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martes, 26 de marzo de 2013

VOLVER A MADRID: GRATITUD Y FRATERNIDAD






Gonzalo Gamio Gehri



Madrid es mi segundo hogar, qué duda cabe. Acabo de defender mi Tesis doctoral – Deliberación práctica y vida buena. Un estudio sobre la ética de Charles Taylor – en la Universidad Pontificia de Comillas. Regreso feliz por la tarea cumplida y porque he podido ver a mis queridos y viejos amigos de la Universidad, con los que compartí los años que dediqué a los estudios doctorales. Es maravilloso constatar que la amistad en su sentido más pleno pone de manifiesto vínculos poderosos y valiosos: aunque no nos hayamos visto en varios años, los lazos de confianza y  cariño se han mantenido intactos, y el diálogo se ha retomado con un salmantino “Como decíamos ayer”…

Empezaré evocando el nombre de mis maestros de Comillas. Agradezco profundamente a Augusto Hortal Alonso SJ, mi Director de Tesis, por su gran generosidad por compartir sus conocimientos y por su paciencia y fe respecto de mi investigación. Ha sido para mí un genuino maestro; le debo mucho en lo relativo a mi formación como filósofo y en cuanto a mi propia perspectiva acerca de las cosas. Realmente, sin su permanente aliento y apoyo, el proyecto no habría podido realizarse. Las conversaciones con Juan Antonio Guerrero SJ han consolidado, desde hace muchos años, mi vocación filosófica y mis creencias religiosas en un horizonte de libertad. Su fe en los seres humanos ha sido siempre un ejemplo para mí. Miguel García-Baró ha marcado lúcidamente mi comprensión del pensamiento hebreo contemporáneo, mi visión de la Shoah y mi valoración crítica de la filosofía de la religión en clave fenomenológica. Alicia Villar contribuyó a que desarrollase una lectura abierta de la Ilustración y su herencia. Carlos Prieto se comprometió con entusiasmo y convicción con la posibilidad de que mi retorno a Comillas se concrete. Tuve el privilegio y el honor de ser interpelado por un tribunal sumamente exigente y riguroso, conformado por extraordinarios profesores e investigadores: Carlos Thiebaut, Miguel García-Baró, Alicia Villar, Antonio García Santesmases, Agustín Serrano de Haro. Sus preguntas y cuestionamientos me señalan nuevos escenarios de reflexión en el tema del discernimiento práctico en Taylor y – ciertamente - más allá de él.

Quiero ahora mencionar a mis queridos amigos comillenses, mis amigos de toda la vida, con los que compartí tiempo de lectura pero también mucha conversación y vida diaria.. Ahora que veo las cosas con más cuidado, me parece natural la conexión existente entre haber escogido como tema de tesis el examen de la dimensión narrativa del discernimiento y de la vida buena y el hecho de que mis mejores amigos en mis años como alumno del Doctorado en Comillas fuesen connotados estudiantes de psicología y de trabajo social. Aunque tuve muy buenos amigos entre los doctorandos de filosofía, entablé una amistad muy sólida y enriquecedora con un entrañable grupo de alumnos de estas especialidades, quienes suscitaron mi interés intelectual y vital en la dimensión orientadora y terapéutica de los relatos y en el cultivo de la solidaridad con los excluidos. Aunque es cierto que en Lima ya había tomado contacto con dichas cuestiones, el impulso que este pequeño y entrañable grupo de amigos le dio a mi reflexión sobre el asunto fue decisivo y dejo constancia de ello aquí. Noé Palomeque es hoy un trabajador social y abogado que ha comprometido su vida con la calidad de la existencia de los inmigrantes en Madrid. Es, y ha sido siempre, un combatiente espiritual y moral con la causa de los pobres, un Quijote de la justicia social. Luis Granell es hoy un destacado terapeuta interesado en las dolencias psíquicas de mayor gravedad, que espero combine esta poderosa vocación con la vida académica, para la que tiene un enorme talento. Carlos Pitillas es hoy un notable investigador dedicado al análisis de los vínculos afectivos en la primera infancia; recientemente, la Universidad le ha confiado el dictado de un curso muy importante, Psicoanálisis. Es un joven intelectual muy esforzado y lúcido. David Soler es un psicólogo burgalés especializado en conciliación y terapias alternativas, y cultiva una sabiduría festiva que constituye una auténtica forma de cuidado del alma. Elena Contreras y Alejandra García han dejado constancia de la intensa conexión entre la vocación psicológica, la empatía y la adquisición de un sentido para la vida. Cuca Berástegui Pedro-Viejo es hoy una investigadora en psicología muy rigurosa y creativa, que dirige investigaciones doctorales en el campus y está dedicada al estudio de los vínculos afectivos de la edad temprana. Rafa Jodar se ha convertido en un venerable profesor comillense, un referente para la Universidad por su dedicación y rigor conceptual. Lourdes Mayor, de psicología, y Macarena Verástegui, de trabajo social, demuestran que la juventud y la madurez intelectual pueden ir perfectamente de la mano.

