martes, 22 de mayo de 2007

ÉTICA DE LA MEMORIA Y CRISTIANISMO



REFLEXIONES FILOSÓFICAS SOBRE EL INFORME DE LA CVR Y EL LEGADO DE LA TEOLOGÍA POLÍTICA


Gonzalo Gamio Gehri




"Incluso decirlo me es doloroso, pero callar es un dolor, una desgracia, de todas
formas."

(Esquilo, Prometeo encadenado
198-99)

"Reconstruye el Señor Jerusalén, reúne a los exiliados de
Israel, sana los corazones destrozados y venda sus
heridas."


(Salmo 147, 2-3)



¿Qué posición ética asume el cristianismo frente a la violencia y la injusticia social y política? ¿Qué puede decirse desde el pensamiento religioso cristiano acerca de la aguda crisis que vive nuestro país en relación con el proceso de violencia vivido y la preocupante fragilidad de nuestras instituciones? Estas preguntas nos ubican en el centro mismo del debate público en torno a las exigencias de verdad y justicia en el contexto del trabajo de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación (CVR), exigencias que interpelan a quienes se describen a sí mismos desde la doble condición de ciudadanos y cristianos. Para muchos, resulta problemático afirmar que el compromiso consciente con la Iglesia pasa por asumir una posición ética y política específica frente al conflicto armado interno y sus víctimas inocentes; para algunos, esto supone “descender al ámbito social”, y así “descuidar lo realmente trascendente”. Confío en que esta suposición es una trampa abstracta, en el mejor de los casos, y una insensible e insensata evasiva, en el peor. La tesis que quiero defender aquí – en diálogo crítico con autores como G. Gutiérrez, J.B. Metz, y L. Kolakowski y, por supuesto, con el Informe Final de la CVR ante los ojos – es que el ejercicio de la ética cristiana (y sin duda también la realización del ethos democrático) implica necesariamente la suscripción de un compromiso vital con la recuperación de la memoria colectiva.

Este ensayo es también – de alguna forma - una confesión de parte. Intento desarrollar aquí una reflexión filosófica sobre la ética de la memoria en estrecho diálogo con mis creencias religiosas católicas, que considero están radicalmente comprometidas con el trabajo de la crítica y la libertad de pensamiento propios de un espíritu más bien ‘liberal’, que acusa la influencia fundamental del pluralismo y la apertura del Concilio Vaticano II. Puede reconocerse aquí, asimismo, la presencia de ese renovado interés por el pensamiento democrático-social y el cultivo del humanismo cívico que ha resultado decisivo en el proceso de recuperación de la institucionalidad política en el Perú (un proceso todavía inconcluso y bajo constante amenaza). Sé que suele ser común entre los filósofos el cultivo de un lenguaje universalista y neutral para las cuestiones éticas. No obstante, no es esa mi opción; pienso – con la mente puesta en la tesis hegeliana acerca del vínculo conceptual entre la filosofía y su contexto – que una cosa es la necesaria búsqueda de rigor conceptual, imprescindible en el trabajo intelectual auténtico, y otra la vocación por el desarraigo. Considero difícil e incluso artificial abstraer mi condición de ciudadano o desvincularme de mis creencias cívicas y religiosas cuando escribo sobre el mundo social en el que vivo. Más aun cuando se trata de bosquejar una aproximación ética a la tragedia vivida durante el conflicto armado interno en mi propio país.

El objetivo de este ensayo es defender en clave filosófico – teológica la tesis de que la recuperación pública de la memoria constituye una condición indispensable para lograr la reconstrucción de los lazos sociales que han sido dañados sistemáticamente en el país. Quiero mostrar que esta perspectiva es también cristiana, además de liberal y republicana; por ello voy a desarrollar mi propio análisis de la opción profética por la razón anamnética en una estrecha comunicación con la teología política de Metz y con la teología de la liberación de Gutiérrez. Por supuesto, lo que voy a sostener aquí constituye una aproximación particular y tentativa al problema señalado. No pretendo salir del marco de la saludable dóxa. No existe una sola vía para justificar la necesidad de la ética de la memoria y la justicia transicional en una sociedad fracturada como la nuestra - la vía teológica cristiana es sólo una de ellas[1] -; esto constituye un alivio para quienes defendemos (incluso desde nuestras concepciones religiosas) la necesidad de un Estado laico, tolerante y pluralista, para garantizar la coexistencia y la cooperación en una sociedad multicultural y multiconfesional[2]. No cabe duda que el diálogo entre los diversos credos y culturas que coexisten en el Perú contribuirá a combatir la fragmentación y a reconstruir nuestros lazos en un marco de interacción y reconocimiento recíproco. Sin embargo, no es difícil percatarse cuán convergente con el espíritu cristiano es esta exigencia de memoria crítica, katharsis y justicia social y correctiva. De hecho, la tradición judeocristiana constituye – junto con la sabiduría de la poesía griega antigua - una de las principales fuentes de significación de la ética de la memoria. El cristianismo es un modo reflexivo de organización y dirección de la experiencia individual y social – una forma de habitar el mundo y de constituir su sentido, una interpretación particular de la vida buena - que pasa por un compromiso radical con el sufrimiento del inocente y con la memoria de la injusticia.


1.- Injusticia, memoria crítica e historia del sufrimiento.


El cristianismo nos ofrece un conjunto de categorías y disposiciones para la acción que nos permiten interpretar y enfrentar de cierta manera los tiempos de tribulación que nos ha tocado vivir. En esta línea de reflexión, es preciso determinar el horizonte ético – espiritual desde el cual abordar nuestra crisis, de modo que podamos señalar algunas pistas acerca del rol de la ética cristiana en el esclarecimiento y confrontación de los procesos históricos de violencia. Creo que una primera aproximación al problema consiste en saber reconocer que el daño sufrido por las víctimas – muertes, desapariciones forzadas, torturas, entre otras formas de trato cruel, humillante y destructivo – ha sido provocado por acciones y no por simples eventos[3]. Tales situaciones indignas deben ser entendidas en términos del lenguaje de la injusticia y no en el de la fatalidad. La distinción entre ambas formas de catástrofe (y el sufrimiento que provocan) resulta crucial para considerar nuestras posibles reacciones frente a tales adversidades.

El desarrollo crítico de esta distinción conceptual nos remite a la ya célebre obra de la filósofa norteamericana Judith N. Shklar, The Faces of injustice (1988), texto dedicado a la descripción fenomenológica de las formas de injusticia social y política[4]. El análisis de Shklar es tan riguroso como revelador, y tiene la virtud de nutrirse de los horizontes de las experiencias cotidianas del daño. Los desastres naturales obedecen generalmente a fuerzas externas a nosotros, de modo que frente a aquellas circunstancias no cabe la indignación, tan sólo dolerse y resignarse ante la mala fortuna: en el mejor de los casos, podemos intentar prevenir tales acontecimientos aprestándonos a enfrentarlos de la manera más eficaz que podamos[5]. Las injusticias, por su parte, provocan la ira y la decepción de las víctimas y los testigos, puesto que se trata de acciones intencionales que son objeto de discernimiento y elección practicados por agentes humanos concretos. Las fatalidades escapan en cierta medida a nuestras capacidades de control racional y previsión: corresponden claramente al ámbito que los griegos llamaban tyché, la “fortuna”. Las injusticias constituyen situaciones que pertenecen al dominio del espacio y del tiempo de las relaciones humanas; por tanto pueden ser evitadas o transformadas a través de acciones coordinadas. Es posible esclarecer las injusticias identificando móviles y asignando responsabilidades y determinando sanciones; también es posible reconocer sus causas para procurar evitar que vuelvan a generarse en nuestras comunidades. La violencia – por ejemplo - es un hecho social: “utilizamos la palabra ‘violencia’”, sostiene Leszek Kolakowski, sólo con relación a las personas; sólo las personas pueden ejercer y sufrir la violencia”[6]. Sólo los agentes humanos podemos crear o intentar erradicar las condiciones puntuales de la violencia.

Esta distinción es de profunda importancia para la filosofía práctica. Ella nos dice algo importante acerca de nuestra condición humana a la vez que pone de manifiesto la posibilidad de construir mundos diferentes donde vivir. Las injusticias pueden – y deben - ser reconocidas, nombradas, denunciadas y combatidas, de una forma que es imposible en el caso de los eventos puramente fatales; la política es el modo concertado de conjurar la injusticia. Al mismo tiempo, esta distinción nos revela no pocos ángulos de la actitud de los defensores del silencio frente al sufrimiento de las víctimas de la exclusión y el daño social; también contribuye al esclarecimiento del problema –más hondo - de la violencia, destacando elementos que de otro modo pasarían inadvertidos. Para algunos enfoques ideológicos (a veces denominados “neoliberales”), los mecanismos del mercado obedecen a leyes incuestionables – “fatales”, en determinadas circunstancias -, análogas a aquellas que rigen a la naturaleza: para muchos economistas y planificadores sociales, la racionalidad estratégico – instrumental, propia de la economía de mercado constituye el único esquema teórico que permite explicar y administrar los conflictos entre las fuerzas productivas y sociales. El altamente cuestionable reduccionismo económico que subyace a diversos desarrollos del marxismo ortodoxo reproduce un esquema dogmático de similares pretensiones. Desde una perspectiva ‘epistémica’ que toma una distancia absoluta del ámbito de los azares y las penurias humanas, el fenómeno del dolor y el daño pierden sustancialidad, se convierten en meros “costos contingentes”, que a veces es preciso pagar en nombre de la “eficacia”, el “desarrollo” o la “dicha futura de las mayorías”.

Esta perversión ideológica suele prosperar en situaciones de expresa violencia. Resulta evidente en el caso de las organizaciones terroristas; recordemos que Abimael Guzmán solicitaba al pueblo peruano “una cuota de sangre” como “precio ineludible” a pagar por la “revolución” e incluso señaló la “necesidad de “inducir al genocidio” como estrategia[7]; ello lo llevó a ordenar y justificar una serie de crímenes de lesa humanidad sin el menor escrúpulo; en su delirante visión del conflicto observaba desde el prisma de la fatalidad lo que es realmente una injusticia (la muerte de inocentes a manos de sus huestes). Para el líder de esta organización delictiva, las víctimas de asesinato y desaparición son solamente instrumentos, piezas que pueden ser sacrificadas en el juego de ajedrez de su pretendida “guerra popular”. La evidente desvinculación ética de este enfoque constituye una invitación a la más absoluta barbarie y a la manipulación ideológica. El informe Final de la CVR señala con claridad las razones que demuestran que Sendero Luminoso fue el principal responsable de la tragedia vivida y sus secuelas (así como mayor perpetrador de violaciones de Derechos Humanos), e indica claramente que el fanatismo y el autoritarismo de sus convicciones ideológicas fueron determinantes respecto de la crueldad extrema de sus métodos.

Resulta extraño que quienes se declaran enemigos de las políticas de justicia transicional recurran a argumentos asombrosamente similares a los que esbozan los enemigos del Estado, pues intentan justificar como “situaciones desafortunadas” los delitos contra la vida si es que estos son cometidos por quienes defienden la “causa correcta”, en este caso, la preservación del orden público; cuando lo que está en juego es la “seguridad del Estado” o la “estabilidad del país”, entonces conviene mirar hacia otro lado, y acallar las denuncias. Los supuestos cultores de la Realpolitik consideran que los actos de barbarie y las violaciones de derechos son inevitables en el contexto de los enfrentamientos armados; en esas terribles circunstancias, sostienen que la búsqueda de la eficacia militar implica con frecuencia asumir estrategias de “guerra sucia” como la formación de comandos clandestinos de exterminio o la conversión de las violaciones de derechos humanos en delitos de función, “excesos” que simplemente hay que lamentar. En tales casos, cuando se trata de juzgar a los agentes del Estado, –de acuerdo con esta postura – el fin justifica los medios, y la moral y la justicia no tienen mucho que decir[8].

Este es un argumento que penosamente ha sido esgrimido por cierta prensa autoritaria en el contexto del debate público sobre el trabajo de la CVR. Según algunos de sus exponentes, frente a las fuerzas del orden que defendieron la sociedad en contra de un enemigo imprevisto, fundamentalista y cruel, no cabe sino “la gloria o el silencio”, para citar un lamentable comentario editorial del diario fujimorista La Razón. Importa poco si en determinados casos incurrieron en crímenes de lesa humanidad, en los que muchas de sus víctimas fueron pobladores civiles indefensos, completamente ajenos al conflicto. Aquí se asume la tesis inaceptable de que existen personas que pueden actuar impunemente al margen de la ley, a la vez que se confunde dos cosas muy diferentes: el reconocimiento debido a los miles de heroicos oficiales que defendieron con honor al Estado – cuya memoria honra la CVR en la conclusión Nº 53 de su Informe Final -, y la censura y el castigo que merecen quienes degradaron su misión y el uniforme violando la ley. Los partidarios de la impunidad suponen erróneamente que nuestro inequívoco agradecimiento por la victoria del Estado sobre el terror implica asumir una cierta condescendencia frente al mal llamado “costo social” y a los “daños colaterales” de dicho triunfo. Hay que celebrar el triunfo sobre el terror, pero hay que rechazar la hipótesis falsa de que el único modo de salvar al Estado implica atentar contra el sistema de derechos cuya observancia sostiene al propio Estado. “Era imposible hacer las cosas de otra manera, era necesario combatir a los criminales con sus propias armas”, nos dicen los suscriptores del silencio. Ante sus ojos, a pérdida de vidas inocentes constituye en tales casos un hecho lamentable, pero un hecho frecuente en medio de “la realidad de la guerra”; no se trata en sentido estricto de una injusticia a la que pudiese corresponder algún castigo en materia judicial. El lenguaje que suele emplearse para referirse a tales situaciones es el de la fatalidad.

