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viernes, 13 de febrero de 2015

“SÓLO EL MÉDICO HERIDO PUEDE ESPERAR CURAR”: REFLEXIONES SOBRE "UN MÉTODO PELIGROSO" (2011)





Gonzalo Gamio Gehri

No soy un experto en la obra psicoanalítica de Freud y de Jung – aunque me interesa mucho la obra del segundo -, pero Un método peligroso (2011) me parece una extraordinaria película por su capacidad de establecer vínculos entre diferentes planos de la vida – el cuidado de la ciencia, los conflictos cotidianos, lo “mítico” – y su particular atención en el debate entre Jung y Freíd en torno a la valoración de las religiones, la cultura mítica y literaria como fuente espiritual para el trabajo sobre el interior del ser humano.

Jung es un joven psiquiatra que trabaja en un hospital suizo. Entre los pacientes que debe tratar, está Sabina Spielrein, una joven judía rusa que padece un caso severo de histeria. Jung se decide a usar con ella el método de Freud, y recurrir a la logoterapia en su versión psicoanalítica. Pronto descubre que los traumas de Sabina se deben a la presencia de elementos sexuales en el maltrato recibido por un padre violento y arbitrario. El tratamiento es exitoso, y la paciente se cura. En este proceso terapéutico, ambos se enamoran y desarrollan una relación muy intensa en lo sentimental y en el plano de la búsqueda de sentido. Pronto, Sabina decide convertirse en psicoanalista y curar a otros que, como ella, habían perdido la esperanza de vivir sosegadamente sus vidas.

La discusión del caso de Sabina lleva a Jung a entrevistarse frecuentemente con Freud, quien reconoce en el joven suizo el talento para convertirse en un intelectual que lleve su teoría hacia nuevos horizontes. Sin embargo, a pesar de los reparos de Freud, Jung acerca cada vez más su trabajo científico y terapéutico a derroteros no ortodoxos, como la inspiración en experiencias “espirituales” de clara afinidad religiosa o mitológica. En el film, las alusiones a la leyenda de Sigfrido aparecen más de una vez. Está aquí en germen la reflexión sobre las sincronicidades. Jung está convencido que el contacto con Sabina y el amor que siente por ella son, en gran medida, condicionantes kairóticos de su descubrimiento del psicoanálisis y sus propias reformulaciones. Considera, de hecho, que su propia identidad como hombre de ciencia y como ser humano se debe en parte a ese afortunado e inesperado encuentro. Esa es un componente de la experiencia que un científico más convencional, como el propio Freíd, no puede reconocer como esencial.

Años más tarde, cuando Jung y Sabina conversan por última vez, el teórico parece confirmar esa hipótesis con unas palabras que trascienden los parámetros del método y aluden a su identidad como una totalidad de dimensiones, que conectan el pensamiento y los contextos vitales. Sus palabras evocan la importancia del vínculo profundo que ha existido entre los dos.

“-Mi amor por ti ha sido lo más importante en mi vida. Para bien o para mal, me ha hecho comprender quién soy”.

Esta confrontación con Sabine muestra diferentes facetas de Jung. Minutos atrás, ha contado un sueño catastrófico, que parece anunciar la gran guerra que desangrará Europa. Luego describe el proceso de curación en el que ya se anuncian sus famosos arquetipos afines a los mitos y los cuentos de hadas.. Cuando ella le señala que en ese camino uno puede correr el riesgo de resultar dañado, el asevera: “sólo el médico herido puede esperar curar”.

Ese diálogo tan conmovedor presenta varios niveles: revela en parte el componente existencial que Jung le atribuye no sólo al curso de su vida, sino al curso de su propio trabajo. Mostró que el sentido de la investigación sobre el alma requiere surcar territorios inexplorados de la vida anímica. 









viernes, 31 de enero de 2014

EL ORIGEN DE PERSÉFONE






Gonzalo Gamio Gehri

Zeus y Démeter tuvieron como hija a Kore, una bella niña que fue criada lejos del Olimpo – en compañía de su madre –, dedicada al cuidado de la naturaleza y sus frutos. Fue raptada por Hades y conducida contra su voluntad al Inframundo.  Desesperada, Démeter – por consejo de Hécate – consultó a Helios, el sol, acerca de su paradero. La agonía de la madre generó la sequedad de las tierras y los árboles permanecieron sin frutos – en otra versión, la tierra sufrió un invierno intenso y prolongado – en tanto su bella hija permanecía perdida.

