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miércoles, 10 de febrero de 2010

AUSCHWITZ Y EL PROBLEMA DE DIOS




Gonzalo Gamio Gehri


“¿Dónde está Dios?” es la pregunta que muchas víctimas de un sufrimiento injusto e intencionalmente producido, se formulan. Auschwitz se ha convertido en el símbolo de las situaciones de violencia y crueldad que los seres humanos pueden llegar a generar, en condiciones de un aparente ‘abandono de Dios’. Efectivamente, sólo en los campos de Auschwitz murieron aproximadamente un millón y medio de judíos, condenados a una muerte prematura por el mero hecho de serlo, sin distinción de sexo o de edad, en plena “época de la ciencia”. Muchos testigos de estos horrores llegaron a la conclusión de que, o Dios no existía, o que se le percibía como ausente. La misma expresión HolocaustoShoah en hebreo - tiene connotaciones espirituales, pues alude al sacrificio de la víctima inmolada en un rito religioso.

Este hecho constituye un escándalo para la razón humana, y también para la fe. Desde el punto de vista del pensamiento religioso, el tema del sufrimiento del inocente nos introduce en el problema de la teodicea, la cuestión de la existencia y sentido de una “justicia divina” ¿Es consistente la idea de un Dios omnipotente e infinitamente bueno con la manifiesta injusticia e inhumanidad practicadas en Auschwitz? Algunos teólogos y filósofos han considerado que Dios se abstiene de intervenir por respeto a la libertad humana, que hace posible que el hombre realice acciones de todo calibre, desde el sacrificio altruista hasta los crímenes más despiadados. Otros intelectuales han sugerido que la idea de un ser supremo no es compatible con los sucesos de la Shoah, que este es un indicio claro de la inexistencia de Dios. El notable filósofo judío Hans Jonas ha sostenido, por su parte, que la única alternativa que le queda al creyente que pretende preservar su fe consiste en renunciar a concebir a Dios como un ser omnipotente.

Lo acontecido en Auschwitz no sólo desafía nuestra idea o experiencia de Dios, también desafía nuestra percepción de la condición humana. También podemos preguntarnos “¿Dónde estaba el ser humano?” en medio de la inhumanidad de los campos de concentración. Auschwitz nos interpela acerca de nuestra disposición a la caída, nuestra posición respecto al imperativo de cuidar la integridad del otro. “A la vista de aquel horror”, comenta el teólogo católico Johann Baptist Metz, “ya nadie sabía dónde tenía la cabeza o le latía el corazón”. Metz ha convertido la Shoah en el motivo central de su quehacer teológico, y ha planteado la necesidad de configurar una cultura de la memoria, que rescate el testimonio de quienes han sido y son víctimas de exclusión y violencia como fuente de reconstrucción histórica. Se trata de garantizar en la práctica que lo que se vivió en Auschwitz no se repita jamás. Metz no renuncia al cultivo de la fe, la esperanza y el amor, pero sí a una imagen abstracta - e indolora - de la religión.

El problema de la teodicea evoca sin duda la Pasión y muerte injusta de Jesús de Nazaret - una víctima inocente – y nos remite a la reflexión teológica acerca de si su dolor era o no necesario para el cumplimiento de un detallado Plan de redención universal. Sin embargo, el tema del sufrimiento del inocente no es sólo una preocupación exclusivamente judeocristiana. He tenido la oportunidad de conversar sobre el tema con diversos profesores del Diplomado de Humanismo y Mística de la Universidad A. Ruiz de Montoya – versados en el legado de la mística oriental y occidental -, que ponen en evidencia la preocupación permanente en diversas tradiciones religiosas, literarias y filosóficas por echar luces sobre este problema.

Evidentemente, las respuestas que podamos aportar acerca del problema del sufrimiento injusto y su vínculo con lo divino no pueden ser concluyentes; son sólo rutas posibles de reflexión. Pistas que fortalecen nuestro anhelo de verdad, nuestra creencia en el Amor y nuestro sentido de justicia. Se trata de un problema humano que roza la condición de misterio. Por eso nos conmueve. Por eso reaparece luego de que se hacen trizas las seguridades teológicas o metafísicas de quien creyó dar una respuesta definitiva sobre este delicado asunto. Se trata de un problema que involucra a la vez nuestra relación con nuestras imágenes de lo divino y la relación con la comprensión de nuestra propia humanidad. Plantear esta importante cuestión tiene un valor intrínseco, más allá de la precariedad de nuestras respuestas. Como dice el propio Metz, “hay preguntas para las que no (se) tiene respuestas, pero sí un lenguaje, un lenguaje, a su vez, con preguntas a Dios. Así es como yo, en cualquier caso, entiendo la llamada cuestión teodiceica”.


