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domingo, 26 de marzo de 2017

100 AÑOS….



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Gonzalo Gamio Gehri


La Pontificia Universidad Católica del Perú ha cumplido un siglo de vida. Desde hace décadas, la PUCP se ha convertido en un foco de irradiación del pensamiento crítico y el pluralismo. Es una comunidad de investigación dedicada al cuidado del saber científico y las artes, el diálogo entre la razón y la fe, así como al estudio del Perú, de sus problemas y caminos posibles hacia el desarrollo integral, la justicia y las libertades políticas.

El viernes 24 se celebró este primer siglo de existencia con una lección inaugural impartida por Gustavo Gutiérrez, profesor emérito de la PUCP y padre de la teología de la liberación, contando con la presencia del Presidente de la República, el cardenal  Giuseppe Versaldi – nuestro nuevo Gran Canciller, quien además leyó una comunicación enviada por el Papa, saludando a la Universidad -, el Rector, los Vicerrectores y un auditorio compuesto por trabajadores, profesores y alumnos de la PUCP. Antes de la lección inaugural, nuestro Gran Canciller ofició una Misa, que contó con la colaboración de numerosos obispos y los teólogos de nuestra Casa de estudios, que han vuelto a las aulas. Tanto Gustavo Gutiérrez, como el cardenal Versaldi destacaron la convergencia entre el cultivo del pluralismo intelectual y ciudadano y el cuidado de una fe cristiana abierta al diálogo.

En los años transcurridos, primero como estudiante y luego como profesor de la PUCP, he sido testigo del serio trabajo de sus profesores e investigadores, de la preocupación por las personas – especialmente los grupos más vulnerables de la sociedad -, la disposición a escuchar argumentos diferentes, una inquietud permanente por la verdad y por el logro de la justicia, la disciplina del concepto y la búsqueda de consensos basados en el uso de la razón. En las aulas encontramos un amplio abanico de perspectivas sobre la vida pública: liberales, socialistas, libertarios, socialcristianos, socialdemócratas, liberales conservadores, etc. Cada una de estas perspectivas es bienvenida en un espacio de libertad académica y tolerancia en la que se trabaja con el argumento y con la evidencia. Sus estudiantes, egresados y académicos cultores de todas aquellas visiones del mundo y de la sociedad se sienten orgullosos de pertenecer a esta ‘sociedad profética’, para usar la expresión de un antiguo Rector.

La PUCP ha salido adelante enfrentando situaciones difíciles. Hoy es reconocida por los rankings locales y por el juicio de la opinión pública como la Universidad más prestigiosa a nivel nacional. La Universidad y la Santa Sede han logrado un acuerdo “consensuado y definitivo” que honra la autonomía y la estructura democrática de la PUCP en un marco de diálogo permanente con la Iglesia. El trasfondo de este acuerdo está marcado por el servicio que la PUCP ofrece al país y a la Iglesia. El sentido de fraternidad y la alegría, presentes en las acciones y los discursos del padre Gutiérrez, del Rector y de  las autoridades eclesiásticas – así como el iluminador saludo del Papa Francisco -  ponen de manifiesto la común vocación por la verdad, el trabajo fraterno y el pluralismo. Una institución académica comprometida con la democracia, los derechos humanos y con la búsqueda del saber. Un feliz centenario a toda la comunidad universitaria..



martes, 20 de diciembre de 2016

LA LAICIDAD Y LO PÚBLICO. CONSIDERACIONES CRÍTICAS SOBRE UN DEBATE SANMARQUINO








Gonzalo Gamio Gehri


El tema de la laicidad en la UNMSM enfrenta nuevamente conflictos y simple incomprensión. Llama la atención que la tesis “un Estado laico es un Estado ateo” – sencillamente absurda – esté presente en las discusiones entre algunos estudiantes y algunos profesores de aquella venerable institución. El principio de neutralidad estatal en cuestiones religiosas no pretende alejar a los ciudadanos de la forma de espiritualidad que han escogido adoptar; sólo recuerda que su lugar son las iglesias, así como otras organizaciones propias de la “sociedad civil”. Al Estado y a sus espacios les corresponde proteger la libertad y la igualdad religiosa y de visión del mundo en una sociedad moderna y pluralista.

Lo que sorprende en algunos casos es que esta incomprensión se ha convertido en un cierto cinismo ideológico, que aparentemente antepone la pura retórica a la 'cosa misma'. Se ha podido constatar que en esta discusión sobre los símbolos navideños en la Facultad de Ciencias Humanas se han enarbolado dos argumentos especiosos sumamente cuestionables y que entrañan extrañas consecuencias morales y políticas.  No se trata de puntos de vista generalizados para nada, pero llama la atención por carácter puramente polémico. Un curioso y esquemático relativismo antiliberal  y conservador - en particular, en la segunda perspectiva - ha ingresado en la controversia sobre la laicidad. Interesante. 

a.- El tema de los nacimientos en el espacio de la Universidad del Estado no es un asunto de culto, es mera “costumbre”. Por tanto, no lo alcanzaría el principio de laicidad.

Sorprende este tipo de actitud frente al rito que se defiende. Que se trata de símbolos religiosos de un credo particular es algo que no se puede cuestionar. Decir que hoy se trata de “adornos” equivale a despojar de toda trascendencia y significación espiritual a la idea de escenificar el Nacimiento de Jesús de Nazareth ¿Qué sentido tendría este ritual sin su referente sagrado? Resulta extraño minimizar el valor del Nacimiento como re-cuerdo de un evento de importancia religiosa con el exclusivo propósito de preservar la costumbre ‘formal’. Se trata de una argucia retórica burda. Una “tradición” pierde su razón de ser cuando pierde de vista aquello que representa o pretende hacer explícito. En contraste, el defensor del principio de laicidad reconoce el valor que tales rituales tienen para los creyentes, sólo pone énfasis en que su lugar no es el espacio estatal.

b.- Quienes defienden el principio de laicidad están imponiendo una idea foránea, ajena a las creencias y sentimientos de las mayorías. Son “imperialistas culurales” que enarbolan un falso universalismo moral.

