lunes, 9 de abril de 2007

Universidad, pluralidad, cristianismo. Algunas reflexiones.


Gonzalo Gamio Gehri


Mucho se ha dicho sobre el tema de la PUCP en las últimas semanas. Lo que voy a enunciar en lo que sigue es mi opinión - mi particular percepción del problema -, pero confío en que ésta resulte plausible en virtud de los argumentos que la sostienen. La campaña de Expreso y Correo en pro de una PUCP maniatada y reducida a ser una especie de clon de la Universidad de Piura resulta tan penosa como evidente. Afortunadamente, a quienes aspirar a tomar casi por asalto la PUCP no les asiste ni la razón ni el derecho. Conviene recordar, empero, que quienes pretenden intervenir en la administración de esta importante universidad no acarician este deseo por primera vez. Esta es la tercera vez que tocan las puertas de la PUCP para intentar administrarla e imponerle una “línea maestra” ideológica por la fuerza; ya Rey y Martha Chávez se han encargado de recordarnos de qué clase de ideología se trata (sobre algunos los detalles de esta “línea”, véase mi comentario Rafael Rey, Martha Chávez y el ‘pensamiento único’, en este blog). Sin embargo, esta es la primera vez que se recurre al argumento según el cual solamente inspira su actitud la responsabilidad de hacer cumplir la voluntad de Riva Agüero. La PUCP ha señalado con claridad en un comunicado público cuál es la voluntad expresa del maestro y benefactor según su testamento. No seamos ciegos, el tema no es exclusivamente,ni fundamentalmente, judicial.


¿Qué tienen que hacer Aldo Mariátegui, García Miró y Carlos Espá con sus payasescas posiciones en este debate? La respuesta es muy sencilla. Ellos creen que la PUCP es un reducto de pensamiento democrático de izquierdas. Efectivamente, muchos de los colegas que enseñan en la PUCP podrían identificarse con esa posición, pero también tenemos muchos liberales, tenemos conservadores, y también profesores del Opus Dei ¡La PUCP es un escenario plural! Ninguno hace proselitismo; son académicos. No obstante, lo que prtende la gente de Correo y Expreso (y Chávez y Rey) es erradicar el pensamiento centrado en los Derechos Humanos (categoría liberal ). No les importaría ver a la libertad de la PUCP demolida por los sectores más oscurantistas del conservadurismo peruano. Afortunadamente, La República y Perú 21 han asumido la defensa de la autonomía universitaria y la posición de la PUCP. El Comercio ha asumido una desconcertante "neutralidad". Honestamente, esperaríamos de Rosa María Palacios una postura más clara en este asunto: ella le da la razón en el plano jurídico a la PUCP - en honor a la verdad de los hechos - pero tendría que saber que los intereses de Muñoz Cho y su entorno apuntan a lograr - poco a poco - el manejo de las líneas académicas de la PUCP (sería terrible que lo lograran - no podrán, no tienen de su lado la razón ni la justicia -; plantearlo solamente, aún en el terreno de la imaginación, ya es espantoso).


Esta clase de situaciones son nuevas para la PUCP. Nunca antes había existido diferendo alguno con el Arzobispado en décadas anteriores. Es posible que exista detrás una cierta concepción cerrada de la “catolicidad”, una visión que puede (y debe) ser sometida a discusión. “Católico” significa etimológicamente “universal”: esta expresión alude a la unidad basada en la comunicación de las particularidades. En este sentido, es que puede señalarse que la Iglesia Católica acoge los diversos modos de concebir y vivir la fe en el marco de una historia compartida de diálogos y vivencias. Ser católico no equivale a suscribir un “pensamiento único”, como pretende Rey. Significa estar abierto a diversos carismas y modos de pensar la fe dentro de una ekklesia, una asamblea. Una universidad católica constituye un recinto académico en donde se cultivan las diferentes ramas del saber y un foro en el que se examinan con rigor conceptual, irrestricta libertad y tolerancia las diferentes concepciones de la vida y la realidad. Cuando ello no sucede – por ejemplo, a causa de alguna injerencia externa – el nivel académico se resiente sustancialmente. Es el caso - lamentablemente - de un seminario capitalino, de larguísima e ilustre historia que hunde sus raíces en la colonia (que recuerdo, pese a todo, con gratitud y cariño, pues me inicié allí como profesor hace años, entre 1993 y 2001, en tiempos de mayor libertad para dicha casa) que ha perdido numerosos estudiantes (probablemente un par de cientos, cuando menos), provenientes de las más importantes congregaciones religiosas, por razones de rigidez. Una vez que se endureció la “línea teológica” – en el registro que Rey y Chávez vindican - hace ya varios años, y se proscribió una educación plural, los maestros de las importantes congregaciones prefirieron enviar a sus estudiantes a centros teológicos de formación más abierta: no aprobaban que sus cuadros jóvenes recibieran clases más de catecismo que de teología, o que la enseñanza en filosofía sustituyera la lectura directa de los autores clásicos (incluyendo a los pensadores modernos y contemporáneos) por los sesgados manuales de la Universidad de Navarra.


¡Qué lejana la actitud de estos pretendidos "interventores" fundamentalistas respecto del espíritu del Evangelio! No dejo de pensar que detrás de toda esta incómoda situación podemos descubrir razones teológicas y filosóficas de largo alcance – que tienen que ver con la valoración de la diversidad y con el diálogo entre cristianismo y modernidad planteado por el Concilio Vaticano II, que es preciso reexaminar. Lo que sectores conservadores cuestionan extrañamente – y, a mi juicio, sin fundamento alguno – respecto de la PUCP es una presunta “impureza doctrinal”. Recuerdo los pasajes del Evangelio en los que Jesús sana al criado de un centurión romano. La Liturgia Romana ha recogido las palabras con la que el centurión señala que es innecesario que el Maestro visite personalmente al enfermo: “Señor ¿Quién soy yo para que entres en mi casa? Di no más una palabra y mi sirviente sanará” (Mateo 8, 8). Jesús queda sorprendido por la intensa fe del romano: “les aseguro que no he encontrado a nadie en Israel con tanta fe” (Mateo 8, 10).


Las palabras de Jesús son tan poderosas como conmovedoras ¿A qué se refería al evocar la “fe” del centurión? ¿A la ortodoxia o “pureza doctrinal”? Ello no resulta verosímil. Al fin y al cabo ¿Cuál era la religión del centurión romano? Está claro que no se trataba de un judío ortodoxo o de un discípulo de Jesús. Probablemente se trataba de un pagano, un romano politeísta, adorador de Júpiter y devoto del culto a los ancestros. Aparentemente, su “fe” aludía más que a un contenido o un “credo”, a la disposición incondicional a dejar actuar el Amor de Dios en la vida, y a hacerse partícipe de ese Amor. No es que el tema religioso no fuese importante, pero Jesús se sitúa más allá de ese nivel. No parece demasiado interesado puntualmente en las cuestiones de ortodoxia o pureza doctrinal (observancia del Sábado, etc.) ¡Los más interesados en las cuestiones de ortodoxia religiosa o pureza doctrinal son los fariseos! Los católicos tendemos a olvidar estos pasajes iluminadores, que nos ofrecen elementos de juicio para reconocer la actitud del cristiano frente al tema del pluralismo, cuando el Evangelio los plantea de modo manifiesto.


Estas razones – entre otras muchas, en realidad – me llevan a discrepar categóricamente respecto de planteamientos como los de Rey y Chávez acerca del sentido y misión de una universidad católica: sus puntos de vista son fundamentalistas y excluyentes. Como católico lo denuncio así. En una sociedad en la que las instituciones no suelen funcionar bien, se pretende controlar una institución académica de enorme calidad y prestigio, como la PUCP. Sabemos que esa calidad y ese prestigio se fundan en las condiciones de libertad y amplitud de miras sin la cual la investigación científica y el trabajo del espíritu humano no podrían desarrollarse. Esperemos que la PUCP continúe iluminando las tinieblas muchísimos años más.

SOBRE LA NECESIDAD DE “MITOLOGÍAS DEMOCRÁTICAS”


APUNTES SOBRE EL CONFLICTO ENTRE LA ÉTICA CÍVICA Y LA CULTURA AUTORITARIA[1]


Gonzalo Gamio Gehri [2]



"La lucha contra la historia es, indirecta e inconscientemente, lucha por una
nueva cultura."



MARTIN HEIDEGGER


La siguiente es una breve reflexión acerca del ya viejo conflicto entre la ética cívica y la cultura autoritaria, planteada desde el particular predicamento de nuestra hora presente. Hoy – como ayer – los vientos del autoritarismo prometen seguir soplando en nuestras tierras, y la recepción de esas promesas de parte de un sector de la población pone a prueba el talante y el espíritu de nuestra recién recuperada democracia. El panorama político estremece y preocupa. La mayoría de las ofertas electorales de la campaña presidencial pasada aseguraban la necesidad de un “gobierno fuerte”, observante de los temas de ‘seguridad nacional’ como asuntos prioritarios sobre la vigencia de los procesos democráticos y las consideraciones sobre la memoria y reparación de las víctimas de la violencia interna. En esta línea de reflexión, algunas de las planchas presidenciales propuestas por los partidos políticos en las circunstancias de la contienda electoral del 2006 contaban con viejos adversarios de la causa de la defensa de los Derechos Humanos; otros candidatos proponían una “nueva amnistía” para los militares acusados por crímenes de lesa humanidad, pretendiendo con ello capturar parte del voto militar y policial que ya estaba en juego. Contábamos además con candidatos que rechazaban en bloque el “sistema” y prometían recuperar los ideales milenarios del “Perú profundo”, aún a costa del recurso al empleo de la fuerza y la arbitrariedad. La sombra del funesto dictador de los noventa no ha terminado de esfumarse tampoco. El anhelo de “mano dura” de parte de algún sector de la sociedad parece encandilar el corazón, una vez más, de las fuerzas que promueven el “orden” y la violencia en el país: el miedo, y sobre todo el preocupante sentimiento de impotencia presente en muchos ciudadanos peruanos – sentimiento que alimenta una actitud escéptica respecto de sus propias capacidades como agentes políticos – conspira en su favor, y amenaza con aderezar el festín autoritario.

Estas alternativas “políticas” amenazan con poner – una vez más – a “foja cero” el tema de la transición democrática, y su agenda en materia anticorrupción y en lo relativo al importante trabajo de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. Pareciera que nuevamente caminamos por el filo de la navaja, y que la ilusión de afianzar la transición política corre el peligro de extinguirse si no nos esforzamos por dirigir el pensamiento y la acción hacia su defensa. Ante la escasa preocupación de la autodenominada “clase dirigente” por la tema de los derechos humanos y la configuración de un ethos democrático, la ciudadanía en general y los miembros de la sociedad civil organizada tendrían que plantearse seriamente estos problemas, y examinar críticamente las ofertas totalitarias – las explícitas tanto como las veladas - que pretenden ahogarlos en el discurso monocorde de la “mano dura” o en los triviales slogans y las sonrisas fingidas de las campañas electorales. En un contexto político en el que los medios de comunicación concentran su interés en el debate menudo de la más inmediata coyuntura, y que las fuerzas partidarias están sumergidas en el juego de seducción sobre el electorado, resulta imperativo destacar para la opinión pública el tema de las posibilidades de la formación ciudadana y la cultura democrática en una sociedad fracturada (y mayoritariamente desencantada de la política) como aquella en la que vivimos. Desde este horizonte de preocupaciones, voy a concentrar mi análisis en los desafíos de la ética cívica en su polémica con el imaginario autoritario – recurrente en la historia del Perú – de la mano de algunas intuiciones personales acerca del problema de la educación democrática en el país.

1.- La ética cívica frente al espíritu de tutelaje.

