
Gonzalo Gamio Gehri
El blog de Gustavo Faverón Puente Aéreo ha desencadenado un debate intenso – y, por momentos, violento – en torno a la figura de Julius Evola, a su presunta afinidad con el fascismo y, más allá de este autor, a la marcada preferencia del profesor Eduardo Hernando Nieto por autores que han sido vinculados (de manera fundada o no) con el antisemitismo, el nazismo y, en general, con ideologías oscurantistas que predican la supremacía racial y una concepción jerárquica de la vida social. Por breves momentos, la discusión se ha desplazado hacia la idea que Hernando tiene sobre la idea de “metapolítica”. El tema central ha sido el del “canon metapolítico”.
"La metapolítica puede exhibir nombres de escritores como Mishima, Celine, Tolkien o Drieu la Rochelle, ensayistas como los hermanos Jünger, metafísicos como Evola, Guénon, o Coomaraswamy, sociólogos como Spann o Freyer, antropólogos como Eliade, poetas como Pound, economistas como Sombart, historiadores como Spengler, directores de cine como Tarkovski etc, etc. ¿Quiénes los conocen?, ¿Quiénes los han leído?"
Faverón encuentra en esta lista de autores una constante vindicación del tradicionalismo y la discriminación racial o cultural; a su juicio, muchos de estos escritores, pensadores y esoteristas estuvieron en la frontera misma de declarar una adhesión manifiesta al ideario de Hitler o Mussolini. En muchos de los casos tiene la razón (no puedo decir nada acerca de la obra de Evola). Se pregunta la razón de estas preferencias, y su conexión con un ideario totalitario. Hernando y sus seguidores – algunos anónimos con una redacción nítidamente identificable – responden que las acusaciones que penden sobre estos autores son fruto de campañas ideológicas que se libraron en su contra con el fin de destruir su reputación. Añaden que muchos de los críticos no han leído a estos escritores, y que eso facilitaba la tarea de entregarse sin más a la corriente de opinión mayoritaria. Faverón sostiene que las acciones de muchos de estos personajes los condenan. Reitera que las simpatías de Hernando por quienes predicaban o cultivaban el antisemitismo deben ser explicadas, que es probable que sus colegas y alumnos estén atentos a su explicación.
El blog de Gustavo Faverón Puente Aéreo ha desencadenado un debate intenso – y, por momentos, violento – en torno a la figura de Julius Evola, a su presunta afinidad con el fascismo y, más allá de este autor, a la marcada preferencia del profesor Eduardo Hernando Nieto por autores que han sido vinculados (de manera fundada o no) con el antisemitismo, el nazismo y, en general, con ideologías oscurantistas que predican la supremacía racial y una concepción jerárquica de la vida social. Por breves momentos, la discusión se ha desplazado hacia la idea que Hernando tiene sobre la idea de “metapolítica”. El tema central ha sido el del “canon metapolítico”.
"La metapolítica puede exhibir nombres de escritores como Mishima, Celine, Tolkien o Drieu la Rochelle, ensayistas como los hermanos Jünger, metafísicos como Evola, Guénon, o Coomaraswamy, sociólogos como Spann o Freyer, antropólogos como Eliade, poetas como Pound, economistas como Sombart, historiadores como Spengler, directores de cine como Tarkovski etc, etc. ¿Quiénes los conocen?, ¿Quiénes los han leído?"
Faverón encuentra en esta lista de autores una constante vindicación del tradicionalismo y la discriminación racial o cultural; a su juicio, muchos de estos escritores, pensadores y esoteristas estuvieron en la frontera misma de declarar una adhesión manifiesta al ideario de Hitler o Mussolini. En muchos de los casos tiene la razón (no puedo decir nada acerca de la obra de Evola). Se pregunta la razón de estas preferencias, y su conexión con un ideario totalitario. Hernando y sus seguidores – algunos anónimos con una redacción nítidamente identificable – responden que las acusaciones que penden sobre estos autores son fruto de campañas ideológicas que se libraron en su contra con el fin de destruir su reputación. Añaden que muchos de los críticos no han leído a estos escritores, y que eso facilitaba la tarea de entregarse sin más a la corriente de opinión mayoritaria. Faverón sostiene que las acciones de muchos de estos personajes los condenan. Reitera que las simpatías de Hernando por quienes predicaban o cultivaban el antisemitismo deben ser explicadas, que es probable que sus colegas y alumnos estén atentos a su explicación.