Este es un argumento curioso. La idea es que quienes apoyan la solicitud no deberían interferir en una costumbre arraigada. La mayoría de la gente no se preocupa si se usan los escenarios estatales para desarrollar rituales de una religión particular porque sencillamente cree que la fe puede guiar o iluminar la vida del Estado; la mayoría cree en el plano de los hechos, en un Estado confesional. Aquí se quitan la máscara los detractores  más virulentos de la solicitud ante la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Se amparan en un  relativismo cultural políticamente conservador para desestimar la iniciativa de los estudiantes. Además, el razonamiento es deficiente: el hecho de que numerosas personas respalden una práctica – organizar Nacimientos en UNMSM – no significa que esta práctica sea válida o justa.

Pero es preciso decir algo más. Sostener que la defensa del principio de laicidad es un valor extranjero, occidental, moderno y ajeno, constituye un argumento que los conservadores usan para rechazar la democracia y los derechos humanos como fuentes para la acción moral y política. Lo mismo puede decirse sobre la invocación a la justicia de género, el respeto de la diversidad cultural y religiosa, el empleo de categorías liberales o marxistas para comprender y transformar la sociedad ¿Qué es finalmente originario e idiosincrásico? Incluso el cristianismo fue importado e impuesto de diversos modos, no se trató de una cosmovisión nativa o fácilmente asimilable a los supuestos “hábitos colectivos originarios” (si se puede usar esta rara expresión). Esta visión conservadora decreta el silencio de la crítica racional y el examen de las tradiciones.

El empleo de esta vana sofistería ha convertido a algunos estudiantes y profesores contrarios a la solicitud presentada al Decanato de promotores del valioso pluralismo sanmarquino en conservadores políticos, usuarios de un relativismo colectivo especioso, que en la ética y la política tiende a dejar nuestras creencias y prácticas sin crítica ni transformación cívica. Quienes pensamos que la democracia constituye una vía adecuada para nuestra patria estamos convencidos de que la laicidad constituye una condición esencial para transitarla genuinamente.













jueves, 31 de marzo de 2016

UNA INTERFERENCIA POLÍTICA






Gonzalo Gamio Gehri

Pésimo gesto el del Arzobispo de Arequipa, Javier del Río, al señalar en el púlpito que los católicos no deberíamos votar por Mendoza o por Barnechea por apoyar la unión civil y el aborto; sería pecado, a su juicio. La ya clásica invocación a la adhesión acrítica a la autoridad, una actitud que es dañina para la propia Iglesia, que es potencialmente un foro de meditación e interpretación sobre la vida en los términos de profetas y creyentes. Por supuesto, Javier del Río se “olvidó” de que Keiko Fujimori se expresó en favor de la unión civil en Harvard  ¿Será que esa mención no resultaría conveniente a sus posibles afinidades políticas?

Esa intervención es perniciosa para la democracia. Se trata de una interferencia política de marca mayor. Una cosa es que, en el templo y en los foros de las comunidades religiosas, las autoridades llamen a la reflexión a las personas acerca de los alcances de su fe, los valores propios de sus creencias en diversos asuntos, etc; eso es perfectamente legítimo. La Iglesia es una institución social en la que sus miembros pueden examinar y discutir sus principios fundadores y propósitos. Pero otra cosa es indicar a los creyentes cómo deben votar, a quiénes puntualmente no deben apoyar, recurriendo a una burda intimidación para lograr ese objetivo. El Arzobispo del Río no debe exigir esa clase de “obediencia” a los fieles, a menos que crea erróneamente que la libertad de conciencia no es un valor cristiano. No debe erigirse en un “tutor”, puesto que, en una democracia, los ciudadanos no requieren de tutores. Es inaceptable que se trate a los ciudadanos como menores de edad.

El Arzobispo del Río debe respetar los límites que establece una democracia. Vivimos en un Estado laico y en una sociedad plural en materia religiosa y de visión del mundo. Debería tomar más en cuenta las declaraciones del Papa Francisco, que reconoce la diversidad de tradiciones y perspectivas como algo valioso y digno de escucha atenta. Ha resultado deplorable esta intromisión en la vida pública. Los ciudadanos somos personas capaces de examinar nuestras opciones políticas, y para tomar decisiones por nosotros mismos en torno a la elección de nuestras autoridades políticas, pedirles cuentas y sacar conclusiones acerca de la calidad de su labor pública. Tenemos derecho a elegir sin ninguna imposición externa. En la política, tenemos derecho a decidir de manera irrestrictamente libre.

lunes, 11 de enero de 2016

DEMOCRACIA LIBERAL Y TEMAS RELIGIOSOS








Gonzalo Gamio Gehri

Leo en un portal electrónico paleoconservador que – de acuerdo a uno de sus participantes – detrás de las ideas de quienes reivindicamos para el Perú un Estado genuinamente laico se escondería una agenda “anticatólica”. La aseveración es gratuita y reporta un alto grado de irracionalidad. Desconoce – por supuesto – la herencia democrática y liberal del argumento a favor de un Estado laico.

Recuperemos una vez más el argumento, pues hacerlo no implica desperdicio alguno. En una sociedad democrática y liberal la política pública la diseñan y discuten los ciudadanos, actuando conforme a la ley y a los procedimientos democráticos bajo el prisma del sistema de derechos universales. Uno de estos derechos es aquel que consagra la libertad de creencias, a suscribir tal o cual credo, o ninguno en absoluto. Un Estado liberal trata igualitariamente a todos los ciudadanos. Por ello, el Estado no debe promover una determinada fe, o a establecer una relación de privilegio con ella. Un Estado democrático-liberal no reconoce una religión oficial. Muchas de las personas que suscriben este punto de vista son católicas. Yo lo soy. Ser católico no implica (para nada) suscribir la tesis conservadora de que el Estado debe ser confesional. No.

No hay pues, en esta clase de reflexiones, una agenda antirreligiosa en ningún sentido. Defender la perspectiva del pluralismo liberal y la neutralidad del Estado en temas religiosos no implica “privatizar” la religión. El liberalismo no desmerece el valor de las creencias religiosas en la vida de la gente. La política liberal  argumenta que el lugar de la religión no es lo político-estatal, sino lo social; las iglesias son parte de la sociedad civil. Ellas – de una forma semejante a otras instituciones sociales – se refieren a cuestiones de justicia y bienes colectivos. Sin embargo, no pretenden formular las políticas públicas “desde arriba”. Dichas políticas se forjan a través del ejercicio de la deliberación en la esfera pública. El lenguaje de esta deliberación es el de los derechos fundamentales . trasfondo hermenéutico de la razón pública -, un vocabulario público que resulta común a quienes comparten un Estado democrático de derecho.

