domingo, 16 de septiembre de 2007

EL 'OJO QUE LLORA': KATHARSIS POLÍTICA, MEMORIA CRÍTICA



Gonzalo Gamio Gehri




La iniciativa de constituir espacios simbólicos de recuperación de la memoria ha generado poderosas resistencias. El debate sobre "El Ojo que llora", a inicios de este año, es un ejemplo. Quizá una de las más recientes y desconcertantes ha sido la de Hugo Neira – intelectual y periodista cercano al ‘Frente social’ que apoya al presente gobierno -, quien reacciona frente a la controversia en torno a la Alameda de la Memoria en un artículo publicado en La República, titulado “La violencia simbólica”[1]. Neira sostiene, con ácida y ligera pluma, que si bien es este el momento de la verdad, no es todavía – ni debe serlo aun – el tiempo de la reconciliación. Señala que supuesto no es conveniente remover las heridas que todavía producen dolor y conflicto social. El columnista ofrece ejemplos históricos, pasando por una mención a Scarlett O´Hara, la heroína de Lo que el viento se llevó. Todos los intentos por elaborar una formulación simbólica de la reconciliación ha tenido lugar luego de varias décadas de culminado los procesos de violencia.

“Porque, vamos a ver, Reconciliación, sea ¿pero por qué ahora? ¿Y
por qué con nombres propios? (….) osea, en Ayacucho tiempo al tiempo,
cicatrizan, sin la ostentosa manera de la élite limeña que nos ha metido en el
lío de “El ojo que llora”
[2].


Neira señala – inspirándose en una lectura de la obra de René Girard – que toda comunidad funda la superación de la violencia precisamente en el ejercicio de la violencia sobre un chivo expiatorio, cuya identidad no debe, en ningún caso, hacerse explícita. De este modo, se hace posible “poner fin al ‘círculo vicioso de la venganza’”. Que logre finalmente “enterrar el pasado” [3]. En contraste, nosotros los peruanos hemos echado a perder el sentido de este acto sacrificial nombrando a las víctimas; el efecto catártico del rito se pierde entonces. “¡Aquí le habríamos puesto nombre al soldado desconocido!”, sentencia. Finaliza su nota con contundencia: “hemos transformado lo que pudo ser un duelo catártico, y una reflexión sin procesiones ni alamedas, en un carnaval con muertos y alamedas”[4]. Luego del juicio kairótico, el columnista parece condenar los errores de procedimiento de quienes pudieron realizar acertadamente el ritual que sepulte para siempre las condiciones de nuestros conflictos.

No es el momento de discutir con Neira acerca de su interpretación de los textos de Girard, sino de examinar la tesis de su artículo. Creo que Neira está básicamente equivocado en este asunto. Debo decir que resulta inevitable preguntarse cuánto del Informe Final ha podido leer, porque está claro que lo que entiende por ‘reconciliación’ poco tiene que ver con el concepto ofrecido por la CVR. El actual Director de la Biblioteca Nacional parece concebir la reconciliación como el estado de la vida comunitaria en el que todos nuestros conflictos habrán sido erradicados, y no como aquel proceso histórico que permitiría recurrir a la deliberación pública para ponderar - y eventualmente resolver - los conflictos sociales. No podemos acabar con los conflictos, pero sí erradicar la violencia de nuestras relaciones e instituciones.

A lo mejor el análisis de Neira le debe demasiado a las costumbres sacrificiales de las culturas antiguas, y desatiende – a mi juicio erróneamente – los casos de aquellas formas histórico – espirituales en los que la memoria y la deliberación política han sido elementos fundamentales para superar ‘círculo vicioso de la venganza’. Me refiero precisamente a la ya citada Orestiada de Esquilo, y a la sustitución de la justicia cósmica / vengadora en la racionalidad pública propia de los foros políticos y judiciales. En adelante ya no serán necesarios los sacrificios: el ejercicio del lógos ha asumido su lugar como regulador de la vida humana. Atenea proclama en Las Euménides que con la celebración del juicio “ha triunfado Zeus, el protector del diálogo en las asambleas, y vence para siempre nuestra rivalidad en el bien[5]. La tragedia griega ha elaborado un concepto de katharsis vinculado a la purificación del juicio político[6], en contraste con la lectura puramente psicoanalítica – afectiva implícita en la nota de Neira. El trabajo crítico de la CVR recoge esta poderosa impronta esquileana. No es el holocausto del chivo expiatorio, sino la necesidad de construir nuestro propio Areópago, lo que marcaría la senda ciudadana de la reconciliación.


NOTAS.-
[1] Neira, Hugo “La violencia simbólica” en La República 30 de enero de 2007 p. 19.
[2] Ibid.
[3] Ibid.
[4] Ibid.
[5] Euménides, 970 – 975. (las cursivas son mías).
[6] Cfr. Nussbaum, Martha La fragilidad del bien Madrid, Visor 1995; véase mi trabajo “La purificación del juicio político. Narrativas de justicia, políticas de reconciliación” en: Derecho & Sociedad Nº 24 pp. 378 – 389.

4 comentarios:

Susana dijo...

Hola Gonzalo,
Creo en general que la gente se equivoca al concebir procesos como productos acabados. ya lo dijo Piaget hace muchos años: el conocmiento es un proceso, no un producto. Cambia y se tranforma para llegar de un estado de cosas a otro estado mejor. Esta idea -que muchisimos psicólogos desconocen, dicho sea de paso- creo que se aplica también perfectamente a lo que dices. Entender la reconciliación no como un proceso de construcciónn sino como un estado logrado en el que se habrán "erradicado" los conflictos es no conocer nada acerca de la naturaleza humana.

Anónimo dijo...

Estoy muy indignada, es tremendamente injusto para los familiares de víctimas del terrorismo que los nombres de sus seres queridos estén junto a los de los terroristas que murieron en la cárcel. Imagínense que en un monumento a las víctimas del holocausto reciban un homenaje junto a sus victimarios. Esto sólo puede pasar en el Perú.

Saludos

Adriana

Anónimo dijo...

Me imagino que la que se indignó debe ser hija de algún ex ministro del fujimorato. Pero igual, estoy de acuerdo con ella sin ser fujimorista.

Gonzalo Gamio dijo...

Estoy de acuerdo en que este tema debe ser discutido y examinado. Pero lo que me parece mucho màs escandaloso es que tanta gente piense que las personas que estàn en la càrcel - procesados o aùn condenados - han perdido el derecho a la vida, y sean tan terriblemente condescendientes con ejecuciones extrajudiciales como la de Castro Castro. Es el caso de los dos ùltimos comentarios: les escandaliza lo de las piedras, pero no las ejecuciones extrajudiciales: allì hay una penosa incoherencia. Un Estado de Derecho no es vengador, sino administrador de justicia. Las ejecuciones extrajudiciales tambièn son crìmenes de lesa humanidad. El assinato es malo, tanto si las vìctimas son inocentes como si no lo son. Si no se respeta este principio legal, el Estado deviene en perpetrador. Y eso no se puede permitir en una democracia constitucional.