¿Cómo es posible la afirmación de una ética cívica en una sociedad con una resistente tradición autoritaria que mina la lucha ciudadana por la vigencia del Estado de Derecho y los Derechos Humanos? Desde el terreno de la teoría política, Alexis de Tocqueville y Hannah Arendt han insistido en que la disposición a la ciudadanía activa constituye una condición esencial para la preservación de la democracia como sistema institucional y como forma de vida en común. En particular Tocqueville nos ha advertido acerca de la posible coexistencia entre formas despóticas de administración del poder y el respeto formal de ciertos procedimientos democráticos, como los procesos electorales[3]. Podemos entregar el poder cada cinco años a un “líder carismático” o a una “élite política”, presuntamente gerencial, que tome las decisiones por nosotros, sin la existencia de mecanismos de vigilancia o debates al interior de la sociedad civil. Elegiríamos entonces cada cierto tiempo a los supremos administradores de un enorme “poder tutelar” que descargue de nuestros hombros la responsabilidad de discutir y coordinar acciones concertadas, pero por lo mismo – y con un único movimiento – que termine recortando las posibilidades efectivas de ejercer nuestros derechos políticos[4]. Tocqueville insistía, en ese sentido, en la necesidad de combinar el sistema de derechos y procedimientos democráticos con la participación directa de los ciudadanos a través de la formación o el fortalecimiento de espacios públicos de interacción y debate al interior de “instituciones intermedias”, como las organizaciones que componen la sociedad civil.

Esta figura tocquevilliana del “poder tutelar” es una penosa realidad en el Perú republicano: cuando no padecemos una dictadura feroz y corrupta como la de Fujimori, un sector de nuestra población añora la “mano dura” de algún “iluminado” que concentre los poderes y pueda eventualmente llevarnos por el oscuro camino del desarrollo sin libertad. Muchos anhelan llevar a su realización lo que Arendt describía como la sustitución del ‘poder democrático’ – la capacidad del ciudadano de actuar en concierto - por el uso de la fuerza, en otras palabras, la tiranía[5]. Los momentos democráticos y los regímenes civiles han sido tan fugaces y escasos en la corta vida independiente que llamar a esta etapa histórica “república” puede resultar cuando menos un exceso verbal. Como ha aseverado Alberto Flores Galindo, para muchos peruanos, sin un caudillo no existe “la posibilidad de la eficacia en la política nacional”[6]. La forja de consensos y la dinámica del debate puede resultarles un trámite engorroso e innecesario frente al actuar enérgico y determinado del líder y sus colaboradores.

El clientelismo político constituye una práctica extendida – no sólo en los regímenes de facto, también en los interludios democráticos, sobre todo en los contextos electorales – en nuestra sociedad; se recurre a él como un mecanismo perverso y eficaz de captación de votos en un país que padece graves desigualdades sociales y económicas que son utilizados en nombre de los intereses de poder de cierta “clase política”. Pero el autoritarismo posee un rostro cultural de amplio arraigo no sólo en los sectores empobrecidos: también posee un alto poder de seducción entre los estamentos altos. El imaginario de la (autodenominada) “clase dirigente” ha estado dominado por mucho tiempo por la presuposición de que la república peruana tiene (o debería tener) como guía para su desarrollo histórico a dos “instituciones tutelares”: las fuerzas armadas y la Iglesia Católica. Caudillos y pastores. No existe nada más funesto para el proyecto democrático que esta clase de concepciones de inspiración conservadora[7]. Sin embargo, la existencia de este ideario “político” de viejo cuño es un dato de nuestra realidad histórica que no debería sorprendernos en absoluto. Resulta profundamente revelador el constatar que tradicionalmente los rituales medulares de las festividades patrias están estrechamente vinculadas con una actitud reverencial ante estas formas de “tutelaje”: las festividades mencionadas siempre se inician con la celebración del Te Deum y finalizan con un fastuoso desfile militar. Sabemos que además estos eventos cuentan con la atención de muchísima gente.

2.- La educación autoritaria y la necesidad de reescribir la historia.

Este espíritu contrasta nítidamente con el proyecto de una ética cívica, fundamental para la formación de una cultura política ciudadana. La actitud democrática requiere de una cierta mentalidad ilustrada, secular y civil, básica para la defensa de los Derechos Humanos, la práctica de la tolerancia y del espíritu crítico, así como la valoración del pluralismo y la participación política directa[8]. En una auténtica democracia, los ciudadanos son señores de sí mismos, no los tutela nadie. No constituye un secreto para nadie que la educación de los jóvenes en el Perú – tanto la educación pública como la privada – no está precisamente dirigida a la adquisición y la discusión crítica de estos valores cívicos. Montesquieu señalaba en Del espíritu de las leyes que una genuina república de ciudadanos sólo puede fortalecerse a través de la práctica de la virtud cívica, concebida como “el amor a la patria y a la igualdad"[9]. Sin un cierto sentido de pertenencia a la comunidad política (el cuerpo de instituciones y leyes que determina la estructura básica de la sociedad, que subyace en lo público a las diversas comunidades locales que habitamos), la viabilidad de la democracia se enrarece peligrosamente. No obstante, carecemos de una paideia democrática en el Perú que pueda fortalecer esta clase de vínculos[10]. Esta paideia no consiste en un “saber teórico” o “técnico” – no es epistéme ni techné -, sino sabiduría práctica, consistente en la adquisición reflexiva de hábitos y formas de discernimiento libre que son indispensables para el ejercicio de la ciudadanía (por ello mi evocación explícita a la noción griega de formación). Es esta una tarea pendiente en el país.

No practicamos la democracia en las aulas, tampoco nos iniciamos como agentes en sus relatos e ideales constitutivos. Tampoco la práctica del disentimiento y la reflexión libre son actividades comunes en el ejercicio del magisterio. El reconocimiento igualitario rara vez se evoca como un valor; se nos suele educar en relaciones asimétricas y se nos exhorta a reconocer el valor implícito en el acto de “seguir eficazmente órdenes sin dudas ni murmuraciones”, como si se tratase de la vida marcial, porque “el que obedece no se equivoca”. En la práctica de la educación peruana suele identificarse el ‘patriotismo’ con la formación de cierto talante militarizado, presente por ejemplo en la relación autoritaria entre maestros y estudiantes, en la casi inexistencia de una cultura de la discusión en las aulas, así como en el énfasis escolar en el cultivo de una “disciplina férrea”, que exige la obediencia a las directivas del maestro. Si la vida en las aulas no constituye nuestra primera experiencia de participación en un espacio público dialógico, la posibilidad del cultivo de hábitos democráticos en la adultez se debilita severamente.

Como resultado de esta mentalidad educativa vertical y militarizada, se ha convertido en una costumbre nacional hacer que los estudiantes escolares muestren su ‘patriotismo’ imitando el comportamiento marcial en las festividades patrias, saliendo a marchar a las calles a la usanza militar, al son musical de una banda de guerra. El Perú es uno de los pocos países del mundo en los que los niños y los jóvenes obligatoriamente marchan como militares como parte de la tarea educativa, y son estimulados a expresar amor a su comunidad y a su historia de esa forma. Ni ilustración ni educación en la civilidad (es preciso mencionar que existen algunas excepciones a esta regla, pero que estas se cuentan sólo en ciertos colegios privados, generalmente experimentales). Si esa es la simbología y la mitología práctica que alimenta el “imaginario patrio” ¿Cómo esperamos que los jóvenes se sientan impulsados a actuar hoy y mañana como ciudadanos, que no aplaudan los golpes – o autogolpes – militares (o “cívico – militares”), o que no toquen la puerta de los cuarteles, o que no invoquen fervorosamente el retorno de los dictadores, en busca de una “mano dura” que los someta y que administre el poder por ellos?[12] ¿Cómo abrigar la esperanza en que puedan llegar a sentirse próximos a la memoria del sufrimiento de las víctimas inocentes del conflicto armado interno, de modo que no interpreten la tragedia del terror y la represión como “inevitables daños colaterales” o los necesarios “costos sociales” de la “pacificación”, o incluso de la “revolución”?

Considero que una auténtica educación democrática – basada en el cultivo de una conciencia civil – requiere la erradicación de esta clase de rituales militarizados que refuerzan la mentalidad autoritaria y la ficción funesta de la necesidad de “instituciones tutelares” para garantizar la “seguridad nacional”, y la presunta “buena salud” de sus organizaciones. Sin duda la crítica y el cambio de esta visión de las cosas suponen transformaciones aún más profundas en la agenda educativa. Pensemos un momento en la manera en que se imparten los cursos de historia del Perú y educación cívica, por ejemplo, en la figura del “culto a los héroes”. Resulta claro que las comunidades políticas necesitan parcialmente ‘modelos humanos’ que puedan ser inspiradores para la acción de sus miembros (aunque evidentemente una comunidad democrática requiere, en mayor medida que un panteón heroico, una “tradición” de deliberación pública y ejercicio ciudadano del poder político). Caemos en la cuenta que aquí opera también con suma intensidad el credo militarista. Pareciera que prácticamente no existiesen en la historia peruana héroes civiles. O los héroes son militares – esto es, guerreros actuando en el campo de batalla, es sabido que el Perú no contaba entonces con un ejército profesional – o son civiles involucrados de algún modo con la lógica del conflicto violento, fundamentalmente alguna guerra externa. La mayoría de nuestros héroes son militares, varones, generalmente muertos en acción.

¿Es que no existen en los registros de la historia héroes civiles, personajes paradigmáticos vinculados a actividades no violentas, héroes del Estado, la cultura, el pensamiento, la fe, que hayan tenido relevancia en la forja de la historia de nuestra comunidad? Ciertamente, no es el caso que no existan individuos de singular relevancia en los procesos de la historia del Perú, individuos asociados con el cultivo de la civilidad. Que se sepa, un Vizcardo y Guzmán o un Toribio Rodríguez de Mendoza son tan relevantes para el proceso de emancipación como un Túpac Amaru o un San Martín; lo mismo podría decirse de Cáceres y Basadre respecto del período republicano. Aquí se plantea nuevamente el viejo conflicto entre la pluma y la espada. El hecho que hayamos sido educados en una historia basada en el “culto a los héroes” – no por ejemplo, en la comprensión de procesos sociales de mayor alcance basados en el fortalecimiento de instituciones o en movimientos de inclusión social y política - y que estos héroes sean ‘militares, varones, generalmente muertos en acción’, revela claramente la (no tan secreta) intención de infundir una cierta imagen de país – y fundamentalmente, de su proyecto político implícito – por parte de quienes escribieron la historia del Perú y diseñaron el currículum escolar en esta materia. Se trataba de educadores e historiadores empapados en el ethos del tutelaje militar, que aspiraban a que esta imagen desarrollara en los jóvenes formas de adhesión al credo ideológico que representa. El aprendizaje de una historia escrita en esa clave ha reforzado, desde entonces y hasta hoy, la afirmación de una mentalidad autoritaria y la condescendencia frente a los regímenes antidemocráticos que han “desfilado” por nuestra historia política en nuestra corta vida como Estado independiente.

Necesitamos otra historia, si lo que queremos es forjar una ética cívica. Una historia que infunda en nosotros el cuidado de la libertad y el ejercicio del diálogo, propios de un ethos ciudadano, una historia que fortalezca nuestra lealtad a un régimen constitucional y nuestra valoración de las capacidades del ciudadano y del individuo independiente, que “piensa por sí mismo”. Esta invocación, no obstante, podría generar alguna confusión teórica sobre lo que significa ‘escribir la historia’: conviene, por tanto, introducir una breve aclaración epistemológica que pueda despejar malentendidos potenciales a este respecto. La escritura de la historia es fruto de un proceso selectivo que involucra decisivamente la subjetividad del historiador, así como el horizonte hermenéutico que subyace a sus modos de pensar e investigar. En general, el hombre de ciencia reaproxima al tema que examina desde el trasfondo significativo de sus inquietudes, creencias, valoraciones y pensamientos[13]. Puede – y debe, por supuesto - explicitar y someter a crítica gran parte de estos pre-juicios, pero su reflexión no puede sino partir de supuestos que orientan su trabajo conceptual. En el caso del pensar histórico, ese conjunto de elementos pre-comprensivos intervienen en la composición de una historia coherente e ineludiblemente comprometida con ciertas articulaciones de valor.

¿Estamos diciendo con ello que el historiador altera los eventos del pasado, o los “inventa”? Nada de eso. Cuando el historiador se dispone a construir su historia, tiene ante sí un conjunto de eventos, personajes, acciones y procesos que son elementos potenciales de una historia con sentido. Ese conjunto constituye su material de trabajo. El historiador decide – en nombre de ciertos criterios y razones que debe hacer explícitos en espacios académicos y ciudadanos – qué eventos, personajes, acciones y procesos se hacen relevantes para formar parte de una historia significativa para nosotros. No hay pues (ni puede haber) una historia completamente “objetiva” y socialmente desinteresada: ella siempre descansa en ciertas interpretaciones – susceptibles de ser discutidas por académicos y por ciudadanos al interior de espacios públicos – acerca de la clase de sociedad en la que queremos (o no queremos) vivir.

