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miércoles, 25 de mayo de 2011

NUESTRO PAÍS, NUESTRA DEMOCRACIA (JORGE SECADA KOECHLIN)





Jorge Secada Koechlin*


Los países son, en varios sentidos, como las familias. La familia forma personas y les confiere una identidad. Es ahí donde primero adquirimos nuestra lengua, nuestra peculiar manera de ver las cosas, nuestros sentidos y valores. Similarmente, nuestro país nos da una identidad. Y esa identidad es formativa; ser peruano es una manera de ser humano.

Ahora bien, hay actos que pervierten esencial y definitivamente las relaciones entre las personas. Supongamos que un padre de familia viole a una de sus hijas. Esa familia habrá cambiado para siempre y para mal. Toda violación es criminal, pero en este caso tenemos que agregar la perversión de los deberes del padre y la traición inmunda de la inocencia de la hija. Excusar semejante acto como un exceso o un error no haría sino manifestar una falta de consciencia moral.

Lamentablemente algo análogo nos ha pasado a nosotros los peruanos. Porque abusar del poder que viene con la elección a la presidencia para corromper masivamente nuestras instituciones de gobierno, romper la ley sistemáticamente, asesinar y encubrir asesinatos, robar y prolongarse indefinidamente en el poder, es para un país lo que la violación de una hija por su padre es para una familia. Hay límites que determinan lo que se puede excusar como exceso o error y esos actos están mucho más allá de estos límites. Subrayemos que esas perversiones de la democracia y la vida nacional tuvieron móviles venales: aferrarse al poder, enriquecerse, satisfacer deseos bastos y alimentar sicologías enfermas; eso y no otra cosa es lo que explica la criminalidad fujimorista. Y debería indignar que encima los felones usen la lucha contra Sendero como coartada, que mancillen de esa manera tanto sufrimiento, tanta entrega generosa.

En política las responsabilidades no son solo individuales. Ningún miembro del partido nacionalsocialista alemán podría evadir la responsabilidad por el holocausto sosteniendo que fue un error, y aduciendo que no es Hitler. El nazismo, como entidad colectiva, es responsable por el holocausto. Igualmente en nuestro caso, el fujimorismo, como agente político, es responsable de la larga lista de vejámenes que sufrió nuestro país durante los años en que nos gobernaron. Y como si faltase más prueba, los fujimoristas reclaman continuidad con ese gobierno y apenas si conceden, tardíamente y con dificultad, excesos y errores. Votar por ellos es votar por la falta de respeto a nuestras instituciones, nuestras leyes, nuestros espacios públicos y políticos.

La pregunta que quiero plantear aquí es porqué, como peruanos, nos es tan difícil ver con claridad estos hechos y su significado moral y político. Algunos admiten que los fujimoristas pervirtieron la vida pública, pero luego dicen no tener opción, como si el candidato alternativo fuese comparable en su criminalidad antidemocrática. Otros hablan de programas y modelos económicos, como si el buen gobierno se redujese a atraer inversiones. Y hay también quienes matizan las transgresiones con los éxitos y los logros. Si recordamos la analogía con la que iniciamos este artículo, es como si muchos de nosotros fuésemos la aberración más que la norma, la esposa que prefiere ocultar la violación de la hija con tal de preservar su nivel de vida o, tal vez más apropiadamente, la persona tan incapaz de amarse a sí misma que termina tolerando la mayor monstruosidad. La respuesta a mi pregunta tiene que ver con nuestra cultura política, con nuestras relaciones públicas y anónimas, con nuestro amor propio en cuanto peruanos.

Circulan vaticinios de que si Humala gana la segunda vuelta se eternizará en el poder indefinidamente, que intentará hacer lo que hizo Fujimori. También se predice que transformará al Perú en un infierno comunista; no solamente eliminará la libertad de prensa, cerrando diarios y canales, sino que incluso confiscará propiedades y les quitará a los padres la potestad sobre sus hijos. Con Humala, dicen, vamos directamente al desastre. Y para reforzar la idea se menciona el caso venezolano.

Pero la noción de que Humala es un Chávez no tiene fundamento. Para empezar, el Perú no es Venezuela ni Humala mago como para lograr semejante transformación. Las circunstancias políticas y económicas y las historias de ambos países son muy distintas. Y es igualmente evidente que Humala no se parece a Chávez, ni en las virtudes del caribeño ni en sus muchas taras. Así que la pregunta interesante es por qué tantos se la creen. Que esto se esgrima como argumento serio en diarios y conversaciones supuestamente informadas debería causar algo de sorpresa y exigir al menos una explicación.

