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domingo, 21 de abril de 2013

SOBRE LOS CAMINOS DE LA IZQUIERDA






Gonzalo Gamio Gehri

Steven Levitsky publicó en La República el artículo Dilemas para la Izquierda, en el que plantea las dificultades que tendría que afrontar una izquierda peruana institucionalmente debilitada, sumida en una crisis de identidad, batallando en medio de un electorado conservador como el de Lima. No voy a detenerme a examinar si las situaciones que describe Levitsky son formalmente dilemáticas. Quisiera discutir algunas de las posibilidades bosquejadas al final de su texto.
El columnista precisa que la izquierda tendrá que discernir acerca de su propia identidad a la vez que innovar - en el orden de sus programas ideológicos y en el de su organización -  para posicionarse en el espacio político, recuperar su conexión con la población, definir una estrategia para convertirse en una alternativa de gobierno o conformar un grupo con una presencia relevante en el Congreso. Tiene que revisar sus fundamentos, elegir si retomar el camino de Izquierda Unida o si asumirá el de una Izquierda con un perfil más liberal, humanista o tal vez socialdemócrata.
“No hay salida fácil. La izquierda tendrá que innovar. Reconstruir una Izquierda Unida (ahora llamado Frente Amplio) es, probablemente, un sueño. Pero quizás está bien. Muchas veces, la innovación surge de múltiples experimentos.    Uno de estos experimentos será una izquierda más liberal o social democrática –una izquierda que promueve la igualdad y la expansión de los derechos sociales dentro de una economía de mercado–.”
Una izquierda liberal (quizá en el registro de Dewey, Rawls, Sen o Walzer) es, sin duda, una vía posible para que la izquierda de cuenta del proceso de autoexamen que debió afrontar luego de la caída del muro de Berlín. És un camino posible - que encuentro cercano -, no es el único. El trabajo sobre los temas de ciudadanía, derechos humanos y pluralismo (que el marxismo ortodoxo siempre encontró sospechosos) constituye un avance en esta dirección, aunque la izquierda política local nunca se propuso explícitamente desarrollar una revisión teórica detallada; esa tarea ha sido parcialmente acometida desde espacios intelectuales. La dicotomía estructura / superestructura, el determinismo de clase, el dogmatismo del curso lineal de la historia e incluso el recurso a la violencia revolucionaria siguen siendo elementos ideológicos recurrentes en la mayoría de grupos que se reclaman como izquierdistas, pese a que resultan problemáticos en la perspectiva de la teoría social y el pensamiento político. La condescendencia de algunos movimientos con el uso de la fuerza o con esquemas autocráticos (piénsese, sin ir muy lejos, en la penosa actitud frente a las recientes y malogradas elecciones en Venezuela) resulta a todas luces inaceptable desde un enfoque democrático. En general, se necesita tanto una derecha liberal como una izquierda moderna, formaciones políticas que rechacen toda forma de autoritarismo e integrismo.
La renovación de la izquierda en una clave humanista o liberal permitiría rescatar el motivo programático socialista que gira en torno de la crítica de la alienación (en la economía y la política) y el énfasis en la justicia distributiva, a la vez que incorporar el tema del reconocimiento cultural y de género, y las políticas de memoria. El “lenguaje de los derechos” y la preocupación por la construcción de la ciudadanía aportan un nuevo horizonte conceptual que permite someter a crítica ese integrismo materialista, así como purificar el discurso progresista del viejo dogmatismo de la ortodoxia marxista. El pensamiento progresista manifiesta así una mayor apertura a consideraciones “postmaterialistas” que los nuevos movimientos políticos ponen en la agenda de discusión. Se trata asimismo de plantear un cambio radical en el terreno de la acción, pues esta nueva perspectiva apunta a fortalecer el compromiso cívico con la vida democrática y con los cimientos del Estado de derecho. La izquierda más dura alegará que este enfoque toma excesiva distancia del ideario marxista, que incorpora en lo teórico una serie de referentes “clásicos” (la agencia política, lo público, las libertades positivas, etc.), y que, en la práctica, acerca el programa izquierdista al programa  de la “alianza paniaguista” que el propio Levitsky ha descrito en algunas de sus columnas anteriores, una alianza que recupere el programa de la transición del año 2000. En lo particular, considero que ninguna de estas objeciones debilita el argumento de que esta posible dirección de una izquierda reformulada podría revitalizar la causa de la justicia social en el Perú. De hecho, pienso que – más allá de las necesidades internas de los movimientos de izquierda – recuperar la agenda de la transición en materia de lucha contra la corrupción y la vindicación de los derechos humanos constituye una prioridad. Necesitamos una izquierda realmente comprometida con la democracia, tanto con sus procedimientos como con su dimensión participativa.
El autor se pregunta si una izquierda liberal o humanista estaría inmersa en el juego político que le plantea la derecha, si sería la expresión de una izquierda hecha a la medida de las necesidades del ideario conservador.
Rechazar esa izquierda como “la izquierda que tanto necesita la derecha” es, además de infantil, falso. La derecha dura ha sido clara (y nunca más clara que en la revocatoria): no quiere una izquierda liberal o moderada. Quiere una izquierda muerta. Y hoy en día parece tenerla”.
Este es un asunto discutible. Para algunos, la derecha prefiere una izquierda menos radical, que haya renunciado a su proyecto revolucionario, centrado en la superación definitiva del capitalismo en una sociedad comunista. Para otros, ella anhela una izquierda que permanezca en el esquema decimonónico del determinismo histórico y la ideología de clase, una perspectiva que alegremente ceda a la derecha el tema de la democracia y las libertades individuales. Lo que parece cierto es que un sector de la derecha conservadora quiere una izquierda muerta y sepultada.  La izquierda liberal le parece una versión edulcorada (o encubierta) del comunismo marxista. Recordemos el categórico escrito de Vásquez Kunze publicado hace algún tiempo, en el que el periodista señalaba que votaba “Sí” en la revocatoria no por alguna objeción puntual a la gestión municipal, sino fundamentalmente porque rechazaba de plano la concepción izquierdista del mundo, así como “la “institucionalización” de una “ciudadanía” “construida” con sus desechos ideológicos”. O evoquemos las patéticas notas de Santivañez, en las que acostumbra estigmatizar el pensamiento progresista sin ofrecer un solo argumento. Por supuesto, esta clase de cuestionamientos tendrían que ser materia de discusión política.

