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viernes, 21 de agosto de 2015

APUNTES SOBRE UNA CANDIDATURA Y LA ESPERANZA POLÍTICA





Gonzalo Gamio Gehri


Es una buena noticia que Verónika Mendoza plantee su candidatura en las elecciones primarias del Frente Amplio. Es especialmente interesante que se establezca como pauta para esas elecciones que cualquier ciudadano pueda votar sin el requisito de ser un militante de aquel Frente; se sienta un precedente de democracia interna, inexistente en las demás agrupaciones, que optan por reconocer sin cuestionamiento ni espíritu de renovación “liderazgos tradicionales”, “caudillismos” o “candidaturas naturales”.

La candidatura de la actual congresista de Acción Popular / Frente Amplio tiene potencial. Se trata de una persona con una buena trayectoria política y profesional, que cuenta con un mensaje claro y bien construido, basado en la convergencia entre algunos principios democráticos y socialistas: combate de la exclusión, derechos humanos, desarrollo sostenible, prioridad de la justicia social y las libertades básicas, etc. Es reconocida como una parlamentaria juiciosa y proba. Preocupa, eso sí, que si este proceso no tiene éxito, el Congreso pierda en el quinquenio siguiente a una política valiosa. Otra fuente de preocupación es la diversidad de discursos en la Izquierda. Las credenciales democráticas de la congresista son evidentes, pero esperemos que ese ideario no se vea empañado o relativizado por los sectores más autoritarios de la izquierda peruana.  Las esperanzas políticas no son monopolio de quienes han elegido la senda de la militancia partidaria, también están presentes en quienes hemos elegido los foros de la sociedad civil como el lugar de la discusión pública y la acción cívica.

Resulta perturbadora la posibilidad de un escenario político trágico, una segunda vuelta entre Alan García y Keiko Fujimori. Muchos de nosotros quisiéramos evitar esa penosa segunda vuelta, y estamos meditando las opciones electorales para producir una segunda vuelta diferente. Tenemos que preguntarnos si la candidatura propuesta por Sembrar tiene posibilidades de fortalecerse y constituir una presencia decisiva en el proceso electoral. Es prematuro pronunciarse sobre el futuro de esta opción, más allá de las virtudes de esta candidatura.  Este es un punto crucial. Necesitamos saber si existen buenas razones para sostener nuestras esperanzas políticas en un proyecto sólido de centro izquierda para la Nación. Esperemos que sea así, (y hagamos algo al respecto).





(Aparecido en la columna virtual La periferia es el centro del diario La República)

sábado, 27 de abril de 2013

LAS IZQUIERDAS Y LA “ILUSIÓN DE LA UNIDAD”










Gonzalo Gamio Gehri

Me gustaría hacer una precisión más para completar las ideas del texto anterior. Dijimos - en diálogo con  Levitsky y otros autores - que la izquierda tendría que discernir si desarrollar una revisión crítica de su ideario para seguir el cauce democrático-liberal, en la clave del reconocimiento de derechos y la ciudadanía activa, o sucumbir a la obsesión por la unidad, que la llevaría a establecer alianzas con la izquierda más integrista, y a hacer concesiones ideológicas o sacrificar esa línea de pensamiento más próxima a una suerte de humanismo liberal. El caso de su evidente condescendencia con el chavismo va en esa dirección. Juan Carlos Tafur ha expresado una idea similar en un editorial en la Revista Velaverde. Sostiene que hoy, la derecha tiene una mayor conciencia de que las diferencias internas son útiles para producir una identidad política:

“Pues bien, hoy por hoy, en la derecha las cosas parecen algo claras. Una es la derecha mediana o plenamente liberal, y otra muy distinta la conservadora y, en particular, la denominada DBA. No hay punto de encuentro allí. Es impensable un proyecto político común. No podrían sentarse en la misma mesa partidaria Álvaro Vargas Llosa con Francisco Tudela; Lourdes Flores con Martha Chávez; o Pablo Secada con Rafael Rey. Son de derecha todos, pero las diferencias son mayores que las identidades. 

Idéntico o similar camino tendrá que recorrer la izquierda si quiere convertirse en una opción política o electoral y, sobre todo, gubernativa. Marcar los terrenos entre quienes siguen viendo paradigmas en Fidel o en el pajaritico de Hugo Chávez y quienes miran los casos de la Concertación chilena o la política interna de Lula como sus referentes”.

Estoy de acuerdo (aunque la clasificación de las derechas podría ser más estricta; no suscribo el uso de la expresión "DBA" para describir a la ultraderecha, por las mismas razones que repruebo que se use "caviar"). El apoyo a Maduro está erosionando el espíritu cívico y el buen desempeño de la izquierda y la centro-izquierda en la defensa de la institucionalidad en contra de Fujimori y su entorno. Debe entenderse que no hay regímenes autoritarios “buenos”, que su signo político no los legitima. Las cuestiones de principio no pueden ser objeto de negociación en nombre de las afinidades ideológicas o las alianzas estratégicas con un vecino poderoso. El trasfondo moral de la lucha contra el autoritarismo se ve golpeado por la incoherencia de la propia izquierda.

El ejemplo de la Concertación (Bachelet y Lagos) muestra una senda liberal consistente y clara, en el sentido que hemos estado discutiendo. No obstante, tomar en serio esta senda implica cultivar una sensibilidad democrática y constitucional que nuestra izquierda no parece haber interiorizado sin resistencias. La tentación del continuismo y el apoyo al régimen chavista así parecen atestiguarlo. Se hace necesario un honesto examen de conciencia (ética y política) en esta materia para asumir el rumbo de un espíritu realmente democrático, más allá de la debatible “ilusión de la unidad”.

