lunes, 29 de julio de 2013

28 / 7. UNA BREVE NOTA



Gonzalo Gamio Gehri

Tanto la Homilía de la Misa y Te Deum como el mensaje presidencial nos dejaron con dudas y con una cierta sensación de vacío.Quizá por eso la brevedad y la sequedad de este post. La Homilía fue una reproducción peculiar y parcial – en clave conservadora – de algunas ideas que el Papa Francisco ha planteado en Brasil. No encuentro mayor coincidencia entre el mensaje renovado y profético de Francisco I, centrado en los pobres, en la libertad, la justicia y en la esperanza cifrada en la juventud, y el discurso habitual de la jerarquía local. El Papa anuncia cambios importantes en la Iglesia, y eso fortalece la fe de los creyentes.

El mensaje presidencial resultó monocorde y sin entusiasmo. Las frases iniciales anunciaban una autocrítica rigurosa que nunca llegó. Lo que resultó interesante fue el énfasis en los proyectos de apoyo económico en la educación de los jóvenes y la propuesta de la muerte civil de los condenados por corrupción. Efectivamente, robarle al Perú es robarle a cada peruano. Sin embargo, el discurso tuvo notables ausencias, como las políticas de seguridad ciudadana, las políticas sobre el patrimonio cultural  o las medidas relativas a la defensa de los derechos humanos, a diez años de publicado el Informe de la CVR, por citar sólo algunos temas relevantes. Tampoco hubo una exhortación a las fuerzas políticas a coordinar acciones para superar la crisis suscitada por los recientes incidentes en el Congreso. El Presidente de la República se dirigió a la ciudadanía sin pasión ni elocuencia, y perdió una oportunidad importante para asumir un liderazgo más claro en circunstancias en las que impera entre la gente el escepticismo y el descrédito de la política.


viernes, 26 de julio de 2013

LA HORA PRESENTE



Gonzalo Gamio Gehri

Lo que ha sucedido en el Congreso en cuanto al nombramiento del Defensor del Pueblo, así como a la elección de los miembros del Tribunal Constitucional y del Banco Central de Reserva es realmente inaceptable y vergonzoso. Ya no necesitamos un gobernante autoritario como Fujimori para arrasar con nuestras instituciones o debilitarlas hasta la agonía; los congresistas pueden hacer ese perverso trabajo, repartiéndose los cargos de estos importantes organismos públicos de control, seleccionando a sus componentes a partir de sus afinidades partidarias y mezquinos intereses de facción. Qué gran pasión por la legalidad y las libertades básicas puede abrigar quien elige candidatos privilegiando las expectativas de poder antes que la trayectoria profesional, la formación académica, el compromiso democrático y la integridad de las personas. Pregúntese el lector cuántos entre esos candidatos al TC son constitucionalistas, cuántos son doctores, o enseñan o han publicado libros de derecho constitucional. Esos elementos básicos de juicio no cuentan para nuestros congresistas.  Con esta clase de negociaciones inescrupulosas degradan el ejercicio de la política y minan el funcionamiento de nuestra inestable democracia. Han privilegiado el cálculo instrumental partidario sobre su responsabilidad con la institucionalidad y la justicia básica en materia de lo público. Esta actitud ha merecido el rechazo de la ciudadanía.

Llama la atención la reacción de los principales dirigentes políticos peruanos. El Presidente Ollanta Humala exhorta a Sousa y a Freitas a dar un paso al costado, pero pretende que las personas sugeridas por Gana Perú para esos puestos se mantengan en el cargo. Alan García, a su turno, alega que esta elección debería quedar sin efecto, pero no dice que su real intención es que la actual composición del Tribunal Constitucional – que incluye personajes vinculados al aprismo – permanezca en el ejercicio de la función pública. Keiko Fujimori, por su parte, condena la actuación del parlamento, pero pretende que olvidemos que ella participó en las negociaciones que culminaron con la postulación fujimorista del abogado personal del ex presidente recluido en la Diroes, un personaje que no es especialista en derecho constitucional y que no se ha distinguido precisamente por comprometerse con la causa de los derechos humanos. Estos líderes políticos omiten toda referencia a su participación en la componenda y en la posterior  decisión respecto a la elección de los integrantes de estos organismos fundamentales. Sus esfuerzos por revertir la situación revelan evidente cinismo e hipocresía.