Publicado en El Comercio el 5 de marzo con el título ¿Dónde está Dios?




Imagen tomada de aquí.

jueves, 14 de enero de 2010

NAVEGAR CONTRA LA CORRIENTE: DERECHOS HUMANOS, ANTIHISTORIA, CRISTIANISMO*



Gonzalo Gamio Gehri


El punto de partida de cualquier enfoque de derechos humanos es un sentido básico de justicia e injusticia. La percepción del ser humano como un ser intrínsecamente digno, fin y no exclusivamente medio de transacciones y arreglos sociales y políticos, constituye el derrotero conceptual hacia tal sentido de justicia. Se trata de un terreno común en las concepciones ilustrada y cristiana de la persona. Como señalábamos en el post anterior, los cristianos describen a los seres humanos como seres creados por un Dios amante, los filósofos del siglo XVIII, por su parte, consideraron que el hombre es esencialmente un animal capaz de actuar conforme a principios que pueden ser cimentados y examinados en virtud del trabajo de la razón. No se trata de interpretaciones que necesariamente se excluyan entre sí. De hecho, muchos de nosotros suscribimos ambos puntos de vista sin mayores dificultades de orden conceptual.

La violencia física y psicológica (violencia directa) la opresión socioeconómica y la represión política (violencia estructural), la discriminación y el falso reconocimiento (violencia simbólica) son formas expresas de lesión de esa dignidad[1]. Para el pensamiento ilustrado se trata de modos de instrumentalización y cosificación de los agentes racionales. Para la tradición judeocristiana, se trata de ofensas contra la integridad del hombre y contra Dios. Voy a detenerme ahora en el examen de algunos elementos del cristianismo que encuentro especialmente relevantes para la defensa de los derechos humanos.

Al pensamiento judeocristiano subyace una ética del encuentro con el otro. Incluso conceptos aparentemente abstractos como ‘verdad’ (en hebreo, emeth) tienen en el universo hebreo y cristiano una connotación claramente intersubjetiva. El término emeth alude a la actitud de fidelidad y confianza en una relación yo-tú que constituye un “nosotros” concreto. Actuar conforme a la verdad implica actuar en el horizonte de los términos de la Alianza de Dios con su Pueblo, fiándose de la Promesa del Padre. La verdad no nos remite a la relación con un objeto o con un contenido mental, sino a una relación dialógica con lo divino que se anticipa y concretiza en la relación interhumana; el sentido judeocristiano de lo verdadero “nos coloca en el ámbito de una relación entre personas”, sostiene Gustavo Gutiérrez, “y no entre personas y conceptos”[2]. Este interpretación encarnada de la verdad como forma de actuar con los otros se plantea en el Segundo Testamento en términos de la práctica de la caridad[3]. La concepción cristiana de la salvación no alude a la observancia de una doctrina, sino al cultivo del amor y el compromiso con el débil: dar de comer al hambriento, visitar al enfermo o al preso (Mateo 25). En esta línea de reflexión, la “medida” de nuestro amor a Dios es el amor al prójimo; Si uno dice “yo amo a Dios”, y odia a su hermano, es un mentiroso. Si no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve”[4].

