martes, 20 de julio de 2010

MISTERIOSA FORTUNA


Gonzalo Gamio Gehri


Todo ser busca la Gran Palabra, y el alma universal, grande e inmensa, se agita por todas partes y florece sin fin”.

Novalis


Alex: [voice over] How's your sunset?
Kate: It's perfect.
Alex: I only wish you were here to share it with me.

Anna Scott: Can I stay for a while?
William: You can stay forever.


Este es un extraño post, que intenta conciliar un extraño saber con la industria del cine ¿Es posible que – al menos en una pequeña medida – el cine popular haya podido recoger algo de la sabiduría de los mitos y los cuentos de hadas acerca de la fortuna y el amor? ¿Incluso películas evidentemente ligeras, del estilo de The lake House o Notting Hill podrían haber rescatado ese antiguo saber? Si la pregunta es extraña, la respuesta lo es más todavía. Ambas son películas en las que la fortuna (tyché) desempeña un rol dominante. Ya hemos hablado del vínculo entre la tyché y el discernimiento en la ética y la política; ahora quisiera detenerme en las relaciones humanas cercanas. Volví a encontrarme casualmente con estas películas, y creo que tienen algo que decir sobre la fortuna y los sentimientos humanos más profundos y difíciles, y lo plantean sin perder cierta "magia". En The lake House, una muchacha y un joven - ella es médico, él es arquitecto - intercambian cartas de amor en medio de una extraña situación: dicha comunicación tiene lugar a pesar de que uno vive a dos años “de distancia” del otro. De hecho, se comunican a través del buzón de la misma casa del lago en la que viven (en tiempos diferentes). En Notting Hill, la vida de un librero inglés cambia constantemente de rumbo por la episódica y atropellada aparición de una estrella de cine norteamericana - Anna Scott -, a la que él ama intensamente. En ambos casos, las vidas de los personajes se ven severamente expuestas a circunstancias externas a lo que puedan decir o hacer, es decir, a la tyché. William y Alex se parecen a los personajes de los mitos y cuentos de antaño – y quizá a la mayoría de los terrestres – en tanto que ellos no “encuentran el amor”; el amor los encuentra a ellos, sin que se les permita detenerse a pensar en si esto tiene lugar en un momento oportuno o bajo las condiciones adecuadas. Esto es lo que hace que sus historias sean dignas de ser contadas. Escriben una carta, o doblan la esquina, y entonces sucede.

Evidente es el misterioso e incontrolable poder que tiene la fortuna sobre nosotros, los frágiles y limitados mortales. Nos lleva fugazmente a tocar el cielo con las dos manos, para luego, en poco tiempo y con singular velocidad, sumergirnos en el abismo más profundo de dolor y silencio. Es que la tyché decide finalmente el curso de nuestra salud o prosperidad, nuestra suerte en la batalla, el retorno anhelado del ser amado o la ruina más completa de nuestras esperanzas. Hace crujir nuestras certezas y vínculos hasta resquebrajarlos y hacerlos polvo. A veces, sólo a veces, nos devuelve la calma y nos sonríe. En Notting Hill, William Thacker tiene que lidiar con una felicidad que sólo tiene lugar en los “sueños dulces”, pero también debe enfrentar largos periodos de ausencia de su amada, que lo descolocan sin remedio y provocan en él una honda melancolía. Alex Wiley - en The lake House – desarrolla una relación epistolar formidable con Kate, al punto que las cartas entre ambos se convierten en el verdadero nudo de la trama. Como los románticos alemanes, ambos buscan encontrar las palabras correctas, aquellas que revelen el correcto matiz que revele con fuerza aquello que sienten y que quieren decirse el uno al otro. Contrariada por la sorpresiva ausencia de Alex - en el momento más crítico de la película -, Kate decide interrumpir la comunicación entre ambos. Súbitamente, las circunstancias llevan dolorosamente al joven a retener en su pecho esas palabras que no eran suyas, que ya pertenecían a alguien más. Tampoco tiene la oportunidad de explicar su ausencia (que en si misma es misteriosa, dado que tiene que ver con eventos del futuro). Extraña profundamente a la muchacha, sus cartas, la voz que sólo puede imaginar. En un hermoso gesto de amor y ternura, Alex decide entrar en la vida pasada de Kate, para intentar conquistarla, dos años antes de sus cartas. Especial atención en la película merece la canción de Paul McCartney This never happened before, que nos habla precisamente del destino de los amantes.