domingo, 21 de abril de 2013

SOBRE LOS CAMINOS DE LA IZQUIERDA






Gonzalo Gamio Gehri

Steven Levitsky publicó en La República el artículo Dilemas para la Izquierda, en el que plantea las dificultades que tendría que afrontar una izquierda peruana institucionalmente debilitada, sumida en una crisis de identidad, batallando en medio de un electorado conservador como el de Lima. No voy a detenerme a examinar si las situaciones que describe Levitsky son formalmente dilemáticas. Quisiera discutir algunas de las posibilidades bosquejadas al final de su texto.
El columnista precisa que la izquierda tendrá que discernir acerca de su propia identidad a la vez que innovar - en el orden de sus programas ideológicos y en el de su organización -  para posicionarse en el espacio político, recuperar su conexión con la población, definir una estrategia para convertirse en una alternativa de gobierno o conformar un grupo con una presencia relevante en el Congreso. Tiene que revisar sus fundamentos, elegir si retomar el camino de Izquierda Unida o si asumirá el de una Izquierda con un perfil más liberal, humanista o tal vez socialdemócrata.
“No hay salida fácil. La izquierda tendrá que innovar. Reconstruir una Izquierda Unida (ahora llamado Frente Amplio) es, probablemente, un sueño. Pero quizás está bien. Muchas veces, la innovación surge de múltiples experimentos.    Uno de estos experimentos será una izquierda más liberal o social democrática –una izquierda que promueve la igualdad y la expansión de los derechos sociales dentro de una economía de mercado–.”
Una izquierda liberal (quizá en el registro de Dewey, Rawls, Sen o Walzer) es, sin duda, una vía posible para que la izquierda de cuenta del proceso de autoexamen que debió afrontar luego de la caída del muro de Berlín. És un camino posible - que encuentro cercano -, no es el único. El trabajo sobre los temas de ciudadanía, derechos humanos y pluralismo (que el marxismo ortodoxo siempre encontró sospechosos) constituye un avance en esta dirección, aunque la izquierda política local nunca se propuso explícitamente desarrollar una revisión teórica detallada; esa tarea ha sido parcialmente acometida desde espacios intelectuales. La dicotomía estructura / superestructura, el determinismo de clase, el dogmatismo del curso lineal de la historia e incluso el recurso a la violencia revolucionaria siguen siendo elementos ideológicos recurrentes en la mayoría de grupos que se reclaman como izquierdistas, pese a que resultan problemáticos en la perspectiva de la teoría social y el pensamiento político. La condescendencia de algunos movimientos con el uso de la fuerza o con esquemas autocráticos (piénsese, sin ir muy lejos, en la penosa actitud frente a las recientes y malogradas elecciones en Venezuela) resulta a todas luces inaceptable desde un enfoque democrático. En general, se necesita tanto una derecha liberal como una izquierda moderna, formaciones políticas que rechacen toda forma de autoritarismo e integrismo.
La renovación de la izquierda en una clave humanista o liberal permitiría rescatar el motivo programático socialista que gira en torno de la crítica de la alienación (en la economía y la política) y el énfasis en la justicia distributiva, a la vez que incorporar el tema del reconocimiento cultural y de género, y las políticas de memoria. El “lenguaje de los derechos” y la preocupación por la construcción de la ciudadanía aportan un nuevo horizonte conceptual que permite someter a crítica ese integrismo materialista, así como purificar el discurso progresista del viejo dogmatismo de la ortodoxia marxista. El pensamiento progresista manifiesta así una mayor apertura a consideraciones “postmaterialistas” que los nuevos movimientos políticos ponen en la agenda de discusión. Se trata asimismo de plantear un cambio radical en el terreno de la acción, pues esta nueva perspectiva apunta a fortalecer el compromiso cívico con la vida democrática y con los cimientos del Estado de derecho. La izquierda más dura alegará que este enfoque toma excesiva distancia del ideario marxista, que incorpora en lo teórico una serie de referentes “clásicos” (la agencia política, lo público, las libertades positivas, etc.), y que, en la práctica, acerca el programa izquierdista al programa  de la “alianza paniaguista” que el propio Levitsky ha descrito en algunas de sus columnas anteriores, una alianza que recupere el programa de la transición del año 2000. En lo particular, considero que ninguna de estas objeciones debilita el argumento de que esta posible dirección de una izquierda reformulada podría revitalizar la causa de la justicia social en el Perú. De hecho, pienso que – más allá de las necesidades internas de los movimientos de izquierda – recuperar la agenda de la transición en materia de lucha contra la corrupción y la vindicación de los derechos humanos constituye una prioridad. Necesitamos una izquierda realmente comprometida con la democracia, tanto con sus procedimientos como con su dimensión participativa.
El autor se pregunta si una izquierda liberal o humanista estaría inmersa en el juego político que le plantea la derecha, si sería la expresión de una izquierda hecha a la medida de las necesidades del ideario conservador.
Rechazar esa izquierda como “la izquierda que tanto necesita la derecha” es, además de infantil, falso. La derecha dura ha sido clara (y nunca más clara que en la revocatoria): no quiere una izquierda liberal o moderada. Quiere una izquierda muerta. Y hoy en día parece tenerla”.
Este es un asunto discutible. Para algunos, la derecha prefiere una izquierda menos radical, que haya renunciado a su proyecto revolucionario, centrado en la superación definitiva del capitalismo en una sociedad comunista. Para otros, ella anhela una izquierda que permanezca en el esquema decimonónico del determinismo histórico y la ideología de clase, una perspectiva que alegremente ceda a la derecha el tema de la democracia y las libertades individuales. Lo que parece cierto es que un sector de la derecha conservadora quiere una izquierda muerta y sepultada.  La izquierda liberal le parece una versión edulcorada (o encubierta) del comunismo marxista. Recordemos el categórico escrito de Vásquez Kunze publicado hace algún tiempo, en el que el periodista señalaba que votaba “Sí” en la revocatoria no por alguna objeción puntual a la gestión municipal, sino fundamentalmente porque rechazaba de plano la concepción izquierdista del mundo, así como “la “institucionalización” de una “ciudadanía” “construida” con sus desechos ideológicos”. O evoquemos las patéticas notas de Santivañez, en las que acostumbra estigmatizar el pensamiento progresista sin ofrecer un solo argumento. Por supuesto, esta clase de cuestionamientos tendrían que ser materia de discusión política.