Su aprecio, su lucidez y sentido del humor han contribuido a que Madrid sea, nuevamente, un verdadero hogar para mí. Un recinto de realización y cuidado de lo importante para la vida. Aristóteles tenía razón cuando sostenía que la amistad nos constituye como seres capaces de pensar y actuar. Agradezco a mis compañeros comillenses de mis años de estudio por el milagro de la amistad real e imperecedera. Aquella fraternidad que potencia la producción de conocimiento y que sobre todo configura una vida significativa.

jueves, 27 de diciembre de 2012

LA FILOSOFÍA COMO VOCACIÓN




Gonzalo Gamio Gehri

La pregunta acerca de qué es la filosofía y qué podemos hacer con ella constituye una cuestión de difícil solución. Yo me inclino por una interpretación “socrática” de la filosofía, como una actividad que consiste en examinar críticamente las suposiciones y los juicios con los que se pretende organizar el mundo u orientar la vida. Es obvio que ésta no es la única concepción de la filosofía a la que uno puede recurrir, pero tiene la ventaja de situar la filosofía en el espacio más amplio de la discusión pública, no sólo se la plantea como una dimensión importante de la vida universitaria. Su lugar está en las calles – como Sócrates quería – y no sólo en las aulas de una especialidad académica. Su misión es contribuir a construir (o preservar) el ágora, el espacio de conversación.

El desarrollo estrictamente académico de la filosofía me parece fundamental – y es una parte esencial de mi vida como investigador y profesor universitario -, pero sería insensato renunciar sin más a la dimensión pública de la filosofía, concebida como una forma de interrogación y como vindicación de una ‘vida examinada’ (a la que contribuyen asimismo las demás ciencias). No creo sensato ni sano pensar en la filosofía solamente como una actividad autárquica e hiperesécializada. Veo que algunos espacios filosóficos virtuales (en su mayoría blogs) se complacen en esa autosuficiencia; en otros veo simple y llana confusión: hace poco leí en un enrarecido blog, supuestamente "postmoderno", que su dueño afirmaba absurdamente que lo que buscaba era fundamentalmente “hacerse famoso con la filosofía”. La verdad es que  la magnitud del patetismo y la banalidad de aquel despropósito me desconcertó - pues ya rozaba lo caricaturesco -; si algo brillaba por su ausencia en esa desorbitada declaración, era precisamente la disposición para la filosofía ¿Quién elige estudiar filosofía para hacerse " famoso"? No pude evitar pensar que – si lo que buscaba era un poco de fama – quizás esa persona debió esforzarse por convertirse en presentador de TV, postular al Congreso, o participar en un Reality Show. La filosofía no va por allí; sirve a otra clase de propósitos. 

La filosofía se ocupa del examen crítico de diversas formas de interpretación del mundo y la vida, tanto en el ámbito público como en el de los diferentes escenarios de la vida de uno mismo. El esclarecimiento de la experiencia (la “cosa misma” de Hegel y de Husserl) siempre fue un propósito filosófico fundamental. Constituye un error considerar que la filosofía consiste en un estudio doxográfico, saber y discutir qué pensaban realmente Herder,  Murdoch y Wittgenstein, y otros. Evidentemente, quien se forma en este campo requiere conocer con precisión el pensamiento de éstos autores y otros, pero se trata sólo de una herramienta para adentrarse en los problemas. Dialogar con la tradición filosófica nos prepara para desarrollar la capacidad de plantear y responder nuestras propias preguntas filosóficas. Eso lo aprendí de la lectura directa de los filósofos, y también del buen ejemplo de mis maestros, que promovían a la vez el conocimiento de las fuentes y el cultivo del pensamiento propio. Cuando algunas personas me preguntan las razones por las que yo y muchos colegas no solemos “hablar de filosofía” fuera de clase – en reuniones informales, por ejemplo -, lo que yo suelo decir es que lo que no hacemos es recordar explícitamente las citas bibliográficas de los filósofos – eso no equivale estrictamente a hablar de filosofía -, pero que quien tiene genuina vocación hace filosofía siempre, cuando conversa sobre política o comenta novelas o películas, no exclusivamente cuando uno hace referencias explícitas a la filosofía bosquejada por especialistas. La atención a los problemas mismos, la devoción por el argumento riguroso, constituyen el rasgo de identidad propio de la filosofía.