Este es un viejo argumento maquiavélico: la “guerra sucia” se justifica en situaciones de emergencia, cuando la supervivencia del Estado está en peligro. Por supuesto, suele ser el ‘príncipe’ (en buen castellano, el gobierno o los políticos), autoproclamado como el infalible augur que interpreta de manera “objetiva” las condiciones que permiten combatir el fuego con fuego, y olvidarse de quienes simplemente padecieron la violencia sin saber con claridad qué es lo que estaba sucediendo realmente. No podremos consolidar nuestra institucionalidad política y jurídica en tanto sigamos pensando que el brazo de la justicia no debe alcanzar y castigar determinados crímenes. La ley debe ser imparcial y debe ser observada por todos: es este un principio de civilización y de racionalidad pública elemental. Para el punto de vista contrario a la ética de la memoria – defendido por buena parte de nuestra “clase dirigente”, políticos, empresarios y algunas autoridades sociales, además de algunos grupos de militares en retiro –, es preciso que se imponga una “política de silencio” frente a la tragedia nacional; se sugiere que volteemos la página y no miremos atrás. Este no es un fenómeno nuevo en la historia, a menudo el poder busca acallar el dolor, suprimir la memoria[9].

Como bien saben quienes han padecido la opresión de Estados totalitarios, el silencio puede imperar bajo dos formas. La primera, erradicando de la escena pública las demandas de justicia y reparación que invocan las víctimas. Se trataría en este caso de promover las ya mencionadas medidas de “punto final” – muchos de los personajes que hoy invocan la “política” del silencio apoyaron en su día la polémica Ley de Amnistía –, el esfuerzo por que detengan las investigaciones y mantengan cerradas las fosas comunes. La segunda, dirigiendo la “voluntad política” de los gobiernos y los grupos de poder a socavar cualquier intento de cuestionamiento a la “historia oficial”[10], la crónica que ha precisado de manera definitiva el número de muertos, así como las causas y consecuencias de la violencia; se trataría aquí de imponer una memoria falsa o distorsionada de lo sucedido. Paradójicamente, muchos de los suscriptores de estas posiciones en los fueros parlamentarios o desde los medios de comunicación se reconocían a sí mismos como activistas católicos, fieles a la Iglesia ¿Es posible reconocer como compatibles la defensa de la ética cristiana y la promoción del olvido o del silencio frente al sufrimiento del inocente?

No es posible. El cristianismo en tanto narrativa ético – espiritual está profundamente comprometido con la recuperación de la memoria, con la escucha del dolor de la víctima, del excluido, del suplicante, del gran ausente en las grandes gestas de la historia proclamadas desde posiciones de poder político y económico. La ética cristiana asume la perspectiva del que sufre. El cristianismo comprende cabalmente que el curso de la historia que juzga relevante no está regulado por la competencia por el poder, por el logro de los triunfos militares o por el sutil imperio sobre las fuerzas productivas que organizan la economía de los pueblos. El cristianismo – y también su ética – concentra su atención y su energía crítica en la antihistoria, el relato del sufrimiento del inocente y la injusticia que lo provoca, una narración que invoca nuestra acción moral (y política) para transformar el mundo que habitamos. El centro de gravedad de la historia se desplaza así hacia aquellos individuos y grupos que los poderosos y encumbrados consideran seres “desechables” e “insignificantes” – o incluso “costos sociales” para la reconstrucción de la Historia Universal y sus instituciones. El propio Jesús lo señala con claridad de acuerdo con un pasaje del evangelio de Mateo:

“¿No han leído cierta Escritura? Dice así: la piedra que los constructores
desecharon llegó a ser la piedra principal del edificio: esa fue la obra del
Señor y nos dejo maravillados”
[11]

La ética cristiana, señala J.B. Metz, “nos obliga a contemplar el theatrum mundi no sólo partiendo de quienes han logrado sus objetivos, sino también desde el punto de vista de los vencidos y de las víctimas”[12]. Es una ética de la memoria, puesto que se nutre del re-cuerdo del daño provocado al prójimo, tanto como una ética de la empatía, en cuanto la experiencia del dolor ajeno nos exige asumir – a través de los recursos de la deliberación práctica y la imaginación – la situación del otro, sentir con él y actuar en su favor[13]. En este sentido, el cristianismo va decididamente a contracorriente del espíritu de la política moderna, de clara inspiración maquiavélica. El anhelo de control instrumental sobre los hombres y sobre las instituciones encuentra resistencias en una visión de la vida que tiene en el respeto de la dignidad humana el corazón de su matriz normativa.

Este enfoque nos plantea importantes retos respecto de la situación social y eclesial peruana. Frente a un presente político que – tanto en la esfera del Estado, los partidos e incluso en sectores importantes de la propia sociedad civil – se esfuerza por negar la realidad del sufrimiento de miles de personas (dolor que pervive en la indiferencia de nuestros representantes y en la tibieza de tantos ciudadanos), los cristianos evocan el recuerdo de Jesús Crucificado, insultado y lacerado en medio del desprecio de la multitud y el abandono de sus propios discípulos. Es éste el sufrimiento de un inocente cuya memoria nos impulsa a ver ineludiblemente su rostro en el de los actuales sufrientes. Aquí la imagen de Jesús no actúa en nosotros como un “Dios tapahuecos”[14] – generador de un precipitado consuelo existencial, de ‘conciencia infeliz’ – sino como fuente de un compromiso incondicional con las víctimas, con la justicia y el amor[15]. En tiempos de la tan celebrada civilización de la eficacia, del confort y del mercado, el Cristo nos invita a reconocernos en quienes son considerados inútiles e insignificantes.

Según Metz, el recuerdo de la Crucifixión constituye el ejemplo por excelencia del potencial transformador de la memoria crítica cristiana. La recuperación de la experiencia de la muerte de Jesús provoca el impulso del creyente a ponerse en el lugar del excluido y a actuar en su favor hasta las últimas consecuencias en nombre del amor y la paz. Jesús fue vejado y golpeado, siendo obligado a salir de las fronteras de la comunidad con la cruz sobre sus hombros, a la vez herramienta de tortura y humillación. La clase sacerdotal lo consideraba un blasfemo y un hereje, los gobernantes locales asumieron una actitud indiferente frente a su condena, y terminaron entregándolo a sus verdugos para impedir posteriores e indeseables convulsiones sociales: “no tenía otra cosa qué hacer”, pensaba Pilatos, luego de entregar a Jesús a la crucifixión. Despreciado por las autoridades civiles y religiosas de la localidad y rechazado por quienes le recibieron triunfalmente en Jerusalén poco tiempo atrás, muere siendo negado por el primero de sus amigos. En una línea similar, los pobladores del ande y de la selva padecieron tortura y muerte, siendo privados de los derechos básicos que usualmente brinda la condición ciudadana, siendo ignorados por los políticos que decían representarlos.

“Contempla en mis ojos el llanto; estoy postrada ante tus rodillas
para conseguir una tumba para los míos”
[16]

Aquello que guía nuestra solidaridad con las víctimas es asimismo la imagen consciente de un futuro cercano en el que la liberación de la violencia y el logro de la reconstrucción de la comunidad sean una realidad. Se trata del contraste entre el pasado injusto y la perspectiva de un futuro abierto y prometido - aun en construcción –marcado por la presencia de una comunidad de seres libres, el Reino de Dios. “En este sentido”, indica Metz, “la memoria cristiana insiste en que la historia del sufrimiento no es algo perteneciente a la prehistoria de la libertad, sino es y sigue siendo un momento interno de la historia de la libertad. La imaginación de la libertad futura se alimenta del memorial del sufrimiento”[17]. La experiencia anamnética de la cruz y de la redención tiene un efecto transfigurador sobre nuestros patrones de significación, un efecto que provoca una inversión de la conciencia y señala un tiempo de reconciliación (expresado muy claramente en la memoria resurrectionis). Con Jesús se inaugura una nueva época, un tiempo de fraternidad que hace añicos las antiguas estructuras y jerarquías: antes se nos llamaba siervos, ahora amigos[18]. El propio madero, viejo instrumento de tormento y deshonra, se convierte a partir de la Muerte de Dios en un signo de amor y reconciliación, en el símbolo por excelencia de la victoria de la vida sobre la muerte.

Como señalé al principio, el compromiso con la memoria colectiva – en el caso concreto de los efectos del conflicto armado interno en el Perú - apela por igual a nuestra fe como a nuestra conciencia cívica; nos señala la necesidad de luchar tanto por la construcción del Reino como con la recuperación de las instituciones democráticas. Probablemente se trate de dos dimensiones de una misma tarea profética. La memoria requiere la configuración de un lenguaje que explicite los sentidos de su dolor y pérdida, así como los múltiples caminos de la purificación ética a partir de la palabra y de la acción política. Sólo ese movimiento de verbalización y justicia puede sanar a los sujetos prácticos, sean personas o comunidades. En esa clave hermenéutica puede interpretarse aquella breve conversación que entabla Macbeth con el médico real – cuando el destino comienza a serle adverso a causa de sus crímenes -, acerca del estado de salud espiritual de la esposa del tirano, presa de la desesperación y de la culpa.


“MACBETH - ¿Acaso no podéis curar un espíritu enfermo, arrancar de
su memoria un dolor arraigado, borrar el pesar escrito en su cerebro, y con
algún dulce antídoto que permita olvidar, liberar su agobiado pecho de todo el
veneno que le oprime el corazón?

MÉDICO – En tales casos, el paciente debe ser su propio médico.”
[19]

El ejercicio de la memoria pone de manifiesto ante la comunidad el daño padecido (o infligido a otros) como una realidad cuya percepción y examen esclarece las exigencias éticas del presente. Se trata de una pérdida que se vive colectivamente. En cada viernes santo (y en cada celebración de la Eucaristía) los cristianos recuerdan – y por lo tanto re-viven - el sacrificio de Jesús como una víctima inocente: esa evocación nos exige asumir una toma de posición frente aquella injusticia. La reciente conmemoración de los horrores de Auschwitz apunta a esa misma dirección: reconocer qué somos capaces de hacer los seres humanos en plena era de la razón. El dolor de las víctimas de la shoáh y de Ayacucho no desaparecerá promoviendo el olvido: debemos hacer nuestro el dolor de las víctimas – acompañarlas en el proceso de duelo[20] – y fundamentalmente, aprender de estas tragedias, para prevenirlas en el futuro. El silencio y la impunidad ni curan ni liberan: sólo la memoria crítica puede hacerlo, bajo la forma de la justicia.


2.- Verdad encarnada y ética de la memoria.


La relación entre la verdad y la recuperación de la memoria es antigua. En la tradición griega – especialmente en el caso del pensamiento premetafísico, aunque los ecos de esta concepción alcanzan algunos aspectos de la filosofías de la praxis de Platón y de Aristóteles - verdad es alétheia, “descubrimiento”, un movimiento que evoca la acción de echar luces sobre aquello que está inicialmente oculto, aquello que está sumido en el olvido (Lethe es precisamente “olvido”), o que ha sido encubierto de forma intencionada. Rememorar es esclarecer aquello en lo que no reparábamos en una forma previa de conciencia o convicción. Poeta es aquel que, inspirado por el dios o las musas, recuerda el origen de lo existente o quizá des-oculta el sentido originario de las relaciones humanas, como en el caso de Hesiodo. El canto mayor (aunque profundamente desgarrado) de esta interpretación poético - trágica de la alétheia es el Edipo Rey de Sófocles, obra en la que la investigación anamnética llevada a cabo por el impetuoso Edipo logra despojar progresivamente los velos que ocultan su auténtica identidad, su condición de parricida e incestuoso. La tardía conciencia de la profunda hybris en la que incurre Edipo va a devenir en el drama - a través del diálogo con los personajes involucrados con su nacimiento y juventud - en la visión sin misterios de la terrible realidad que le toca afrontar. Y esa será la última visión de su vida, la que lo llevará a herirse los ojos.

En la tradición judía, la verdad (emeth), alude a la fidelidad y a la lealtad frente a una promesa o acuerdo[21]. Como en el caso de la poesía griega, el concepto hebreo de verdad nos remite al plano de la ética, no al de la epistemología o la metafísica: el sentido de emeth “nos coloca en el ámbito de una relación entre personas”, escribe Gustavo Gutiérrez, “y no entre personas y conceptos”[22]. Se trata de la evocación histórico – narrativa de un acto fundacional que da forma a una comunidad espiritual; en este caso, el re-cuerdo de la Alianza de Dios con el pueblo de Israel. En ese sentido, la memoria de aquel Pacto se convierte - para el que se reconoce en sus preceptos - en una fuente de liberación del mal y de la opresión. El suscriptor de la Ley de Moisés trata de mantener el curso de la propia vida en el marco de lo estipulado por la Alianza, confiando en la veracidad de la promesa divina. El mensaje de Yahvé aparece así como digno de fe: no importa qué suceda, el Señor de Israel (“su Roca”) mantendrá su Palabra.

Cuando Jesús proclama ser “el camino, la verdad y la vida”, lo que destaca es que con Él están cumpliéndose las promesas del Padre a su Pueblo: la verdad se pone de manifiesto como acontecimiento. El Nazareno no está tratando de fundar un nuevo discurso metafísico. La pregunta “¿Que es la verdad?”, formulada por Pilatos (Juan 18, 38) ante Jesús no obtiene como respuesta un enunciado teórico, por ejemplo, al modo de la típica definición escolástica en términos de la adequatio rei et intellectus. La respuesta es el silencio. Esta actitud revela los sentidos de la verdad en clave judeocristiana: la verdad no es una doctrina epistemológica o teológica, es eminentemente una forma de vida, un modo de configurar un nosotros a partir del cultivo del ágape y la justicia. La teoría tiende a cosificar la corriente de la vida, a convertirla en un objeto de contemplación, despojándola de su carácter dinámico y social, momificándola sin remedio[23]. La episteme – incluso teológica – ontifica innecesariamente lo interhumano.