Hasta allí los elementos interesantes que pueden conectarse con los mitos y cuentos de amor clásicos y románticos. Recordemos que estamos hablando de un cine algo edulcorado y hasta algo cándido (espero escribir algún día algo sobre Before Sunrise y Before Sunset, que son obras lúcidas y conmovedoras en este género, y que también están relacionadas estrechamente con los embates inesperados de la fortuna). Con todo, aquí el amor y la fortuna nos remiten al problema de aquello que hay que encarar: la verdad, la verdad de la vida (no puedo sino simpatizar con esta visión: después de todo, la verdad que no te deja sin aliento o que no te hace “perder la cabeza”, no parece tan “verdadera”. En el amor, la amistad, la religión y los asuntos más importantes de la vida).

La fortuna encumbra al ser humano, al “raquítico dios de la tierra” tanto como lo sumerge en el lodo, lo condena al silencio o al vacío, cuando no a la pura y dura destrucción. No conocemos el secreto de la dulce y terrible Tyché. No podemos controlar completamente el curso de nuestras vidas, ni siquiera es posible ponderar todas las consecuencias de nuestras acciones. No podemos aspirar al conocimiento del acaso (Sólo cerrar los ojos, hacer una oración ¡y tal vez cruzar los dedos!). Súbitamente, nos vemos privados de las personas a quienes queremos, e incluso de las condiciones básicas de nuestra existencia ¿Tendrá sentido, a pesar de todo, seguir rindiéndole culto y ofrendas a la misteriosa fortuna, seguir orándole, invocar su nombre en el fragor de las batallas, como los antiguos griegos?

Tal vez sí. No olvidemos las sabias palabras de Martín Adán:


“La que nace, es la rosa inesperada”.

lunes, 12 de julio de 2010

PUCP: IMPORTANTES PRECISIONES



Gonzalo Gamio Gehri



Finalmente, la PUCP respondió acertadamente a los dos comunicados eclesiales en contra de la Universidad. Como expresa muy bien el documento, en sentido estricto, el conflicto existente no pretende abordar cuestiones de Iglesia, como sugieren de manera tendenciosa los comunicados del 6 y 8 de julio. A mí me desconcierta que el comunicado firmado por algunos obispos señale que la PUCP debe dejarse “guiar por sus legítimos Pastores” y al mismo tiempo sugerir que esta exigencia – formulada así, de manera escueta e indeterminada – puede ser “perfectamente compatible” con los principios de la autonomía universitaria y la libertad de pensamiento. No es evidente que así sea. Suponer que el pensamiento crítico no podría colisionar con el sometimiento a la autoridad (“dejarse guiar por sus legítimos Pastores”) resulta sumamente problemático: allí hay más de una cuestión filosófica y teológica por esclarecer. Uno se pregunta qué modelo de educación universitaria y de vida académica subyace al comunicado de los obispos.

Entristece también que el comunicado de los obispos señale una serie de gravísimas inexactitudes en torno al litigio entre la PUCP y el Arzobispado de Lima, cuya solución permanece pendiente en el Poder Judicial.

Aparentemente - más allá del caso puntual de este comunicado -, de lo que se trata en esta campaña mediática y política contra la PUCP (que ya tiene varios años de vida) es de desmontar un espacio plural y progresista, comprometido con los DDHH y con el respeto por la diversidad. La PUCP es una de las instituciones próximas a la Iglesia que cuentan con mayor prestigio en el país. Es una pena que los obispos firmantes no caigan en la cuenta de lo que sucedería con su nivel académico y con su proyección a la comunidad si perdiese la autonomía y la estructura democrática que hoy tiene. En contraste, se entiende que obispos vinculados al trabajo intelectual como Strottmann, Barreto, Cabrejos y otros no hayan firmado el documento.

Mientras tanto, los medios de ultraderecha se alinean con este cuestionado discurso, y una farsesca página de Facebook (absurdamente "aristocratizante") cita sistemáticamente las curiosas opiniones de Aldo Mariátegui sobre el tema como si del Oráculo de Delfos se tratase. El Comercio ha tomado partido en este conflicto, a juzgar por sus editoriales y por la forma en que ha condenado a la congeladora los artículos de quienes defienden a la PUCP (actualización: véase el poco creíble texto de Prieto Celi publicado el 15 de julio). El papel - y la pantalla - aguantan absolutamente todo. Esa clamorosa falta de rigor tiende a convertirse en moneda corriente en estos pintorescos círculos antiliberales.



COMUNICADO DE LA PUCP



Lunes, 12 de julio del 2010

Ante los comunicados publicados los días 6 y 8 de julio del 2010 en respaldo del cardenal Juan Luis Cipriani, la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) declara lo siguiente:

1.- El conflicto entre el Arzobispo de Lima y la Universidad Católica no toca asuntos de Iglesia. Para el señor Cardenal se reduce a un problema con “un testamento, un patrimonio y un dinero”. Para la PUCP es un problema que compromete su autonomía y su legítimo modelo de universidad.

