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jueves, 22 de octubre de 2015

GENERACIONES, IDEAS Y CONTEXTOS



Gonzalo Gamio Gehri

Toda perspectiva intelectual se nutre de un contexto histórico, social y político. Dicho contexto – movimientos, conflictos sociales, hechos políticos, manifestaciones culturales - no determina la vida del intelecto, pero sí la enmarca y contribuye a hace inteligibles algunos motivos de reflexión y de práctica. El contexto constituye el trasfondo del trabajo del espíritu. No podríamos entender la Ética de Aristóteles sino consideramos el impacto del ocaso de la pólis y el desarrollo y declive del imperio macedónico; sería complicado concebir con claridad los argumentos centrales de la filosofía política de Hegel sin aludir a los conflictos generados en el proceso de la revolución francesa que desemboca en el terror. Hace unos años, Richard Bernstein mostró-  en un agudo estudio sobre el mal - cuán importante había sido la dura experiencia de la guerra civil estadounidense para el surgimiento y desarrollo del pragmatismo. El trasfondo nunca agota el pensamiento, pero sí le otorga un escenario de interlocución y formulación de problemas.

Hace unos días – conversando con Alessandro Caviglia – nos preguntábamos qué acontecimientos históricos y procesos, salvando las importantes distancias, por supuesto, les brindaban un horizonte de preocupaciones, experiencias e interrogantes a los artistas, poetas, intelectuales e investigadores de nuestra generación. Sin dudarlo, respondimos que el conflicto armado interno que desangró al país entre 1980 y 2000, así como el imperio de la antipolítica bajo el régimen de Alberto Fujimori. Los atentados subversivos, la noticia de las acciones delictivas de los grupos terroristas y la represión militar marcaron nuestra niñez, adolescencia y juventud. El hallazgo de fosas clandestinas y hornos crematorios para ocultar restos humanos – entre otras evidencias – prueban que tales expresiones de violencia directa tuvieron lugar. Numerosos estudios han documentado estos hechos, entre ellos el Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. El desarrollo de la violencia y el terror coexistió con la recuperación de la democracia en 1980, pero también con la instalación de gobiernos que incurrieron en sonoros casos de corrupción, que renunciaron a su misión de proteger los derechos de los peruanos más vulnerables y no tomaron decisiones conducentes a enfrentar estos actos de violencia desde la observancia de la ley y la institucionalidad democrática. Un sector importante de la población estuvo dispuesto a negociar derechos fundamaentales a cambio de “eficacia” en el tratamiento de problemas de seguridad y estabilidad económica. En la década de los noventa el Perú se vio sumido en un régimen autoritario que no dudó en recortar libertades, desmantelar instituciones y comprar conciencias para preservar su poder.

Nuestra generación ya está desarrollando obras en torno a la significación compleja y trágica del conflicto armado interno, su terrible impacto en nuestro país y en sus instituciones. En clave de reflexión testimonial, destacan Diario de vida y muerte de Carlos Flores Lizana, Memorias de un soldado desconocido, de Lurgio Gavilán, y Los rendidos de José Carlos Agüero, entre otros libros importantes sobre la materia. Estos tres textos en particular, constituyen un giro relevante en los estudios sobre la memoria. La relación entre esta difícil etapa de nuestra historia y el desarrollo de la actividad intelectual, así como sus efectos en la vida pública constituye un tema ineludible de reflexión conducente a forjar una compresión más lúcida de nuestra historia reciente. A diferencia de nuestros políticos, periodistas y algunas autoridades sociales – que evitan el tema o lo abordan desde el prejuicio o lamentables lugares comunes -, existe un grupo de ciudadanos que sí consideran fecunda la discusión rigurosa sobre la memoria en el Perú. Sin examinar el pasado, resulta difícil para los peruanos construir un futuro para la sociedad en términos de libertad y justicia.

sábado, 28 de junio de 2014

FOROS PÚBLICOS Y ARGUMENTACIÓN ÉTICO – POLÍTICA. CONSIDERACIONES CRÍTICAS






Gonzalo Gamio Gehri


La figura del intelectual público y la del científico – se dice – estarían desdibujándose en los foros mediáticos  del Perú. Estos serían los tiempos de los meros 'promotores de opinión'. Por lo menos es lo que parece suceder en la mayoría de los medios periodísticos locales, salvo un par de importantes excepciones. Se ha instalado - en muchos medios - la prepotencia como estilo periodístico, la atribución arbitraria del interés creado, la sorna fácil y la bravuconada.  La estigmatización ideológica, por supuesto (no estoy aludiendo a la discusión acerca de los fundamentos de las diversas ideologías, en tanto ese debate está prácticamente ausente en las organizaciones políticas y en los medios del Perú,  pues solamente se plantea en escenarios estrictamente académicos). Y todo eso vende, o eso es ño que parece. Nuestros “líderes de opinión” prefieren la mera confrontación personal al intercambio de argumentos. Basta leer las columnas de un periodista libertario, en las que se dice en que ser de izquierda equivale a padecer una deficiencia cerebral gravísima, o revisar las malogradas notas de otro columnista, un abogado paleoconservador, que siempre se las arregla para señalar alguna presunta componenda que involucre al gobierno y a “la izquierda” (sea lo que signifique esté rótulo en sus esquemas). Declaraciones tan categóricas requieren razones y evidencias, pero no resulta difícil constatar la ausencia de argumentos, en ambos casos. Un estilo agresivo, en un caso, y en el otro una solemnidad vacía, con guiños extraños a Catón. Es preciso recuperar el cuidado del argumento, para enriquecer el debate público.