Tanto el pensamiento griego pre-clásico como la tradición hebrea conciben la verdad como un proceso anamnético de esclarecimiento ético – existencial (desde luego, estas concepciones no constituyen las únicas posiciones sobre la noción de verdad; existen otras tradiciones culturales que han tejido diferentes conceptos de verdad que podrían ser traídos al debate y sometidos a examen – no tenemos en occidente el monopolio sobre estas preocupaciones -, mas ello nos alejaría demasiado de la discusión presente sobre el sentido ético de la memoria crítica cristiana). Este proceso está radicalmente abierto a la reflexión crítica y persigue la encarnación práctica como su figura concreta. En el caso de la tradición judeocristiana, honrar la promesa, la Alianza; de hecho, Jesús busca transformar la alianza contractual veterotestamentaria en alianza de amor[24]. Pueden desarrollarse reflexiones similares en una clave secular (siguiendo la estela neohegeliana contemporánea), si nos referimos al ‘pacto social’ expresado en el cuerpo legal y político democrático que procura establecerse en el país – en medio de tantas dificultades -, un sistema de normas e instituciones que tiene su telón de fondo hermenéutico – social en la cultura de los derechos humanos. Lo que estas fuentes espirituales buscan destacar es que la ‘verdad ética’ no es abstracta, está encarnada en relaciones intersubjetivas y formas históricas de vida. Ella echa luces sobre el sentido – o los sentidos posibles - de nuestras acciones y modos de vivir. El reconocimiento de la verdad puede ser un ejercicio doloroso o incómodo, puede revelarnos la incoherencia al interior de nuestras creencias y prácticas, señalar su distorsión o manipulación. El movimiento del desocultamiento sacude nuestros pre-juicios y pone de manifiesto modos diferentes de pensar y de actuar[25].

La Vida, Pasión y Muerte de Jesús constituye el acto fundacional de las comunidades cristianas, desde la época de los apóstoles hasta el presente. Recordar ese sacrificio y ese hecho de violencia constituye no sólo la evocación de las raíces del relato cristiano, básicamente consiste en la remisión de la vida misma a un nuevo horizonte de reflexión, percepción y acción. El sufrimiento inocente, los hechos de opresión y exclusión aparecen como signos, como figuras encarnadas del escándalo de la cruz. En esta perspectiva, cada vida inocente sacrificada en los altares del poder, del dinero o de la ‘doctrina correcta’ nos recuerda la muerte injusta del propio Cristo. Asumir una actitud indiferente frente al dolor de los asháninkas asesinados y sometidos por Sendero Luminoso o proclamar la impunidad de los agentes del Estado que formaron comandos paramilitares de exterminio implica no solamente tomar una posición complaciente respecto del homicidio del Hijo del Viñador - para utilizar una imagen proveniente del Evangelio de Mateo –; quien reacciona de ese modo frente al abuso y la muerte participa de alguna forma de aquel festín de barbarie y odio[26]. El Dios bíblico insiste una y otra vez en ponerse en el lugar de los pequeños y desvalidos: “en verdad les digo que, cuando lo hicieron con algunos de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí”[27] . La indolencia y la crueldad expresadas en el anhelo de supresión de la memoria mutilan el mundo espiritual de las víctimas; su aspiración a la justicia y a la redención, su capacidad de volver a amar y a confiar en las personas y en las instituciones. Asignarles a las víctimas un destino inhumano equivale a condenarlas a la muerte social y a la autoanulación: como sostiene agudamente N. Schiffers, “la perspectiva de quien sufre sin esperanza es la nada”[28].

El relato del pasado reciente puede otorgarles el lugar que se merece a las víctimas, escuchar su dolor, atender a los testimonios de todos los implicados en los períodos de violencia, para contrastar críticamente sus descripciones de lo vivido. Este ejercicio ético – político supone – además – el esfuerzo por enmarcar estas vivencias y conceptos en una interpretación mayor que eche luces sobre las ‘causas’ y los ‘sentidos’ de este proceso histórico, de modo que puedan ser puestos al servicio de la justicia[29]. La reconstrucción narrativa de la memoria esta expuesta, con todo, al autoengaño y a la manipulación. Esta ha sido con frecuencia una práctica común entre las “élites” políticas y académicas en el Perú: a pesar de que numerosos estudios sociales – incluido el Informe Final de la CVR – han advertido acerca de las fracturas que vive nuestro país motivadas por una total ausencia de reconocimiento de su diversidad cultural, lingüística y confesional[30], sectores importantes de nuestra intelectualidad conservadora insisten en identificar al Perú como una nación que se define apaciblemente como “mestiza y católica” (la célebre y escasamente discutida ‘síntesis viviente’), vindicando el ideal de una identidad monolítica, y desconociendo el factum de la diversidad en nuestro país. Esta peculiar forma de ceguera conceptual reproduce los viejos esquemas de violencia e irrespeto que impiden el logro de una auténtica reconciliación social y la configuración de un sistema político inclusivo, pluralista y democrático: resulta claro que cualquier proceso real de reconstrucción social pasa por el encuentro dialógico de los diversos modos - seculares y religiosos - de comprender y vivir la vida que se practican en nuestros pueblos.

Por supuesto, la memoria puede reescribirse de diversas formas. La injusticia y la impunidad siempre constituyen una opción – una opción infame y deplorable, está claro – para los individuos y las instituciones. La memoria de los conflictos violentos puede convertirse en una caricatura grotesca, una gesta épica triunfal, una historia heroica en la que no existen criminales ni violaciones a la dignidad humana; la historia vivida puede tergiversarse y asumir la forma de un relato sin conmociones ni pérdidas significativas ni quiebras de la legalidad. Lo que es evidente es que un montaje como ese no puede constituirse en fuente de aprendizaje moral y político: sobre esa base no puede edificarse un nuevo orden público, ni gestarse nuevas formas de vida comunitaria. La escritura de la historia – cuando es puesta en manos de unos pocos – deviene en panfleto. Es por eso que he insistido en el carácter colectivo y deliberativo de ese proceso anamnético. Esta reconstrucción está abierta - debe estarlo – a la crítica de los miembros de la comunidad, particularmente quienes han padecido estas injusticias. Damos razón de la memoria a través del debate y la interacción social.

“
Son cerca de 70,000 los peruanos y peruanas muertos y desaparecidos
en esos años. Buena parte de ellos han estado ausentes de la memoria nacional,
han sido peruanos olvidados, hechos a un lado por el Estado y la sociedad
oficial, personas a las que hoy también – incluso fallecidas – se quiere hacer
de lado exigiéndoles como prueba de su paso por el mundo y de su muerte, una
documentación oficial que probablemente nunca tuvieron. Será necesario,
entonces, frente a ese escepticismo, iniciar prontamente el penoso trabajo por
el cual se pueda extraer de más de 2,200 sitios de entierros debidamente
verificados los restos de esos compatriotas que esperan digna
sepultura.”
[31]

Desde luego, el creyente y promotor de las políticas de “punto final” puede intentar defenderse alegando que estas reflexiones confunden sin más el “plano religioso”, con las meras “cuestiones sociales”, reduciendo la perspectiva cristiana al nivel de las “ideologías políticas”. El cristiano conservador– a la sazón objetor de la ética de la memoria – puede luchar por mantener separadas la ‘historia sagrada’ y la ‘historia profana’, de modo que pueda verse opacado – e incluso bloqueado - el vínculo ético – espiritual entre el sufrimiento del inocente Jesús y el dolor de las víctimas concretas de la violencia en la historia humana, incluido las del presente. Con frecuencia se invoca esta separación (de raíces platónicas, no hebreas) para legitimar el silencio y la impunidad. Sin embargo, acontecimientos como la vida de Cristo, la celebración de la Eucaristía o el Pentecostés evidencian que el Espíritu ama encarnarse. Mantener separada ambas historias implica mantener separados a Dios y a sus hijos. Predicar la Buena Nueva pero a la vez la supresión de la memoria constituye una dramática y perversa contradicción. No podemos ser cristianos y al mismo tiempo desestimar las determinaciones de la encarnación; ello equivaldría a rechazar el Emmanuel, el “Dios – con – nosotros”. El cristianismo es la unidad articulada (histórico – hermenéutica) de lo sagrado y lo profano.

“Si uno dice “yo amo a Dios”, y odia a su hermano, es un mentiroso.
Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no
ve”
[32].

Lo que recomiendan estos creyentes antiprofanos es el ‘refugio’ en el “castillo interior”. Lo curioso es que, precisamente, uno podría argumentar al revés: quien defiende la impunidad de los perpetradores acaso está tratando de legitimar “teológicamente” – si se puede usar tal expresión para tales innobles subterfugios, puesto que no se trata realmente de una apelación a la genuina contemplatio – la pura y dura política de la evasión y del olvido, en otras palabras, el temor a la verdad. Cuales sean los recursos exteriores que emplee y el teatro de las apariencias que despliegue para justificar su actitud es un asunto que carece de importancia. La apelación a su fe no es suficiente, pues esta puede constituir una máscara más para encubrir sus reales convicciones. Un cristianismo basado estrictamente en el cumplimiento del ritual y del culto, y en exclusiva la prédica dogmática no sería otra cosa que una religión formal y sin sustancia – puramente “positiva”, en términos del joven Hegel –, carente de espíritu. Esta es, en parte, la crítica de Cristo a los fariseos de su tiempo: a través de ella resuenan también las palabras del profeta: “¿Saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo.”[33]. La realidad efectiva del culto es el ejercicio de la justicia y la misericordia. Ya el apóstol Santiago había señalado que en esta disposición ético - espiritual radica la sustancia de nuestras creencias:

“La religión verdadera y perfecta ante Dios nuestro Padre, consiste
en esto: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades y no
contaminarse con la corrupción de este mundo.”
[34]

3.- Mirar desde la cruz. Política y profecía.

Desde un punto de vista ético, el cristianismo nos sitúa de una manera peculiar en el mundo de las relaciones humanas[35]. Concentra nuestra atención en aquellos agentes humanos que sistemáticamente han sido privados de voz y han sido tratados como meros objetos: en ese sentido, se trata de un relato liberador que camina a contracorriente del imperio del “sistema”, vale decir – en los términos de Jurgen Habermas – el conjunto de estructuras sociales que regulan instrumentalmente la vida en función del poder y el dinero. Por supuesto, se trata de un relato que se nutre del ejercicio compartido de la crítica racional que procura esclarecer la experiencia de fe y el compromiso comunitario con la antihistoria. A pesar de que esta exigencia se nutre del corazón mismo de la ética bíblica, estas aspiraciones no siempre son bien recibidas en ciertos círculos teológicos; es lamentable que muchas veces tendamos a olvidar con suma facilidad que “Iglesia” significa “asamblea”, un ‘espacio sinagogal’ para la comunión, la interacción y el diálogo[36].

La visión cristiana del mundo configura una actitud radical frente al poder. El énfasis en la recuperación pública de la memoria acerca de la injusticia y la violencia implica una decidida resistencia ante el control “político” sobre la historia y los modos de evocarla institucionalmente; la “historia oficial” está diseñada para poner la percepción del pasado al servicio de la preservación del status quo. “Historia enseñada, historia aprendida“, asevera Ricoeur, “pero también historia celebrada. A la memorización forzada se añaden las conmemoraciones convenidas”.[37] En aquella historia manipulada, las víctimas, las fosas y los comandos de exterminio han sido borrados de los anales del pasado, permanecen invisibles, mientras que los criminales continúan en sus puestos o viven un retiro tranquilo. Privada del llanto de las víctimas y de las exigencias de justicia y reparación, la historia se convierte en la crónica ficticia de las gestas guerreras, de las transformaciones políticas, en la narrativa de la emergencia y supremacía de una cultura o de una clase sobre las demás. La historia se torna así en el espacio del cálculo de intereses y de la competencia por el poder. El cristianismo no puede sino reaccionar ante este intento por asignar a una élite de iniciados el protagonismo de la historia: los políticos, los príncipes o los proletarios no conducen ni deciden el devenir de las sociedades, a pesar de sus aspiraciones; de igual modo, según la tesis del propio Metz, el clero tampoco es el sujeto de esta historia, ese rol corresponde a la humanidad entera[38]. La ética de la memoria lucha por desmitificar – en términos de nuestro autor – estas pretensiones excluyentes e incluso “idolátricas” de dominio sobre los asuntos humanos.[39]

El otro peligro vinculado a la instrumentalización de la memoria es la ‘victimización’, esto es, la conversión de quienes han padecido injusticia – culturas, grupos sociales o sexuales, etc. - en víctimas permanentes, acreedores vitalicios de reparación[40]. Asumir indefinidamente el rol de víctima constituye una mórbida tentación, que nos sumerge ilimitadamente en el círculo de la autocompasión y el menosprecio social. Es por ello que la ética de la memoria apunta a la acción transformadora de la justicia, no trata de elaborar una rememoración literal que nos atrape y congele en el pasado: la memoria crítica persigue la construcción de una futura comunidad inclusiva y reconciliada consigo misma. El ejercicio anamnético tiene su razón de ser en la purificación del juicio ético - político y en la reparación pública de las heridas infligidas. Lo que se busca con estas acciones es que las víctimas recuperen - a través del debate y la interacción, del trabajo del recuerdo y del duelo, la asignación de responsabilidades, la puesta en marcha de reformas institucionales y políticas redistributivas – su condición de ciudadanos, que se conciban (nuevamente) a sí mismos como agentes políticos capaces de invocar sus derechos fundamentales y participar en los espacios públicos en pos de la constitución de un destino común de vida. La historia pasará a ser, una vez lograda la reconciliación, un referente empírico y hermenéutico que permitirá persuadirnos de que estos crímenes e iniquidades sociales no vuelvan a repetirse jamás.

