Mostrando entradas con la etiqueta David Villena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta David Villena. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de septiembre de 2010

HAITÍ: OCHO MESES DESPUÉS


David Villena Saldaña

Haití tiene el mérito de ser el primer país de América Latina que obtuvo su independencia. Pero también tiene la triste virtud de ser el más pobre, analfabeto e inestable del hemisferio occidental. Es, de hecho, uno de los países con menor índice de desarrollo humano en el mundo – el 149 de 182, según cifras del PNUD. Puede, en este sentido, afirmarse sin riesgo que, aun antes del terremoto del 12 de enero, ya se trataba de un país devastado.

La historia de Haití como estado fallido tiene larga data. Tras su independencia de Francia en 1804, se le impuso una indemnización equivalente a unos veinticuatro mil millones de dólares actuales, cifra exorbitante para la época. Luego de múltiples sanciones, esfuerzos y empréstitos pudo completar el pago de este monto recién en 1938. En ese lapso, además de debatirse en violentas pugnas de poder a nivel local, tuvo que afrontar la ocupación de tropas estadounidenses de 1915 a 1934.

Jugó también un papel, pequeño pero significativo, en la Guerra Fría dentro del contexto de la política de contención norteamericana, específicamente, sirviendo como muro contra la influencia de Cuba en la región. Fue, así, desde mediados del siglo veinte y hasta 1986, presa de la dictadura de los Duvalier, célebre por su corrupción y crueldad. En 1990 tuvo en Jean-Bertrand Aristide a su primer presidente electo por la vía democrática – a lo cual debe añadirse que, luego de siete meses en el poder, terminó siendo depuesto. En el año 2000 Aristide es elegido otra vez mandatario. Cuatro años después, sin embargo, se le obliga a renunciar en lo que a todas luces se revela como un derrocamiento. Desde entonces, el país es una especie de protectorado de las Naciones Unidas, habiéndose destacado allí una misión de estabilización: el MINUSTAH.

Se trata de un país que depende de la importación de alimentos, cuyo territorio tiene una deforestación que llega al 98 % y en donde alrededor de tres cuartas partes de su población vive en la pobreza.

Haití es desde hace ocho meses objeto de la caridad mundial por el efecto mediático que en su momento suscitó el terremoto. Meses antes su miseria, e incluso su propia existencia, era indiferente para los medios – hoy incluso, tras haberse hecho trillada la noticia, la desgracia que vive Haití ha quedado nuevamente al margen, y si algún acontecimiento ha tenido eco reciente en la prensa, no es el de que más del 90% de los escombros continúen en las calles, o que las enfermedades y el hambre se hayan convertido ya en pandémicas, sino los vicios legales que presenta la candidatura a la presidencia de Wyclef Jean, líder de la banda musical norteamericana The Fugees, y las invectivas que éste ha dirigido a sus críticos.

Tal indiferencia no es cosa que deba extrañar. Pues, en algún sentido, es la nación más desvinculada del resto en términos culturales. El nacido en Haití no se siente ni francófono ni latinoamericano. Tampoco se ve a sí mismo reflejado en África. La verdad es que no hay nadie en el mundo que reclame un nexo con él.

El desarraigo cultural está al lado de una sempiterna crisis política, así como de un coeficiente de Gini paradigma de la desigualdad social más clamorosa. El descalabro económico se manifiesta, por si fuera poco, en el hecho de que la mitad de su presupuesto proviene de la ayuda internacional. El mal, podría pensarse, es inherente y la corrupción algo consustancial. No en vano Sarkozy invoca a acabar de una vez y para siempre con la “maldición” de Haití.

El seísmo ha dejado al estado sin infraestructura. Los pocos hospitales, escuelas y carreteras son hoy inservibles. Las sedes del legislativo y ejecutivo colapsaron. Como consecuencia de ello, en una clara manifestación de la hecatombe, el actual presidente, René Préval, operó durante semanas en una comisaría. (La sede de la ONU también se destruyó, pereciendo decenas de funcionarios, entre ellos el propio jefe de la MINUSTAH.)

Con 230 mil fallecidos y catorce mil millones de dólares en pérdidas, un reporte del BID no duda en calificar al terremoto de Haití como la peor catástrofe que haya ocurrido en la historia a un país en proporción con su número de habitantes y recursos.

Resulta claro que esta nación no podrá levantarse sola. La razón principal es que nunca estuvo de pie.