Cierta derecha cree que la izquierda ha muerto en el plano político y en el ámbito electoral. Desliza la idea de que sólo se presenta fuerte en las instituciones de la sociedad civil y en algunas organizaciones radicales que actúan en las zonas más conflictivas del país. Sugiere que hace tiempo que no produce ningún pensamiento novedoso o relevante. Estas afirmaciones revelan falsas suposiciones, medias verdades o evidentes prejuicios. Corresponde a la izquierda salir de su letargo ideológico y demostrar que esto no es así. En lugar de preguntarse qué clase de izquierda resulta funcional a la reductiva estigmatización conservadora, los movimientos de izquierda tendrían que indagar qué tipo de derrotero intelectual y político pretenden asumir y si éste responde o no a las exigencias de justicia y libertad de la sociedad peruana.

sábado, 13 de noviembre de 2010

RENOVANDO IDEAS







RENOVANDO IDEAS

JÓVENES CONSERVADORES Y JÓVENES IZQUIERDISTAS



Gonzalo Gamio Gehri



Me propongo ahora examinar un tema que compromete radicalmente nuestras esperanzas y aspiraciones en torno al futuro de nuestra vida en común. Renovar la política constituye una aspiración digna de elogio, qué duda cabe. La renovación de la política evoca no solamente la crítica y la reforma de las prácticas asociadas con la política corriente, o la configuración de un nuevo estilo de vida para los agentes políticos, sino también la transformación de las ideas que acompañan y a veces orientan (o esclarecen) el curso de la acción política. No es posible renovar la política sin remover el campo de las ideas.

A pesar del natural escepticismo que los interesados en el tema asumen cuando dirigen la mirada sobre nuestra decrépita y convulsionada escena política – movimientos políticos con un exclusivo interés electoral, caudillismo, nula discusión ideológica, etc. -, es posible percibir entre la juventud, tanto en el campus como en la blogósfera, un creciente entusiasmo por pensar la política desde sus raíces e intervenir de una manera intelectualmente vivaz en el mundo de la política. La reflexión sobre la política no es vista más como una herramienta retórica que acompaña la mera “administración de las cosas” o como vana “superestructura ideológica”, sino como el lugar en el que se pone de manifiesto la inteligibilidad de nuestras acciones y el sentido mismo de lo político. Se trata de examinar y dejar atrás los viejos dogmas y slogans vacíos y de enfrentar una realidad que se resiste a adaptarse a los moldes de antaño.

Creo que se está haciendo un trabajo interesante – aunque estos esfuerzos permanezcan en una situación de aislamiento, y no guarden conexión con las fuerzas políticas existentes (quizás no tendría mayor sentido establecer dichas conexiones, dado el estado de precariedad de nuestras agrupaciones políticas, y su evidente desinterés por los fundamentos) -, tanto entre los llamados “neo-conservadores” como entre los “jóvenes izquierdistas”. Los primeros están abandonando los esquemas tradicionales de una “cosmología moral y política” de tipo confesional, los segundos procuran sacudirse del yugo del marxismo ortodoxo. Ambas formas de liberación conceptual constituyen batallas decisivas para renovar realmente la política desde y con el pensamiento.

Los nuevos conservadores están tomando una clara distancia racional de la postura “reaccionaria”, que encontraba en el proyecto de cristiandad su fuente de inspiración primaria. La vigencia del Estado confesional católico, y aún el recurso a la Fuerza Armada como “actor político” puntual, sujeto de un singular “destino”, artífice (y también verdugo) de gobiernos y caudillos. En una visión completamente distinta, dirigen hoy su atención al análisis del funcionamiento y la calidad de las instituciones, siguiendo en parte la tesis hegeliana de que la eticidad (Sittlichkeit), el sistema de instituciones como mundo ético, constituye el ser-ahí de la voluntad libre.

Los jóvenes izquierdistas han roto con el estrecho catecismo secular del materialismo histórico y el materialismo dialéctico; han afrontado una forma de conversión moral hacia las causas democráticas. Han encontrado en el corazón de la ética liberal (derechos humanos, justicia distributiva, participación cívica, libertades políticas) la matriz espiritual para el cuestionamiento de los viejos dogmas. Ha abandonado el ideal revolucionario – por su potencial violento y excluyente – en nombre del camino de las reformas democráticas. Ha superado la referencia retórica al “pueblo” por la invocación pluralista a la ciudadanía y a su capacidad de deliberación. Un gran cambio, motivado por la meditación sostenida en torno a los sucesos de 1989. Este peculiar giro teórico y político puede ser interpretado desde canteras hegelianas, en términos de la atención a la dinámica del reconocimiento (particularmente en materia de interculturalidad, género e inclusión social y política). En uno y otro caso, esta lectura de Hegel precisa de una encarnación en nuestro mundo circundante intuitivo.

Es desde todo punto de vista saludable esta vocación de cambio, aunque éste opere todavía en contados espacios, especialmente en la Academia y no haya asumido todavía algún rostro político claramente definido; nuestro sistema político todavía cuenta con grupos que representan a una derecha y a una izquierda francamente cavernarias. No obstante, esta interesante renovación intelectual podría asumir una encarnación puntual en el futuro.

lunes, 27 de septiembre de 2010

CONCEPCIONES POLÍTICAS Y PROBLEMAS CON EL PLURALISMO




Gonzalo Gamio Gehri


I



En el post anterior señalaba que las dos versiones rivales de nuestra derecha criolla – rivales en el concepto, pero estratégicamente aliadas en la arena política – se llevaban bastante mal con la democracia. Los mercantilistas y los reaccionarios coquetean de manera impenitente con el autoritarismo. Se hace necesaria la formación de una derecha moderna y democrática, creyente en el institucionalismo y en la economía de mercado, pero también en los derechos humanos y en el control democrático del poder. Esa clase de “derecha” no habita en los partidos existentes, acaso en ciertos espacios de prensa y de la cultura (Vargas Llosa, De Soto, Álvarez Rodrich, Salinas).