La ausencia de la persona amada no sólo agobiaba el corazón de Démeter, sino que privaba de vida y calidez a la naturaleza entera. El mismísimo Zeus, preocupado por lo que esta situación generaba en la tierra, exigió a Hades la liberación de la joven. Advirtió, eso sí, que ella no debía comen nada durante el regreso. Hades, mediante engaños, logró que Kore comiera unas cuantas semillas de granada. A consecuencia de ello, Kore debía pasar una parte del año en el Inframundo – algunas versiones señalan que seiis meses, otras tres – y el resto del tiempo su hogar es el de su madre.

Desde entonces, cuando Kore y Démeter están juntas, ellas esforzadamente cuidan de la vida del mundo natural, y la tierra está cubierta de vegetación y rinde frutos que nutren a todos los seres vivos. Cuando Kore debe volver a la tierra de los muertos, la aflicción de Démeter provoca que los campos se tornen estériles y que el frío golpee la vida de las plantas, los animales y los seres humanos. Hay incluso quienes dicen que pueden escuchar en las noches de invierno el llanto y los suspiros de Démeter, que extraña profundamente a Kore y evoca en sus canciones los brillantes cabellos negros de la niña. Entre los muertos, Kore es conocida como Perséfone, la que trae la muerte. Cada vez que vuelve a la tierra, empieza la primavera, y la madre ansiosa prodiga de bienes al mundo y a sus criaturas.

Esta historia fue recogida en tiempos remotos por poetas y adivinos para explicar los intrincados misterios del ciclo de la tierra y sus nexos con la vida y la muerte. 

miércoles, 9 de enero de 2013

EN TORNO AL NACIMIENTO DE AFRODITA




  
Gonzalo Gamio Gehri


Desde todo punto de vista, Afrodita es una diosa fundamental en el panteón griego. Su nombre es invocado por los asaeteados por los dardos de Eros, y no olvidemos que ella tuvo una participación decisiva en los acontecimientos que narra Homero en La Iliada. Su origen es tan enigmático como el que se atribuye al propio Eros.

 Su nombre proviene de áphros, “espuma”, precisamente porque una de las historias más sorprendentes alude a que surgió de la espuma del mar. Desembarcó primero en Citera, una pequeña isla. Cuenta la leyenda que su encanto era tal que donde pisaba brotaban flores y plantas, y que por donde caminaba la acompañaban gorriones y palomas. Las hijas de Océano la adornaron para que Afrodita encontrara un lugar para que su culto sea establecido. Pasó por Esparta;  si bien el pueblo lacedemonio le rindió culto de inmediato, ella pensó que quizá esa tierra de feroces guerreros no entendería completamente los asuntos azarosos del eros (cuya poderosa complejidad y profundidad Platón discutirá en El Banquete). Finalmente fijó su hogar en Chipre. Por eso los devotos de Afrodita la llaman  Cipris.

Fascinado por el poder que de Afrodita manaba, Zeus reclamó la paternidad de la diosa. Adujo que él y Dione – la dividinad del roble - eran sus padres, por eso los dos mitos coexisten en el mismo culto, aquel de la diosa que surge de la espuma marina, cuya belleza e inspiración afirma el Orden sobre el Caos - a la manera de Eros -, y el que la señala como hija de Zeus. Incluso no ha faltado quien sugiriera que se trataba de dos manifestaciones de la diosa. Ya en los fines del medioevo, Boticelli  pinta El nacimiento de Venus, que recrea brillantemente el momento en que Afrodita, surgida de las aguas, es vestida y adornada por la Primavera y las oceánidas. El espectáculo del surgimiento de Afrodita sigue conmoviendo el ánimo de los mortales que, perplejos, siguen pronunciando su nombre.


miércoles, 3 de octubre de 2012

ARIÓN, SALVADO DE LAS AGUAS






Gonzalo Gamio Gehri

Arión era un poeta isleño y maestro de la lira que componía y cantaba para el tirano Periandro en la corte de Corinto. Se dice que era hijo de Poseidón. Su voz y su talento musical eran tales que todas las criaturas disfrutaban de sus creaciones. Cierta vez, fue invitado a visitar Ténaro para participar en un concurso musical. Arión ganó la competencia, y fue premiado con regalos de oro sólido. No obstante, sus recién obtenidas riquezas atrajeron la atención del capitán y la tripulación del barco que lo conduciría de vuelta a la ciudad.