"Lo que he hecho es preguntar si es una simple coincidencia la cantidad de nazis, fascistas y antisemitas que suman dos tercios de los nombres que él colocó en su nómina de intelectuales y artistas destacados dentro de la visión personal de la "metapolítica" que él defiende y promueve. Y no encuentro ninguna respuesta más o menos articulada sobre ese punto."
En fin. El tema se complica aún más, dado que alrededor de Hernando se ha tejido una pequeña red de blogs neoconservadores que postulan un extraño retorno a las tradiciones, un rechazo sistemático a la doctrina liberal de los Derechos Humanos y a la democracia constitucional, así como una invitación a la recuperación del catolicismo preconciliar, con todo y tufillo franquista. Aparentemente, la prédica antimoderna está captando algunos adeptos, y algunos entre ellos no dudan en dedicarle extraños posts a Hitler. Resulta algo desalentador que un muchacho de veinte años – que ha votado sólo una vez y que está estudiando – señale de manera categórica y sin dejar un mínimo espacio para la duda que “la democracia es el gobierno de los inútiles”. Una convicción tan desmesurada llama la atención e invita a la reflexión. Es preocupante que ciertos profesores alienten esas militancias tan tempranas y sin matices (y que crean que esa clase de aliento ideologizante y doctrinero pueda recibir el nombre de “filosofía” ¿Y el duro y paciente trabajo del concepto? ¿Qué "magisterio" es ese? ). A algunas personas preocupa con cierto fundamento esta creciente afición extravagante por el totalitarismo de derechas. En una sociedad como la peruana, al interior de cuyas presuntas “élites” impera cierto sentimiento autoritario y clericalista, es un hecho que quizá no debería sorprendernos. Lo que sí hay que hacer es someter a una dura crítica estas presuposiciones, y mostrar sus consecuencias políticas opresivas y tiránicas.
Que la lectura de ciertos libros puede abonar el terreno para determinados carismas fascistoides es algo que no me quepa la menor duda. Los libros están para leerlos, para discutirlos y para interpelarlos. Creo también que Hernando haría bien en responder a la pregunta directa – y muy bien formulada - que le hace Faverón sobre ese extraño y profundo feeling por los autores “fronterizos” con el nazismo (a mí también me causa curiosidad la razón de ese “canon literario personal”. Sospecho que se trata de algo más que preferencias literarias y esotéricas, aunque respeto su derecho a elegir su propia lista de autores). Sin embargo, también considero que no debemos caer en aquello que criticamos, esto es, en la exclusiva denuncia ideológica. Me parece que muchos de los comentaristas del acerado post de Faverón (alineados en uno y otro bando) permanecen en la lógica del “desenmascaramiento ideológico”, y no avanzan en la discusión acerca de los fundamentos conceptuales o en las posturas políticas de tales ideologías; ambas partes se acusan mutuamente de ignorancia e intolerancia. Allí están los libros, disponibles para el que quiera leerlos, y analizarlos; de eso se trata la libertad de pensamiento. Allí están los propios textos de Hernando para examinarlos críticamente. No es suficiente señalar que manifiestan un “talante fascista”. Las etiquetas no equivalen a una refutación (y creo que es necesario pasar a la discusión racional, y a la refutación). Les aseguro que Eduardo Hernando no oculta sus puntos de vista – de hecho, defiende un arcaico estamentalismo y a la vez una teoría renovada (y represiva) del “derecho penal del enemigo”, esquema próximo al pathos de Bush en el tema Guantánamo – pero no rehuye el debate. De hecho, lo considero el más dialogante y transparente de los tradicionalistas peruanos, y sin duda el menos virulento. Estoy en desacuerdo con todo lo que escribe, y considero que muchas de sus ideas son nocivas y poco claras, pero debo decir que hemos debatido siempre en un clima de respeto y cordialidad. Mientras otros conservadores se ocultaban tras las sombras de cierto anonimato – pero les enseñaban a los soldados que “los Derechos Humanos no existen” o hacían campaña en pro del fujimorismo, o defendían la impunidad en el caso La Cantuta -, Hernando decía lo que pensaba sobre la democracia y el sistema de Derechos, y admitía la crítica. Debatamos con él, más allá de poner solamente en evidencia su ‘imaginario literario’. La ideología "reaccionaria" debe ser combatida intelectualmente desde sus cimientos. No basta con señalar que determinados rótulos encajan con el ideario (aunque lo hagan).