2.- La PUCP reitera que ha acatado lo resuelto en la sentencia del Tribunal Constitucional. Esta sentencia no manda, ni podía mandar, por la naturaleza del amparo, que la Universidad actúe según una determinada interpretación de los testamentos de don José de la Riva-Agüero. Este asunto es de competencia de la justicia ordinaria.

3.- La Universidad Católica no agravia a su Gran Canciller, el Arzobispo de Lima. En cambio, la PUCP es agraviada permanente y públicamente por el señor Cardenal y sus voceros, como puede apreciarse cotidianamente en las declaraciones suyas que aparecen en los medios de comunicación.

4.- El comunicado del 6 de julio del 2010 ha sido firmado únicamente por miembros del Arzobispado de Lima y representantes de entidades religiosas que, en su mayoría, comparten con el señor Cardenal una posición ajena al modelo de universidad tolerante y plural de la PUCP.

5.- El comunicado del 8 de julio, firmado por un grupo mayoritario de obispos, expresa, sin fundamento alguno, que habría en la Universidad “interesados en administrar la herencia de Riva Agüero de un modo distinto al que corresponde”. Esta insinuación carece de veracidad, atenta contra el espíritu de comunión católica y pasa por alto que la información económica de la Universidad es pública y está auditada por instituciones de prestigio internacional. Conviene agregar que algunos de los obispos firmantes integran la Asamblea Universitaria de la PUCP, nombrados por la Iglesia para tal propósito y, por ello, reciben puntualmente esta información. No la objetaron nunca.

6.- La PUCP confía en que pronto se restablezcan la mesura, la prudencia, el respeto mutuo y el diálogo constructivo entre todos los miembros de la Iglesia. En las circunstancias actuales, reafirma el compromiso con sus fines como institución universitaria católica, al servicio del Perú desde hace 93 años.

7.- La Universidad seguirá defendiendo su autonomía y su modelo legítimo de universidad mediante los medios jurídicos de defensa a que tiene derecho, tanto en el ámbito nacional como en el internacional.

Lima, 12 de julio del 2010.


EL CONSEJO UNIVERSITARIO

jueves, 8 de julio de 2010

OTRO MÁS


Gonzalo Gamio Gehri


Hoy ha sido publicado – lo leo en La República – otro comunicado en contra de la posición de la PUCP y sus autoridades democráticamente elegidas, esta vez firmada por algunos obispos peruanos (no se encuentra, por ejemplo, la firma de Monseñor Strotmann, ni la de Monseñor Barreto, tampoco figura la firma de Monseñor Cabrejos, Presidente de la Conferencia Episcopal, entre otras ausencias importantes). Mi impresión es que este documento en parte es fruto de una reacción frente al pronunciamiento de los 300 académicos extranjeros en favor de la autonomía y el pluralismo en la PUCP. Una lectura atenta del texto así lo revela. Sorprende un poco la multiplicidad de manifiestos de algunos sectores de la jerarquía contra la PUCP, y que todavía no se cuente con un pronunciamiento institucional sobre el intento gubernamental por expulsar del Perú al religioso Paul Mc Auley.

Quisiera compartir con los lectores de este blog mi opinión personal sobre este asunto. Con todo respeto, me preocupan tres cosas. La primera, es que el texto señala una información completamente inexacta acerca del estado actual del litigio entre el Arzobispado de Lima y la PUCP. El documento dice que la sentencia del Tribunal Constitucional concluye que “corresponde al Señor Cardenal de Lima, mediante la designación de un representante en la Junta de Administración de la herencia de Riva Agüero, estar informado y velar por el buen uso de la fortuna dejada por ese ilustre peruano para beneficiar la formación católica de los profesionales que tanto necesita nuestro país”. Deja entrever que se trata de un caso concluido. En sentido estricto, eso no es verdad. El TC ha declarado infundada la Acción de Amparo presentada por la PUCP, pero el tema de fondo – la interpretación de los testamentos, las funciones de la Junta, etc. - está todavía en manos del Poder Judicial, así que mal hace el texto que comentamos en sugerir que se trata de un asunto zanjado.

