miércoles, 4 de enero de 2012

LA CAPA BLANCA




Gonzalo Gamio Gehri

Intentaré contar este cuento tal y como lo escuché cuando estuve en Berna, hace años. No podría decir mucho sobre su origen, aunque podría remontarse al medioevo. Me pareció a la vez una historia rara e interesante, cargada de motivos medievales, pero también de motivos contemporáneos; hay en ella no pocos elementos románticos, sin duda. Es la historia de un caballero nacido en esa localidad pero que había servido toda su vida bajo las órdenes del duque de Austria. Cuenta la leyenda que un buen día llegó a Austria una princesa griega – llamada Alba – cuya belleza era célebre en todo el continente, y que había sido prometida al hijo menor del emperador germánico. Fue recibida con alegría por el ducado entero. Se organizaron en su honor fiestas y torneos, que convocaron a caballeros de toda la región. El caballero del que hablamos había combatido por muchos años al lado del duque, y gozaba de su confianza. Por ello, participó activamente en esas festividades.

Este caballero gustaba de las justas, aunque las consideraba un pálido reflejo (casi una representación teatral) de las batallas reales, que sí solían estar animadas por un propósito real y podían verse coronadas por una gloria imperecedera y auténtica. No obstante, se distinguió en los lances del día. Ni la pompa de las celebraciones ni el goce de la victoria impactaron tanto el alma del caballero como el fugaz momento en el que – acercándose al palco de honor para ofrecer los saludos que corresponden a los usos de la caballería – los brillantes ojos de la princesa se posaron en los suyos. Más tarde, en la soledad de su tienda y sin otra compañía que la de su laúd, comprobó que – extrañamente – las canciones de amor comenzaban a inflamar su corazón con mayor intensidad que los cánticos de guerra.

La fortuna intervino curiosamente en los acontecimientos una vez que el duque ofreció los servicios de un grupo de sus más valientes guerreros para escoltar a la princesa Alba en el largo camino hacia la capital del Imperio. El caballero de nuestro cuento fue designado como el capitán de dicha escolta tanto por sus méritos en el campo de batalla como por su conocimiento del lugar, dado que había que pasar por las zonas alpinas de Suiza. El caballero tendría que acompañar a la princesa durante el viaje. Tuvo entonces la oportunidad de verla de cerca (el caballero nunca anes había visto un cabello tan negro – más oscuro, a su juicio, que la noche misma – que contrastaba con la capa blanca con la que Alba siempre cubría sus hombros) y pudo, asimismo, conversar con la princesa por espacio de largas horas, mientras atravesaban – ella en su carruaje, él al lado, montado a caballo, hablándole desde la ventana – los bosques y colinas helvéticas. Él, para distraerla, le contaba acerca de las tradiciones locales, los usos de la gente del lugar. Le relataba los cuentos que servían para atemorizar a los niños, o para consolar a los lugareños en momentos difíciles. Ella respondía a sus historias contándole leyendas de su patria, narrándole las peripecias de los antiguos dioses, o hablándole de la gloria de Bizancio y de la vida en la corte. Con el paso de los días, la camaradería y la confianza entre ellos fue creciendo, y el guerrero y la princesa soltaron las primeras risas; en algún momento, él se animó a tomar el laúd y a entonar una canción. Al caballero le sorprendió constatar que, a pesar de hallarse en medio del otoño, las hojas de los árboles le parecían más verdes que nunca.

La comitiva continuó su camino sin grandes sobresaltos, aunque la leyenda cuenta que alguna vez el caballero y sus hombres tuvieron que desenvainar sus espadas para resistir a una partida de salteadores y para alejar a una jauría de lobos. La verdadera batalla se libraba sin duda alguna en el interior del alma del caballero y la princesa, que nunca volverían a ser los mismos. La princesa temía que el trabajo de la diplomacia griega y germánica hubiera sellado su destino para siempre. En los tiempos de la edad media no existía mayor espacio para la libertad personal en esta clase de cuestiones, y lo que hoy denominamos “amor romántico” estaba vinculado a los usos del “amor cortés”, una de cuyas variantes estaba gestándose precisamente en esta historia. El caballero, por su parte, intentaba infructuosamente comprender lo que sucedía dentro de sí. Ninguna batalla le había generado una herida mayor que la perspectiva del final del trayecto.

Hasta que la comitiva llegó a la frontera misma con el Imperio. Los caballeros debían dejar a la princesa Alba bajo la protección de las autoridades germánicas y emprender el camino de retorno hacia Austria. La princesa griega debía llegar a la corte para iniciar el proceso diplomático y religioso que desembocaría en la celebración de sus bodas. Sin embargo, su tristeza ante la despedida era más que visible. El caballero guardaba silencio, sin perder el gesto de reconocimiento oficial que se le debe a la realeza. Él no pudo evitar, sin embargo, que Alba besara levemente sus labios, pronunciando estas palabras:

- Aunque no me creáis, regresaré a vos para la primavera.

Y el caballero pudo verla alejarse lentamente, hasta que su capa blanca se convirtió en un pequeño punto claro, perdido en el horizonte. Cuenta la leyenda que el caballero volvió al lugar cada primavera, esperando a la princesa. En unas versiones de la historia, la princesa vuelve, y ella y el caballero se reunen para siempre. En otras, cada uno de ellos continúa con el curso de su existencia, sin perder la memoria nítida e imborrable de la presencia del otro en su vida. Lo que dicen los habitantes del lugar es que sobre lo que no hay discusión es que la primavera siguiente trajo consigo que en las verdes montañas helvéticas crecieran unas raras y hermosas flores blancas, que a todos recordaban la bella capa blanca de la princesa griega y la historia del caballero.

Desde entonces, la Edelweiss es la flor emblemática de Suiza.


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