lunes, 28 de diciembre de 2009

MICHAEL WALZER Y LOS DEFECTOS DEL LIBERALISMO




Gonzalo Gamio Gehri



Michael Walzer es uno de los más importantes filósofos políticos del presente. Su concepción de la justicia distributiva, así como su teoría de la guerra justa y su fenomenología de la crítica social han influido profundamente en los debates teórico-políticos. Personalmente considero que una de las más importantes contribuciones de Walzer a la reflexión sobre la praxis es su compleja lectura hermenéutica del liberalismo. Hace algunos años, el pensador norteamericano publicó Razón, política y pasión. 3 defectos del liberalismo[1], libro en el que se detiene en aquello que considera las zonas vulnerables de la teoría política liberal, generalmente deudora de una concepción procedimental de la razón práctica. Walzer sostiene que una comprensión más compleja del liberalismo tendría que corregir desde dentro estas deficiencias conceptuales.

I.- En primer lugar, el desmedido énfasis liberal en la figura de las asociaciones voluntarias, así como la omisión de cualquier forma de comunidad no elegida como forma de afiliación y fuente de una vida plena. Como se sabe, los liberales tienden incluso a caracterizar teóricamente a la sociedad entera como resultado de un acuerdo voluntario, un contrato (en gran medida, los Principios de Filosofía del Derecho de Hegel apuntaban ya a señalar estas limitaciones del modelo contractualista desde su persuasiva descripción del “derecho abstracto”). No obstante, los liberales no reparan en la importancia de las comunidades en la formación de la identidad y en el sentido de ciudadanía de las personas. De hecho, la autonomía racional (la capacidad de agencia) se ejercita sobre la base de esa clase de vínculos. Familias, comunidades religiosas y políticas, etc., son instituciones a las que hemos ingresado discutiendo y eligiendo sus reglas y estructura básica. El contacto con ellas y con sus usuarios nos convierte en seres capaces de juzgar y evaluar normas y lazos sociales, y de examinar principios complejos de justicia.

II.- En segundo lugar, la primacía de la deliberación en la descripción liberal de la acción política. La imagen de un grupo de ciudadanos tomando decisiones fruto de consensos en torno a argumentos racionales puede ser edificante e inspiradora, pero no puede ser absolutizada sin prestar la atención debida a la diversidad de actividades que constituyen lo político. Walzer ofrece un sugerente análisis de un conjunto de acciones que no implican necesariamente la deliberación dentro de la vida política: educación política, organización, movilización, toma de posición, debate político, negociación, lobbysmo legal, gestión de campañas, participación en elecciones, captación de donaciones, labores auxiliares, etcétera. La deliberación es una forma de acción política que desempeña un rol regulativo, crítico, pero no constituye el centro mismo de la vida política. Los liberales tienden erróneamente a soslayar estas otras actividades no deliberativas.

III.- El interés liberal en el razonamiento práctico lleva a menudo a los liberales a desestimar o a minusvalorar el rol de las pasiones en la vida política. Allí residiría, según el autor, el tercer defecto del liberalismo. El pathos de la militancia no necesariamente debilita nuestra capacidad de discernir y elegir proyectos con sentido (este es un territorio conceptual que Walzer comparte con otros filósofos liberales, como Richard Rorty y Martha Nussbaum). Nuestra capacidad de indignarnos o de sentir compasión hace posible el fortalecimiento de nuestra “energía utópica”, la disposición a imaginar y concebir nuevas posibilidades de justicia y libertad para nuestro mundo. El lector encontrará aquí una interesante lectura ‘cívica’ del poema El último día / El juicio final de W.B. Yeats. Merece una especial mención el tratamiento que da Walzer a la actitud escéptica, mientras muchos conservadores afirman que la duda “detiene la vida”, el autor sostiene lo siguiente:

“El escepticismo, la ironía, la duda, un modo crítico de pensar – todos estos son rasgos de las mejores personas (aunque es probable que Yeats los considerara signos de decadencia aristocrática) -. Tener convicciones es algo admirable, pero también lo es no estar demasiado seguro de ellas”[2].

