martes, 18 de marzo de 2008

SABIDURÍA, CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO Y MEMORIA: APUNTES SOBRE EL PENSAMIENTO GRIEGO


Gonzalo Gamio Gehri
Desde sus orígenes, se ha asociado la filosofía con el anhelo de verdad, con la búsqueda de sabiduría a través del trabajo de la razón . El término griego lógos significa al mismo tiempo lenguaje y razón. La idea básica de un “camino de la sabiduría” está asociada a la presencia ineludible del lenguaje y de la razón (el discernimiento, el pensamiento) en toda vida que pueda considerarse significativa o dotada de sentido. Sin el recurso al lenguaje y a la razón no es posible hablar de sabiduría. Voy a asumir un concepto amplio de ‘lenguaje’ – siguiendo una impronta fenomenológica -, de modo que no me referiré con este término únicamente al lenguaje verbal, sino a cualquier forma organizada de comunicación (ya veremos que el silencio como tal no es simplemente ausencia de lenguaje; el silencio nos dice algo, o pretende hacerlo; se guarda silencio en determinadas situaciones por razones que nos es posible interpretar y conjeturar). Me permitiré asimismo formular algunas ideas sobre el concepto de descubrimiento, provenientes del pensamiento griego. Una de las primeras aproximaciones que podríamos desarrollar sobre el problema del “camino de la sabiduría” - sobre “los caminos de la sabiduría”-, es el tema de la verdad. Por lo general, la sabiduría se entiende como una disposición de proximidad hacia la verdad, como búsqueda, o en otros casos (en los cuales la sombra de la sabiduría se va difuminando, como trataré de argumentar más adelante) en términos, de “posesión” de la verdad.

Cuando nos referimos coloquialmente al concepto de verdad, solemos entenderlo en términos de correspondencia con la realidad. Esta es la famosa definición escolástica de la verdad como adecuación entre las cosas y el intelecto. Si mis pensamientos corresponden a los objetos extramentales a los que se refieren, entonces puedo decir que son “verdaderos”. Esta concepción del conocimiento ha marcado toda una tradición metafísica y teológica, presente en el medioevo y también en la cultura moderna, una visión que ha determinado nuestro sentido común respecto a la cuestión de la verdad. No obstante, cuando evocamos “los camino de la sabiduría” de los primeros maestros griegos y hebreos, nos remitimos a una comprensión más antigua de la verdad, que poco o nada tienen que ver con estas consideraciones metafísicas sobre la correspondencia. Voy a ocuparme brevemente del concepto de verdad en estas dos venerables tradiciones para alejarme de esta intución metafísica y recoger algunas ideas más originarias sobre el tema de la verdad. En el pensamiento griego verdad es aletheia y en el pensamiento hebreo es emeth. Ambos conceptos nos remiten a cierta manera de interpretar la vida humana y de esclarecerla frente al misterio de lo infinito.

En esta ocasión voy a concentrarme en la concepción griega de verdad. Aletheia esta compuesta por a (“no”, una negación) y lethe (“ocultamiento”, “olvido”). Literalmente aletheia significa “desocultar”, descubrir, quitarle a algo el velo que lo cubre, en ese sentido mostrar lo que ese algo es, echar luces sobre la realidad que se hallaba oculta, esa realidad hasta ahora invisible se revela hacia la luz. Alude asimismo al acto de arrancar esa realidad del olvido. Aquí se nos muestra que hay una exigencia ética fundamental implícita en el concepto de aletheia: recordar, hacer memoria en torno al sentido de las relaciones humanas (tanto en Hesiodo como en Sófocles esto es fundamental). Solamente podemos comprender el sentido de nuestras prácticas si recordamos, si nos remitimos a los orígenes, tiempos en los que los seres humanos establecían relaciones de moderación y justicia entre sí. El poeta hacía memoria para recordarles a los hombres la medida correcta en sus relaciones, esto es, la justicia[1]. En el pórtico del templo de Apolo en Delfos, podían leerse dos inscripciones: una decía “conócete a ti mismo” - esta frase se convirtió posteriormente en el fundamento socrático de la filosofía -; la otra decía “no demasiado”. Ambas inscripciones tienen que ver con la búsqueda griega de la ‘medida humana’, con la preocupación por el cultivo de la moderación en los diferentes contextos de la vida humana. Ambas inscripciones nos dicen “recuerda que eres un mortal”. En ese sentido nos advierten acerca de las consecuencias funestas de la hybris, la desmesura. Recuerda que eres finito – señala el mandato délfico -, no pretendas ser como dios. Tanto el mito como la tragedia griega describen una serie de casos en los que algunos personajes olvidaron su ineludible condición de seres finitos y buscaron una proximidad con lo divino que no les correspondía. Uno de los casos más famosos a este respecto es el de Ícaro, el joven hijo del conocido inventor Dédalo. Cuenta el mito que Dédalo e Ícaro consiguen huir del laberinto de Creta, gracias a unas alas que el ingenioso inventor confecciona con las plumas y la cera que encontró en la prisión. El muchacho encuentra la muerte al no escuchar la advertencia paterna de no acercarse al sol – el carro de Apolo -, que finalmente que derrite la cera y deshace las alas. La incapacidad de Ícaro de actuar con mesura – pues no reconoce sus limitaciones finitas, y no mantiene la distancia necesaria frente al dios - es finalmente lo que le cuesta la vida.

La verdad está estrictamente asociada al recuerdo, al descubrimiento de quién es el hombre, y fundamentalmente el reconocimiento de la ineludible finitud de la condición humana. Esto último hace posible que los seres humanos cuenten con una comprensión más esclarecida de sí mismos; también les permite tomar conciencia de cómo podrán acercarse a lo infinito sin sufrir por ello. Una de las características fundamentales del hombre, es su inapelable vulnerabilidad. Necesitamos de la ética, por ejemplo - de una cierta reflexión sobre lo que sea bueno, malo, etc. – precisamente porque somos seres frágiles, porque lo que hacemos con nosotros mismos, lo que hacemos con los demás y lo que los demás nos hacen, genera modificaciones en nosotros (y en ellos), algunas de esas modificaciones son irreversibles, e incluso fatales. Somos criaturas vulnerables y limitadas, nuestra vida es flor de un día y es en ese sentido que necesitamos descubrir una orientación, una dirección conscientemente elegida. Como sabemos, la ética es la disciplina filosófica que se encarga de la búsqueda racional de esa compleja orientación existencial.


[1] Cfr. Giusti, Miguel “Comentarios” en: Hamann, Marita y otros Batallas por la memoria Lima, PUCP / UP / IEP 2003 pp.183 y ss.

1 comentario:

dapounti dijo...

Hola.
Es claro que la perspectiva esbozada aquí muestra ese sano afán que cada de uno de nosotros debe tener por el comprenderse a uno mismo, y, en tanto, intentar comprender a los demás.

Ahora bien, en qué medida es que uno logra ser capaz de comprender al otro si la gran mayoría de veces el comprender al otro significa, únicamente, no criticar al otro por lo que es o por lo que hace. Es decir, que si alguna actividad no te parece buena, debes callar, para ser una “buena persona”, o quizás el apelativo sea una “persona educada”.

Por tanto, pienso que esta confusión no debe desatenderse debido a que no basta con enseñar a tolerar al otro, sino que uno debe dar un paso más adelante, comprenderlo.
Saludos.