Con frecuencia, suele pensarse que puede sentarse una posición política válida emitiéndose una “opinión” o señalando una mera preferencia personal sin contar con buenos argumentos que la respalden. En realidad no es así. No resulta sensato ni riguroso que algunos periodistas y columnistas simplemente compartan con el público sus simpatías y sus fobias. Ello no aporta a la discusión cívica ni propone pedagogía política alguna. Que uno exprese una mera preferencia personal o que señale un tipo de lealtad – digamos “dogmática” e “ideológica” – no significa que esa opción sea digna de adhesión. Pasar del hecho de suscribir una postura política a sostener que esa postura merece ser elegida y convertirse en objeto de compromiso ético supone ofrecer razones que hagan manifiesto su valor. Ambos planos no deben ser confundidos, y el lector no tendría que darse por satisfecho percibiendo los prejuicios de los redactores, o sus reacciones inmediatas ante ciertos acontecimientos o puntos de vista. En este asunto - así como en otros - las contribuciones del intelectual público y las del especialista son  realmente significativas.

Concebir la política sólo desde la mera pugna de ideologías e intereses personales o de grupo – como hacen numerosos columnistas conservadores locales - sólo contribuye a envilecer la acción política y a oscurecer sus posibilidades como vehículo de edificación de un mundo común, cuyas instituciones, prácticas y reglas podrían hacer algo más que reflejar las expectativas de lobbies y de políticos inescrupulosos. La sola apelación a la cruda Realpolitik no supone invocar un destino inexorable para nuestra considerablemente vulnerable esfera pública. Con frecuencia, algunos medios de comunicación particularmente influyentes constituyen entusiastas grupos de interés en el juego político criollo, de modo que alientan el exclusivo juego de fuerzas. Se comportan como espacios de agitación y propaganda, y no como foros plurales de discusión en los que el intercambio de argumentos y la exhibición de evidencias tienen un lugar crucial. 

No debemos resignarnos a la pobre situación de la discusión política nacional; en gran medida, cambiar esta situación implica promover espacios de intervención del ciudadano común en el debate público. Este era el punto de vista de Dewey, de Hook y de Arendt: todos ellos intelectuales públicos que promovieron el compromiso personal con la construcción de espacios públicos como una forma de renovar la política y de combatir las manifestaciones de autoritarismo en las sociedades contemporáneas. No tiene sentido dejar el tema político en las manos de nuestra “clase política” o en las de aquellos “columnistas de opinión” que reducen la política al mero conflicto de interés dogmático / ideológico. La política involucra a todos los ciudadanos, por principio.

jueves, 8 de mayo de 2014

LOS MEDIOS, LOS INTELECTUALES Y LA OPINIÓN PÚBLICA. APUNTES SOBRE LA PRENSA LOCAL, HOY






Gonzalo Gamio Gehri

La presencia de los intelectuales en el espacio de construcción de opinión pública (al menos en el ámbito de los medios de comunicación de masas) es escasa; se reduce a muy pocos espacios periodísticos.  Impera en la actualidad la figura del columnista  de opinión que escribe notas cada vez más cortas y sin una unidad temática, en las que emite juicios sin el respaldo de algún argumento o sobre la base de alguna investigación, y con frecuencia obedeciendo a una agenda política bastante precisa. Hoy el estilo visceral se ha se impuesto en diversos medios de prensa y cuenta con un cierto número de lectores. La dimensión pedagógica del periodismo brilla por su ausencia. En algunos medios parece primar hoy el prejuicio, la mera impresión, la diatriba, cuando no el insulto. El estilo virulento ha calado hondo en un buen número de espacios de comunicación. Tenemos ejemplos célebres de este cuestionable proceder.

Por supuesto, no se espera que los intelectuales constituyan el sector con mayor presencia en los medios. No es esa la tesis que quisiera bosquejar aquí. La esfera pública está abierta a todos los ciudadanos que tengan algo razonable que sostener sobre los asuntos de interés común. Empresarios, profesionales, trabajadores, todos los ciudadanos son posibles formadores de opinión pública. Nadie tiene garantía de lucidez en los asuntos políticos. Sin embargo, me parece importante fortalecer la figura del “intelectual público”, venida a menos en el contexto local.  En estos días se viene discutiendo este asunto, ello que me parece positivo. La historia del Perú destaca la presencia de esta clase de escritores, desde Vidaurre, Rodríguez de Mendoza,  así como  el autodenominado “solitario de Sayán” y otros intelectuales en adelante. El aporte de los intelectuales en el espacio de discusión política es valioso por dos razones.

En primer lugar, porque los intelectuales están habituados a tratar con argumentos y evidencias. Ese modo de proceder – actuar  brindando, recibiendo y evaluando razones - previene contra el autoritarismo y la prepotencia que hoy prosperan en algunos medios. El cuidado del argumento educa en la actividad ciudadana y promueve el diálogo y el cultivo de la crítica, el elemento básico de la esfera pública y también de la genuina academia. En segundo lugar, porque el pensamiento crítico exige lo que Richard Bernstein denomina – siguiendo a James, a Pierce y a Dewey, célebres forjadores del pragmatismo filosófico  – la actitud falibilista, que apuesta por fomentar la revisión crítica de las propias ideas, e incluso su abandono si no existen buenas razones para preservarlas. Esta buena disposición a acoger y a escuchar al otro combate toda forma de dogmatismo e integrismo ideológico, pues, como asevera este autor, “el falibilismo de hecho plantea dudas sobre la posibilidad del conocimiento absoluto incorregible”[1].  En una sociedad como la peruana - en la que existe una proclividad permanente a imponer ortodoxias de todo cuño en la vida política y a invocar presuntas “instituciones tutelares” en el ámbito público – el recurso a esta disposición intelectual, promotora de pluralismo y de racionalidad, constituye una forma sensata de fortalecer el ethos democrático.

La dinámica de la confrontación de razones constituye un rasgo común de la comunidad científica y de la esfera de opinión pública ciudadana. Se trata de una práctica que es preciso recuperar por el bien de la salud de nuestras instituciones sociales y políticas.




