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lunes, 29 de junio de 2015

EL LEGADO DE PEDRO













Gonzalo Gamio Gehri

La reciente publicación de la encíclica del Papa Francisco Laudato Si ha generado destempladas reacciones entre los conservadores norteamericanos, pero también ha suscitado duras réplicas en no pocos conservadores católicos y neoliberales peruanos. Enrique Ghersi ha señalado – en el programa de Althaus -que la encíclica recoge ideas “arcaicas y equivocadas” sobre el consumismo, el cambio climático y el progresivo deterioro del ecosistema. Él es uno de los abogados emblemáticos del ideario libertario criollo, y su opinión sobre el documento no sorprende. Ha advertido que los juicios de Francisco no han sido enunciados ex cathedra y que los católicos no deben sentirse perturbados si los objetan: este último dato es cierto. Pablo Bustamante señaló por su parte en el mismo espacio que el mensaje de Francisco va a contracorriente del camino de progreso económico que ha emprendido occidente en el siglo XXI – que llama “la cultura del crecimiento” -; alega incluso que “el capitalismo posee un circuito virtuoso”, que el Papa ha desconocido sin más. De hecho indica que el argumento de Laudato Si  “desconoce la naturaleza humana”. Interesante que Bustamante declare estar en posesión de un conocimiento firme sobre la naturaleza humana. Es el tipo de entendimiento que los pensadores han buscado por más de tres mil años.

Hay una tendencia a leer el texto desde la clasificación ideológica y no desde el debate  rigurosamente argumentativo. Hay quienes están preocupados por indagar si el Papa es una especie de socialista o no.  Muchos han seguido ese mismo camino en el terreno de las columnas de opinión. Lo mismo han aseverado algunos redactores del diario El  Comercio y algunos comentaristas en las redes han sido de la misma opinión. Lo que Francisco escribe en la encíclica se enmarca en el Evangelio y en documentos sociales – p.e., el Concilio Vaticano II -, y ha recibido la influencia de la espiritualidad cristiana de la comunión con la naturaleza, sobre todo la espiritualidad de Francisco de Asís. Su fuente no es el socialismo, si no la tradición judeo-cristiana y la doctrina de la Iglesia. Laudato Si  es una crítica a la exacerbación de la razón meramente estratégica en la economía y en la ciencia y la técnica, así como una crítica del individualismo posesivo. Destaca la responsabilidad del ser humano frente a la Creación, ciertamente la naturaleza y el destino de su propia especie.

 Me parece curioso este súbito brote de heterodoxia entre los conservadores católicos locales. Lo apruebo, por supuesto. Creo firmemente en la afirmación del principio de autonomía en la sociedad, incluidas las iglesias. La libertad de conciencia es un principio cristiano, el desacuerdo es fuente de reflexión y desarrollo de comunidades que se sostienen en creencias y valoraciones. La corriente de la Ilustración es importante para renovar las religiones y para consolidar la democracia liberal. Es cierto además que un católico puede discrepar con el contenido de una encíclica, no hay problema en ello, siempre que la discrepancia se exprese en virtud de argumentos que puedan ser sometidos a discusión. La vocación por el intercambio de ideas esclarece nuestra manera de ver el mundo. Lo que me resulta auténticamente pintoresco es que por mucho tiempo algunos de nuestros conservadores se declaraban estrictamente ultramontanos, y alentaban a los católicos a seguir sin dudas ni murmuraciones las declaraciones públicas de los papas en todos los temas; ellos sostenían que disentir con ellas equivalía a cuestionar la propia fe y debilitar la propia pertenencia a la Iglesia: todo ese prejuicio es, obviamente, teológicamente discutible. Realmente discutible. Pero ahora que el Papa es abiertamente crítico de ciertas políticas extractivas y de la primacía absoluta del mercado, la discrepancia se ha convertido – para algunos de estos ultramontanos - automáticamente en un bien. Se trata de una incoherencia en las convicciones de nuestros conservadores, convertidos hoy en categóricos objetores de los documentos eclesiales. Lo que hacen la economía de mercado y sus dogmas de fe.  Qué extraño es este mundo nuestro.