Ya en alta mar, el capitán del barco le comunicó sus intenciones de matarlo y quedarse con el oro. Viéndose sólo y rodeado, Arión solicitó se le permitiese entonar una última melodía. Se vistió con sus mejores túnicas y se preparó para despedirse de la vida. La canción que eligió era tan apasionada y conmovedora que la propia musa Euterpe se presentó para escucharla; el muchacho creyó que lo ojos de la musa serían lo último que vería.. El poeta se encomendó a los dioses y se lanzó al mar. Prefería morir reuniéndose con su padre y no ceder ante las ansias de rapiña y sangre del capitán y sus subordinados.

Sin embargo, la música de Arión y el poder de sus versos convocaron a un grupo de delfines, que lo esperaban bajo la proa del barco. Uno de ellos lo depositó en su lomo y lo llevó a las costas de Corinto. En los días que duró la travésía,  Arión recibió la protección de los delfines;  La imagen de la musa, el retorno a Corinto y la perspectiva de la venganza contra el capitán y los marineros capturaban sus pensamientos. Estaba seguro que la curiosidad y la misericordia de los delfines habían salvado su vida. De vuelta a Corinto, se despidió de los delfines como si de sus hermanos se tratara. Compareció ante el monarca, quien persiguió a los marineros que amenazaron a Arión y los castigó con refinada crueldad.

Desde entonces, los piadosos marinos griegos consideran amigos a los delfines, y les rinden culto como sus benefactores.


lunes, 16 de julio de 2012

EL ÚLTIMO DÍA





Gonzalo Gamio Gehri


Intuyendo el curso de lo inexorable, Héctor se pregunta si debe o no enfrentar a Aquiles. Sabe que combatirlo equivale a aceptar la inminencia de la propia muerte. Contempla los intensos tonos naranjas del amanecer, con la mano en la empuñadura de su espada, y examina los sombríos pensamientos que se agitan en su interior. Sus padres le han suplicado no librar esta postrera batalla, y el lúcido Polidamante – amigo de la infancia y antiguo compañero de armas – es de la misma opinión. La noche anterior, en plena sesión de la asamblea, el joven orador ha pretendido persuadirlo con aladas y convincentes palabras. Ha pedido que los guerreros troyanos se replieguen hacia la ciudad. Él había respondido:

“Mañana temprano, al alba, equipados con las armas, despertemos junto a las huecas naves al feroz Ares. Si es verdad que el divino Aquiles ha salido de las naves, peor será para él, si es eso lo que quiere. Yo no pienso huir fuera del entristecedor combate, sino que me plantaré delante a ver quién se lleva una gran victoria, si él o yo. Enialio es imparcial y también mata al matador”[1].

No obstante, Atenea había ofuscado su juicio, y le había empujado a hablar así.

Ahora, observando desde las altas murallas los primeros rayos del sol, comprende que éste será su último día. Se ha calzado las armas con esmero y sólo espera la acometida de la funesta Moira. Observa a sus propios soldados prepararse para el combate, y le parece ver cómo sus almas se precipitan velozmente a la cavernosa morada de Hades. Él mismo, pese al amor que le profesa su pueblo y a los cantos que entonan sobre sus hazañas, ha llegado a considerar sensata y pertinente  la propuesta de Polidamante. Él también ansía una vida larga y próspera. Con gusto cambiaría la espada por el cetro que algún día heredaría de su padre. Sin embargo, otro pensamiento contuvo su aliento. Todos los seres humanos mueren, de un modo o de otro ¿La diferencia no consiste acaso en cómo morimos, en si nos atrevemos a mirar o no a los ojos de la misma Muerte y dedicarle una sonrisa? ¿Por Qué aspirar a dejar la vida en una tibia cama y no en medio del combate, cubierto de sangre, escuchando a mil gargantas que corean tu nombre, cuyo recuerdo desafiará los siglos? Seremos inevitablemente alimento de gusanos, nuestra existencia tiene fecha de vencimiento, aunque ignoramos la fecha de nuestra muerte. La única inmortalidad que puede acariciar un ser humano es aquella que confiere el recuerdo de tus semejantes. El amor propio y el de quienes empuñan las armas en el campo de batalla.

Estos pensamientos sacudieron el ánimo de Héctor. Luego escuchó el violento llamado de Aquiles.