¿La filosofía es un “trabajo”, es una “actividad profesional”? Bueno, existe una especialidad académica, y existen personas que – como yo mismo – se dedican a la docencia universitaria en esta materia. Considero que la enseñanza filosófica es un honor y un privilegio. Una vocación con todas sus letras. Pero también la filosofía es una forma de vida que te acompaña donde estés, dentro y fuera de las aulas. No es un "oficio"  , un "trabajo" más que uno ejerce la mitad del día, es un modo de pensar y de encarar el mundo. Quien afirma que la universidad es el único espacio de la filosofía no expresa una verdad; olvida precisamente el núcleo de la herencia socrática; recordemos asimismo el elemento actitudinal y práctico de la filosofía. Es preciso reconocer la filosofía como una actividad crítica y no confundirla con alguna forma de doctrina (religiosa, ideológica o de cualquier especie) que la distorsione sin remedido. Como indica la Apología de Sócrates, la filosofía constituye el tábano que aspira a promover el despertar de la razón en la vida de la gente.


sábado, 23 de enero de 2010

UNA BREVE NOTA SOBRE LA VOCACIÓN FILOSÓFICA. ALGUNOS RECUERDOS PERSONALES



Gonzalo Gamio Gehri



Permítanme una reflexión más personal, y hacer un breve intermedio autobiográfico. Hace unos días dicté una breve conferencia sobre la elección de la especialidad de filosofía en el contexto del ingreso a la Universidad y el inicio de estudios universitarios. En tiempos en que el sistema capitalista avanzado y las ideologías del "éxito" y el consumo describen como real y valioso sólo aquello que se puede medir y contabilizar en dinero, invitar a jóvenes de diecisiete años a estudiar filosofía equivale a sugerirles que naden contra la corriente. Y así es. Así ha sido desde Sócrates, el sabio que fue condenado por su pólis por promover el examen crítico de los estándares públicos de lo bueno y sagrado. Desde los griegos, la filosofía ha sido una actividad racional radical y contracultural. Esa es su marca de origen. En buena hora.

Mientras me dirigía a este joven auditorio, recordaba mi propio proceso de discernimiento vocacional. Cuando salí del colegio (mi quinto de secundaria lo hice en 1987), mis intereses intelectuales eran básicamente literarios y políticos. Era un entusiasta de la lectura. Devoraba libros. Me planteé estudiar Derecho en la PUCP – mi padre es abogado de la PUCP -, pues no tenía ninguna duda respecto a la universidad en la que quería estudiar. Efectivamente, ingresé a la PUCP en 1988, con diecisiete años, la única universidad peruana en la que he estudiado. No obstante, nunca llegué a estudiar dicha especialidad; de hecho, no llegué a pisar nunca una facultad de derecho, porque los dos años de Estudios Generales me llevaron a cambiar mi área de interés hacia la filosofía. Me di cuenta que lo que yo buscaba - elaborar una reflexión ‘desde los fundamentos’ en torno a la justicia y lo bueno - lo encontraría en las aulas de filosofía, y no entre los juristas (apenas llevé Introducción al Derecho en mi segundo ciclo de Letras). Hice mi cambio cuando apenas estaba en el segundo semestre de los Estudios Generales Letras. Una oportuna decisión.

¿Qué me motivó tomarla? En 1989 – un año de profundos cambios en el mundo, dicho sea de paso – llevé el curso de Ética con el Luis Bacigalupo. Me impresionó la profunda reflexión de G.E. Moore sobre el sentido del concepto de “bien” en Principia Ética, y luego las discusiones en clase en torno al juicio a Eichmann sobre la base de los planteamientos de Aristóteles y Kant. Ese curso marcó de manera irreversible mi viraje hacia la filosofía. Allí descubrí mi interés permanente por la filosofía práctica. De hecho, dicto esa misma asignatura en la PUCP. Los cursos de Filosofía I y II con Kathia Hanza y Cecilia Monteagudo fortalecieron mi decisión. Allí tomé un primer contacto universitario con los presocráticos, Platón, Hegel y Marx, entre otros pensadores.