El pontificado de Francisco nos brinda esperanzas en cuanto a la centralidad de la defensa de la dignidad humana para los cristianos. En realidad, se trata de una preocupación crucial para cualquier ser humano con un sentido de justicia. Las instituciones sociales están al servicio de los seres humanos – en particular de los más débiles – no son instrumentos para el arbitrio de los poderosos. Resulta absurdo presuponer que el mercado – y sólo el mercado - es el tribunal  incuestionable e inapelable de la justicia distributiva. La palabra del Papa se concentra en la sencillez del mensaje, pero también en su claridad y contundencia. Se trata de una manera sensata y lúcida de asumir el legado de Pedro y la dirección de su barca. El Papa es un servidor de la comunidad de creyentes, un pescador de hombres: eso implica ser el sucesor de Pedro. No un príncipe ni un emperador. Francisco no hace otra cosa que recuperar proféticamente el mensaje del Nuevo Testamento.

“Sucedió que cuando Pedro iba a entrar, Cornelio salió a recibirlo, y postrándose a sus pies, lo adoró. Mas Pedro lo levantó, diciendo: Ponte de pie; yo también soy hombre. Y conversando con él, entró y halló mucha gente reunida.…” (Hechos 10, 25-27)..


La lectura de la encíclica me ha resultado interesante e inspiradora. No se trata de un manifiesto contra el mercado – como algunos conservadores temen – sino un documento que llama la atención en torno a los peligros de un discurso económico sólo enfocado en el interés privado y en el incremento de utilidades sin un límite. Es evidente que nuestra falta de responsabilidad en el control de la naturaleza por razones económicas ha contribuido a deteriorar el ecosistema. Es cierto que nuestra mentalidad instrumental ha pretendido avasallar las mentalidades de otras culturas, que han concebido a la naturaleza como madre o como fuente de un orden espiritual, y no como mera materia prima de la actividad industrial. A menudo hemos intentado silenciar a estos pueblos y convertirlos en “propietarios de su tierra”. Hemos acallado esa mística ecológica, occidental y no occidental. En este sentido, las alusiones a Francisco de Asís y a su amor fraterno por la naturaleza son aleccionadoras. El énfasis en el tema de la pobreza, entendida como el fruto de un manejo insolidario de la economía y el imperio de la cultura de la codicia es importante. El Papa sugiere que no podemos cuidar el amor al prójimo  y cultivar el afán de lucro al mismo tiempo. Esa es una aseveración que proviene de la propia tradición bíblica, de palabras atribuidas al propio Jesús de Nazaret. Donde está tu tesoro está tu corazón.








miércoles, 20 de mayo de 2015

DOS ENTREVISTAS SOBRE JUSTICIA, ETICA Y RELIGIONES


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Gonzalo Gamio Gehri

A.- En la página Religión Digital aparece una entrevista al Padre Gastón Garatea, que examina la situación de la Iglesia peruana, la influencia del Concilio Vaticano II, entre otros temas. Muy interesante, en realidad, aquí pueden encontrar el texto y el video. Garatea, fiel a su estilo, habla claro sobre el trabajo de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y la Mesa de Concertación de Lucha contra la pobreza. Señala que colaboró en esas instituciones fundamentalmente como ciudadano y persona, a partir de las exigencias éticas que ellas planteaban, y no en virtud de alguna consideración eclesiástica. Se refiere también a su situación personal frente a una medida tomada por la autoridad local respecto del ejercicio de sus tareas pastorales, y sobre la lucha que lleva a cabo la PUCP por defender su autonomía como institución académica plural. Reflexiona asimismo sobre el trabajo de renovación que lleva a cabo el papa Francisco dentro de la Iglesia.

Estas reflexiones tienen lugar en el marco de un proceso de franca apertura a la teología de la liberación y al pensamiento más plural dentro de la Iglesia, una actitud que lleva el sello del Pontificado de Francisco. Gustavo Gutiérrez ha tenido una presencia interesante en eventos institucionales en Roma. No todos reciben esta disposición con alegría y esperanza. Un portal electrónico conservador ha intentado difundir la idea – carente del sustento probatorio más elemental – de que la teología de la liberación habría sido creada por la KGB. La falta de seriedad de la nota es clamorosa. Alessandro Caviglia cuestiona y ridiculiza dicha nota con toda razón. Caviglia plantea que estos objetores de Medellìn se pronuncien sobre Vaticano II - la principal fuente de inspiración de dicha Conferencia latinoamericana - y sobre el papado actual. Es un excelente argumento critico.  La discusión debería tener un mayor nivel, no caer en una absurda campaña destructiva, como es el caso de la nota de este portal católico tradicionalista. No se debe descender al nivel de sensacionalismo irresponsable que se cuestiona en los medios de prensa masivos.