¿Qué sucede con la izquierda? Contamos con un sector de la izquierda vinculado con la socialdemocracia, que ha apostado por procesar de a pocos las lecciones de 1989, que hoy habla de humanismo cívico, de procedimientos democráticos, de reconocimiento de la diversidad cultural y de género, de derechos humanos, principios plurales de justicia distributiva y de desarrollo humano centrado en las capacidades. Esa izquierda ha aprendido de la herencia liberal y ha desterrado los viejos slogans del marxismo ortodoxo. Ha desmontado el viejo esquema estructura / superestructura, para dejar un espacio de libertad a la vida del intelecto y de la cultura. En algunos casos, ha descubierto – a partir de una lectura reflexiva del Evangelio y de los textos proféticos – que la religión puede ser liberadora y no causa de alienación. Considera que el recurso a las formas de vida democrática no constituye un instrumento para la captura del poder, sino que ellas pueden ponerse de manifiesto como un horizonte de libertad y realización humanas. Es saludablemente reformista, y no "revolucionaria". Esa izquierda moderna y democrática sí me convence, por su posible convergencia conceptual con propósitos liberales y pluralistas. Lamentablemente, ella habita contados espacios políticos, más bien su lugar de desarrollo es casi exclusivamente la academia y algunas instituciones de la sociedad civil.

La otra izquierda – mayoritaria en nuestro espacio político – es ortodoxa y radical. No se ha reexaminado a la luz de los sucesos que acabaron con el Muro de Berlín. Sigue pensando en que la Historia Universal está regida por leyes, y que – esto es penoso e inaceptable - la violencia constituye un medio “legítimo” para emancipar a las víctimas de la injusticia. Se pierde en debates cargados de dogmas acerca de si están dadas las “condiciones objetivas” para llevar a cabo la "Revoluvción". Esa izquierda ve en los mecanismos representativos de la democracia liberal la ocasión para introducir una agenda caduca. No le mortifica aliarse con los “etno-nacionalismos”, puesto que la consistencia teórica no es una de sus prioridades. Esta es la izquierda que habita en los viejos partidos legales de inspiración integrista. Una izquierda arcaica y funesta.

La izquierda democrática no ha logrado una representación parlamentaria, pero ha cobrado fuerza a partir del liderazgo de Susana Villarán como candidata a la alcaldía de Lima. Es una candidatura que yo veo con simpatía – la he escuchado y conozco a muchos de sus técnicos - y que en principio pienso apoyar el domingo; Sin embargo, confieso que me preocupa que algunos elementos de la vieja izquierda legal la acompañen. Creo que son elementos que han sido sobredimensionados por la prensa conservadora - tengo entendido que de 39 regidores, sólo tres son del MNI -, pero no es menos cierto que la candidatura de Susana Villarán no necesita de tales aliados, que ellos no aportan a su proyecto en lo práctico ni en lo ideológico: de hecho, contribuyen a minar su discurso. Esa compañía no contribuye a la necesaria renovación de la izquierda - renovación que la propia Villarán y otros han alentado con entusiasmo -, a pesar de que esta candidatura me parece digna de respaldo y que es impresionante la fuerza que ella ha asumido en corto tiempo. Necesitamos una izquierda y una derecha pluralistas, dispuestas a dialogar y a encontrar focos de consenso frente al diseño de políticas e instituciones genuinamente democráticas. Es el dogmatismo y la disposición a la violencia contra el que piensa diferente lo que enturbia nuestra escena política, en las dos orillas del espacio ideológico político, tanto en la derecha como en la izquierda.


II


Ayer en el Suplemento Domingo de La República, Eduardo Dargent publicó La conjura del genio, un agudo artículo en el que desenmascara el espíritu y proceder de Aldo Mariátegui al frente de Correo. El texto es valiente y posee calidad argumentativa. Pone de manifiesto cómo Mariátegui estigmatiza a quien piensa diferente – una actitud evidentemente antiliberal - , y se sirve del insulto como método para lograr una extraña e irreal “refutación”. La verdad y los argumentos no le interesan en demasía.

Hoy – como era de esperarse – Mariátegui contesta a Dargent, con una nota repleta de agravios y de falacias claramente identificables. Defiendes tus frejoles, señala, Te aferras a tus cargos, adulas a tus maestros, entre otras expresiones insultantes cargadas de estereotipos y de veneno en cantidades industriales. Mi solidaridad con el colega y el amigo por estos innobles ataques. No obstante, a mi juicio, Dargent no debería inquietarse con la “réplica” de Mariátegui, pues ha probado los dos puntos de su acertada crítica. Efectivamente, el director de Correo ha convertido ese diario en una extensión de su columna, contraviniendo los preceptos de la ética periodística, y degrada sistemáticamente el nivel de la discusión en la esfera pública. Quien lea la destemplada columna de hoy en Correo comprobará que Dargent tiene toda la razón.


La imagen viene de aquí.


miércoles, 1 de septiembre de 2010

¿QUIÉN (DIJO QUE) ERA LIBERAL?



Gonzalo Gamio Gehri


Sorprenden los dos últimos editoriales de Correo. No por la cuestionada calidad de sus argumentos, sino por lo reveladores que son, pues ponen de manifiesto los espantosos prejuicios de su autor. Se explica porqué es el “líder de opinión” más querido por quienes cultivan el conservadurismo político de corte autoritario y el militarismo, los religiosos ultramontanos "reaccionarios", los fujimoristas nostálgicos, los predicadores de Facebook contra los derechos humanos, etc. Probablemente estas dos notas muestran de un modo particularmente cristalino el antiliberalismo del autor.

Las dos columnas han sido escritas contra la candidatura de Susana Villarán, que está consolidándose en las dos últimas semanas. Aunque está en un segundo lugar, a cierto sector de la opinión pública le aterra la posibilidad de que Villarán se convierta en alcaldesa de Lima (paradójicamente, ese pánico refuerza su posición y legítimas pretensiones políticas). Inicialmente, Villarán era blanco de bromas generadas desde ese diario inspiradas en el improvisado rótulo “caviar”. Se la sindicaba como izquierdista Light, como una lideresa de una izquierda que había abandonado la seriedad del marxismo para abrazar “causas cívicas”, consideraciones ecológicas, etc. Ahora, cuando la campaña arrecia, han cambiado la estrategia: se la acusa de cavernaria, marxista “premoderna”, supuestamente próxima a los sectores pro-subversivos. Quien lea Correo con frecuencia podrá detectar el cambio de discurso con precisión.