La ética cristiana exige combatir toda forma de violencia, sea estructural o manifiesta en nombre de una cultura centrada en la práctica del ágape. Antes que erradicar los conflictos de nuestra vida, la perspectiva de Jesús busca desterrar la violencia como “método” de resolución de los conflictos. El énfasis cristiano en la memoria y la justicia promueve la búsqueda del encuentro fraterno y tolerante con el otro, la exploración de todas las vías pacíficas para lograr el entendimiento común[41]. Cualquier ideología y cuerpo de doctrina que le otorga a la violencia un lugar central en la generación de formas sociales cede – desde un punto de vista cristiano – a las tentaciones del mal y a la irracionalidad. Ninguna clase de amor o solidaridad real puede extraerse de la exaltación de la muerte como medio para generar el orden justo o la libertad. El cristianismo rechaza radicalmente la violencia en todas sus formas.

Los fundamentalismos religiosos y seculares – incluyendo a la ortodoxia ideológica marxista -, en contraste, le han otorgado a la violencia un lugar central en sus en la transmisión y ejecución de idearios. “Un individuo educado de esa manera”, advierte Kolakowski, “llega a la convicción general de que es imposible regular las relaciones entre los hombres por otro medio que por la violencia (...), y forja una cosmovisión infantil que eleva al rango de una burda filosofía de la historia, y se enorgullece de ella hasta el punto de afirmar de que es ‘realista’ o que ‘se ha liberado de ilusiones’”[42]. La defensa cristiana de la no violencia en la vida humana constituye un giro fundamental en la concepción occidental de la historia y su sentido. Es cierto que, con frecuencia, las instituciones cristianas predicaron las “guerras santas” y el uso de la violencia como método de control ideológico y “político”, pero este modo de actuar constituyó (y constituye) evidentemente una flagrante transgresión de la doctrina originaria de Jesús de Nazareth.

Es necesario preguntarnos qué es posible hacer como Iglesia respecto de este crucial desafío ético - social en un mundo en crisis[43]. Me refiero a la “Iglesia” en sentido literal, a saber, como las asambleas del Pueblo de Dios, comunidades observantes de su fe como del encuentro dialógico entre las culturas y los credos. Primero que nada, es preciso destacar lo ya dicho, que la mirada desde la cruz - desde el sacrificio de Jesús, el inocente (y desde su resurrección como signo de reconciliación[44]) – supone un compromiso incondicional con la ética de la memoria, en tanto encarna la fidelidad al acto fundacional de la comunidad cristiana. Este compromiso implica dirigir la atención a los terribles signos de la violencia, para actuar en nombre de la justicia y la paz: la Iglesia y la sociedad en general precisan estar pendientes fundamentalmente de lo que sucede en el mundo, un mundo que puede ser transformado a través de la Palabra y la acción, un mundo humano que requiere solidaridad, ternura y libertad, más que mero adoctrinamiento. Hoy en día se discute mucho acerca de la llamada “crisis del cristianismo” en términos de una especie de ‘retirada voluntaria de la creencia religiosa’; no obstante, el hecho que cristianos convictos y confesos – desde la escena pública o parlamentaria – pugnen por evitar que se esclarezca el proceso de violencia, se aborten los planes de reparaciones sociales o luchen con entusiasmo en pro de la impunidad de los perpetradores de crímenes de lesa humanidad evidencia que dicha crisis es mucho más grave que lo que solemos pensar. Estas actitudes crueles e indolentes atacan el mismo corazón de las Iglesias. ‘Evangelizar’ equivale a anunciar el Reino de Dios, lo que significa fundamentalmente - entre otras cosas, por supuesto – convertirnos en sujetos corresponsables de la configuración de una comunidad de seres libres e iguales.

“La palabra de Dios convoca, y se encarna en la comunidad de fe que
se entrega al servicio de todos los hombres. El concilio Vaticano II ha
reafirmado con fuerza la idea de una iglesia de servicio y no de poder, y que no
“se encuentra” sino cuando “se pierde”, cuando vive “las alegrías y esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres en nuestro tiempo” (GS 1)”
[45].


En buena medida, este encuentro con el otro, con su mundo vivo, con las circunstancias de la justicia y de la injusticia nos exige la recuperación de la actitud profética, y de la reconstrucción de su lenguaje de fidelidad, crítica y liberación. Creo que la acción ética que esta época de crisis y decisiones está vinculada a este tipo de espíritu de profecía, tanto al interior de las Iglesias como en la propia comunidad política. Los profetas nos recuerdan - o más bien, recuerdan con nosotros – aquellas valoraciones, prácticas sociales y formas de adhesión y cuestionamiento implícitas en la Alianza establecida con Dios en ambos Testamentos (o, en clave secular, valoraciones y prácticas implícitas en el pacto social encarnado en el sistema político y en la cultura de los Derechos Humanos), a las que es preciso ser leales en tanto miembros de la comunidad. Ellos llaman nuestra atención acerca de nuestra suscripción libre y consciente de aquellos principios y de aquellas formas de pertenencia. Estas fuentes constituyen un horizonte crítico que interpela nuestro estado de letargo frente a lo que sucede, nuestras prácticas cotidianas de injusticia y nuestra clamorosa condescendencia frente a las arbitrariedades de los poderosos, siempre que nosotros no seamos afectados por esa conducta.

La denuncia profética nos impele a despertar, a arrancarnos de esa convivencia indulgente con la violencia y con el sufrimiento del inocente. Ella grita en el desierto, con la voz de Juan el Bautista, “metanoieite” esto es, “cambien su modo de pensar y de sentir” según la versión original de Mateo 3, 2 ( y no simplemente “haced penitencia”, como las traducciones modernas, herederas remotas del latín por lo general consignan en aquel pasaje[46]). El grito de Juan nos exige salir de la inconsciencia y superar la red de apariencias que supone considerar la tibieza, el desinterés por la situación del otro y el desdén respecto de la vita activa en las diversas esferas de la vida comunitaria. La profecía constituye una invitación al ejercicio de la libertad de pensamiento y al cultivo de la innovación crítica desde y en el ethos; no hay asomo aquí del espíritu de sumisión o de un silencioso tradicionalismo. El profeta es a la vez intérprete y crítico de su comunidad[47].

Evidentemente, hay algo de marginalidad y de contraculturalidad en la intensa invocación de Juan en el desierto. Anima la actitud profética una especie de convicción acerca de la imposible coexistencia del espíritu con la concentración del poder. El espíritu de la profecía tiende a distribuir el poder, y a velar por que su distribución sea justa: vigila ante todo que nadie usurpe el lugar de Dios, generando idolatría y control sobre los hombres, particularmente sobre los más débiles. Los profetas - y Juan y el propio Jesús siguen esta senda - son quienes cuestionan severamente la opresión que sobre las conciencias y los corazones ejercen las autoridades civiles y religiosas de su tiempo; el caso de la relación de Jesucristo con los fariseos es emblemático en este punto. Frente a su hipocresía e indolencia, la conducta solidaria de aquellos que los sacerdotes juzgan como impuros e infieles (los samaritanos, los publicanos, las prostitutas) resulta ejemplar e inspiradora. Nuevamente se revela la antihistoria como núcleo crítico del profetismo. A la luz de su crítica, la mayoría de los fariseos y los maestros de la ley se concentran en el aspecto formal de la Ley de Moisés, no en su espíritu; se comportan como ‘funcionarios de la verdad’, pero no son capaces de vivir en la verdad, y de servir a su pueblo desde ella; se ocupan de dirigir el culto, pero no practican la compasión, y no creen realmente en los principios vinculados a la defensa de la dignidad humana.

El profeta evoca la promesa de Dios a su pueblo – y en ese sentido proyecta su interpretación hacia el pasado - a la vez que testimonia con su voz el hecho que el Señor no olvida el compromiso con la comunidad y honra su Palabra: no abandona a los suyos, a pesar que las tribus de Israel (o las comunidades cristianas) le hayan traicionado repetidamente. Asimismo, la profecía anticipa – anuncia – un mundo futuro, que sólo puede bosquejar de manera tentativa: es este un futuro prefigurado por las Alianzas y sostenido por las prácticas comunitarias del presente. No es una nebulosa utopía, presuntamente epistémica, que existe en tanto abstracción (como era el caso del fatalista ideario marxista); se trata del esfuerzo por el Reino que – de acuerdo con el Evangelio – no es un mero ‘más allá’, sino algo que va gestándose aquí y ahora, un modo de vivir cuya configuración depende en una medida importante de nosotros[48]. Este Reino de Dios – cualesquiera que sea nuestra representación finita de él – no excluye a priori absolutamente a nadie por razones de fe, cultura, status social o género. Está claro que en un mundo plural como el que habitamos requiere que pensemos en clave ecuménica y en clave secular este reto – no puedo desarrollar este punto aquí, solo dejar constancia de su relevancia teórica y práctica – de modo que pueda tomar forma en el lenguaje y la cultura de los Derechos Humanos[49].

Nuestra anticipación del Reino de Dios no proviene de algún saber “objetivo” acerca de las “leyes” que rigen la historia. Esta protensión se sostiene en el ejercicio de la memoria, en el recuerdo de determinados “momentos fundantes” de la Iglesia como comunidad inclusiva – el trabajo de los profetas, la convivencia de Jesús y los apóstoles, las primeras comunidades cristianas, la creación de ‘comunidades de base’, etc. – y también la evocación de la lucha contra la exclusión y la crueldad, propia y ajena. Construyendo y reconstruyendo la historia es como cooperamos con el establecimiento del Reino que – según la Escritura – está entre nosotros, y no únicamente en un trasmundo abstracto, esencial, accesible solamente después de la muerte. El advenimiento del Reino de Dios tampoco es un “hecho” o un “objeto”, es un estado de cosas que va configurándose y está aun por hacer. No puede ser “predicho” en el sentido de las utopías ‘epistémicas’ de los siglos XVIII y XIX; los logros sociales y seculares del esfuerzo por el Reino no pueden ser concebidos como si estos fuesen eventos externos a nuestra voluntad y ajenos a nuestro poder de decisión. Volvemos así al primer punto de nuestra reflexión: mientras las filosofías de la historia del viejo Hegel y de Marx son sistemas de necesidad o fatalidad, el cristianismo crítico nos devuelve al horizonte de las cuestiones de justicia. Como ha señalado recientemente Fidel Tubino, el trasfondo espiritual de la fe no es la certeza, sino la esperanza[50]. La esperanza se funda (al menos en parte) en la percepción de la vulnerabilidad de los asuntos humanos y en el compromiso con los que sufren; la esperanza se nutre de la disposición ética a incorporar a los “insignificantes de la historia” dentro de nuestros vínculos de lealtad y pertenencia. Edificar nuestra casa – y nuestra ciudad - con las piedras que los constructores desecharon, de eso se trata.