Michael Walzer ha emprendido en este texto la tarea de realizar una autocrítica del imaginario liberal a partir de un análisis fino de las prácticas sociales asociadas al liberalismo, y de sus ineludibles elementos normativos. El liberalismo tiene que ser examinado y cimentado desde una comprensión menos ‘abstracta’ – en términos de Hegel – de sus categorías y modos de ser constitutivos. Se trata de un esfuerzo teórico importante por conciliar rigurosamente los valores de la libertad y de la pertenencia.


[1] Walzer, Michael Razón, política y pasión Madrid, La balsa de la Medusa 2004.

[2] Ibid., pp. 75-76.

24 comentarios:

Mademoiselle de Maupin dijo...

El escepticismo,
la ironía,
la duda,
caracterizan el rostro
de los bustos de los senadores
romanos
y de los políticos
de nuestra era.

Las personas sencillas
de los montes y las campiñas
no son así.

Así no son las paisanas
de la sierra.

Así no son los selváticos
de la jungla.

Así no son
los espíritus devotos,
entregados al viento.

Así no son los niños,
amplios de horizontes.

Todos ellos traslucen ingenuidad,
inocencia,
credulidad clarividente,
devoción.

¡El Reino de los Cielos
pertenece a los niños!
No a los senadores romanos.

Gonzalo Gamio dijo...

El desarrollo del espíritu crítico no exige sofisticación intelectual, ni es propio de los doctos. Se trata de una cuestión actitudinal. Como Rousseau nos recuerda, Sócrates era un espíritu sencillo. Tácito alaba la disposición de los germanos a discutir los asuntos comunales; Esquilo dice lo mismo sobre sus compatriotas atenienses. Y el propio Rousseau elogia la capacidad deliberativa de los campesinos suizos, ciudadanos de una república libre..

Saludos,
Gonzalo.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Es muy diferente
un espíritu crítico
de uno escéptico.

Los niños tienden a ser críticos
y devotos,
los adultos acríticos
y escépticos.

Sócrates era crítico
de ojos grandes y abiertos a la Infinitud,
como los búhos, como los niños,
no escéptico,
sino devoto hasta la muerte:
lleno de convicciones
firmes, de valores
inalienables.

Gorgias era escéptico.

¿Quién más
libertario
y crédulo clarividente
que los niños?

Los campesinos
reconocen la condición sagrada
de cada trigo
que brota del silencio
y se alza hacia la luz.

El escéptico
es de naturaleza conformista
y desacralizada:
el monstruo urbano suele ser.

Gonzalo Gamio dijo...

Nuevamente, hay que ponerse de acuerdo sobre los términos. Como se ha señalado en otros posts, los referentes del escepcismo son Montaigne, Pirrón y Sexto Empírico.

Saludos,
Gonzalo.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Averiguaré sobre ellos.

Susana dijo...

Los clichés romanticones sobre como son los niños, nunca hacen bien a ningún debate.

Gonzalo Gamio dijo...

Es verdad.

Saludos,
Gonzalo.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Susana:

Usted debería leer
el Principito
de Antoine de Saint-Exupéry.

La mayoría de clichés
son deplorables,
pero algunos son realmente bellos,
buenos y verdaderos.
Cuando un cliché
cuenta con un fondo lucido,
es debido aplicarlo
si se da el caso.

El indudable cliché
de nuestra época no es
el que plasma a los niños
como yo lo hago
-ese ya paso de moda-,
sino el que los plasma
de modo opuesto
con ese aire senatorial
de “realismo maduro”.

Sí hacen bien,
siempre,
siempre,
siempre,
al debate…

En lo único
que hacen mal
es en esto:
amargan a muchos seres
con su luminaria esplendorosa.

Los seres amargados
llaman cursilería a la luz:
no pueden soportarla,
por lo que reniegan de ella.

El romanticismo
lo condenan
con términos despectivos.
Pero el desencanto,
el pesimismo,
el nihilismo
y el academicismo aburrido,
eso sí que lo aplauden
o son cómplices de aquello
con su silencio.

PD: condenar los clichés es también un cliché.

Gonzalo Gamio dijo...