Mi punto aquí es que a la historia autoritaria y militarizada presente en los planes de estudio escolares subyace una opción política antidemocrática, que a menudo ha sido una herramienta “eficiente” para la conservación de las dictaduras y el fortalecimiento de la servidumbre voluntaria en el país. Si queremos promover realmente la cultura democrática y la construcción de la ciudadanía debemos asumir el reto de reescribir nuestra historia, desplazando el criterio de la selección hacia aquellos valiosos – aunque escasos – ‘momentos fundantes’ de la civilidad en la historia del Perú, exaltando los gestos de heroísmo ciudadano y el cultivo de la deliberación pública. Piénsese, por ejemplo, en el debate y la difusión de las ideas ilustradas en la Lima del siglo XVIII en el Convictorio de San Carlos, o en la lucha ciudadana contra la dictadura de Fujimori y Montesinos entre 1997 y el 2000. El propio Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación ofrece una nueva interpretación crítica de la historia peruana reciente centrada en la defensa de las víctimas de la violencia terrorista y de la represión estatal. Sin una historia hilvanada desde la práctica y la discusión de los valores democráticos no será posible combatir con éxito la tentación autoritaria, que hoy tanto como ayer toca las puertas de nuestra aun precaria comunidad política.

3.- A modo de conclusión. La búsqueda de un “Rubicón espiritual”.

Reformar nuestros rituales comunitarios y reescribir la historia desde los valores y los problemas que plantea una ética cívica son dimensiones de lo que podríamos describir como la formulación y discusión de mitologías democráticas, entendidas en términos de un conjunto de narrativas vitales (en el sentido originario de la expresión griega mythoi, es decir, relatos) que interpretan críticamente nuestras acciones compartidas como generadoras de espacios públicos e instituciones para el ejercicio de la libertad política y la lucha contra la exclusión; su configuración apela al trabajo de la cultura en todas sus formas: vida cotidiana, arte, ciencias, literatura[14]. “Mitología” no es concebida aquí en su sentido coloquial, como sinónimo de sistema de ficción literaria o religiosa; más bien se trata de una categoría filosófica que alude a un conjunto de ideales prácticos, movilizadores del pensamiento crítico y la práctica social, en el sentido que Hegel, Hölderlin y Schelling usan este término en el célebre Primer programa sistemático del Idealismo Alemán de 1797.[15]

No se trata, por supuesto, de proponer simplemente una ideología como sustituta de otra: componer una narrativa vital implica el ejercicio de la interpretación crítica; hilvanar una narrativa en este contexto supone someter a interpelación los sentidos que los ciudadanos les asignamos a nuestras instituciones y a nuestra vida en común. Más que inculcar sin más “creencias democráticas” – lo cual constituiría una operación paternalista, evidentemente no democrática - lo que se busca es promover el cuidado de capacidades políticas vinculadas a la reflexión, el diálogo, el reconocimiento de los derechos de los demás y el cultivo de la sensibilidad frente a las diferencias y los lazos concretos con los otros. Se trata de configurar nuevos imaginarios sociales y políticos críticos (así, en plural) – basados en la deliberación pública tanto como en la defensa de las libertades cívicas y la lucha por la igualdad civil y la justicia – que nos impulsen a la vindicación de una cultura política democrática y que contribuyan a desterrar aquellas metáforas y suposiciones de corte despótico, que han subordinado a los ciudadanos al arbitrio de los “poderes tutelares” a los que hemos aludido supra. Un ideario pluralista disponible al escrutinio público, una suerte de humus ético que aliente el ejercicio de la autonomía y la percepción de nosotros mismos como ciudadanos, sujetos corresponsables de nuestro destino común de vida. Respecto de estos asuntos no hay milicia ni clero que pueda imponer legítimamente su opinión. En los fueros de los espacios públicos – en los que todos son bienvenidos como participantes en pie de igualdad - la única autoridad que uno puede invocar en su favor es la del mejor argumento.

Estas mitologías democráticas apelan por igual al desarrollo de vínculos de pertenencia a un sistema político como al cultivo irrenunciable del espíritu crítico del individuo: lo que ellas buscan como impulsoras de la cultura política es la erradicación de las formas culturales de autoritarismo, presentes, por ejemplo, en la imagen conservadora que concibe la existencia de “instituciones tutelares” que orientan al ciudadano en materia de una “recta política”. En una comunidad libre, no existe otra autoridad política que la que configuran los ciudadanos comprometidos con la res publica. En la antigua república romana existía una importante tradición respecto de las relaciones entre el ejército y el gobierno civil de Roma. Cuando las legiones romanas marchaban a librar las guerras externas que el Estado le ordenaba librar de acuerdo con la ley – el ejército representaba al senado romano, no olvidemos la inscripción SPQR (Senatus populusque romanus), presente en cada uno de en los estandartes de la legión[16] – sabían que a su regreso debían observar celosamente un mandato crucial: no podían atravesar el Rubicón. El ejército debía disolverse y dejar las armas antes de cruzar el río, de modo que los soldados y jefes militares entrasen a la ciudad sencillamente como hijos de Roma. La asamblea de ciudadanos sabía muy bien que si el ejército irrumpía en Roma, armado y triunfal, la fascinación de la gente por la victoria y la gloria bélicas podrían ‘convencer’ al general de turno a sentirse predestinado por los dioses a asumir el timón de la civitas en calidad de dictador: ello lo llevaría a disolver el senado y concentrar todo el poder entre sus manos. La república separaba sabiamente las funciones de la civilidad y de la legión. La ciudadanía gobierna, la legión sólo debe proteger las fronteras de Roma y enfrenta a sus enemigos. Si cada una de estas organizaciones cumple con su rol, entonces la justicia ha sido honrada. El Rubicón constituía un límite para las pretensiones de los hombres de armas[17]. Creo que este caso pone de manifiesto una profunda lección moral ante nosotros; la civitas romana (más allá –evidentemente - de las significativas distancias en el espacio y en el tiempo) tiene algo importante que enseñarnos sobre el sentido de la vida política. La república peruana requiere de la existencia – en sus instituciones, pero fundamentalmente en el seno de la cultura, en la mente y el corazón de sus ciudadanos – de un “Rubicón espiritual” que garantice el respeto por el sistema político democrático.

[1] Una primera versión fue publicada en Páginas 197 Lima Febrero 2006 pp. 46 – 55. Agradezco los comentarios y sugerencias de Alessandro Caviglia, Humberto Quispe, Miguel Ángel Ruiz y Fidel Tubino.
[2] Gonzalo Gamio Gehri es Licenciado en filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú y es candidato al título de Doctor por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid, España) donde ha obtenido también el Diploma de Estudios Avanzados (DEA del Doctorado en Filosofía). Actualmente es profesor en la PUCP y en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
[3] Véase Tocqueville, Alexis de, La democracia en América Madrid, Guadarrama 1969.
[4] Véase Guerrero, Juan Antonio "De la sensación de libertad al ejercicio de la libertad" en: Feijó, Lydia y Ricardo Pinilla Atreverse a pensar la política Madrid, UPCo 2001 e Idem, “Sobre el futuro de la libertad. Los hábitos del corazón de la vida urbana y el ejercicio de la ciudadanía” en: Razón y Fé Tomo 243 N° 1227 Enero de 2001 pp.41 - 53.
[5] Consúltese Arendt, Hannah La condición humana Madrid, Seix Barral 1976 pp. 264 - 7.
[6] Flores Galindo, Alberto La tradición autoritaria Lima, APRODEH – Sur 1999 p. 39.
[7] Los prejuicios de la política conservadora excluyen de antemano la existencia de un ejército con vocación democrática o de una Iglesia partidaria del pluralismo, quizá a causa de los referentes históricos de su posición: los caudillos militaes del siglo XIX y la Iglesia pre-conciliar.
[8] En esta línea, Rousseau ya había caracterizado al ethos republicano en términos de una religión cívica (y James y Dewey recogieron esta caracterización en el siglo XX), un enfoque que buscaba combinar el sentido de pertenencia con el trabajo del pensamiento libre. Cfr. Rorty, Richard Forjar nuestro país Barcelona, Paidós 1999.
[9] Montesquieu, Del espíritu de las leyes Madrid, Sarpe 1984; tomo I p.31.
[10] Me he ocupado de este punto en Gamio, Gonzalo "Eficacia técnica y esfera pública" en: Santuc, Vicente, Gamio, Gonzalo y Chamberlain, Francisco Democracia, sociedad civil y solidaridad Lima, CEP 1999; pp.209-229.
[12] Lamentablemente, si consideramos la coyuntura política actual generada por el nuevo gobierno y el nuevo escenario social, estamos bastante lejos de tomar medidas en una dirección cívico-democrática: luego de una serie de avances en el contexto del gobierno de transición, la tan esperada reforma de las Fuerzas Armadas se ha detenido; se han frustrado, asimismo, los intentos por redefinir doctrinalmente – al interior de los centros de formación militar - las relaciones entre el poder civil y los institutos armados en el marco de los principios del Estado de Derecho y la cultura de los Derechos Humanos; del mismo modo, los trabajos vinculados a la justicia transicional se han detenido en el nivel de las políticas públicas. Medidas estatales (y campañas mediáticas) en contra las ONG que se ocupan de el tema pretenden debilitar la presencia de la sociedad civil en temas de vigilancia cívica y formación ciudadana. Funcionarios públicos del régimen actual han manifestado su intención de generar los mecanismos políticos para volver a implantar el servicio militar obligatorio y a proponer un curso de instrucción pre-militar en la educación secundaria.
[13] Véase el importante debate al respecto generado por la importante obra de Hans – Georg Gadamer, Verdad y Método. Cfr. Gadamer, Hans – Georg Verdad y método Salamanca, Sígume 1979.
[14] Me he ocupado del tema de las narrativas vitales en Gamio, Gonzalo “La purificación del juicio político. Narrativas de justicia, políticas de reconciliación” op.cit.
[15] Véase Hegel, G.W.F. “Primer programa sistemático del Idealismo Alemán” en: Escritos de juventud México: FCE, 1986 pp. 219 -20.
[16] Cfr. Taylor, Charles “La política liberal y la esfera pública” en Argumentos filosóficos Barcelona, Paidós 1997 p. 346.
[17] Sabemos cuáles fueron las terribles consecuencias de la decisión de Julio César de irrumpir en Roma con su ejército: la república dejó de existir para siempre.

RAFAEL REY, MARTHA CHÁVEZ Y EL ‘PENSAMIENTO ÚNICO’











Gonzalo Gamio Gehri


Las recientes declaraciones de Rafael Rey y Martha Chávez acerca de la controversia en torno a la administración de los bienes y la autonomía de la Pontificia Universidad Católica del Perú han revelado nuevas aristas del problema, que trascienden el ámbito judicial. Aunque ambos personajes han formulado sus cuestionamientos a la PUCP a título personal, parece razonable considerar sus puntos de vista como expresiones de un proyecto ideológico ultraconservador que promueve la conversión de la PUCP que todos conocemos – una universidad plural y humanista comprometida con la investigación científica y con la promoción de la ciudadanía democrática en el país – en una institución paródica con pretensiones académicas mucho más modestas, defensora en adelante de una versión integrista del catolicismo como núcleo doctrinal de la formación profesional.

Fue Rey quien abrió fuego señalando categóricamente que “lamentablemente, la Universidad Católica ha permitido que en sus claustros (…), se originen personas que comienzan a actuar como marxistas y comunistas”. Frases sumamente duras, además de mal construidas. El ministro dejó entrever que es responsabilidad de una universidad promover una monolítica “línea maestra” que guíe las mentes y los corazones de los estudiantes. Se equivoca. Una universidad es una comunidad académica que promueve la investigación y el debate, el cultivo de las diferentes formas de saber y el intercambio reflexivo de las diferentes visiones de la realidad. La condición de este intercambio es el respeto a las reglas de juego de la argumentación y la escucha tolerante de las ideas rivales. Una universidad católica introduce además el ejercicio del diálogo transparente entre el conocimiento y la fe. En ningún caso, la tarea universitaria implica la difusión de un “pensamiento único”, como pretende Rey.