Hay que ir más allá de denuncia ideológica de los conservadores, y pasar a la confrontación de las ideas, incluso las que nos resultan inaceptables. Me explico. El nazismo y el fascismo son ideologías nefastas que afortunadamente han sido vencidas definitivamente en el campo de batalla, en la arena política y en los espacios académicos. Hoy sólo son comidilla de skinheads y otros grupos de antisociales y violentistas, incluso en el Perú. Creo que lo que lo que existe en el país es un más bien tradicionalismo religioso trasnochado (generalmente de inspiración franquista), que se alía a menudo con los sectores políticos de extrema derecha, próximos al militarismo, asumiendo figuras sincréticas. Probablemente estas ideas retrógradas tienen una connotación fundamentalmente “estética” - por así decirlo - y son notoriamente extravagantes, pero desgraciadamente tienen alguna acogida en ciertos círculos políticos y mediáticos. Este es el conservadurismo criollo del que estamos hablando (y en el que sólo a veces Hernando encaja, aunque tiende a asociarse con sus exponentes). En ocasiones, esa extrema derecha tradicional echa mano de Schmitt (frecuentemente sin demasiado rigor, como anotan algunos lectores rigurosos de este autor, como Carlos Pérez), otras veces se escudan tras la obra de MacIntyre o de algunos postmodernos; sus referencias bibliográficas pueden obedecer más a la utilidad que a la devoción. Sin embargo, creo que los defensores de un pensamiento más liberal tenemos todos los recursos conceptuales para cuestionar racionalmente y desarticular el estamentalismo o el confesionalismo que profesan, y señalar sus inconsistencias con la mayor claridad.
Mientras Hernando invoca una desencarnada Realpolitik – que yo encuentro completamente discutible, pero cuyas líneas generales detecto en ciertos autores de la escena académica contemporánea, en contraste con los restantes tradicionalistas, apologistas del Antiguo Régimen – los demás ultraconservadores criollos entonan un estrafalario cántico cortesano rococó, o plantean leer la historia en la clave de la lucha cultural y religiosa sin exhibir una mínima argumentación. Si tengo que debatir con estos antimodernos nacionales, prefiero a los straussianos, antes que a los ultramontanos locales. Después de todo, Allan Bloom sigue siendo – a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte - un interlocutor importante en los debates sobre la educación moral; no podemos decir lo mismo de los falangistas.
No creo que vayamos demasiado lejos intentando descubrir si Hernando es nazi o antisemita, o si niega el antisemitismo por convicción o solamente para guardar las apariencias. De hecho, yo no creo que Hernando sea un antisemita, en sus textos no he encontrado nada parecido. Las simpatías por ciertos motivos fascistas están allí en sus textos – el elogio de la “vida heroica”, la defensa de las jerarquías, un pintoresco caudillismo - aunque resultaría difícil determinar si esa simpatía revela una suerte de ‘militancia’ (hay que decir que no se trata de motivos exclusivamente fascistas, sino comunes a diferentes versiones del tradicionalismo y la extrema derecha). No creo que ese sea un ejercicio positivo o productivo. Creo que es mucho más interesante revisar Pensando peligrosamente y discutir a fondo sus tesis, detectar inconsistencias (que las hay, y muchas) y argumentar en contra del integrismo moral y político que postula. Ese es el trabajo conceptual que hay que llevar a cabo, el de la crítica severa y la refutación. Como he dicho, él está dispuesto a la confrontación; ello lo distingue de otros extremistas de derecha, quienes juegan a la mera agitación ideológica y padecen de esnobismo crónico. Los autodenominados “reaccionarios” gustan que caigamos en su juego, que los denunciemos públicamente y etiquetemos como “herejes”. Ser identificado como un exponente de lo “políticamente incorrecto” – en este mundo postmoderno – les da a algunos un frívolo “toque de distinción” que tratan de explotar; de hecho, algún blog conservador por allí se precia de librar un combate con el “pensamiento único”, en circunstancias en las que defiende el modelo teológico-político de la “cristiandad” premoderna y el retorno de los privilegios aristocráticos. Luego nos echarán en cara que practicamos aquello que les reprochamos, que somos nosotros quienes no admitimos las diferencias: “¿Ven? ¿Quiénes son ahora los intolerantes?”. No incurramos en su “lógica”, en la línea del cuento de Borges Deustches Réquiem. Esa es la virulencia que percibo en algunos comentarios al post citado. Y claro, los "reaccionarios" concluirán que lo que existe finalmente es un grupo de ideologías rivales que compite por el poder. Afirmarán que nuestros Derechos Humanos equivalen a sus tribunales de la Inquisición, que nuestra democracia no es mejor que su sistema feudal o que su soñada comunidad orgánica. No usemos sus propias armas. Allí donde ellos recurren a la agitación y la propaganda – a esa pomposa retórica, desfasada e hiperbólica – repliquemos con argumentos. Contamos con muchos y de calidad.