B.- Hace un tiempo que se ha suscitado una polémica interesante sobre si el Islam es una religión que promueve doctrinalmente la violencia. Reza Aslan, académico iraní – estadounidense ofrece argumentos para responder negativamente esta cuestión. Se trata de un científico social que estudia las religiones, es un musulmán liberal que ha escrito varios libros sobre estos temas. . Señala que es preciso distinguir entre el Islam y el integrismo islámico, que existen países musulmanes en los que se respetan los derechos humanos y se combaten las desigualdades basadas en el género. Recomiendo esta entrevista a la cadena norteamericana CNN en la que esclarece una serie desupuestos debatibles sobre cómo entender el Islam, la paz y la violencia.

Se trata de documentos que inspiran una conversación rigurosa sobre temas de una peculiar significación social y humana. Recomiendo su lectura y discusión.


domingo, 20 de abril de 2014

CAPTURAR EL INSTANTE: LA IMPORTANCIA DE LOS VÍNCULOS







Gonzalo Gamio Gehri

La Semana Santa es una festividad de nos brinda la oportunidad de recordar la importancia de los vínculos humanos, los vínculos que brindan un significado a la vida. Son los vínculos con las personas, y no con las cosas (incluidas el dinero y el poder) lo que constituye fuente de sentido. El cristianismo es una religión de amor y de justicia, que encuentra el horizonte de sentido en las conexiones más profundas entre los seres humanos.

Estuve viendo nuevamente Meet Joe Black  (1998) y la película me situó de manera imprevista en esa tensión extraña entre finitud y trascendencia. William Parrish es un hombre mayor y un empresario próspero que sabe que morirá esa noche, la noche de su cumpleaños. La muerte está a su lado. Ella ha tomado provisionalmente el cuerpo de un muchacho, porque ha decidido transitar furtivamente por el mundo de los seres humanos, pero ha llegado la hora de partir. Ha conocido el amor de una manera que no había podido prever, pero ha llegado el último día de su estancia mundana. Los dos contemplan maravillados los juegos pirotécnicos que iluminan el cielo, como el último instante de su viaje por la tierra. Intentar retener el instante, coomo en el Fausto. Ambos coinciden en que soltar la vida es el acto más difícil.

William ha tratado de dejar sus cosas en orden, hablando con las personas que más quiere. Dos cuestiones fundamentales animan sus acciones. Sabe que su existencia está llegando a su fin – al menos tal y como él la conoce – y siente que debe despedirse, y que acaso debe hacerlo cara a cara. La muerte está a la vuelta de la esquina. Decir lo que tiene que decir, dejar muy en claro cuánto quiso a las personas que quiso, para darle un poco de paz a su corazón y a sus seres queridos, aunque ellos no sepan que no lo volverán a ver. Es un acto de amor, a su juicio. El otro asunto es el de la enorme importancia de los vínculos sustanciales – amor y amistad – en la vida. Son lo que le ha dado sentido a su existencia, y eso es finalmente se llevará allí adonde vaya. No es su empresa, ni el dinero, ni el prestigio ni el bullicio de la fiesta lo que se llevará consigo. Es el amor – en todas sus manifestaciones auténticas – que se ha podido entregar y recibir. Nada más. El cariño de la gente que merece la pena y que habita sus pensamientos. Lo sabe perfectamente. Por eso mirar por última vez a las personas que le importan y dirigirles una palabra es a la vez un acto de afecto y de justicia. Constituye un esfuerzo final por darle a cada persona y a cada cosa el lugar que le corresponde en el complejo torrente de la vida. Por eso es importante cuidar los vínculos. Porque sólo podemos identificar la trama del curso de la propia existencia, como sugiere la Ética a Nicómaco,  cuando ésta está por concluir.