[1] Iliada, canto XVIII 303-9.

domingo, 10 de junio de 2012

PROMETEO Y LOS OLÍMPICOS





Gonzalo Gamio Gehri

Los griegos consideraban a Prometeo el más importante entre los benefactores de la humanidad. Pertenecía a la estirpe de los titanes, las divinidades de la naturaleza que perdieron el poder luego de la victoria de los olímpicos. Era un dios famoso por su sabiduría y astucia - su nombre significa "previsión" - tanto como por su aprecio por los seres humanos. Aunque Prometeo apoyó a Zeus en contra de Cronos, no tardó en enemistarse con aquel. Cuando Zeus arrebató a los seres humanos el fuego, pensando en acabar con la especie humana y planeando sustituirla por una raza de bronce, Prometeo consiguió – contando con ayuda de Atenea – entrar silenciosamente en la morada del Olimpo, robar el fuego (encendiendo una antorcha en el carro ígneo del Sol) y devolvérselo finalmente a los mortales.

Zeus castigó cruelmente al ingenioso titán. Lo hizo encadenar a una columna en la cadena montañosa del Cáucaso, de modo que cada día un enorme y feroz buitre le devoraba las entrañas. La condena se repetía cada amanecer, pues el hígado de Prometeo se reconstruía durante la noche. Su condena se extendería a lo largo de tres décadas. La bella adivina Io encontró Prometeo encadenado a la sólida piedra, y le confesó que su sufrimiento no sería eterno, que sería liberado en un futuro próximo. Le confió además – sus brillantes ojos oscuros se posaban en los suyos mientras pronunciaba para él dulces y proféticas  palabras – que la estirpe de los olímpicos dejaría el trono del mundo como los titanes lo hicieron en su día, que una nueva estirpe de dioses aparecería, y que, de cierta manera, Prometeo sería vengado.

De camino a afrontar su undécimo trabajo – conseguir las manzanas de oro de las Hespérides – Heracles pasó por las montañas del Cáucaso y divisó a Prometeo, padeciendo la voracidad del monstruoso ave. Después de consultarlo con Zeus, decidió liberarlo, pues comprendió que las desventuras de Prometeo se debían a su incansable compromiso con la causa del bienestar de la humanidad. A juicio del padre de dioses y hombres, el sabio titán podía finalmente redimirse ante los orgullosos inmortales; en realidad, Zeus estaba arrepentido por haber asignado un castigo tal duro contra el hijo de Jápeto. El valiente Heracles disparó sus flechas contra el buitre, y consiguió desencadenar al dios herido. Prometeo le devolvió el favor compartiendo con él la clave para burlar a  su hermano Atlas y obtener las manzanas de la inmortalidad. En memoria de esta heroica liberación, Zeus colocó la flecha de Heracles en el firmamento, conformándose la constelación de Sagitario. De este modo, las generaciones futuras recordarían la gloriosa salvación del benevolente Prometeo.

miércoles, 28 de marzo de 2012

PERSEO Y MEDUSA




Gonzalo Gamio Gehri


Este es uno de los mitos más célebres del mundo griego, lamentablemente distorsionado por versiones posteriores que han intentado recrearlo sin demasiado rigor. Perseo era hijo de Zeus y Dánae, quien fuera recluida en una torre por su padre Acrisio, el rey de Argos, para evitar que tuviera descendencia. Zeus la visitó bajo la forma de una lluvia de oro. Acrisio temía que un oráculo funesto pudiera cumplirse si el niño sobrevivía. El rey ordenó encerrarla a ella y al niño en un cofre de madera y arrojarlo al mar. Guiado por una mano divina (la de Zeus) el cofre fue a parar a la isla de Serifos, donde Perseo creció al lado de su madre.

Los problemas llegaron cuando – varios años después - el rey de Serifos, Polidectes, pretendió desposar por la fuerza a Dánae. Perseo le prometió regalarle la cabeza de Medusa – la terrible Gorgona que petrificaba con la mirada – a condición de que renunciara a su madre. No conocía el real alcance de sus palabras. Polidectes aceptó el acuerdo, pensando que así podría deshacerse del joven. No obstante, Atenea – antigua enemiga de Medusa – se comprometió con la causa de Perseo. La diosa le regaló un bruñido escudo, que le serviría para ver a Medusa a través de su reflejo, dado que no debía por ningún motivo mirarla directamente. De Hermes obtuvo una poderosa espada, con la que enfrentaría al monstruo. Sin embargó, aún necesitaba tres objetos fundamentales para coronar con éxito su misión, que custodiaban las ninfas de Estigia: unas sandalias aladas, el yelmo de invisibilidad de Hades y un zurrón mágico para guardar la cabeza de la Gorgona. Sólo las Grayas – tres brujas antropófagas que compartían un solo ojo y un solo diente, y que vivían al pie del monte Atlas – conocían el paradero de estos objetos. Consiguió arrebatarles el ojo y el diente y logró forzarlas a señalar el lugar de los instrumentos mágicos.