Las movilizaciones de estudiantes y trabajadores contra este modo de proceder de los parlamentarios y de sus dirigentes nos ha llevado a que nos preguntemos si en el Perú se está gestando una nueva forma de acción política. Hay quienes consideran que estas marchas podrían ser el anuncio de un resurgimiento de un espíritu cívico semejante al de las protestas contra el régimen de Alberto Fujimori. Otros dicen que estaría por nacer un movimiento de indignados como el desarrollado en España o Brasil. Es muy pronto para concluir cualquiera de las dos cosas. Lo cierto es que se necesita la construcción de  una ética del compromiso cívico para garantizar la vigencia del Estado de derecho y el fortalecimiento de instituciones autónomas.  Estas instituciones no se defienden solas: poco podemos esperar de una autodenominada “clase dirigente”, centrada en sus propios intereses y prerrogativas, tan complaciente con el autoritarismo y tan altamente tolerante a la corrupción. La institucionalidad democrática requiere ciudadanía activa. La ciudadanía requiere, a su vez, de un cuerpo legal y político que le brinde pautas y canales a través de los cuales pueda desplegarse. Yerran los que hoy piden cerrar el Congreso, haciendo eco de esas malhadadas  voces que una vez avalaron y aplaudieron la autocracia y la rapiña del fujimorato. Ese remedio siempre ha sido peor que la enfermedad. Necesitamos de los principios e instituciones de la democracia formal tanto como de la  acción política de las personas.





miércoles, 17 de julio de 2013

APUNTES SOBRE EL INTEGRISMO DEL MERCADO Y EL VALOR DE LAS EXPRESIONES CULTURALES




Gonzalo Gamio Gehri


Recientes y motivadores artículos de Salomón Lerner Febres y de Gustavo Faverón me llevan a darle una vuelta de tuerca más a la cuestión teórica del liberalismo y ciertas formas de dogmatismo mercantilista que en nuestro medio busca darse a conocer falsamente como “liberal”. Lo vemos en los columnistas de opinión de cierta prensa conservadora, en políticos y en ciertos abogados que consideran que han visto la luz después de proyectar una versión esquemática de la teoría de la elección racional hacia todos los asuntos de la vida. Lerner y Faverón denuncian con buenas razones una posición integrista que trastoca o incluso  invisibiliza formas de acción, vínculo social y pensamiento que no pueden reducirse sin más al cálculo instrumental y al exclusivo interés privado. Perdemos algo importante cuando intentamos traducir el saber, la cultura o el poder cívico y otros bienes sociales al lenguaje de las mercancías. El becerro de oro suele revelarse como una divinidad profundamente monocorde y decepcionante.

Llama la atención cómo este singular culto ideológico cobra innumerables adeptos en nuestro medio. Muchos antiguos “revolucionarios” se han convertido hoy en seres humanos “vueltos a nacer”, militantes que hoy predican el catecismo del mercado con verdadera devoción. Sencillamente, han reemplazado un ideario dogmático por otro. Su fe no tiene límites. Alguna vez escuché por declaración de uno de ellos que no tenía caso indagar por los orígenes (o las causas) de la pobreza, que era un dato antropológico que todos nacíamos pobres, en tanto todos nacíamos desnudos, sin propiedades ni cuenta bancaria - veo que no se trata de una reflexión original, viene de Boullard y de su burda caricatura de Nozick -. Me llamó la atención la convicción con la que pronunciaba cada palabra, y cómo ignoraba una serie de “datos” que tendría que tomar en cuenta para poner a prueba su afirmación: definitivamente, nacemos desnudos, sin caudal (propio), pero hace una diferencia significativa nacer en un hogar acomodado, en una clínica exclusiva, y contar con oportunidades para tener una buena educación, alimentarse bien, gozar de buena salud y poder entablar vínculos humanos valiosos. La exclusión social (y a veces, la mala fortuna) lleva a que muchas personas no cuenten con las condiciones y con las oportunidades que contribuyen a que pueda llevarse una vida de calidad o que pueda ejercer libertades importantes. Todos nacemos desnudos, pero algunos están más desnudos y permanecen más vulnerables que otros…toda la vida.