Los extremismos ideológicos - de derecha y también de izquierda - tienden a explicar ciertos fenómenos recurriendo a extravagantes teorías conspirativas. ¡Craso error! Los prejuicios no sustituyen nunca el  valor de un razonamiento ordenado y claro. Sostener que cierto "odio anticatólico"  fundamenta la necesidad de un Estado aconfesional que trate de forma igualitaria a los ciudadanos es un disparate clamorosamente indefendible.

lunes, 28 de diciembre de 2015

LA IZQUIERDA, ESA HEREJÍA









UNA BREVE NOTA SOBRE POLÍTICA Y ESTIGMATIZACIÓN  IDEOLÓGICA




Gonzalo Gamio Gehri

Últimamente un sector dominante de la autodenominada  “clase política” y buena parte de los medios de comunicación han ido difundiendo un discurso plano y monocorde, bastante caricaturesco: la raíz de los  grandes problemas del país es fundamentalmente de naturaleza 'ideológica'.  No es la pobreza, la exclusión social y política, la fragilidad del sistema político, la presencia del tráfico de drogas en la política, la seguridad interna o el imperio de la corrupción. Es un sistema de ideas que habría causado mucho daño a través de sus militantes y usuarios intelectuales. Un grupo de gente ha intentado erosionar el mercado libre – el reducto último de la racionalidad y de la distribución justa de los bienes sociales -, ha promovido el colectivismo y el odio en todas sus formas. Sí, para estos personajes,  la izquierda habría impedido sistemáticamente el camino del Perú en la senda del progreso.

Algunos columnistas, movilizados por un gran entusiasmo, han recomendado la lectura obligatoria en los centros educativos de un reciente best seller con el objetivo de combatir la proliferación de esa suerte de perturbación intelectual o enfermedad del espíritu. Unos cuantos datos susceptibles de debate y algunas ironías parecen ser suficientes para refutar a las izquierdas ideológicas: allí hay probablemente un tema de discusión conceptual no del todo examinado. He leído algunos artículos en portales de opinión en los que se destaca la figura de Donald Trump y Marine Le Pen como políticos ejemplares, de “buena línea”  - pese a esgrimir un  programa racista e intolerante -, sin enfrentar mayores críticas de los lectores, pero en los que se condena la agenda secular o no-religiosa de un sector de la izquierda peruana en temas de educación y derechos individuales. Increíble. Un macartismo realmente delirante se cultiva en aquellos espacios. Se percibe un auténtico espíritu de ortodoxia que se organiza buscando herejes. Estos personajes se han dedicado a la empresa antiliberal de extirpar idolatrías.

Ese tipo de actividades degradan el debate público y envilecen la política. De hecho, minan la configuración de una opinión pública rigurosa, que es fundamental para la democracia. Resulta claro que la caricaturización se cultiva por los diversos frentes del espectro político, pero hoy existe una estrategia de demolición bastante identificable contra cualquiera que no comparta cierto imaginario  conservador en política y mercantilista en economía (necesidad de "mano dura", "instituciones tutelares", omnipotencia del mercado, silencio oficial en temas de DDHH, etc.). Creo que con frecuencia los grupos de izquierda han alimentado esta caricatura y se han prestado a esta clase de simplificaciones, gracias a su irresponsabilidad, su escasa capacidad para repensarse a la luz de los sucesos de 1989, entre otros errores de diversa índole. El panorama presente es elocuente. Unas organizaciones de izquierda desunidas, divididas en torno a su valoración de la democracia, alejadas de las bases populares que otrora ayudaron a movilizar y a cohesionar. He señalado más de una vez aquí que la democracia peruana requiere de una derecha y de una izquierda liberales, respetuosas del Estado de derecho, el pluralismo y de los principios de justicia y del desarrollo humano. Por ello me molesta la caricatura que los numerosos censores mediáticos  - que escriben desde esa prensa que sólo reconoce cinco candidatos en la contienda electoral - hacen de la izquierda como un círculo de “retrógrados”, “dogmáticos” y “comechados”, que constituye el corazón de aquel mensaje recurrente ¿Qué ha pasado en el Perú de estos años para que estos calificativos insultantes puedan pasar como ‘análisis político’ en los diarios, en la radio y en la TV?

Me preocupa también que se ignore la amplia gama de las “izquierdas” y se omita toda referencia a sus profundas divergencias de ideas y proyectos políticos. Para ellos, todas son lo mismo. Desde las diferentes formas de marxismo hasta la socialdemocracia y los defensores de la democracia deliberativa. Desde los que cuestionan la economía de mercado hasta los que intentan articular los principios del liberalismo político con la preocupación pública por los derechos vinculados a la identidad de género y cultura, y el respeto de la naturaleza. Esas izquierdas liberales no son teóricamente marxistas ni plantean una estrategia revolucionaria en un sentido ortodoco, pero son reiteradamente estigmatizadas como "comunistas camuflados", “extremistas”, o incluso como “filoterroristas”. Para esos “críticos” importa poco que esas etiquetas sean absolutamente falsas y enmascaradoras. El asunto es que la estigmatización sea “política” y “mediáticamente” eficaz. La idea de que los problemas del Perú son cuestiones de doctrina es obviamente ridículo. Los bullies ideológicos conservnadores asumen dogmáticamente la convicción de que, una vez erradicada la izquierda política, la comunidad podrá convertirse en una sociedad libre y próspera; ciertamente, así pensaban los extirpadores de herejías respecto del futuro de las naciones de la cristiandad en los terribles tiempos de la inquisición.

Tampoco importa que muchos de los juicios históricos que emiten los “censores” políticos y mediáticos sean falsos o no hagan referencia a hechos relevantes. No importa que las izquierdas hayan tenido un rol significativo en las luchas por la defensa de derechos sociales – junto a otras fuerzas políticas, es cierto -, o que durante el conflicto armado interno, entre los miles de mártires de la violencia terrorista, encontremos a numerosos militantes de izquierda. Esta corriente de opinión de tonalidades macartistas está elaborando una burda historieta acerca de nuestra etapa republicana. Es preciso recordar que – si lo que queremos es edificar una sociedad políticamente seria -, nada positivo puede ser construido sobre la base de la simplificación. En lugar de postular una narración política maniquea y sin matices, es preciso pensarnos como una sociedad en la que diversas voces ideológicas puedan encontrar espacios para expresar sus ideas y polemizar en un marco de libertad y respeto.



