lunes, 11 de septiembre de 2017

LAS COSAS QUE IMPORTAN








Gonzalo Gamio Gehri


Los griegos sostenían que la única manera de indagar acerca de si la vida de alguien había tenido realmente sentido requería reconstruir narrativamente aquella vida desde el presente hacia el pasado, intentando reconocer en el relato el impulso que habría llevado al agente a asumir los propósitos que habrían guiado su existencia, su vocación más profunda, y todo su amor. El escenario ideal suponía que el propio agente pudiese realizar este ejercicio hermenéutico, aunque a menudo era otro ser humano el que rendía cuenta de aquella narración. No en vano la oración fúnebre se revelaba como un genuino género literario en las ciudades de la Hélade.

Podemos imaginar este trabajo realizado en primera persona, o aún realizado por otro. Recordemos el duro, extraño y hermoso proceso de anagnórisis experimentado por Ulises gracias al canto del aedo Demódoco. La conmoción de su alma ante el relato de sus conflictos con el pélida Aquiles. O el propio relato de sus hazañas ante la atenta mirada de Alcinoo. Incluso los relatos parciales de la vida conmueven o dejan qué pensar cuando se ocupan de las cosas que importan. Imaginemos el recuento de la vida de Perseo, escapando de la mirada letal de Medusa, robando el ojo de las grayas, salvando la vida de su amada Andrómeda en Etiopía, recordando sus bellos ojos y sus cejas pronunciadas, para luego evocar el duelo con el feroz Ceto y la recia batalla contra Fineo.

Si consideramos lo señalado en los mitos, los poemas épicos y las tragedias, esta suerte de examen de la propia existencia constituye un hito crucial en el curso de de la vida. Aristóteles solía decir que un agente humano sólo podía sostener que había sido feliz cuando lograba pensar la totalidad de su vida en virtud de un relato articulado. Un relato construido sobre la base del contacto con las aspiraciones que conducen nuestras vidas y en conversación con las personas que nos importan. El tejido de la vida es de carácter interpersonal. Su sentido y dirección está marcado por la contingencia y por la vulnerabilidad propia de la condición de los mortales.
















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