En la estrecha perspectiva que estoy reseñando, quien no cuenta con recursos para acceder a una educación de calidad, o a un tratamiento médico decente, no es – en ningún caso – víctima de una injusticia, está obteniendo lo que “merece” de acuerdo con su disposición a la competencia. Este es un punto crucial, quienes así piensan – no podemos llamarlos “liberales” puesto que no lo son (son próximos a una versión paródica de los libertarios  – presuponen que el mercado es el locus último de justicia distributiva. No consideran que el acceso equitativo a bienes primarios constituye una condición esencial para que podamos hablar rigurosamente de “competencia”.  

Me parece acertado lo que dice Faverón acerca de la conversión de la cultura en un bien económico y las pretensiones de colocar los bienes culturales en el mercado como una mercancía más. A menudo la “eficacia” prima sobre la excelencia.

A veces, para "colocar" algo hay que hacerlo peor, no mejor (más simple, más barato, menos durable, más descartable, más fácil de consumir, incluso más dañino o menos seguro). Eso quiere decir que, en la lógica del mercado, "perfeccionar" puede significar "empeorar”.


Alguien querrá replicar que en el mercado se considera las elecciones de los individuos, merced a sus preferencias y sus necesidades, y se preguntará cual es la pauta desde la que se mide el valor o la degradación de determinados productos culturales. Dejemos para otro momento el inquietante asunto de que las preferencias y las necesidades pueden ser objeto de manipulación.  Lo primero que hay que decir es que en general el mero hecho de preferir algo no implica que aquello que preferimos sea digno de ser elegido. Quien concluye que lo preferido es por tal hecho valioso incurre en una falacia, consistente en sacar conclusiones normativas de juicios factuales. Que el objeto o la opción “x” sea preferida por una mayoría de individuos no mejora las cosas a este respecto. En cuestiones como la cultura (en donde se pone en juego el tipo de vida que aspiramos o no a llevar), esta clase de consideraciones se hacen particularmente importantes. Las manifestaciones de la cultura forman parte de lo que Salomón Lerner llama "expresiones de sentido", aquellas construcciones humanas que orientan la existencia. La cuestiones de valor nos llevan a otro plano de la reflexión.

El libertario podrá sospechar que su adversario humanista está asumiendo una posición autoritaria. Pero no es así.  Cuando hablamos de la calidad de determinados productos culturales – de su “valor” – estamos ingresando a un espacio de discusión.. No es el “docto” quien arbitrariamente decide si un libro o una película poseen algún grado de excelencia. Podemos (y debemos) solicitar a quienes califiquen un producto cultural de “bueno” o “malo” que den cuenta de sus interpretaciones, que argumenten y expliquen sus pautas de evaluación. Todo lector o espectador puede desarrollar un argumento y defender una posición, en estos asuntos la única autoridad es la de la interpretación más razonable y lúcida en un espacio de libre intercambio de ideas (no hay aquí asomo de "intervencionismo estatal" ni "colectivismo", las erinias que persiguen a los integristas mercantiles). Se trata de un escenario deliberativo, crítico e intersubjetivo. Muchos libertarios asumen dogmáticamente que el terreno de los juicios de valor es meramente subjetivo (expresiones de gusto); allí revelan las severas limitaciones de su estrecho punto de vista. La suscripción acrítica de un relativismo burdo (subjetivista) pone de manifiesto una lectura descuidada de la capacidad humana de juicio. Cada uno tiene, por supuesto, la libertad de elegir los libros que lee o las pinturas que lo conmueven, pero es posible dar razón de nuestras elecciones, tomando en cuenta, evidentemente, la especificidad de cada objeto de discusión .Ese ejercicio argumentativo nos nutre y puede ampliar nuestros horizontes de juicio, así no lleguemos a un acuerdo final sobre la materia específica, el valor de este libro, este poema o de esta obra teatral (el disenso argumentativo también nos enriquece). Ese es el punto de quienes cuestionan que el mercado sea el supremo juez del valor de los bienes culturales.

jueves, 11 de julio de 2013

IMPRESIONES SOBRE "ESTADO DE MIEDO" DE P. YATES



Gonzalo Gamio Gehri

Hace unos días participé en una mesa redonda – organizada por IDEHPUCP – sobre Estado de miedo (2005), un documental de Pamela Yates sobre el conflicto armado interno y sobre el trabajo de la CVR. El evento se enmarcó en un ciclo de reflexión en torno a La memoria persistente. Participaron asimismo el historiador Jorge Valdez y el crítico cultural Melvin Ledgard.

