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martes, 25 de enero de 2011

BIENVENIDOS A LA DICTADURA DEL TC Y DE LO JURÍDICO POR SOBRE LO POLÍTICO (JORGE HUMBERTO SÁNCHEZ PÉREZ)



A continuación, les presento el artículo de Jorge Sánchez Pérez, joven académico del derecho – formado en la PUCP -, egresado de la maestría de Filosofía de la UNMSM. El escrito versa sobre el TC y el caso Crousillat. Bienvenidas las reflexiones y críticas sobre este importante asunto (G.G).



BIENVENIDOS A LA DICTADURA DEL TC Y DE LO JURÍDICO POR SOBRE LO POLÍTICO



Jorge Humberto Sanchez Perez



Un escandaloso indulto otorgado por el presidente Alan García a José Enrique Crousillat mediante Resolución Suprema Nº 285-2009-JUS, fue la comidilla de la prensa local por buen tiempo. Tal tema se constituyó como fuente inagotable de titulares por parte de los medios informativos locales en el Perú (tan sumisos con todos los regímenes de turno hasta que les eliminan los beneficios tributarios, pero esa es otra historia). El fundamento de dicho indulto no fue otro que el frágil “estado de salud” del indultado. Es decir, Crousillat estaba (según decían los informes médicos) con un pie en la otra vida y otro con las justas en el mundo de los vivos. Tal situación era utilizada como argumento por su abogado y sus familiares cuando mostraban las fotos del pobre hombre con un rostro agónico postrado en su cama de la clínica el Golf.

Sin embargo, el frágil “estado de salud” del señor Crousillat se vio desmentido cuando se le vio comprando en el supermercado Wong ubicado en el balneario de Asia con un atuendo deportivo a los pocos días de recibir el indulto presidencial. Tal situación no hubiera calado tanto en la voluble y maleable memoria local, si es que El Comercio (en conjunción con sus sucursales en Perú 21 y América TV) no hubiera lanzado una campaña crítica contra el indulto otorgado (no digamos que tuvo relación directa con el hecho de que lo primero que haya hecho Crousillat al salir de prisión haya sido querer recuperar el canal cuatro que ahora está en manos de El Comercio, pero… digamos que se metió con el adversario equivocado en el momento equivocado).

Gracias a la campaña mediática realizada en nombre de la ética (y no digamos de los ánimos mantener el control del canal 4) se logró que el Presidente Alan García diera marcha atrás y revocara el dudoso pero constitucional indulto otorgado a Crousillat. Tal revocación se hizo oficial mediante la Resolución Suprema Nº 056-2010-JUS. Muy bien, el señor Crousillat es tan culpable de todos los delitos por los cuales se le encarceló como lo es la luna de ser redonda, de eso no queda duda y eso no se pone en discusión, sin embargo acá estaba en juego algo más.

El indulto, con todo lo oscuro que pueda haber ocurrido en el proceso requerido para el otorgamiento, se dio en base al ejercicio de una potestad constitucionalmente reconocida del Presidente. Tal potestad se puede rastrear hasta aquellos tiempos en los cuales el rey ejercía tanto la función del reinado como la del gobierno, dejando esta situación su discrecionalidad a niveles básicamente ilimitados. Más allá de estar de acuerdo o no con tal potestad o de indagar en la idea de que existe o no una ley natural que generaba en el rey un derecho a ejercer su discrecionalidad como le viniera en gana – o de si se trata de una institución desfasada, de una reliquia de una civilización extinguida -, se debe reconocer el hecho de que la Constitución Política del Perú mantenía tal institución vigente dentro del ordenamiento jurídico, siendo por tanto, vinculante para todos.

