jueves, 22 de octubre de 2015
GENERACIONES, IDEAS Y CONTEXTOS
sábado, 28 de junio de 2014
FOROS PÚBLICOS Y ARGUMENTACIÓN ÉTICO – POLÍTICA. CONSIDERACIONES CRÍTICAS
No debemos resignarnos a la pobre situación de la discusión política nacional; en gran medida, cambiar esta situación implica promover espacios de intervención del ciudadano común en el debate público. Este era el punto de vista de Dewey, de Hook y de Arendt: todos ellos intelectuales públicos que promovieron el compromiso personal con la construcción de espacios públicos como una forma de renovar la política y de combatir las manifestaciones de autoritarismo en las sociedades contemporáneas. No tiene sentido dejar el tema político en las manos de nuestra “clase política” o en las de aquellos “columnistas de opinión” que reducen la política al mero conflicto de interés dogmático / ideológico. La política involucra a todos los ciudadanos, por principio.
jueves, 8 de mayo de 2014
LOS MEDIOS, LOS INTELECTUALES Y LA OPINIÓN PÚBLICA. APUNTES SOBRE LA PRENSA LOCAL, HOY
domingo, 14 de marzo de 2010
UN DEBATE QUE SE ESTÁ ENTRAMPANDO

Gonzalo Gamio Gehri
I
El debate sobre la objetividad de las ciencias sociales y el compromiso político se ha quedado sumido en una suerte de atolladero. Experimenta serios obstáculos para poder avanzar, porque ha sustituido el trabajo del concepto por el juego retórico, e incluso, por el puro y duro enfrentamiento personal. Ya no se trata solamente del olvido de la epistemología, sino del olvido de los argumentos estrictamente conceptuales. Unos acusan a sus adversarios como “intocables”, éstos describen a sus “detractores” (sic) como poco menos que insolentes. La discusión no despega – para seguir con las imágenes aeronáuticas – del nivel de lo político. En ese sentido, el texto de Nicolás Lynch – La vida, la academia y la política (sobre los hijos y los nietos del neoliberalismo) -, publicado hoy en
“El primer pecado de Alberto Adrianzén y el mío es el de haber tenido una vida entre la academia y la política, con el empeño de reconciliar la lucha por la justicia con la lucha por la libertad, es decir con el empeño de ser socialistas. Además, veinte años de neoliberalismo no nos han domesticado. (…) El caso es que para Martín Tanaka y sus ocasionales escuderos, Eduardo Dargent y Alberto Vergara, nuestra vida en el empeño es algo así como un archivo de inconsecuencias y mentiras al cual pueden recurrir en cualquier momento para juzgar nuestra obra académica y cuestionar la idoneidad de nuestro juicio”.
De acuerdo con Lynch, lo que mortifica a Tanaka y a los jóvenes politólogos es la combinación entre la reflexión política y la militancia política, lo que sacrificaría a su juicio cualquier pretensión de objetividad científica. Esa sería la razón por la cual estos últimos consideran que los libros de Lynch y Adrianzén son “deficientes”. Es preciso agregar que Dargent y Vergara no han señalado, en los medios de prensa o en los blogs, los argumentos que sostendrían tales afirmaciones, más allá de algunos comentarios sobre la transición (hay que señalar que Dargent acaba de publicar una aguda reseña en la revista Argumentos). Por eso sostengo que esta polémica está quedando peligrosamente atrapada en las arenas movedizas de la retórica o en la lucha de facciones.
Lynch afirma que los pasajes epistemológicos de esta discusión dejan mal parados a los defensores de la objetividad en una clave más o menos positivista. Sostiene que éstos “han naufragado en su teoría del conocimiento y tratando de explicar el tema democrático. Si algo ha quedado claro en el debate es que la objetividad en las ciencias sociales no es la de las ciencias naturales ni la de las ciencias exactas”. En este punto el autor no se equivoca, pero tampoco aporta razones que respalden esta posición, ni ofrece una reflexión metodológica que pueda apuntalar un camino diferente. Nelson Manrique es quien más ha escrito en la prensa escrita sobre esta materia en las últimas semanas. En cuanto al concepto de democracia, los jóvenes politólogos no habrían considerado, a juicio de Lynch, las exigencias de inclusión económica como relevantes al lado de las exigencias de inclusión política.