[1] Bernstein, Richard J. El abuso del mal  Katz 2006 p. 58.

domingo, 14 de marzo de 2010

UN DEBATE QUE SE ESTÁ ENTRAMPANDO


Gonzalo Gamio Gehri


I


El debate sobre la objetividad de las ciencias sociales y el compromiso político se ha quedado sumido en una suerte de atolladero. Experimenta serios obstáculos para poder avanzar, porque ha sustituido el trabajo del concepto por el juego retórico, e incluso, por el puro y duro enfrentamiento personal. Ya no se trata solamente del olvido de la epistemología, sino del olvido de los argumentos estrictamente conceptuales. Unos acusan a sus adversarios como “intocables”, éstos describen a sus “detractores” (sic) como poco menos que insolentes. La discusión no despega – para seguir con las imágenes aeronáuticas – del nivel de lo político. En ese sentido, el texto de Nicolás Lynch – La vida, la academia y la política (sobre los hijos y los nietos del neoliberalismo) -, publicado hoy en La República, es (más allá de algunos pasajes ingeniosos) un escrito defensivo. Constituye una réplica a las ácidas críticas de Dargent y Vergara.

“El primer pecado de Alberto Adrianzén y el mío es el de haber tenido una vida entre la academia y la política, con el empeño de reconciliar la lucha por la justicia con la lucha por la libertad, es decir con el empeño de ser socialistas. Además, veinte años de neoliberalismo no nos han domesticado. (…) El caso es que para Martín Tanaka y sus ocasionales escuderos, Eduardo Dargent y Alberto Vergara, nuestra vida en el empeño es algo así como un archivo de inconsecuencias y mentiras al cual pueden recurrir en cualquier momento para juzgar nuestra obra académica y cuestionar la idoneidad de nuestro juicio”.

De acuerdo con Lynch, lo que mortifica a Tanaka y a los jóvenes politólogos es la combinación entre la reflexión política y la militancia política, lo que sacrificaría a su juicio cualquier pretensión de objetividad científica. Esa sería la razón por la cual estos últimos consideran que los libros de Lynch y Adrianzén son “deficientes”. Es preciso agregar que Dargent y Vergara no han señalado, en los medios de prensa o en los blogs, los argumentos que sostendrían tales afirmaciones, más allá de algunos comentarios sobre la transición (hay que señalar que Dargent acaba de publicar una aguda reseña en la revista Argumentos). Por eso sostengo que esta polémica está quedando peligrosamente atrapada en las arenas movedizas de la retórica o en la lucha de facciones.

Lynch afirma que los pasajes epistemológicos de esta discusión dejan mal parados a los defensores de la objetividad en una clave más o menos positivista. Sostiene que éstos “han naufragado en su teoría del conocimiento y tratando de explicar el tema democrático. Si algo ha quedado claro en el debate es que la objetividad en las ciencias sociales no es la de las ciencias naturales ni la de las ciencias exactas”. En este punto el autor no se equivoca, pero tampoco aporta razones que respalden esta posición, ni ofrece una reflexión metodológica que pueda apuntalar un camino diferente. Nelson Manrique es quien más ha escrito en la prensa escrita sobre esta materia en las últimas semanas. En cuanto al concepto de democracia, los jóvenes politólogos no habrían considerado, a juicio de Lynch, las exigencias de inclusión económica como relevantes al lado de las exigencias de inclusión política.

“Han querido volver a contar el cuento de que hay un solo concepto de democracia: la democracia elitista de manufactura anglosajona que se define por la competencia entre los políticos por el poder del Estado. Esa es una versión de la democracia que ha buscado ser exportada a América Latina desde los Estados Unidos con millones de dólares de inversión”.

Tanto el texto de Lynch como el texto anterior de Vergara introducen un tema importante que sin embargo no ha sido realmente examinado, si las condiciones procedimentales de la democracia liberal son necesarias – y suficientes – para la consolidación democrática, o si se requieren mecanismos de justicia redistributiva, que aseguren el acceso de la población al bienestar. Es cierto que las alusiones de Lynch a la inversión norteamericana enrarecen un posible diálogo sobre el tema, pero este asunto debe discutirse públicamente. El autor incluso acusa a sus interlocutores de apostar por el continuismo respecto del modelo económico y político, e incluso los acusa de asmir una actitud de cierta condescendencia con el fujimorato (me parece que esta es una crítica injusta, dado que conozco diversos textos de Dargent y Vergara que constituyen explícitamente un severo cuestionamiento al autoritarismo fujimorista). A Tanaka le increpa el haber señalado que - a pesar de las movilizaciones contra el régimen corrupto de Fujimori - , el politólogo le concedía cierta viabilidad a su gobierno en el contexto de una fraudulenta segunda reelección. Es seguro que Tanaka intentará responder pronto a las críticas de Lynch. Esperaremos su siguiente post sobre el tema.

Silvio Rendón ha incorporado una interesante reflexión a la comprensión de esta discusión. Según su punto de vista, los partidarios de la objetividad científica someten a una dura crítica a los objetores del gobierno posicionados en la izquierda y abanderados de una intelectualidad comprometida, pero no se cuestiona con la misma severidad a los “técnicos” (también “intelectuales”, en algún sentido) comprometidos con las políticas que el gobierno diseña y lleva a cabo. Esta ambivalencia no habría sido tematizada aún por ninguno de los protagonistas de esta controversia. Se trata de una observación política aguda, que debe ser examinada seriamente.


II


“Sin embargo, Adrianzén y yo no hemos llegado gratis a donde estamos ni le hemos robado a nadie su lugar. Nunca se nos ha acusado de algo impropio ni menos aún somos intocables, como refería Vergara”.