  

miércoles, 23 de septiembre de 2015

LOS VIEJOS MOTIVOS





Gonzalo Gamio Gehri

En muchas ocasiones he insistido en que en el país se echa de menos una perspectiva liberal, tanto de derecha como de izquierda. Un grupo de personas que valoren con similar grado de compromiso valorativo los derechos humanos, la participación política y las libertades económicas. Una derecha que reivindique la autonomía privada y pública, así como una izquierda que se comprometa con el pluralismo. No es lo que tenemos en el Perú: los avances en esta dirección son claramente insuficientes. En la arena política impera la orfandad de argumentos y en los medios de prensa encontramos considerable beligerancia.  Incluso se detecta en los medios una suerte de macartismo ideológico.

Los nuevos medios tienden a continuar con estas prácticas de confrontación polìtica. Algunos espacios buscan reeditar el paleoconservadurismo, el célebre pensamiento reaccionario.  Hace poco leo un texto que aboga por la edificación de una “nueva derecha”, pero se la asocia con la adhesión a los valores tradicionales. Recuperar los viejos motivos  no es en sí mismo negativo, pero esta derecha se describe como antimoderna y virulenta.  No resulta nueva, en ese sentido, y tampoco se insinúa democrática. En una sociedad en la que sus autodenominadas “élites” han considerado que las Fuerzas armadas y la Iglesia Católica son instituciones “tutelares” de la patria, o que determinados temas incómodos son dejados fuera de la discusión pública – por ejemplo, asuntos relativos a la recuperación de la memoria y las políticas de derechos humanos -, uno se pregunta cuánta novedad podría encontrarse en una propuesta como esa. Hay un cierto sentido común conservador en el Perú, que es preciso interpelar y cuestionar. Me parece percibir la presencia del “viejo sol” como diría Nietzsche. Un sol tradicionalista, que considera a la izquierda y al liberalismo político  enemigos, no interlocutores en un proceso de intercambio de argumentos. 

Resulta interesante que esa derecha ponga sus cartas sobre la mesa en el debate político, pero preocupa su distancia respecto de los núcleos básicos de la una democracia liberal. Necesitamos tomar en serio la noción de “pluralismo razonable” en el sentido liberal del término. Pensemos en su uso en la filosofía práctica de Rawls. Una sociedad democrático – liberal no sólo reconoce la diversidad de “doctrinas comprensivas” (visiones del mundo y de la vida de carácter religioso o secular que abarcan la totalidad de la existencia), de modo que cada una de ellas admite que no es ni debe ser la única, y está dispuesta a coexistir con las demás en el marco del sistema de derechos propio de un Estado constitucional de derecho. Esta situación es compatible con el principio de laicidad del Estado democrático, y con el respeto de la diversidad, basado en el diálogo, la tolerancia y el intercambio de razones. A menudo, este pluralismo es confundido – o asociado falazmente – con el “relativismo”, a pesar que esta identificación no resiste la menor inspección racional.  Que existan diversas visiones de las cosas implica que “sean igualmente válidas”. Es posible examinarlas desde la discusión racional planteada al interior de las organizaciones de la sociedad civil (universidades, colegios profesionales, Iglesias, ONGs, sindicatos, etc.).

Con frecuencia, esa fascinación conservadora con la exaltación de un catálogo de metas fundado en un único credo o '"correcta doctrina", reproduce la ilusión premoderna de un Estado confesional, una ilusión perniciosa en términos de libertad y de justicia. En la óptica de ese conservadurismo rancio, el liberalismo, la socialdemocracia y el marxismo son dignos de rechazo por igual, pues son expresión de la cultura moderna. Les preocupa e irrita asimismo el pluralismo subyacente a los estudios interculturales y de género, y, en el plano teológico, el trabajo de las teologías inductivas (teología de la liberación, teología africana, teología feminista, y otras). Los cambios en la Iglesia Católica producidos por Vaticano II son percibidos por esta derecha paleoconservadora como una trasgresión al espíritu romano que celebran, en clave medieval; sus referentes no son las primeras comunidades cristianas o la reflexión del método histórico-crítico. Por supuesto, la prédica del papa Francisco les resulta chocante, pues la encuentran "socialista", aunque suene increíble. De hecho, la reflexión que hace esta derecha sobre el cristianismo tiende a prescindir del tema de la pobreza  (y de la justicia social).

El obvio peligro del pensamiento paleoconservador es la suscripción de un integrismo lesivo del sistema de derechos fundamentales. Esa doctrina  erosiona el terreno mismo de un pluralismo razonable que sostiene el sistema de instituciones y normas que edifican el liberalismo político. De hecho, la derecha paleoconservadora se inspira en posiciones que rechazan la diversidad como un  supuesto síntoma de raquitismo moral y político. No en vano los seguidores de Franco, el falangismo, el nacionalcatolicismo y el conservadurismo más recalcitrante en España y en América exaltaban la figura de Isabel de Castilla, asociada con la imposición política de una tradición monolítica – una sola cultura, una sola religión, un solo idioma –. Se trata, por supuesto, de una perspectiva que puede convertirse en violenta, además de ser  dañina para la democracia y para una ética del respeto por la diversidad. Esa diversidad es un rasgo distintivo de lo humano, la percibimos en nosotros y en las comunidades que habitamos. Pretender desconocerla o eliminarla constituye una forma insensata de pensar y de actuar.


lunes, 17 de noviembre de 2014

SOCIEDAD DEMOCRÁTICA, LIBERALISMO Y ESTADO ACONFESIONAL. CONSIDERACIONES DE PRINCIPIO









Gonzalo Gamio Gehri


Desde la Homilía del Te Deum se ha evocado la figura de una “laicidad positiva”, de parte de algunos columnistas afines al discurso pronunciado el 28 de julio. Se ha dicho que aunque el Estado sea laico e independiente de la Iglesia, ésta tendría el rol de guiarlo en lo que toca al señalamiento de los valores supremos de la vida humana. No estoy de acuerdo con esa descripción del Estado laico, ni con aquella explicación de las relaciones entre un Estado democrático y las Iglesias. Creo que esa interpretación (pseudo platónica, porque platónica realmente no es) resulta tendenciosa y puede reproducir precisamente las pretensiones de un Estado confesional, no compatible con una sociedad estríctamente democrática. En una nota suya publicada en Correo, Martín Santiváñez – comentando la Homilía – sostiene lo siguiente:

“Mientras más me aburro con los mensajes presidenciales, más me detengo en las homilías del TE DEUM. La de este año ha sido relevante por abordar el punto de la separación entre la Iglesia y el Estado. Toda la doctrina católica, desde Orígenes hasta el tomismo, pasando por San Agustín, ha considerado positivo el principio de "dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". De allí que el Estado sea visto como algo temporal que debe ser iluminado por el cristianismo, pero ajeno a la Civitas Dei.