Hastadonde puedo entender, Susana quiere decir que laapelación al estereotipo del niño inocente / abierto / sabio impide avanzar en el debate. Podemos caer en idealizaciones. Creo que en este punto ella tiene razón.

Susana es psicóloga del desarrollo moral y trabaja con niños. Creo que puede decirnos algo al respecto que pueda resultar esclarecedor. Hay que pedirle que amplíe la idea.

Saludos,
Gonzalo.

Susana dijo...

Sofía,
veo dos formas de debate. Uno apela a la realidad, a los datos observables (siempre intrepretables y construídos por supuesto, pero basados en lo real hasta donde esto nos es aprehensible). El otro es un debate que hace uso de nuestra fantasía, nuestra subjetividad (y nada más), nuestra construcción del mundo de manera bastante solipsista, y hace uso de la retórica y el lenguaje metafórico.... yo estoy más en el primero, y me parece (corrijame si estoy equivocada) que usted esta más en el sengundo. Gonzalo tiene razón, a eso me refería cuando decía "clichés" sobre los niños, porque si bien son ellos buenos e inocentes como se les suele pintar en cierta literatura, también son capaces de hacer daño, pueden ser insensibles a los otros, y son, por naturaleza, egocéntricos. No hay blanco o negro en ellos, como en todo, hay matices de gris. Debo decirle que lo que motivó mi comentario fué ver mucha fantasia en todo lo que dice, ideas que responden a una manera particular de ver el mundo pero que no se basan en hechos, o -si fuera asi- no dan prueba alguna de que lo hagan, como para que lo que usted sustenta quede más claro y sólido para los demás. La fuente de sus argumentos me pareció nada más que su propio punto de vista, el que a usted le parezcan buenas ideas, y punto. Ya Gonzalo mismo le ha pedido aclarar varios términos, pero no veo que lo haya hecho. En fin... no es nada personal contra usted, a quien no conozco. Saludos! Y si he leído el principito, me gusta mucho aunque no le veo la pertinencia en este debate.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Gonzalo Gamio y Susana:

Antes de abordar mis palabras, les pido que se desprendan de los presupuestos que cargan consigo: olviden todo lo que saben y ábranse, completamente desnudos, a una nueva manera de contemplar el Mundo.

El estereotipo de niño inocente, abierto y sabio, se encarna en las palabras de Jesucristo -“Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entrareis en el Reino de los Cielos” (Mateo 18:3) y “El que no reciba el reino de Dios como un niño pequeño no entrará en él” (Lucas 18:17)- y en la obra “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry.

Leer estos textos no significa correr la mirada por ellos y decir “que bonito”, “me gustó bastante” o “yo se mucho de hermenéutica” sino permitir que el mensaje ingrese en el espíritu, calando en uno hasta los huesos, hasta la medula, de suerte que se aplique en el día a día, en el discurso cotidiano y en la acción, no dejándoselo de lado: el Espíritu no ingresa en el corazón humano por medio de estudios científicos histórico-críticos, sino por medio del Silencio, que revela la genuina significación de las palabras.

Decir: “soy católico romano y amo la Biblia” y no tener en cuenta sus palabras es caer en el fariseísmo que usted mismo critica.

El estereotipo de niño inocente no debe subestimarse, porque lejos de tratarse de una realidad literal, cuantificable, medible, matemática y cartesiana del “yo soy un hombre serio”, como muchos pretenden interpretarla con la finalidad de desestimarla, se trata de una realidad de carácter simbólico y ontológico universal. La infancia simboliza el estado original del ser humano, su pureza, su integridad, su no-alineación social, su autenticidad, su transparencia, su espontaneidad, su simplicidad natural.

También el Taoísmo nos lo recuerda: “A pesar de vuestra avanzada edad, tenéis el frescor de un niño” (Chuang-Tzu c.6) y “El niño es espontáneo, apacible, concentrado, sin intención, ni reserva mental” (Lao-Tse, 55, comentando en Chuang-Tzu c.23).

El mismo simbolismo aparece en el Hinduismo, en el cual la infancia se nombra como “balya”. Significa, como en la tradición cristiana, el estado previo a la obtención del conocimiento, a la caída del ser original (Guev, Guec).