NOTAS



[1] Es posible remitirse a otras fuentes de reflexión – convergentes con el ethos judeocristiano en más de un punto., por ejemplo, el rechazo liberal de la crueldad (Montaigne, Montesquieu, Shklar), la reflexión trágica sobre la katharsis y la injusticia, la temática de la violencia y la discriminación en la novela indigenista en el Perú.
[2] Mantener la práctica democrática de separar lo específicamente político - estatal de lo religioso no implica privatizar la fe. Consúltese al respecto González Faus, José I. La difícil laicidad Barcelona, Cristianisme i Justicia 2005.
[3]Véase Rizo-Patrón, Rosemary “Compasión, indignación e imaginación” en PALESTRA (http://palestra.pucp.edu.pe/index.php?id=64).
[4] Cfr. Shklar, Judith N. The faces of injustice New Haven and London, Yale University Press 1988.
[5] Ibid. p. 1. Recientemente Gustavo Gutiérrez ha discutido una distinción semejante desde la teología en su artículo “Pobreza y teología”, publicado en “Pobreza y Teología”, publicado en el número 191 de Páginas.
[6] Kolakowski, Leszek “De la violencia” en: Libertad, fortuna, mentira y traición Barcelona, Paidós 2001 p. 65.
[7] Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación Tomo VII, Lima CVR p. 742.
[8] Una crítica de esta perspectiva puede encontrarse en Walzer, Michael Guerras justas e injustas Barcelona, Paidós 2001, capítulo 1.
[9]Véase Adorno, Th. W. “La educación después de Aschwitz” en: Consignas Buenos Aires 1993 pp. 80 - 96. Cfr. Todorov, Tzvetan Los abusos de la memoria Barcelona, Paidós 2000.
[10] He discutido este tema en contra de aquella posición en Gamio, Gonzalo “La política de la inclusión. Justicia transicional, espacios comunicativos y sociedad civil en el Perú” en: Miscelánea Comillas Nº 62 Madrid, UPCo 2004 pp. 243 - 271.
[11] Mateo 21, 42.
[12] Metz, J.B. ”El futuro a la luz de la Pasión” en: Concilium N° 76 (junio 72) p. 321.
[13] Véase Rizo-Patrón, Rosemary “Compasión, indignación e imaginación” op.cit. p. 2.
[14]Cfr. Metz, J.B. ”El futuro a la luz de la Pasión” op.cit. p. 322.
[15] Utilizo “víctimas” – en la línea de Metz - para hablar de todo el que sufre violencia y exclusión para evitar centrar la ética de la memoria en algún grupo social en particular (por ejemplo, los pobres, o los usuarios de determinada cultura y religión) sino para abarcar una serie de formas de injusticia cultural, socio/económica, política o de género, que definitivamente suelen cruzarse en las situaciones históricas concretas.
[16] Eurípides, Suplicantes (Semicoro B, v. 284 -5.
[17] Ibid. p. 327.
[18] Ver el esclarecedor tratamiento de esta afirmación evangélica en el pensamiento filosófico - religioso de Gianni Vattimo. Cfr.Vattimo, Gianni Creer que se cree Barcelona Paidós 1998.
[19] Macbeth Acto V, escena tercera.
[20] Consúltese Caviglia, Alessandro “¿Podemos los cristianos no estar comprometidos con la memoria? en Pastores del Nuevo Milenio N 6 pp. 71 - 80.
[21] Cfr. Gutiérrez, Gustavo La verdad los hará libres Lima, CEP 2004 pp. 130 - 1. Esta es. Asimismo, una de las concepciones centrales de la teoria buberiana de lo interhumano. Cfr. Buber, Martin Eclipse de Dios México, FCE 1995.
[22]Ibid..p. 131
[23] He discutido este tema en Gamio, Gonzalo “Ética y eclipse de Dios” en: Sal Térrae Nº 91, Julio – Agosto 2003 pp. 559 – 575.
[24] Kolakowski, Leszek “Jesucristo: profeta y reformador” en: Vigencia y caducidad de las tradiciones cristianas Buenos Aires, Amorrortu 1971 pp. 17 - 40.
[25] He desarrollado este punto en Gamio, Gonzalo “La purificación del juicio político. Narrativas de justicia, políticas de reconciliación” en Derecho & Sociedad Nº 24 pp. 378 – 389.
[26] “Oyeron que se dijo no matarás… pero yo les digo en cambio que el se enoje contra su hermano comparecerá igualmente ante el tribunal…y el que le diga renegado comparecerá para la gehena” (Mateo 5, 21y ss).
[27] Mateo 25,40.
[28] Schiffers, N. “Las huellas del sufrimiento en la historia y la Huella de Dios” en: Concilium N° 76 (junio 72) p. 348.
[29] Cfr. Sobre este punto Lerner, Salomón “La prensa y la verdad” en: La rebelión de la memoria Lima, IDEHPUCP-CNDDHH-CEP 2004 pp. 53 y ss.
[30] Cfr. Degregori, Carlos Iván “Perú: Identidad, nación y diversidad cultural” en: Heise María (ed) Interculturalidad. Programa FORTE-PE/ Ministerio de Educación: Lima, 2001.
[31] Lerner, Salomón “Entrega del Informe Final en Ayacucho” en: La rebelión de la memoria op.cit. p. 166.
[32] 1 - Juan 4, 20.
[33] Isaias 58, 6.
[34] Santiago 1, 27.
[35] Eduardo Arens señala agudamente que no tiene sentido sustrerse evasivamente al sentido político de importantes textos de la propia Escritura. Indica que “la interpretación política de la Biblia tiene sus raíces en la Biblia misma”. Cfr. Arens, Eduardo La Biblia sin mitos Lima, Paulinas – CEP 2004 p. 330.
[36] Consúltese sobre el tema eclesiológico Gutiérrez, Gustavo “La koinonía eclesial” en: Páginas Nº 200 Agosto 2006 pp. 18 – 35.
[37] Ricoeur, Paul La memoria, la historia, el olvido Madrid, Trotta 2003 p. 117.
[38] Cfr. Metz, J.B. “El futuro a la luz de la Pasión” op.cit. p. 333.
[39] Ibid.
[40] Cfr. Todorov, Tzvetan Los abusos de la memoria op.cit.
[41] Es cierto que es en la cultura griega en donde esa búsqueda de comunidad adquiere un rostro propiamente político.
[42] Kolakowski, Leszek “Jesucristo: profeta y reformador” op.cit. p. 34.
[43] Mucho podría decirse al respecto, mucho de lo cual resulta discutible (aunque ciertamente discutir respecto de esto es ya avanzar como comunidad dialógante, dado que algunos sectores teológicos conservadores no solamente son reacios a dialogar, sino que desestima el diálogo mismo como camino de acceso a la verdad).
[44] Metz recuerda que la memoria de la Pasión es evocada por la anámnesis cristiana al lado de la memoria de la Resurrección.
[45] Gutiérrez, Gustavo Teología de la liberación Lima, CEP 1987 pp. 23 –24 (las cursivas son mías).
[46] He desarrollado brevemente el sentido filosófico – con una mención al pasaje bíblico citado - de la expresión griega metánoia en Gamio, Gonzalo “La filosofía como preparación para la muerte. metánoia, escepticismo y fundamentalismo” (inédito). El hebreo shub – de acuerdo con las indicaciones de Eduardo Arens, con quien he discutido la primera versión de este texto, especialmente respecto de la tradición profética y su proyección en los evangelios – tiene en los libros proféticos un sentido similar al verbo griego metanoo. Shub alude al acto de remontar el camino equivocado para seguir el correcto.
[47] Cfr. Walzer, Michael Interpretación y crítica social Buenos Aires, E. Nueva Visión 1993.
[48] Cfr. Theunissen, Michael Der Andere Berlin 1977 p. 505 citado en: Habermas, Jürgen Israel o Atenas Madrid, Trotta 2001 p. 140.
[49] De algún modo este proyecto ha sido planteado – en el nivel teórico - claramente desde el Natán de Lessing. Cfr. Lessing, E.G. Natán el sabio Madrid, Espasa – Calpe 1985.
[50] Véase la entrevista realizada a Fidel Tubino en el Boletín En Alta Voz N` 1, p. 3.

Este texto ha sido publicado en en la revista Foro Jurídico. Es sabido que muchos de los detractores de la CVR se han refugiado en una cierta versión del conservadurismo religioso para rechazar la exigencia de la memoria crítica. Textos ideológicos y clamorosamente falaces, del tipo de El trigo y la cizaña y otros, siguen esa estela de falsa espiritualidad con el objeto de avalar impunidades y silencios de quienes vistieron el uniforme o desempeñaron una función pública y no estuvieron a la altura de su mandato constitucional: defender los derechos humanos y respetar la democracia. Quisiera mostrar con este texto que esa actitud nada tiene que ver con el cristianismo. Que el lector juzgue por sí mismo si esto es así o no.

miércoles, 16 de mayo de 2007

ENTRE LIBERALISMO Y SOCIALISMO

Reflexiones políticas



Gonzalo Gamio Gehri


Hace dos días, Martín Tanaka ha comentado – con la generosidad y la agudeza que lo caracteriza – la última entrada de mi blog, ¿Qué clase de ‘cultura liberal’ pretendemos defender? En la que reflexionaba en torno a los conflictos teóricos y prácticos que plantea la suscripción de la cultura de las ideas. Agradezco profundamente los comentarios de Martín sobre este blog (que ha sido diseñado pensando en el importante aporte que Virtú e Fortuna brinda al debate público). Creo que la filosofía sólo tiene sentido como disciplina intelectual si entra en diálogo con las preocupaciones y conflictos que afrontamos día a día en el mundo ordinario. Si no examinamos los nudos de nuestra experiencia – como individuos y miembros de comunidades e instituciones concretas -, entonces la filosofía corre el riesgo de convertirse en un vano juego de abstracciones. Los problemas centrales de la teoría política, la ética, la epistemología y la ontología se remiten al horizonte de nuestra vida concreta, de un modo o de otro.

Martín ha señalado el “doble problema” que a nivel político plantea la posibilidad de un liberalismo de izquierda, que ha descrito acertadamente como un proyecto socialdemócrata. Ha dado precisamente el paso que yo me había trazado dar después de esas breves reflexiones mías sobre los conflictos teóricos que tiene que enfrentar quien pretende conciliar liberalismo y socialismo. Se trata de afrontar: 1) el hecho de que no exista una tradición liberal en el país; 2) la intransigencia de muchos sectores de la izquierda respecto de principios liberales como la preservación del Estado de Derecho o incluso la defensa de los derechos humanos (el caso que cuenta Martín sobre IU y el fujimorismo resulta profundamente aleccionador en torno a este punto).

1) Considero fundamental denunciar el profundo "déficit" de liberalismo con el que contamos no sólo en las canteras políticas, sino también en las comuinidades académicas. A menudo lo que tenemos son conservadores políticos y religiosos - muchos de ellos han tenido una lamentable participación avalando el autoritarismo de Fujimori o promoviendo la campaña difamatoria contra la CVR desde medios de prensa (o escribiendo pafletos infames como El trigo y la cizaña) -, o suscriptores acríticos del libre mercado (cercanos muchas veces al autoritarismo político). Unos y otros a menudo se ponen la máscara "liberal" para defender posiciones en el juego de fuerzas político. Las declaraciones editoriales de Expreso y Correo acerca de los casos de las ONGs y El Ojo que llora revelan con nitidez sus auténticas creencias en torno a la libertad de asociación y el universalismo de los derechos humanos. La crítica de estos falsos liberales resulta tan relevante como el trabajo académico y político de construir foros liberales de diverso cuño.

2) Es posible que todavía exista una izquierda renuente a valorar la cultura liberal - aquella que califica la división de poderes o el ethos ciudadano como "superestructura" o que sindica los derechos humanos como una "mera construcción burguesa". Será difícil dialogar con una izquierda rancia, que todavía sueña con conocer "las leyes inexorables de la historia". Pero también existe otra izquierda, más democrática, que ha aprendido de la debacle del bloque del Este, y que luchó por la democracia contra el fujimorato. Ella ha aprendido a revisar críticamente sus convicciones, y ha desechado en parte sus dogmas. Con esa izquierda sí se puede dialogar. La ultraderecha le teme, por eso la llama injusta y despectivamente "caviar". Es probable que gente como Henry Pease y otros hayan comprendido en carne propia - a causa de la persecusión fujimontesinista - el valor de las instituciones y las libertades políticas, que encarnan algo más que "cháchara liberal" y "superestructura"; se trata de modos de constituir formas civilizadas de vida. En mi opinión, cualquier proyecto izquierdista o socialdemócrata viable debe ser liberal en más de un sentido importante, especialmente en el nivel de las instituciones, los procedimientos y los derechos básicos. A pesar de sus limitaciones, esa izquierda post - 1989 está en mejores condiciones de establecer lazos conceptuales con el liberalismo que la derecha cavernaria y el ultramontanismo religioso.

Creo que este es un campo fecundo de reflexión y diálogo, que podría sugerir nuevas direcciones posibles a nuestra alicaida democracia, direcciones que podrían nutrirla y fortalecerla. Quizá la agenda pública - y la agenda de los intelectuales - tendría que tomar nota de estas cuestiones, planteadas por analistas lúcidos como Martín (y con él, periodistas como Santiago Pedraglio y Rosa María Palacios,) que podrían contribuir a enriquecer y reorientar la discusión política en el Perú.

viernes, 11 de mayo de 2007

¿QUÉ CLASE DE "CULTURA LIBERAL" PRETENDEMOS DEFENDER? Algunas reflexiones.

POR UN LIBERALISMO DE IZQUIERDAS


Gonzalo Gamio Gehri


En este blog he estado defendiendo una versión de la "cultura liberal" ¿Qué entiendo con este término? Tengo que confesar que mi posición frente al tema supone un esfuerzo personal por convertir la palabra "liberal" en una buena palabra - en un contexto en que ha sido sistemáticamente distorsionada y usurpada por sectores de la ultraderecha o por los devotos de Friedman - hurgando un poco en la historia de la filosofía política (su horizonte originario); se trata también de sumar esfuerzos por convertirla en una palabra precisa en nuestro medio, una expresión que designa una cierta actitud ante la vida que es producto de una serie de construcciones históricas labradas en el ámbito de la ética y la política (y que tiene poco que ver, a decir verdad, con el egoísmo y con la adoración del mercado).

No resulta fácil el esfuerzo. Voy a comentar mis propios reparos frente al tema revisando mis creencias, con cierta incomodidad, por cierto. Me considero un hombre de izquierda, alguien que tiene en alta valía la justicia social y que combate la cosificación de lo humano. Soy también un cristiano que se ha nutrido de la tradición bíblica (y de la reflexión proveniente de la teología de la liberación), particularmente de la historia de la profecía y del anuncio del Reino presente en los Evangelios. Soy también un aristotélico, que cree en la importancia del ejercicio del razonamiento práctico encarnado en mundos de vida concretos, cultivado con la vista puesta en los bienes y en los hábitos y modos de discernimiento que puedan esclarecer la propia vida, los vínculos y los propósitos elegidos conscientemente al interior de un sistema de instituciones frágil y complejo. Soy, en fin, un hegeliano que confía en la construcción histórico - social de formas encarnadas de libertad, y que cree que una forma significativa de generarlas implica el concurso de la reflexión y la acción política, y una buena dosis de escepticismo que nos proteja del dogmatismo.

¿Cómo conciliar todo eso con el liberalismo? Si todas estas formas de pensamiento constituyen parte de mi identidad ético - política, entonces alguien podría conjeturar que mis ideas se encuentran en serios problemas desde el punto de vista de cierto liberalismo (el liberalismo "se dice en muchos sentidos", algunos más legítimos que otros). No creo en el imperio exclusivo de la libertad negativa, ni en el sujeto desvinculado de la Ilustración, ni en el racionalismo. Considero que el mercado abandonado a sí mismo genera desigualdad y deshumanización. Rechazo la ideología omnipotente de la empresa privada en las universidades, en las instituciones políticas y en los templos. La doctrina de los Chicago Boys, su pretensión de hacer de las sociedades un gigantesco Mc Donalds, constituye un proyecto antiliberal, que traduce todos los bienes humanos al lenguaje de las mercancias. La situación se agrava en el Perú, en donde - equivocadamente - se asocia liberalismo con capitalismo salvaje, y con espíritus que coquetean con la autocracia, o con yuppies que basan sus meditaciones sobre la cultura en Wikipedia (como algunos directores de la prensa conservadora). Ese credo meramente económico - a veces llamado "neoliberalismo" - es un falso liberalismo. Un catecismo secular de caja registradora, no un imaginario crítico de libertades individuales y prácticas ciudadanas.

