domingo, 7 de octubre de 2007

LAS SENTENCIAS DE ZEUS SOBRE LOS "FALSOS PROFETAS"

Gonzalo Gamio Gehri


Ayer en Piura, el presidente ha señalado que el pueblo no debe de prestar oídos a aquellos "falsos cristos" y "falsos profetas" que consideran que la minería y la agricultura no pueden coexistir. Evidentemente García - alias "Zeus", según su entorno partidario más cercano - aludía con estas palabras al obispo Turley, al padre Marco Arana, a los jesuitas, a Radio Cutivalú y a otras personas e instituciones que desde la Iglesia y la sociedad civil han denunciado los peligros para las comunidades y el ecosistema que representa la actividad minera tal y como está siendo ejercida sin control de ninguna clase. Es sabido que el gobierno - en alianza con los sectores más conservadores de la clase política y empresarial - cocinó la ley anti-ONG con el objetivo de despejar el camino a las empresas mineras de aquellas instituciones que trabajaban con las comunidades en la defensa de su derecho a la vida y al trabajo (también para arrinconar a las organizaciones de Derechos Humanos, pero ese es otro tema).

Evidentemente, todos queremos que el desarrollo de la tecnología permita que la agricultura y la minería prosperen en la misma zona. No parece ser todavía el caso. El argumento de las mineras - y del gobierno - consiste en señalar que los primeros que se benefician con la actividad minera son los habitantes de la localidad. Hace unos días, Nelson Manrique publicó un artículo muy lúcido en Perú 21 que cuestiona severamente esa tesis: La Oroya ha sido la zona minera por excelencia en el Perú. Pues bien, hoy es una de las regiones más empobrecidas y atrasadas del país, y uno de los lugares más contaminados del planeta. El gobierno no puede culpar a la población de Majaz por no creer en sus palabras.

Nunca dejará de sorprenderme la falta de conocimiento - o la buena dosis de cinismo - que el actual presidente exhibe en materia de religión (y ética religiosa, y temas de cristianismo). Para él, pareciera que la vida espiritual se restringe a la procesión del Señor de los Milagros, la administración de los Sacramentos, y a alguna oración furtiva antes de comer o de dormir. Si algunos laicos y sacerdotes consideran importante acompañar a otros ciudadanos a defender pacíficamente sus derechos, entonces están "haciendo política", o "predicando la revolución" (se les acusa de "marxistas", y ya está dicho todo). Decididamente, no ha escuchado hablar de la profecía judeocristiana (Amós, Jonás, Juan el Bautista, y luego Tomás Moro, Bartolomé de las Casas, etc.), de la opción por el pobre, o con el compromiso de la Iglesia con el cuidado de la Creación. Uno se pregunta a quiénes reconocería entonces como "auténticos profetas" ¿A él mismo? Quizás ¿Al Cardenal? A juzgar por las simpatías políticas del mandatario y por su entorno gubernamental altamente conservador y filoautoritario (Giampietri, Rey, Mendoza, Favre), probablemente sí. Al parecer, Alan García se siente fascinado con el Catecismo, pero no le interesa el Evangelio. Lo cierto es que García ha sido más duro y claro al pronunciarse sobre el sector progresista de la Iglesia que ha asumido la protección de la zona que en cualquiera de sus tibias y condescendientes declaraciones sobre Fujimori antes de la extradición.

Pero esto revela otras aristas del problema. A García y al APRA no le agrada ninguna expresión de discrepancia proveniente de las 'instituciones intermedias' (en general, las organizaciones de la sociedad civil, en particular sectores críticos de la Iglesia y ONG). Ellos - pertenencientes a un partido no liberal y escasamente democrático, más bien caudillista - se manejan (para decirlo siguiendo la sugerente lectura de Santiago Pedraglio), bajo el esquema ya obsoleto electorado - representantes. Un esquema dicotómico, marcadamente decimonónico. No conciben que grupos de ciudadanos, a título personal, o como parte de asociaciones voluntarias, protesten contra sus medidas o alianzas, y hagan sentir sus voces en el espacio público. A su juicio, si no existe una oposición parlamentaria que les haga resistencia política - y aliados como están con los poderes fácticos (Fuerzas Armadas, empresarios grandes, jerarquía eclesiástica - entonces deberían tener el "camino libre" para hacer y deshacer ("¡Dejen trabajar!", dicen; el propio presidente ha indicado de modo prepotente que "a él lo han elegido para gobernar, no para hacer consultas o pedir opinión". Curiosa concepción de la democracia la suya). Pero no, no cuentan con un mapa conceptual propio de las democracias complejas del siglo XXI. Sus aparato categorial para el análisis político sigue detando del siglo XIX. La ciudadanía activa y las instituciones intermedias no existen, no son variables para ellos. Peor para ellos: eso merma su sentido de la realidad. No sorprende que sus reflejos sean tan pobres, que entiendan tan poco de ética democrática, y que sus reacciones siempre acusen inquietantes tonalidades autoritarias.

Caricatura: Heduardo

2 comentarios:

Efra dijo...

Contrariamente a lo que afirman las empresas mineras, es evidente lo que se vive en la Oroya: la salud de las personas es lo que menos importa, y más aun cuando los diversos reportajes televisivos y periodísticos nos han mostrado cómo los desechos tóxicos están afectando el correcto desarrollo biológico de los infantes de la zona. Un estado liberal democrático no contemplaría que el ámbito económico (o del mercado) subordine al ámbito de la salud. Es evidente, como tu lo mencionas Gonzalo, que los peruanos queremos el progreso de la agricultura y la minería (aunque éste sea a pasos muy lentos). Sin embargo, no debemos caer en el juego del “estado mínimo” incapaz de regular el mercado en forma debida (no autoritaria). Cuando el mismo presidente hablaba de “poner mano dura”, es en el cumplimiento de las políticas y leyes medioambientales donde esta mano dura debe aplicarse. Y a esto se suma la participación activa de la Sociedad Civil, la cual precisamente garantiza el cumplimiento de las políticas y leyes adoptadas, mediante el debate y la crítica constructiva.

Gonzalo Gamio dijo...

Muchas gracias por tu mensaje. Evidentemente, mi reflexión no plantea un “Estado mínimo”. El Estado tiene como primer compromiso el defender la vida de los individuos, el bienestar de las comunidades y el cuidado del ecosistema.