Cierta derecha cree que la izquierda ha muerto en el plano político y en el ámbito electoral. Desliza la idea de que sólo se presenta fuerte en las instituciones de la sociedad civil y en algunas organizaciones radicales que actúan en las zonas más conflictivas del país. Sugiere que hace tiempo que no produce ningún pensamiento novedoso o relevante. Estas afirmaciones revelan falsas suposiciones, medias verdades o evidentes prejuicios. Corresponde a la izquierda salir de su letargo ideológico y demostrar que esto no es así. En lugar de preguntarse qué clase de izquierda resulta funcional a la reductiva estigmatización conservadora, los movimientos de izquierda tendrían que indagar qué tipo de derrotero intelectual y político pretenden asumir y si éste responde o no a las exigencias de justicia y libertad de la sociedad peruana.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

EN TORNO A LA CRÍTICA IDEOLÓGICA


Gonzalo Gamio Gehri


Hace algún tiempo, leí en El Comercio un excelente artículo que me gustaría comentar. Se trata de ¿Qué es la crítica ideológica?, escrito por el notable filósofo alemán Helmut Dahmer – a quien conocí hace alrededor de un año y medio, en la UARM, con motivo de un diálogo con David Ingram, destacado filósofo político de Loyola University -. Un lector desatento creerá que el tema tratado es “inactual”. Todo lo contrario. Lo que sucede es que nuestros medios de comunicación, obsesionados con los escándalos, tendientes a la columana-al-paso , al editorial-con-formato-de-chat, a las notas “sin confirmar”, nos han acostumbrado a la ausencia de genuina reflexión en sus páginas. Dahmer toca un tema en verdad importante, en un mundo en que los integrismos de diverso cuño están presentes y la justificación de la violencia constituye una práctica frecuente (incluso en los propios medios de prensa, p.e., en el caso Bagua).

La filosofía – y en general toda disciplina racional que verse sobre la vida humana y cultive la reflexión – tiene como uno de sus objetivos, la crítica de los llamados “sentidos comunes”. A saber, la constelación de creencias y valores que identificamos inmediatamente con aquello que presuntamente es constitutivo de lo real. El espíritu crítico arranca de su “obviedad” nuestras presuposiciones sobre lo que es bueno o verdadero, y revela su carácter problemático. En esta línea de reflexión, El autor sostiene lo siguiente:


“En la pieza Galilei, Brecht apunta que “la verdad es hija del tiempo, y no de la autoridad”. La verdad, aceptada, en cada caso como tal, no es definitiva, es provisional, es la que se puede alcanzar bajo las condiciones dadas. El hecho de la limitación temporal del período de vigencia de la verdad, que esta posee un “núcleo temporal”, escapa a la percepción de sus buscadores. Recién la siguiente generación se confronta con el hecho que las certezas de ayer, constituyen un problema hoy”.


