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lunes, 16 de junio de 2014

JUSTICIA Y DESARROLLO HUMANO



Gonzalo Gamio Gehri


El concepto de “desarrollo humano” está estrechamente ligado a la reflexión ética y política. La pregunta ética “¿Cómo se ha de vivir?” está vinculada a la preocupación por la calidad de vida. Ella indaga por la orientación de nuestras prácticas sociales y modos de vida, y también nos interpela acerca de las leyes, instituciones y procesos pedagógicos que podrían promover tales actividades y elecciones. Esta interrogante pone de manifiesto una preocupación genuina por las condiciones de la vida y por las posibilidades de una vida buena.

Sin embargo, la relación entre la ética y el desarrollo no ha sido siempre objeto explícito de investigación. A lo largo de varias décadas, el desarrollo estuvo asociado a una cifra, el PBI per capita, y se le identificó exclusivamente con el crecimiento económico. Se trataba de un enfoque reductivo, que no consideraba el problema de la distribución del ingreso, ni la incorporación de dimensiones cualitativas de la calidad de vida (libertades políticas, cuestiones de justicia cultural y de género, etc.). Hace algunos años, Amartya Sen ha elaborado una interpretación más rigurosa y compleja del desarrollo humano, A su juicio, el desarrollo alude no sólo a los recursos que disponemos, sino fundamentalmente a las actividades que podemos realizar y los modos de vida que podemos elegir en el curso de nuestra existencia. El florecimiento humano es concebido como ampliación de libertades y de oportunidades para llevar una vida significativa. Martha Nussbaum ha hecho notar la inspiración aristotélica de esta idea de Sen.

Este enfoque no sólo concentra su atención en el examen de las disposiciones y habilidades de los individuos, sino también en el análisis de las condiciones externas que promueven u obstaculizan el ejercicio de estas capacidades. Nussbaum ha propuesto – en el contexto de un debate interdisciplinario e intercultural sobre los cimientos de esta perspectiva – una lista de diez capacidades que exploran áreas centrales del funcionamiento humano. Vida; salud física; integridad física; sensibilidad, imaginación, pensamiento; afiliación; emociones; razón práctica / agencia; otras especies; ocio y juego; control sobre el entorno. La autora sostiene que toda sociedad que aspira a percibirse como “justa” y “libre” tendría que ofrecer las condiciones legales, políticas y sociales para que estas capacidades puedan cultivarse en espacios concretos. En este sentido, el enfoque de las capacidades converge con el enfoque de derechos. Los debates constitucionales y las políticas públicas habrían de orientarse a crear un marco institucional de cara al cual los agentes puedan elegir cómo poner en ejercicio tales capacidades (pasar de las “capacidades” a los “funcionamientos”, en términos de Sen).

El enfoque de las capacidades es universalista y pretende edificar una teoría de la justicia y de la realización humana. Determinadas prácticas culturales o arreglos sociales que bloquean o mutilan alguna de las capacidades centrales son considerados intrínsecamente injustos. El desarrollo de cada capacidad implica el derecho de adquirirla, así como la posibilidad de contar con los espacios sociales para desplegarla. Se destaca la relevancia de la razón práctica – la capacidad de evaluar críticamente nuestros sistemas de creencias y de elegir razonadamente nuestros planes de vida – y la afiliación como disposiciones fundamentales para esclarecer y reivindicar esta conexión sustancial entre capacidades y derechos. De esta forma, la visión del desarrollo humano que examinamos pretende introducir nuevos elementos de juicio en los debates actuales sobre derechos humanos y justicia intercultural.

 (Publicado el 16 de junio en Punto Edu)





[1] Doctor en Filosofía. Profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la PUCP.

viernes, 10 de agosto de 2012

NARRACIÓN Y MEMORIA







Gonzalo Gamio Gehri

Lidiar con el pasado suele ser una tarea difícil[1]. El pasado es irreversible y constituye en parte el tipo de personas que somos. Configuramos nuestra identidad a través de la historia del curso de nuestra vida, forjada a partir de conflictos, vínculos sociales, adhesión y abandono de instituciones, así como la experiencia de éxitos y fracasos en el diseño y ejecución de proyectos propios y ajenos. La capacidad de narrar de manera coherente y articulada esta clase de historias permite construir un retrato consistente acerca de quiénes somos. Las vivencias que le confieren alguna forma de lócida percepción y dirección al relato cuentan como relevantes en clave hermenéutica. Narrar la historia de una vida implica establecer una conexión significativa entre el pasado, el presente y el futuro al interior de la trama de dicha existencia. Esto vale tanto para el caso de los individuos como para el de las instituciones y comunidades.

Narramos estas historias y comprendemos su sentido a partir de un trasfondo de valoraciones que nos permite percibir e interpretar su posible hilo conductor. Como sostiene Martha C. Nussbaum en un reciente estudio, “no podemos observar una vida ni escuchar una historia sin ir equipados de antemano con ciertas intuiciones preliminares acerca de lo que es significativo y lo que no”[2]. Por supuesto, el devenir de esa vida y de esa historia relatada puede cuestionar, poner a prueba e incluso modificar nuestras intuiciones y distinciones de valor; esta experiencia de cuestionamiento ético puede afrontarla tanto quien vive o narra la historia como el que la escucha y la interpreta. La composición de estos relatos nos inserta en una dinámica de aprendizaje ético que compromete por igual el ámbito de las vivencias y el de los principios.

 El ejercicio de la memoria resulta imprescindible para llevar a cabo la tarea de narrar una vida y, con ello, hacerla inteligible ante uno mismo y ante otros, poner de manifiesto su sentido y veracidad. Rememorar es hacer patente “la presencia viva del pasado”[3], para utilizar las palabras del historiador francés Henry Rousso. El pasado presente en la hora actual [4] , que se nos plantea como desafío y como interpelación. Ajustar cuentas con el pasado-presente puede ser una tarea incómoda y dolorosa, pero constituye una tarea ineludible si lo que se busca es discutir y elegir conscientemente una orientación sensata para la vida, convertirse en un potencial (co) autor del propio destino.


[1] Este es un adelanto de un ensayo que saldrá publicado en el siguiente Páginas.
[2] Nussbaum, Martha C. Crear capacidades. Barcelona, Paidós 2012 p. 33.
[3] Rousso, Henry “El estatuto del olvido” en: Varios autores, ¿Por Qué recordar? Barcelona, Gránica 2002 p. 88.
[4] Revísese sobre este tema, MacIntyre, Alasdair Tras la virtud Barcelona, Crítica 1987 cap.15.