La genuina condición del niño no se establece por medio de una estadística de carácter cuantitativo, sino mediante el aspecto simbólico cualitativo de la realidad: así, la verdadera naturaleza de la niñez es factible de ser establecida mediante el ser de un sólo niño en contra posición con el ser de un millón.

Trabajar con niños no implica comprenderlos. Comprender a los niños significa mirarlos de frente, de igual a igual, no de arriba abajo, no de mayor a menor. Significa formar parte de su mundo, ser uno de ellos.

Mademoiselle de Maupin dijo...

La apelación de este simbolismo permite avanzar en el debate porque le devuelve a este su humanidad, su flexibilidad y vitalidad, su condición trascendente. Las especulaciones intelectuales vacías y mustias son, entonces, resucitadas por un rocío maravilloso que mana desde el centro de la Vida misma. Un ateo, un materialista, no entenderá esto, como las aves que vuelan a través de los vientos del Oriente no comprenden el sentir terrenal. El rojo de las flores, oh, ser humano, se secará si enjaulas el centro infinito de sus cabecillas entre los muros de la razón discursiva; sus pétalos marchitarán y sus tallos caerán; se dejarán morir en sus corsés de lógica cuadrada. La sociedad se tornará gris y el mundo desfallecerá. ¿Qué progreso cabe en una tierra así, ausente de vida, yerta como el acero de sus paredes? ¡Invoquemos a la Historia sin Fin!

La idealización permite acceder a un plano superior de la realidad. A otra persona le expresé: La idealización es más realista que y superior a la no-idealización porque implica mayor sustancia, contenido, “mana” -como dirían los nativos de Oceanía-, un mayor nivel de verdad ontológica.

Caer en la “no-idealización” es algo de lo que debemos cuidarnos.

¿Dos formas de debate? Yo veo tres, siete, doce, novecientos, trece billones, infinitas. No existen sólo dos maneras de debatir. Ustedes deberían leer los textos de Lao Tse y Chuang Tzu, así como las palabras recopiladas de Gautama Buda y, especialmente, los Koans de la tradición Zen.

¿Qué es la Realidad? ¿Es lo mismo lo que parece ser que lo que es? Su realidad, Susana, no es la Realidad: lo que usted piensa que es real y toma por cierto porque su sociedad así lo hace, no necesariamente lo es. La realidad sobre la que trabaja el método científico moderno, tampoco es la Realidad. De lo contrario, pruébeme esa “realidad” de la que me habla, porque no me resulta evidente por sí misma. Por otro lado, defíname el termino “realidad”.

Añado unas palabras mías extraídas de un relato que estoy escribiendo: “no confío en la veracidad de la idea que reza que este mundo es real y que, por lo tanto, la ciencia no está trabajando sobre las leyes de un mundo ilusorio al estilo Matrix”.

Añado algo que afirmé a un comentarista: “La única que garantiza una objetividad real e integral en el espíritu de la humanidad es la Mística. La ciencia moderna se ha fijado sobre un mundo material de carácter ilusorio, sobre una suerte de pantalla Matrix, de manera que trabaja sobre una nube de gas. Lo universal, el Espíritu, en cambio, se encuentra más allá del mundo ordinario y del sueño, es verdadero en ambos, es lo que les confiere ser real, significación trascendente, atemporal, aespacial.”

¿Quién cree usted que este más conectado con la Realidad, un erudito ateo marxista emergido de la universidad de Harvard en ciencia y de la Sorbona en filosofía, o un Chaman de la amazonía? Yo sostengo que este ultimo.

Mademoiselle de Maupin dijo...

¿Cuál es la manera que tenemos de acceder a la Realidad? Para empezar, ¿existe una sola manera? ¿Cuál es? ¿La racionalidad? ¿El método científico moderno? ¿El Chamanismo? ¿La intuición? ¿Las experiencias extrasensoriales? ¿El Amor?