En fin. Creo que este debate se está entrampando, y puede estar perdiendo el sustrato teórico que lo hace interesante, en nombre de otra clase de divergencias. Por momentos, parece un asumir la forma de un conflicto puntual, vinculado al terreno de las "ideologías políticas" y al del posicionamiento de los interlocutores en el escenario de la ciencia social (la mención a los "intocables", las alusiones al "lugar" que cada uno ocupa o se "ha ganado", etc.). Espero que esta impresión mía sea sólo eso, una impresión pasajera e infundada, y nada más. Lamentaría si esa tendencia se fortalece, dado que considero que Tanaka, Dargent, Vergara, Lynch y Adrianzén son intelectuales realmente valiosos que enriquecen decisivamente una polémica que no debe perder una dimensión teórica que constituye parte de su fecundidad. No creo (y no creo que se crea) que se se trata de un juego de fuerzas entre académicos en torno a la credibilidad de sus análisis e ideas políticas: aquí se busca esclarecer cuestiones de principio. Finalmente, se trata de un asunto que tiene relevancia interdisciplinaria. En lo personal, seguiré escribiendo sobre el curso de esta discusión - convencido como estoy de su valor - en la medida en que se pueda hacer explícita la conexión entre las cuestiones epistemológicas y los enfoques propiamente políticos.

martes, 2 de marzo de 2010

EL DEBATE SOBRE LA OBJETIVIDAD Y "EL ARGUMENTO DEL MUÑECO DE PAJA"



(REFLEXIONES SOBRE UN ARTÍCULO DE ALBERTO VERGARA)



Gonzalo Gamio Gehri


El debate sobre el compromiso de los intelectuales y la objetividad de las ciencias sociales ha sido llevado con cierto nivel de crispación, pese a su enorme valor conceptual. Me da la impresión de que incluso ha sido percibido por un conflicto de “bandos”: Lynch / Adrianzén / Manrique “versus” Tanaka / Dargent / Vergara. No sólo “situados” versus “objetivistas”, sino incluso “izquierdistas” versus “técnicos (supuestamente condescendientes con el status quo”[1]). Creo que – pese a su relevancia teórica – este debate padece más de una confusión, y algún defecto de principio. Uno de ellos es el ‘olvido de la epistemología’ que aparece con suma claridad en el texto de Dargent: la ‘objetividad de las ciencias sociales’ no se tematiza, desciende a nivel de presuposición (¿”ideológica”?). Me ha causado bastante gracia que el Sr. Wagner Reyes me asocie extrañamente al clan de los “militantes subjetivistas”, por mis reflexiones sobre la CVR; su crítica está bastante desorientada y no cuenta con ningún asidero, ni textual ni argumentativo. No pertenezco a ninguno de estos “bandos” en esta polémica sobre las CCSS, nada más lejos de mis preocupaciones, específicamente conceptuales; en lo que a mí respecta, este debate es de interés fundamentalmente académico. Espero lograr mostrar que mi posición presenta otros matices, y tiene el único propósito de poner de manifiesto las cuestiones filosóficas que están a la base de esta polémica y que corren el riesgo de permanecer invisibles, para mal del asunto que se discute.

Alberto Vergara ha publicado en el Suplemento Domingo de La República un texto bastante duro (y muy bien escrito), titulado Si el régimen político no es de izquierda, no es democrático (o el blues de los intocables). Suena simpático lo del “blues de los intocables” - y muy agudo y rortiano el epígrafe de Leonard Cohen -, pero pasemos a los argumentos, que son lo que de veras importa en un debate. Quiero mostrar que Vergara refuerza la tesis de Dargent vinculada al tema político, pero insiste en el descuido del plano epistemológico y cae en lugares comunes que entrañan prejuicios teóricos de cierta gravedad.

Debo decir que – en el plano político – estoy de acuerdo con Dargent y Vergara: creo que tienen razón ambos al cuestionar la hipótesis compartida por Lynch y Adrianzén, de que la agenda de la transición implicaba el rechazo o la modificación del modelo económico y el cambio de rumbo hacia un modelo izquierdista democrático (véase el ácido artículo de Nicolás Lynch publicado hoy). Lynch y Adrianzén sostienen que Toledo y García traicionaron la transición al mantener la economía nacional en el curso capitalista. Lo cierto es que Toledo nunca se comprometió a cambiar el modelo, y García…bueno, a García ya lo conocemos como un consumado cultor local de la racionalidad estretègica y las alianzas ad hoc. Dargent y Vergara hacen bien en criticar esa deficiente identificación entre ‘democracia’ y ‘agenda de la izquierda (¡y del nacionalismo!)’. Agrego que yo también lamento la adhesión - a mi juicio un tanto precipitada - de estos importantes intelectuales al proyecto de Humala (que no me parece en absoluto “izquierdista”). Sólo introduciría un ligero matiz a su argumento sobre el “sueño transicional”: Toledo sí se comprometió a mantener el curso de la política interna en el cauce transicional en el ámbito político, especialmente en materia del fortalecimiento del sistema anticorrupción y de seguimiento de las recomendaciones de la CVR; sin embargo, bajo su gobierno se debilitarom considerablemente estos dos aspectos de la agenda constituida en el gobierno de Valentín Paniagua, que apuntaban – en palabras del fallecido ex presidente – a una ‘Refundación de la República’. Definitivamente, el gobierno de García se ha esforzado por desactivar lo que quedaba de esta agenda.

Mis reparos van por el nivel de la epistemología (implícita en ambos autores). Ni Dargent ni Vergara se confiesan ‘positivistas’ – si es el caso de Martín Tanaka -; sin embargo, sí se pronuncian a favor de la “objetividad” y de la “neutralidad”, conceptos que habría de empezar por definir. Considero que Dargent asume este programa de manera más moderada. No obstante, es en este punto en el que Vergara carga las tintas, y creo que se equivoca.

Vergara busca desenmascarar a los críticos de la objetividad en la ciencia social. Lo primero que hace es señalar que se hace necesario reconocer criterios no ideológicos para juzgar la calidad de los libros y las investigaciones:

“Aquí quien ha lanzado la frase clave es Nelson Manrique: Tú también tienes ideología, le ha dicho a Tanaka. Y todos han secundado esta idea de que la crítica se realiza desde alguna posición política y, por lo tanto, no se debe ir por la vida pretendiendo la “objetividad”. Pero digamos lo evidente: los libros y los artículos pueden ser deficientes o logrados, mejores o peores, independientemente de la orientación política que ellos o sus autores tengan. La posibilidad de verificar ciertos niveles de calidad objetivos es lo que permite que la academia y el debate de ideas sobrevivan. Los libros de Manrique son estupendos porque cumplen con estos estándares y no porque sean de izquierda.”