“Han querido volver a contar el cuento de que hay un solo concepto de democracia: la democracia elitista de manufactura anglosajona que se define por la competencia entre los políticos por el poder del Estado. Esa es una versión de la democracia que ha buscado ser exportada a América Latina desde los Estados Unidos con millones de dólares de inversión”.
Tanto el texto de Lynch como el texto anterior de Vergara introducen un tema importante que sin embargo no ha sido realmente examinado, si las condiciones procedimentales de la democracia liberal son necesarias – y suficientes – para la consolidación democrática, o si se requieren mecanismos de justicia redistributiva, que aseguren el acceso de la población al bienestar. Es cierto que las alusiones de Lynch a la inversión norteamericana enrarecen un posible diálogo sobre el tema, pero este asunto debe discutirse públicamente. El autor incluso acusa a sus interlocutores de apostar por el continuismo respecto del modelo económico y político, e incluso los acusa de asmir una actitud de cierta condescendencia con el fujimorato (me parece que esta es una crítica injusta, dado que conozco diversos textos de Dargent y Vergara que constituyen explícitamente un severo cuestionamiento al autoritarismo fujimorista). A Tanaka le increpa el haber señalado que - a pesar de las movilizaciones contra el régimen corrupto de Fujimori - , el politólogo le concedía cierta viabilidad a su gobierno en el contexto de una fraudulenta segunda reelección. Es seguro que Tanaka intentará responder pronto a las críticas de Lynch. Esperaremos su siguiente post sobre el tema.
Silvio Rendón ha incorporado una interesante reflexión a la comprensión de esta discusión. Según su punto de vista, los partidarios de la objetividad científica someten a una dura crítica a los objetores del gobierno posicionados en la izquierda y abanderados de una intelectualidad comprometida, pero no se cuestiona con la misma severidad a los “técnicos” (también “intelectuales”, en algún sentido) comprometidos con las políticas que el gobierno diseña y lleva a cabo. Esta ambivalencia no habría sido tematizada aún por ninguno de los protagonistas de esta controversia. Se trata de una observación política aguda, que debe ser examinada seriamente.
II
“Sin embargo, Adrianzén y yo no hemos llegado gratis a donde estamos ni le hemos robado a nadie su lugar. Nunca se nos ha acusado de algo impropio ni menos aún somos intocables, como refería Vergara”.
En fin. Creo que este debate se está entrampando, y puede estar perdiendo el sustrato teórico que lo hace interesante, en nombre de otra clase de divergencias. Por momentos, parece un asumir la forma de un conflicto puntual, vinculado al terreno de las "ideologías políticas" y al del posicionamiento de los interlocutores en el escenario de la ciencia social (la mención a los "intocables", las alusiones al "lugar" que cada uno ocupa o se "ha ganado", etc.). Espero que esta impresión mía sea sólo eso, una impresión pasajera e infundada, y nada más. Lamentaría si esa tendencia se fortalece, dado que considero que Tanaka, Dargent, Vergara, Lynch y Adrianzén son intelectuales realmente valiosos que enriquecen decisivamente una polémica que no debe perder una dimensión teórica que constituye parte de su fecundidad. No creo (y no creo que se crea) que se se trata de un juego de fuerzas entre académicos en torno a la credibilidad de sus análisis e ideas políticas: aquí se busca esclarecer cuestiones de principio. Finalmente, se trata de un asunto que tiene relevancia interdisciplinaria. En lo personal, seguiré escribiendo sobre el curso de esta discusión - convencido como estoy de su valor - en la medida en que se pueda hacer explícita la conexión entre las cuestiones epistemológicas y los enfoques propiamente políticos.