El liberalismo es ante todo una actitud frente a la vida y ante las instituciones que procura la distribución del poder, y que respeta escenarios sociales diferenciados como fuentes particulares y específicas de libertad y realización. La cultura liberal combate el despotismo y el anhelo de control de algunas instituciones sobre los distintos espacios de la vida humana (incluido el propio mercado, recinto sagrado de los neoliberales). Rechaza la promoción del "pensamiento único" - religioso, político o económico -: por eso es partidario de la democracia, y defensor de la participación activa del hombre de la calle en la política. Para ello, el individuo puede disponer de los foros vigilantes de la sociedad civil o, si así lo quiere, puede actuar dede organizaciones políticas que aspiran al gobierno). El auténtico liberal condena el caudillismo y el clientelismo político que menosprecia, sojuzga y pretende manipular a los pueblos.

El liberalismo promueve la secularización de la cultura: el fundamentalismo le parece nefasto. Quiere construir un escenario común para la práctica de los credos e idearios, las culturas y las convicciones. Aspira a configurar espacios públicos que promueva el diálogo, el debate y el respeto por la diversidad. Cultiva el libre pensamiento, el ejercicio de la crítica y el pluralismo. No cree que exista una doctrina última que concilie e interprete de una manera concluyente todos los fines humanos; considera que no existe el camino, sino vías posibles de plenitud humana, que pueden ser elegidas por buenas razones (eso no es relativismo). Reconoce que los valores humanos pueden entrar en conflicto (Isaiah Berlin), y que una vida razonable intentará honrarlos aún en tensión. Del mismo modo, considera que un régimen político razonable es aquel que permite la coexistencia pacífica y solidaria de los diferentes proyectos de vida, bajo la única condición del respeto de los derechos básicos que consagra la ley. Este es el punto de vista que alguna vez contribuyeron a forjar Locke, Tocqueville y Mill, y que recientemente han defendido Berlin, Walzer y Shklar. Nada de esto es incompatible con el anhelo de justicia social, inclusión económica y política, y control democrático del poder. Por eso creo que es posible (y deseable) un liberalismo de izquierda. También en el Perú.


lunes, 7 de mayo de 2007

REFLEXIONES SOBRE ÉTICA, EDUCACIÓN Y DEMOCRACIA



Reseña de Educación para la democracia. Un debate necesario



Gonzalo Gamio Gehri



Hoy, en tiempos en los que por doquier en política, en teología y en moral se proclama la necesidad de una línea "clara y dura" en el plano del pensamiento, conviene revisar textos literarios como Un mundo feliz y 1984, obras que exploran los peligros del 'pensamiento único'. Conviene preguntarnos cómo sería la vida si sólo estuviese permitido creer o vivir de una única manera - presuntamente las demás serían "falsas" - reprimiendo la diversidad. Para muchos conservadores, los individuos no están en capacidad de ser ciudadanos pues - cito a Eduardo Hernando Nieto, cultor del llamado "pensamiento reaccionario", antidemocrático y tradicionalista- “demasiado corrompidos para merecer la libertad y por ende ni siquiera saben como usarla”[1]. La rudeza y la petulancia de esta cita me exime de hacer mayores comentarios. Esta clase de conservadores creen que la ética y la libertad entrañan alguna clase de "saber" reservado a una "élite de iniciados".
No existe modo de educar en democracia sin considerar el respeto por la diversidad de posiciones éticas (evidentemente, este respeto por la diversidad no anula el debate racional y la crítica de otras perspectivas, más bien constituye una condición para ponerlos en juego) . Estas reflexiones me vienen a la mente a partir de la lectura de Educación para la democracia. Un debate necesario (Cuaderno de Trabajo Nº 1, Serie Democracia y Sociedad, excelente volumen que ha publicado el IDEHPUCP), en el que se discute las posibilidades de la educación ciudadana en el país, precisamente desde la apertura a esa pluralidad, aperctura que es cimiento ético de la democracia. El volumen está compuesto por una investigación y dos ensayos. Jesús Peña y Rafael Barrantes – investigadores de Idehpucp – elaboran un riguroso análisis de la propuesta educativa en materia de ciudadanía en los primeros años de nuestra recuperada democracia. Se trata de un estudio serio y muy bien documentado acerca de las ideas de democracia y ciudadanía democrática desarrolladas por el Ministerio de Educación en aquellos años. Luego Susana Frisancho presenta un agudo ensayo en el que se examina las actitudes propias del pensamiento antidemocrático - centrado en una idea cerrada de identidad, completamente hostil a los otros - , así como se analizan las posibilidades de formar identidades dialogantes, como exige la cultura de los derechos humanos[2]. Se trata sin duda del ensayo más consistente del volumen y el que diseña una propuesta articulada.

Por desgracia, en la tradición pedagógica nacional ha imperado e impera todavía - a veces de manera tácita en la pedagogía de la moral - un modelo conservador, bastante negativo para la construcción de ciudadanía en el país. Se trata del influyente proyecto de educación en valores (en el contexto anglosajón se la identifica con la vertiente conservadora de la corriente que promueve la educación del carácter), una propuesta de cierta celebridad en algunos círculos pedagógicos locales. Desde la aparición de la obra de William Bennett, El libro de las virtudes para los jóvenes[3], se ha fortalecido la idea de que se hace necesaria una especie de “cruzada de valores”, que procura diseñar modelos educativos basados en la inculcación de preceptos morales sustantivos y en la forja de modos de vida virtuosos a través de la asimilación y repetición de comportamientos solidarios. A veces - especialmente en el contexto anglosajón, pero también aquí - se confunde esta perspectiva con la llamada “ética de las virtudes”, a pesar de que evidentemente Aristóteles no hubiese suscrito esa clase de inmediatez práctica, potencialmente dogmática y fundamentalista. En sus versiones más extremas – pienso precisamente en Bennett y en sus epígonos peruanos - se presupone aquí que la búsqueda de los valores que le dan significado a la vida ha concluido: son los bienes “eternos” – presuntamente localizados en alguna tradición cultural o religiosa puntual – cuya observancia nos convierte en personas plenas, y cuyos hábitos se ajustan a la inmutable naturaleza humana. El problema ético se reduce así a consideraciones ejemplares sobre la aplicación de los “bienes objetivos”; el problema pedagógico - moral se convierte en una cuestión eminentemente metodológica[4].

Esta perspectiva se ha convertido en sumamente seductora, inclusive para quienes consideran que están educando en “valores democráticos” que incluyen ‘valores modernos’ como “la autonomía y la responsabilidad”. Es el caso del ensayo de Giséle Velarde (en ese mismo cuaderno de trabajo): promueve en principio "valores democráticos", pero la forma de plantear el asunto es evidentemente autoritaria. Hay una clara contradicción en su texto, que quisiera examinar. El punto de partida es la conciencia de una aguda crisis moral o política’, motivada en parte por el “desconocimiento [y la] autocomplacencia respecto de la ausencia de una formación moral de los ámbitos individual y nacional (...) [así como el] desconocimiento total respecto del sentido y [la] necesidad de la ética para el individuo y la sociedad”[5]. Discrepo con esta clase de puntos de vista, y cuestiono este tipo de afirmaciones tan gruesas y categóricas, que a menudo entrañan una concepción elitista y paternalista de la ética (cuando no abiertamente totalitaria). Supone que la moral es un conocimiento privilegiado que – bajo las condiciones adecuadas – lograría “regular o encaminar la conducta humana hacia su realización”[8]. Es curioso que estas frases hayan sido redactadas en nombre de una “educación cívica”, pues de facto parecen reeditar la figura platónica del Filósofo Rey, que nos señala sin problemas cuál el télos de la conducta humana, sobre el cual los simples mortales hacemos patente nuestro “desconocimiento”. Propone el gobierno del demos, pero sostiene que existe alguna clase de 'conocimiento' del que carece la gente, y que sólo el 'filósofo' (en este caso, en otro podría haberlo sido el educador o el teólogo) maneja bien. Constituye un grave contrasentido 'inculcar valores ciudadanos' a fuerza de aplicar un método dogmático. Entiendo que la intención del texto no es transmitir eso, pero ese es el mensaje. Y la contradicción es manifiesta. El filósofo como pastor. Así no funciona una democracia.

Una propuesta auténticamente democrática señalaría quizá que la idea del verdadero y definitivo télos de la conducta humana es teóricamente inaprehensible y políticamente peligrosa (una posición como la del texto Velarde puede llevarnos hacia el extremo fundamentalista e intolerante que criticábamos en el “pensamiento reaccionario”, de hecho, sus frases sobre la gente sumida en el "desconocimiento moral" se parecen mucho a las de la cita aristocratizante de Eduardo Hernando contra la "masa inculta" consignada al inicio). Se supone que una democracia no patrocina una única visión de la ética, sino que crea el espacio para la formación - y discusión - de diversos modos de plantear y de vivir el bien. La democracia constituye un foro plural, no un espacio para el adoctrinamiento. Estudios como los de Frisancho - y quienes en general han colaborado con este texto compartido - nos ayudan a reconocer esto con mayor nitidez.


1] Hernando, Eduardo Pensando peligrosamente: el pensamiento reaccionario y los dilemas de la democracia deliberativa Lima, PUCP 2000 p. 87.
2] Frisancho, Susana "La identidad moral" en: Educación para la democracia Lima, IDEHPUCP 2007.
[3] Bennett, William El libro de las virtudes para los jóvenes Madrid, Ediciones B 2001.
[4] Véase una concepción alternativa a la de Bennett y sus discípulos en Polo, Miguel “El significado de educar en valores” en: Reflexión y crítica Año 9 Nº 5 2005 pp. 100 -111. La propuesta de Miguel Polo – destacado profesor sanmarquino - es persuasiva e interesante, y está vinculada al concepto de autonomía y ciudadanía democrática; sin embargo, lo que puede cuestionarse de su propuesta es que recurra quizá innecesariamente a la polémica e indeterminada categoría de “educación en valores”.
{5] Velarde, Giséle “La conciencia moral: núcleo de la relación entre educación y democracia” en: Educación para la democracia op.cit.,p. 52 (las cursivas son mías).
[6] Ibid., p. 53.

CONSERVADURISMO TEOLÓGICO, CONTRAMODERNIDAD Y POLÍTICA


APUNTES CRÍTICOS




Gonzalo Gamio Gehri


Para nadie es un secreto que en muchas instituciones católicas de formación humanística y teológica en el Perú y en América Latina (no todas; afortunadamente, tengo el privilegio de desempeñarme como docente en algunos centros de educación teológica plurales) se presupone – o incluso se considera ideológicamente como una “norma”– que debe impartirse la denominada philosophia perennis (el neotomismo, no la postura de Tomás de Aquino, a quien no se lo lee directamente, sino a través de manuales de “recta enseñanza”) como pensamiento único en la educación los filósofos y los teólogos (sean laicos o sacerdotes), y que debe asumirse que dicha doctrina es efectivamente “perenne” . No estoy de acuerdo. Se ha supuesto por demasiado tiempo que uno no puede ser a la vez un cristiano y un librepensador, lo cual me parece un profundo error en la teoría y una perspectiva mutiladora en la práctica, una carga demasiado pesada para el pensamiento que quiere esclarecerse sin cortapisas: la filosofía es un animal salvaje que habita los bosques y las montañas, y que no sobrevive en cautiverio. No se somete al yugo y a la domesticación. En este sentido, creo que la ‘inteligencia de la fe’ constituye una tarea importante que es preciso que sea acometida por aquel que ha elegido la fe, pero no creo que el lenguaje de la metafísica tradicional sea la única vía de expresión y planteamiento de este problema. Tampoco creo que sea la mejor. Pretendo bosquejar en futuros textos de este blog alguna pista acerca de lo que podría ser una “vía alternativa”.

Es un lugar común el hecho que la filosofía contemporánea – en su versión pragmatista tanto como fenomenológica – ha señalado las deficiencias teóricas del esencialismo. Me ocuparé de algunas de estas objeciones antimetafísicas aquí en este blog. Pero lo que suele pasar inadvertido es que esa antropología y cosmología desemboca muchas veces en una teoría política neomedieval, de pretendido carácter “fundacional” – con frecuencia llamada “metapolítica” – con claras connotaciones antidemocráticas, abiertamente contrarias a la cultura de los derechos humanos[1]. Que uno tenga derecho a discrepar respecto de la democracia es algo que no pretendo recusar, que cada cual elija sus convicciones de acuerdo a los dictámenes de su conciencia. Lo que rechazo es que se identifique sin más la suscripción de la fe con la adhesión a los principios del realismo metafísico y a la autodenominada “política reaccionaria”. La experiencia de fe no conlleva la obligatoria remisión de dicha experiencia al discurso teológico acerca del lógos óntico o la “doctrina de las dos espadas”. Más bien se trata de una invitación a la libertad de pensamiento y a la creatividad.