En fin. El tema se complica aún más, dado que alrededor de Hernando se ha tejido una pequeña red de blogs neoconservadores que postulan un extraño retorno a las tradiciones, un rechazo sistemático a la doctrina liberal de los Derechos Humanos y a la democracia constitucional, así como una invitación a la recuperación del catolicismo preconciliar, con todo y tufillo franquista. Aparentemente, la prédica antimoderna está captando algunos adeptos, y algunos entre ellos no dudan en dedicarle extraños posts a Hitler. Resulta algo desalentador que un muchacho de veinte años – que ha votado sólo una vez y que está estudiando – señale de manera categórica y sin dejar un mínimo espacio para la duda que “la democracia es el gobierno de los inútiles”. Una convicción tan desmesurada llama la atención e invita a la reflexión. Es preocupante que ciertos profesores alienten esas militancias tan tempranas y sin matices (y que crean que esa clase de aliento ideologizante y doctrinero pueda recibir el nombre de “filosofía” ¿Y el duro y paciente trabajo del concepto? ¿Qué "magisterio" es ese? ). A algunas personas preocupa con cierto fundamento esta creciente afición extravagante por el totalitarismo de derechas. En una sociedad como la peruana, al interior de cuyas presuntas “élites” impera cierto sentimiento autoritario y clericalista, es un hecho que quizá no debería sorprendernos. Lo que sí hay que hacer es someter a una dura crítica estas presuposiciones, y mostrar sus consecuencias políticas opresivas y tiránicas.
Que la lectura de ciertos libros puede abonar el terreno para determinados carismas fascistoides es algo que no me quepa la menor duda. Los libros están para leerlos, para discutirlos y para interpelarlos. Creo también que Hernando haría bien en responder a la pregunta directa – y muy bien formulada - que le hace Faverón sobre ese extraño y profundo feeling por los autores “fronterizos” con el nazismo (a mí también me causa curiosidad la razón de ese “canon literario personal”. Sospecho que se trata de algo más que preferencias literarias y esotéricas, aunque respeto su derecho a elegir su propia lista de autores). Sin embargo, también considero que no debemos caer en aquello que criticamos, esto es, en la exclusiva denuncia ideológica. Me parece que muchos de los comentaristas del acerado post de Faverón (alineados en uno y otro bando) permanecen en la lógica del “desenmascaramiento ideológico”, y no avanzan en la discusión acerca de los fundamentos conceptuales o en las posturas políticas de tales ideologías; ambas partes se acusan mutuamente de ignorancia e intolerancia. Allí están los libros, disponibles para el que quiera leerlos, y analizarlos; de eso se trata la libertad de pensamiento. Allí están los propios textos de Hernando para examinarlos críticamente. No es suficiente señalar que manifiestan un “talante fascista”. Las etiquetas no equivalen a una refutación (y creo que es necesario pasar a la discusión racional, y a la refutación). Les aseguro que Eduardo Hernando no oculta sus puntos de vista – de hecho, defiende un arcaico estamentalismo y a la vez una teoría renovada (y represiva) del “derecho penal del enemigo”, esquema próximo al pathos de Bush en el tema Guantánamo – pero no rehuye el debate. De hecho, lo considero el más dialogante y transparente de los tradicionalistas peruanos, y sin duda el menos virulento. Estoy en desacuerdo con todo lo que escribe, y considero que muchas de sus ideas son nocivas y poco claras, pero debo decir que hemos debatido siempre en un clima de respeto y cordialidad. Mientras otros conservadores se ocultaban tras las sombras de cierto anonimato – pero les enseñaban a los soldados que “los Derechos Humanos no existen” o hacían campaña en pro del fujimorismo, o defendían la impunidad en el caso La Cantuta -, Hernando decía lo que pensaba sobre la democracia y el sistema de Derechos, y admitía la crítica. Debatamos con él, más allá de poner solamente en evidencia su ‘imaginario literario’. La ideología "reaccionaria" debe ser combatida intelectualmente desde sus cimientos. No basta con señalar que determinados rótulos encajan con el ideario (aunque lo hagan).