En los siete años vividos como estudiante de la PUCP (contando el pre y el postgrado), he tenido maestros de izquierda, centro y derecha, todos ellos investigadores muy bien dispuestos a contrastar sus enfoques con argumentos provenientes de otras tradiciones intelectuales. Ninguno de ellos era afecto a la prédica o al proselitismo. Puedo decir lo mismo de mis actuales colegas. La PUCP cuenta con docentes de todas las tendencias conceptuales y canteras ideológicas: devotos del barroco español, fenomenólogos, estudiosos del multiculturalismo, teólogos sociales y conservadores religiosos. Todos gozan del respeto y el aprecio de la comunidad universitaria. Las virtudes que reconocemos en ellos son la honestidad intelectual y la apertura al diálogo.

No es difícil detectar el sentido oculto de las frases de Rey. Para él y quienes celebran su posición desde la prensa fujimorista no es difícil identificar erróneamente como “marxistas” o “comunistas” a todo aquel que propugne una educación pluralista o defienda la democracia constitucional y los derechos humanos frente a propuestas autoritarias (curiosamente, todos estos conceptos señalados son de origen liberal). Para ellos, ni siquiera quienes cultivan la teología latinoamericana son católicos. La PUCP condenó públicamente en décadas pasadas las acciones de los grupos subversivos, asumiendo la defensa del Estado de Derecho en contra del terror. Asimismo, ella denunció las arbitrariedades y los actos de corrupción cometidos durante el régimen de Fujimori (gobierno que Rey apoyó entusiasta desde el Congreso). La Universidad intervino en la discusión pública cuando los principios básicos de la paz y la libertad estaban siendo vulnerados, cuando la sociedad peruana precisó de una reflexión moral y cívica que le permitiera plantearse cuestiones que contribuyeran al esclarecimiento de su cauce democrático. Hoy se pretende controlar una institución académica que sirve al país con excelencia bajo el pretexto bizarro de que no es “suficientemente piadosa”.

Martha Chávez ha completado el bosquejo general de Rey con algunas pintorescas precisiones de corte metodológico: ha señalado que una “universidad decente” tendría que emular la práctica de la Universidad de Piura, cuya biblioteca advierte por escrito – afirma - qué libros estarían contraindicados a sus estudiantes por razones doctrinales (la obra de Maquiavelo y de Marx entre ellos). Personas allegadas a la UDEP han confirmado este dato: tales “libros peligrosos” están guardados en una zona de la biblioteca denominada “El Infiernillo”. Interesante forma de educar a los alumnos, tratándolos como seres incapaces de discernimiento y reflexión crítica; diríase que la Ilustración jamás llegó por esos lares. Frente a esta actitud autoritaria, el “Atrévete a pensar” kantiano constituye prácticamente un lema subversivo. No sorprende que sus suscriptores sean confundidos con izquierdistas.

Para resumir, la imagen que tienen en mente Rey y Chávez de lo que tendría que ser una “recta universidad” no cumple con los estándares de excelencia académica y libertad que requiere un centro de educación superior; ni siquiera cumple con las condiciones de pluralidad que requiere un seminario religioso que merezca tal nombre. Lo que pretenden es convertir a la PUCP en un recinto de adoctrinamiento en el “pensamiento único” proclamado por cierta ala conservadora católica. No lo lograrán: no cuentan con el amparo de la ley, tampoco con razones que justifiquen sólidamente su posición. Esta aventura suya no pasará de ser un capítulo más – el último – de los vanos intentos oscurantistas por capturar la universidad más prestigiosa del país.

domingo, 8 de abril de 2007

LA PURIFICACIÓN DEL JUICIO POLÍTICO























NARRATIVAS DE JUSTICIA, POLÍTICAS DE RECONCILIACIÓN(*)



Gonzalo Gamio Gehri ¡**)










"¡Ares contra Ares luchará! ¡Justicia, con Justicia!"






(Esquilo, Coéforas 461 – 2)








"¡Fatuos mortales que tendéis el arco más de lo oportuno y recibís de la Justicia
innumerables males! Tomáis lecciones de los hechos, ya que no de los amigos. Y
vosotros, Estados, que podéis conjurar el mal por la palabra, dirimís vuestros
asuntos con la sangre, no con la palabra"









(Eurípides, Suplicantes, 745 -50).



¿Es posible superar la violencia a través de la deliberación pública como “fuente” de justicia?¿No es ésta una aspiración imposible, un anhelo que la “realidad efectiva” se ha encargado de desbaratar una y otra vez?¿Podemos diseñar procedimientos de justicia conmutativa que puedan purificarse de cualquier esquema retributivo basado en la venganza?¿Qué clase de comunidad política podemos esbozar desde un paradigma estrictamente cívico – dialógico de coexistencia social? Este tipo de cuestiones son de una excepcional importancia y gravedad, no sólo para la teoría política, sino para la confrontación concreta de los dilemas que plantean los procesos de justicia transicional en el Perú, en particular el trabajo de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR): memoria o silencio, justicia o impunidad, reconciliación sociopolítica o fragmentación. El propósito de este ensayo, más que intentar responder directamente estas preguntas (lo cual supondría una empresa que excedería largamente los límites de un artículo como éste), es ofrecer ciertos recursos conceptuales que podrían ayudarnos a comprender con mayor precisión el sentido y alcances de estas interrogantes y, acaso – con un poco de suerte -, brindarnos alguna pista que nos sirva de orientación para plantearlas en el terreno práctico.

Narrativa vital, katharsis política, justicia y conflictos prácticos; esta es la familia de conceptos éticos que pretendo discutir en el breve espacio que dispongo aquí. Como he señalado, el telón de fondo histórico que subyace a los argumentos que voy a esbozar en lo que sigue es el de la precaria transición política que vivimos en los últimos años. El Informe Final de la CVR por sí mismo es la encarnación de un esfuerzo fundamental por hilvanar una reconstrucción narrativa del conflicto armado interno, así como las perspectivas de reconciliación, a través de la reforma de nuestras instituciones, el ejercicio de la justicia y la reconstrucción de nuestros lazos sociales. Ninguno de los pasos de mi exposición perderá de vista este referente histórico y ético[1]; antes bien, me propongo desarrollar el problema del “cambio de paradigma de justicia” que va de la venganza hacia la política – giro conceptual que sin duda constituye el hilo temático del proyecto de reconciliación que pretende impulsar lel trabajo de la CVR – a partir de una reflexión crítica sobre la Orestiada, la célebre trilogía trágica de Esquilo. En más de un sentido, el reto que el crimen de Orestes y el acoso implacable de las erinias plantean a Atenea y a la polis ateniense – la consideración racional de los conflictos desde los foros correspondientes a los tribunales y los espacios públicos – es el mismo que ha asumido la sociedad peruana frente al reto del esclarecimiento de su memoria histórica, el logro de la justicia y la refundación de la res pública.

Comencemos con el tema de la narrativa, entendida como la figura concreta que puede asumir el tema de la verdad en el contexto de una reflexión sobre la praxis. Una acción – o un conjunto de acciones – es inteligible desde un punto de vista ético cuando podemos interpretarla a la luz no sólo de los eventos o estados de cosas que ella genera, sino desde el complejo entramado de creencias, valoraciones y situaciones a partir del cual ella logra desplegarse en el tiempo y en el espacio de las relaciones humanas[2]. Dar cuenta de esas conexiones hace posible comprender tal acción como parte de un modo de vida o de un proyecto vital; sin referencia a este entramado ético, la acción carece de significado práctico y no puede convertirse en objeto de juicio ni de deliberación. Este ejercicio de articulación y argumentación asume la forma de un relato a partir del cual los agentes individuales – o las instituciones – reconstruyen sus acciones y decisiones dando cuenta de los fines que perseguían con ellas y de los contextos mundano – vitales en los cuales y desde los cuales tenían lugar[3]. Esta narración es siempre retrospectiva, esto es, supone el ejercicio de la memoria como disposición crítica que explicita las experiencias del pasado en vínculo directo con el presente[4].

La inteligibilidad de la propia identidad – tanto personal como colectiva[5] - dependerá en buena medida de la comprensión del lugar de la vida del individuo o de la comunidad en el curso de una narración inteligible que es siempre una historia de relaciones. “No hay modo de entender ninguna sociedad, incluyendo la nuestra”, sostiene Alasdair MacIntyre, “que no pase por el cúmulo de narraciones que constituyen sus recursos dramáticos básicos. La mitología, en su sentido originario, está en el centro de las cosas”[6]. Todo grupo social, para definir su propio carácter como tal, se remite a una cierta reconstrucción narrativa de su pasado, que permite reconocer el surgimiento de instituciones, sistemas legales y valores que encarnan un conjunto de aspiraciones y creencias que funcionan como tele. Estos relatos constituyen el “horizonte hermenéutico” de la autocomprensión de una comunidad. Es por ello que el trabajo de aedas, poetas, compositores de tragedias y trovadores era al menos tan apreciado como la posterior labor del teórico social y el crítico[7]. Las crisis sociales – como la que hemos vivido bajo el conflicto armado interno – exigen que quienes cuentan la historia observen los giros narrativos y aun las rupturas que afronta el curso de la vida de la comunidad[8]. El desarrollo de la crítica o la composición de relatos rivales suscitan ordinariamente nuevas tareas y retos para el ejercicio narrativo.

Las narrativas están siempre (y deben estar) expuestas a la controversia y cuestionamiento racional. El debate le da sentido a su existencia. Es posible y frecuente incluso que los mismos eventos que se relatan susciten conflictos de interpretación. Las narrativas están expuestas tanto a la incoherencia y al autoengaño, como a la confusión y a la incredulidad. Cuando dos o más narrativas entran en conflicto, es preciso - para intentar “resolver” racionalmente estas controversias - reconocer tres “pautas epistemológicas” que permiten de un modo razonable juzgar la mayor plausibilidad de alguna de las narrativas sobre las demás: i) Correspondencia con los hechos vividos ii) Coherencia lógica y observancia de los estándares de validez públicamente admitidos iii) Un mayor grado de complejidad en la articulación de valores, acciones y fines que la narrativa rival, esto es, la capacidad con que una narrativa esclarece mayores aspectos de la acción o los hechos que su competidora, resuelve incoherencias que genera el relato rival o “echa luces” sobre el sentido o las posibilidades abiertas por tales acciones. Estas formas de validación racional hacen patente el carácter consensual y provisional de la “verdad” a la que las narrativas aspiran. Siempre es posible que el debate sea reabierto o que surjan en el futuro nuevas interpretaciones que compitan con las que son admitidas hoy. Como señala agudamente MacIntyre, una reconstrucción narrativa es considerada “verdadera” o “racionalmente plausible” cuando podemos decir que se trata de “la mejor visión que alguien ha sido capaz de dar hasta ahora, y que nuestras creencias acerca de cuáles son los rasgos de ‘mejor visión hasta ahora’ cambian de maneras que son impredecibles en el presente”[9].

1.- Tragedia y política. El sentido ético – político de la katharsis.

¿En qué sentido la reconstrucción narrativa de nuestra historia reciente puede ser entendida – al menos en un sentido importante – desde el horizonte de la tragedia? No cabe duda que en las Audiencias Públicas de la CVR, en los miles de testimonios de madres y esposas de desaparecidos y torturados por los grupos subversivos o por agentes del Estado, en el dolor de los nativos ashaninkas esclavizados y condenados a la muerte social por miembros de Sendero Luminoso, podemos percibir la resonancia del llanto de las mujeres de Ilión en Las Troyanas, la denuncia incansable de Electra ante el asesinato de su padre, o la desesperación de las suplicantes de Argos, clamando ante el pueblo de Atenas que se les permita recuperar los cadáveres de sus parientes muertos en la guerra contra Eteocles[10]. La tragedia griega constituye una de las primeras formas literarias en las que se hace explícita, con particular intensidad, una comprensión narrativa de la experiencia humana de la exclusión y la crueldad. Volver sobre ella puede permitirnos recuperar un modo relevante de expresar el dolor provocado por la injusticia, así como la exigencia incondicional de reconocimiento y reparación del daño.