Por muchísimo tiempo, la cultura moderna ha sido vista por la ortodoxia cristiana – tanto católica como protestante – como eminentemente subversiva respecto del supuesto “orden natural de las cosas”. La autonomía del individuo, los logros de la ciencia natural, el republicanismo liberal, el igualitarismo y la secularización habían sido considerados auténticas afrentas contra Dios y contra el mundo y las instituciones que habían sido diseñados conforme a su Plan providencial. No obstante el Concilio Vaticano II ha modificado muchos de estos puntos de vista, la teología conservadora ha recobrado su fuerza en los últimos años. Para la perspectiva tradicionalista, la Ilustración habría impuesto – en su absoluta rebeldía - un pensamiento profano que alejaba toda la realidad creada de sus téle, sus propósitos últimos presuntamente fijados por su Hacedor. El hombre, como los demás animales, no podía sustraerse a los fines trazados conforme a su inmutable naturaleza, sin degradar su relación con la fuente de toda trascendencia. En razón de su ignorancia o de la corrupción de sus costumbres, el hombre podía actuar en contra de estos téle; no obstante, este comportamiento lo dejaba en situación de pecado, enemistad con su Creador.

En general, la correspondencia con este supuesto ‘orden objetivo e inmutable’ de significados constituía la pauta de los “grandes valores”: la verdad, la bondad, la virtud, inclusive la belleza (con frecuencia, esta visión de la realidad ha asumido, para legitimarse teóricamente, un vocabulario de inspiración “platónica” en una versión manifiestamente simplificada). Esta compleja cosmología metafísica y moral fue particularmente desarrollada en la cristiandad medieval, aunque algunas de sus variantes siguen siendo asumidas por cierta teología conservadora, así como por el autodenominado “pensamiento político reaccionario”, heredero de De Maestre y Donoso Cortés[2]. El universo se concibe como un sistema de especies, organizado jerárquicamente, de acuerdo con las formas (eide) que les dan sentido. Este ordo tiene un rostro político. Así como cada una de las criaturas ocupan un lugar fijo en el seno del kósmos, y cumple cierta función en él, los seres humanos cumplen un rol en los diferentes estamentos de la comunidad orgánica: unos trabajan la tierra o pastorean el ganado, otros hacen la guerra, otros dirigen el culto (y también la vida comunitaria)[3]. El lugar de cada uno en el mundo social es básicamente heredado y fundado en los lazos de parentesco; si cada uno realiza su labor de manera excelente, entonces la justicia ha sido honrada, y su Autor es glorificado como se debe. El célebre pensador conservador y orientalista Titus Burckhardt ha señalado de modo sucinto y contundente aquello que los apologetas de la figura del “orden natural” piensan respecto del vínculo sagrado entre el “sentido de las cosas”, el destino del hombre y la asignación de su rol social:



“En nuestros días son numerosos los que piensan que el hombre
realiza su verdadero destino en el trabajo, manejando una máquina. No: su
destino verdadero e integral, el hombre lo realiza cuando reza e invoca la
bendición divina, cuando dirige y combate, siembra y cosecha, sirve y obedece.
He aquí lo que conviene a la naturaleza humana”.
[4]


En la naturaleza rige Dios, el soberano rige en la comunidad, y la autoridad religiosa en el seno de la Iglesia, conforme Dios lo ha querido (puesto que - por definición - nada podría suceder sin que dependa de Su voluntad). Si la naturaleza se manifiesta estructurada conforme a una jerarquía de entes, el orden comunitario debe reflejar o reproducir tal estructura jerárquica. Desde este enfoque, la física moderna desencializa la naturaleza tanto como la política ilustrada desencializa la comunidad. La cultura moderna habría incurrido en una pavorosa hybris al proponer un universo sin télos y una sociedad sin tutores ni privilegios de sangre. Esta tesis se haya implícita en el discurso final de Carlos I antes de ser ejecutado en 1649. Para el rey depuesto, las libertades republicanas esgrimidas por los seguidores de Cromwell constituyen un despropósito que corroe el sentido de las cosas y desafía a la naturaleza – pues constituye un desafío a la justicia misma de Dios -, en tanto la ‘verdadera libertad’ consiste en la incondicional obediencia a la autoridad, y la conciencia de la propia ubicación en el esquema jerárquico:



"En verdad deseo su liberación y libertad tanto como quien fuere.
Mas he de deciros que su liberación y libertad consiste en que obtengan del
gobierno aquellas leyes que mediante las que su vida y sus bienes han de ser más
suyos. Y no, Señor, en tener parte en el gobierno, que es algo que no les
corresponde. Pues que súbdito y soberano son cosas claramente
diferentes."
[5]


La afirmación de la modernidad supuso una drástica transformación de la sede de sentido. Ya no es la referencia al orden divino, la naturaleza de las cosas o a la estructura inmutable de la comunidad orgánica lo que dota de significación o racionalidad a las acciones, enunciados o compromisos humanos – una suerte de ‘contacto exitoso’ entre lo infinito y lo finito, entre lo eterno y lo temporal – sino el ejercicio de las capacidades del agente humano, particularmente la facultad de razonar y juzgar, pero también las de imaginar y crear. Las lecturas monocordes de la cultura moderna concentran su análisis exclusivamente en la noción cartesiana de subjetividad y en la tecnociencia de Galileo y Bacon – por supuesto se trata de desarrollos decisivos para el proceso de modernización cultural – pero suelen olvidar que la modernidad es también romántica. El panteón mitológico moderno tiene un héroe en el hombre de ciencia independiente, pero también en el artista que constituye un “nuevo lenguaje” que re-vela de una forma original y poderosa el secreto las cosas de la vida. Novalis y Nietszche son tan relevantes para esta historia como Galileo y Copérnico. Todos ellos configuraron un nuevo sentido de la realidad, y defendieron su derecho a ser libres frente a distintos tribunales de intolerancia.






[1] Cfr. Hernando, Eduardo Pensando peligrosamente: el pensamiento reaccionario y los dilemas de la democracia deliberativa Lima, PUCP 2000 e Idem, Deconstruyendo la legalidad Lima, PUCP / ADP 2001.
[2] Para examinar una versión contemporánea – y criolla, además – de esta perspectiva, véase Hernando, Eduardo Pensando peligrosamente: el pensamiento reaccionario y los dilemas de la democracia deliberativa Lima, PUCP 2000; me he ocupado de una crítica detallada de esta posición ideológica en Véase Gamio, Gonzalo “¿Pensando peligrosamente?” en: Pensamiento constitucional Año VIII, Nº 8 pp. 465 -85.
[3] Véase Shklar, Judith El Liberalismo del miedo" en: Rosenblum, Nancy El liberalismo y la vida moral Buenos Aires, Nueva Visión 1993 p. 29.
[4] Burckhardt, Titus “Ser conservador” en El espejo del intelecto Barcelona, José J. de Olañeta Editor 2000 p. 39.
[5] Wedgwood, C.V., The Trial of Charles I London, Pocket edition, 1964, p. 217, citado en Dunn, John La agonía del pensamiento político occidental Cambridge University Press, 1996, p. 4 (las cursivas son mías).






Estas líneas constituyen las primeras páginas de un nuevo artículo que estoy escribiendo - titulado Las Almenas - acerca de la relación entre Religión y Postmodernidad fruto de un curso que dicté sobre este mismo tema en un Diplomado de Religión y Cultura de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

miércoles, 2 de mayo de 2007

BUSCANDO RAZONES (Y EMOCIONES) PARA NO DISCRIMINAR




















EL CULTIVO DE LAS HUMANIDADES Y LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS



Gonzalo Gamio Gehri [1]


1.- Democracia liberal y no discriminación.

La inclusión de todos los ciudadanos al interior de las redes y organizaciones que vertebran la sociedad constituye un principio básico para la vida democrática moderna. El precepto que nos instruye acerca de la admisión de las diferencias en la comunidad política – en el marco de un pluralismo razonable, para decirlo en términos de John Rawls - constituye un imperativo moral tan imprescindible para los demócratas liberales como lo es la exhortación a amar al otro (incluso a quien inicialmente es considerado un “enemigo”) para los cristianos. La observancia de este principio ha generado una serie de derechos fundamentales que se han encarnado en políticas públicas contra la discriminación. La violencia, el hostigamiento o la exclusión de las personas por razones de raza, cultura, religión, género y sexualidad son proscritos por la ley y son condenados por una democracia constitucional. Por desgracia, nuestras instituciones republicanas coexisten hoy con prácticas discriminatorias, manifiestas o veladas, en la esfera pública y en la privada, situaciones que con frecuencia tienen lugar ante nuestros ojos (y muchas veces cuentan con la complicidad de nuestra indiferencia).

El principio de no discriminación es, por supuesto, un precepto político y legal constitutivo del orden público, una pieza fundamental del sistema de derechos que vertebra la estructura básica de la sociedad. No obstante, él nunca ha dejado de ser a la vez un principio moral de enorme poder en la civilización moderna. Le subyace la tesis normativa según la cual la legitimidad de las instituciones de la vida social tal y como las cultivamos reside en el consentimiento de las personas que han elegido conscientemente vivir juntas de esa forma y no bajo otro tipo de organización. Esas personas se conciben a sí mismas como agentes racionales independientes que son titulares de derechos universales inalienables que la comunidad política debe proteger y defender bajo cualquier circunstancia. Si las instituciones en cuestión no velan por el respecto irrestricto de tales derechos – si se tornan opresivas, o si dejan a los individuos desamparados frente a la amenaza de la violencia o del despotismo – entonces ellas pierden su razón de ser. Bajo el enfoque liberal la persona humana es el fin de la sociedad.

Esta perspectiva se opone decididamente a la cosmovisión precedente – imperante en el medioevo – según la cual la comunidad estaba estructurada según un Plan Providencial y un “orden natural de las cosas”, según los cuales los individuos están divididos en estamentos según el nacimiento y la sangre, de modo que a cada uno se le ha asignado una función y un destino determinados; se trata de la vieja (y pretendidamente “inmutable”) “división tripartita de la humanidad entre los que oran, los que combaten y los que trabajan”[1]. En contraste, de acuerdo con la teoría liberal, todos y cado uno de los individuos que componen la sociedad son concebidos ante el orden social como iguales en dignidad, fines y no exclusivamente medios, justamente en virtud de su condición de agentes racionales independientes, vale decir, seres capaces de actuar conforme a metas y principios que eligen conscientemente. Estas ideas constituyen la concepción ético – política que ha dado forma al corazón mismo de la cultura de los derechos humanos, cultura que ha influido decisivamente en el diseño de nuestras cartas constitucionales.

El 27 de agosto de 2003 – en el contexto de la entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación ante el Congreso de la República – Salomón Lerner Febres señalaba que los hechos de violencia y exclusión que marcaron el conflicto armado interno en nuestro país ponen de manifiesto un doble escándalo: “el del asesinato, la desaparición y la tortura en gran escala, y el de la indolencia, la ineptitud y la indiferencia de quienes pudieron impedir esta catástrofe humanitaria y no lo hicieron”[2]. Mientras el terror se vivía sólo en las provincias del Perú – en los andes o en la selva – los habitantes de Lima observaban el conflicto como si éste tuviera lugar fuera de las fronteras de su mundo social; recordemos las palabras de Primitivo Quispe, para quien su comunidad había sido tratada como “un pueblo ajeno dentro del Perú”[3]. En la etapa en la que quienes encontraban la muerte no frecuentaban nuestros vecindarios, ni hablaban nuestro idioma, compartían cierto tipo racial o asistían a nuestras universidades, tales pérdidas eran consideradas ajenas, extrañas a nuestra experiencia cotidiana del dolor y la compasión. Es que habitamos una sociedad que – tanto en la persona de sus autoridades políticas como en la de no pocos ciudadanos - tiende a contemplar los hechos de violencia como eventos fatales que producen “daños lamentables” e “inevitables”, pero no injusticias. En nombre de una “pedagogía perversa” – estrictamente autoritaria – los peruanos hemos preferido muchas veces mantener a las víctimas en el anonimato, considerándolas parte del precio a pagar por la “pacificación”, o el empleo de la “mano dura” gubernamental en los temas de “seguridad nacional”[4].

Lamentablemente, no podemos decir que esta clase de actitudes hayan desaparecido del escenario de nuestras costumbres y modos de pensar. Está presente en el discurso cotidiano de muchos políticos y autoridades sociales, que prefieren “no reabrir viejas heridas” antes que examinar su propia conducta en el espejo de la historia. Todavía muchos peruanos cuentan, en diferentes contextos sociales, con una visión tradicional de la vida, que distribuye diferentes formas de estima o de menosprecio social a las personas por razones de raza, estrato socio-económico, grado de instrucción, religión y sexualidad. El racismo, el machismo, la homofobia y otras formas de exclusión son una triste realidad en nuestro país, particularmente en las zonas urbanas de la costa. Con frecuencia éstas son proyectadas desde cierta comprensión jerárquica de los grupos humanos, que recuerda a algunas formas de tradicionalismo antiliberal, aun imperante en ciertos sectores de la autodenominada “clase dirigente”.

2.- Deliberación, empatía y derechos humanos.

Consideremos el siguiente ejemplo, un caso reciente narrado por un colega y amigo que lo vivió. Un joven profesor de un curso de formación ciudadana impartida a los alumnos del primer año de una universidad “exclusiva”, “de perfil empresarial” – una de esas nuevas instituciones educativas creadas a partir del Decreto Legislativo 882 (una norma paralela a la Ley Universitaria, una iniciativa impulsada bajo el fujimorato por influyentes empresarios ávidos por invertir en la educación superior) - exhibe un video en el que se expone el trato discriminatorio y racista practicado en una discoteca exclusiva de Lima. El objetivo, evidentemente, es analizar el fenómeno de la exclusión en el ámbito de la vida cotidiana limeña. El video muestra cómo en la discoteca Café del Mar se impide el ingreso de personas de tipo racial andino o mestizo recurriendo a una serie de requerimientos ad hoc que misteriosamente desaparecen cuando los que solicitan el ingreso son personas de tez clara, a las que se les permite inmediatamente entrar. Como resultado de esta conducta lesiva contra la dignidad del ciudadano, la discoteca es multada y cerrada temporalmente.