La segunda. Hay en el documento una serie de alusiones a la idea de que el Pueblo de Dios y las universidades católicas deben “dejarse guiar por sus pastores (esto es, por los obispos)”. Dejemos por ahora el tema teológico acerca de cómo interpretar esta frase en el contexto de una institución académica que debe promover el conocimiento y la crítica – un asunto de primera importancia, qué duda cabe -. El texto sugiere que las actuales autoridades de la Universidad no tienen confianza en el Obispo del lugar, que es el Gran Canciller de la PUCP y, aludiendo al comunicado de de los 300 académicos, el pronunciamiento cuestiona que “por el contrario, se apoyen en personas ajenas a la Iglesia y, en algunos casos, incluso públicamente contrarias a ella y a sus enseñanzas”(expresiones controversiales como esta prueban que, por decir lo menos, en estos contextos, la cuestión de la libertad académica sigue siendo un tema polémico y por demás sensible, y puede estar en situación de riesgo). Esta es una insinuación que debe ser documentada, pues se está sosteniendo en más de un sentido que los intelectuales que firmaron el documento en favor de la autonomía universitaria – Touraine, Anderson, Nussbaum, Held, Iribarne, etc. – serían potenciales “enemigos de la Iglesia”. Una afirmación demasiado gruesa, e incluso ofensiva, sin duda. Muchos de los académicos de la lista son católicos practicantes, y no debería sorprender que una Universidad de prestigio cuente con el respaldo de grandes hombres de ciencia de diversas confesiones y perspectivas que expresen con claridad su deseo de que la PUCP permanezca como un recinto plural, preocupado por la promoción de las libertades y los derechos humanos. Tampoco debería sorprender que la propia PUCP no esté dispuesta a conceder silenciosamente que se modifiquen sus estatutos en asuntos que considera fundamentales, por ejemplo, que se pretenda suspender sus mecanismos democráticos, en la elección de sus autoridades (1). Por eso decíamos en otro artículo que este conflicto trasciende el tema del fundo Pando y el testamento.

La tercera cosa. El documento reseñado afirma en más de una ocasión que las autoridades de la Universidad estarían “agraviando públicamente a la persona e investidura del Cardenal de Lima y Primado de la Iglesia en el Perú que es, a su vez, el Gran Canciller de la PUCP”. Me parece que esto no es cierto, y me preocupa mucho que con tanta frecuencia se confunda en diferentes contextos – a menudo desde cierto espíritu autoritario - el disenso con el insulto. Manifestar desacuerdos con una autoridad no equivale a ofenderla: suponer algo así no sólo constituye un profundo error, se trata de una actitud que revela intolerancia. Las autoridades no son simplemente oráculos, ni siquiera las autoridades religiosas. En los diferentes comunicados, artículos, etc., de autoridades y profesores de la PUCP he constatado la formulación de poderosas discrepancias que se expresan con argumentos, pero nunca el agravio personal. Por supuesto, se teme – pues se trata de un temor razonablemente fundado – que una intervención sobre la PUCP pueda minar su apertura académica y su compromiso con el pluralismo y la democracia (en la línea de otros centros confesionales en los que se prohíbe o dificulta el acceso a cierta bibliografía, por ejemplo), pero esa preocupación siempre asume la forma de la reflexión. El respeto por el disenso constituye un principio irrenunciable en una sociedad democrática. Quienes formamos parte de la comunidad de la PUCP tenemos derecho a opinar sobre su carácter y destino como Universidad, sin que esa opinión sea caricaturizada como una ofensa.

Repito. Este debate y este litigio no han concluido todavía. Quedan muchas ideas y posiciones que formular y contrastar. Y procesos legales – en fueros locales e internacionales – que afrontar. Por el bien de la PUCP.


(1) Cfr. las sinuosas y reveladoras declaraciones de Federico Prieto Celi en una entrevista, quien ataca directamente al IDEHPUCP y a la formación que ofrece de la Universidad, recurriendo al prejuicio y sin tomar en cuenta la verdad ni los hechos. Revela claramente que la intención de los aspirantes a "interventores" de dicho centro de estudios iría más allá de una participación en la junta administradora. Además, Prieto aprovecha la entrevista para despacharse a sus anchas contra el religioso McAuley.

miércoles, 7 de julio de 2010

EL LEGADO PLURALISTA DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA (SALOMÓN LERNER FEBRES)




A continuación presentamos - con autorización del autor - el artículo del Dr. Salomón Lerner Febres, El legado pluralista de la Universidad Católica, una profunda reflexión sobre el cultivo del pensamiento y el respeto de la diversidad en la PUCP. Inicialmente fue enviado a un conocido medio de prensa nacional, pero - luego de quince días sin ser publicado - fue retirado por el propio autor. Finalmente apareció en La República el 27 de junio.




