la ética (llamémoslo principio de lucidez). Recurrimos a él cuando examinamos nuestra billetera en el momento en que vamos a elegir un menú en un restaurante; también lo invocamos cuando tenemos que decidir si mantener o no nuestras creencias religiosas, o cuando meditamos acerca de si es pertinente preservar nuestros vínculos con determinadas asociaciones. Lo que quiero decir es que es un principio orientador que atraviesa nuestra existencia entera, y no sólo aquella parte de nuestra vida dedicada a la producción de conocimiento científico o a la actividad política. La realidad suele ser más amplia que nuestros esquemas (eso no significa que esa amplia realidad no sea realidad-interpretada). La descripción que Tanaka hace del militante / ciudadano puede resultar excesivamente simplificadora (ver la interesante crítica de Carlos Mejía sobre este punto).

Tanaka describe las concepciones políticas como auténticas vendas que impiden tomar contacto con la realidad, y no sistemas de pensamiento abiertos a la crítica que podrían ayudarnos a des-cubrir nuevos aspectos del mundo. La analogía religiosa – profundamente comteana – parece operar aquí, en la sombra; la cita aparentemente sugiere que la suscripción de un ideario político bloquea o pone en peligro el cuidado del principio de lucidez. Hay que agregar que esta entrega a los “hechos” (a las cosas que son como son) ha sido interpretada como una profesión de fe de cierto “conservadurismo” que se inclina ante el orden social vigente. Se trata de una insinuación fundamentalmente retórica. Para enunciar un juicio como ese (con el debido) rigor necesitamos más ‘datos’, por así decirlo. Tanaka sugiere que la ciencia política se ocupa de lo que es. Necesitamos saber si ese imperfecto “conocimiento objetivo” (dado que la objetividad es una “quimera” - véase en este blog alemán un agudo análisis de esta tesis) está al servicio de alguna forma de transformación social o si se trata de la exclusiva observación científica de lo existente.

Nada más por ahora. Volveré con lo del "ser" / “deber ser”.


Actualización:

En este post, Stanislao Maldonado me acusa de caricaturizar el positivismo. Sin embargo, su objeción tiene dos debilidades claras: 1) Olvida que lo que estoy haciendo expresamente es criticar el 'positivismo clásico' (comteano) implícito en la perspectiva de Tanaka; 2) El propio Maldonado confunde el positivismo con otras corrientes epistemológicas, como el racionalismo crítico / falsacionismo - que es antipositivista en diversos sentidos - (Karl Popper, Hans Albert, Imre Lakatos) y el cientificismo de Bunge. Estas confusiones y este evidente descuido conceptual del administrador del blog Asesinato Al Margen me llevan a pensar que es posible volver contra Maldonado su extraño argumento de la simplificación conceptual.