Se trata de una situación aleccionadora y profundamente conmovedora, en clave religiosa o en clave existencial. La vida puede ser flor de un día, como esos fuegos artificiales que contemplan – atónitos – ambos personajes. Bill Parrish lo sabe bien, pues ha sido el tema central del discurso de agradecimiento que pronunció antes de soplar sobre sus sesenta y cinco velas. Esos años han sido sólo un suspiro para él. No sabemos si trascenderemos, pero al menos es posible discernir qué tiene sentido y qué no. Los sentimientos realmente humanos parecen tener la respuesta, pues ellos te humanizan. Donde está tu corazón, está tu verdadero tesoro.



jueves, 13 de febrero de 2014

FRANCISCO Y LA PARRESÍA






Gonzalo Gamio Gehri[1]

La parresía es una muy rara virtud, en un doble sentido. Lo es porque es una excelencia que aparece como tal – esto es, formulada expresamente – básicamente en la cultura judeo – cristiana (en la Biblia y en la tradición de interpretación del texto). También es rara porque exige para su ejercicio una lucidez y un coraje especiales. Requiere lidiar con el temor, vencer la propia comodidad y combatir la ensoñación que a veces produce la percepción del propio poder. Requiere neutralizar las demandas que provienen del propio interés. No es una virtud común, es difícil verla desplegarse en el espacio político y aún en el religioso. La parresía (del griego pas, que significa 'todo', y rhesis, que significa 'hablaꞌ) consiste en la disposición a hablar con libertad y con verdad en una situación adversa o ante un público hostil. Juan Bautista ante Herodes, Jesús ante Pilatos, Tomás Moro ante el tribunal que se propuso condenarlo a muerte.  

Se trata de una virtud que tiene un lugar particular en el Evangelio y en el Magisterio de Jesús. Él habló valerosamente cuando llamó a los fariseos – a la sazón autoridades religiosas de su tiempo y comunidad – “hipócritas” y “sepulcros blanqueados”, en tanto se mostraban proclives a renunciar a la protección y a la defensa de los más pequeños e indefensos, y estaban dispuestos a colocar pesados fardos en la conciencia de las personas, sin compartir la carga con ellas en ningún momento. Denunció la incoherencia moral y espiritual  tanto como la vana ilusión de poder y el anhelo de control sobre la vida de la gente. Lo hizo además sin usar la violencia o limitar la libertad de las personas. Todo lo contrario.

Muchos  católicos observamos con atención y esperanza el pontificado de Francisco I, en parte por su conducta parrética, al dirigirse a la Iglesia como a la comunidad internacional. No ha dudado en invitar a sacerdotes y obispos a asumir un trabajo pastoral más próximo a la vida de la gente, en particular atento a la situación de los pobres. Sueña con una Iglesia menos “principesca”, más dialogante con los conflictos y necesidades de la gente. Ha planteado un retorno al espíritu de las primeras comunidades cristianas a partir de lo que llama “discernimiento evangélico”, la capacidad de juzgar el presente (y en general la historia) desde el horizonte de la búsqueda del Reino[2]. Esta posición implica hacer frente a un sistema económico que tiende a desechar al sector más vulnerable de la sociedad por escasamente “útil” y “competitivo”. “Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad  y de la ley del más fuerte” (Evangelii Gaudium, punto 53, p. 45).

Se trata de construir y propiciar espacios de diálogo y cooperación, y pensar la justicia más allá de las fronteras del paradigma del mercado, Buscar no solamente lo que nos enfrenta, sino lo que podría generar lazos de solidaridad. “El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias”, dice Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año. La perspectiva del amor implica ir a contracorriente respecto de la lógica de la competencia, y abrirse al encuentro y a la gratuidad. El mensaje del nuevo Papa colisiona tanto con el discurso de quienes defienden el enfoque del mercado como el único que le otorga racionalidad al mundo, como cuestiona la prédica conservadora de quienes prefieren una Iglesia solemne y distante, basada en el imperio de la autoridad antes que en el poder del ágape. En ambos frentes pone de manifiesto el peculiar valor de la parresía.