En la columna del 31, el periodista se lamenta con cierta desesperación de que un segmento del “sector A” tenga pensado votar por Villarán. Primero se apela al viejo argumento (‘comunista’) de la “conciencia de clase”: el 'sector A' no debería votar contra sus intereses (de clase), pues sería un “voto suicida”. Luego intenta “explicar” esa actitud “argumentando” (en realidad, no ofrece ninguna prueba para sustentar sus "intuiciones") que ese sector acomodado de la población ha practicado la endogamia, que se han reproducido entre ellos, generando una serie de “taras” físicas y mentales (por eso describe ofensivamente a ese grupo como “el otro electarado”). Es decir, pretende “explicar” una posición política que no comparte invocando espurias hipótesis “biológicas”. La presunta victoria final de la materia sobre el espíritu. Esta clase de discurso ligero, infundado y agresivo resulta no sólo cuestionable, sino francamente irresponsable y de una mala fe infame. Estas opiniones suyas han sido calificadas como racistas; Gustavo Faverón las ha identificado con el punto de vista de una especie de Goebbles inarticulado. Las penosas consideraciones "genéticas" de Mariátegui son torpes y malintencionadas. Sea como sea, no se trata de una interpretación que calce - para nada - con los principios del liberalismo político.

En la nota de hoy, el director de Correo intenta sostener que Villarán es una radical que levanta el puño como Abimael Guzmán. Así de simple y de invertebrada es su "idea". Ni una palabra sobre su plan para Lima (descalifica sus ideas, pero no dedica ni una línea a exponer su crítica). Su posición ha sido descrita con razón como macartista, pues apunta a descalificar a Villarán etiquetándola como “izquierdista”, incluso intentando mezclarla maliciosamente con grupos vinculados a la subversión. Pretende que imponerle el rótulo bastará para descartar su candidatura como una alternativa política con sentido. La trayectoria de Villarán revela su compromiso con la paz y los derechos humanos, no tiene sentido intentar erosionar su candidatura apelando a ese tipo de murmuraciones, que ensombrecen esta campaña. Del mismo modo, animalizar a quien discrepa constituye una argucia malsana que nada tiene que ver con la deliberación liberal. Olvida Mariátegui que el liberalismo político intenta configurar un espacio público en el que estén presentes todas las ideologías y concepciones de la vida (“doctrinas comprensivas”) que suscriban una concepción política de la justicia fundada en los principios del estado constitucional de derecho (incluidos los derechos humanos y las libertades públicas). Quedan excluidos aquellos grupos que predican la violencia como método para la captura - o la preservación - del poder. En ese sentido, realmente se sitúan fuera del juego democrático tanto la extrema izquierda como la extrema derecha. Si lo que el autor busca es confrontar a Susana Villarán, que recurra a otra estrategia, que discuta su programa. En lugar de intentar atemorizar a la población con el "cuco socialista", debería examinar las ideas y las propuestas. El antiliberalismo de sus últimas notas se divisa desde lejos.

lunes, 9 de noviembre de 2009

EL MURO Y LA IZQUIERDA. ALGUNOS RECUERDOS DE 1989


Gonzalo Gamio Gehri


Por estas fechas recordamos la caída del tristemente célebre Muro de Berlín y el fin del “socialismo realmente existente”. Definitivamente, se trata del hecho que marcó con mayor intensidad a mi generación. El bloque del este se resquebrajaba precisamente en tiempos en los que yo ingresaba a la PUCP. A los jóvenes que estudiábamos en la universidad por aquellos años nadie tenía que instruirnos acerca de lo que significaba una ‘crisis de paradigmas’. Era lo que prácticamente se respiraba en el aire.

Nunca fui marxista, aunque disfrutaba leyendo a Marx, sobre todo el Marx joven de los Manuscritos; como leí tiempo después la Fenomenología del Espíritu de Hegel y La Condición Humana de Arendt, leía a Marx y a los suyos como a una especie de “rivales intelectuales” a quienes uno respeta, pero procura refutar buscando sutiles argumentos. El presunto “materialismo” marxista no me resultaba para nada atractivo. Entonces yo era una suerte de ‘socialdemócrata’, un ‘izquierdista cristiano’ merced a mis lecturas, a mis propias intuiciones y a mi percepción del escenario político del momento. Izquierda Unida era la segunda fuerza política, el APRA estaba por culminar su armagedónico primer gobierno, y Mario Vargas Llosa concretaba su candidatura concertando una más que discutible alianza con la derecha tradicional. Algunos ya proclamaban la victoria final del capitalismo, aunque Fukuyama todavía no publicaba El fin de la historia.

Interpretaba la “crisis del socialismo” como un signo de los tiempos, una circunstancia única e interesante para repensar los ideales de justicia y solidaridad sin renunciar a ellos. El dogmatismo me disgustaba, tanto en los cristianos conservadores como en los representantes estudiantiles de la izquierda partidarizada. Veía a los estudiantes izquierdistas con mayor vocación académica examinar sus propios planteamientos (por ejemplo, el cuestionamiento de la centralidad de la categoría identitaria “clase”, en desmedro de la “cultura”, el “género” y otras dimensiones de una identidad multidimensionalidad). Sin embargo, no observaba en la mayoría de los dirigentes estudiantiles de izquierda en las universidades públicas y privadas de Lima (los que “hacían política”) la menor disposición a relativizar o cuestionar el propio discurso ideológico. Tampoco muchos políticos de izquierda (particularmente los más radicales, los que contribuyeron a acabar con IU poco tiempo después) hacían lo propio. Muchos jóvenes independientes - y también muchos militantes - considerábamos que esa tarea crítica (y autocrítica) era urgente, que había que reconocer no sólo los errores y ese peligroso pathos fundamentalista, sino especialmente las injusticias. No me refiero solamente a la identificación de las evidentes debilidades del capitalismo de Estado propio del bloque soviético - el caballo de batalla de los 'censores' entonces -, o a los desencuentros entre la obra de Marx y el punto de vista de los “marxistas”. Pienso también en la doctrina del “partido único” y la criminalización de la discrepancia. No en vano parte del cuestionamiento de los disidentes del régimen comunista en occidente se expresaba en la búsqueda de “espacios de sociedad civil” que permitieran garantizar la pluralidad de voces en la arena cívica[1]. Las atrocidades del estalinismo o la supresión de las libertades en Cuba no eran denunciadas con la debida severidad.