Haití, en palabras de Préval, no pide una recuperación, sino, más bien, ser refundado.

La cooperación internacional es necesaria. Organizaciones como Oxfam llaman a la condonación de la deuda externa. El G7 y el Club de París han hecho efectiva esta propuesta. Ya el Banco Mundial y el FMI habían absuelto el 80 % de la deuda en julio del año pasado para paliar los efectos de los cuatro huracanes que azotaron a Haití hacia fines de 2008. Pero, aunque altruistas y bien intencionadas, estas medidas no bastan.

Además de condonar la deuda, es recomendable que los intereses no se acumulen. La filantropía, no suscita crecimiento y mucho menos desarrollo. La condonación de la deuda no es suficiente, y, por tanto, no debe servir como pretexto de la comunidad internacional para eximirse de cualquier ayuda ulterior. Se requiere de un compromiso a futuro y coordinado para construir instituciones sólidas y superar efectivamente la pobreza.

Resulta penoso afirmarlo, pero la ONU no ha sabido asumir un rol de liderazgo en esta cuestión. Diferentes países y bloques regionales se han lanzado por su propia cuenta al rescate de Haití. Cada cual esgrimiendo los puntos que ellos consideran prioritarios. Para los Estados Unidos, por ejemplo, lo que se necesita es seguridad, a pesar de que Edmond Mulet, jefe interino de MINUSTAH, haya dicho que no comparte ese parecer. Ello hizo que, de espaldas a la ONU, colocasen veinte mil soldados en Haití y pasen a controlar el tránsito aéreo, terrestre y marítimo.

El terremoto se torna en un asunto geopolítico. Venezuela, principal acreedor bilateral de Haití con 295 millones de dólares, deploró la presencia estadounidense en el Caribe. De acuerdo con Chávez, los Estados Unidos se habrían aprovechado de la tragedia haitiana para recuperar la hegemonía perdida en la región a causa de sus preocupaciones en Medio Oriente a lo largo de la última década. Brasil, por su lado, quiere asumir el liderazgo regional que le corresponde en su condición de potencia emergente. Ha cuestionado también la presencia del contingente norteamericano y su Ministro de Defensa, Nelson Jobim, se permitió hacer una verificación in situ de los daños.

Mientras diferentes estados se disputan la competencia y el derecho a intervenir asumiendo que Haití carece de soberanía o, en todo caso, que ésta resulta irrelevante de cara a la crisis humanitaria que padece, una de las prioridades nueve meses después sigue siendo la provisión de módulos adecuados de vivienda. Se trata únicamente de asegurar que la población no viva bajo carpas y en campos de refugiados encontrándose en su propio país.

miércoles, 18 de agosto de 2010

LA PARADOJA LIBERAL


David Villena Saldaña


Hace cuarenta años Amartya Sen afirmó haber demostrado que el liberalismo se encuentra en irremediable conflicto con criterios mínimos de eficiencia[1]. En este sentido, una sociedad liberal estaría condenada a ser ineficiente, y, por lo mismo, quienes aspiran a construir una sociedad de acuerdo con parámetros de eficiencia no podrían permitirse la promoción de valores liberales.

La tesis es en lo absoluto trivial. El argumento es, sin embargo, suscinto y concluyente. Según éste, una sociedad es liberal si satisface la condición (L*).

(L*)Hay al menos dos individuos tales que para cada uno de ellos, hay al menos un par de alternativas sobre las cuales él es decisivo, esto es, hay un par de x,y, tales que si él prefiere x sobre y, entonces la sociedad debe preferir x sobre y, y siél prefiere y sobre x, entonces la sociedad debe preferir y sobre x.

(L*) supone al menos una situación en donde el individuo tenga libertad de elegir. Así, por ejemplo, que yo duerma de lado o boca arriba es algo que cae exclusivamente dentro de mi ámbito de decisión. Yo soy decisivo sobre este punto y, por tanto, mi preferencia debe en último término ser suscrita por la sociedad – o, dicho en otras palabras, nadie puede obligarme a actuar en contra de mis preferencias en ámbitos en donde yo tengo libertad.Si prefiero dormir de lado que boca arriba, la sociedad debe preferir que duerma de lado a que lo haga boca arriba.