El día de hoy, martes 25 de enero del 2011, el Tribunal Constitucional del Perú se ha pronunciado acerca de la revocatoria del indulto (sentencia recaída en el expediente N.° 03660-2010-PHC/TC), en tanto el abogado del señor Crousillat interpuso un Habeas Corpus (recurso mediante el cual se solicita a la autoridad competente la liberación o garantía inmediata de la libertad de un ciudadano detenido o con mandato de detención, sin mediar respeto al principio de legalidad y demás principios vinculantes dentro del ordenamiento jurídico) en función de que no se vulnera la libertad de su cliente al estar la institución de la cosa juzgada de por medio. Muy bien, el abogado del señor Crousillat no estaba mintiendo. La Constitución Política del Perú sí otorga calidad de cosa juzgada al indulto presidencial, el mismo que es recogido en el inciso 13 del artículo 139° de la misma. Esto implicaba, que sobre ese tema, no cabía pronunciamiento posterior de autoridad judicial.

En la resolución del TC, el denominado máximo intérprete de la constitución, acaba de indicar que SÍ, el Presidente (entidad de carácter político) puede otorgar el indulto pero NO, no puede revocarlo, pero que sin embargo el propio Tribunal Constitucional (entidad de carácter jurídico) SÍ puede revocarlo, porque nada está libre del control constitucional (o mejor dicho del control del Tribunal Constitucional pero bueno), ni la misma cosa juzgada. Esto tiene una lectura interesante, el Tribunal Constitucional está diciendo que el mismo Tribunal Constitucional está por encima de la entidad política y de la propia Constitución, en función de proteger, valga la ironía, a la constitución. Esto, en cristiano, viene a significar que (y lo lamentable es poca gente se dará cuenta de esto) el Tribunal Constitucional se acaba de colocar por encima de cualquier entidad política, subordinando lo POLITICO a lo JURÍDICO.

Muy bien, más allá de si uno está de acuerdo o no con la entidad política que ha sido AUTORIZADA para detentar el PODER en un régimen u otro, se debe tener en claro que todas estas entidades, han sido AUTORIZADAS ya sea por la voluntad popular, ya sea por la voluntad de dios (pero nunca por la propia) para llevar a cabo el ejercicio de tal PODER. Entonces, una entidad que puede carecer de legitimidad (en tanto no ha sido autorizada para ello) para ejercer el poder en nombre del pueblo o de la autoridad que se represente (como por lo menos podría decirse del Presidente electo democráticamente o de emperador subordinado a un senado constituido por miembros de una aristocracia tradicionalista o cualquier otro modelo que se pueda alegar) acaba irrogándose todos los poderes del Estado y una superioridad peligrosamente atractiva (principalmente para aquellos que están muy confiados en la idea de que el sistema jurídico es independiente del sistema político).

Estamos, entonces, ante el surgimiento de un nuevo tipo de dictadura, la dictadura de los tribunales constitucionales, bienvenidos al siglo XXI. No sé si Hans Kelsen haya pensado en esto al proponer al Tribunal Constitucional como último ejemplo de la su teoría liberal del Estado y del Derecho, pero seguramente debe estar sonriendo en su tumba.

sábado, 15 de mayo de 2010

JESÚS MOSTERÍN, LA TAUROMAQUIA Y EL SUFRIMIENTO ANIMAL


Gonzalo Gamio Gehri

Hace unas semanas, el filósofo español Jesús Mosterín publicó un nuevo artículo en El País sobre la tauromaquia y el sufrimiento animal, El triunfo de la compasión. Como se sabe, en la Generalitat de Cataluña se ha planteado la abolición de las corridas de toros. Mosterín sostiene – siguiendo a David Hume y, a pesar suyo, a Richard Rorty – que la compasión constituye un sentimiento moral superior, y que su promoción constituye un insoslayable signo de desarrollo moral en las personas. La capacidad para la empatía y la disposición para la reducción del sufrimiento constituyen formas inequívocas de excelencia humana. Afirma que la disposición a sentir con el otro que sufre no sólo debe tener como destinatario a todo bípedo implume, sino también a los animales no humanos. Aduce que el sufrimiento inducido de los toros en el ruedo es una inaceptable expresión de crueldad. En pleno siglo XXI no podemos admitir el sufrimiento animal por motivos rituales.