Perseo se encaminó a Hiperbórea, donde encontró a Medusa, que dormía. Con la mirada fija en el bruñido escudo, siguiendo el reflejo, decapitó a la Gorgona de un golpe. Inmediatamente, sus dos hermanas despertaron, pero el héroe pudo evadirlas usando el yelmo, que lo invisibilizó. De este modo, Perseo pudo sobrevivir. Al pasar por Filistia, divisó a una joven que, desesperada, estaba encadenada a una roca, esperando la acometida de un feroz monstruo marino. Era la princesa Andrómeda, y le correspondía enfrentar un destino nefasto. Su madre, Casiopea, había ofendido a las nereidas aseverando que su hija las aventajaba en hermosura. Como castigo a su insolencia, Andrómeda debía ser devorada por la bestia. Al verla, Perseo quedó conmovido por su belleza, se notaba en los oscuros y brillantes ojos de Andrómeda una profunda tristeza, pero también una luz de esperanza que la aferraba a la vida. Su cabello azabache ondeaba con la brisa marina, mientras a su alrededor rompían las olas. El guerrero argivo decidió salvarla, comprometiéndose con sus padres a hacerlo si le concedían su mano en prenda. Los reyes asintieron, y Perseo, resuelto a arriesgar la vida por la princesa, enfrentó al monstruo. Lo mató usando su espada, decapitándolo. Ofreció luego sacrificios a Zeus, Hermes y Atenea, y celebró sus bodas con Andrómeda.

De regreso a Serifos, Perseo hubo de enfrentar a Polidectes, quien juraba que le había enviado a una muerte segura. Se presentó en medio de un banquete real, y fue recibido con abierta hostilidad por el soberano y los suyos. Perseo les mostró la cabeza de la Gorgona; el rey quedó petrificado, junto a todos los comensales, cómplices suyos que habían conspirado contra Perseo y contra su madre. Finalmente, entrego la cabeza de Medusa a Atenea, quien la fijó a su escudo.

El destino llevaría a Perseo a Argos y a asumir el trono, pero esa es otra historia que contaremos en otra ocasión.

sábado, 10 de marzo de 2012

LOS CUENTOS Y LA VIDA




Gonzalo Gamio Gehri


No puedo ocultar mi aprecio por la literatura, por el modo en que ella se ha convertido en permanente cómplice espiritual de las personas, de sus afectos y aspiraciones más profundas. Por eso la presencia de Eurídice, Antígona, Orfeo, Teseo, Sigfrido, Alcestis, Alicia y el conejo, y tantos otros personajes e historias en este blog. La literatura está en las grandes cosas, pero también en los pequeños detalles; en eso reside su incalculable valor. Su cercanía respecto de la vida es considerablemente mayor que la del concepto. Ella se adentra en el alma de la gente, en sus pensamientos y conflictos y, a menudo, sirve de compleja guía y fuente de inspiración en momentos de confusión y desesperanza.

Los mitos y los cuentos nos ayudan a comprender las peculiaridades del tiempo y los espacios de la interacción humana. Muestran con suma claridad cómo la durabilidad del instante varía si se trata del momento del disfrute o de la melancolía. La literatura describe muy bien la irrupción milagrosa de aquellas personas que han aportado decisivamente a nuestras vidas a través del amor, la amistad, el conocimiento, la acción cívica o el conflicto mismo. Piénsese en el primer encuentro de Dante y Beatrice, o las primeras palabras de Ulises a Calipso (e incluso la súbita aparición del conejo blanco en la vida de Alicia). Y el aporte del que hablo se revela tanto en las grandes cosas como en los pequeños detalles. A veces, las personas que han echado luces sobre zonas antes desconocidas de la propia alma – lo que en sí mismo constituye un genuino milagro -, son las mismas que nos permitieron descubrir nuevos platos o bebidas exóticas, a consultar nuevos textos, o a comprender a cabalidad algunas líneas de The Beatles que antes habíamos pasado por alto. El contacto con ellas puede llegar a tocar incluso nuestra experiencia literaria, de manera tal que el predicamento de Fausto y el ingreso de Teseo al laberinto de Creta adquieran un sentido existencial que no tenían en el pasado y que ahora permanece en ellos. Mientras el concepto asciende hacia lo general y abstracto, la literatura nos permite mirar de otra manera los matices de la vida cotidiana, nos invita a prestarle atención al instante y a los vínculos cercanos. Describe nítidamente el ritmo y la distancia de la conversación, el sentimiento de plenitud ante la victoria en la batalla, el dolor de la pérdida o la ausencia del ser amado, la incertidumbre frente al destino y tantas otras configuraciones humanas de sentido. Nos recuerda esas deudas existenciales, nos invita a visitar nuestras emociones y experiencias. Llama nuestra atención sobre las personas y los propósitos que nos importan.