No se trataba, pues, de que la izquierda se "adaptara" a los tiempos de cambio, o que asimilara estratégicamente una "agenda abierta". Se necesitaba - se necesita - asumir un proceso de examen de su aparato conceptual e imaginarios, para lograr una auténtica renovación y refundación. Eso exige una comprensión real de la experiencia de los sucesos de 1989. Pasados veinte años de la caída del comunismo, debo decir que todavía la izquierda no ha digerido del todo bien este proceso. En el Perú, existe un amplio sector de la izquierda - el más 'radical' - que mantiene el mismo discurso dogmático "duro" y las mismas consignas cavernarias del ayer (incluso no ha zanjado posiciones con quienes todavía invocan la violencia como "método" para el logro del poder), y que ni siquiera ha conseguido renovar la cúpula que la dirige; sus coqueteos con el Partido Nacionalista revelan su talante oportunista. El sector de la izquierda peruana que ha intentado reformular explícitamente sus cimientos ideológicos – incorporando en su agenda política los temas de Derechos Humanos, diversidad cultural y género, por ejemplo -, ha descuidado el denominado trabajo “de base”, no ha logrado echar raíces en los movimientos populares, y ha sufrido verdaderos descalabros electorales. Será motivo de otro post examinar las causas de este fenómeno (pues no es suficiente aludir a la estigmatización del pensamiento de izquierda fruto de lo vivido en los años del conflicto arnmado). No se trata solamente de "cuestiones de liderazgo" - como algunos analistas señalan - sino de la elaboración de una propuesta política articulada. Después de dos décadas, es lamentable constatar que los partidos de la izquierda peruana no han logrado aún renovarse y convertirse realmente en una alternativa democrática, madura y responsable. Hasta donde podemos ver no se ha profundizado lu suficiente en esta crisis de paradigmas’ para extraer las lecciones pertinentes.



[1] .Cfr. Taylor, Charles “Invocar a la sociedad civil” en: Argumentos filosóficos Barcelona Paidós 1997; pp.296 y ss.

martes, 23 de septiembre de 2008

REFLEXIONES PERSONALES SOBRE MARX Y EL MARXISMO






CONSIDERACIONES CRÍTICAS


Gonzalo Gamio Gehri

Siempre admiré la pluma osada de Kart Marx, su implacable espíritu crítico y su interés por conectar los temas políticos con los de la cultura y la economía. Su compleja descripción crítica del ‘trabajo enajenado’ en los Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Su denuncia del sistema laboral deshumanizante en las fábricas de la Europa del siglo XIX, en la que los obreros – incluidos muchos niños – eran encadenados a las máquinas, y morían contaminados por el humo del carbón (Charles Dickens desarrolla una perspectiva crítica similar desde la literatura). Su esperanza por la llegada de un día en la que todos los hombres pudieran repartir simétricamente el tiempo dedicado al trabajo, al ocio, y a la actividad intelectual y espiritual. Su corrosivo escepticismo frente a los activistas que querían convertir su filosofía en una doctrina, en una caricatura (al punto que uno puede sostener sin problemas que Marx no era "marxista"). Siempre me quedé con el joven Marx, el más hegeliano, el más humanista.

Pero nunca me consideré un discípulo de Marx, y mucho menos un marxista. Leí con interés su obra – algo que muchos de sus críticos, y no pocos marxistas no han hecho -, y siempre abrigué la fundada esperanza de que muchas de sus observaciones sobre la cultura y sobre la filosofía podían ser contestadas desde Aristóteles y Hegel. Consideraba, y considero, que su “materialismo” podía ser cuestionado tomando como eje las primeras figuras de la Fenomenología del espíritu. Pensaba que constituye una contradicción fundar el conocimiento histórico en la observación de los 'hechos' – “lo que los hombres hacen” – y postular simultáneamente una concepción “dialéctica” de la historia. Que la categoría “conciencia de clase” era desmedidamente reductiva, y que la dicotomía estructura económica / superestructura ideológica transmitía la idea errónea de que los fenómenos culturales, morales y políticos no tenían vida propia, y constituían efectos de las relaciones económicas. Que la religión era un mero anestésico social, y que el ‘proletariado’ era un sujeto epistemológico privilegiado. En todo esto encontraba convicciones conceptualmente cuestionables. Por supuesto, explicar en detalle estos cuestionamientos requiere de mayor espacio del que dispongo aquí. Sin embargo, me esforcé siempre en conectar mis críticas con una lectura atenta de los textos. Lo que resulta patético es que muchos activistas que rinden culto a la personalidad de Marx y muchos de los "censores" que lo tratan como el gestor de los mayores males no conocen sus escritos. No se puede cuestionar un punto de vista sin conocimiento de causa. Esta es una regla fundamental de la vida intelectual. El debate sobre Marx y el marxismo no debe convertirse un duelo de ignorantes que confrontan sus fobias y sus slogans.