martes, 2 de marzo de 2010
EL DEBATE SOBRE LA OBJETIVIDAD Y "EL ARGUMENTO DEL MUÑECO DE PAJA"

Gonzalo Gamio Gehri
El debate sobre el compromiso de los intelectuales y la objetividad de las ciencias sociales ha sido llevado con cierto nivel de crispación, pese a su enorme valor conceptual. Me da la impresión de que incluso ha sido percibido por un conflicto de “bandos”: Lynch / Adrianzén / Manrique “versus” Tanaka / Dargent / Vergara. No sólo “situados” versus “objetivistas”, sino incluso “izquierdistas” versus “técnicos (supuestamente condescendientes con el status quo”[1]). Creo que – pese a su relevancia teórica – este debate padece más de una confusión, y algún defecto de principio. Uno de ellos es el ‘olvido de la epistemología’ que aparece con suma claridad en el texto de Dargent: la ‘objetividad de las ciencias sociales’ no se tematiza, desciende a nivel de presuposición (¿”ideológica”?). Me ha causado bastante gracia que el Sr. Wagner Reyes me asocie extrañamente al clan de los “militantes subjetivistas”, por mis reflexiones sobre
“Aquí quien ha lanzado la frase clave es Nelson Manrique: Tú también tienes ideología, le ha dicho a Tanaka. Y todos han secundado esta idea de que la crítica se realiza desde alguna posición política y, por lo tanto, no se debe ir por la vida pretendiendo la “objetividad”. Pero digamos lo evidente: los libros y los artículos pueden ser deficientes o logrados, mejores o peores, independientemente de la orientación política que ellos o sus autores tengan. La posibilidad de verificar ciertos niveles de calidad objetivos es lo que permite que la academia y el debate de ideas sobrevivan. Los libros de Manrique son estupendos porque cumplen con estos estándares y no porque sean de izquierda.”
Tiene toda la razón en este punto (¿Quién podría objetarlo?). Existen ciertamente criterios universales para evaluar la excelencia en la investigación (consistencia lógica, rigor argumentativo, solidez en el manejo de fuentes empíricas y bibliográficas, originalidad, etc.). Ciertamente, nada de eso está condicionado directamente por intereses ideológicos o por proyectos políticos partidarios. Sin embargo, el texto desliza la hipótesis de que sus rivales (Lynch, Adrianzén, etc.) tienden a valorar un texto como de calidad en tanto converge con sus esquemas ideológico-políticos, es decir, si cumple con los requisitos de la “ortodoxia”. Una acusación desmesurada, evidentemente retórica, y probablemente injusta.
“¿Cuál es la utilidad de exigir a quienes reseñan libros que anuncien en qué equipo político juegan? Peor aún, ¿por qué asumir que todos juegan en algún proyecto político? Yo le veo una intención muy clara. Es la vía por la cual todos los argumentos valen lo mismo, todos los libros terminan reducidos a ser expresión de una ideología, todos serían expresión de unos “intereses” particulares. Se instaura el relativismo más nocivo para el conocimiento pues nadie tendría ideas o hallazgos originales sino apenas reflejos de una agenda política implícita o explícita ¿Y a quién favorecería todo este relativismo? A quienes escriben libros deficientes”.
Aquí encuentro el lado más débil del texto. Dejemos de lado la última frase (que me parece un golpe un tanto "bajo" - innecesario – contra Lynch y Adrianzén; quizá Vergara cedió a la tentación de responder ácidamente a las agrias críticas de ambos autores al modelo de la objetividad politológica). Tendría que decir dos cosas al respecto. A.- Creo que Vergara simplifica gravemente un escenario teórico mucho más rico. Parece sugerir que, o uno investiga "objetivamente" (esto es, libre del yugo de las ideologías) o uno, en el otro extremo, escribe /juzga "jugando en algún proyecto político", sacrificando el contenido del trabajo científico. Le doy la razón al defender la posibilidad de una actividad intelectual no necesariamente involucrada con un programa ideológico partidario, pero nuevamente constatamos aquí el uso impreciso del concepto de ideología. Una cosa es afirmar que todo desarrollo del pensamiento y el conocimiento está conectado con un trasfondo de categorías, experiencias, inquietudes, presuposiciones, creencias, y también intereses, e ideales (políticos y de diverso tipo), y otra muy distinta sostener que los intereses ideológicos determinan y “explican” desarrollo del pensamiento y del conocimiento. Ese determinismo craso es absurdo, y ningún investigador social con dos dedos de frente podría suscribirlo. Nuevamente, el crítico se beneficia con la peligrosa ambigüedad del término “ideología”. La mayoría de los objetores al modelo de la objetividad en este debate (p.e., claramente en Manrique) han recurrido al primer uso (una versión digamos "hermenéutica", aunque algo imprecisa), pero Vergara interpreta estas objeciones como inspiradas en el segundo (el determinista, común en los textos de divulgación marxista).