Hay que ir más allá de denuncia ideológica de los conservadores, y pasar a la confrontación de las ideas, incluso las que nos resultan inaceptables. Me explico. El nazismo y el fascismo son ideologías nefastas que afortunadamente han sido vencidas definitivamente en el campo de batalla, en la arena política y en los espacios académicos. Hoy sólo son comidilla de skinheads y otros grupos de antisociales y violentistas, incluso en el Perú. Creo que lo que lo que existe en el país es un más bien tradicionalismo religioso trasnochado (generalmente de inspiración franquista), que se alía a menudo con los sectores políticos de extrema derecha, próximos al militarismo, asumiendo figuras sincréticas. Probablemente estas ideas retrógradas tienen una connotación fundamentalmente “estética” - por así decirlo - y son notoriamente extravagantes, pero desgraciadamente tienen alguna acogida en ciertos círculos políticos y mediáticos. Este es el conservadurismo criollo del que estamos hablando (y en el que sólo a veces Hernando encaja, aunque tiende a asociarse con sus exponentes). En ocasiones, esa extrema derecha tradicional echa mano de Schmitt (frecuentemente sin demasiado rigor, como anotan algunos lectores rigurosos de este autor, como Carlos Pérez), otras veces se escudan tras la obra de MacIntyre o de algunos postmodernos; sus referencias bibliográficas pueden obedecer más a la utilidad que a la devoción. Sin embargo, creo que los defensores de un pensamiento más liberal tenemos todos los recursos conceptuales para cuestionar racionalmente y desarticular el estamentalismo o el confesionalismo que profesan, y señalar sus inconsistencias con la mayor claridad.
Mientras Hernando invoca una desencarnada Realpolitik – que yo encuentro completamente discutible, pero cuyas líneas generales detecto en ciertos autores de la escena académica contemporánea, en contraste con los restantes tradicionalistas, apologistas del Antiguo Régimen – los demás ultraconservadores criollos entonan un estrafalario cántico cortesano rococó, o plantean leer la historia en la clave de la lucha cultural y religiosa sin exhibir una mínima argumentación. Si tengo que debatir con estos antimodernos nacionales, prefiero a los straussianos, antes que a los ultramontanos locales. Después de todo, Allan Bloom sigue siendo – a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte - un interlocutor importante en los debates sobre la educación moral; no podemos decir lo mismo de los falangistas.
No creo que vayamos demasiado lejos intentando descubrir si Hernando es nazi o antisemita, o si niega el antisemitismo por convicción o solamente para guardar las apariencias. De hecho, yo no creo que Hernando sea un antisemita, en sus textos no he encontrado nada parecido. Las simpatías por ciertos motivos fascistas están allí en sus textos – el elogio de la “vida heroica”, la defensa de las jerarquías, un pintoresco caudillismo - aunque resultaría difícil determinar si esa simpatía revela una suerte de ‘militancia’ (hay que decir que no se trata de motivos exclusivamente fascistas, sino comunes a diferentes versiones del tradicionalismo y la extrema derecha). No creo que ese sea un ejercicio positivo o productivo. Creo que es mucho más interesante revisar Pensando peligrosamente y discutir a fondo sus tesis, detectar inconsistencias (que las hay, y muchas) y argumentar en contra del integrismo moral y político que postula. Ese es el trabajo conceptual que hay que llevar a cabo, el de la crítica severa y la refutación. Como he dicho, él está dispuesto a la confrontación; ello lo distingue de otros extremistas de derecha, quienes juegan a la mera agitación ideológica y padecen de esnobismo crónico. Los autodenominados “reaccionarios” gustan que caigamos en su juego, que los denunciemos públicamente y etiquetemos como “herejes”. Ser identificado como un exponente de lo “políticamente incorrecto” – en este mundo postmoderno – les da a algunos un frívolo “toque de distinción” que tratan de explotar; de hecho, algún blog conservador por allí se precia de librar un combate con el “pensamiento único”, en circunstancias en las que defiende el modelo teológico-político de la “cristiandad” premoderna y el retorno de los privilegios aristocráticos. Luego nos echarán en cara que practicamos aquello que les reprochamos, que somos nosotros quienes no admitimos las diferencias: “¿Ven? ¿Quiénes son ahora los intolerantes?”. No incurramos en su “lógica”, en la línea del cuento de Borges Deustches Réquiem. Esa es la virulencia que percibo en algunos comentarios al post citado. Y claro, los "reaccionarios" concluirán que lo que existe finalmente es un grupo de ideologías rivales que compite por el poder. Afirmarán que nuestros Derechos Humanos equivalen a sus tribunales de la Inquisición, que nuestra democracia no es mejor que su sistema feudal o que su soñada comunidad orgánica. No usemos sus propias armas. Allí donde ellos recurren a la agitación y la propaganda – a esa pomposa retórica, desfasada e hiperbólica – repliquemos con argumentos. Contamos con muchos y de calidad.