Tampoco compartía la tesis de la necesidad de una ‘salida revolucionaria’ para los problemas estructurales de la sociedad. Siempre he considerado que la violencia es antipolítica - e inaceptable desde un punto de vista moral -, como método para el cambio social. Siempre consideré que los cambios sociales y políticos debían ser fruto de reformas y consensos, y que una perspectiva progresista debía promover la inclusión de todos los ciudadanos en el espacio de las deliberaciones y decisiones públicas. No es casualidad que postmarxistas como Habermas, Fraser y Zizek hayan rechazado el determinismo económico, la pretensión de conocer la "racionalidad del curso de la historia" y la tolerancia frente a la violencia de Marx, y hayan denunciado el dogmatismo de las versiones leninista, estalinista y maoísta del marxismo. De hecho, se quedaban con una reinterpretación crítica de Marx, y rechazaban el marxismo. Las ideologías que exigen una militancia que tiende a ser irreflexiva está reñidas con la filosofía y el pensamiento crítico. Yo siempre preferí al joven Hegel - aunque aprecié muchísimo la lectura crítica de Marx -, y consideré que el pensamiento izquierdista debía trascender incluso a Marx. No se trataba solamente de procesar los sucesos de 1989: era necesario rexaminar y reformular radicalmente los cimientos ético-políticos del imaginario progresista. Eso me llevó al liberalismo de izquierda: a Sen, a Walzer, a Rawls y también a Nussbaum.

Muchas de las críticas del joven Marx – el de los Manuscritos económico-filosóficos - a los desarrollos del capitalismo son de utilidad para comprender los niveles de inhumanidad de una concepción económica divorciada de la moral y la política: pueden ser reinterpretadas en una perspectiva humanista. En mi modesta opinión, allí encontraremos parte del legado de Marx. Es probable que no era eso lo que el tenía en mente cuando pensaba en el efecto futuro de su pensamiento. Debemos rechazar firmemente su invocación a una revolución violenta (concebida como un "imperativo categórico" según uno de sus escritos tempranos), su propuesta para una sociedad futura, su epistemología - pues las anima una impronta que podríamos considerar totalitaria -, pero saber apreciar su energía crítica. El pathos de una revolución en el sentido de Marx no cabe en el contexto de la cultura moderna de los Derechos Humanos. No obstante, esa energía intelectual sí podría tener un espacio en una sociedad democrática.

miércoles, 16 de mayo de 2007

ENTRE LIBERALISMO Y SOCIALISMO

Reflexiones políticas



Gonzalo Gamio Gehri


Hace dos días, Martín Tanaka ha comentado – con la generosidad y la agudeza que lo caracteriza – la última entrada de mi blog, ¿Qué clase de ‘cultura liberal’ pretendemos defender? En la que reflexionaba en torno a los conflictos teóricos y prácticos que plantea la suscripción de la cultura de las ideas. Agradezco profundamente los comentarios de Martín sobre este blog (que ha sido diseñado pensando en el importante aporte que Virtú e Fortuna brinda al debate público). Creo que la filosofía sólo tiene sentido como disciplina intelectual si entra en diálogo con las preocupaciones y conflictos que afrontamos día a día en el mundo ordinario. Si no examinamos los nudos de nuestra experiencia – como individuos y miembros de comunidades e instituciones concretas -, entonces la filosofía corre el riesgo de convertirse en un vano juego de abstracciones. Los problemas centrales de la teoría política, la ética, la epistemología y la ontología se remiten al horizonte de nuestra vida concreta, de un modo o de otro.

Martín ha señalado el “doble problema” que a nivel político plantea la posibilidad de un liberalismo de izquierda, que ha descrito acertadamente como un proyecto socialdemócrata. Ha dado precisamente el paso que yo me había trazado dar después de esas breves reflexiones mías sobre los conflictos teóricos que tiene que enfrentar quien pretende conciliar liberalismo y socialismo. Se trata de afrontar: 1) el hecho de que no exista una tradición liberal en el país; 2) la intransigencia de muchos sectores de la izquierda respecto de principios liberales como la preservación del Estado de Derecho o incluso la defensa de los derechos humanos (el caso que cuenta Martín sobre IU y el fujimorismo resulta profundamente aleccionador en torno a este punto).

1) Considero fundamental denunciar el profundo "déficit" de liberalismo con el que contamos no sólo en las canteras políticas, sino también en las comuinidades académicas. A menudo lo que tenemos son conservadores políticos y religiosos - muchos de ellos han tenido una lamentable participación avalando el autoritarismo de Fujimori o promoviendo la campaña difamatoria contra la CVR desde medios de prensa (o escribiendo pafletos infames como El trigo y la cizaña) -, o suscriptores acríticos del libre mercado (cercanos muchas veces al autoritarismo político). Unos y otros a menudo se ponen la máscara "liberal" para defender posiciones en el juego de fuerzas político. Las declaraciones editoriales de Expreso y Correo acerca de los casos de las ONGs y El Ojo que llora revelan con nitidez sus auténticas creencias en torno a la libertad de asociación y el universalismo de los derechos humanos. La crítica de estos falsos liberales resulta tan relevante como el trabajo académico y político de construir foros liberales de diverso cuño.

2) Es posible que todavía exista una izquierda renuente a valorar la cultura liberal - aquella que califica la división de poderes o el ethos ciudadano como "superestructura" o que sindica los derechos humanos como una "mera construcción burguesa". Será difícil dialogar con una izquierda rancia, que todavía sueña con conocer "las leyes inexorables de la historia". Pero también existe otra izquierda, más democrática, que ha aprendido de la debacle del bloque del Este, y que luchó por la democracia contra el fujimorato. Ella ha aprendido a revisar críticamente sus convicciones, y ha desechado en parte sus dogmas. Con esa izquierda sí se puede dialogar. La ultraderecha le teme, por eso la llama injusta y despectivamente "caviar". Es probable que gente como Henry Pease y otros hayan comprendido en carne propia - a causa de la persecusión fujimontesinista - el valor de las instituciones y las libertades políticas, que encarnan algo más que "cháchara liberal" y "superestructura"; se trata de modos de constituir formas civilizadas de vida. En mi opinión, cualquier proyecto izquierdista o socialdemócrata viable debe ser liberal en más de un sentido importante, especialmente en el nivel de las instituciones, los procedimientos y los derechos básicos. A pesar de sus limitaciones, esa izquierda post - 1989 está en mejores condiciones de establecer lazos conceptuales con el liberalismo que la derecha cavernaria y el ultramontanismo religioso.