El documental presenta diversos vacíos. El más grave es, definitivamente, la omisión de toda referencia al MRTA y a sus terribles acciones contra la sociedad peruana. Se ha concentrado en el actuar criminal de Sendero Luminoso, en la reacción del Estado, las fuerzas políticas y la sociedad civil. Esa omisión no puede ser pasada por alto sin más. Otros documentales y películas sobre el tema han sido más exhaustivos y rigurosos a ese respecto. El valor del documental reside probablemente en la atención de los testimonios de víctimas, actores y perpetradores, y a las reflexiones de los entrevistados que se esfuerzan por elaborar una interpretación plausible del conflicto. Aquí destaca el recordado Carlos Iván Degregori cuyos intentos por esclarecer estas dos décadas de terror y represión fueran tan decisivos para los trabajos de justicia  transicional en nuestro medio.

Resulta interesante asimismo el lugar que el documental le otorga a la entrevista hecha a Beatriz Alva H., abogada y funcionaria pública durante los años del fujimorismo, luego comisionada de la CVR. Ella se presenta como una persona proveniente del sectores medios  / altos de Lima, parte de un sector de la sociedad que vivió a espaldas de la tragedia que padecía el peruano campesino, no hispanohablante, desamparado por el Estado que debía proteger sus derechos y no cumplió con esa obligación. Hace un conmovedor mea culpa por su indiferencia de entonces y por sus compromisos políticos en la segunda mitad de los noventa.  Da testimonio de los hallazgos de restos humanos y de su colaboración con trabajos realizados por los antropólogos forenses. Sorprende la intensidad de sus declaraciones. Sostiene que “¿Dónde estaba yo?” durante aquel tiempo de miedo es la pregunta que todo peruano debería formularse. El trabajo de Yates en general concentra su atención en la debilidad del compromiso de los gobiernos, de los políticos y de buena parte de la sociedad peruana respecto del destino de las víctimas.

Estado de miedo reconstruye aquellos años a partir de la exposición de evidencias audiovisuales, la investigación en el lugar y las entrevistas. Plantea las cosas en términos de una ‘batalla por la memoria’ que rescate los testimonios de quienes vivieron y sufrieron el conflicto armado, contra el parecer de la mayoría de los políticos en actividad (que estaban también en actividad en aquellas décadas) que prefieren cubrir tales hechos bajo el oscuro manto de la amnesia moral y política y la impunidad. En tiempos recientes, el Movadef y la extrema derecha planteado la amnistía y la suspensión de investigaciones en derechos humanos como medidas presuntamente “reconciliadoras”. En un país en donde todavía existen cerca de cuatro mil lugares de entierro indebido sin abrir, el esfuerzo por la memoria y la reparación, planteado desde el Estado y la sociedad civil debería constituir una tarea fundamental si queremos sentar las bases de una sociedad democrática.

domingo, 30 de junio de 2013

IGLESIA CATÓLICA: ¿SIGNOS DE NUEVOS TIEMPOS?




Gonzalo Gamio Gehri

Debo reconocer que el mensaje y el estilo del joven Pontificado de Francisco I me simpatizan de un modo particular. Que sea jesuita y latinoamericano me parece muy bien. Que haya puesto en el centro de su ministerio las exigencias de la fe y la justicia – corazón de la tradición jesuita -, así como su vocación explícita por promover una Iglesia pobre y para los pobres – en la línea de Francisco de Asís – constituye sin duda un signo de esperanza para quienes considerábamos que, después de décadas de restauración conservadora al interior de la Iglesia católica, el espíritu del concilio Vaticano II en materia de justicia social y de diálogo con la cultura moderna pudiese volver a manifestarse con tanta nitidez en el discurso y en los gestos.  Su invocación a que la jerarquía eclesiástica sea más servidora y menos “principesca” me parece saludable y convergente con el Evangelio. En esta perspectiva, La República indica en una nota que “hace unos días el Papa pidió a los nuncios apostólicos vivir en austeridad y recomendar como obispos a sacerdotes que no sean ambiciosos, pues se corre el riesgo de que privilegien una vida confortable y tranquila”. A buen entendedor, pocas palabras. Su propósito de reformar la curia para enfrentar los problemas actuales de la Iglesia me parece correcto y sensato. Parece rodear su Pontificado un espíritu de renovación y apertura que no podemos sino saludar.