Ustedes pretenden explicar la realidad desde SUS premisas y presupuestos de lo que se supone es la “realidad”. Y el problema con estos es que no son de carácter universal, como si ocurre con la Mística. La ciencia no es capaz de explicarme nada, ni por qué motivo cae una manzana, fuera de sus propias leyes, de sus propios presupuestos. Sin embargo, todo sistema, hasta el más trillado, es capaz de explicarme lo mismo bajo sus propias leyes y presupuestos. Y el único sistema universal que garantiza en el espíritu de la humanidad una realidad pura más allá del mundo ordinario y del de la fantasía, una realidad en sí misma, de la cual se desprenden las demás, es la Mística.

¿Existe una línea divisoria real y fija entre la objetividad y la subjetividad? Lo dudo. Lo que existe son una serie de principios universales desprendidos de la Verdad absoluta y eterna que se encuentran presentes en esa identidad objetivo-subjetiva que es una realidad indivisible y no dicotómica.

Lo que usted me menciona, Susana, no es nuevo. Antes pensaba que existía una dicotomía certera entre realidad y fantasía, y entre objetividad y subjetividad. Creía que la manera de conocer el mundo se daba a través de la razón y del método científico moderno, y que los chamanes eran unos pobres tontitos que vivían en la ignorancia y estaban equivocados. Alguna vez he pensado como usted. ¿Usted alguna vez pensó como yo?

Fundamento todo lo que digo. Lo sostengo desde mis premisas, que se desprenden de la Mística, de suerte que son de carácter universal y no relativo. Por el contrario, ustedes sostienen todo lo que afirman desde unas premisas y principios específicos que son de carácter relativo -aunque pretendan no serlo- y que yo no comparto: entonces acaece que nos maneras completamente diferentes de interpretar la realidad se estrellan. De ahí que afirmar que ustedes están fundamentando sus afirmaciones y yo no, sólo porque no las fundamento desde SUS premisas y a SU modo según la racionalidad discursiva, según SU método, que no es sino uno de los tantos que existen, me parece una levedad interpretativa.

El lenguaje metafórico entraña verdades universales. Todas las sociedades tradicionales se sirven de él para acceder a niveles de realidad cuyo acceso nos está vedado mediante la razón discursiva. Existen niveles de metáforas: algunas son más complejas y profundas que otras. El lenguaje metafórico no es algo sencillo. Comprender una metáfora, dependiendo de cual sea su naturaleza, puede resultar sumamente difícil. No cualquiera se aventura a comprender la significación de las grandes alegorías. Así como algunas personas no pueden comprender ciertas teorías matemáticas, muchas otras no logran asir la significación de cierto nivel simbólico de expresión. Siendo así, que se expresen sobre aquello que no logran comprender, resulta absurdo.

¡Llego la hora de romper con el mito que circunscribe la realidad a un callejón oscuro y feo entre dos muros estrechos!

Mademoiselle de Maupin dijo...

Lo que afirmo se basa en hechos. Antes no afirmaba esto, hasta que sobre mi cráneo aconteció un suceso extraordinario: descendió el Hecho en sí mismo. El Hecho me golpeó un puñetazo tan fuerte en el rostro, que jamás en mi vida había presenciado algo así. La fuerza de su golpe era infinita, de manera que perdí la vida. Me mató y resucitó: la “realidad” se esparcía ante mí como un humo gris, sin ser propio, frente a la Realidad Esplendorosa, que por primera vez contemplaba. He leído fragmentos de místicos de diferentes religiones y corrientes espirituales y todos han presenciado lo mismo: es un hecho universal. No sostengo mis posturas sobre el racionalismo y sobre hechos científicos en el sentido moderno, que es diferente.

La tesis “X” se puede sustentar de igual modo mediante un poema que mediante un teorema matemático. Y el poema puede resultar un sustento más completo y preciso, más sólido y claro.

Lo que Gonzalo afirmó fue que “hay que ponerse de acuerdo con los términos”, no que única y particularmente yo aclarase los términos que empleo. Ponerse de “acuerdo” es una actividad que se da de a dos o más personas, no es una actividad solitaria. Acordar significa conciliar.