[1] Doctor en filosofía por la U.P. de Comillas. Profesor de la PUCP y la UARM.

sábado, 18 de enero de 2014

ALGUNAS IDEAS ACERCA DE LA RELIGIÓN Y EL DIÁLOGO





Gonzalo Gamio Gehri

Siempre he preferido concebir la religión como un modo de formular preguntas cruciales acerca del sentido de la vida – y su trascendencia – que como una suerte de catálogo de respuestas que hay que suscribir sin dudas ni murmuraciones, vale decir, animados por una convicción que no admite  plantear nuevas preguntas. Montaigne,  Lessing y Buber se propusieron aproximarse al fenómeno religioso en esta clave de lectura, que permite restablecer el vínculo entre la fe y la libertad que brinda una “vida examinada” (en el registro hilvanado por la Apología).

Es obvio que ésta no es la única manera de comprender la religión, pero posee la virtud de pensar la religión en una clave de apertura a la discusión filosófica y a un concepto amplio de verdad. Desde este horizonte de reflexión – centrada en las preguntas – considero fundamental reconocer que estas interrogantes sobre el lugar del ser humano en el universo, sobre las direcciones potenciales de la vida, sobre la finitud y apertura propios de la condición humana, están marcados por el sentido de lo sagrado, una particular conmoción espiritual frente a lo extraordinario y portentoso (déinon) de la vida (Otto). John Caputo ha asociado  este sentimiento religioso a la percepción de la irrupción de “lo imposible” y del “futuro absoluto” en la existencia ordinaria. A juicio de este filósofo, estas categorías no deben ser entendidas en términos de lo estrictamente “milagroso”, sino como conceptos que poseen una dimensión narrativa, pues aluden a aquellas vivencias que introducen giros radicales e imprevistos en el relato de la vida. Tales acontecimientos re-velan la tensión constitutiva entre finito e infinito. En esta línea de pensamiento, la religión no está a nuestra disposición para brindarnos seguridades, sino para hacer añicos nuestras supuestas certezas y poner de manifiesto el misterio en el corazón de las cosas.

 Este sentido de lo sagrado lo encontramos en diversas producciones del espíritu humano – como indicaba agudamente Simone Weil -, en los poemas homéricos, en las tragedias y, por supuesto, en la Biblia. Está presente de una manera particularmente poderosa en la estructura del magisterio de Jesús, quien decidió transmitir su mensaje sobre el Reino, la Gratuidad y el Amor de Dios a través de la composición de parábolas. En lugar de proponer una suerte de saber arquitectónico, eligió contar sabias historias que echan luces sobre el Reino y su justicia, o que revelan formas ejemplares de contacto interhumano y de amistad con Dios. Estas narraciones están abiertas a la interpretación y corresponde al diálogo con los discípulos – en la comunidad – el esclarecimiento de su sentido. Se trata de una actividad hermenéutica. El que tenga oídos, que oiga. 

Esta manera de constituir el discurso religioso  - y la práctica - deja un lugar al misterio como una dimensión ‘esencial’ de la vida. Esta disposición está presente en el proceder de los fundadores de las grandes religiones, y también podemos encontrarla en los antiguos poetas y en los místicos. Se trata de una actitud dialógica que nos previene contra el integrismo y la violencia cultural (recordemos la inquietante descripción del Gran Inquisidor de Dostoievski). Asumir seriamente ese trasfondo narrativo , permite acercarse con lucidez y espíritu crítico al trabajo de importantes tradiciones religiosas que han problematizado la vida humana y su sentido de trascendencia.









domingo, 1 de septiembre de 2013

MARTIN LUTHER KING JR. LENGUAJE PROFÉTICO Y ÉTICA PÚBLICA



Gonzalo Gamio Gehri

Se cumplen cincuenta años del famoso discurso de Martin Luther King jr. Yo tengo un sueño, pronunciado ante el Lincoln Memorial. El discurso se convirtió en un poderoso símbolo moral y político para el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos en los Estados Unidos. Luther King era un conocedor de la tradición cívica que cimentó la Constitución norteamericana y era un intérprete persuasivo y lúcido del texto bíblico. Sus conmovedoras palabras se nutren a la vez del legado de la reflexión religiosa y del impulso moral por la defensa de la dignidad de todos los seres humanos. La construcción del mensaje  observa aquello que John Rawls llama “estipulación”, el proceso de configuración del discurso público – dirigido a todos, pues apunta a la consolidación del sistema de derechos e instituciones que organiza las bases mismas de una sociedad democrática –, aunque tenga resonancias de una fuente particular, religiosa, moral o filosófica. Se nutre de los derroteros de una doctrina comprensiva, pero confluye en el tipo de argumentación que ofrece el ejercicio de la razón pública [1].