Tiene toda la razón en este punto (¿Quién podría objetarlo?). Existen ciertamente criterios universales para evaluar la excelencia en la investigación (consistencia lógica, rigor argumentativo, solidez en el manejo de fuentes empíricas y bibliográficas, originalidad, etc.). Ciertamente, nada de eso está condicionado directamente por intereses ideológicos o por proyectos políticos partidarios. Sin embargo, el texto desliza la hipótesis de que sus rivales (Lynch, Adrianzén, etc.) tienden a valorar un texto como de calidad en tanto converge con sus esquemas ideológico-políticos, es decir, si cumple con los requisitos de la “ortodoxia”. Una acusación desmesurada, evidentemente retórica, y probablemente injusta.

Es importante recordar que una cosa son los criterios de evaluación de los textos, y otra la noción de "neutralidad" y el concepto de "objetividad" a los que apela la ciencia social para explicar los fenómenos que son de su competencia. Examinemos el 'remate' del texto:

“¿Cuál es la utilidad de exigir a quienes reseñan libros que anuncien en qué equipo político juegan? Peor aún, ¿por qué asumir que todos juegan en algún proyecto político? Yo le veo una intención muy clara. Es la vía por la cual todos los argumentos valen lo mismo, todos los libros terminan reducidos a ser expresión de una ideología, todos serían expresión de unos “intereses” particulares. Se instaura el relativismo más nocivo para el conocimiento pues nadie tendría ideas o hallazgos originales sino apenas reflejos de una agenda política implícita o explícita ¿Y a quién favorecería todo este relativismo? A quienes escriben libros deficientes”.

Aquí encuentro el lado más débil del texto. Dejemos de lado la última frase (que me parece un golpe un tanto "bajo" - innecesario – contra Lynch y Adrianzén; quizá Vergara cedió a la tentación de responder ácidamente a las agrias críticas de ambos autores al modelo de la objetividad politológica). Tendría que decir dos cosas al respecto. A.- Creo que Vergara simplifica gravemente un escenario teórico mucho más rico. Parece sugerir que, o uno investiga "objetivamente" (esto es, libre del yugo de las ideologías) o uno, en el otro extremo, escribe /juzga "jugando en algún proyecto político", sacrificando el contenido del trabajo científico. Le doy la razón al defender la posibilidad de una actividad intelectual no necesariamente involucrada con un programa ideológico partidario, pero nuevamente constatamos aquí el uso impreciso del concepto de ideología. Una cosa es afirmar que todo desarrollo del pensamiento y el conocimiento está conectado con un trasfondo de categorías, experiencias, inquietudes, presuposiciones, creencias, y también intereses, e ideales (políticos y de diverso tipo), y otra muy distinta sostener que los intereses ideológicos determinan y “explican” desarrollo del pensamiento y del conocimiento. Ese determinismo craso es absurdo, y ningún investigador social con dos dedos de frente podría suscribirlo. Nuevamente, el crítico se beneficia con la peligrosa ambigüedad del término “ideología”. La mayoría de los objetores al modelo de la objetividad en este debate (p.e., claramente en Manrique) han recurrido al primer uso (una versión digamos "hermenéutica", aunque algo imprecisa), pero Vergara interpreta estas objeciones como inspiradas en el segundo (el determinista, común en los textos de divulgación marxista).

Hay que señalar que esta indeterminación y este doble juego aplicados en el uso de "ideología" no sólo están presentes en la nota de Vergara, sino en las propias interpretaciones de Lynch y de Adrianzén.

Pero allí no acaba la historia. B.- Vergara introduce el tema del “relativismo” como quien saca un as bajo la manga. Por siglos, los partidarios de diversas formas de “objetivismo” – los cientificistas, pero también los fundamentalistas religiosos, los neotomistas, los marxistas ortodoxos, etc. – se buscan un “relativista” para “refutarlo” y así reforzar retóricamente su molde de objetividad o de verdad: “si no creemos esto caemos en el relativismo”, que sugiere que “toda posición es igualmente válida”. Sin embargo, como he intentado demostrar en otro lugar[2], el “relativismo” es una posición ficticia, que nadie asume realmente, ni siquiera Protágoras. Es un muñeco de paja que construimos para caricaturizar groseramente al rival, refutarlo en dos o tres movimientos simples, y reforzar nuestra posición.

De hecho, de la tesis según la cual “todas las investigaciones están conectadas con alguna visión ideológica” (se trata de una afirmación controversial, asumámosla hipotéticamente a pesar de que no convence) no se sigue que “todos los argumentos valen lo mismo”. Podemos imaginar muchas pautas que nos podrían permitir examinar “ideologías” y distinguir entre las que pueden ser más o menos plausibles y las que son disparatadas o delirantes (consistencia interna, efectos prácticos, correlación con la experiencia, plausibilidad de su modelo político y económico, tratamiento de los individuos y de los grupos, etc.). Asimismo, el llamado Principio de lucidez apunta en esa dirección. Sería absurdo concluir que “todas las ideologías políticas valen lo mismo”. Vergara ha construido un adversario a la medida de sus críticas.

El vínculo pensamiento / “ideología” no implica la inexistencia de “ideas o hallazgos originales”, o que las ideas y hallazgos sean “apenas reflejos de una agenda política implícita o explícita”. Nuevamente, Vergara se apresura a hacer conclusiones catastróficas de manera gratuita. Sin embargo, esa estrategia resulta vana y artificiosa si lo que se busca es fortalecer la “confianza en la objetividad” (que, en este caso, se revela inevitablemente dogmática). Si se trata de combatir la “sobreideologización” –sin duda, un combate importante e interesante – necesitamos algo más que exceso de retórica.


Imagen tomada de aquí.



[1] Esta afirmación de Adrianzén aparece como declaración, sin contar con una fundamentación.

[2] Cfr. Gamio, Gonzalo “Otro fantasma recorre Europa” en Racionalidad y conflicto ético Lima, IBC-CEP 2007.

viernes, 26 de febrero de 2010

¿ADIOS A LA EPISTEMOLOGÍA?