Por otro lado, circunscribir los términos a una sola significación me imposibilita expresarme adecuadamente, a cabalidad, en amplios marcos de ventanas abiertas a la infinitud. Me hace sentir, por el contrario, como en una camisa de fuerza. Utilizo el término postmoderno primero en un sentido, luego en otro, el término ingenuo en un sentido y luego en otro, etc., de modo que en ocasiones pareciese que me contradigo. Pero si analizan más a fondo mis palabras y no se permiten arrastrar por la primera impresión, se percatarán de lo contrario. También ocurre que me expreso en diferentes niveles de realidad.

“…preocupado por el hecho de que Buda predica al mismo tiempo <>” (Diccionario de las Religiones de Mircea Eliade en la pag 67).

El lenguaje no puede aplicarse como una camisa de fuerza porque coarta la expresión, imposibilitando la genuina irrupción de lo trascendente. Debe entenderse el fondo de los textos en un sentido holístico y no como la suma de términos con significado preciso: danzar con las palabras en espiral, con la flexibilidad armónica de la caña de bambú que se tuerce con el viento.

Muchas personas aclaman a antiguos profetas y a héroes como Jesús. Les parece un horror que en sus respectivas épocas no se los reconociese como mensajeros de Dios, como inspirados por el espíritu, etc., que las personas ciegas no aceptasen sus palabras. Esos profetas que tanto adoran se remontan al pasado y ahí los toman en serio, porque no los están tratando personalmente. Sin embargo, en la vida cotidiana, en el día a día de quienes sostienen eso, parece imposible que pueda presentarse una persona que comunique profecía: no reconocerían a uno de esos profetas ni aunque lo tuviesen en sus propias narices.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Leer “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry es fácil, lo difícil es comprender el mensaje, asimilarlo emocionalmente y aplicarlo a la propia vida.

A ustedes les digo lo siguiente:

“Así, si les dijeses: “la prueba de que el principito ha existido es que era encantador, que reía, y que quería un borrego. Cuando se quiere un borrego es prueba de que se existe”, se encogerán de hombros, ¡y os tratarán como a un niño! Pero si les dices: “El planeta de donde venia el principito es el asteroide B612”, se convencerán y os dejaran tranquilo con sus preguntas.”

“Seguramente nosotros que comprendemos la vida, ¡nos burlamos de los números! Me habría gustado comenzar esta historia a la manera de los cuentos de hadas. Me hubiera gustado decir: “Había una vez un principito que habitaba un planeta apenas más grande que él, y que tenia necesidad de un amigo…” Para los que comprenden la vida, esto hubiera tenido un aire mucho más verdadero.”

El Principito es una crítica al racionalismo y a la óptica estrecha, grave y cientificista de la realidad, a ese “realismo maduro” de las cosas “serias” que ustedes encarnan en su discurso. Por eso es pertinente mencionarlo.

Es precisamente esa concepción estrecha y esterilizada de la realidad la que produce depresiones masivas al por mayor en nuestra sociedad actual.

Saludos.

PD: He colocado un nuevo artículo en mi blog que me gustaría que leyesen.

Gonzalo Gamio dijo...

Hola Sofía:

La reflexión religiosa y literaria que planteas es muy importante. No obstante, se necesita infundirle a ese trabajo algo más de paciencia. Noto gran fuerza y convicción - eso es excelente - pero no debe faltar la paciencia del concepto.

Creo que la idea que plantea Susana es que, si se trata de comprender a los niños, articular la reflexión literaria con el ineludible trabajo empírico de la psicología.

Saludos,
Gonzalo.

Susana dijo...

Yo paso de este debate. Ya me aburrió. He leído el artículo en el blog de Sofía, pero la verdad, no me provoca discutir más ya que no me gusta el tono soberbio que pecibo en estos escritos. Resulta que las personas que piensan diferente que ella "manejan una concepción estrecha de la realidad", o son "superficiales". Paso. Mucho soliloquio, poca humildad, y todo un poquito equizofrénico.

Gonzalo Gamio dijo...

Susana:

Siempre es una pena interrumpir un debate, pero es cierto que cualquier clase de diálogo sólo puede prosperar si las locuciones son más breves. No basta con señalar que nuestra realidad es más estrecha o más vasta, hay que explicar porqué.