La respuesta a nuestra pregunta, nuevamente, tiene que ver con lo que lleva a pensar que el mero crecimiento económico nos hará ingresar en el primer mundo, como si con unas décadas más de 7 u 8% de crecimiento anual del PBI ya no excusaremos a quienes compran congresistas y medios de comunicación, o esterilizan a la fuerza para reducir el crecimiento demográfico, o dan golpes de estado aferrándose al poder. La respuesta a nuestra pregunta tiene que ver con lo que lleva a excusar como "excesos" lo que en cualquier país desarrollado serían actos que deslegitiman a perpetuidad de la actividad política.

Aquí se ponen de manifiesto las deformaciones de nuestros espacios públicos, la desigualdad que impregna nuestras relaciones anónimas, la incapacidad de respetarnos como peruanos. Confiamos tan poco en nosotros mismos y creemos tan poco en nuestras instituciones, queremos tan poco a nuestro país, que imaginamos que alguien puede entrar a palacio y hacer lo que le dé la gana. ¿Qué país habitamos, quiénes somos, cuando nos creemos estos cuentos y dejamos que alimenten nuestros miedos y deformen nuestras deliberaciones colectivas?

El primer paso camino al desarrollo, ahora que sabemos cómo acumular capital y hacer crecer el PBI (cosa que nadie discute, ni siquiera izquierdistas como Humala o Alan García), es respetar nuestras instituciones y nuestra democracia. No contribuimos al desarrollo si por "realistas" terminamos pervirtiendo las instituciones mismas que definen nuestra civilidad. Y eso es lo que hacemos cuando, por un lado, consideramos que el próximo gobierno lo debe formar el mismo movimiento que nos maltrató tanto; y, por otro, suponemos que si Humala sale elegido, cambiará la constitución y se quedará en palacio eternamente.

Quien confunda desarrollo con acumulación de capital podrá pensar que no importa la historia negra del fujimorismo. Son nuestros miedos y nuestra falta de autoestima los que nos permiten creer que las instituciones y las leyes no cuentan para nada. No es que Humala sea un candidato ideal, ni mucho menos. Es razonable temer un gobierno suyo. Pero no es comparable a cualquier candidato fujimorista. Las acusaciones por violaciones de derechos humanos son solamente eso, acusaciones. También hay los pronunciamientos aberrantes de una persona que ha cambiado mucho en el curso de los últimos 10 años, y que ha ido cambiando fuera de las presiones y conveniencias electorales. Nada ni remotamente parecido al historial judicialmente comprobado del "fujimorismo" puede imputársele a Humala.

El temor razonable que genera es por su falta de preparación para el cargo. Pero la elección tiene un solo candidato política y democráticamente aceptable. Es, además, alentador que Humala esté buscando subsanar sus carencias con la colaboración de personas de capacidad reconocida. Vemos a la persona y lo que vemos es la indignación que naturalmente produce nuestra sociedad injusta y nuestra historia de corrupción en alguien que ha ido reconociendo las complejidades del buen ejercicio del poder.

Uno de los aspectos más reveladores de la campaña contra Humala es que cuente en su contra ser militar, cuando esto debería más bien ser un punto a su favor. Fueron soldados como él quienes salieron a dar la cara contra la subversión terrorista. Nuestro ejercito y nuestra policía pagó con vidas la defensa de nuestros derechos. Indudablemente merecen nuestro agradecimiento. Sin embargo, escuchamos decir Fujimori derrotó a Sendero, mientras al mismo tiempo se ataca a quien cumplió con su deber en las primeras líneas de esa lucha, arriesgando su vida para que podamos todos pensar libremente. Nuevamente, ¿no somos capaces de querernos lo suficiente, como peruanos, como para reconocer con orgullo y sin matices ni siquiera lo inobjetablemente positivo de nuestras instituciones?

Hay una alternativa para quien no quiere votar por Humala. Votar en blanco o viciar el voto es en efecto una opción democrática. Así expresan su insatisfacción aquellos que consideran inaceptables ambos candidatos. Deslegitimar esta opción es ver las elecciones como un mero mecanismo para seleccionar un presidente y no percibir que para cada votante el acto electoral es la expresión de su opción política, algo así como su participación en un gran diálogo nacional. Democracia no es solamente elecciones y libertad. Es también la apertura universal y equitativa de la vida política.