(L*) define una versión debilitada y poco comprehensiva del liberalismo.El dominio de individuos libres que componen la sociedad liberal hipotética no se asume irrestricto o cuantioso. Se trata únicamente de dos sujetos – obviamente, si queremos reducir el número de individuos libres a uno, no podría hablarse más de sociedad liberal, habría, en todo caso, una especie de tiranía.Tampoco se habla de varias libertades. Hay tan sólo una libertad. La virtud del argumento de Sen es precisamente ésta. Pues si el liberalismo presenta problemas en su versión más reducida, también deberá presentarlos en las concepciones más globales, donde haya más individuos y libertades en juego.

La eficiencia social se define en función de (P*).

(P*) Si todo individuo prefiere cualquier alternativa x sobre otra alternativa y, entonces la sociedad debe preferir x sobre y.

(P*) es una versión debilitada del Principio de Pareto. Sen muestra que (L*) está en conflicto con (P*).

Considérese que los individuos referidos en (L*) son (1) y (2), y que los dos pares de alternativas correspondientes son (x,y) y (z,w). Pensemos, además, que las alternativas son diferentes entre sí. (1) prefiere a x sobre y; mientras que (2), a z sobre w. Todos en la sociedad, incluyendo a (1) y (2), prefieren a w sobre x, así como a y sobre z. Entonces, tenemos:

(1): x>y

(2): z>w

Sociedad incluyendo (1) y (2): w> x

Sociedad incluyendo (1) y (2): y>z

Por tanto:

(1): w>x>y>z

(2): y>z>w>x

Por (L*) la sociedad debe preferir x>y, z>w

Por (P*) la sociedad debe preferir w>x, y>z. (Pues todos incluyendo a (1) y (2) consideran preferible a w sobre x y a y sobre z.)

En consecuencia, (L*) sugiere favorecer a x y z sobre yyw, mientras que (P*) sugiere hacer precisamente lo contrario, es decir preferir a w e y sobre x y z. Hay, en estos términos, una manifiesta contradicción entre el liberalismo y el principio de eficiencia. Una sociedad liberal no será óptima en sentido paretianoy una sociedad paretiana no será liberal. Esto no es inocuo. La demostración nos coloca frente a un dilema: o buscamos la eficiencia o procuramos la libertad individual.

Ahora bien, reparemos en (L*), aunque tal como se le ha interpretado es una condición mínima, resulta también ambiciosa en algún sentido.La lectura de Sen parece indicar que en una sociedad liberal tener derecho a x, significa que x debe darse y no y. Perosi yo prefiero ax sobre y, ello quiere decir únicamente que tengo derecho a que la sociedad no me obligue a hacer y, al tiempo de que no trabe de modo alguno mi realización de x. Tener derecho a x, no quiere decir que x se debe dar, sino que no exista obstáculos deliberados para que yo o alguien más lo ponga en acto. Esta concepción de libertad es negativa. Si Sen pretende pintar un cuadro mínimo del liberalismo, éste debe tener anexo un concepto negativo y no positivo de libertad.

Que yo prefiera dormir boca arriba antes que hacerlo de lado, implica que tengo derecho a dormir boca arriba. Este derecho me asegura que nadie impedirá que yo duerma como me place. De este modo, los medios que me procura el derecho son negativos, no efectivos. Al exigir el derecho de dormir boca arriba, no reclamo el estado de dormir boca arriba, sino que nadie me lo impida en caso de que esté a mi alcance – si, por ejemplo, está a mi disposición una superficie lo suficientemente amplia para alojar mi espalda.

La paradoja se disuelve. Como suele ocurrir en estos casos, la deducción ha sido limpia. El problema se encuentra, más bien, en las definiciones a partir de las cuales se ha realizado.Pues sucede que la relación de preferencia no es equivalente entre individuo y sociedad. Por tanto, la combinación de categorías es imposible. Cuando el individuo prefiere un estado sobre otro, no pasa que la sociedad lo secunde prefiriendo aquél sobre éste. Ella no prefiere nada. Su rol es negativo. Se limita a no impedir la consecución de los objetivos del individuo. Permite acciones, no concede estados[2]. Si éste es el liberalismo mínimo, sobre él no se puede aplicar las operaciones lógicas sugeridas por Sen, y, así, resulta inviable arrastrar desde este marco la acusaciónde ineficiente a toda otra forma liberal.


[1] Cf. Amartya Sen, “The Impossibility of a Paretian Liberal,” en Journal of Political Economy 78:1 (1970): 152-157.

[2] Cf. Keith Dowding, “Social Choice and the Grammar of Rights and Liberties,” en: Political Studies, 52 (2004): 144-161.