La tradición judeocristiana ofrece una lectura de la historia centrada en el sufrimiento de las víctimas. “La religión verdadera y perfecta ante Dios nuestro Padre, consiste en esto: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus necesidades y no contaminarse con la corrupción de este mundo”[5]. Dios nos pide misericordia, no sacrificios. En las últimas décadas, importantes teólogos como Johann Baptist Metz y Gustavo Gutiérrez han destacado la centralidad del sufrimiento de quien es considerado in-significante en la historia espiritual que narra el cristianismo. Mientras el pensamiento europeo suele darle un lugar de privilegio a la perspectiva de los vencedores o a las hazañas de los héroes (Carlyle), o identifica la matriz de sentido en los conflictos políticos (Hegel) o económicos (Marx), la tradición judeocristiana le otorga un lugar especial a la perspectiva de quienes están expuestos injustamente a una muerte prematura: el pobre, el vencido, la víctima. Metz describe este enfoque como antihistórico. La ética cristiana tiene una veta profundamente contracultural, pues “nos obliga a contemplar el theatrum mundi no sólo partiendo de quienes han logrado sus objetivos, sino también desde el punto de vista de los vencidos y de las víctimas”[6]. Este enfoque entraña una ética de la memoria, en tanto el re-cuerdo del daño producido al otro nos invita a conjurar la injusticia, a proteger al débil y a ponerse en su lugar. Para Metz la memoria de Auschwitz constituye un referente fundamental para esta ética: “a la vista de aquel horror”, afirma en una entrevista, “ya nadie sabía dónde tenía la cabeza ni dónde le latía el corazón”[7]. Incluso desde un punto de vista litúrgico y sacramental, cada misa re-memora – y re-vive – el sufrimiento injusto de un inocente, el Propio Jesús de Nazaret, que padeció muerte de cruz. El cristianismo nos invita a ver en el otro que sufre el rostro del propio Cristo, y a actuar en su favor. La memoria del sufrimiento del inocente impulsa al creyente cristiano a comprometerse con el proceso de transformación de la condición injusta.

El cristianismo propone una ética de la compasión y de la no-violencia. La víctima es una criatura concreta, el sufrimiento que padece sólo puede ser comprendido de cara al contexto del daño padecido y sus secuelas. “Compadecerse” es sentir con el otro, ponerse en su lugar a partir de los recursos que nos ofrecen la imaginación y la reflexión. Sin la operación fundamental de la empatía no hay ética posible, ni en el nivel de la experiencia ni en el de la indagación. La empatía nos permite abrirnos a la vulnerabilidad del otro, así como des-cubrir nuevos aspectos de nuestra propia vulnerabilidad. Ese con-tacto interhumano fundamental puede poner en movimiento el ágape propiamente dicho.

El ágape – por definición – no tiene límites ni obedece a condiciones exteriores (1 Corintios 13). El prójimo es otro concreto, pero la condición de prójimo no está sujeta a restricciones. Las determinaciones de género, raza, cultura, sexualidad, situación legal no plantean limitaciones al cultivo del ágape. La radicalidad del mensaje trasciende el imperativo de la no-violencia. El Evangelio incluso ordena amar al enemigo, y no resistir a los malvados.

“Yo les digo a usteds que me escuchan: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen; rueguen por los que los maltratan”[8].

Una serie de argumentos, percepciones y valoraciones vinculan al cristianismo – en tanto concepción de la vida buena – con la causa universalista de los derechos humanos. Por supuesto, la fe cristiana también tiene otros importantes frentes que atender, tanto en lo espiritual como en lo ético (piénsese, por ejemplo, en las reflexiones de Benedicto XVI en la encíclica Caritas in Veritate sobre la necesidad de considerar en desarrollo en un sentido integral). No obstante, a la Iglesia le preocupa combatir la progresiva deshumanización presente en distintos ámbitos de la vida social contemporánea, las relaciones idolátricas y cosificantes que promueve la concentración de poder económico y político. En ese sentido, la construcción de una auténtica cultura de derechos constituye una de sus prioridades.




* Pasajes extraídos de la primera versión de un texto que será publicado en la revista Páginas.

[1] Sobre las formas de violencia, véase Galtung, Johan Paz por medios pacíficos Bilbao, Gernika Gogoratuz 2003 pp. 21 y ss.

[2]. Gutiérrez, Gustavo La verdad los hará libres Lima, CEP 2004 p. 131

[3] Kolakowski, Leszek “Jesucristo: profeta y reformador” en: Vigencia y caducidad de las tradiciones cristianas Buenos Aires, Amorrortu 1971 pp. 17 - 40.

[4] 1 - Juan 4, 20.

[5] Santiago 1, 27.

[6] Metz, J.B. ”El futuro a la luz de la Pasión” en: Concilium N° 76 (junio 72) p. 321.

[7] Cfr. Metz, J.B. y Elie Wiessel Esperar a pesar de todo Madrid, Trotta 1996 p. 33.

[8] Lucas 6, 27.

Imagen tomada de aquí.