SOBRE IDEOLOGÍA, COMPROMISO POLÍTICO Y OBJETIVIDAD CIENTÍFICA



Gonzalo Gamio Gehri


Es evidente que los debates experimentan avances y retrocesos. La discusión sobre la objetividad y las ciencias sociales, el compromiso de los intelectuales y el “fetichismo del dato” no es una excepción. He insistido en señalar que es preciso preservar el carácter epistemológico de esta polémica – en muchos blogs y en la prensa la discusión ha virado hacia el plano ideológico-político, o hacia la mera “declaración dogmática de principios” revestida de un fácil y vano sarcasmo – y he señalado el carácter maniqueo y dogmático de la oposición radical entre ‘el militante’ y el ‘científico social’. Creo que se ha avanzado en el debate (ver las últimas entradas de Martín Tanaka y el notable post de Giovanni Krahe, que ordena críticamente el debate y plantea una original propuesta de solución). Incluso se plantearon algunas reflexiones - si bien acompañadas de algunas algo erráticas e infundadas objeciones - sobre el positivismo y su vigencia. Creo que podemos seguir avanzando en la medida que el plano epistemológico y gnoseológico no termine disolviéndose en el ideológico-político. En ese sentido, la tesis “la objetividad es una quimera” tendría que ser un punto de llegada de la discusión, y no un punto de partida.

En esta clave de reflexión, me sorprende un poco el artículo del agudo politólogo Eduardo Dargent A plumazo limpio, publicado en el último número de Caretas. El nivel epistemológico de la discusión se opaca - aparentemente sin remedio - frente al nivel político. Incluso la postulación de la práctica científica aparece aquí sensiblemente "ideológica"(en tanto instrumento de legitimación discursiva). En sus últimos posts, Tanaka ha introducido matices importantes que hacen la dicotomía militante / científico mucho más compleja, pero Dargent devuelve su punto de vista hacia su formulación inicial, la postulación de una (presuntamente necesaria) oposición:

“Martín Tanaka sostiene que lo que distingue a un activista de un académico es que el primero defiende posiciones en las que cree, mientras que el segundo debe poner a prueba sus teorías y reportar sus resultados, aun cuando cuestionen sus creencias y deseos”.

He dicho en mi post anterior sobre el tema que esta lectura me parece tendenciosa y caricaturizante (de hecho, Tanaka ha tomado claramente distancia de ella). La dicotomía militante / científico social se aproxima peligrosamente a la oposición ilustrada entre el oscurantismo y la racionalidad. Según esta lectura, el activista político es simplemente presa de sus dogmas – y no puede ver más allá de ellos -; en contraste, el científico capta la realidad como es, sin mayor distorsión, y no muestra ningún temor a que su visión haga trizas sus suposiciones iniciales. El militante queda reducido así a una caricatura, como si fuese completamente incapaz de “poner a prueba sus teorías y reportar sus resultados, aun cuando cuestionen sus creencias y deseos”. Este interpretación es sencillamente ingenua, y poco rigurosa. De hecho, el político juicioso (Isaiah Berlin) sí procede de esa manera crítica, contrastando sus creencias con la experiencia. La disposición a que la experiencia supere los esquemas previos y mueva a los agentes a someter a examen sus interpretaciones y deseos atraviesa – en tanto es planteado como un principio orientador – toda la existencia humana, el principio de lucidez. Los activistas lo invocan tanto como recurren a él los científicos o cualquier ser humano que aspire a llevar una vida sensata.

Dargent sostiene que el modo correcto de abordar este interesante debate consiste en explorar sus consecuencias políticas, o, mejor dicho, examinar su “encarnación” política. “Como muchos debates en el país, creo que no avanzamos nada si no lo aterrizamos un poco”. Discrepo con él en este punto. Considero que no debemos precipitar el aterrizaje cuando el debate recién está "despegando", mostrando su núcleo propiamente filosófico, pues este núcleo corre el riesgo de perderse de vista. El autor de la nota advierte que un buen investigador puede ser un buen militante, pero añade que esa combinación no es frecuente en el Perú. “Nuestra principal patología académica es la sobreideologización”, sostiene. Agrega lo siguiente: “ofrezco como evidencia decenas de libros publicados y olvidados con los que se asumió que nuestros deseos militantes con la realidad”. Enseguida, señala que un libro reciente de Nicolás Lynch caería en tal vicio, por ejemplo, cuando le atribuye erróneamente a Toledo una agenda transicional que el ex presidente no asumió nunca.

Sospecho que la noción de ‘evidencia’ que usa Dargent en este contexto es jurídica y no “científica” en el sentido del paradigma naturalista, porque funciona aquí como un argumento ‘dialéctico’ que se esgrime para persuadir en un tribunal. No se señala a qué libros se refiere (seguramente por razones de espacio). Creo saludable sospechar de la validez de determinados juicios que retóricamente parecen inductivos , aunque no lo sean realmente[1]. Hay que agregar, además, que el caso Toledo es susceptible de múltiples interpretaciones - y como es obvio, no todas son "igualmente válidas" (2) (no voy a ocuparme de ese tema hoy, nos llevaría lejos del tema del post). Si bien Toledo afirmó que edificaría (en lo económico) "el segundo piso", también dijo - con escasa precisión conceptual, pero lo dijo - que el suyo "sería un gobierno de transición" en lo político. Aunque ciertamente el texto de Lynch carga las tintas - y lleva agua para su molino antiliberal -, no estoy seguro que la hipótesis de un Toledo que súbitamente toma distancia de la agenda transicional modificando parte de su discurso esté completamente desencaminada.

Dejemos este asunto y volvamos al argumento principal de la nota que reseñamos. La cuestión fundamental no es Toledo o la adhesión de algunos intelectuales a Humala, sino si la ciencia social puede prometer legítimamente una mirada 'objetiva' y 'neutral' (no-ideológica) de los fenómenos sociales y políticos. Este olvido de la epistemología - que detecto en el texto de Dargent, y en otros - me hace pensar que muchos científicos sociales dan por sentado que la respuesta es afirmativa, de modo que el asunto no es percibido como un problema a examinar (incluso Alberto Vergara sugiere extrañamente que los ataques a la "objetividad" se plantean desde el "relativismo" ¡Otra vez el "relativismo", usado como un muñeco de paja! no considero que su argumento tenga alguna consistencia - ya me he referido en otro post a las acusaciones de "relativismo" como meramente retóricas -: el panorama teórico se torna absolutamente pobre y artificial cuando se plantea en términos de un dilema entre "objetivismo" y "relativismo", pues se mutila gravemente la riqueza filosófica de las diversas posiciones existentes. Se trata de un síntoma más del Olvido de la Epistemología en el mundo de las ciencias sociales, situación que debe ser revertida) (3).

