
Gonzalo Gamio Gehri
Comparto con ustedes unas reflexiones que planteamos ayer en clase, fruto del diálogo con los alumnos, en el contexto de una clase introductoria de Ética y Filosofía del Derecho en el Diplomado de Filosofía (UARM). El asunto que concentró nuestra atención fue la interpretación política de la alegoría platónica de la caverna, a la luz del fenómeno contemporáneo de la manipulación mediática del ciudadano en el seno de las democracias liberales.
Como se sabe, la preocupación por la política atraviesa la obra de todos los filósofos griegos. La pregunta por la vida buena implica decisivamente la reflexión sobre el cuidado de las instituciones, y la crítica de las mismas. En Platón, por ejemplo, las meditaciones más profundas sobre ontología y cosmología (o sobre la naturaleza del lenguaje) generalmente aparecen conectadas con un radical interés por el sentido de los asuntos humanos.
Cuando dictamos cursos introductorios de historia de la filosofía – que abarcan, por ejemplo, las diversas etapas de la historia del pensamiento en un único semestre -, los profesores universitarios tendemos a privilegiar la ontología platónica sobre su preocupación conceptual por el curso de la vida pública. Lo hacemos pensando (naturalmente) en la poderosa influencia de la filosofía teórica de Platón en las concepciones del cosmos desarrolladas en el Renacimiento y en el siglo XVII, su enorme relevancia para la construcción de la teología medieval y para la filosofía romántica del arte. Me ha pasado en mis primeros años como docente que – pensando en esas fructíferas y fascinantes proyecciones del platonismo -, solía dejar para el final (casi como colofón del tema) las ‘consecuencias políticas’ del pensamiento platónico. Estaba en un error, que corregí posteriormente. No se trataba, evidentemente, de "consecuencias". En realidad, la radical preocupación por la vida buena y por la política está presente desde el inicio de los diálogos platónicos. Hay que precisar – como acertadamente mis profesores de especialidad y la maestría en la PUCP y en el Doctorado de la U. Comillas (en ambos casos se trataba de notables platonistas) sostenían – que ontología y política se reclaman la una a la otra en el pensamiento de Platón; no podemos hacer abstracción de la una sin empobrecer la otra. Eso es evidente desde la lectura del texto mismo: basta recordar que la alegoría de la caverna o la exposición de la “teoría de las formas” se plantean al interior de un texto que la tradición ha titulado La República (Politeia), obra que intenta esclarecer el problema de la justicia y orientar en diseño de las instituciones.
Como se sabe, la preocupación por la política atraviesa la obra de todos los filósofos griegos. La pregunta por la vida buena implica decisivamente la reflexión sobre el cuidado de las instituciones, y la crítica de las mismas. En Platón, por ejemplo, las meditaciones más profundas sobre ontología y cosmología (o sobre la naturaleza del lenguaje) generalmente aparecen conectadas con un radical interés por el sentido de los asuntos humanos.
Cuando dictamos cursos introductorios de historia de la filosofía – que abarcan, por ejemplo, las diversas etapas de la historia del pensamiento en un único semestre -, los profesores universitarios tendemos a privilegiar la ontología platónica sobre su preocupación conceptual por el curso de la vida pública. Lo hacemos pensando (naturalmente) en la poderosa influencia de la filosofía teórica de Platón en las concepciones del cosmos desarrolladas en el Renacimiento y en el siglo XVII, su enorme relevancia para la construcción de la teología medieval y para la filosofía romántica del arte. Me ha pasado en mis primeros años como docente que – pensando en esas fructíferas y fascinantes proyecciones del platonismo -, solía dejar para el final (casi como colofón del tema) las ‘consecuencias políticas’ del pensamiento platónico. Estaba en un error, que corregí posteriormente. No se trataba, evidentemente, de "consecuencias". En realidad, la radical preocupación por la vida buena y por la política está presente desde el inicio de los diálogos platónicos. Hay que precisar – como acertadamente mis profesores de especialidad y la maestría en la PUCP y en el Doctorado de la U. Comillas (en ambos casos se trataba de notables platonistas) sostenían – que ontología y política se reclaman la una a la otra en el pensamiento de Platón; no podemos hacer abstracción de la una sin empobrecer la otra. Eso es evidente desde la lectura del texto mismo: basta recordar que la alegoría de la caverna o la exposición de la “teoría de las formas” se plantean al interior de un texto que la tradición ha titulado La República (Politeia), obra que intenta esclarecer el problema de la justicia y orientar en diseño de las instituciones.
La propia alegoría de la caverna requiere de una interpretación política. No se trata solamente de una imagen que busca poner de manifiesto el contraste entre la verdad y las apariencias. Es una imagen que muestra el cautiverio del ser humano, sumergido en un falso “saber” y víctima de la manipulación. No siempre nos preguntamos quiénes son las personas que llevan los objetos y conversan entre sí, proyectando sombras deformantes y emitiendo sonidos que se distorsionan en las penumbras de la caverna. Quién proyecta deliberadamente estas sombras para engañar a los seres humanos que están – sin saberlo - en condición de prisioneros. El camino dramático de purificación del juicio (el proceso crítico de conversión de la mera opinión en saber) constituye un ejercicio de liberación moral y política, expresado en el posterior retorno a la caverna. Reconocimiento de la sujeción y el error como condición del cultivo del pensamiento y de la virtud.