Creo que este es un campo fecundo de reflexión y diálogo, que podría sugerir nuevas direcciones posibles a nuestra alicaida democracia, direcciones que podrían nutrirla y fortalecerla. Quizá la agenda pública - y la agenda de los intelectuales - tendría que tomar nota de estas cuestiones, planteadas por analistas lúcidos como Martín (y con él, periodistas como Santiago Pedraglio y Rosa María Palacios,) que podrían contribuir a enriquecer y reorientar la discusión política en el Perú.

viernes, 11 de mayo de 2007

¿QUÉ CLASE DE "CULTURA LIBERAL" PRETENDEMOS DEFENDER? Algunas reflexiones.

POR UN LIBERALISMO DE IZQUIERDAS


Gonzalo Gamio Gehri


En este blog he estado defendiendo una versión de la "cultura liberal" ¿Qué entiendo con este término? Tengo que confesar que mi posición frente al tema supone un esfuerzo personal por convertir la palabra "liberal" en una buena palabra - en un contexto en que ha sido sistemáticamente distorsionada y usurpada por sectores de la ultraderecha o por los devotos de Friedman - hurgando un poco en la historia de la filosofía política (su horizonte originario); se trata también de sumar esfuerzos por convertirla en una palabra precisa en nuestro medio, una expresión que designa una cierta actitud ante la vida que es producto de una serie de construcciones históricas labradas en el ámbito de la ética y la política (y que tiene poco que ver, a decir verdad, con el egoísmo y con la adoración del mercado).

No resulta fácil el esfuerzo. Voy a comentar mis propios reparos frente al tema revisando mis creencias, con cierta incomodidad, por cierto. Me considero un hombre de izquierda, alguien que tiene en alta valía la justicia social y que combate la cosificación de lo humano. Soy también un cristiano que se ha nutrido de la tradición bíblica (y de la reflexión proveniente de la teología de la liberación), particularmente de la historia de la profecía y del anuncio del Reino presente en los Evangelios. Soy también un aristotélico, que cree en la importancia del ejercicio del razonamiento práctico encarnado en mundos de vida concretos, cultivado con la vista puesta en los bienes y en los hábitos y modos de discernimiento que puedan esclarecer la propia vida, los vínculos y los propósitos elegidos conscientemente al interior de un sistema de instituciones frágil y complejo. Soy, en fin, un hegeliano que confía en la construcción histórico - social de formas encarnadas de libertad, y que cree que una forma significativa de generarlas implica el concurso de la reflexión y la acción política, y una buena dosis de escepticismo que nos proteja del dogmatismo.

¿Cómo conciliar todo eso con el liberalismo? Si todas estas formas de pensamiento constituyen parte de mi identidad ético - política, entonces alguien podría conjeturar que mis ideas se encuentran en serios problemas desde el punto de vista de cierto liberalismo (el liberalismo "se dice en muchos sentidos", algunos más legítimos que otros). No creo en el imperio exclusivo de la libertad negativa, ni en el sujeto desvinculado de la Ilustración, ni en el racionalismo. Considero que el mercado abandonado a sí mismo genera desigualdad y deshumanización. Rechazo la ideología omnipotente de la empresa privada en las universidades, en las instituciones políticas y en los templos. La doctrina de los Chicago Boys, su pretensión de hacer de las sociedades un gigantesco Mc Donalds, constituye un proyecto antiliberal, que traduce todos los bienes humanos al lenguaje de las mercancias. La situación se agrava en el Perú, en donde - equivocadamente - se asocia liberalismo con capitalismo salvaje, y con espíritus que coquetean con la autocracia, o con yuppies que basan sus meditaciones sobre la cultura en Wikipedia (como algunos directores de la prensa conservadora). Ese credo meramente económico - a veces llamado "neoliberalismo" - es un falso liberalismo. Un catecismo secular de caja registradora, no un imaginario crítico de libertades individuales y prácticas ciudadanas.

El liberalismo es ante todo una actitud frente a la vida y ante las instituciones que procura la distribución del poder, y que respeta escenarios sociales diferenciados como fuentes particulares y específicas de libertad y realización. La cultura liberal combate el despotismo y el anhelo de control de algunas instituciones sobre los distintos espacios de la vida humana (incluido el propio mercado, recinto sagrado de los neoliberales). Rechaza la promoción del "pensamiento único" - religioso, político o económico -: por eso es partidario de la democracia, y defensor de la participación activa del hombre de la calle en la política. Para ello, el individuo puede disponer de los foros vigilantes de la sociedad civil o, si así lo quiere, puede actuar dede organizaciones políticas que aspiran al gobierno). El auténtico liberal condena el caudillismo y el clientelismo político que menosprecia, sojuzga y pretende manipular a los pueblos.

El liberalismo promueve la secularización de la cultura: el fundamentalismo le parece nefasto. Quiere construir un escenario común para la práctica de los credos e idearios, las culturas y las convicciones. Aspira a configurar espacios públicos que promueva el diálogo, el debate y el respeto por la diversidad. Cultiva el libre pensamiento, el ejercicio de la crítica y el pluralismo. No cree que exista una doctrina última que concilie e interprete de una manera concluyente todos los fines humanos; considera que no existe el camino, sino vías posibles de plenitud humana, que pueden ser elegidas por buenas razones (eso no es relativismo). Reconoce que los valores humanos pueden entrar en conflicto (Isaiah Berlin), y que una vida razonable intentará honrarlos aún en tensión. Del mismo modo, considera que un régimen político razonable es aquel que permite la coexistencia pacífica y solidaria de los diferentes proyectos de vida, bajo la única condición del respeto de los derechos básicos que consagra la ley. Este es el punto de vista que alguna vez contribuyeron a forjar Locke, Tocqueville y Mill, y que recientemente han defendido Berlin, Walzer y Shklar. Nada de esto es incompatible con el anhelo de justicia social, inclusión económica y política, y control democrático del poder. Por eso creo que es posible (y deseable) un liberalismo de izquierda. También en el Perú.