Confirmó definitivamente mi vocación el curso de Filosofía 3, con Rosemary Rizo-Patrón. Era la primera vez que se dictaba. Recuerdo gratamente el gran talento especulativo y la energía crítica desplegados en la presentación y el riguroso análisis de la obra de Dilthey, Husserl, las Escuelas neokantianas. Fue un magnífico curso. De hecho, esas clases me llevaron a descubrir en la fenomenología de Husserl, una fuente de inspiración fundamental. Asumí la convicción de que constituye una locura pretender aproximarse a las filosofías de Heidegger, Gadamer o Sartre sin tener una sólida base husserliana. Sin aquella base, los lectores del existencialismo o la hermenéutica (1) caen casi inexorablemente en una situación de completa indefensión conceptual, comparable a la que padecen los marxistas que no han pasado realmente por Hegel. Husserl se convirtió para mí en un interlocutor fundamental. Leí varias obras suyas. Antes de ingresar a la especialidad – tenía diecinueve años entonces, era el año del temible fujishock -, La filosofía como ciencia estricta era mi libro de cabecera. Hoy sigue siendo uno de mis libros favoritos. Luego, en los años de la Facultad de Filosofía, llevé el extraordinario Seminario de Hegel: Fenomenología del Espíritu con Miguel Giusti- que fue decisivo para mi formación - y otros cursos que también me marcaron especialmente (en los que pude discutir El Sofista de Platón, los Manuscritos de Marx, etc.). Tanto en la PUCP como en la U. de Comillas - en los cursos de Doctorado - he tenido profesores de primera, a quienes debo mucho. Pero eso es materia de otra historia que contaré otro día, pues hoy me estoy concentrando en los dos primeros años de vida universitaria, en E.E.G.G. Letras, años de descubrimiento de la filosofía.

Gracias a Dios, mi cambio de interés profesional no supuso ninguna convulsión en mis relaciones familiares. Mis padres me apoyaron en todo momento. Sé que muchos jóvenes no tienen esa suerte, y lo tengo en cuenta cuando me dirijo a ellos para hablarles sobre la vocación filosófica. Cuando algunos alumnos me cuentan acerca de sus dudas vocacionales, la incertidumbre frente al futuro, etc., suelo decirles lo siguiente, en versión resumida. El sentido de incertidumbre frente al futuro constituye una disposición que no podemos anular bajo ninguna situación; es una disposición básica de la condición humana. Ninguna potencial elección profesional está libre de una inseguridad natural frente a un mundo laboral complejo y precario. Ninguna, ni la que se orienta a la ingeniería informática. Lo que uno tiene que elegir es una gran pasión. Discernir para reconocer que actividad uno disfruta más, al punto que podría aspirar a dedicarse a ella de un modo permanente. Les digo que honestamente no si existe un “lugar” como el Infierno, pero que pienso que, probablemente, lo más cercano al 'Infierno' - al menos en una de sus descripciones tradicionales - sea tener que levantarse cada día para trabajar de 8 a.m. a 5 p.m. (por lo menos) en algo que a uno le desagrada. Lo mejor es tomarse un tiempo para discernir, y elegir una gran pasión. Y dar el salto. Punto.

En fin. Creo que mi decisión fue acertada; que, al menos en mi caso, elegir una gran pasión fue una buena idea. Pero tomar esta clase de decisiones toma tiempo, sin duda. A veces pienso que los jóvenes toman esta clase de decisiones demasiado pronto. Por eso los Estudios Generales que brindan universidades como mi Alma Mater - y en otras pocas, como la propia UARM - son tan importantes: nos permiten descubrir nuevas ciencias y nuevas formas de expresión, y nos ayudan a deliberar y elegir un camino personal en mejores condiciones. Espero, en todo caso, que a los muchachos de mi auditorio les haya sido útil esta pequeña reflexión sobre el asunto.



(1) Por supuesto, no estoy considerando a Heidegger un "existencialista" - etiqueta que el rechazó en Carta sobre el Humanismo -. Heidegger en un autor que se resiste sabiamente a cualquier clasificación. Lo que no puede ponerse en duda es la notable influencia que ejerció sobre la 'fenomenología hermenéutica' desde los treintas en adelante.