Consideremos en primer lugar el sentido del drama trágico, y su peculiar función ético – política. En un célebre pasaje de la Poética, Aristóteles señala que la tragedia pretende, a través de la representación (mímesis) de las acción y del curso de una vida (práxeos kai bíou), “realizar, mediante la compasión y el temor, la katharsis de las experiencias de este género”[11]. Es importante precisar qué se entiende aquí por “katharsis”. Como es sabido, este término proviene originariamente del vocabulario específico de la práctica médica, y se refiere al proceso por el cual el organismo se “purifica”, se “limpia” de impurezas a través de la administración de medicamentos. Analógicamente, esta expresión adquirió una dimensión práctica, que se aplica al espectáculo trágico, y a través de este, se proyectó al campo de la práctica política. Las acciones que los personajes desarrollan, o las circunstancias que estos deben afrontar producen en nosotros “compasión” y “temor”. A través de estas experiencias el agente forma tanto su intelecto como su carácter[12]. La deliberación y la percepción de los conflictos que el héroe trágico experimenta (conflictos en los que a menudo se enfrentan bienes o males imcompatibles, de modo que resulta imposible sustraerse a la pérdida de algún elemento valioso para el propio modo de vida[13]) contribuyen con la adquisición y configuración de hábitos emocionales y formas encarnadas de discernimiento práctico que preparan a los individuos para el ejercicio de la actividad política y en general el cultivo de los vínculos sociales. La katharsis alude entonces al proceso intelectual y emotivo de clarificación ética que permite al ciudadano evaluar críticamente diferentes formas de pensamiento, valoración y acción que tienen lugar en la escena trágica, pero que podrían asumir una figura concreta en el espacio público.

No debemos perder de vista los modos de experiencia, las pasiones que provocan la katharsis en el “espectador” de las tragedias. La compasión constituye un sentimiento moral de primera importancia, en tanto su percepción presupone la proyección empática del agente, la capacidad de ponerse en el lugar del otro – especialmente de aquel que se encuentra en una situación desgraciada e injusta – a través de la imaginación y la reflexión; sólo así podemos “padecer con” el otro. En la Retórica, Aristóteles define la compasión como “un cierto pesar ante la presencia de un mal destructivo o que produce sufrimiento a quien no se lo merece y que podríamos esperar sufrirlo nosotros mismos o alguno de los nuestros”[14]. El temor, por su parte, evoca la experiencia de sufrir a causa de un posible o imaginario mal venidero[15]. En uno y otro caso, se trata de emociones que nos conmueven en tanto proyectamos el yo en el tú; son afecciones del alma que nos mueven a reconocer el carácter incierto y frágil de los asuntos humanos: “podría haberme pasado a mí”, “¿Cómo reaccionaría yo ante tal dolor o tamaña injusticia?”. Es esta operación de nuestra imaginación y nuestra sensibilidad la base para poder eventualmente actuar en favor de quien padece opresión o violencia.

La experiencia de lo temible y de aquello que es digno de piedad constituye una fuente crucial para el aprendizaje moral y la forja del juicio ético – político, pues nos mueve a apreciar el cuidado de nuestras relaciones, y nos empuja a deliberar acerca de nuestras reacciones afectivas y nuestros compromisos con los demás. La katharsis consiste – señalábamos – en un proceso de clarificación del intelecto y los afectos conducente a la articulación de juicios lúcidos y sensatos, sensibles a las situaciones de injusticia[16]. Se trata de depurar de nuestra razón y sensibilidad - a través de la experiencia de circunstancias concretas – de todo aquello que nos impide elaborar juicios de esta clase. Justamente uno de los grandes temas de la tragedia es el de la ceguera voluntaria, la incapacidad de determinados personajes (p.e. Creonte, Edipo, Jerjes), ya sea por error en el razonamiento, por falta de voluntad o por insensibilidad frente a la posición de los demás, de actuar con prudencia y buen sentido en determinadas situaciones. Esta es una forma particular de hybris, la negativa a reconocer los elementos que constituyen una circunstancia compleja que exige nuestra atención e intervención como agentes finitos. La paideia trágica busca desarrollar en los ciudadanos el cultivo de la phrónesis, la “mirada” atenta del intelecto y la percepción a los sinuosos hilos de la urdimbre narrativa de los contextos de la acción.

No es posible para el ciudadano – y en general para el agente humano – evadir conflictos éticos desgarradores, ni siquiera situaciones de indefensión o vulnerabilidad frente a fuerzas externas, o frente a circunstancias injustas. Pertenecer a comunidades políticas fuertes e inclusivas – fundadas en la participación activa de sus miembros y en la solidez de sus instituciones – puede ofrecernos diversos recursos legales y cívicos para defendernos de la arbitrariedad y la injusticia, pero no nos inmuniza completamente contra el daño y la violencia. Cuando la experiencia del dolor y la lucha contra el daño son ineludibles, el sufrimiento (en la figura de la propia desgracia y en el cuidado de las víctimas de la ceguera voluntaria y otros modos de ate) debe ser fuente de saber, de purificación del juicio, de lo contrario, tales vivencias se tornan experiencias vanas y carentes de relevancia espiritual y política. En otras palabras, aprender a través del dolor. Esto constituye el corazón mismo de la sabiduría trágica, auténtica forma de paideia - que hunde sus raíces en la propia religiosidad griega -, consistente en la formación del carácter que no retrocede ante la desesperación, en tanto el trabajo con lo negativo genera formas complejas de conocimiento y discernimiento práctico.





“Porque Zeus puso a los mortales en el camino del saber, cuando estableció con
fuerza de ley que se adquiera la sabiduría con el sufrimiento. Del corazón gotea
en el suelo una pena dolorosa de recordar e, incluso a quienes no lo quieren,
les llega el momento de ser prudentes.”[17]


Este potencial educador hacía de la tragedia el ritual ético - político y religioso por excelencia en la antígua Atenas. La discusión pública y académica de los conflictos de valor planteados en las tragedias era una práctica común en tiempos de Platón y Pericles; sin duda la misma organización del evento, y la escenificación del drama constituían un acontecimiento espiritual.. En la propia puesta en escena de la tragedia, la distinción entre los participantes y los espectadores del drama puede considerarse relativa en más de un sentido: los actores y los miembros del coro eran fundamentalmente ciudadanos comunes, que ofrecían en un espectáculo abierto una representación de la condición precaria, contingente y vulnerable, pero irreversible, de las acciones humanas, y sus efectos decisivos en la propia polis. La tragedia nos recuerda lo que los hombres podemos hacer contra nuestros semejantes cuando nuestras falsas certezas, nuestros prejuicios y nuestros escasos poderes de previsión y control sobre nuestro entorno se hacen añicos: la tragedia nos recuerda que, como sentencia Tiresias en Antígona, “la buena deliberación es la mayor de las riquezas”[18] . Constituye también una invitación a escuchar la voz de los débiles o de aquellos que a primera vista no comparten nuestro ethos, aquellos que pertenecen a otras culturas o que incluso hablan otra lengua – piénsese en el coro de Las troyanas, o en el dolor en el que queda sumida la corte de Jerjes en Los persas (compuesta por Esquilo poco tiempo después de que Atenas venciese en Platea) - y que, sin embargo, pueden efectivamente sentir como uno siente.

Creo que es posible considerar la recepción y discusión del Informe Final de la CVR a la luz del ejemplo de la sabiduría trágica y sus consecuencias para la construcción de la ciudadanía. El imperativo de la reconciliación que ha inspirado el trabajo de la CVR exige el conocimiento de los hechos de violencia que marcaron el conflicto armado interno, en el contexto del esclarecimiento de sus causas, así como el reconocimiento de la responsabilidad de los actores de la violencia, de las autoridades civiles, las diferentes instituciones sociales, y de los ciudadanos en general. Cada uno de nosotros, desde el lugar que ocupaba en las instituciones del Estado o de la sociedad civil, acaso pudo hacer algo para que la situación de violencia y de desamparo político de las zonas más empobrecidas del Perú hubiese podido ser combatida desde la Constitución y el cultivo de la civilidad. En el Discurso de presentación del Informe Final, Salomón Lerner señalaba que como resultado de sus investigaciones, la CVR constataba “un doble escándalo”: por un lado, el escándalo de la violencia y la exclusión, y por otro, el de la indolencia de millones de peruanos que, en la comodidad de sus hogares, se mostraron indiferentes o condescendientes frente a las desapariciones forzadas, las torturas o las agresiones sexuales perpetradas por los grupos terroristas o por algunos efectivos de las Fuerzas Armadas. Todo esto equivale a decir que no supimos juzgar adecuadamente, que fuimos insensibles ante el dolor de miles de compatriotas, que fuimos incapaces de reconocer en el campesino de Ayacucho o en el ashaninka a un conciudadano, a uno de nosotros. Incurrimos así en la ceguera voluntaria que las tragedias lamentan y condenan. Justamente aquella tendencia a mirar hacia otro lado cuando se violan los derechos de otros ciudadanos – actitud que ha sido llamada con razón “injusticia pasiva”[19] – muestra hasta que punto la sociedad en la que vivimos no puede ser comprendida estrictamente en los términos de una comunidad política.

Pero precisamente el reto de la reconciliación consiste en la reconstrucción del “acuerdo social” que constituye el horizonte público de la constitución del orden legal y el sistema de instituciones que vertebra nuestra vida en común. Por “reconciliación” entendemos un proceso de conversión comunitaria en lo social y lo político, que sustituye la violencia (en cualquiera de sus formas) por la deliberación pública y la observancia de los procedimientos democráticos como criterios medulares del tratamiento de los conflictos al interior de la comunidad política. No obstante, resulta imposible regenerar el tejido social – reconfigurar nuestros lazos y nuestras instituciones – si la ciudadanía no afronta la amarga pero importante experiencia de saber qué pasó realmente en el tiempo de la guerra subversiva. Sólo desde la recuperación pública de la memoria es posible asignar responsabilidades, hacer justicia y reconsiderar dialógicamente los vínculos entre los diversas culturas, credos y razas que conforman la sociedad peruana.

La publicación del Informe Final de la CVR no constituye sino un hito en el proceso de transición democrática y reconciliación civil, un proceso largo y complejo cuyo buen rumbo depende del compromiso ético - cívico de cada institución y de cada ciudadano, de su capacidad de deliberar y de involucrarse intensamente en el proyecto de construir un destino común de vida. En este sentido, la CVR no ha pretendido convertir el Informe Final en un texto que expone simplemente la verdad de los hechos de violencia suscitados en el periodo 1980 – 2000; antes bien, el Informe Final tendría que ser entendido como una historia narrativa que aspira a hacerse plausible de acuerdo con los estándares de justificación racional admitidos en el presente. Se trata de una investigación interdisciplinaria rigurosa, comprometida con la transición y con la construcción de una ética pública en el país. Es un documento relevante para la reconstrucción de nuestra historia reciente porque recoge el testimonio de los testigos de la violencia, especialmente las víctimas, cuya voz no había sido antes escuchada. Se trata de una interpretación general del proceso de violencia vivido que puede y debe ser confrontado con otros relatos y argumentos. Lo que se busca no es, ciertamente, constituir sin más otra “historia oficial”, sino configurar – a partir de la discusión cívica de ese material crítico – espacios públicos abiertos a la reconstrucción intersubjetiva del pasado y sobre todo apunta a la cimentación del diálogo en torno a las posibilidades sociales y políticas de inclusión y la constitución de ciudadanía activa. El proceso político que procura impulsar la CVR lograría afirmarse si el documento del Informe Final se convierte en foco de un debate público en los espacios comunicativos al interior de la sociedad civil y el propio Estado. La confrontación con la experiencia del dolor y la fractura social, la reconstrucción de la memoria, la discusión sobre las interpretaciones posibles del conflicto armado interno y sobre los programas socio – políticos que pretendan “refundar” nuestra institucionalidad democrática bien pueden contribuir a provocar la katharsis de nuestro juicio y sensibilidad cívicas, y así apuntar hacia la formación de una nueva cultura política. Sólo de esta manera sería posible culminar este trabajo de duelo nacional que el debate sobre el conflicto armado interno ha generado entre nosotros.