En nuestro país tan poco democrático, tan fraccionado, las elecciones son de los pocos momentos en los que todos nos reunimos a deliberar en conjunto. Nosotros que habitamos espacios anónimos informados por la desigualdad, nosotros que no somos iguales ni frente al mostrador de una tienda, que escuchamos decir sin desparpajo que la voluntad del pobre no cuenta, deberíamos valorar nuestras elecciones obligatorias, un acto en el cual todos los peruanos tenemos el mismo poder y del cual depende el futuro del país. Consideramos un deber participar de las elecciones; al menos en esa medida representamos en nuestras leyes la integración que nos falta en el resto de nuestra vida política. La legislación que obliga a votar a los sectores menos educados del país no es causa de nuestro subdesarrollo y de la pobreza de nuestra vida política. ¡Como si pudiésemos achacarle a los analfabetos y pobres la miseria de nuestros políticos y la ceguera y mediocridad de nuestras clases dirigentes!

Mucho del miedo que se expresa en el rechazo a Humala tiene su origen en la culpa que naturalmente produce vivir en un país donde hay más de diez millones de personas que apenas si pueden subsistir mientras unos pocos pueden darse una vida plena. El nuestro es un país difícil. Las Casas hablaba del oro de las Indias para referirse tanto a lo que alentaba la rapiña de los conquistadores, como a la oportunidad que brindaba el nuevo mundo para quien buscaba desplegar el amor incondicional del verdadero cristiano. Nosotros somos nuestro oro, el oro del Perú. El reto que nos imponen nuestro pasado y nuestro presente es enorme. Pero ahí mismo, en nuestro capital humano, en la riqueza de nuestra identidad, y en la fortaleza que tendremos si logramos resolver nuestros problemas, está nuestro futuro. Es alentador que las nuevas generaciones busquen comprometerse políticamente. Ojalá no tengan que andar una vez más el tortuoso camino de nuestra historia.

Cuando amanezca el 6 de junio, ¿habremos avanzado en la construcción de un mejor país? Lo que el Perú necesita ahora es integración y amor propio, genuino, aquel que se muestra en el aprecio a nuestra identidad común, a la hermandad de todos los peruanos. Nuestra historia política reciente es un rosario de basura por un lado y de oportunidades perdidas por el otro. Los países no son empresas, y no los podemos dejar atrás como dejamos un empleo. Nos identifican; determinan lo que somos. Quienes olvidan estos aspectos de la vida política en nombre de la modernidad y el modelo económico, de una sociedad de autómatas productivos, expresan así las taras que desgraciadamente llevamos encima. ¿Podremos los peruanos, esta vez y cuando pareciera más difícil que nunca, sacarle ventaja a las circunstancias en aras de un Perú mejor? ¿O tendremos más bien que aceptar una vez más que estamos dispuestos a tolerar lo intolerable siempre y cuando podamos retirarnos a nuestros espacios privados, nos dejen trabajar, y sigamos creciendo económicamente?

*Jorge Secada Koechlin es jefe del departamento de filosofía de la Universidad de Virginia y profesor vistante de filosofía moderna en la Universidad Jesuita Antonio Ruiz de Montoya de Lima.


Aparecido en Diario 16 el domingo 15 de mayo de 2011.

jueves, 14 de abril de 2011

EL MAL MENOR (JORGE SECADA K.)







Jorge Secada K.




Una vez más muchos de nosotros enfrentamos una deliberación electoral difícil, bastante más difícil esta vez que la que enfrentamos hace cinco años. La decisión es difícil porque es mucho lo que está en juego; porque ambas opciones nos producen rechazo; y porque no es fácil saber cuál de las dos es peor. Propongo que reflexionemos juntos sobre nuestro problema.


Empecemos con algunas consideraciones generales. Nuestro dilema surge porque es inevitable que se dé uno u otro de los dos males. Es importante detenernos aquí un instante y preguntar, ¿por qué es inevitable? Es evidente, dirán algunos, ya que en segunda vuelta tendremos que elegir a Keiko y lo que ella representa, o a Humala y lo que él promete. Pero eso por sí no hace inevitable que uno u otra lleguen a palacio. Es solamente porque aceptamos nuestro sistema político democrático y las reglas de juego que establece nuestra constitución, que enfrentamos esta disyuntiva. Esto, como veremos, es significativo.