Los laicistas rabiosos que quieren expulsar a la religión de la esfera pública no aspiran a un Estado imparcial. Quieren, en el fondo, una religión del Estado. El Estado no subsiste sin valores. O lo informan los valores de una ideología o influyen en él los principios del derecho natural. El Estado siempre responde a una metafísica. Cuando se exclama "¡que la Iglesia no se meta!", detrás siempre hay una gran intolerancia ideológica que aspira al dominio totalitario del Estado. Y eso, por supuesto, no se puede permitir”.

Es preciso mostrar las razones que pueden invocarse para cuestionar esas tesis conservadoras. Voy a concentrarme brevemente en las afirmaciones del segundo párrafo.No voy a ocuparme de lo establecido en el primero, únicamente advertiré algo que cualquier teólogo, historiador o filósofo señalaría de inmediato, a saber, que la independencia relativa entre el Estado y la Iglesia formulada en los primeros tiempos del cristianismo romano no puede asociarse en manera alguna a la idea de un Estado liberal laico, que supone el factum de la diversidad de doctrinas comprensivas y de la increencia, la experiencia de las guerras religiosas de los siglos XVI y XVII, etc[1]. Ese es el contexto histórico que nutre la idea de laicidad tal y como la entiende la teoría política. La tesis de un Estado plural laico y aconfesional es básicamente moderna, de herencia liberal y surge de la necesidad de promover las libertades religiosas y la tolerancia en un mundo diverso. La alternativa al Estado confesional no es una “religión de Estado” – como se asevera en la columna citada -, sino un Estado democrático liberal respetuoso de las creencias que las personas eligen suscribir sin coacciones. Los ciudadanos ejercen su derecho a creer o a no creer en una determinada visión de la trascendencia o de lo divino.

Un Estado laico es un Estado pluralista comprometido con los derechos y las libertades de los ciudadanos, incluidas las libertades religiosas. No establece ninguna relación de privilegio con Iglesia o comunidad religiosa alguna, con el fin de no discriminar a los creyentes que suscriben otras confesiones o que han decidido no tener creencias religiosas. Guarda una relación de cordialidad y de eventual colaboración con las  diversas Iglesias, así como con otras organizaciones de la sociedad civil, pero no brinda un apoyo especial a ninguna de ellas, por un principio de tolerancia  y justicia. Son los ciudadanos los que eligen libremente en materia de consideraciones sobre el sentido de la vida y el espíritu. El Estado sólo vela por el cumplimiento de la ley, la preservación de las instituciones democráticas y los requerimientos de la razón pública.

La aconfesionalidad del Estado liberal no implica el desconocimiento del importante valor de las creencias religiosas en la vida de mucha gente. Numerosas personas construyen su identidad y eligen sus formas de vida a partir de ideas que provienen de las religiones y de diversas concepciones del mundo. Las religiones han aportado significativamente a la formación de ideas morales fundamentales que nutren la cultura democrática. No obstante, este reconocimiento no supone que este tipo de confesiones constituyan la única fuente de los derechos universales y de la noción de dignidad humana. El liberalismo le otorga un lugar de respeto a las religiones, pero dispone que ese lugar no es el del espacio estatal. Las adhesiones religiosas corresponden a las personas y a las asociaciones en las que voluntariamente pasan parte de sus vidas.
Las distintas Iglesias y comunidades religiosas pueden intervenir en el debate sobre la justicia social y los bienes comunes, tanto como pueden hacer lo propio otras asociaciones voluntarias  que se pronuncian sobre estos temas que interesan a todos los ciudadanos, los creyentes y los no creyentes. Pueden hacerlo como una voz más en el diálogo al interior de la sociedad. Las Iglesias y comunidades religiosas no pueden marcar la pauta sin más de las políticas públicas, políticas que emprende el Estado desde consensos argumentativos más amplios y desde un lenguaje político pluralista que una sociedad compleja requiere (piénsese en el tipo de discurso construido por el movimiento por los derechos liderado por Martin Luther King Jr.; originalmente de raigambre profético, pero conceptual y políticamente convergente con el universalismo humanista y liberal).

La aseveración “El Estado no subsiste sin valores. O lo informan los valores de una ideología o influyen en él los principios del derecho natural” entraña un falso dilema, aderezado por el integrismo religioso y por el conservadurismo teológico. La idea de  la existencia de valores absolutamente inmutables y ahistóricos – arraigados presuntamente en una naturaleza humana monolítica  – ha sido severamente cuestionada desde todos los derroteros de la filosofía contemporánea.  El iusnaturalismo es conceptualmente discutible. Hannah Arendt ha señalado lúcidamente que sólo una divinidad con una visión total no condicionada por el cuerpo y por el lenguaje podría captar la naturaleza humana; nosotros, agentes finitos situados en horizontes ínter-intencionales compartimos una humana condición, que interpreta sus actividades, disposiciones y contextos.  
Esto no significa decretar la defunción del derecho natural, sino someterlo a debate con las diferentes posiciones que señalan que los valores son fruto del discernimiento razonable y finito de seres humanos finitos. El enfoque conservador no quiere discutir los cimientos epistemológicos y éticos del derecho natural, por eso se esfuerza en proponerlo como la única alternativa ante las “ideologías” y “el relativismo”, cuando eso es clamorosamente falso. Recurre al falso dilema “o nuestra doctrina o el abismo” que simplemente vicia toda reflexión seria en la materia. Es perfectamente posible, por ejemplo, que una interpretación filosófica pragmatista – falibilista, en la senda de J. Dewey y de K. Appiah – de los derechos humanos brinde buenos argumentos para sustentar principios eficaces para cautelar la dignidad y las libertades de las personas. No se trata de una perspectiva relativista ni ideológica. Constituye una costumbre perniciosa para la vida intelectual sindicar sin mayores justificaciones una perspectiva que no compartimos como “ideológica”. Quien así procede sólo busca descalificar el punto de vista rival, no confrontarlo en el plano de las razones. Suele aplicarse esa arbitraria etiqueta contra enfoques académicos rigurosos, como los estudios de género y las propuestas interculturales. La idea absurda consiste en sacar del espacio de deliberación esa clase de investigaciones incómodas para un punto de vista más tradicionalista. No existe peor enfermedad en una sociedad democrática que la represión del pensamiento crítico, perpetrado, por ejemplo, en el bloqueo de la discusión pública sobre casos difíciles, o en la prohibición de ciertos libros en algunas universidades privadas.