No obstante, puede decirse con claridad que aun estamos lejos de la experiencia pública de la katharsis respecto de la violencia vivida. Preocupa la relativa indiferencia y hostilidad con las que el Informe Final de la CVR ha sido recibido por el Estado y la sociedad. La “clase política” ha asumido una actitud ora agresiva, ora silente respecto de la historia narrativa propuesta por los comisionados. Los medios de comunicación han perdido ya el interés por lo que consideran una “noticia antigua”. Muchas autoridades y no pocos ciudadanos prefieren que la verdad sobre el conflicto armado interno continúe en el subsuelo del olvido. Para las víctimas, esta es verdaderamente una noticia terrible: cuando se impide que la experiencia del dolor y la violencia - y las exigencias de reparación y justicia - se mantenga inexpresada en el espacio público, se condena estas dramáticas vivencias y estos males al silencio y, en más de un sentido, a la inexistencia[20]. De este modo, la justicia cede su lugar a la impunidad y la reforma de nuestras instituciones queda en el plano de la teoría y los buenos deseos. Para un sector de la autodenominada “clase dirigente” del país, el aprendizaje práctico a través del sufrimiento no cuenta, campea el miedo a la búsqueda común de la verdad. Lo que está en juego en todo esto es, en definitiva, el futuro mismo de la transición democrática[21].

Si lo que ha de definirse aquí es la forma en la que concebimos y regulamos nuestras relaciones y precisamos las direcciones que configuran nuestro destino común, entonces el problema fundamental del proyecto de transición política es el de la justicia. Nuestro dilema quizá sea aquel que tan agudamente describe Eurípides en el pasaje de Las suplicantes que sirve de epígrafe a este ensayo: conjurar el mal, la violencia, la exclusión, resolver nuestros (inevitables) conflictos con la violencia, o con la palabra, es decir, a través de la práctica política. Creo que este es el dilema que también plantea la CVR a través de su Informe Final, el tránsito racional de la violencia hacia la deliberación pública como hilo conductor de nuestra historia narrativa. Se trata de un ejercicio de argumentación y interpretación sumamente complejo y delicado, en el que al menos en parte se define nuestra identidad política. Por fortuna, contamos con un antíguo ejercicio narrativo que puede servirnos de ejemplo. Se trata de La Orestiada de Esquilo.

2.- La Orestiada y el conflicto de interpretaciones de la justicia.

El tema de La Orestiada es la superación de la concepción “cósmica” de la justicia (díke) – expresada en la vindicación de la cadena de venganzas como modo de restituir el orden de las relaciones humanas – en la visión política de la justicia (dikaiosyne)[22], centrada en el ejercicio de la deliberación cívica al interior de espacios públicos e instituciones libres. Para el nuevo paradigma, la orientación de la conducta y la retribución de bienes y males es configurada por un trasfondo de reglas establecido intersubjetivamente sobre la base de la presencia de los lazos ciudadanos, vínculos que subyacen a toda forma de entendimiento común. El drama del príncipe argivo Orestes, el logro de su absolución ante el tribunal erigido por Atenea en el Areópago, bien podría ser considerado como la concreción de este cambio de paradigma y el acto fundacional de la racionalidad pública.

Es en general conocida la historia de Orestes, quien regresa de incógnito a Argos tras enterarse del asesinato de su padre Agamenón, a manos de Clitemestra – su esposa – y de su amante Egisto. Ha consultado al oráculo de Apolo sobre lo que debería hacer frente a este crimen: acabar con la vida de los asesinos del rey (sin que el vínculo familiar lo impida) y reconstruir el orden político legítimo o renunciar a tales acciones por respeto y temor a la maldición de su madre. El dios le ha ordenado que tome venganza y restituya la Casa de su padre; de lo contrario, grandes males caerán sobre él y sobre el pueblo de Argos. Si bien no conviene desoir el parecer de los dioses, Orestes duda ante la posibilidad de asesinar a su propia madre, aunque este acto sea imprescindible para recuperar el “orden justo” en la ciudad. Así, cuando Orestes y su amigo Pílades han logrado introducirse furtivamente en el palacio real, con la sangre de Egisto en las manos, el príncipe retrocede frente al cuerpo indefenso de Clitemestra. Es la violenta exhortación de Pílades lo que empuja a Orestes a cumplir con los designios del oráculo. No obstante, pese a contar con la anuencia de los olímpicos, al matricidio perpetrado por Orestes le corresponde un castigo terrible: las erinias – las terribles deidades de la sacra venganza contra aquellos que atentaron contra su propia sangre – deben atormentar al asesino con sus terribles cánticos, logrando en primer lugar que abandonen su ciudad, luego lo debilitarán bebiendo su sangre hasta forzarlo a suicidarse.

Las erinias se entienden como piezas de un mundo que es concebido como un orden sagrado inmutable. El universo es una totalidad organizada a partir del equilibrio entre fuerzas contrapuestas, equilibrio que rige tanto en lo relativo al ámbito de la naturaleza – pensemos en la explicación de la preservación del orden en el devenir de las estaciones en Anaximandro, o en la cosmología parmenídea esbozada en la última parte de su Poema - como en el de los asuntos humanos; el kósmos entero es percibido como articulado jerárquicamente; los astros, así como los estamentos sociales, ocupan un lugar preciso e inconmovible en dicho orden. Cada cosa - incluido cada miembro de la comunidad - cumple una función especial al interior de la totalidad, preservando la armonía en el juego de fuerzas que la sostiene. Si cada uno hace lo que le corresponde hacer según su condición (esto es, de acuerdo al lugar que uno ocupa en el kósmos), entonces la Justicia y el Derecho – Díke y Themis – están satisfechos. El crimen es concebido como una convulsión en el equilibrio cósmico, que debe ser restablecido a través del castigo. Heráclito sentencia en uno de sus fragmentos que “el sol no trapasará las límites que le están prescritos, en caso contrario las erinias, ejecutoras de Díke, lo perseguirán” (Fr. 94).. En esta visión de las cosas, el tormento y el dolor físico eran considerados los medios para rehabilitar el orden convulsionado. Michel Foucault es quien mejor ha estudiado la estrecha relación (común a los griegos, como a las culturas orientales e indoamericanas) entre una concepción metafísico – religiosa del mundo social como un organismo y la presencia del ritual del suplicio como forma eminente de punición[23].

Este es el modelo más arcaico de justicia, en el que la sangre se paga sólo con la sangre. La venganza aparece como el instrumento para devolverle la honra al orden natural que ha sido degradado por el crimen, la única forma de que las cosas vuelvan a su lugar originario. La estabilidad del ordo es concebido como el Bien sumo. Lo que se busca a través de la punición es recuperar la relación igualitaria entre los involucrados en situaciones delictivas en lo relativo a provocar y padecer el daño. La sangre derramada sobre la tierra no desaparece hasta que la vida del asesino es tomada por el vengador. En las dos primeras tragedias que componen La Orestiada, esta perspectiva no es puesta en cuestión, en tanto encuentra su fundamento en la inmutable ley que organiza las fuerzas de la naturaleza.




“La amarga punta de la espada que llega cerca de los pulmones, produce una
herida que atraviesa a Justicia, pisoteada en el suelo, lo que conculca la ley
divina, cuando alguien ofende a la absoluta majestad de Zeus de modo
ilegítimo.

Pero el cimiento de Justicia tiene firmeza y, forjador
de espadas, funde el destino de antemano el bronce, y, con el tiempo, trae un
hijo a su casa, para castigar la mancilla de sangres más antiguas derramadas, la
ilustre Erinis que, en lo profundo de su espíritu, mantiene los deseos de
venganza “ [24].



La herida suscitada por el crimen, el dolor de las víctimas y el anhelo de justicia requieren del discurso para ser expresados como es preciso. Este es un tema crucial para el develamiento de la inteligibilidad del daño sufrido que Esquilo examina bien en La Orestiada. En los pasajes iniciales de Las Coéforas, Electra[25] se ve forzada a participar en las libaciones y sacrificios ante la tumba de Agamenón, rituales fúnebres organizados por los homicidas con el fin de contener la ira subterránea del rey asesinado. Electra forma parte de este sombrío cortejo, a pesar que ella espera secretamente que Orestes retorne de su destierro y castigue a los criminales. Sumida en la vergüenza y en la ira, se pregunta cómo puede ella orarle a los dioses tutelares de la familia y el Estado, qué debe decir al invocar a los dioses de abajo ¿Cómo puede ella dirigirse a su padre muerto en las ceremonias que su asesina ha organizado con el fin de purificar sus culpas? Es preciso que todo ese inmenso dolor e indignación pueda traducirse en un lenguaje que le otorgue poder, y sirva para implorar justicia a los dioses moradores del Hades y a los espíritus de la venganza. Aquí las exigencias de la justicia coinciden claramente con las de la piedad. En su desesperación, pide consejo al grupo de esclavas troyanas que la acompañan – que habían sido llevadas a Micenas por la fuerza, como parte del botín de guerra por mandato del propio Agamenón - y que conforman el coro de la tragedia. Ellas, que han sido y son víctimas de la injusticia, y que conocen en carne propia la lacerante pérdida del ser amado, saben lo que se tiene que decir en este trance. El diálogo que entablan es bastante elocuente.




“ELECTRA - ¡Qué debo decir? Enséñamelo como a una inexperta.
CORIFEO - ...que
venga sobre ellos un dios o un mortal.
ELECTRA - ¿Te refieres a un juez o
vengador?
CORIFEO – Dí simplemente: “cualquiera que dé muerte por
muerte”.
ELECTRA - ¿Es piadoso que yo reclame eso a los dioses?
CORIFEO –
¿Cómo no va a serlo devolver mal por mal al enemigo?”[26]



Hermanadas en el profundo dolor provocado por la muerte de los suyos y la pérdida del hogar y de la polis, las esclavas se erigen en maestras de Electra en lo que respecta a la invocación de la venganza y la recuperación del equilibrio. La expresión del dolor ante la acción desmesurada del criminal, el llanto frente al espectáculo de la sangre derramada ilegítimamente por una mano mortal, pone en marcha la rueda igualadora de Díke. El obvio problema con esta concepción ético – cosmológica de la “justa venganza” es que condena a los agentes a ingresar a una espiral de violencia y muerte que no tiene un final expreso. El crimen compromete entera a la estirpe de los argivos; en palabras de la infortunada Casandra, “la casa exhala muerte que chorrea sangre”[27]. En efecto, el crimen de Orestes tiene su origen en el asesinato de Agamenón, pero esta muerte ha sido a su vez causada por el sacrificio de Ifigenia, llevado a cabo por su propio padre. Las desventuras de la casa de Argos, indica una y otra vez el poeta, se derivan del comportamiento criminal del propio Atreo, quien dio de comer a su enemigo, su hermano Tiestes, los cadáveres de sus hijos. En fin, si cada hecho de violencia desencadena el retorno de la lógica del pago de la sangre, uno podría preguntarse qué nuevo asesinato tendrá como víctima al nuevo vengador. La sangre derramada por el crimen jamás desaparece de las manos del homicida, hasta que el delito es castigado. Las hijas de la Noche, que en Las euménides conforman el mismísimo coro trágico, son las tenebrosas guardianas del equilibrio cósmico; ellas velan porque el crimen (una y otra vez) no quede sin castigo. Descubren al criminal por el rastro “de la sangre que gotea”. Las erinias – escribe Hegel en el agregado al § 101 de los Principios de Filosofía del derecho – “duermen, pero el delito las despierta, y es así que el propio hecho es el que impone su consecuencia”[28].








“CORO- Creemos que con rectitud defendemos la justicia. Contra el que nos
presenta las manos limpias, nunca nuestra cólera se precipita, y pasa sin daño
toda su vida. Pero, cuando alguno, como este varón, tras haber cometido un
delito, oculta sus manos manchadas de sangre, como firmes testigos de los que a
sus manos murieron, aparecemos ante su vista y nos ponemos a su lado para
hacerle pagar hasta el fin la sangre vertida”[29].








La Orestiada pretende mostrar en qué medida es posible sustituir este modo de pensar la justicia por uno nuevo, en el que el correlato entre crimen y castigo encuentre una mediación pública y racional. En palabras de Paul Ricoeur, ase trata de que la emergencia de la dimensión civil de la justicia suponga la “suspensión de la venganza”[30]. Orestes ha seguido la recomendación del oráculo y ha cumplido con los rituales de purificación que lavan la sangre de su víctima, pero esta operación no aplaca ni un ápice la ira de las erinias. Entonces recurre a Atenea, quien ofrece una salida completamente novedosa: propone al príncipe argivo y a las diosas oscuras someter esta disputa a un tribunal ateniense, ante el cual cada una de las partes pueda dar cuenta de su versión de los hechos, y la versión de los testigos pueda ser escuchada por un jurado compuesto por ancianos venerables y ciudadanos notables de la polis. Ella no puede resolver por sí misma este terrible conflicto, genuinamente humano, pero sí puede contribuir a generar las condiciones mundano – vitales para que ellos lo comprendan y afronten como agentes racionales.