Hay que señalar que esta indeterminación y este doble juego aplicados en el uso de "ideología" no sólo están presentes en la nota de Vergara, sino en las propias interpretaciones de Lynch y de Adrianzén.
viernes, 26 de febrero de 2010
¿ADIOS A LA EPISTEMOLOGÍA?

Gonzalo Gamio Gehri
“Martín Tanaka sostiene que lo que distingue a un activista de un académico es que el primero defiende posiciones en las que cree, mientras que el segundo debe poner a prueba sus teorías y reportar sus resultados, aun cuando cuestionen sus creencias y deseos”.
He dicho en mi post anterior sobre el tema que esta lectura me parece tendenciosa y caricaturizante (de hecho, Tanaka ha tomado claramente distancia de ella). La dicotomía militante / científico social se aproxima peligrosamente a la oposición ilustrada entre el oscurantismo y la racionalidad. Según esta lectura, el activista político es simplemente presa de sus dogmas – y no puede ver más allá de ellos -; en contraste, el científico capta la realidad como es, sin mayor distorsión, y no muestra ningún temor a que su visión haga trizas sus suposiciones iniciales. El militante queda reducido así a una caricatura, como si fuese completamente incapaz de “poner a prueba sus teorías y reportar sus resultados, aun cuando cuestionen sus creencias y deseos”. Este interpretación es sencillamente ingenua, y poco rigurosa. De hecho, el político juicioso (Isaiah Berlin) sí procede de esa manera crítica, contrastando sus creencias con la experiencia. La disposición a que la experiencia supere los esquemas previos y mueva a los agentes a someter a examen sus interpretaciones y deseos atraviesa – en tanto es planteado como un principio orientador – toda la existencia humana, el principio de lucidez. Los activistas lo invocan tanto como recurren a él los científicos o cualquier ser humano que aspire a llevar una vida sensata.
[1] Incluso los juicios inductivos resultan problemáticos (Hume).
(2) Confundir la hermenéutica con el "relativismo" constituye una sugerencia absolutamente descabellada. Cfr. el artículo de Alberto Vergara en La República, que comentaré más adelante.
(3) La crítica política que hace Vergara al punto de vista de Lynch y Adrianzén me parece aguda e interesante; sin embargo, encuentro su argumento teórico bastante desencaminado.
lunes, 31 de agosto de 2009
SOBRE LOS INTELECTUALES Y LA ESFERA PÚBLICA

Gonzalo Gamio Gehri
Ayer, Martín Tanaka ha publicado un interesante artículo, Intelectuales y política, en la página de Opinión de La República. Tanaka recoge los comentarios de Juan de la Puente sobre la Encuesta del poder de Apoyo, en su sección sobre los intelectuales, y plantea una posicón sobre el particular. El texto contiene agudas reflexiones sobre un tema que no suele discutirse en los medios de comunicación. Paso a comentar algunos de sus pasajes centrales.