Aceptamos nuestra democracia al punto que consideramos inevitable este resultado, para nosotros, desastroso. Es decir, no consideramos aceptables alternativas como, por ejemplo, complotar para que haya un golpe de estado y se convoque a nuevas elecciones. Pero, ¿qué harían en circunstancias similares, en circunstancias que ellos considerasen excepcionales como son éstas para nosotros, los dos candidatos entre quienes debemos elegir? No es una pregunta abstracta o meramente hipotética: constantemente escuchamos que tal o cual golpe de estado o acto de ilegalidad desde el poder se justificó porque esas eran circunstancias distintas y excepcionales. Y nosotros al menos, nosotros que deliberamos cómo decidir en esta disyuntiva espantosa cuál es el mal menor, sabemos que el problema con esa respuesta es precisamente que cuando empezamos a hablar de circunstancias especiales, y más todavía si lo hacemos desde el poder, estamos optando por un sendero políticamente perverso. Tenemos derecho a nuestras convicciones y a creer en lo que creemos, si nos parece, con firmeza absoluta. Pero no tenemos derecho a imponérselo a nadie. La vida política solamente admite una manera de ser, una única manera justa y moralmente posible: la tolerancia, la conversación, y el más escrupuloso respeto por las leyes y la constitución. Prácticamente siempre el cuento de las circunstancias extraordinarias no es sino la racionalización de los autoritarios e iluminados para hacer lo que les dé la gana.



Ahora bien, frente a dos males puede ser que lo correcto sea evitar escoger entre ellos. Hay elecciones donde lo correcto sería votar en blanco. Pudiese ser que cualquiera de las dos alternativas sea tan mala que no importa cuál salga. Seguramente así piensan quienes en las circunstancias actuales describen a una opción como sida y a la otra como cáncer. Si esas son nuestras opciones lo que conviene puede ser dejar que los dados decidan. Votar en blanco no es patear el tablero, como dicen algunos. Votar en blanco no es tampoco votar por el ganador. Hay una diferencia importantísima. Si voto por uno de los dos y éste resulta elegido, yo fui parte de quienes lo eligieron; pero si voto en blanco, lo que hice fue dejar que otros lo elijan. Votar en blanco dice algo, y en estas elecciones puede decir muchísimo. No solo importa qué vaya a pasar; también importa cómo es que pase. En términos de lo que expresan los votos, sería muy distinto que haya 10% de votos blancos a que haya 40%. Si los hubiese, con esos votos en blanco le estaríamos diciendo a quien resulte elegido que no tiene nuestra confianza. Para quienes creemos en la democracia, esa diferencia es importante. Pero no estoy seguro de que nos encontremos en una situación tal que lo que debamos hacer es votar en blanco. Aunque no lo descarto, me inclino por pensar que no estamos frente a semejante disyuntiva. Espero que las próximas semanas me permitan ver con más claridad si esto es así o no.



¿Por qué votar por Keiko Fujimori? La respuesta que escucho repetidamente es que ella continuaría las políticas económicas de las últimas dos décadas; que, siendo distintas las circunstancias, no va a gobernar con la corrupción y el autoritarismo con que gobernó su padre; y que si bien probablemente lo perdonaría y tal vez también a algunos otros de sus colaboradores actualmente presos, eso no tendría mayores consecuencias. Diré claramente que estos argumentos no me convencen.



Muchos de nosotros recordamos lo que fue el desastre económico de fines de los años 80, y sabemos lo que es una historia de estancamiento económico, de falta de crecimiento real y orgánico, de una crónica imposibilidad de acumular capital. No queremos eso. Veo con orgullo cómo en los últimos años, poco a poco, han ido apareciendo productos peruanos en los supermercados en los EEUU. Ahora ya no sorprende poder comprar en cualquier supermercado en el extranjero leche evaporada, chocolate de taza instantáneo, filetes de pescado, encurtidos mediterráneos, pimientos de piquillo asados, todos productos peruanos de primera calidad. La economía peruana crece y crece ejemplarmente. Ha costado llegar a este punto. Y no queremos que venga algún confundido a cambiarnos de “modelo” o de “sistema económico”. La economía de mercado, promoviendo la gestión de las personas emprendedoras, incentivando la inversión de los grandes capitales y facilitando la generación privada de riqueza y trabajo, es la única manera que conocemos de crear riqueza económica, aquí y en la China. Y sabemos perfectamente también que la incapacidad administrativa y la irresponsabilidad fiscal terminan echando a perder todo esfuerzo, y pueden costarnos años de hambre y sufrimiento.