Lo que me parece discutible aquí es la oposición planteada entre una “mirada sobreideologizada” y la “observación científica”. Los defensores de esta oposición fundan su particular lectura del problema - creo - en la ambigüedad del concepto de ideología. No usan este concepto de un modo preciso, y no se han detenido a ofrecer una definición. Si recurren a la imagen controvertida y caricaturesca del militante como una suerte de ‘fanático religioso’ en versión secular - un individuo dominado por su ideario e intereses políticos -, entonces la oposición podría funcionar, pero esta opción conceptual resultaría poco interesante y nada seria porque se basa en una descripción claramente burda y estrecha de la noción de ideología. Si “ideología”, al contrario, es un término usado para hablar de una “visión o concepción del mundo” (Weltanschauung), es decir, el conjunto de creencias, símbolos, metáforas, intereses y conceptos que nos sirven para comprender el mundo y orientarnos en él, entonces la ilusión de construir una “visión libre de ideologías” constituye una ilusión ingenua. No podemos abstraer completamente nuestro mundo vital cuando juzgamos, valoramos, observamos, etc. No existe conocimiento sin supuestos. Por supuesto, podemos explicitar y cuestionar diacrónicamente nuestros pre-juicios (y los que asumen otros). De eso se trata el trabajo filosófico.

Precisamente, esta ambigüedad del concepto de ideología presente en esta discusión es fruto de la relativa ausencia del análisis epistemológico en nuestros debates públicos, e incluso académicos. La afirmación de cientificidad de estas disciplinas no puede convertirse en un asunto de fe; se trata de un problema filosófico de primera importancia que convoca por igual a filósofos y científicos sociales. Por desgracia, se trata de una cuestión que suele permanecer en la periferia de la conversación académica. Solemos caer en una suerte de “objetivismo ingenuo” que supone que los datos hablan por sí mismos. No es así. Los datos sólo “mandan” si contamos con una teoría bien construida que los haga “hablar” de manera articulada y persuasiva. Las teorías, a su vez, están vinculadas a un horizonte significativo (lingüístico-cultural) con el que dialogan. Suponer que el científico es el usuario privilegiado del principio de lucidez o asumir que se trata de un especialista que nos muestra los “hechos desnudos” sin mediación alguna constituye no una aspiración o una utopía, sino una presuposición infundada, altamente cuestionable.



[1] Incluso los juicios inductivos resultan problemáticos (Hume).

(2) Confundir la hermenéutica con el "relativismo" constituye una sugerencia absolutamente descabellada. Cfr. el artículo de Alberto Vergara en La República, que comentaré más adelante.

(3) La crítica política que hace Vergara al punto de vista de Lynch y Adrianzén me parece aguda e interesante; sin embargo, encuentro su argumento teórico bastante desencaminado.

lunes, 31 de agosto de 2009

SOBRE LOS INTELECTUALES Y LA ESFERA PÚBLICA


REFLEXIONES SOBRE UN ARTÍCULO DE MARTÍN TANAKA




Gonzalo Gamio Gehri




Ayer, Martín Tanaka ha publicado un interesante artículo, Intelectuales y política, en la página de Opinión de La República. Tanaka recoge los comentarios de Juan de la Puente sobre la Encuesta del poder de Apoyo, en su sección sobre los intelectuales, y plantea una posicón sobre el particular. El texto contiene agudas reflexiones sobre un tema que no suele discutirse en los medios de comunicación. Paso a comentar algunos de sus pasajes centrales.

La definición de “intelectuales” que ofrece Tanaka puede convertirse en un buen punto de partida para la discusión. Sostiene que se trata de aquellas personas que “parten de una legitimidad obtenida en las artes, ciencias o humanidades en general, para desarrollar también una reflexión sobre los principales problemas y desafíos de su tiempo, que establecen pautas de acción política”. El autor se refiere entonces al llamado intelectual público, el académico que proyecta su influencia sobre la esfera política y sobre la sociedad civil (y que nada tiene que ver, afortunadamente, con el "intelectual orgánico" marxista). Luego añade:

“El intelectual así definido no existe propiamente en los Estados Unidos, por ejemplo, donde parece primar el criterio de que a problemas específicos se debe recurrir a expertos específicos. Por el contrario, en Europa en general, existe una sólida y larga tradición de intelectuales interviniendo en la esfera pública; de allí surgió la figura del “intelectual comprometido”, que ha impactado tanto en América Latina.”

Evidentemente, si uno piensa en Sastre, en Russell o en Habermas tiene que darle la razón a Tanaka en torno al perfil del intelectual europeo, y su abierto interés por la política. No obstante, creo que se equivoca cuando se refiere al caso norteamericano. Por décadas, John Dewey fue el intelectual público de los Estados Unidos, un pensador con una amplia y poderosa influencia en diversos círculos políticos y culturales. Lo mismo puede decirse - aunque acaso con menor intensidad - de William James. En los últimos años, académicos que trabajan en Norteamérica como Richard Rorty, Noam Chomsky, Amartya Sen y Michael Walzer han asumido una presencia importante en la esfera pública estadounidense, para elaborar “una reflexión sobre los principales problemas y desafíos de su tiempo”. Sus puntos de vista sobre la administración Bush, la guerra de Irak, o los conflictos culturales han sido abiertamente discutidos en espacios de política activa y en la sociedad civil. La figura del académico-profesional-con tema puntual- y sin interés especial por la visión de conjunto no es una figura excluyente y solitaria en los Estados Unidos.