Ante el desconcierto del profesor, la reacción de la mayoría de los estudiantes es de incomodidad e irritación. “¿Por Qué nos pone este video, profesor? ¿Qué busca lograr con esto?”, pregunta uno, rompiendo el silencio. Los primeros comentarios indican que el video no consigna la hostilidad de la que son víctimas los estudiantes blancos de clase media y alta en otros contextos, más “populares”. Un alumno advierte entonces que el racismo constituye un fenómeno social que no puede ser modificado, que ellos no tienen otra cosa que hacer que adaptarse a la realidad en la que viven: “¡usted quiere vivir en un mundo perfecto!”, sentencia otro. Poco a poco, el argumento va transformándose. Un grupo grande de estudiantes advierte que la discriminación racial y socio-económica resulta necesaria para garantizar la seguridad y la tranquilidad de aquellos que quieren pasar un rato agradable con sus amigos; “esa gente tiene otras costumbres”, señala uno de ellos. Esas costumbres – explica, ante la solicitud del profesor –incluyen desde inaceptables hábitos higiénicos hasta la disposición a la violencia. Otro estudiante sugiere que ellos suelen llevar armas. La magnitud de los prejuicios que los jóvenes expresan a través de sus palabras es enorme. Otro grupo esgrime un tercer argumento, que termina contando con la aprobación de la mayoría en el aula: cuando alguien constituye una empresa, se representa el público objetivo al que ofrece su producto o sus servicios con la intención evidente reobtener beneficios económicos. La ganancia de utilidades depende de la acogida de ese público, la satisfacción que el producto o el servicio puede depararles. En conclusión, el propietario del negocio puede – en nombre de la rentabilidad de la empresa – marginar del uso del producto o de la recepción de los servicios a quienes no responden al “perfil de ese público objetivo”, por las razones que fueren. “Los usuarios de la discoteca Café del Mar no quieren juntarse con esa gente”, concluye uno, “y los clientes siempre tienen la razón”. Admitir a los ‘indeseables’ puede reportarle pérdidas económicas al propietario. La ‘libertad de empresa’ ha hablado. Amén.

La gravedad de situaciones como la reseñada en este ejemplo extraído de la vida real no estriba solamente en que jóvenes de los sectores pudientes de Lima crean que es posible que conductas discriminatorias puedan justificarse en nombre del cálculo entre costos y beneficios, o que una espuria apelación a la ‘libertad de empresa’ pueda prevalecer sobre los principios básicos de nuestra Constitución y sobre la Declaración universal de los derechos humanos. Por supuesto, que estos argumentos aberrantes imperen al interior de una parte de nuestra futura “clase dirigente” es ya preocupante; dice mucho acerca de la clase de educación ética que se recibe en escuelas exclusivas de la capital, así como pone de manifiesto la dudosa calidad de la formación teórica que ofrecen estas instituciones educativas nuevas que se hacen pasar por universidades. Pero el problema es más profundo, va más allá del examen de la consistencia escuálida de las razones esgrimidas por estos muchachos. Como se sabe, los argumentos morales están intencionalmente vinculados con creencias en torno a lo que le confiere sentido a la vida, pero también con actitudes frente a situaciones y relaciones humanas, y con hábitos emocionales que dan forma a nuestras reacciones frente a las personas en el terreno práctico. Concentrarse exclusivamente en la calidad o en la coherencia lógica de los argumentos entraña ocuparse sólo de un elemento de nuestra vida ética – uno fundamental, sin duda, pero en ningún caso el ùnico –, desatendiendo sus conexiones con otras dimensiones de nuestra experiencia que contribuyen decisivamente con la razón en la formación del juicio práctico. En los últimos años, Richard Rorty y Martha C. Nussbaum son quienes han insistido con mayor lucidez y talento persuasivo a destacar la relevancia de la educación de las emociones en la afirmación de la cultura democrático-liberal[5].

La disposición de un sector importante de los jóvenes universitarios de clase media y alta a discriminar a las personas de un origen cultural o de un tipo racial diferente – y a describirlos en términos de los prejuicios más absurdos -, así como su tendencia a convertir sus espacios de ocio en auténticos ghettos, no proviene exclusivamente de una mala ontología moral, sino también de una notablemente pobre formación de las emociones y actitudes vinculadas al reconocimiento del otro y al sentido de la justicia. Más que intentar descubrir razonamientos a priori que nos permitan reconocer la autonomía de la subjetividad moral – al estilo del imperativo categórico kantiano – resulta de una mayor utilidad contar y examinar historias reales o verosímiles acerca de la vulnerabilidad de personas que, no compartiendo nuestra cultura, raza, religión o sexualidad, pueden sentir de manera análoga a nosotros la pérdida de sus seres queridos, el desamparo, la violencia, el menosprecio social. Esta es la tesis central del ensayo de Richard Rorty, Derechos humanos, racionalidad y sentimentalismo, que ha inspirado algunas de las intuiciones que componen esta exposición[6]. La clave de la estrategia pedagógica del universalismo moral característico de la cultura liberal de los derechos humanos reside en promover – a través de la imaginación y la reflexión crítica - la proyección empática sobre las circunstancias de la vida de los otros (particularmente los pobres, los marginados, etc.) para intentar deliberar desde su situación. Podríamos haber sido nosotros quienes tuviésemos que afrontar tales situaciones de pobreza, marginación, etc. ¿Cómo reaccionaríamos frente a ellas? El cultivo de las humanidades alienta en nosotros el ejercicio de tal operación del discernimiento y las emociones.

La literatura, la historia - y la filosofía moral y política – constituyen espacios de deliberación y percepción que nos permite proyectarnos hacia las vidas de otros, aquellos que se ven forzados a afrontar circunstancias de adversidad e inequidad, y que claman por solidaridad y justicia. La evaluación de estos relatos hace posible que nos pongamos en su lugar, hagamos nuestros su dolor e indignación, y podamos reconocerlos como sus hermanos y compatriotas. Sin la experiencia de la empatía no es posible la justicia, virtud relacional por excelencia. Tal experiencia pone en movimiento nuestras competencias deliberativas, reexamina nuestras lealtades inmediatas (generalmente estrechas), de modo que las extiende más allá de nuestros vínculos locales. El universalismo moral - subyacente a la política democrático-liberal - no puede encarnarse en un habitus en tanto no logremos cuestionar y superar el estrecho marco de nuestras creencias y prácticas discriminatorias hasta ampliar incondicionalmente nuestros “círculos empáticos” hacia todas las personas sin restricción. Las novelas de Alegría y Arguedas, las tragedias de Esquilo y Eurípides, las propuestas filosóficas de Hume y Levinás - así como el propio Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación - constituyen excelentes fuentes de reflexión y compromiso solidarios. Son obras que nos arrancan del encapsulamiento cultural y de la ceguera voluntaria frente al doble escándalo de la violencia y la indolencia. Estas obras contribuyen a educarnos en el principio moral de que no hay muertos ajenos, de que no existen seres humanos “desechables” que no merezcan nuestra atención y protección.

3.- Educación liberal y formación humanística.

El cultivo de las humanidades contribuye a educarnos en la empatía y en la deliberación práctica. Esta es una de las razones por las cuales se ha planteado como necesario considerar en los primeros años de los estudios universitarios un lugar ineludible para la formación humanística de los estudiantes. La propuesta pedagógica que se ofrece en los Estudios Generales resulta fundamental para la educación del discernimiento y del carácter. Es de temer que los jóvenes alumnos de estas universidades - empresa - cuyos espacios de deliberación colectiva se reduce a ese pequeño curso sobre Ciudadanía, de dos horas a la semana - se entreguen al estudio de su especialidad, se inserten en la dinámica de los negocios y no encuentren lugar alguno para cuestionar o contrastar sus puntos de vista, sorpresivamente condescendientes con la discriminación. El cultivo de la imaginación literaria, la reflexión filosófica e histórica constituye un fundamento indispensable para la educación científica y profesional, como una dimensión insoslayable en la forja de ciudadanos comprometidos con la democracia liberal y la cultura de los derechos humanos. Aristóteles decía que en el hombre cultivado las emociones escuchan a la razón, y viceversa, cuando se trata de discernir en torno a conflictos ético - políticos relevantes, como el que hemos bosquejado a partir de nuestro ejemplo. Cuando permitimos que alguien sea victima de violencia o menosprecio – por motivo de raza o sexualidad– estamos faltando al cumplimiento de nuestros deberes ciudadanos, estamos incurriendo en injusticia pasiva[7]. En una sociedad democrática todo ciudadano es titular de derechos inalienables y miembro de nuestra comunidad política, sin excepciones. Las disciplinas humanísticas nos forman en esa clase de valoraciones, a través de la deliberación en torno a los conflictos humanos que dieron forma y sentido a estos principios y a las instituciones que pretenden darle una encarnación social. La instrucción meramente técnica y especializada no podrá contribuir con la adquisición de las virtudes éticas e intelectuales imprescindibles para la construcción de una sociedad inclusiva e igualitaria. Una educación superior únicamente basada en la capacitación profesional (o “gerencial”) sólo podrá “producir en serie” empresarios o especialistas posiblemente “emprendedores”, pero no (probablemente) ciudadanos para quienes los sucesos ocurridos en la discoteca Café del Mar constituyen una trasgresión flagrante e inaceptable de la ley y del sistema de derechos, y no simplemente la aplicación sin reservas de la (supuesta) ‘libertad de empresa’.

Todo lo que se ha señalado acerca del universalismo moral, la cultura de los derechos humanos y la búsqueda pedagógica de razones y emociones para no discriminar forma parte del ethos liberal. Aquí no se ha recurrido al “colectivismo” ni al “socialismo”, los viejos fantasmas que atormentan por las noches a los gurús de las universidades – empresa. El ideal de una sociedad pluralista, conformada por individuos libres e iguales es tan antiguo como la obra de Locke y Mill; la imagen ética del ciudadano comprometido con una entidad política común está claramente presente en el pensamiento de Montesquieu y en el de Tocqueville. Sucede que los catequistas locales del capitalismo salvaje han cubierto su ideología reduccionista e intolerante con la máscara del liberalismo. Han olvidado (o han querido olvidar) que el corazón del liberalismo es una concepción moral y política centrada en la igualdad de derechos y en el reconocimiento irrestricto de la dignidad intrínseca de la persona humana; por eso algunos de ellos no dudaron en poner su lealtad y su pluma al servicio de dictaduras nefastas, como la de Alberto Fujimori. Su doctrina ha sido y sigue siendo el conservadurismo político; el anhelo de tutelaje, la doctrina del trono y el altar. En la historia del Perú el pensamiento político liberal ha brillado por su ausencia.

No sorprende que estos falsos liberales enseñen a sus estudiantes a “adaptarse a la realidad” antes que animarse a transformarla en nombre de ideales superiores como la libertad del individuo, la distribución democrática del poder o la justicia social (por ello exigen a los jóvenes la lectura obligatoria de libros Light de autoayuda, abiertamente acomodaticios y complacientes, con el status quo como el tristemente célebre ¿Quién se ha llevado mi queso?). Con esa clase de magisterio moral, los jóvenes se acostumbrarán a contemplar la discriminación como una práctica cotidiana que no puede – o que no debe – ser eliminada como forma de conducta social admitida en nuestro país. Esta especie de “realismo craso” los sitúa una vez más en las antípodas del auténtico liberalismo político, que en los siglos XVII y XVIII nos educaba en la capacidad crítica de imaginar mundos sociales posibles en los que las “realidades efectivas” de la esclavitud, el imperialismo o las guerras de religión podrían ser erradicadas del escenario de la historia de la civilización. Liberalismo y “energía utópica” constituían categorías morales y políticas que solìan ir de la mano. La imaginación literaria y la especulación teórica constituían (y constituyen) herramientas humanas más eficaces y sutiles – en comparación con la econometría y el marketing – para divisar las posibles sendas hacia la construcción de un mundo mejor.




[1] Shklar, Judith El Liberalismo del miedo" en: Rosenblum, Nancy El liberalismo y la vida moral Buenos Aires, Nueva Visión 1993 p. 29.
[2] Lerner, Salomón “La entrega del Informe final en Lima” en: La rebelión de la memoria Lima, IDEHPUCP-CNDDHH-CEP 2004 p. 148.
[3]Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación Lima, PUCP – UNMSM 2003 tomo I, p. 228.
[4] Cfr. Lerner, Salomón “Clausura de las audiencias públicas de Lima” en: Ibid p. 130.
[5] Cfr. Nussbaum, Martha El conocimiento del amor Madrid, Machado 2005; Idem, El ocultamiento de lo humano Barcelona, Paidós 2006; Idem, Justicia poética Andrés Bello 1999; Rorty, Richard ¿Esperanza o conocimiento? México, FCE 1997; Idem, Verdad y progreso Barcelona, Paidós 2000.
[6] Rorty, Richard “Derechos humanos, racionalidad y sentimentalismo” en: Verdad y progreso op.cit. pp. 219 – 42.
[7] Cfr. Shklar, Judith N. The faces of injustice New Haven and London, Yale University Press 1988.





[A MODO DE COLOFÓN: Desde el punto de vista de la formación humanística interdisciplinaria como base de los estudios de especialidad, la Pontificia Universidad Católica del Perú es (junto a la Universidad Ruiz de Montoya) una institución prácticamente única en su género. Esa formación configura las capacidades de discernimiento y empatía propios del ciudadano comoprometido y del académico profético. No es casualidad que las fuerzas más retrógradas del país quieran acabar con la PUCP, con su línea formativa y con su bien ganado prestigio. Quieren acabar con una universidad de verdad. Sin una institución como esa, podríamos quedar a merced de estas universidades - empresa y su raquítica y reductiva oferta pedagógica].