Las dos terceras partes de los electores hemos votado por candidatos que no han hablado de cambiar de modelo o de sistema económico. Y vemos que hasta Ollanta Humala ha terminado invocando a Brasil y a Lula; es decir, apelando a políticas económicas que no son otras que la economía de mercado. Pero también ha habido un consenso casi absoluto de que el problema principal que enfrentamos es la pobreza y la desigualdad con miseria que afecta a un tercio de los peruanos. Estas elecciones han dejado establecido claramente que la mayoría de los peruanos no quiere abandonar el crecimiento y la economía de mercado que lo ha hecho posible, pero que tampoco quiere dejar de atender las necesidades extremas de sectores demasiado grandes de la población.



Por esto, para mí el tema central en nuestra deliberación no es el de la política económica. Más de las dos terceras partes del congreso entrante no estará dispuesto a cambiar de política económica y no permitiría que el gobierno lo hiciera de intentarlo. García no pudo estatizar la banca a fines de los 80; y menos podría Humala hacerlo ahora. Recordemos que Humala tendrá una minoría clara en el congreso, y que esa minoría será definitiva si intenta alterar fundamentalmente las políticas económicas o el sistema democrático. Habrá que discutir cómo se atiende a los sectores más necesitados: si, manteniendo el crecimiento y la generación de empleo, basta con mayor inversión en salud, educación y seguridad; o si debemos contemplar otras políticas redistributivas. Y esa discusión tendrá que pasar por el congreso que tenemos, plural y diverso. Nos guste o no, el congreso es el lugar en donde el próximo gobierno tendrá que conversar y discutir y acordar cómo se atienden las necesidades imperiosas de tantos peruanos.



Para mí, el tema central en nuestra deliberación es cómo asegurar ese ejercicio democrático, cómo defender nuestra democracia. Y es por eso que no votaré por Fujimori. Durante años y durante meses en campaña ella y sus acompañantes tuvieron la oportunidad de aclarar frente al país su posición respecto del ejercicio legítimo del poder y la democracia. Más aún, tenían la peculiar obligación de hacerlo ya que son herederos o ellos mismos partícipes de un gobierno que entró elegido por cinco años y se quedó once, y que gobernó mintiendo, manipulando, corrompiendo y sobornando. En vez de deslindar sin reparos, lo que hicieron y hacen es invocar constantemente las circunstancias especiales en que estabamos y que según ellos justificaron lo que hicieron. Frente a su pasado la única actitud moral y políticamente posible es la del rechazo sin matices. Pero los “fujimoristas” no solamente nunca han pedido perdón al país por haber hecho que Vladimiro Montesinos sea parte de nuestra historia, sino que repetidamente han mostrado lo que piensan: que la democracia se tolera si funciona y que quien decide si funciona o no son ellos.



Con Humala el congreso servirá para proteger la democracia; pero estoy seguro de que con Fujimori servirá más bien para minarla y destruir la poca confianza que tengamos depositada en nuestras instituciones políticas. Este congreso entrante frenará cualquier intento de Humala por cambiar las reglas de juego, subvertir la economía de mercado o limitar las libertades políticas. Pero este mismo congreso, con Fujimori en palacio, cumpliría el penoso papel de servir de instrumento para el abuso autoritario y “pragmático” del poder.



Seamos claros: el tema no es que Keiko quiera o pueda repetir ahora el plato que nos sirvió su padre. El tema más bien es que lo principal para el desarrollo de nuestra patria, lo primero que debemos hacer si buscamos un país libre e integrado, económicamente desarrollado y sin pobreza, es asegurar nuestras instituciones políticas, crear entre nosotros la confianza absoluta en el diálogo y la conversación equitativa como único medio para gobernarnos. Eso, justamente, es lo que no nos dará Fujimori y esa es la razón última por la que, habiendo votado en primera vuelta por PPK, no votaré de ninguna manera por ella.