Salomón Lerner Febres

Rector emérito de la PUCP


No es frecuente en nuestro medio que el destino de una universidad sea objeto de inquietud
pública. Ha llegado a serlo, en el caso de la Universidad Católica, por su indudable relevancia nacional, por la importancia que ella, en sus noventa y tres años de existencia, ha sabido conquistar en la vida pública del país. Tal importancia reposa no solamente en su contribución intelectual sino también en su activo compromiso con el desarrollo nacional y, como lo evidenció en los últimos años, con la defensa de la democracia en contra del autoritarismo.

Precisamente en razón de esa trascendencia, sería deplorable que la controversia actual se redujera a su simple aspecto patrimonial, aunque ello sea el contenido del contencioso judicial que hoy opone a la Universidad Católica con el Arzobispado de Lima. Lo que está en juego excede los límites de la contienda legal para involucrar un tema más amplio y decisivo: el futuro de una institución que es modelo de excelencia académica y, sobre todo, paradigma de pluralismo, de convivencia creativa de diferencias que se reencuentran siempre en el respeto y la tolerancia mutuos. Ese pluralismo ajeno a dogmas y a arrebatos autoritarios, acogedor de lo diverso y abierto siempre a la solidaridad, es, con seguridad, el mejor don que la Universidad Católica, en ejercicio de su identidad cristiana, desde décadas hace al país, y es preciso defenderlo.

Probablemente, cada persona que ha pasado por nuestra Universidad tiene una historia que contar sobre esa experiencia de diversidad y el aprendizaje de la tolerancia realizado en ella. En mi caso personal, encuentro una preciosa continuidad entre mi historia familiar y la historia que después he vivido como estudiante, profesor y rector de esa universidad. Soy hijo de un padre judío y de una madre cristiana y católica. Mi padre fue un fiel practicante de su religión e inclusive un referente de la comunidad judía en Arequipa. Ello no le impidió, sin embargo, instaurar en el seno de su familia el principio de libertad y de tolerancia que, a la larga, nos llevó a mis hermanos y a mí a tomar opciones religiosas distintas. Mi hermano mayor optó por el judaísmo. Mi hermana, recientemente fallecida, abrazó el catolicismo con una pasión tal que la condujo a incorporarse a la Legión de María. También yo, educado en el colegio de los hermanos de La Salle, hallé en el cristianismo y el catolicismo mi camino espiritual sin dejar de reconocer por ello el valor del judaísmo. Así lo sentí desde muy temprano, y esa convicción se ha fortalecido con el paso de los años, en la vivencia intelectual y familiar, en la forma de un cristianismo entendido como el seguir el modelo de vida de Jesús y de sus enseñanzas de humildad, tolerancia, solidaridad con los pobres y los débiles y amor a la verdad. Ese cristianismo, como fe y como norma de vida, es todo lo contrario de la búsqueda de poder y, desde luego, del culto del autoritarismo, ídolos falsos que tanto empequeñecen nuestras existencias.

Llegar a la Universidad Católica a muy temprana edad fue, para mí, descubrir que esa vivencia familiar de pluralidad y reconocimiento mutuo podía ser también la esencia de una comunidad intelectual. Desde que ingresé a la Universidad, hace ya 50 años, y a lo largo del tiempo, mientras asumía la docencia o ejercía el rectorado, no he dejado de experimentar como su bien más valioso esa atmósfera de libertad convertida en norma de convivencia entre personas dedicadas al cultivo del saber sin prejuicios, sin sentirse atadas por dogmas ni reducir el conocimiento a un medio para el beneficio económico. Esa libertad y ese espíritu creativo los he visto reflejados en todos los ámbitos de la vida universitaria. Reina en las aulas, en los currículos, en los planes de estudio, colorea la vida cotidiana más allá de los salones de clase y las bibliotecas: en los jardines y comedores donde los jóvenes aprenden el arte de la discusión respetuosa entre pares, y, desde luego, en las actividades culturales de cine, teatro, artes plásticas, foros y conferencias que la universidad – docentes y alumnos - organizan, actividades que imprimen al claustro una vitalidad siempre renovada. Gracias a esa libertad los profesores no dejamos nunca de aprender de sus estudiantes; el mutuo respeto intelectual propicia en el campus un incesante diálogo entre generaciones que constituyen, reunidas, una auténtica comunidad del saber.