“ATENEA - Pero, ya que este asunto se ha presentado aquí, para entender en
los homicidios, elegiré jueces, que a la vez que sean irreprochables en la
estimación de la ciudad, estén vinculados por juramento, y los constituiré en
tribunal para siempre”[31].








Lo que la diosa está planteando es transformar lo que se concibe inicialmente como la confrontación de fuerzas enemigas en un litigio. Por ello señalaba que podemos referirnos a esta declaración como la fundación mítica de la racionalidad pública. Lo que se busca es contemplar este conflicto bajo una nueva luz, que la sangre ceda su puesto a la palabra como horizonte desde el cual el conflicto es abordado y pretende ser resuelto. La solución del problema ya no depende del mero arbitrio y el pathos de los afectados; más bien se confía en el desarrollo de un procedimiento deliberativo. “Mientras la venganza hace cortocircuito entre dos sufrimientos, el padecido por la víctima y el infligido por el vengador, el proceso se interpone entre los dos, instituyendo la justa distancia (entre ambos)”[32]. Una de las condiciones de esta nueva forma de comprender la justicia supone la existencia de un tercero (el juez, y, más allá de este, la institución judicial y el estado de derecho mismo) “que está cualificado para abrir el espacio de la discusión”[33]. El debate público es el modo en que el conflicto debe ser afrontado.

El tribunal se convierte en un espacio abierto a las razones de las partes y al ejercicio de la crítica. La sustitución de la venganza por la justicia comunitaria supone un movimiento de conversión integral respecto al sentido de las relaciones humanas. No es casualidad que Atenea haya erigido este primer tribunal en el Areópago, literalmente, “colina de Ares”. Resulta interesante caer en la cuenta de que es precisamente un lugar sagrado dedicado al dios de la guerra y la ira el lugar elegido para discutir acerca del crimen de Orestes. En el habla griega de la época en la que Esquilo compuso sus obras se utilizaba la expresión “un Ares” para referirse metafóricamente, por ejemplo, a un hombre enfurecido o al sentimiento exacerbado de la ira. En los siglos venideros, en el Areópago se celebrarían las querellas judiciales, las asambleas ciudadanas y los debates filosóficos. Ese sería el lugar donde mucho tiempo después San Pablo se dirigiera a los atenienses para hablarles del dios desconocido (Hechos 17). El que se convirtiese en el lugar del culto de la civilidad y el entendimiento común pone de manifiesto las intenciones de Atenea y la polis de erradicar la violencia y la cadena de venganzas como expresión de la emergencia de la justicia.

Las erinias han aceptado la proposición de Atenea porque confían en la insondable antigüedad de la justicia vengadora, pues defienden un orden que imperaba aun antes del nacimiento de los olímpicos. Ellas velan porque el infractor de la legalidad cósmica obtenga lo que merece. Las erinias consienten en comparecer ante el tribunal humano porque saben que la función que cellas cumplen hace posible de facto la convivencia entre los hombres: sin la existencia del temor al castigo nadie respetaría la vida y privilegios de los demás. No sospechan que, al aceptar las condiciones de Atenea, están concediendo luchar usando las armas del adversario. No es que la justicia pública desdeñe el importante lugar de la punición en la regulación de la conducta; lo que cambia es la visión general de la relación delito – castigo; el crimen es una lesión no ya al orden de las cosas, sino una herida generada en el orden legal, un sistema de normas e instituciones que el hombre ha configurado actuando en concierto. La justicia es concebida como una construcción comunitaria, fundada en los argumentos y convicciones que ciudadanos y legisladores esbozan en espacios públicos de interacción y debate. Es nómos, y no propiamente physis. Por ello las erinias contemplan espantadas el espectáculo del dios que interviene en el proceso – Apolo comparece como testigo - admitiendo las reglas que ha fijado el tribunal ateniense, esto es, sometiéndose a la autoridad de las instituciones humanas.

No vamos a detenernos en los detalles del proceso y la sentencia; ello nos llevaría demasiado lejos del tema central de este ensayo. No obstante, es preciso señalar que el jurado, luego de deliberar y examinar cuidadosamente las características del litigio, vota, dando como resultado un empate. La posición que pretende declarar culpable a Orestes y aquella que considera la opción más razonable el que sea absuelto parecen anularse a juicio del Consejo. Probablemente con ello Esquilo intentó manifestar que se trataba de un caso enormemente complejo, que las razones que respaldaban una de las opciones no lograban debilitar del todo los argumentos que sostienen la perspectiva contraria. Atenea se ve forzada a votar, y así dirimir esta cuestión. Movida expresamente por el respeto al compromiso de Orestes con la Casa paterna, con el régimen político de su ciudad, así como por su declarada insensibilidad para con los bienes de la maternidad, la diosa se pronuncia en favor de la causa del hijo de Agamenón. Ahora lo que la divinidad debe hacer es apaciguar la profunda cólera de las erinias, terriblemente contrariadas con el veredicto.

El discurso que Atenea dirige a las erinias es una pieza maestra de retórica política; por sí mismo, se trata de un elogio de los poderes de la racionalidad pública tanto como un ejemplo de su ejercicio. Con ayuda de la palabra, la diosa conseguirá calmar la temible ira de las hijas de la noche que, sintiéndose burladas, tenían pensado asolar la ciudad y convertir en infértiles a todos los varones atenienses. Subraya Atenea en primer lugar la manera cómo en un principio la votación ha concluido en un empate; de este modo, la diosa sugiere que la postura de las erinias no ha sido realmente derrotada, la causa de Orestes ha triunfado sólo en tanto que Atenea ha tenido que pronunciarse, forzada por la indeterminación del resultado. En segundo lugar, precisa que lo que ha sido celebrado ese día no sólo ha transformado la práctica de la justicia, también ha sellado una alianza sagrada entre el demos ateniense y las erinias. Estas abandonarán su húmeda morada subterránea, para habitar por siempre la polis democrática, protegiendo espiritualmente el ejercicio de la justicia en los tribunales, y castigando a quienes transgredan el nomos. Las erinias dejarían de ser así criaturas temidas y despreciadas por los dioses y los mortales y se convertirían en las guardianas de la ley y los procesos de justicia. Se transformarán – en virtud del culto que los ciudadanos ahora le rinden – en las euménides (esto es, las “bien mencionadas”). De esta manera, la función religiosa y social que cumplían las erinias en la cosmovisión arcaica es asimilada por el nuevo orden, en el nuevo marco de las instituciones civiles.








“ATENEA – Como van a llevar a cabo esto amorosamente para mi tierra, yo
resplandezco de alegría y amo los ojos de Persuasión, que vigiló mi lengua y mi
boca frente a estas deidades que rehusaban de modo salvaje. Pero ha triunfado
Zeus, el protector del diálogo en las asambleas, y vence para siempre
nuestra rivalidad en el bien”[34].









3.- Consideraciones finales. Conflictos, justicia y construcción de la racionalidad pública.

La Orestiada es fundamentalmente una narrativa dramática acerca del origen de la racionalidad pública, encarnada en la actividad política y los debates judiciales. Constituye asimismo un elogio de la vida civilizada, en oposición a la vida de los “bárbaros”, aquellos que aun confían en la violencia como medium para la regulación de las relaciones sociales. La política aparece como una forma de vida que permite afrontar y resolver los conflictos interhumanos a través de la argumentación y el entendimiento común. La tragedia constituye la expresión simbólica de una profunda transformación en la manera de comprender y vivir la vida humana. Una transformación no definitiva e irreversible, puesto que el lamentable recurso a la violencia y la venganza sigue siendo una opción posible – ya que no razonable - para determinadas cosmovisiones sociales de corte fundamentalista.

Tanto en la tragedia como en la política, los conflictos de valor son considerados constitutivos de la vida práctica y la racionalidad que le es propia[35]. Reconocemos conflictos éticos en aquellas situaciones en las que nos vemos forzados a elegir entre cursos de acción que resultan incompatibles o incluso entre valores inconmensurables que no podemos de facto realizar simultáneamente. Si los valores chocan entre sí, es preciso deliberar y optar, aun sabiendo que la elección podría implicar pérdida o lamentación. En ocasiones, debemos elegir entre alternativas que consideramos buenas, pero debemos renunciar a alguna de ellas. O tenemos que elegir entre alternativas que estimamos como negativas, desafortunadas o funestas; incluso, en determinadas circunstancias, abstenerse de actuar puede constituir un evidente mal para nosotros. La tensión valorativa estriba precisamente en que las razones que apoyan nuestra decisión no anulan aquellas que sostienen la alternativa rival como una opción valiosa en sí misma.

Una de las más importantes aspiraciones de la ética trágica consiste en saber reconocer la especificidad de estas formas de colisión práctica, así como su carácter ineludible en muchas situaciones de la vida ordinaria. El énfasis educativo en el cultivo de la deliberación práctica y la purificación del juicio apunta a formar en el agente ético y político hábitos, disposiciones afectivas y modos de pensar que hagan justicia a la complejidad de las circunstancias conflictivas, y que nos ayuden a elegir siendo conscientes de la pérdida que muchas veces ello conlleva. No existe una solución a priori para tales conflictos; no disponemos de ningún procedimiento universal o cálculo algorítmico que resuelva para nosotros el problema de qué decidir necesariamente en estos casos: no hay manera de escapar a la dura tarea de examinar el contexto concreto de nuestro dilema, discernir acerca de los bienes o males contrapuestos y elegir actuar de alguna forma[36]. El caso de Agamenón resulta ejemplar a este respecto. Los dioses impiden a los aqueos emprender el viaje hacia Troya; han puesto como condición para que los ejércitos puedan hacerse a la mar que el rey consienta en sacrificar a su hija Ifigenia ante los altares de Artemisa. Confrontado por el designio divino, Agamenón se ve forzado a optar entre el amor que profesa a su hija y el compromiso que guarda con la observancia de la xenia – el valor ético–cívico de la hospitalidad -, vínculo sagrado que el mismísimo Zeus protege. Desgarrado ante la perspectiva de elegir entre dos terribles opciones, recuerda el coro las lúcidas y dolorosas palabras del rey:








“¿Qué alternativa está libre de males?” [37]








Esta es una realidad que el propio Orestes experimenta intensamente al confrontarse con el dilema de si debe o no vengar a su padre. Sabe que debe respetar la sangre de su madre – que es su propia sangre – y sabe que tomar la vida de Clitemestra desatará contra él la ira de las erinias, las terribles servidoras de Díke. Pero sabe también que debe honrar la Casa de su padre, su estirpe, y debe pensar en el demos argivo que padece la tiranía de Egisto y debe ser liberado de ella. Debe tomar en cuenta que el propio Apolo protege la causa de su venganza, que el oráculo del dios ha acogido su dolor y le ha aconsejado tomar la vida de Clitemestra, a pesar de las consecuencias que hacerlo generará. Orestes debe examinar críticamente los bienes rivales, y decidirse a seguir un curso de acción sin dejar de admitir el valor intrínseco de la opción a la que ha renunciado. Debe purificar su propio juicio. Sabe que no actuar es una alternativa que tendría graves repercusiones para su vida y su ciudad.









“CLITEMESTRA – Hijo mío, tengo la impresión de que estás dispuesto a matar a tu
madre,
ORESTES - ¡Tú – no yo – es quien va a matarte!
CLITEMESTRA -
¡Míralo bien!¡Guárdate de las rencorosas perras, de las vengadoras de tu
madre!
ORESTES - ¿Y cómo voy a evitar las de mi padre, si esto lo
abandono?
CLITEMESTRA - ¡Todo es inútil!¡Cómo si me pasara la vida
lamentándome junto a una tumba!
ORESTES – El hado de mi padre determina tu
muerte.”[38]









El conflicto que enfrenta Orestes no es exclusivamente personal; no sólo está en juego el honor mancillado de su padre, también el futuro de la pólis depende de su elección de convertirse o no en el vengador del infeliz Atrida. La tragedia muestra, no obstante, que la decisión de Orestes no deja de ser altamente censurable: es claro que matar a Clitemnestra despierta legítimamente la furia de las hijas de la Noche (pero también resulta claro que renunciar a la venganza desencadenaría la ira de los olímpicos). El hecho que la votación celebrada entre los ancianos de Atenas haya concluido con un empate revela que aun para los notables de la ciudad es posible reconocer que existen buenas razones para que Orestes sea entregado a las erinias y pague por su delito. El propio príncipe reconoce la gravedad de su crimen, así como su carácter premeditado: en el juicio, interpelado vehementemente por las erinias, admite que el asesinato de su madre no tuvo lugar en un rapto de locura[39]. Este crudo pero honesto testimonio y el peculiar ejercicio de recuperación de la memoria que supone tiene una particular importancia en la discusión: Orestes no pretende negar el delito o minimizar su gravedad, quiere mostrar las razones y los bienes que lo llevaron a actuar de ese modo. El recurso al oráculo de Loxias, la gravedad del asesinato de Agamenón, la necesidad de restaurar el sistema político libre en Argos – además de la escasa simpatía de Atenea respecto de los vínculos de la maternidad – inclinan la balanza hacia la causa de la salvación de Orestes.