Pero no sé si votaré por Ollanta Humala. Tal vez lo haga si creo que Fujimori podría derrotarlo. Aunque no es heredero de un oncenio de autocracia, Humala ha dado repetidas muestras de no entender cabalmente lo que es la democracia, como cuando apoyó el intento de golpe de estado de su hermano, o declaraba su admiración por quienes cambian las leyes para prolongar su paso por el poder. Me causa temor que no haya sido capaz de demostrar más allá de las dudas que no secuestró y torturó cuando estaba destacado en Madre Mía. Siento asco al oír a gente cercana a él hablar de la superioridad de la “raza cobriza” y no verlo expresar la repugnancia que expresa quien sabe lo que es el racismo. Y temo también que su incapacidad y sus tendencias mesiánicas lo lleven al mal gobierno, irresponsable y torpe. Sí, efectivamente, no dejan de perturbarme sus taras e incoherencias personales y políticas.



De lo que no tengo miedo es de que si Humala sale elegido presidente, nuestro país y nuestras instituciones sean tan frágiles, que él pueda entornillarse en el sillón presidencial, callar la prensa, e imponernos un estado autoritario. Nuestras fuerzas armadas no van a dar un golpe para favorecer a alguien que ha hecho suyo el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, ni va a dar un golpe para que ingrese a palacio una izquierda hasta hace poco declaradamente marxista. Es prácticamente imposible que durante los próximos cinco años nuestras fuerzas armadas quieran dar un golpe para cambiar las políticas económicas del estado, o para recortar nuestras libertades y nuestra democracia. Espero que a nadie puedan manipular con esos miedos. Pero tengo pocas dudas de que honrando su historial y haciendo gala de su pericia en el manejo aprovechado de la opinión pública los fujimoristas intentarán hacerlo.



Nada de lo que me hace dudar de Humala, sin embargo, tiene la contundencia que tiene la historia innegable y asquerosa, asumida “a mucha honra” por Keiko Fujimori. Si queremos un país con futuro, un país del cual podamos sentirnos plenamente orgullosos, si queremos un país integrado y en desarrollo, tenemos que decirle “no”, un “no” rotundo y decidido, a quienes usurparon el poder y nos robaron la decencia y la dignidad. Por eso tengo claro que no votaré por Fujimori. Aún no sé a ciencia cierta cómo votaré, pero haga lo que haga lo haré confiando en nuestra democracia y esperando que quien nos gobierne lo haga legal y constitucionalmente, obligado a dialogar con la oposición sobre cómo atender las necesidades de las mayorías, durante cinco años y ni un momento más. No sé si votaré por Humala o si más bien les diré a ambos con mi voto, “creo en mi país, pero no creo en ninguno de ustedes dos”.



martes, 23 de noviembre de 2010

YALE Y EL FUTURO DE LA ARQUEOLOGÍA PERUANA (JORGE SECADA K.)


Les presentamos a continuación un artículo del destacado filósofo Jorge Secada, profesor principal de la Universidad de Virginia y profesor de la UARM, sobre el caso de la devolución de las piezas incaicas por parte de la Universidad de Yale. Esta es la versión completa del texto - publicado ayer en El Comercio en una versión menos extensa - y se publica con la debida autorización del autor.


Jorge Secada

Parece que final y felizmente las piezas de Machu Picchu volverán al Perú. Se ha reabierto el diálogo con la Universidad de Yale y las noticias indican que hay una disposición positiva por parte de las autoridades de la institución norteamericana.

No cabe duda del derecho que tiene el Perú sobre ese patrimonio. Como ha señalado Eduardo Ferrero Costa, procurador para este caso, la posición peruana es legalmente sólida. Podríamos agregar que también hay argumentos morales contundentes que avalan nuestro reclamo.

La cultura andina es una cultura viva, una cultura que hermana a los peruanos actuales con los habitantes originales de Machu Picchu. La hidtoria que nos une es contínua y relativamente corta. Es más, la ciudadela incaica y los objetos que se encontraron en ella tienen un lugar especial en nuestra identidad y nuestra autoimagen. La arqueología, como es ampliamente reconocido, tiene un pasado oscuro, su historia no es ejemplo de respeto a las culturas y a los otros, sino más bien, por un lado, del colonialismo imperial y paternalista de Europa y Estados Unidos, y por otro, de la audacia y el ingenio de aventureros y aprovechados. El saqueo de Machu Picchu, más allá de los detalles históricos y los documentos legales que avalaron en su momento el retiro de las piezas, es parte de esta historia negra y vergonzosa.