La definición de “intelectuales” que ofrece Tanaka puede convertirse en un buen punto de partida para la discusión. Sostiene que se trata de aquellas personas que “parten de una legitimidad obtenida en las artes, ciencias o humanidades en general, para desarrollar también una reflexión sobre los principales problemas y desafíos de su tiempo, que establecen pautas de acción política”. El autor se refiere entonces al llamado intelectual público, el académico que proyecta su influencia sobre la esfera política y sobre la sociedad civil (y que nada tiene que ver, afortunadamente, con el "intelectual orgánico" marxista). Luego añade:
“El intelectual así definido no existe propiamente en los Estados Unidos, por ejemplo, donde parece primar el criterio de que a problemas específicos se debe recurrir a expertos específicos. Por el contrario, en Europa en general, existe una sólida y larga tradición de intelectuales interviniendo en la esfera pública; de allí surgió la figura del “intelectual comprometido”, que ha impactado tanto en América Latina.”
Evidentemente, si uno piensa en Sastre, en Russell o en Habermas tiene que darle la razón a Tanaka en torno al perfil del intelectual europeo, y su abierto interés por la política. No obstante, creo que se equivoca cuando se refiere al caso norteamericano. Por décadas, John Dewey fue el intelectual público de los Estados Unidos, un pensador con una amplia y poderosa influencia en diversos círculos políticos y culturales. Lo mismo puede decirse - aunque acaso con menor intensidad - de William James. En los últimos años, académicos que trabajan en Norteamérica como Richard Rorty, Noam Chomsky, Amartya Sen y Michael Walzer han asumido una presencia importante en la esfera pública estadounidense, para elaborar “una reflexión sobre los principales problemas y desafíos de su tiempo”. Sus puntos de vista sobre la administración Bush, la guerra de Irak, o los conflictos culturales han sido abiertamente discutidos en espacios de política activa y en la sociedad civil. La figura del académico-profesional-con tema puntual- y sin interés especial por la visión de conjunto no es una figura excluyente y solitaria en los Estados Unidos.
Pero Tanaka apunta a discutir la situación del intelectual peruano. Señala que en el pasado, ciertos académicos contaban con actores políticos e instituciones que perseguían la difusión y encarnación de sus ideas. Sin embargo, en la escena política actual, “con políticos personalistas, partidos no ideológicos, que desdeñan la importancia de contar con diagnósticos y programas de gobierno, y que se amparan en la tecnocracia global y local predominante, los intelectuales han perdido peso”. Tiene toda la razón, sin duda. En el Perú actual constituye casi un exceso verbal hablar de “Partidos políticos” en escenarios políticos en los que – particularmente en períodos pre-electorales – individuos con una bolsa bajo el brazo se pasean buscando un partido o movimiento inscrito en el JNE que les permita postular al Congreso. Si no existen programas ni idearios, ni siquiera militancias en sentido estricto, plantear una conexión interesante entre los intelectuales y la vida pública carece de sentido, al menos dentro del sistema político.
Lo que llama la atención del texto de Tanaka son sus reflexiones finales, así como las preguntas que deja pendientes. Está convencido de que la relación entre los intelectuales y la política está variando sustancialmente. Constata que las reflexiones de aquellos ya no cuentan con agrupaciones que las lleven a la práctica. Uno podría preguntarse si el intelectual público requiere necesariamente de ese correlato institucional, o si sus cuestionamientos al poder o sus interpretaciones en torno a los asuntos públicos al interior del espacio de opinión pública pueden tener un valor por sí mismos (o no). Pienso en los casos de Vargas Llosa, de Soto y Cotler, que el propio Tanaka cita. Poner sobre el tapete determinadas cuestiones (p.e., las críticas de Vargas Llosa a los ‘nacionalismos’) puede generar corrientes de opinión que tengan impacto en el espacio público sin tener que convertirse en parte de un ideario partidario.