Existe una estrecha conexión entre este cultivo del pluralismo y de la libre búsqueda del conocimiento, por un lado, y la reconocida excelencia de los profesionales que la Universidad Católica forma y pone al servicio del país desde hace casi un siglo. La formación profesional que ella brinda se plantea siempre como un emprendimiento intelectual y también como una opción ética. Ello permite que nuestros profesionales sean, además de expertos en sus respectivas especialidades, personas con un definido compromiso cívico y moral. Y aunque se multiplique varias veces aquello que materialmente recibió de manera generosa, aún así es muchísimo más lo que ella ha dado que lo que ha recibido. Por ello, la contribución de la Universidad Católica a la vida nacional difícilmente podría ser medida según las pautas de un patrimonio más o menos acrecido por medio de inversiones y otro género de operaciones. La contribución que la Universidad hace, y el empleo que ella ha sabido dar a la generosa dotación recibida hace casi setenta años, es literalmente inmensurable, pues se manifiestan en la tarea de sus egresados en múltiples campos del saber. De ello dan testimonio no solamente los reconocidos intelectuales, profesionales, científicos y técnicos que prestigian al país alrededor del mundo, sino también las labores anónimas, pero no menos decisivas, de decenas de miles de egresados que construyen y mejoran cotidianamente a nuestro país mediante el desempeño experto y honrado de sus tareas.

Hay quienes pretenden sostener que por el hecho de no imponer una formación estrictamente confesional, nuestra Universidad es infiel a su origen y su esencia cristiana y católica. Tal punto de vista solamente revela una equivocada concepción de nuestra fe, una deformación del cristianismo que se lo quiere entender como voluntad de poder y de regimentación de las existencias individuales y colectivas, y no como lo que realmente señala el modelo de vida de Jesús: una exaltación de la humanidad como abocada a una promesa de salvación centrada en el amor, la solidaridad, la humildad, la preocupación por los débiles y, por supuesto, la defensa a ultranza de nuestra libertad y dignidad humanas.

El compromiso de la Universidad Católica con el desarrollo del país y su determinación a alzar la voz en contra del autoritarismo y de la corrupción y en defensa de los derechos humanos es y seguirá siendo una forma inequívoca de expresar esa identidad cristiana. Esa expresión, que nace de un apego a la verdad, siempre impregnada de moralidad, se alzó ya cuando otros que tenían la obligación de pronunciarse a favor de los desvalidos, prefirieron callar e incluso ponerse del lado de la fuerza, la arbitrariedad, el abuso y la corrupción.

La fuerza moral de la Universidad Católica proviene de esa vocación cristiana y del encuentro entre ella y su apertura a la modernidad, a la renovación. Sólo se renueva quien sabe examinarse a sí mismo. Y solamente practica el autoexamen quien está despierto a la existencia de los otros, quien los ve como prójimos que nos imponen responsabilidades. Ese aprendizaje, el de la responsabilidad que viene de reconocer positivamente la diversidad del mundo, es una vivencia central en todos quienes integramos esta comunidad intelectual que siempre será más fuerte que los espíritus llevados por la ambición material o por el culto del poder. De un lado, estará siempre firme nuestro espíritu pluralista, solidario y celebrador de la vida humana; del otro lado, quedarán la arrogancia y su inevitable resultado, la soledad.

Estoy cierto de que la fe, la esperanza y la caridad, virtudes que hermanan a los católicos, servirán para que, más allá de disputas sobre cosas y dinero, podamos entablar todos los miembros del claustro un diálogo respetuoso en el que finalmente se reconozca la autonomía responsable de una institución casi centenaria que siempre ha servido con excelencia al Perú y a la Iglesia.


¿DUELO DE COMUNICADOS?



Gonzalo Gamio Gehri


Ayer apareció en El Comercio un comunicado titulado Adhesión al Señor Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne, firmado por miembros de la jerarquía eclesiástica de la Diócesis de Lima, representantes de algunos grupos religiosos de una determinada orientación dentro de la Iglesia y autoridades de un centro superior de formación teológica de la capital. El comunicado señala que los firmantes respaldan la idea de que “en el litigio entre el Arzobispado y la Pontificia Universidad Católica del Perú, no está en juego la propiedad de esa Universidad ni la orientación académica de la misma, sino el respeto a la voluntad testamentaria del insigne católico y bienhechor de la Universidad D. José de la Riva Agüero”.