Todo esto lo percibo como signos de nuevos tiempos para la Iglesia católica, así resumiría mi lectura del nuevo papado en este comentario de 29 de junio. Este mensaje va trayendo cambios. El discurso pastoral y teológico sobre la opción preferencial por los pobres – cuya fuente encontramos en los textos proféticos, en los Evangelios y en el magisterio de la Iglesia latinoamericana y universal – recupera la fuerza que tenía en tiempos del concilio y Medellín, y la teología de la liberación encuentra el lugar que merece como una de las grandes vertientes del pensamiento católico contemporáneo. Recientemente, el Vatican Insider, publicación de inspiración conservadora, ha proclamado lo que describe como “el fin de la guerra conla teología de la liberación”, evocando cómo el Papa y G.L. Muller -.el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe - destacan el valor intelectual y espiritual de dicha teología. El Vatican Insider reseña un libro escrito por el propio Muller y su maestro y amigo, Gustavo Gutiérrez, a la vez que destaca la forma en que el presente Pontificado se ha planteado reconocer plenamente los aportes de la teología de la liberación al magisterio de la Iglesia después de un largo período de infundado conflicto.

“Justamente con la llegada del primer Papa latinoamericano surge con mayor fuerza la oportunidad para considerar esos años y esas experiencias sin los condicionamientos de los furores y las polémicas de entonces. Aún alejándose de los ritualismos del “mea culpa” postizos o de las “rehabilitaciones” aparentes, hoy es mucho más fácil reconocer que ciertas vehementes movilizaciones de algunos sectores eclesiales en contra de la teología de la liberación estaban motivadas por ciertas preferencias de orientación política más que por el deseo de custodiar y afirmar la fe de los apóstoles. Los que pagaron la factura fueron los teólogos peruanos y los pastores que estaban completamente sumergidos en la fe evangélica del propio pueblo, que acabaron “triturados” o en la sombra más absoluta. Durante un largo periodo, la hostilidad demostrada hacia la teología de la liberación fue un factor precioso para favorecer brillantes carreras eclesiásticas”.


La página católica celebra la publicación de Gutiérrez y Muller – el texto recuerda que Muller es Doctor Honoris Causa por la Pontificia Universidad Católica del Perú,í mencionándola así, con su nombre completo – como una manera de poner fin a décadas de incomprensión. La nota señala que la Iglesia de Roma reconoce que la teología de la liberación tiene un lugar importante como una fuente de pensamiento eclesial inspirada en el seguimiento de Jesús y en la experiencia histórica y espiritual de la Iglesia latinoamericana.

 “Después de haber pasado décadas de batallas y contraposiciones, justamente la amistad entre los dos teólogos (el Prefecto de la Doctrina de la Fe y el que durante un tiempo fue perseguido por el mismo dicasterio doctrinal) alimenta finalmente una óptica capaz de distinguir los obsoletos armazones ideológicos del pasado de la genuina fuente evangélica que impulsaba muchos de los derroteros del catolicismo latinoamericano después del Concilio. Según Müller, justamente Gutiérrez, con sus 85 años (y que planea viajar a Italia y pasarse por Roma en septiembre), ha expresado una reflexión teológica que no se limitaba a las conferencias ni a los cenáculos universitarios, sino que se nutría de la savia de las liturgias celebradas por el sacerdote con los pobres, en las periferias de Lima. Es decir, esa experiencia básica gracias a la que -como dice siempre simple y bíblicamente el mismo Gutiérrez-  «ser cristianos significa seguir a Jesús». Es el Señor mismo, añade Müller al comentar la frase de su amigo peruano, quien «nos da la indicación de comprometernos directamente por los pobres. Hacer la verdad nos lleva a estar de parte de los pobres»”.  


El documento asume una actitud que me parece saludable y justa. Una actitud convergente con el espíritu de renovación, diálogo y concordia que anuncia el Pontificado de Francisco. El Papa ha anunciado que se avecinan cambios importantes dentro de la Iglesia. Monseñor Pedro Barreto ha comentado recientemente en algunos medios que – de acuerdo a lo expresado por el Papa – estos cambios cruciales alcanzarían a la Iglesia de América Latina y a la Iglesia del Perú. Estas declaraciones han sido recibidas con entusiasmo y esperanza por muchos católicos peruanos que anhelan que el mensaje de Francisco I de una Iglesia pobre para los pobres, una Iglesia dialogante y cercana a la gente se haga carne en el Perú. Una buena noticia sin duda.