No cabe duda, pues, de la legitimidad plena del reclamo peruano: las piezas de Macchu Picchu le pertenecen a los peruanos y es deber de Yale retornarlas sin condiciones. Existe, sin embargo, un argumento válido que ha esgrimido Yale y que lamentablemente ha confundido a más de un intelectual y arqueólogo tanto fuera como dentro del Perú. Piezas como las de Machu Picchu no son solo patrimonio de los peruanos, sino también de toda la humanidad. Además, muchas de esas piezas son aún objeto de estudio arqueológico y deben estar a disposición de investigadores y académicos, en las condiciones adecuadas y habiéndose asegurado su preservación.

Por eso, Yale ofreció devolver solo las piezas de museo, reservándose las que aún tienen valor para la investigación arqueológica y científica. Una premisa implícita en el razonamiento de Yale es que en el Perú no hay condiciones que garanticen el debido cuidado y uso de esas piezas. Esta premisa no es valorativa, simplemente señala un hecho. Y, por más vergüenza que nos dé reconocerlo, la realidad es que a Yale no le falta algo de verdad respecto de este punto específico. No es necesario repetir lo que todos sabemos, ni se requiere mucho esfuerzo para imaginar el destino que podrían haber tenido esas piezas, arrumadas algunas en cajas en algún sótano húmedo, desperdigadas otras en colecciones, destruidas muchas y perdidas para siempre como resultado de la ignorancia y desidia. Pero el tema interesante no es éste, sino el que se sigue de ello.

Una posición, la que resultaba natural adoptar a los académicos occidentales desde sus centros de poder a comienzos del siglo XX, es la posición paternalista a la que hemos aludido anteriormente. Y es esa la posición que se justificó para que se llevaran las piezas de Macchu Picchu a Connecticut, y que luego se apropiase de ellas indefinidamente la universidad de Yale. Pero decir que hay que cuidar esos bienes para usufructo de toda la humanidad no decide el asunto. Y lo verdaderamente deplorable es que no se haya reconocido, particularmente durante la actual disputa, que hay una alternativa a sustraer las piezas y llevárselas a Estados Unidos. Las piezas de Machu Picchu podrían estar bajo el cuidado de un instituto de Arqueología Andina, fundado en el Cusco y que asocie a la universidad de Yale, que evidentemente sería su principal gestora financiera y asadémica, con la arqueología peruana y con la universidad de San Marcos, la Católica de Lima, y la de San Antonio Abad del Cusco.

Para que la posición peruana sea inexpugnable y firme, es imprescindible que el Perú atienda el único argumento válido de Yale, y que lo haga tanto desde la altura moral que le dan sus derechos legales, históricos y culturales como desde el reconocimiento de la importancia de garantizarles a académicos y arqueólogos del mundo el acceso a esas piezas en las condiciones que exige su investigación. Como digo, el Perú debe proponerle a Yale la fundación de un centro de estudios puramente académico, protegido de la injerencia política, y que se beneficiaría de la enorme experiencia y calidad de una de las mejores universidades del mundo.

Tal institución tendría envergadura internacional, albergaría no solo la colección de Machu Picchu, sino también buena parte del enorme legado arqueológico andino que está descuidado en nuestro país, contaría con recursos bibliográficos con los que no contamos ahora en el Perú, albergaría a investigadores, financiaría proyectos, sería, en fin, un centro mundial para desarrollar la arqueología andina y peruana.

Esta propuesta le brindaría a Yale una oportunidad extraordinaria de liderar con el ejemplo la reparación histórica que debe asumir la arqueología occidental frente a su historia aberrante. La Universidad de Yale podría situarse entonces en la vanguardia de la globalización de las ciencias, mostrando cómo la academia del futuro se fundará sobre la base del respeto mutuo entre las múltiples culturas que habitan sobre la Tierra y del reconocimiento efectivo de que frente al conocimiento la humanidad es una.

Esperemos que ahora que aparentemente estamos a punto de resolver favorablemente el asunto de la devolución de las piezas de Macchu Picchu, que no se desaproveche una oportunidad singular de contribuir al desarrollo de la arqueología peruana.