Los mitos y los cuentos de hadas nos permiten conciliar el sueño, pero también explorar lúcidamente la naturaleza misma de nuestros sueños. Nos ofrecen poderosas palabras y metáforas que nos ayudan a expresar el amor, el temor, la confianza, la nostalgia, el pesar, así como otras formas de sensibilidad y pensamiento, de una manera radicalmente nueva, reveladora, conmovedora. Nos exhortan a mirar con otros ojos el mundo ordinario, antes que procurar (acaso erróneamente) “trascenderlo”; ella nos insta a amar aquello que mueve enteramente el corazón: como diría Maalouf, nos exhorta a percibir el sutil perfume del instante - sin que se pierda - y tocar la materia del recuerdo. La literatura pretende comprender la diversidad y mutabilidad de la vida y del entorno: quizás se trate más de un arte hermético, "mágico", que de una disciplina apolínea. No en vano Hegel - en sus primeros años - afirmaba que desde muy antiguo la literatura era la maestra de la humanidad.

sábado, 25 de febrero de 2012

ORFEO Y LA BÚSQUEDA DE EURÍDICE




Gonzalo Gamio Gehri


Orfeo era el poeta, músico y compositor más importante del mundo mítico griego. Era hijo de Eagro, rey de Tracia, y de la bella musa Calíope, célebre patrona de la poesía épica. Dueño de una lira mágica regalada por Apolo, fue instruido desde pequeño en el cultivo de las bellas artes por las propias musas. Cuentan los poetas que el sonido de su lira encantaba a todas las criaturas, incluyendo a los dioses, los seres humanos, las fieras y hasta los árboles y las piedras del camino.

Compartió la suerte de Jasón y los Argonautas, y a su regreso a Tracia conquistó el corazón de la bella ninfa Eurídice, de vivaces ojos, abundante cabellera e iluminadora inteligencia. El amor de ambos enfrentó una dura prueba cuando la joven, que huía de las agresiones del feroz Aristeo, pisó una serpiente y fue mordida. Eurídice murió, víctima del veneno del reptil. No obstante, el poderoso amor que sentía Orfeo lo llevó a no resignarse a perder a la muchacha. Descendió al Hades, para devolverla al mundo de los vivos. La tristeza no mermó la esperanza que aún latía en su indómito corazón. Hechizó al barquero Caronte y al fiero can Cerbero gracias a las melancólicas melodías que entonaba con su lira. Dicen que - a causa de las composiciones del visitante - en el profundo Tártaro se suspendieron las torturas a los espectros de los condenados, y que el mismísimo Hades sucumbió a los encantos de su música.

Entonces Orfeo divisó el dulce rostro de Eurídice, sus ojos oscuros y su brillante cabellera negra, e incluso pudo escucharla cantar con suave voz; al verla, su corazón dio un salto. El heroico artista estaba en las entrañas mismas del Hades, a punto de rescatar a su amada. No podría hacerlo, empero, sin el consentimiento del sombrío Hades. El Rey de la morada de los muertos premió el valor del príncipe tracio, concediendo su permiso para que ambos abandonaran el Inframundo, con la condición de que Orfeo no consintiera, en el camino de regreso al mundo de los vivos, mirar hacia atrás. En la versión más arcaica del mito, ambos ascienden juntos, airosos, y vuelven a Tracia, de modo que el amor limpiamente triunfa sobre la muerte. Una versión posterior sostiene que, en el último momento, Orfeo vuelve la mirada hacia Eurídice, para garantizar su protección, por lo que ella debió permanecer en el reino de las sombras.

Más allá del tan discutido desenlace, la historia de Orfeo y Eurídice pone de manifiesto el implacable combate del amor contra lo presuntamente inexorable, Se trata de una extraña historia que ha influido en un sinnúmero de representaciones artísticas y religiosas posteriores. La aventura de Orfeo inspiró los misterios espirituales asociados con el culto al brillante Apolo y también al enigmático Dionisio.

sábado, 28 de enero de 2012

TESEO EN EL LABERINTO





LA LUCHA CONTRA EL MINOTAURO



Gonzalo Gamio Gehri


Quisiera contar ahora brevemente la historia de las hazañas que realizó Teseo en su viaje a Creta. Como se sabe, El rey cretense Minos había impuesto a los atenienses un amargo tributo, el entregar – cada nueve años – a siete jóvenes y a siete doncellas al feroz minotauro Asterión, hijo del rey y solitario habitante del intrincado laberinto, una bestia sedienta de sangre, temida por todos los griegos. Se cuenta que la compasión que provocó en el espíritu del príncipe Teseo el amargo llanto de las madres de los jóvenes seleccionados lo movió a ofrecerse como una de las víctimas. Abrigaba en su corazón la esperanza de poder acabar finalmente como el monstruo.