jueves, 27 de junio de 2013

LA ESPADA DE DAMOCLES



Gonzalo Gamio Gehri

Los más importantes líderes políticos peruanos están bajo sospecha de corrupción. Alguien podría decir que dicha sospecha ha permanecido omnipresente en la escena política peruana – a causa de la convicción popular de que quienes detentan el poder suelen recurrir a los bienes públicos para satisfacer sus intereses privados -, pero en este momento la mayoría de los potenciales candidatos a las próximas elecciones presidenciales están siendo investigados en virtud de situaciones que comprometen seriamente su imagen pública. Sobre cada uno de ellos pende una pesada y letal espada de Damocles, sostenida débilmente – como en el conocido mito griego - por el hilo de la crin de un caballo.

Alejandro Toledo no puede explicar convincentemente las compras inmobiliarias de su suegra, ni su próspero estado financiero, y cuando pretende hacerlo, queda sumido en un abismo de confusión y contradicciones. Es realmente una verguenza que el oficialismo pretenda protegerlo. Quienes lo apoyaban, pensando en que se trataba del candidato más próximo al programa de la transición paniagüista, difícilmente volverán a votar por él. Su imagen de demócrata y celoso combatiente contra la corrupción se va haciendo añicos.

Alan García nunca ha gozado de un poderoso prestigio en materia de respeto a los principios de la ética pública. Los temas de corrupción y violencia son su talón de Aquiles. Esa debilidad pesa sobre su imagen, a pesar de sus habilidades para la estrategia política. Ahora se evidencia que durante su gobierno se esforzó por indultar a una parte importante de la población carcelaria del Perú. Lamentablemente, en nuestro medio el indulto es una gracia que depende prácticamente de la exclusiva voluntad del Presidente de la República. Esto podría quedar en el terreno de la sospecha y el la acusación de negligencia y abuso en el ejercicio de una potestad casi monárquica si no fuera  porque las instancias judiciales ya han registrado testimonios e indicios que señalan que reos (entre los que se cuentan peligrosos narcotraficantes que actuaban en bandas) habrían pagado altas sumas de dinero a cambio de ser indultados o ver conmutadas sus penas. Ya ha perdido su libertad Miguel Facundo y el mismo destino podría alcanzar al propio ex ministro Pastor. Y las investigaciones podrían involucrar al propio ex Presidente García.

Los fujimoristas - por su parte - suelen asumir una actitud bastante cínica frente a los temas de corrupción, luego del hallazgo de los vladivídeos y el hecho que Fujimori se allanara respecto de los cargos de corrupción en su contra. Ahora parecen estar más que dispuestos a señalar la paja en ojo ajeno. No obstante, la propia Keiko Fujimori está siendo investigada en torno al origen de sus ingresos, la propiedad de la casa en la que vive, etc. Ya en el pasado habín surgido dudas acerca de los fondos que pagaron sus estudios universitarios y los de sus hermanos. Ella ha declarado – con un inexplicable tono de orgullo, hay que decirlo – que las contribuciones de su partido sostienen su estilo de vida, y que ella no trabaja. Quizá éstas sean las ventajas de estar al frente de una franquicia familiar con alcances políticos. En un escenario político profundamente personalista y autoritario, el líder suele acumular grandes privilegios y contar con la sumisión de sus adeptos.

El caso es que los más importantes líderes políticos están siendo duramente cuestionados por asuntos de ética pública y probidad personal. La sombra que se cierne sobre ellos es ciertamente densa: no se trata del “dilema de las manos sucias” de Michael Walzer, aquí no estamos ante un conflicto moral en que el político debe optar entre respetar un principio ético o sacrificarlo en nombre de una meta política importante en el contexto de una situación extrema; aquí hablamos de la simple y contundente sospecha de enriquecimiento ilícito, desbalance patrimonial, soborno, aprovechamiento delictivo del aparato del Estado y fechorías de este estilo.