Por lo general identificamos a estos perversos titiriteros con los sofistas (otras lecturas apuntan hacia la figura del tirano). No resulta un ejercicio inútil el proyectar esta imagen platónica hacia nuestro tiempo ¿Quién mueve hoy los hilos de la confusión de los ciudadanos y se place en la distorsión de la comunicación? Un estudiante sugirió que hoy en día son los medios de comunicación – y no los políticos, que han caído en el descrédito – quienes han ocupado el lugar de los sofistas. Acostumbrados a poner su talento al servicio de los intereses de sus promotores económicos y sus alianzas con el poder constituido - argumentó - los operarios de una cierta prensa inescrupulosa y servil se dedican a sacrificar la vocación por la veracidad, el espíritu crítico y el compromiso público de los medios en los altares del juego de fuerzas de la empresa, la “clase política” y los poderes fácticos.
Aunque establecer un paralelo entre la alegoría y un fenómeno contemporáneo como el descrito entraña una serie de riesgos, tiendo a darle la razón. En tiempos como los actuales, en los que la comunicación escrita se debilita y la ‘esfera de opinión pública’ se repliega ante el fortalecimiento de la cultura audiovisual, el control de los medios supone contar con una poderosa influencia sobre la conducta de las personas, sus emociones, sus necesidades. Pienso en Montesinos, comprando los canales de televisión, promoviendo el rechazo de la propaganda electoral aduciendo “razones de mercado”, o dedicándose a calumniar a la oposición política digitando los titulares de la “prensa chicha”. El proyecto de preservación del régimen autoritario de Fujimori, asegurándose una segunda e inconstitucional reelección, pasaba necesariamente por el control efectivo de los medios audiovisuales. Pienso también en la infame campaña mediática contra la CVR, que reveló la entraña alcantarillesca de cierto "periodismo" (el mismo que apoya el conato ultramontano de atentar ilegítimamente ontra la autonomía de la PUCP).
Por lo general identificamos a estos perversos titiriteros con los sofistas (otras lecturas apuntan hacia la figura del tirano). No resulta un ejercicio inútil el proyectar esta imagen platónica hacia nuestro tiempo ¿Quién mueve hoy los hilos de la confusión de los ciudadanos y se place en la distorsión de la comunicación? Un estudiante sugirió que hoy en día son los medios de comunicación – y no los políticos, que han caído en el descrédito – quienes han ocupado el lugar de los sofistas. Acostumbrados a poner su talento al servicio de los intereses de sus promotores económicos y sus alianzas con el poder constituido - argumentó - los operarios de una cierta prensa inescrupulosa y servil se dedican a sacrificar la vocación por la veracidad, el espíritu crítico y el compromiso público de los medios en los altares del juego de fuerzas de la empresa, la “clase política” y los poderes fácticos.
Aunque establecer un paralelo entre la alegoría y un fenómeno contemporáneo como el descrito entraña una serie de riesgos, tiendo a darle la razón. En tiempos como los actuales, en los que la comunicación escrita se debilita y la ‘esfera de opinión pública’ se repliega ante el fortalecimiento de la cultura audiovisual, el control de los medios supone contar con una poderosa influencia sobre la conducta de las personas, sus emociones, sus necesidades. Pienso en Montesinos, comprando los canales de televisión, promoviendo el rechazo de la propaganda electoral aduciendo “razones de mercado”, o dedicándose a calumniar a la oposición política digitando los titulares de la “prensa chicha”. El proyecto de preservación del régimen autoritario de Fujimori, asegurándose una segunda e inconstitucional reelección, pasaba necesariamente por el control efectivo de los medios audiovisuales. Pienso también en la infame campaña mediática contra la CVR, que reveló la entraña alcantarillesca de cierto "periodismo" (el mismo que apoya el conato ultramontano de atentar ilegítimamente ontra la autonomía de la PUCP).
Platón oponía a la manipulación propia de los demagogos el trabajo de la definición y la intelección de las formas. Es posible que esa solución no sea considerada plausible en los círculos intelectuales que han celebrado el “fin de la metafísica”, y que consideran que la caverna (el “mundo ordinario”, precisamente) es el locus del pensamiento y la acción consciente. No obstante, esa incredulidad postmoderna no echa a perder los motivos platónicos: el ideal socrático de la vida examinada, la concepción terapéutica de la filosofía como crítica de las tradiciones y de las ideologías existentes sí goza de consenso en las comunidades académicas tardomodernas. Incluso Iris Murdoch ha propuesto – en La soberanía del Bien – una suerte de “platonismo fenomenológico” no dualista, una concepción filosófica que encuentro convincente y convergente con la hermenéutica posthegeliana que cultivo. Para pensar con lucidez no necesitamos abandonar el mundo ordinario – nuestro espacio vital – sino orientarnos razonable y sensatamente en él, mirarlo con "ojos nuevos", intentando esclarecer las relaciones con el mundo y con los otros que se han tornado problemáticas.
Sócrates consideraba que el ejercicio de la mayéutica filosófica podía liberarnos del yugo de la sofística. Los intelectuales del siglo XVIII pensaron que la difusión de las ideas científicas y morales de la Ilustración podían liberarnos del despotismo invocando al uso público de la razón. La pregunta del millón es: ¿Qué clase de estrategia filosófico-pública podemos postular para intentar liberarnos de esta suerte de “feudalismo virtual” que amenaza con manipularnos?
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