Veamos. El discurso asume inicialmente el registro conceptual del esfuerzo cívico por la construcción de una comunidad moral y política observante de la igualdad civil y las libertades cívicas. Este ideal está presente en el pensamiento de los padres fundadores y de los abolicionistas norteamericanos, y debe dirigir su energía crítica a combatir las restricciones de la ciudadanía a cualquier consideración por razones de etnia, género o estatus socioeconómico. La ciudadanía democrática debe ser universal o no es ciudadanía.

Hace cien años, un gran estadounidense, cuya simbólica sombra nos cobija hoy, firmó la Proclama de la emancipación. Este trascendental decreto significó como un gran rayo de luz y de esperanza para millones de esclavos negros, chamuscados en las llamas de una marchita injusticia. Llegó como un precioso amanecer al final de una larga noche de cautiverio. Pero, cien años después, el negro aún no es libre; cien años después, la vida del negro es aún tristemente lacerada por las esposas de la segregación y las cadenas de la discriminación; cien años después, el negro vive en una isla solitaria en medio de un inmenso océano de prosperidad material; cien años después, el negro todavía languidece en las esquinas de la sociedad estadounidense y se encuentra desterrado en su propia tierra.
Por eso, hoy hemos venido aquí a dramatizar una condición vergonzosa. En cierto sentido, hemos venido a la capital de nuestro país, a cobrar un cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magníficas palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría de ser heredero. Este documento era la promesa de que a todos los hombres, les serían garantizados los inalienables derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Más adelante,  el discurso asume una tonalidad bíblica muy clara. Se remite así a la exigencia de construcción de una comunidad inclusiva a partir de la esperanza judeo-cristiana – nítidamente profética y parrética – acerca de la derrota final de la injusticia y el logro de la fraternidad de todas las criaturas de Dios. Esa impronta espiritual nutre una profunda reivindicación ciudadana en materia de derechos humanos y justicia pública.

“Esta es nuestra esperanza. Esta es la fe con la cual regreso al Sur. Con esta fe podremos esculpir de la montaña de la desesperanza una piedra de esperanza. Con esta fe podremos trasformar el sonido discordante de nuestra nación, en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta fe podremos trabajar juntos, rezar juntos, luchar juntos, ir a la cárcel juntos, defender la libertad juntos, sabiendo que algún día seremos libres.
Ese será el día cuando todos los hijos de Dios podrán cantar el himno con un nuevo significado, "Mi país es tuyo. Dulce tierra de libertad, a tí te canto. Tierra de libertad donde mis antecesores murieron, tierra orgullo de los peregrinos, de cada costado de la montaña, que repique la libertad". Y si Estados Unidos ha de ser grande, esto tendrá que hacerse realidad” [2].

Aunque los referentes morales y espirituales de los últimos pasajes arriba citados nos remiten a un lenguaje religioso y a una práctica espiritual puntual y específica, su resonancia política alcanza a un público considerablemente mayor, comprometido con la causa de los derechos y el universalismo moral. Allí reside la fuerza histórica del inflamado y sabio mensaje de Luther King jr., aquel día de agosto del 63. Creyentes de otras confesiones y no creyentes entendieron este mensaje y lo compartieron, y lo mismo puede decirse de ciudadanos con otras características físicas y con otros orígenes culturales. El espíritu del discurso asume el contenido y la forma de la vindicación pública de los derechos y libertades que debe poseer y poner en ejercicio todo ciudadano de una sociedad democrática. Las raíces espirituales del mensaje pueden revelar una fuente particular, pero puede encarnarse en el tipo de argumentación y causa ética que moviliza a cualquier agente político que asume el discurso pluralista de la igualdad civil.





[1] Cfr. Rawls, John “Una revisión de la idea de la razón pública” en: El derecho de gentes y “Una revisión de la idea de la razón pública”  Barcelona, Paidós 2001, examínese especialmente el capítulo 4.
[2] Puede encontrarse  el discurso en http://www.marxists.org/espanol/king/1963/agosto28.htm .