Pero Tanaka apunta a discutir la situación del intelectual peruano. Señala que en el pasado, ciertos académicos contaban con actores políticos e instituciones que perseguían la difusión y encarnación de sus ideas. Sin embargo, en la escena política actual, “con políticos personalistas, partidos no ideológicos, que desdeñan la importancia de contar con diagnósticos y programas de gobierno, y que se amparan en la tecnocracia global y local predominante, los intelectuales han perdido peso”. Tiene toda la razón, sin duda. En el Perú actual constituye casi un exceso verbal hablar de “Partidos políticos” en escenarios políticos en los que – particularmente en períodos pre-electorales – individuos con una bolsa bajo el brazo se pasean buscando un partido o movimiento inscrito en el JNE que les permita postular al Congreso. Si no existen programas ni idearios, ni siquiera militancias en sentido estricto, plantear una conexión interesante entre los intelectuales y la vida pública carece de sentido, al menos dentro del sistema político.

Lo que llama la atención del texto de Tanaka son sus reflexiones finales, así como las preguntas que deja pendientes. Está convencido de que la relación entre los intelectuales y la política está variando sustancialmente. Constata que las reflexiones de aquellos ya no cuentan con agrupaciones que las lleven a la práctica. Uno podría preguntarse si el intelectual público requiere necesariamente de ese correlato institucional, o si sus cuestionamientos al poder o sus interpretaciones en torno a los asuntos públicos al interior del espacio de opinión pública pueden tener un valor por sí mismos (o no). Pienso en los casos de Vargas Llosa, de Soto y Cotler, que el propio Tanaka cita. Poner sobre el tapete determinadas cuestiones (p.e., las críticas de Vargas Llosa a los ‘nacionalismos’) puede generar corrientes de opinión que tengan impacto en el espacio público sin tener que convertirse en parte de un ideario partidario.

Tanaka se pregunta si nos acercaremos al presunto “modelo norteamericano”, el del profesional-con tema puntual, reacio a discutir sobre los asuntos públicos. Espero que no. Ya me he topado con esa clase de "intelectuales". Críticos literarios especialistas en consideraciones estilísticas y estéticas que no conocen cabalmente el contexto teórico-político de sus objetos de investigación, o investigadores de movimientos religiosos y partidos políticos que conocen al dedillo la presencia de éstos en regiones y Estados – y las cifras de los militantes y desertores – pero no son capaces de decir una palabra acerca de las imágenes religiosas o de las ideologías que mueven a sus líderes y adeptos. El precio de tal atomización del trabajo intelectual es que la idea misma del conocimiento se disuelve sin remedio. No necesitamos ese academicismo parcelario que se muestra vano y estrecho de miras frente a una reflexión más amplia respecto de los problemas humanos. Si la idea del profesional-con tema puntual fuese llevada a su extremo más radical, textos importantes como Densidad del presente de Gustavo Gutiérrez no habrían sido escritos jamás. Me parece perfectamente natural que los intelectuales se ocupen de los problemas que los circundan, incluyendo los problemas políticos. Después de todo, la 'cosa pública' nos pertenece a todos.

No puedo evitar pensar que aquí dos planos tienden a confundirse. Por un lado, el tema de la especialidad del académico, en el que el grado de rigor conceptual y el manejo de fuentes y datos deben ser estrictos. Por otro, la presencia de los académicos en el debate público. Si uno es un especialista en la literatura del Siglo de Oro – por poner un ejemplo – no podrá reflexionar con el mismo dominio conceptual el proyecto de Igualdad religiosa que sobre los versos de Lope y de Quevedo. Es obvio. No obstante, el académico es un ciudadano que puede sentirse involucrado con la idea de este proyecto, y puede proponerse examinar su naturaleza y alcances en una columna de opinión o incluso en una entrada de blog. Es evidente que los intelectuales no tienen garantía de lucidez en su aproximación a los problemas nacionales (tampoco la tienen en temas científicos y humanísticos, susceptibles de crítica y abiertos a nuevos descubrimientos). Quizá los académicos cuentan con un valioso acervo de conceptos y metáforas que tienen a mano; asimismo, poseen una cierta experiencia en el ejercicio de la argumentación que los lleva a desdeñar firmemente las falacias y galimatías. Es seguro que la mayoría de los intelectuales aprecian las razones antes que las acrobacias retóricas o el recurso a la fuerza, la burda apelación a la “mano dura”. Se trata de cuestiones de sophrosyne antes que de epistéme. Pero ese entrenamiento no los convierte en algo parecido a figuras oraculares que expresan 'la verdad definitiva' sobre la vida pública. Son interlocutores en una conversación mayor que concierne a los ciudadanos en general.

No creo que tengamos que elegir entre el académico comprometido y el especialista sin interés en la discusión pública. Se trata de un dilema cuestionable, quizá de un falso dilema. La propia posición de Tanaka al respecto no es clara, se manifiesta ambigua. Se insinúa una cierta simpatía por el supuesto “modelo norteamericano” (por sus niveles de especialización), pero parece echar de menos las “visiones de síntesis” que, a su juicio, los intelectuales peruanos ya no formulan. Incluso sugiere que sería preciso que los intelectuales reconozcan su escasa disposición a pensar las transformaciones que el país ha experimentado en los últimos años. Se trata de una sugerencia importante, máxime si ha sido planteada por un académico riguroso como Tanaka, quien periódicamente comparte con sus lectores sus opiniones sobre el curso de la vida pública. Porque es evidente que Martín Tanaka es un intelectual público que ejerce la crítica, y que dialoga con la mejor disposición (Véase su excelente post, Crímenes de odio y columnas de opinión, sobre el vergonzoso premio conferido a Correo, hecho que comentaré pronto). Con todo, su inspirador artículo nos deja con algunas interrogantes. Es posible que el autor haya querido llevarnos más allá del dilema, pero quizá el reducido espacio que permite el formato de la columna de opinión no se lo haya permitido. Esperemos que retome el tema en una próxima oportunidad, y que se detenga en ese punto.



Imagen (John Dewey) tomada de:
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