El barco se dirigió a Creta, esperando que se sellara sobre su tripulación un destino fatal. Sólo Teseo había bosquejado un plan para acabar con el minotauro y con la ignominiosa sumisión de Atenas a Creta. Había dispuesto infiltrar a dos guerreros disfrazados en el grupo de doncellas para enfrentar al minotauro si era necesario. El padre del héroe – el rey Egeo – le había pedido que, si triunfaba, cambiara las velas de la embarcación de negras a blancas, en señal de victoria. El problema crucial que debía resolver Teseo era cómo podría salir del sinuoso laberinto, célebre por la perfección de su diseño y porque ninguno de sus prisioneros – con la única excepción de su creador Dédalo y su hijo Ícaro – pudo escapar de él.

Una vez en Creta, la solución llegó de la mano de la inquieta Fortuna. Sucedió que la princesa Ariadna se enamoró de Teseo - ya el héroe había quedado impactado con la belleza y la inteligencia de la joven -, y le prometió ayudarlo a salir del laberinto si la llevaba con él a Atenas. La muchacha le obsequió una madeja de hilo mágico, que antes había pertenecido al mismísimo Dédalo, y le dio instrucciones acerca de cómo usarlo para dar con la guarida del minotauro y luego regresar a la entrada del laberinto. Lo último que vio Teseo antes de internarse en los retorcidos pasajes del indescifrable laberinto fueron los brillantes ojos de Ariadna. Entonces, madeja en mano, se dedicó a buscar a Asterión.

El vaporoso olor a sangre y el sonido de terribles gruñidos le indicaron que el temido monstruo estaba cerca. Teseo hubo de enfrentar a su propio miedo para luchar – desarmado – contra el poderoso minotauro. Tuvo que esquivar golpes que hubieran derribado sin esfuerzo alguno a un caballo de guerra. Sin embargo, el guerrero no retrocedió, y devolvió golpe por golpe. Por fin, la bestia cayó bajo la fuerza de su brazo. Siguiendo la ruta establecida por el hilo mágico de Ariadna, el héroe pudo salir del laberinto.

Muerto el minotauro, Minos liberó a los atenienses del yugo padecido, y Teseo pudo regresar a su tierra cubierto de gloria. Gracias a su valor, había recuperado la libertad para Atenas.

domingo, 1 de enero de 2012

OISÍN Y TIR NA NOG




Gonzalo Gamio Gehri

Me propongo ahora contar ahora una antigua tradición celta. Oisín era un bravo guerrero irlandés, miembro de los fianna, un grupo de héroes que luchaban al servicio de los reyes de Irlanda y que solían proteger a campesinos y aldeanos de los ataques de bandidos y de bestias fabulosas. Todavía hoy se cuentan historias sobre ellos en diversas regiones de Irlanda y las tierras altas de Escocia. Oisín era hijo de Finn Mac Cumhaill, el jefe de los fianna. Esta es la historia de cómo Oisín llega a Tir na nÓg, el reino de las hadas, un lugar en el que sus habitantes permanecen inmortales y en el que no perciben el paso del tiempo, al menos tal y como lo perciben los mortales humanos.

Cuenta la leyenda que cierta vez los fianna estaban de cacería, siguiendo la pista de un misterioso ciervo que se ocultaba tras las piedras de una zona costera en Clare. Luego de dos noches, Oisín divisó al animal, que estaba encaramado sobre una roca. El héroe lo siguió, y al sumergirse en las aguas dio con Tir na nÓg. Los poetas y gaiteros insisten en que el umbral hacia Tir na nÓg está por todas partes, y que uno puede toparse con una vía de acceso a ese reino cuando menos se lo espera. Dicen que quien permanece allí puede pasar mil años sintiendo que sólo han transcurrido unas cuantas semanas. Que nada falta, que en sus colinas y bajo su cielo la vejez no existe y que - de acuerdo con lo dicho por la versión escrita de este relato recogido en el condado de Galway - "todo lo bueno está allí".