Aparentemente, este compromiso formal de adhesión buscaría “contrarrestar” – ante la opinión pública – el contundente comunicado de apoyo a la PUCP firmado por 300 académicos de las más prestigiosas universidades del mundo, que ven con preocupación el futuro del pluralismo y la libertad académica que se cultiva en la PUCP, bajo la amenaza de una intervención conservadora. No puede ponerse en un mismo nivel un documento firmado por personas reconocidas internacionalmente por su contribución a la ciencia y el pensamiento, que respaldan libremente – sin ningún vínculo laboral o de dependencia jerárquica – a una institución académica, y otro texto, firmado para suscribir la posición de una persona a la que se debe formalmente obediencia. En honor a la verdad, se trata de documentos de una naturaleza radicalmente diferente, animadso por objetivos diferentes. Corresponde a los lectores discernir y discutir si este pronunciamiento eclesiástico capitalino se enmarca o no en la inspiración profética o en el esfuerzo por el Reino y su justicia, mi impresión es que no; percibo más bien un cierto (previsible) espíritu de cuerpo operando aquí. Esa es mi modesta opinión (por supuesto, estoy dispuesto a escuchar opiniones rivales). En lo personal, me hubiera gustado ver un pronunciamiento suscrito con similar énfasis y firmeza para rechazar, por ejemplo, el intento arbitarario del gobierno peruano por cancelar la residencia del hermano de La Salle Paul Mc Auley, un hombre de Iglesia sin mayor poder que el de su mensaje pastoral.

Conozco a algunos de los firmantes de este nuevo documento, y confío en que sepan in pectore que la realidad del caso es mucho más compleja que lo que este polémico, escueto y maniqueo comunicado señala. Por supuesto, tienen el derecho de expresar su posición, pero nosotros tenemos el derecho de discrepar respecto de las razones expuestas allí. Quienes buscan intervenir la PUCP desde el argumento de que aspiran a participar de la administración de lo que alguna vez fue el fundo donado por Riva Agüero son las mismas personas que han planteado que se modifiquen los estatutos de la Universidad en torno a la elección del Rector, las potestades del Gran Canciller, etc., así que el tema va más allá del asunto meramente testamentario. No verlo – o no querer verlo – puede constituir un grave error, si la autonomía universitaria y el cultivo libre del conocimiento son valores que realmente queremos defender.

sábado, 3 de julio de 2010

LA OFENSIVA EXTREMISTA (EN TORNO A UN ARTÍCULO DE A. ADRIANZÉN)


Gonzalo Gamio Gehri


Hace días Augusto Álvarez Rodrich y José Alejandro Godoy han escrito acerca de una “ofensiva conservadora”, que aviva el mito del “terrorismo anclado en la UNMSM” para debilitar la Universidad, y se organiza mediáticamente para combatir a la PUCP e intentar minar su pluralismo y su autonomía; son los mismos actores que buscan allanarle el camino a la controvertida candidatura de la dinastía Fujimori. Hoy Silvio Rendón escribe una aguda nota crítica - en el primer punto de su último post - contra el “revelador” artículo de Monseñor Cipriani – Tú eres Pedro – publicado en El Comercio, el nuevo “buque insignia” (para utilizar una imagen recurrente entre los neoconservadores criollos) de los sectores abiertamente contrarios a la PUCP (Rendón sostiene severamente que, a partir de lo leído, para JLC, "aceptar a su encargado en la administración de la PUCP equivale a 'dejar entrar a Cristo'”). Hoy, también, Alberto Adrianzén publica en La República El Fascismo en el Perú, texto en el que denuncia la intolerancia, el racismo y la vocación por la violencia que se profesa en el discurso mediático y cotidiano de la ultraderecha peruana.

Adrianzén comienza evocando una escalofriante conversación en Facebook, presuntamente entre un padre y su hijo:

"Hijo: “Feliz día, viejito! Solo me queda agradecerte por el apoyo incondicional que me das día a día, por eso eres el mejor viejo desde mi punto de vista. Y ya sabes viejo: haz patria y mata un caviar”. Padre: “Gracias, hijo del alma. Eres mi orgullo y mi felicidad. Te amo. (No es necesario matar ‘caviares’ para hacer patria, basta con combatirlos y derrotarlos con ideas”.

Luego evoca las ofensivas expresiones de una nota de Expreso en la que se queja contra el importante comunicado firmado por 300 académicos extranjeros a favor de la PUCP – sin duda un duro golpe contra el fundamentalismo religioso y político que opera en el Perú[1]. -. Allí la nota destila virulencia religiosa completamente ajena a una cultura democrática (“¿Qué pensaría Riva Agüero de esta carta encabezada por un agnóstico?”, sostiene en referencia a Vargas Llosa), e incluso apela a un sórdido antisemitismo, al evocar de manera hostil al origen judío del Dr. Salomón Lerner, Rector emérito de la PUCP y defensor de los DDHH. En fin, Adrianzén cita también el lenguaje violento y agraviante que usa Aldo Mariátegui para satanizar a quienes discrepan con él (y sus completamente desorientadas “reflexiones” sobre el concepto liberal de sociedad civil).