La afirmación “el Estado no subsiste sin valores” es verdadera, pero es una frase que carece del dramatismo que se le pretende infundir. Un Estado de derecho constitucional propio de las democracias liberales necesita valores públicos, que sostengan el sistema de derechos y libertades y que garanticen el cuidado de la justicia en materia de la convivencia social en un clima de respeto de la dignidad de las personas y de la diversidad de modos de vida. La tolerancia, el cuidado de la vida y la libertad, el trato justo, el sentido de comunidad cívica y la disposición a actuar en el espacio público para fiscalizar el poder son valores de esta clase. Estos valores públicos son expresión de un consenso razonable de diferentes concepciones éticas, religiosas o seculares. Dichos valores no descansan en una homogénea “metafísica”, no al menos en el sentido riguroso – filosófico – del término. Los valores públicos se construyen en un marco de pluralidad e interacción dialógica de diversos horizontes y enfoques.

Es por ello que esta noción de “laicidad positiva” no me parece razonable ni convincente, pues encubre la pretensión de convertir al Estado democrático – liberal en uno confesional, o el intento de impedir el proceso de secularización de la razón pública. Resulta contradictorio distinguir el Estado de la Iglesia para inmediatamente sostener que ella debe sin embargo conducir a aquel de manera irrevocable según sus principios tradicionales, negando de facto la autonomía de lo temporal (autonomía ya planteada en el Concilio Vaticano II) y debilitando las facultades de los fueros deliberativos de los agentes sociales y políticos. El diseño de las políticas de Estado es una tarea que es fruto del debate abierto de diferentes instituciones del sistema político y de la sociedad civil (y dentro de ésta última, diferentes organizaciones sociales, seculares y religiosas). El sello de la política liberal es la deliberación y el pluralismo.




[1] La multiplicidad de escuelas de heterodoxia surgidas durante el período de hegemonía teológico-política de Roma, declaradas heréticas y reprimidas durante los primeros siglos de la Iglesia – arrianos, pelagianos, donatistas, etc. – no puede contar como un signo de pluralismo, por razones obvias.

domingo, 27 de julio de 2014

REFLEXIONES SOBRE LOS MEDIOS DE PRENSA Y EL PLURALISMO DEMOCRÁTICO














Gonzalo Gamio Gehri


Hace un tiempo que se discute la compra de Epensa por el grupo El Comercio, y este importante debate nos ha llevado a una reflexión más amplia sobre el rol de los medios de prensa en una sociedad democrática, pluralista por definición. Desde el siglo dieciocho la prensa está asociada al cultivo de las libertades ciudadanas e intelectuales.

Los ciudadanos necesitan formarse un juicio propio sobre las circunstancias y conflictos propios de la vida pública. Este juicio propio le permite discernir y actuar, votar y asumir una posición en el juego político. Para construir este punto de vista, requiere tener acceso a información veraz que pueda contrastar; precisa – asimismo – de tomar contacto con opiniones racionalmente fundadas sobre asuntos de interés común que él pueda examinar críticamente y confrontar con otras posturas y argumentos.  En principio, los ciudadanos disponen de esta información o participan en la conversación cívica en la esfera de opinión pública, de la que los medios de comunicación forman una parte. La  esfera de opinión pública ha de ser diversa para que cumpla con su cometido: la discusión que la constituye es la materia prima de la deliberación que llevan a cabo los agentes sociales y políticos.

Hace ya tiempo que los medios de comunicación se comportan exclusivamente como empresas privadas, o se han convertido formalmente en empresas. Son empresas. Transmiten a menudo las opiniones y las expectativas de sus dueños, y encarnan intereses económicos y políticos concretos.  Destacan la figura de un personaje político o confrontan a otro. Es una realidad que no puede ser desconocida o no considerada con la debida atención. Esa es una de las razones por las cuales la concentración de los medios (y evidentemente el monopolio, si éste tuviera lugar) es incompatible con una sociedad democrática. Simplemente lesiona el marco de pluralidad que exigen tanto el ejercicio del derecho a la información como el uso de la libertad de expresión y socava la idea misma de la esfera de opinión pública.

La pluralidad es condición para la vida democrática y para el ejercicio de la ciudadanía. Si un grupo mediático (el que sea) acapara los medios de prensa, la diversidad constitutiva de la esfera de opinión pública se corrompe. En adelante – en un escenario como ese -, para recabar información significativa o para participar en la dinámica de la emisión y contrastación de opiniones relevantes para la vida pública habrá que pasar por las puertas y las ventanas abiertas por tal grupo de interés, cerrando las posibilidades de escuchar otras perspectivas o tomar contacto con otras visiones de las cosas. Se debilitaría la percepción de otras opciones potencialmente valiosas para el debate público. Una lectura económica del fenómeno resulta unilateral; es necesario desarrollar también una reflexión rigurosamente política del mismo. Se trata de examinar diferentes aspectos de una situación que puede afectar la marcha de una democracia.

