jueves, 31 de octubre de 2013

ALBERT CAMUS: CÓMO SER JUSTOS EN AUSENCIA DE DIOS (HÉCTOR PONCE)


El profesor de la UARM Héctor Ponce publicó hace unos días este artículo en la Revista Correo. Los editores recortaron el documento sin su consentimiento, pese a que respetaba la extensión acordada. Según el autor, se trataría de una inaceptable medida de censura. Ponce nos envía su texto y nosotros con gusto lo publicamos. El autor indica que el pasaje sombreado corresponde al pasaje que fue recortado (G.G.G.).



ALBERT CAMUS: CÓMO SER JUSTOS EN AUSENCIA DE DIOS


Héctor Ponce

Camus lamentaba la idea maquiavélica de que los medios justificase el fin, pues, en nombre de diversos ideales -tales como los de la Santa Inquisición, el proyecto supuestamente civilizatorio europeo o la dictadura bolchevique de Stalin- el ser humano humilla, explota, martiriza y asesina a su prójimo. En Los justos, Camus planteó hasta qué punto es tolerable que, en nombre de un ideal colectivo, los justos ejerzan violencia: ¿los justos deben ser implacables y así realizar la utopía de un mundo mejor?, ¿o los justos no deben mancharse las manos de sangre y dejar que la injusticia y la miseria continúen? Por un lado, ser un idealista activo podría desembocar en un tipo de terrorismo -ya sea el terrorismo de un grupo armado, ya sea el terrorismo ejecutado por algunos gobiernos-, y, de otro lado, un ciudadano modelo que paga sus impuestos podría ser un sujeto banal y cómplice del sistema de injusticia vigente. ¿Qué hacer para intentar ser justos?

“No hay más que un problema filosóficamente serio: el suicidio”. Así, embestido, el lector deEl mito de Sísifo lee que, en lugar de ser arrullados con las ilusiones de un paraíso después de la muerte, una persona lúcida logra despertar de lo absurdo de la vida cotidiana y anticipar el hecho de que morirá, y así reivindicaría el valor del mundo y se plantearía un proyecto de vida auténtica.

Ser consciente de la finitud no implica para Camus la desesperanza, pues pese a la muerte, todo individuo puede ser justo e incluso no tan infeliz si logra seguir dos metas: disfrutar de la finita condición humana y rebelarse frente a las injusticias sociales. El mito de Sísifo relata poéticamente que por preferir la bendición del agua a las amenazas de los rayos celestes, Sísifo fue condenado por los dioses a empujar una roca hacia lo alto de un risco y ver cómo su labor perdía sentido cuando la roca, en vez de permanecer en la cumbre, rodaba cuesta abajo. Pese a la condena Camus imagina a Sísifo dichoso y sería un símbolo de la dicha pese a las penurias.

El día despunta, los pescadores ya han recogido las redes de la madrugada, los carpinteros martillan los clavos, los zapateros untan pegamento en las suelas de los botas, el olor a sudor del trabajo sube desde las miserables casuchas y no hay señal de mejoría, y en las avenidas los autos se muerden y se atropellan por llegar velozmente a Auschwitz. ¿Cómo vivir dichosos en un mundo que se sumerge en el sin sentido de un trabajo enajenado y en el sufrimiento que se causan las personas unas a otras?

En El hombre rebelde Camus sugiere construir tenazmente una fraternidad entre los humillados y mancharse las manos, sí, pero de barro, de polvo, de astillas, nunca de sangre. Los cuerpos que sudan por el trabajo, el aliento espeso y las manos nudosas podían formar un gran sindicato, y, siendo un socialista reformista, distinguió entre el revolucionario y el rebelde: uno sacrifica a los hombres en aras de entelequias utópicas, el otro protesta cuando la política se aleja de la moral. La tesis de El hombre rebelde es que la tragedia en política comenzó el día en que se consintió que los conceptos abstractos valían más que las personas de carne y hueso. 

El liberalismo económico se acopló y dijo que la violencia era una plaga, pero sobre las condiciones desiguales con las que se iniciaba el contrato social liberal no se pronunció. Más estruendoso que Camus, Jean-Paul Sartre enfatizó que se violenta también mediante el colonialismo, la desnutrición crónica, el analfabetismo sistemático y el trabajo que animaliza, sólo que esta violencia era discreta y mejor orquestada gracias a la complicidad de los medios masivos de comunicación, y por eso Sartre creyó que, para aliviar el dolor del proletariado, el fin justificaba los medios y escribió Las manos sucias. Camus defendió, en cambio, una moral de las manos no ensangrentadas y de diálogo con el adversario, pues, como reformista, vio los peligros de suplantar a Dios.a Dios.

6 comentarios:

Héctor Ponce dijo...

Muchas gracias, Gonzalo, por el apoyo.
Abrazo,
Hector

Héctor Ponce dijo...

Gracias, Gonzalo, por el apoyo.
Abrazo,
Hector

Uriel dijo...

Interesante artículo. La reflexión parte por la idea de la existencia de Dios, y que se encuentra alejado o ausente, algo sí como un familiar que se fue de viaje. Pero en un contexto desacralizado o dónde prima el "desencantamiento del mundo", ¿cómo pensar la justicia en un individuo ateo? ¿o ser justos cuando Dios ha muerto?

Saludos
Uriel

Gonzalo Gamio dijo...

Estimado Héctor:

Te agradezco por enviar el ensayo. La censura es inadmisible en una sociedad democrática y liberal.

Un abrazo,
Gonzalo.

Ginebra dijo...

La justicia sin Dios no existe. Los simulacros sí.

Raúl Haro Gonzales-Vigil dijo...

Excelente artículo Héctor. Mis felicitaciones. Considero que en la previsión de la muerte es donde se encuentra la verdad del ser que somos.

La injusticia tiene muchos rostros, y efectivamente hay que luchar contra ellos pero como rebeldes.

Te felicito nuevamente y gran gesto Gonzalo al publicar este artículo sin censura.

Un abrazo,
RH