Saludos,
Gonzalo.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Susana:

Lamento si la disgusté. No fue mi intención, así que, en caso de ser así, le pido disculpas. Sucede que estoy muy segura de lo que dije. Efectivamente, la humildad no es una de mis virtudes. Tampoco suele ser la virtud de aquellos que la ensalzan y que reniegan de la ausencia de humildad en otros. Existen personas que piensan diferente a mí pero que no manejan una concepción estrecha de la realidad ni son superficiales, sino todo lo contrario.

Gonzalo:

Expliqué el porque de todo. Pero no lo expliqué mediante la lógica.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Por cierto, tengo una duda:

¿Los profetas de la antigüedad también caben en el rango de soberbios? Sucede que ellos hablaban con muchísima autoridad y pensaban tener la razón en lo que expresaban y que sus oponentes -los fariseos, por ejemplo- se equivocaban.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Si un Moisés apareciese en nuestros días, estoy casi segura de que la mayoría de personas pensarían que se trata de un soberbio y de un pobre lunático. Lo admiran y lo endiosan sólo porque pertenece al pasado, porque no se relacionan directamente con él en el aquí y en el ahora, en la vida cotidiana, más allá de los libros. Si se relacionasen con él, le encontrarían muchos defectos. Y a Jesús también. Este sería un autoritario, soberbio, loco, delirante.

Mis textos no son humildes para nada, lo admito. Sin embargo, gozan de otras cualidades: sinceridad, belleza, pasión y espíritu.

Gonzalo Gamio dijo...

Estimada Sofía:

Siempre eres bienvenida.

Te doy un consejo, si me lo permites. No olvides que estás en un período de "siembra". Aprovecha para leer mucho, y criticar lo que lees. La convicción es importantísima, pero no vayas a cerrar la discusión demasiado pronto, y percibir como certeza lo que es todavía problemático.

Saludos,
Gonzalo.

Susana dijo...

Toda persona piensa que sus ideas son correctas. Lo contrario es insostenible. Nadie dice "yo pienso esto, y lo otro, pero no tengo razón y estoy equivocado". Todos, ahora y en la antiguedad, pensamos que estamos en lo correcto al creer lo que creemos, pues de no ser así simplemente no lo creeriamos. En eso no estriba la soberbia, pienso, sino en creer que hay certezas absolutas que solo nosotros (y no los demás) hemos descubierto.

Mademoiselle de Maupin dijo...

Gonzalo Gamio:

Tiene razón en este punto.

Gracias por el consejo.

Debo leer más: he leído poquísimo. Me cuesta mucho trabajo concentrarme cuando leo, por lo cual me cuesta mucho trabajo leer.

Persistentemente critico lo que leo. Odio simplemente repetir.

Gracias por afirmar que soy siempre bienvenida.

Susana:

Lo cierto es que tengo un ego del tamaño del Everest. Y ese ego es opuesto al mensaje de mis revelaciones místicas, las cuales deberían ser un motivo para poder cultivar la virtud en mí. Pero esto es sumamente difícil. Necesito librarme de mi narcisismo cuanto antes. Le agradezco por hacerme notar ese vicio mío, el cual muchas veces olvido que tengo. Y es necesario superarlo si deseo purificar mi espíritu, pues aquel me impide progresar espiritualmente, se interpone entre mi ser y el genuino amor hacia los demás, entre mi ser y la salvación, entre mi ser y el Principio Supremo, entre mi ser y la Unidad absoluta de Amor, entre mi ser y el Bien Sumo. ¡Ruego al Espíritu por ayuda!

Por cierto, jamás he afirmado que sea dueña de certezas absolutas que he descubierto sólo yo y nadie más, de ahí que no quepa en la última definición de soberbia que postula, aunque de todos modos me percate de que carezco de humildad, en lo cual usted acierta. Lo de mis revelaciones místicas no lo he descubierto sólo yo. ¡Otras personas también las han tenido y me las han corroborado! Cualquier persona que realmente busqué, encontrará. No creo que haya que tener ninguna virtud especial. Lo magnifico de las certezas absolutas es que otros también las reconocen y que cualquiera que realice practicas enfocadas hacia ellas puede reconocerlas.

PD: Si escribo tanto, más de lo necesario, es porque tengo energía de sobra: ¡hiperactividad!