viernes, 18 de septiembre de 2009

APUNTES SOBRE UNA ALEGORÍA DE LORENZETTI



Gonzalo Gamio Gehri


La corrupción y la crueldad son siempre signos del mal uso de la política; su ejercicio revela una injusta administración del gobierno. Esto no constituye ninguna novedad en los escenarios de la vida política (tampoco, qué duda cabe, en los foros de la filosofía práctica). Me gustaría evocar una imagen que ya resulta familiar tanto para los cuentistas políticos como para los historiadores del arte. Pensemos en el extraordinario fresco sienés del silo XIV La Alegoría del Mal Gobierno, del pintor Ambroggio Lorenzetti, que todavía puede verse en el Palacio Municipal de Siena. La pintura muestra una construcción fortificada en plena noche. En la mitad, aparece El Tirano, un personaje masculino vestido de negro, con apariencia demoníaca – lleva cuernos en la cabeza, una capa dorada cubre sus hombros y a sus pies descansa un macho cabrío – que representa el control absoluto sobre el poder. A su alrededor están la Soberbia, la Avaricia y la Vanagloria. A su derecha le acompañan sentados la Crueldad, la Traición y el Fraude. A su izquierda se sitúan un diablillo, el Furor y la Envidia.

El Tirano lleva en una mano una gran copa, en la que recibe los tributos de sus súbditos. En la otra lleva un tizón, que le sirve como un instrumento para intimidarlos (un detalle adicional es que el personaje está mostrando los colmillos). Bajo el trono yace, maniatada, la Justicia, quien observa impotente cómo se cometen impunemente actos de rapiña y violencia en torno suyo. La sujeta firmemente uno de los sirvientes del gobernante. No solamente el campo está libre para el ejercicio de la injusticia, sino que el aparato de poder existente está a su servicio. Como en la representación de la Injusticia realizada por Giotto, los crímenes cuentan con la anuencia de los poderosos (y probablemente con la condescendencia de los gobernados). Sorprende que no haya gente en la ciudad, salvo aquellos personajes que han sido mencionados. Los súbditos del Tirano están ocultos a causa de las sombrías condiciones en las que viven; el temor impera entre ellos, de modo que permanecen en sus casas (en contraste con La Alegoría del Buen Gobierno, del mismo autor, en la que los ciudadanos aparecen trabajando y entablando relaciones comerciales en las calles, en medio de un clima de seguridad y prosperidad bajo la protección de una atenta y bien dispuesta Justicia).

Lorenzetti retrata muy bien las condiciones de un gobierno en el que se concentra el poder y se lesiona la vida. Se trata de un estado de cosas en donde se depreda el bien común, y en el que se conculcan las libertades y derechos de los individuos. La alegoría está muy bien planteada: el artista describe muy bien cuáles son los vicios que destruyen las sociedades y minan el carácter de sus ciudadanos, así como su sentido de pertenencia institucional. Nadie en su sano juicio – en este horizonte de reflexión – podría sostener que un en el seno de un buen gobierno podría ejercitarse, bajo el amparo del aparato estatal) el homicidio, el secuestro, el fraude y el robo. La constelación de categorías morales y teológicas implícita en La Alegoría del Mal Gobierno no permitiría aceptar una hipótesis como esa. No estaría mal que nos preguntemos hasta qué punto los supuestos argumentos basados en la “eficacia” nos llevan a avalar o a mirar con condescendencia a los gobiernos que perpetran crímenes pero prometen garantizar la ‘gobernabilidad’ o la ‘seguridad pública’. Podríamos preguntarnos hasta qué punto asentimos cuando se nos dice que el precio de tales logros es que los gobiernos coexistan, negocien o establezcan alianzas con las versiones parciales criollas – por así decirlo - de la Crueldad, la Traición y el Fraude, o que pueda quebrantarse el Estado de Derecho por razones utilitarias. Incluso algunos analistas hasta podrían explicar tales alianzas como manifestaciones de Realpolitik, o considerar que quienes cuestionan estos hechos están cómodamente instalados en un nebuloso “deber ser” (amparándose débilmente en ese espurio “cuarto dogma del empirismo”, la dicotomía hecho-valor).

Creo, con todo, que las intuiciones de Lorenzetti (pese a su tendencia a la demonización) expresan un tipo de preocupaciones que nos invitan a pensar. Las imágenes constituyen motivos importantes para la reflexión crítica. Precisamente porque el mundo de Lorenzetti ya no es el nuestro es que sus imágenes políticas interpelan y remueven nuestros presuntos “sentidos comunes”.



3 comentarios:

Jose Alejandro Godoy dijo...

Cabe recordar que esta alegoría fue la portada del libro de Mario Vargas Llosa, La Fiesta del Chivo. Una elección correcta para lo que fue el gobierno de Trujillo.

Gonzalo Gamio dijo...

Precisamente, estimado José Alejandro.

MVLL retrató muy bien a Trujillo, y también a Fujimori.

Un abrazo,
Gonzalo.

Javier Luciano dijo...

Me recuerda mucho a la descripción del carácter tiránico que hace Sócrates en La república de Platón. Sócrates lo define como un hombre "irracional", si podemos decirlo asi, ya que el tirano deja que sean sus apetitos quienes conduzcan su vida y por lo tanto el de la comunidad que gobierna. Al alterar el equilibrio entre razon, fogosidad y apetencia, se rompe con la justicia del alma y al ser injusto uno es desdichado y desgraciado.
Ahora, quizas la imagen que nos presentaron hombres como Fujimori es la de un hombre frio , calculista , astuto y muy racional, pero siguiendo la lógica platónica podemos llegar a la conclusión de que siempre fue un hombre podrido por dentro, como Trujillo entre otros. Y si permitimos que un "podrido" nos gobierne, necesariamente tendriamos algo de podrido también.

Gracias por su post, Lorenzetti me sirvio mucho para un trabajo. Saludos.