“Seguramente, otros ejemplos se podrían citar. Sin embargo, me interesa llamar la atención sobre el creciente clima de intolerancia fascista y el despliegue de una cultura que promueve el racismo y la muerte como opciones principales. Es el hijo que le dice amorosamente al padre: “mata a un caviar”; es Expreso “acusando” a Salomón Lerner F. de judío; es el director de un diario que cree que aquellos que no piensan como él son una manga de idiotas y comunistas. No es extraño que Oliver Starck, columnista de Perú 21, publicara un artículo (26/4/10) en el cual no solo hacia una abierta defensa de Riva Agüero como fundador del fascismo en el Perú (“Riva Agüero fue, efectivamente, un devoto de Benito Mussolini”) sino también del fascismo mismo. La idea de que es posible asesinar al otro distinto (sea de izquierda, caviar o “progre”) no es una simple metáfora o un juego de palabras. Es una propuesta política. El otro dato es que esta ofensiva fascista la promueven impune e impúdicamente algunos medios”.

Por supuesto, el uso del término “fascista” requiere una discusión académica rigurosa, para evitar incurrir en etiquetas poco precisas (lo mismo sucede con el indeterminado rótulo "caviar"). Recurrir a la historia de las ideas será importante. Es altamente probable que el término se esté usando de manera quizás más coloquial, aunque las alusiones a los extravagantes artículos de Oliver Stark señalan la existencia de ciertas tendencias filo-fascistas en nuestro país[2]. Las agudas reflexiones de Adrianzén, sobre cómo estas actitudes y slogans combinan de manera perversa el racismo, el antisemitismo, la violencia y la obsesión por el "orden y las jerarquías" son absolutamente pertinentes, pues se está denunciando una situación real, más allá de la corrección histórico - ideológica (o no) del uso de esta noción. Este cuestionable fenómeno no es nuevo. En algunas páginas de Facebook se plantean diversos intentos de “rescate” del movimiento de Luis A. Flores en busca de "inspiración" (¿?), y florecen delirantes espacios monarquistas y autoritarios. Otros prefieren asumir posiciones próximas al militarismo "duro" y al ultramontanismo. El gobierno ha asumido una actitud complaciente - por decir lo menos - con la ultraderecha, piénsese, sólo por poner un ejemplo reciente, en la cancelación de la residencia del Hermano John Mc Auley, así como en las delirantes acusaciones de parte de la bancada aprista contra sacerdotes católicos defensores de las comunidades y del medio ambiente contra las mineras, entre los que se cuentan el obispo Turley y Paco Muguiro. Y los sectores “mercantilistas” en la prensa – los falsos liberales – coquetean reiteradamente con esta forma pintoresca de extremismo político. Es efectivamente una situación preocupante, que debe ser atendida a través de la crítica racional y el debate público. Como en el caso de la extrema izquierda, es necesario discutir (y refutar) la entraña violenta y discriminadora de la ultraderecha. El Perú necesita una derecha y una izquierda democráticas, bien dispuestas a la confrontación de las ideas.

“No estamos, por lo tanto, solamente frente a una ofensiva conservadora, encabezada por personajes vestidos de frac o de sotana y con olor a naftalina. Lo curioso de todo esto es que aquellos que la promueven, se dicen modernos (y hasta liberales), defienden a capa y espada al mercado, a las actuales políticas neoliberales, a la globalización, pero también al fujimorismo, a los violadores de los DD.HH., al militarismo y al cardenal Cipriani representante de esa cultura franquista llamada Opus Dei. Por eso me pregunto si es posible construir un país y una democracia para todos, cuando no se tiene una derecha moderna (tampoco una izquierda) y sí, más bien, una banda de matones fascistas y de “buenos muchachos” al momento de hacer negocios”.

El texto que comentamos es evidentemente polémico, pero toca un tema sin duda sensible: el lenguaje de la violencia prospera en diferentes sectores, y en ambos extremos de la escena ideológica. Aunque sus cultores no sean numerosos, es preciso estar alertas, pues cuentan con cierto poder e influencia sobre una parte de la opinión pública.


La imagen viene de aquí.



[1] Véase las destempladas e inargumentadas reacciones de Martín Santiváñez en Correo, quien ridículamente llama "cananeos", "filisteos" y "súcubos" a los defensores de la autonomía de la PUCP . Sin embargo, sus fans del monarquismo - Facebook dicen que su raquítica nota es "genial". Muy gracioso, la verdad.

[2] Es sabido que O.Stark No es el único que ha “celebrado” expresamente los posibles vínculos entre Riva-Agüero y el fascismo; sólo basta echar una mirada a los diversos lugares “reaccionarios” en internet para constatar el esfuerzo por establecer conceptualmente esa presunta vinculación.