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miércoles, 11 de marzo de 2015

BUENA MUERTE



Gonzalo Gamio Gehri

Conocido es el pasaje homérico en el que Aquiles  - temeroso de morir arrastrado un río – clama a los cielos lamentándose porque esa muerte miserable no le correspondía como su destino. Efectivamente, en Iliada XXI, Homero cuenta cómo Aquiles, que ha vuelto a la batalla y siembra el terror entre los teucros, está en peligro de perecer en medio del feroz oleaje del río, removido por la sangre de los cadáveres.

Entonces el guerrero se dirigió al Padre de todos:

“¡Zeus Padre! ¡Pensar que ningún dios se ha comprometido a salvar del río a este infeliz! ¡Aunque luego sufra lo que sea! Mas ningún descendiente de Urano es a mi juicio tan culpable como mi madre, que me ha hechizado con sus mentiras, al asegurarme que bajo la muralla de los aguerridos  troyanos perecería por los agudos dardos de Apolo”[1].

Terrible y vacía muerte la de verse doblegado por el río. Frente a ella, buena muerte sería caer abatido por Héctor, el mejor de los troyanos. Pero acabar con sus días en estas aguas sería la muerte propia “del hijo de un porquerizo” imprudente, a juicio del fiero Aquiles…sabe, empero, que sólo el dios solar puede arrebatarle la vida. Esa es su móira, la parte que le toca de acuerdo con sus acciones. Pronto, Atenea y Poseidón – invocados por Zeus, le prestarán ayuda. Aquiles deberá aguardar aún más la flecha de Loxias.

Es que el pélida tiene derecho a afrontar su propio destino, y lo sabe. Lo encontrará en el campo de batalla, no en las aguas del Escamandro.  Zeus ha acogido sus palabras.






[1] Iliada 273-9.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

DÓXA. UNA NOTA SOBRE "LA ILIADA"



Gonzalo Gamio Gehri

Dóxa es “opinión”, pero también “gloria”.  Ella nos remite a la constelación de fines y valoraciones que fue en su día el mundo homérico. Un mundo en el que la valía y la realización humana se ponían de manifiesto en el campo de batalla. La guerra de Troya se nutrió de la sangre de los reyes guerreros en tiempos en los que el mundo occidental era todavía joven. Nuestro mundo, a su vez, se ha nutrido de la memoria de esos héroes.  La concepción agónica de la vida que describe La Iliada  constituye la más antigua y primitiva expresión de ética.
Las diferentes formas de excelencia brotaban del esfuerzo en la lucha. En tiempos de espíritus violentos, en los que la guerra constituía el modo básico de lidiar con la inseguridad y con la escasez de recursos, la victoria (níke) era la forma de mantener viva a la comunidad. No obstante, no siempre la victoria podía ser alcanzada. La superioridad del enemigo, la debilidad de las propias huestes, o el veredicto de los dioses podía acarrear un destino adverso. Pero, con todo, el guerrero podía – incluso ante la certeza de una inminente derrota – aspirar al logro de un preciado bien: la perspectiva de una muerte honorable – muerte de espada - y la conquista del  imborrable recuerdo de los suyos.
Hannah Arendt ha señalado acertadamente que la única inmortalidad a la que pueden acceder los seres humanos es aquella que confiere el recuerdo.  Mientras los guerreros se reúnan alrededor del fuego rememorando mis hazañas, entonces no habré muerto del todo, pensaban los espíritus forjados en la fragua de Homero.  Todos los seres humanos van a morir – la fecha de la propia muerte permanece desconocida, pero cada día falta menos para que el plazo se cumpla inexorablemente -, lo que le otorga sentido a la vida del guerrero es cómo se vive y cómo se muere, más allá del resultado del combate. Morir con la espada en la mano y el corazón encendido, enfrentando al enemigo en el día postrero. La Iliada es un canto a esa forma de vida. Se dice que Aquiles pudo elegir entre vivir una vida larga y próspera – pero anónima -, y llevar una vida corta pero gloriosa. No dudó en abrazar la segunda. Y, qué duda cabe,  logró trascender la propia existencia física.

lunes, 16 de julio de 2012

EL ÚLTIMO DÍA





Gonzalo Gamio Gehri


Intuyendo el curso de lo inexorable, Héctor se pregunta si debe o no enfrentar a Aquiles. Sabe que combatirlo equivale a aceptar la inminencia de la propia muerte. Contempla los intensos tonos naranjas del amanecer, con la mano en la empuñadura de su espada, y examina los sombríos pensamientos que se agitan en su interior. Sus padres le han suplicado no librar esta postrera batalla, y el lúcido Polidamante – amigo de la infancia y antiguo compañero de armas – es de la misma opinión. La noche anterior, en plena sesión de la asamblea, el joven orador ha pretendido persuadirlo con aladas y convincentes palabras. Ha pedido que los guerreros troyanos se replieguen hacia la ciudad. Él había respondido:

“Mañana temprano, al alba, equipados con las armas, despertemos junto a las huecas naves al feroz Ares. Si es verdad que el divino Aquiles ha salido de las naves, peor será para él, si es eso lo que quiere. Yo no pienso huir fuera del entristecedor combate, sino que me plantaré delante a ver quién se lleva una gran victoria, si él o yo. Enialio es imparcial y también mata al matador”[1].

No obstante, Atenea había ofuscado su juicio, y le había empujado a hablar así.

Ahora, observando desde las altas murallas los primeros rayos del sol, comprende que éste será su último día. Se ha calzado las armas con esmero y sólo espera la acometida de la funesta Moira. Observa a sus propios soldados prepararse para el combate, y le parece ver cómo sus almas se precipitan velozmente a la cavernosa morada de Hades. Él mismo, pese al amor que le profesa su pueblo y a los cantos que entonan sobre sus hazañas, ha llegado a considerar sensata y pertinente  la propuesta de Polidamante. Él también ansía una vida larga y próspera. Con gusto cambiaría la espada por el cetro que algún día heredaría de su padre. Sin embargo, otro pensamiento contuvo su aliento. Todos los seres humanos mueren, de un modo o de otro ¿La diferencia no consiste acaso en cómo morimos, en si nos atrevemos a mirar o no a los ojos de la misma Muerte y dedicarle una sonrisa? ¿Por Qué aspirar a dejar la vida en una tibia cama y no en medio del combate, cubierto de sangre, escuchando a mil gargantas que corean tu nombre, cuyo recuerdo desafiará los siglos? Seremos inevitablemente alimento de gusanos, nuestra existencia tiene fecha de vencimiento, aunque ignoramos la fecha de nuestra muerte. La única inmortalidad que puede acariciar un ser humano es aquella que confiere el recuerdo de tus semejantes. El amor propio y el de quienes empuñan las armas en el campo de batalla.

Estos pensamientos sacudieron el ánimo de Héctor. Luego escuchó el violento llamado de Aquiles.


[1] Iliada, canto XVIII 303-9.