Si es el caso que un grupo empresarial mediático pueda llegar a concentrar bajo su imperio e influencia aproximadamente 81 % de la prensa escrita, entonces afrontaríamos un severo riesgo para el pluralismo democrático, una evidente amenaza la salud de la esfera de opinión pública y la libertad de expresión. Es claro que este peligro se combina con la aguda crisis en la que está sumido nuestro periodismo de investigación y de opinión razonada. En muchos casos, las columnas de opinión en muchos diarios de circulación nacional se han convertido en espacios en los que sus autores comparten sus simpatías y sus fobias sin el concurso de ninguna cimentación racional, omo también algunos críticos han señalado con cierto detalle.. Estamos descuidando el cuidado de argumentación en el espacio cívico. El periodismo es algo más que una actividad cultivada para la simplificación ideológica y el mero conflicto de intereses en el campo de batalla por la hegemonía política o económica. Recordarlo será bueno para todos y para la vigencia de nuestras libertades.



viernes, 11 de julio de 2014

PLURALISMO Y HUMANISMO. REFLEXIONES SOBRE ÉTICA Y EDUCACIÓN






Gonzalo Gamio Gehri


He escuchado y leído en estas últimas semanas – a propósito de la Ley Universitaria – diversos mensajes que reivindican la “educación humanista” como un rasgo de identidad de múltiples instituciones universitarias. A algunas - entre todas - podía reconocerlas como promotoras de tal enfoque; a otras, de ninguna manera. Se achaca a la Ley de alentar una “educación técnica”, “sin formación ética”. Como no se trata de sumergirse en nombres o en anécdotas - eso no tendría mayor sentido -  sino de plantear una cuestión filosófica, permítanme dedicar unas breves líneas a aclarar algunas ideas sobre el humanismo, asunto que valoro y considero de suma importancia práctica, y teórica. Dejo el tema específico de la Ley Universitaria para otro post.

El humanismo supone, por supuesto, el cuidado del ser humano, de su dignidad y libertad, la búsqueda de un conocimiento riguroso de sus condiciones, sus capacidades y posibilidades como agente y como creador de sentido. Atender a lo humano no equivale a imponer una visión de lo humano. Centrarse en la persona no puede reducirse a elaborar una “antropología filosófica” abstracta (o postular una “axiología”). Pretender fundar una perspectiva antropológica que sea incorregible es a todas luces una lamentable hybris (una desmesura que merece una detenida lectura política vinculada a los peligros del totalitarismo). Que sea asumida como  “deductiva” es altamente discutible (¿De qué misterioso arte extraemos sus principios?, lo dejo por ahora como una pregunta). Es preciso comprender al ser humano desde el ejercicio situado de sus actividades, y considerar rigurosamente su vulnerabilidad, así como constatar el modo como la diversidad marca decididamente su capacidad de lidiar con lo real. 

Existen dos elementos básicos en una “educación humanista” que me gustaría destacar. No son los únicos. Que el lector juzgue si muchas de esas universidades tradicionalistas que recurren a una “antropología metafísica” y una “axiología” no discutida  son o no humanistas. El primero es el pluralismo. La idea básica es que no existe una única manera de ser un ser humano pleno, o de actuar poniendo de manifiesto la racionalidad o la corrección de la vida. Los valores humanos son diversos y en ciertas situaciones pueden enfrentarse. “la diversidad es la esencia de la raza humana y no una circunstancia pasajera”[1], sostiene sabiamente Berlin. Valorar la diversidad requiere empatía e imaginación. Sólo quien no examina el asunto con cuidado puede concluir que el pluralismo se identifica con el “relativismo”. Se trata de modos opuestos de lidiar con la diversidad. El supuesto “relativista” – pues es difícil encontrar algún autor que piense así - admite la diversidad sin diálogo ni crítica y asume que todas las visiones del mundo son “igualmente válidas”, de modo que no necesitamos de la deliberación. El defensor del pluralismo reconoce que existen diversos modos de llevar una vida plena de sentido, pero no cree que todas sean  “igualmente válidas”. Todas son susceptibles de discusión racional; es preciso verificar cuáles entre ellas se ven sostenidas por el mejor argumento desarrollado hasta hoy, y elegir entre ellas según su solidez. Para ello es preciso ir a las fuentes intelectuales y artísticas, y desestimar la información de manuales. El pluralista valora la diversidad, pero la afronta en virtud del examen crítico.

Esto me lleva a plantear un segundo elemento. Es aquel ideal socrático de la “vida examinada”. Sócrates sostenía que una vida sin examen no merece la pena, que es humano invocar y ejercitar el lógos.  Estar dispuestos a dilucidar y a poner sobre la mesa de discusión las tradiciones  y concepciones de la vida y del mundo. Las propias y las ajenas. Valorar la capacidad de discrepar - más allá de si podemos arribar o no a acuerdos en cada uno de los asuntos discutibles -, como un signo de libertad y de justicia democrática y cívica.  La actitud contraria a la ética del examen crítico es el llamado "espíritu de ortodoxia" (Grenier), el talante autoritario de aquel que anhela acallar toda pregunta que remueva los cimientos de la tradición. Dejar sin examen las propias visiones culturales, religiosas y políticas supone claudicar en cuanto a la idea de asumir el trabajo de la razón. Y pasa a menudo con ciertas escuelas intelectuales. Ha pasado con el marxismo ortodoxo, con el neotomismo, con el llamado “derecho natural” y otros sistemas y cosmovisiones que han pretendido convertirse en “zonas de confort” frente a las justas exigencias del  pensamiento crítico y el ejercicio de la razón práctica. Hoy existen instituciones educativas conservadoras que proscriben los estudios de género y que sospechan de la investigación intercultural: ese es el Lecho de Procustes que ellas imponen desde sus rígidas presuposiciones teóricas sobre lo humano. Rechazar a priori la diversidad constituye una forma de evitar afrontar una vida examinada. Emprender el camino de la crítica implica estar dispuesto a abandonar la propia concepción de la realidad si hay buenas razones de por medio. Cambiar de perspectiva si lo amerita el proceso de deliberación o el curso de la investigación. No renunciemos al derecho de examinar nuestras tradiciones desde sus fuentes y expresiones. Se lo debemos a Sócrates.

Considerando estos elementos (y otros sobre los que podemos discutir luego) nos acercamos al ser humano concreto desde las diversas ciencias y artes, y desde las circunstancias complicadas de la práctica. Contribuir a ka formación del duscernimiento y del juicio propio no es lo mismo que "inculcar valores": lo primero es reflexión, libertad y paideia; lo segundo es  propaganda y adoctrinamiento.No tomar en cuenta esta clase de dimensiones – que son amplias y flexibles, pues pueden aparecer asumiendo diversas formas – puede condenar el “humanismo” a tornarse en una mera palabra vacía, o en una vana estrategia de marketing. En una declaración sin asidero ni contenido. O en una forma, a veces elegante, otras veces francamente trivial, de encubrir cierto dogmatismo ideológico.




[1] Berlin, Isaiah “Libertad” en: Sobre la libertad Madrid, Alianza 2008 p. 324.

viernes, 13 de junio de 2014

ESQUEMA SOBRE LIBERALISMO, POLÍTICA Y RELIGIÓN.