Pero pasado un tiempo – en realidad cientos de años, pero únicamente unos meses para la perspectiva de Oisín – nuestro héroe sintió nostalgia de sus compañeros de armas, de los azares y la gloria del combate. En Tir na nÓg le advirtieron que mucho tiempo había pasado, que sus hermanos habían muerto y que el mundo ya no era el mismo que él había conocido. Pero estas palabras no persuadieron al tozudo corazón del valeroso fianna. Los habitantes de Tir na nÓg le entregaron un caballo veloz, pero le dijeron que por ningún motivo debía bajar del animal y pisar tierra exterior, que moriría al instante. Finalmente, Oisín emprendió su viaje a Irlanda.

Pero Oisín no encontró a los fianna, ni divisó las cabañas de su aldea – sólo vio ruinas -, ni escuchó las antiguas canciones de su clan. Encontró edificios extraños, y se dio cuenta – con gran perplejidad – que los seres humanos se habían vuelto más pequeños y enjutos. Habían pasado casi mil años, y el tiempo de los héroes había pasado. El guerrero reconoció con dificultad, en medio de los escombros de lo que una vez fue su pueblo, un viejo abrevadero de piedra, y quiso lavarse. Olvidó por un instante las palabras de los habitantes de Tir na nÓg. Se apeó, entonces, del caballo. No bien tocó su pie tierra mortal, los cientos de años que le habían sido esquivos en el reino de las hadas abatieron su cuerpo, y Oisín murió.


(Imagen tomada de aquí)

domingo, 11 de diciembre de 2011

ALICIA Y EL CONEJO


Si pienso que fui hecha
Para soñar el sol
Y para decir cosas
Que despierten amor.

¿cómo es posible entonces
Que duerma entre saltos
De angustia y horror?

(S.R)


Gonzalo Gamio Gehri


Alicia en el país de las maravillas (1865), de Lewis Carroll, constituye una de las obras más apasionantes que se hayan escrito jamás. Está a la vez llena de fantasía y de reflexiones filosóficas sobre la realidad y sobre el sentido de las palabras: conocida era la devoción del autor por la lógica. Cuenta la historia de Alicia, una niña encantadora e inteligente que abandona el mundo de la vida cotidiana para sumergirse en un universo cargado de magia e incertidumbre, para asumir un viaje de descubrimiento de una realidad en la que las reglas del mundo común parecen no funcionar del todo.

La obra plantea al lector el antiguo desafío lanzado por siglos por los mitos y los antiguos cuentos de hadas. Un desafío inquietante. Saber mirar. Plantea que hay que asumir una actitud especial para adentrarse en lo que Tolkien llamaba “realidad secundaria”, la realidad que se ocultaría tras el velo del mundo de la inmediatez (y que a juicio de Campbell, reaparecería en el mundo de los sueños de los seres humanos de la era moderna, desencantada y “racionalizada”). Los signos para el ingreso en la realidad mítica estarían disponibles – de una manera limitada – en el mundo de la vida cotidiana; simplemente los pasamos por alto, no los identificamos porque no observamos con atención. La persecución de un conejo que emprende la carrera mirando ansioso su reloj lleva a Alicia a iniciar su extraño viaje mítico.

Es el problema que también plantea la extraordinaria película El laberinto del fauno. El espectador tiene que discernir si las situaciones fabulosas que la niña vive son una invención, fruto de la necesidad psicológica de escapar de una realidad terrible e inaceptable – su madre es pareja de un perverso jefe político-militar de la represión franquista posterior a la guerra civil española – o si efectivamente ella ha ingresado a un mundo sobrenatural que no queremos ver nosotros, que preferimos ver la libélula en lugar del hada. Los antropólogos culturales y los mitólogos dirían que estas “claves de entrada” a un mundo mítico están presentes en todas las tradiciones humanas, salvo en la de la ilustración occidental. Alicia ha transformado su apariencia – su tamaño - tantas veces que ya no sabe quién es. Es el complejo tema mítico de la identidad en el viaje iniciático. Alicia se repite a sí misma que no debe llorar ante esas súbitas transformaciones, entre otras cosas, porque se ha vuelto tan pequeñita que sus lágrimas podrían ahogarla. Asume con coraje su viaje a un mundo mágico, absolutamente desconocido. Con el objetivo de mantener cierto control sobre estas insólitas circunstancias, repasa los conocimientos que ha adquirido en la escuela. Pretende así aferrarse a las certezas que le ha brindado el seguro y claro mundo moderno. Sin embargo, el escurridizo conejo la ha guiado a las entrañas mismas del universo mítico.


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