Tanaka se pregunta si nos acercaremos al presunto “modelo norteamericano”, el del profesional-con tema puntual, reacio a discutir sobre los asuntos públicos. Espero que no. Ya me he topado con esa clase de "intelectuales". Críticos literarios especialistas en consideraciones estilísticas y estéticas que no conocen cabalmente el contexto teórico-político de sus objetos de investigación, o investigadores de movimientos religiosos y partidos políticos que conocen al dedillo la presencia de éstos en regiones y Estados – y las cifras de los militantes y desertores – pero no son capaces de decir una palabra acerca de las imágenes religiosas o de las ideologías que mueven a sus líderes y adeptos. El precio de tal atomización del trabajo intelectual es que la idea misma del conocimiento se disuelve sin remedio. No necesitamos ese academicismo parcelario que se muestra vano y estrecho de miras frente a una reflexión más amplia respecto de los problemas humanos. Si la idea del profesional-con tema puntual fuese llevada a su extremo más radical, textos importantes como Densidad del presente de Gustavo Gutiérrez no habrían sido escritos jamás. Me parece perfectamente natural que los intelectuales se ocupen de los problemas que los circundan, incluyendo los problemas políticos. Después de todo, la 'cosa pública' nos pertenece a todos.
No puedo evitar pensar que aquí dos planos tienden a confundirse. Por un lado, el tema de la especialidad del académico, en el que el grado de rigor conceptual y el manejo de fuentes y datos deben ser estrictos. Por otro, la presencia de los académicos en el debate público. Si uno es un especialista en la literatura del Siglo de Oro – por poner un ejemplo – no podrá reflexionar con el mismo dominio conceptual el proyecto de Igualdad religiosa que sobre los versos de Lope y de Quevedo. Es obvio. No obstante, el académico es un ciudadano que puede sentirse involucrado con la idea de este proyecto, y puede proponerse examinar su naturaleza y alcances en una columna de opinión o incluso en una entrada de blog. Es evidente que los intelectuales no tienen garantía de lucidez en su aproximación a los problemas nacionales (tampoco la tienen en temas científicos y humanísticos, susceptibles de crítica y abiertos a nuevos descubrimientos). Quizá los académicos cuentan con un valioso acervo de conceptos y metáforas que tienen a mano; asimismo, poseen una cierta experiencia en el ejercicio de la argumentación que los lleva a desdeñar firmemente las falacias y galimatías. Es seguro que la mayoría de los intelectuales aprecian las razones antes que las acrobacias retóricas o el recurso a la fuerza, la burda apelación a la “mano dura”. Se trata de cuestiones de sophrosyne antes que de epistéme. Pero ese entrenamiento no los convierte en algo parecido a figuras oraculares que expresan 'la verdad definitiva' sobre la vida pública. Son interlocutores en una conversación mayor que concierne a los ciudadanos en general.
No creo que tengamos que elegir entre el académico comprometido y el especialista sin interés en la discusión pública. Se trata de un dilema cuestionable, quizá de un falso dilema. La propia posición de Tanaka al respecto no es clara, se manifiesta ambigua. Se insinúa una cierta simpatía por el supuesto “modelo norteamericano” (por sus niveles de especialización), pero parece echar de menos las “visiones de síntesis” que, a su juicio, los intelectuales peruanos ya no formulan. Incluso sugiere que sería preciso que los intelectuales reconozcan su escasa disposición a pensar las transformaciones que el país ha experimentado en los últimos años. Se trata de una sugerencia importante, máxime si ha sido planteada por un académico riguroso como Tanaka, quien periódicamente comparte con sus lectores sus opiniones sobre el curso de la vida pública. Porque es evidente que Martín Tanaka es un intelectual público que ejerce la crítica, y que dialoga con la mejor disposición (Véase su excelente post, Crímenes de odio y columnas de opinión, sobre el vergonzoso premio conferido a Correo, hecho que comentaré pronto). Con todo, su inspirador artículo nos deja con algunas interrogantes. Es posible que el autor haya querido llevarnos más allá del dilema, pero quizá el reducido espacio que permite el formato de la columna de opinión no se lo haya permitido. Esperemos que retome el tema en una próxima oportunidad, y que se detenga en ese punto.
Imagen (John Dewey) tomada de:
http://3.bp.blogspot.com/_MuWNJtJ8XS4/RluCf7laMFI/AAAAAAAAAi8/DrQjg_tOLxA/s400/dewey_john.gif