Estos líderes políticos tienen mucho que aclarar, es más que evidente,  pero la pregunta es qué vamos a hacer los ciudadanos. Es cierto que la cultura de la trasgresión y de la impunidad está arraigada en la sociedad, y que somos nosotros los que solemos votar por estos personajes. Urge una reforma de nuestras prácticas y concepciones de la vida. Urge una transformación profunda de lo que significa la acción política entre nosotros, un desafío que involucra a la ciudadanía entera,  pues la "política" no es solamente lo que los "políticos" hacen o dicen que hacen. Los partidos políticos están capturados por el caudillismo a tal punto que no parece razonable esperar que esta sea percibida como una buena ocasión para renovar los liderazgos y renovar la política de una vez. Lamentablemente el escenario político partidario no muestra ninguna dimensión democrática que favorezca el surgimiento de nuevas generaciones de militantes con proyección hacia un puesto en el Congreso o acaso hacia alguna candidatura municipal o presidencial. Debemos reflexionar sobre nuestra posición frente a esta crítica circunstancia. 

Esta crisis nos interpela como agentes. Necesitamos una ciudadanía vigilante, dispuesta a pedirle cuentas a sus representantes y a señalar allí donde las autoridades exceden las potestades que implica el ejercicio de la función pública. Ciudadanos que no olviden con facilidad las irregularidades en la conducta pública de los candidatos. Ciudadanos  dispuestos a actuar como aujetos políticos, que no dejen la cosa pública solamente en manos de los políticos y de las autoridades elegidas. Necesitamos desarrollar coraje cívico y lucidez política. De otro modo, la política local seguirá brindándonos el patético drama del que hoy somos silenciosos  testigos.


viernes, 21 de junio de 2013

NOCIONES DE PAZ. UNA NOTA SOBRE LOS ORÍGENES







Gonzalo Gamio Gehri


Johan Galtung, el forjador de los estudios contemporáneos sobre la paz, acuñó los conceptos de “paz negativa” y “paz positiva”, siguiendo el proceder berliniano en torno a la noción de libertad. “Negativo” y “positivo” son expresiones que recogen la dimensión lógica de su uso, como fruto de la negación y la afirmación. Encuentro que estas ideas de paz están arraigadas en las fuentes de la cultura occidental.

Paz negativa es ausencia de guerra. Esta noción se reclama directamente de eiréne, el concepto griego de paz. Éste aludía al tiempo en el que no existían enfrentamientos bélicos con potencias extranjeras o entre las comunidades de la Hélade. En esos tiempos las póleis se dedicaban a celebrar la matriz espiritual que las hermanaba en rituales religiosos y lides deportivas comunes, a celebrar alianzas estratégicas y a desarrollar el comercio. La pax de los romanos recogió esta dimensión “negativa” de origen griego, pero aportó el elemento de la presencia del poder tutelar de las instituciones jurídicas y políticas herencia de la República y del imperio. La pax romana era el régimen de ausencia de guerra que existía entre los pueblos sojuzgados por las armas y la autoridad de Roma.

La paz positiva se identifica con el cuidado de la justicia y el bienestar en las relaciones humanas. Si no existe guerra pero las desigualdades sociales o el carácter del régimen político comprometen la supervivencia y el ejercicio de derechos y libertades básicas de los individuos, entonces no puede hablarse propiamente de paz. Si la discriminación o la estigmatización de un sector de la comunidad son prácticas habituales, entonces no hay paz. La violencia suele ser más sutil y compleja, no puede restringirse a la existencia de enfrentamiento bélico y el uso de la fuerza. La violencia es – sostiene Galtung – no sólo directa (física y psicológica), es también estructural y simbólica. Nos hemos ocupado de este tema en otro post.  

Esta idea es próxima al concepto hebreo de Shalom. Es también un saludo genérico, que alude a una compleja red de condiciones que hacen posible una relación interhumana armónica y fructífera. El vínculo interpersonal era fundamental para sostener la vida comunitaria y la alianza con Dios: Martin Buber convirtió la relación yo-tu en el centro de su pensamiento. La confianza, la transparencia en la comunicación, la distribución equitativa de bienes y recursos hacen posible que los lazos sociales se mantengan vivos. Los profetas bíblicos tenían la misión de colaborar con la gente para preservar las condiciones de la justicia. Se convirtieron en críticos sociales que cuestionaban la opresión de los poderosos y la inequidad, y recordaban los contextos y el espíritu de la antigua Alianza del pueblo de Israel. Ejercicio de memoria y justicia eran inseparables.

Las investigaciones recientes sobre la paz recogen implícitamente el legado de estas formas culturales de reflexión y de acción común. El trabajo de Galtung parece ponerlo de manifiesto. Probablemente este antiguo legado sea clave para comprender los conceptos construidos por este autor.