Gonzalo Gamio Gehri

1.-  SOCIEDAD LIBERAL Y RELIGIONES

—     -   El liberalismo propone la necesidad de un Estado que permanezca imparcial frente a los  credos que cultivan los miembros de la sociedad. Experiencia del integrismo y de las guerras religiosas.
—      -  Debe garantizar el derecho a la vida, a la libertad de conciencia y a la propiedad de sus ciudadanos. -El conjunto de principios que rige la estructura básica de la sociedad– no proviene de un orden divino, sino de la deliberación y la elección de los individuos.
—        - El enfoque liberal es compatible con el proceso de secularización,  el reconocimiento de la autonomía de lo temporal
—        - El Estado debe declararse neutral en materia religiosa y de visión del mundo.
—         - Busca asegurar tres bienes en un contexto social de  ‘pluralismo razonable’: a) libertad religiosa; b) igualdad; c) permitir la participación de las diversas perspectivas espirituales en la construcción de proyectos comunes que la sociedad se traza en cuanto entidad propiamente política.
—        - En un régimen democrático, las personas son libres para decidir creer en tal o cual visión de la divinidad o la trascendencia, o no tener creencias religiosas.
—        - La búsqueda de la verdad no constituye una meta para el Estado moderno, su meta concreta es la justicia, la forja de la coexistencia social basada en la observancia de principios, normas e instituciones elegidas razonablemente por los involucrados.
—        - El Estado no debe pronunciarse acerca de la validez de las convicciones religiosas o cosmovisionales de sus ciudadanos,  debe ofrecer espacios autónomos – no estatales - para que el agente discuta y discierna su propio camino espiritual.
—        - Los espacios religiosos no son espacios “privados”.

2.- LIBERALISMO Y VIDA EXAMINADA

—        - Un modo de pensar y de vivir fundado en el cuidado de la crítica y en la evaluación permanente de las propias creencias  (Amartya Sen / Martha C. Nussbaum)..
—        - Esa actitud pretende alejar el fantasma del integrismo del propio juicio y carácter, y construir una disposición vital hacia el diálogo y el intercambio de argumentos.
—        -  "Tener convicciones es algo admirable”, “pero también lo es no estar demasiado seguro de ellas” (Michael Walzer).
—        - Falibilismo.

3.-  ESPACIOS DELIBERATIVOS Y PLURALISMO RAZONABLE

—        - Sociedad civil: las universidades, los sindicatos, los colegios profesionales, las ONGs, los grupos de reflexión, las comunidades religiosas, etc.
—        - Los espacios institucionales del Estado no constituyen lugares para la discusión o la difusión de creencias religiosas o de visión del mundo. Los lugares que dispone el Estado restringen su uso a actividades que entrañan el cuidado o el logro del bien público.
—        - El Estado tampoco puede asumir un compromiso institucional con una concepción cientificista de lo real sin atentar contra el principio de igualdad en materia religiosa y de visión de mundo. La imparcialidad frente a los credos e ideologías es una cuestión política, no epistémica.
—        - Idea de “pluralismo razonable” (Rawls).

4.-  ESTIPULACIÓN LIBERAL: LENGUAJE POLÍTICO Y RELIGIÓN

—        - Idea de Rawls de “religiones razonables”, religiones que reconocen habitar un mundo diverso, y aprecian el respeto de esa diversidad sin dejar de desarrollar sus creencias, a la vez que están dispuestas a aceptar que se profesan en un escenario social y político en el que se concibe esa pluralidad desde el prisma del sistema de derechos del individuo.
—       -  El espacio público ha de ser un escenario plural, abierto a quienes actúan en él desde múltiples derroteros espirituales: exigencias éticas, reivindicaciones en cuanto a identidades culturales y de género, religiones, ideologías políticas, etc.
—        El lenguaje de la acción política no puede ser el de una confesión particular porque no todos los ciudadanos comparten esas creencias o aceptarían traducir sus vindicaciones de derechos e invocaciones a la justicia (o a la libertad individual) en términos religiosos.
—        No obstante, es posible que la motivación y el esfuerzo por la afirmación de los derechos o la vindicación de la justicia tenga una matriz originariamente  religiosa o espiritual.
—        Es el caso de la lucha por los derechos civiles que emprendió Martin Luther King en los años sesenta, o la intensa influencia de la teología de la liberación en los movimientos de derechos humanos y a favor de la reconstrucción de la memoria histórica en la región.
—        Estos movimientos tradujeron sus alegatos originales al lenguaje de los derechos y de la justicia pública – y acogieron la voz de un alto número de no creyentes, así de militantes de otras denominaciones -, sin abandonar esa fuente espiritual.
—        Este proceso de configuración del discurso público es denominado estipulación en los escritos de John Rawls sobre la cultura política democrática. Esta clase de trabajo tiene lugar tanto en el debate cívico como en la edificación de los principios del orden constitucional.
—        Martin Luther King en el Lincoln Memorial.
—        Las palabras de King van más allá de sus contextos originarios y de su audiencia inicial y contribuyen a crear o a consolidar una cultura política. En este como en otros casos, el mensaje religioso aporta su profundidad y su gran potencial para la cohesión y la movilización social a una poderosa causa moral y política por la liberación de grupos oprimidos.

5.- PLURALISMO LIBERAL: JUSTICIA Y RAZÓN PÚBLICA

—
—        El orden público propio de una sociedad democrática y liberal está cimentado en lo que John Rawls describe como una concepción política de la justicia, una perspectiva en torno a la conducción del gobierno, la edificación de la ley y el diseño de instituciones basada en la idea de la libertad y la igualdad de todas las personas. Dicha idea es fruto del consenso traslapado de diversas doctrinas comprensivas (doctrinas que versan acerca del sentido general de la vida humana) en el marco de una situación de ‘pluralismo razonable’.
—       Para los propósitos de la razón pública – el tipo de argumentación que cimenta la estructura de la sociedad y el debate político -  lo políticamente relevante es que abonan el terreno para la construcción de la noción liberal de ciudadanía.
—       Estas doctrinas generan una suerte de “núcleo político” que cimenta la concepción de la justicia.
—       los compromisos extrapolíticos de tales visiones del mundo y la vida son tema de reflexión y discusión fuera de los márgenes del sistema político, en las diversas instituciones de la sociedad civil.