Hace mucho tiempo que algunos buenos amigos me piden que me pronuncie sobre la tauromaquia. Hace poco tuve la oportunidad de leer unas interesantes reflexiones de algunos de mis profesores y colegas de la Universidad sobre este escrito de Mosterín, que me llevan a escribir estas líneas. Lo primero que tendría que decir es que nunca he sentido entusiasmo alguno con las corridas de toros. Me parece, efectivamente, un espectáculo cruel. No encuentro allí “espiritualidad” alguna, aunque conozco a algunas personas que vibran con los toros. No me resulta para nada edificante la tortura pública de un animal por razones de entretenimiento o por alguna suerte de “catarsis (emotiva)”. Así como las peleas de perros están prohibidas, pienso que podría promoverse la abolición de la tauromaquia. Es verdad que muchos interpretan las corridas de toros como la expresión de la antigua imagen de la lucha entre el hombre y la bestia, una imagen que hunde su raíces en el mito (p.e., Teseo y el terrible Minotauro de Creta). No obstante, creo que existen maneras más saludables de concebir la relación entre el animal humano y los demás animales. San Francisco de Asís y San Patricio describían a los animales no humanos como nuestros “hermanos menores”. Y los budistas condenan el trato cruel contra todo ser vivo. Podemos construir narrativas menos violentas acerca de nuestra relación con la naturaleza.

Se objetará que plantear esta posición resulta incoherente si uno no es vegetariano (¿o incluso “frutariano”?). Algunos sostienen que, si te gustan las hamburguesas o el cebiche ¿Con qué autoridad moral condenas la tauromaquia? Admito que quizás la mejor forma de combatir coherentemente el sufrimiento animal - en un nivel personal - es cambiando de hábitos alimenticios. Ello nos permitiría formular el asunto de un modo más universal, en términos de los ‘derechos de los animales’. Sin embargo, considero que algo anda mal con ese argumento. Es puramente defensivo, pues sólo apunta a señalar las contradicciones del crítico (“si eres carnívoro promueves el sufrimiento animal”) con ánimo de silenciarlo, antes que justificar el valor positivo de las corridas de toros. Recientemente, tanto Fernando Savater como Mario Vargas Llosa han esbozado esa clase de argumentación, indicando la crueldad promovida por la industria alimentaria y la gastronomía de alto nivel. Mosterín les responde de una manera que no puede ser desestimada con facilidad.

“Ambos autores insisten en el argumento inválido de que también hay otros casos de crueldad con los animales, lo que justificaría la tauromaquia. Savater nos ofrece una larga lista de maltratos a los animales, remontándose nada menos que al sufrimiento infligido por Aníbal a sus elefantes cuando los hizo atravesar los Alpes. En efecto, debieron de sufrir mucho, pero no más que los soldados, la mayoría de los cuales no lograron sobrevivir a la aventura italiana del caudillo cartaginés. Si esto fuese una justificación del maltrato animal, también lo sería del maltrato humano y de la agresión militar. Vargas Llosa pone el ejemplo de la langosta arrojada viva al agua hirviente para dar más gusto a ciertos gourmets. Esto justificaría las corridas, pues también las langostas sufren. También es cruel la obtención del foie-gras de ganso torturado, pero por eso mismo el foie-gras ya ha sido prohibido en varios Estados de EE UU y en varios países de la UE. En cualquier caso, sabemos que los toros sienten dolor como nosotros, pues el sistema límbico y las partes del cerebro involucradas en el dolor son muy parecidos en todos los mamíferos. El neurólogo José Rodríguez Delgado hizo sus famosos experimentos para localizar los centros del placer y el dolor en el cerebro de toros y hombres y no encontró diferencias apreciables. Desde luego, el mundo está lleno de salvajadas y crueldades contra los animales humanos y no humanos, pero este hecho lamentable no justifica nada.”