Sin embargo, más allá del resultado final del juicio, lo relevante y profundamente aleccionador desde el punto de vista de la ética y desde la perspectiva del poder es la asunción de la nueva forma de la justicia, el procedimiento público de la deliberación cívica. El elemento crucial es el cambio de paradigma de la justicia, la construcción de un foro público en el que puedan ser considerados críticamente los conflictos que afectan la vida de la comunidad. No se trata de anular los conflictos prácticos, sino afirmar un sistema de instituciones en los que estos puedan ser afrontados discursivamente. Las utopías totalitarias han caracterizado sus programas ideológicos (lo sabemos, lo hemos vivido) por la pretensión de absolutizar un valor social y moral importante – en algunos casos la justicia social, en otros la igualdad o las libertades del individuo desvinculado – sin percibir la significación comunitaria de otros valores que podrían oponérsele en determinadas situaciones. La violencia ha sido para esos credos totalitarios una herramienta para intentar eliminar esa heterogeneidad y la diversidad de posiciones políticas que la expresan. Hegel en ha mostrado con peculiar profundidad – en las figuras correspondientes a la “conciencia infeliz” y a la “ley del corazón y el delirio de la infatuación”, desarrolladas brillantemente en la Fenomenología del espíritu.- la patética ceguera voluntaria que ella entraña en la teoría, y la actitud terrorista que ella despliega en la práctica cuando logra encarnarse socialmente[40]. En contraste, para la conciencia política “pluralista”, un régimen político razonable y libre es aquel que cuenta con estructuras legales y espacios públicos que hacen posible la coexistencia (muchas veces tensional) de la diversidad de valores y posiciones en conflicto[41]. La estabilidad constituye un bien importante, que puede en determinadas circunstancias rivalizar con la justicia o las libertades como eje de las políticas públicas. La forma en que estos conflictos se “resuelven” (puntualmente, provisionalmente) está mediada por los modos de interacción y debate cultivados en “el diálogo en las asambleas”.

La construcción de una estructura pública en la que pueden desarrollarse el diálogo ciudadano sienta las bases de la posibilidad de “vencer nuestra rivalidad en el bien”, es decir, de lograr la reconciliación. No se trata solamente de restablecer el “orden” – eso también lo logra, a su manera, el esquema conceptual basado en la venganza; en el plano del estado, también es algo que puede asegurar un régimen despótico; se trata del temible y patético “orden” de los cuarteles y los cementerios – sino de erigir un sistema de instituciones fundado en la política, esto es, la capacidad de los agentes de configurar un proyecto común de vida a través del debate público y la acción concertada. Este mundo nuevo supone – para hacerse efectivo - tanto la observancia de procedimientos deliberativos de entendimiento común como las disposiciones de carácter y juicio para formar parte activa de un proyecto de vida. Los espacios comunicativos correspondientes a los foros de la participación política como a los escenarios judiciales buscan no eliminar la colisión de perspectivas, intereses o razones rivales si no a regularlas – “vencerlas” – a través de una hexis, una forma libre y compartida de vivir desde y en el logos.

Este es el telón de fondo – el “horizonte” mítico - trágico, esto es, narrativo – desde el cual encuentra su legitimación y tiene lugar la formación y katharsis del juicio político. La afirmación de la justicia pública y la amistad cívica como superación de la violencia en tanto medium del mundo de la convivencia social opera como relato fundante de lo político: esta es la única alternativa razonable a la crueldad y la venganza. La memoria de la experiencia de la violencia sufrida llama la atención acerca de la verdad de este dilema. La sangre o la Palabra, aprender lecciones de los hechos o de los amigos. A tantos siglos de Esquilo y Eurípides, este sigue constituyendo nuestro inquietante predicamento. La tentación del uso de la fuerza en desmedro de la política para resolver nuestras diferencias sigue haciéndose presente en el ánimo de nuestras autoridades y compatriotas. Los terribles acontecimientos de Ilave nos muestran hasta qué punto estamos en el nervio mismo del dilema trágico. En ocasiones, la desconfianza del ciudadano común en sus propios poderes de convocatoria y movilización alimentan este pre-juicio. La tragedia de Orestes nos recuerda las posibilidades del juicio político como locus articulador de las formas razonables de convivencia social.









(*)Publicado en Derecho & Sociedad Nº 24 pp. 378 – 389.
Agradezco los comentarios de Alessandro Caviglia, Víctor Hugo Miranda, Raschid Rabí y Arturo Rivas, que han sido de gran utilidad para la elaboración de este ensayo. Una primera versiòn de este artìculo fuè expuesto en el Congreso Iberoamericano sobre Tolerancia, en la Pontificia Universidad Católica del Perú en enero de 2004.
¡**) Gonzalo Gamio Gehri es Licenciado en filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú y actualmente es candidato al Doctorado por la Universidad Pontificia de Comillas, donde ha obtenido también el Diploma de Estudios Avanzados. Es profesor en la Pontificia Universidad Católica del Perú, en la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, en el Instituto Juan Landázuri y en el Instituto Superior “Juan XXIII”.

[1] He desarrollado el tema de la CVR más directamente en mi artículo “La política de la inclusión. Justicia transicional, espacios comunicativos y sociedad civil en el Perú” en: Miscelánea Comillas Nº 62 Madrid, UPCo 2004 pp. 243 - 271.
[2] Me he ocupado de la discusión contemporánea del concepto de práctica en “La comprensión como práctica social. El concepto de regla, Charles Taylor y la hermenèutica de las ciencias sociales” en: Villar, Alicia y Miguel Garcìa – Barò (Editores) Pensar la solidaridad Madrid, Universidad Pontificia Comillas 2004 pp.441 – 464.
[3] Esta manera de entender las cosas se remonta al debate generado por la obra de Kuhn The Structure of Scientific Revolutions Chicago, University of Chicago Press, 1970 ” 2da. Ed.; esta discusión es continuada luego con lucidez en MacIntyre, Alasdair “Epistemological crises, dramatic narrative and the philosophy of science” en: The monist, 60(4), 1977, pp. 453-472 e idem, Tras la virtud Barcelona, Crítica 1987, cap. 15. Véase también Taylor, Charles “La explicación y la razón práctica” en: Argumentos filosóficos Barcelona, Paidós 1997, pp. 59-90.
[4] Cfr. “La política de la inclusión. Justicia transicional, espacios comunicativos y sociedad civil” op.cit.
[5] Tubino, Fidel “La recuperación de las memorias colectivas en la construcción de las identidades” en: Hamann, Marita y otros Batallas por la memoria Lima, PUCP-UP-IEP 2003 pp. 77 – 105.
[6] MacIntyre, Alasdair Tras la virtud op.cit. p. 267.
[7] He desarrollado la idea de crítica inmanente en "El lugar de la crítica" en: HYBRIS N° 1 (1997) pp. 9-12.
[8] Sobre este punto puede revisarse el magnífico ensayo de Augusto Hortal sobre la relación entre el pensamiento ético y el cambio social. Confróntese Hortal, Augusto “Los cambios de la ética y la ética del cambio” Madrid, Sal Terrae / Fe y Secularidad 1990.
[9] MacIntyre, Alasdair “Epistemological crises, dramatic narrative and the philosophy of science” op.cit.
[10] Véase por ejemplo, el caso de una familia del valle del Apurimac, que convive con los restos de su hijo, muerto en tiempos del conflicto armado interno, evocado en un artículo de Guillermo Nugent. Cfr. Nugent, Guillermo “Para llegar al suave pueblo de la memoria” en Hamann, Marita y otros Batallas por la memoria Lima, PUCP-UP-IEP 2003 pp. 16 – 7.
[11] Poética 6, 1449b 23.
[12] Cfr. Nussbaum, Martha La fragilidad del bien Madrid, Visor 1995.
[13].Nos ocuparemos de este tema infra.
[14] Ret. II,8 1385b.
[15] Ret. II,5 1382ª 20 y ss.
[16] Véase sobre este punto Nussbaum, Martha Justicia poética Santiago, Andrés Bello 1999.
[17] Agamenón 176 –180.
[18] Antígona 104.
[19] El término es usado por Cicerón en De Officis, y es reactualizado por Judith Shklar. Cfr. Shklar, Judith N. The faces of injustice New Haven and London, Yale University Press 1988.

[20] Véase Arendt, Hannah La condición humana Barcelona, Paidós 1997 pp. 59 y ss.
[21] Cfr. Gamio, Gonzalo “La política de la inclusión. Justicia transicional, espacios comunicativos y sociedad civil” op.cit.
[22] Sobre el tema general de la justicia en la cultura griega, consúltese MacIntyre, Alasdair Tras la virtud op.cit., caps. 10 – 12; idem, Justicia y Racionalidad Barcelona, Ediciones internacionales Universitarias 1994; Williams, Bernard “La justicia cmo virtud” en: La fortuna moral México, UNAM 1993, pp. 110 - 122.
[23] .Foucault, Michel Vigilar y castigar México, Siglo XXI 1976.
[24] Coéforas Estrofa 4° y Antistrofa 4°.
[25] Hermana de Orestes e hijo de Agamenón.
[26] Coéforas 117 y ss.
[27] Agamenón 1309.
[28] Hegel, G.W.F. Principios de la filosofía del derecho. Madrid: EDHASA, 1986, p. 165.
[29] Euménides, 312 – 320.
[30] Ricoeur, Paul “Sanción, rehabilitación, perdón” en: Lo justo Madrid, Caparrós 1995 p. 183 y ss.
[31] Euménides, 482 – 484. (Las cursivas son mías).
[32] Ricoeur, Paul “Sanción, rehabilitación, perdón” op.cit. p. 184.
[33] Ibid, p. 185.
[34] Euménides, 970 – 975. (las cursivas son mías).
[35] Sobre el problema del vínculo entre los conflictos y la racionalidad práctica puede confrontarse Williams, Bernard “Conflictos de valores” en: La Fortuna moral México, FCE 1993, (quinto ensayo) e idem "La congruencia ética" en Raz, Joseph El razonamiento práctico México, FCE 1985 pp. 171-207. Véase también los trabajos de Isaiah Berlin, Martha Nussbaum y Oswaldo Patterson sobre el mismo tema. Cfr. Berlin, Isaiah “La persecución del ideal” en: El fuste torcido de la humanidad Barcelona, Península 1998 pp. 21 – 37 ; Nussbaum, Martha La fragilidad del bien op.cit. especialmente el cap. 2; Patterson, Oswaldo La libertad . La libertad en la construcción de la cultura occidental Santiago, Andrés Bello 1993, cap. 7.
[36] Me he ocupado de este problema en Gamio, Gonzalo “Ética, contacto humano y utopía tecnológica” en: Miscelánea Comillas Nº 60 Madrid, UPCo 2002 pp. 515-543; puede revisarse también Idem, "La sustancia ética. Vida buena, libertad subjetiva y sociedad moderna" en: Santuc, Vicente, Gamio, Gonzalo y Chamberlain, Francisco Democracia, sociedad civil y solidaridad Lima, CEP 1999 pp.55-88.
[37] Agamenón, 211.
[38] Coéforas, 920 – 928.
[39] Euménides 592.
[40] Véase Hegel, G.W.F. Fenomenología del espíritu México, FCE 1987. Consúltese el último capítulo de la sección “Autoconciencia”, y la segunda parte de la sección “Razón” – correspondiente a la razón actuante.
[41] El término es de Isaiah Berlin, y expresa esa sensibilidad ética y política frente a la realidad práctica que plantean los conflictos. Este es un tema que atraviesa toda su obra filosófica.