Este enfoque describe también un movimiento de la conciencia en el nivel de las actitudes. Mientras cierto conservadurismo integrista considera que la introducción del cuestionamiento constituye una traición al valor de la ‘obediencia’, el espíritu crítico hace de la interpelación y el trabajo de lo negativo (Hegel) una verdadera héxis, un modo de estar en la vida que contribuye a vivificar el ethos. Las resonancias socráticas de esta tesis son evidentes. La carencia de autorreflexividad permite que los individuos sean seducidos por los cantos de sirena de la violencia y esten expuestos a diversas formas de manipulación. Esta condición no ha sido ajena a la propia cultura contemporánea (recuérdese los vínculos que establecía Hannah Arendt entre los horrores del totalitarismo - de izquierdas y de derechas - y el esfuerzo por producir personas incapaces de pensar críticamente).


“La adopción de tal o cuál doctrina, es un asunto de conveniencia (externa o interna). La defensa será tanto más fanática, cuanto menos persuadidos estén de su verdad. Las teorías conspirativas y la xenofobia tienen tantos adeptos, porque los humillados y ofendidos, que se asfixian en su rabia, encuentran una vía de escape pulsional. Todos poseen una cuenta por cobrar, y la doctrina les señala a quién”.


Dahmer sostiene que las ideologías buscan preservar intocables sus presuposiciones sobre el sentido del mundo y la vida. “El prejuicio de los prejuicios es percibir como naturaleza a las instituciones sociales”. Aquí encontramos una noción implícita de ideología. Se pretende convertir en objetivo y eterno (“naturaleza”) lo que está culturalmente construido y es contingente (lo que ha sido “instituido”). Se trata de una operación que busca resentir la capacidad de transformar nuestros modos de vida y garantizar formas indeseables de sujeción (1). Pensemos por un momento en la discriminación por asuntos de género. Por mucho tiempo se consideró que el destino de la mujer era ocuparse de las tareas domésticas, y que el varón debía actuar en el mundo del trabajo y en el del espacio público. Por mucho tiempo se consideró erróneamente que las mujeres eran seres humanos de segunda categoría, y estos falsos valores se convirtieron en claros instrumentos de dominación y de violencia contra las mujeres. Un conjunto de valoraciones culturales se asociaban incorrectamente a un elemento biológico (contar con órganos sexuales femeninos). Para decirlo con Judith Shklar, se disfrazaba la injusticia con los ropajes de la fatalidad. Por fortuna, hemos avanzado sustancialmente (aunque existan todavía muchas batallas pendientes) en el camino de la concreción de la igualdad de derechos entre varones y mujeres. En buena medida, identificar la injusticia - la violencia simbólica contra la mujer - constituyó el primer paso para combatir las estructuras de desigualdad que sometían a las mujeres. No obstante, todavía sectores conservadores – particularmente en el ámbito religioso y político - continúan recurriendo a una burda confusión entre la asignación sociocultural de valores y las consideraciones biológicas en materia sexual. Con particular cinismo denominan tendenciosamente a las corrientes que luchan por el reconocimiento de la igualdad de derechos entre varones y mujeres como versiones de una “ideología de género”. El patetismo de la expresión es evidente.

El reconocimiento de la historicidad de nuestras creencias y valores constituye un elemento fundamental en el proceso de la crítica cultural y el cambio de nuestras mentalidades e instituciones (ese reconocimiento no es mero “relativismo” - ahora se entiende porqué los integristas viven obsesionados con el tema del "relativismo" - necesitamos hacer una lectura política del uso de esta espuria etiqueta). El trabajo de la autorreflexión hace posible que cualquier concepción del mundo y la vida que produzca injusticias pueda ser desmontado y abolido por el bien de las personas (por el bien de la verdad, cabría agregar). El razonamiento es el siguiente: si tales ideas funestas o degradantes tienen una fecha de emisión en la historia, pueden tener también una fecha de vencimiento. Depende de nosotros que tal vencimiento conceptual se haga efectivo.




(1) Por supuesto, hablamos de un modo de plantear las cosas que trasciende el signo político de sus usuarios. Se aplica igualmente al tradicionalismo conservador (orden jerárquico en materia social o sexual), al neoliberalismo (con el individualismo posesivo) o al marxismo (con las leyes de la historia y el determinismo de clase).