Los defensores de la tauromaquia con frecuencia apelan a la tradición como posible fuente de justificación de esta práctica, que describen como muy española, como una especie de celebración ritual de nuestra hispanidad. Sabemos que la invocación a la "tradición" no constituye una razón convincente para preservar costumbres que empezamos a cuestionar en virtud de buenos argumentos, y que ella por sí misma no constituye una fuente de legitimación moral[1]. El propio Aristóteles concluye en la Política que “en general, todos los seres humanos buscan no la forma en que vivían sus ancestros, sino el bien”. Una cita importante, reveladora, sin duda. En una época era “muy griego” sacrificar cabras a los dioses, y “muy azteca” realizar sacrificios humanos. Hoy los habitantes del Peloponeso y del Golfo de México han asumido otras prácticas. El cuestionamiento racional contribuye a modificar las tradiciones, incluso a abandonarlas, si sus usuarios llegan a encontrarlas arbitrarias, destructivas o potencialmente empobrecedoras.

“Se aduce que la tauromaquia forma parte de la tradición española, como si lo tradicional fuera una justificación ética, lo que obviamente no es. Todas las costumbres abominables, injustas o crueles son tradicionales allí donde se practican. Vargas Llosa siempre ha polemizado contra la corrupción y la dictadura en América Latina, pero ambas son desgraciadamente tradicionales en muchos de esos países. También ha puesto a Chile como ejemplo a seguir por los demás países sudamericanos. Pero Chile prohibió las corridas de toros hace ya dos siglos, el mismo día y por el mismo decreto que abolió la esclavitud”.

Algunas tradiciones desaparecen para bien. Por otro lado, es evidente que las tradiciones no permanecen inalterables, sino que están expuestas a la revisión crítica y al cambio social. Incluso las corridas de toros han afrontado modificaciones.

“Antes los caballos salían a la plaza de toros sin protección alguna y durante la suerte de varas casi siempre acababan destripados y con los intestinos por el suelo. Por otro lado, como los toros no querían combatir y huían, les introducían en el cuerpo banderillas de fuego (petardos que estallaban en su interior y desgarraban sus carnes), a ver si así, enloquecidos de dolor, se decidían a embestir. En 1928 al general Primo de Rivera se le ocurrió invitar a una elegante dama parisina, hermana de un ministro francés, a una corrida de toros en Aranjuez. Cuando la dama empezó a ver la sangre brotar a borbotones, los intestinos de los caballos caer a su lado y los petardos estallar dentro de los toros, casi le dio un patatús de tanta repugnancia e indignación como le produjo el espectáculo. El general, avergonzado, ordenó al día siguiente que se cambiase el reglamento taurino, suprimiendo los aspectos que más pudieran escandalizar a los extranjeros, a quienes se suponía una sensibilidad menos embotada que a los aficionados locales”.

Otro argumento recurrente indica que los toros de lidia, una vez abolida la tauromaquia, estarían condenados a la extinción. Mosterín no tarda en enfrentar este punto de vista:

Los toros pertenecen a la misma especie que las vacas lecheras, aunque no hayan sido tan modificados por selección artificial. Son herbívoros y rumiantes, especialistas en la huida, no en el combate, aunque en la corrida se los obligue a defenderse a cornadas. Los taurinos dicen que la tauromaquia es la única manera de conservar los toros "bravos". Pero hay una solución mejor: transformar las dehesas en que se crían (a veces de gran valor ecológico) en reservas naturales. Algunos añaden que, puesto que no se ha maltratado a los toros con anterioridad, hay que torturarlos atrozmente antes de morir. ¿Aceptarían estos taurinos que a ellos se les aplicase el mismo razonamiento?

En fin. Encuentro el texto de Mosterín interesante e importante, a pesar de que el tema no deja de ser controversial. Todavía muchas personas insisten en que la compasión es una emoción que sólo corresponde expresar – en el mejor de los casos - en el contacto interhumano. Asimismo, consideran que la crueldad sólo puede practicarse contra los seres humanos. No soy de esa opinión. Ya continuaremos con el tema más adelante, pues esta es una nota preliminar sobre este asunto. Las reflexiones de Mosterín, en todo caso, constituyen un buen punto de partida para examinar este problema en nuestro medio.

La imagen ha sido tomada de aquí.


[1] Como puede apreciarse, reaparece – una vez más – el conflicto entre el tradicionalismo y la “vida examinada”: el pathos de Aristófanes contra el de Sócrates.