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viernes, 22 de abril de 2016

BORGES Y LA AUSENCIA





Gonzalo Gamio Gehri


Hemos discutido aquí el legado de grandes poetas en torno a la nostalgia: Goethe, Novalis, Wordsworth. Hace poco, me encontré con un extraordinario poema de Borges, que no conocía, Ausencia, y que, con sencillez recoge el carácter de la nostalgia. Es un poema de amor perdido, que evoca con dolor la ausencia del amor.

Habré de levantar la vasta vida
aún ahora es tu espejo:
que cada mañana habré de reconstruirla”. 

Es el sentimiento de la pérdida en el día a día, la ausencia de la amada en las horas y en los días, la pérdida de sentido que eso ocasiona, la pérdida del mundo, quizás.  Cuando uno ha leído a Borges uno espera encontrarse con un autor que cuenta historias con extrema sutileza y erudición, no con alguien que permite ver su alma destrozada en un poema tan transparente como éste. Los lugares transitados en tardes tibias, las calles se convierten en caminos impersonales sin brillo. La música que escuchaban juntos se ha tornado en una mera huella que debe ser ignorada para que el autor pueda seguir adelante, o pueda pretender hacerlo.

“Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos”.


El último párrafo es de un particular quebranto. La ausencia se convierte para Borges en un horizonte que lo abarca todo, del cual no es posible – ni pensable – escapar. Aquí uno encuentra un cierto eco de Novalis. La alusión al mar y al sol sin ocaso son interesantes y notables. Un sol que brilla y quema sin pausa ni cuartel.

“¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde”.



martes, 12 de agosto de 2008

LA SEDUCCIÓN DEL 'LADO OSCURO'


Gonzalo Gamio Gehri

¿Es posible corromper la vida moral y cívica hasta su mismo núcleo sin que las personas (o las instituciones) lo adviertan? En los últimos días, la lectura del extraordinario cuento de Borges Deustches Réquiem me llevó – casi por la fuerza – a plantearme esta pregunta. El cuento - publicado en El Aleph - relata la historia de un prominente oficial nazi, Otto Dietrich zur Linde, procesado y condenado por crímenes contra la humanidad (por “torturador y asesino”, según sus propias palabras), que plantea una serie de reflexiones sobre su destino y el futuro del Tercer Reich en la víspera de su ejecución.

El reo se ha declarado culpable, pero entiende su juicio y la pena asignada en el presunto marco mayor de “la historia de Alemania y la futura historia del mundo”, para decirlo en sus términos. “Yo sé que casos como el mío”, afirma, “excepcionales y asombrosos ahora, serán muy en breve triviales. Mañana moriré, pero soy un símbolo de las generaciones del porvenir”. El criminal de guerra declara una fe ciega en el curso "necesario" del mundo, completamente inmune al azar. “El nazismo”, asevera, “intrínsecamente es un hecho moral, un despojarse del viejo hombre para vestir el nuevo”. Pretendió honrar ese credo convirtiéndose - merced a las órdenes de Hitler - en el subdirector del campo de concentración de Tarnowitz. Recuerda con especial esmero los tratos crueles a los que fue sometido el poeta David Jerusalem (Borges señala en una nota al pie que se trataría de un personaje que simboliza a los numerosos intelectuales judíos que zur Linde ordenó torturar). Zur Linde indica que lo sometió a tortura para ahogar en él mismo el último atisbo de humanidad que le quedaba, la piedad del “antiguo hombre” que había que superar. En la antesala de la muerte, el oficial nazi cae en la cuenta de que los esfuerzos de Hilter y los suyos no tienen otro propósito que el acabar con esa “vieja moral humanitaria”….aunque para lograrlo, tengan que perecer.

“Se cierne sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”.

Lo que plantea el discurso sombrío de zur Linde es la victoria secreta de la violencia, más allá del epidérmico triunfo de los aliados y sus concepciones de la democracia. La crueldad – móvil universal de la historia, según el militar alemán – ha penetrado, a la manera de un virus, en las entrañas de Occidente. La derrota del fascismo se evidenciaría aparente; es su espíritu el que ha vencido, pervirtiendo el propio mundo, presuntamente “civilizado”. De ahora en adelante se impondrá el imperio de los "fuertes" sobre los débiles, el Triunfo de Trasímaco y Calicles sobre Sócrates y Eurípides. Daniel Salas llama a esta poderosa energía corruptora el efecto Guasón, en clara referencia a la extraordinaria película de Christopher Nolan, The Dark Knight, que plantea el mismo problema moral. Este movimiento de perversión y deshumanización puede abrazar una forma política o espiritual, una máscara religiosa – como en el propio zur Linde - o secular. Uno se pregunta en qué medida este poderoso efecto ha llevado a que en Estados Unidos se firme el Acta Patriótica - contando con la anuencia cómplice de no pocos ciudadanos, prestos a ver recortados sus derechos básicos -, traicionando así el legado de la Declaración de Derechos de 1776. Pienso asímismo en el caso peruano, en si las huestes delictivas de Sendero Luminoso impusieron finalmente la lógica del terror, que fue asimilada por las propias fuerzas del Estado, que crearon comandos de aniquilamiento – como Colina y Rodrigo Franco – contando con el beneplácito de un importante sector de la “clase política” (y de la propia opinión pública). Pienso en la lógica corruptora que Fujimori y Montesinos introdujeron en círculos los políticos, o en el envilecimiento sistemático de la prensa digitada por ellos, al punto que hoy sigue aplicando los mismos métodos. Pienso en tantos intelectuales y líderes de opinión en el Perú (algunos de inocultables simpatías fascistas), que están obsesionados con el tema del “Estado de Excepción” – una situación política en la que en teoría quedan en suspenso los Derechos Fundamentales -, y no están interesados en discutir las condiciones en las que el Estado de Derecho puede funcionar: quieren convertir la excepción en regla, y la regla en excepción.

Hay que discutir filosóficamente si resulta plausible entender las cosas en esta dirección conceptual. De ser así ¿Existe una manera de contener esta presunta fuerza corruptora? En principio, reconocer su posible presencia entre nosotros, así como sus mecanismos de legitimación – hay que agradecer al espíritu sutil de Borges una descripción tan aguda de este complejo e inquietante fenómeno – constituye un importante punto de partida para reflexionar rigurosamente en torno a ello.