
jueves, 17 de enero de 2008
NOTA SOBRE LOS MODELOS DE RACIONALIDAD PRÁCTICA

Gonzalo Gamio Gehri
El último debate suscitado en la blogósfera ha puesto sobre el tapete una importante cuestión epistemológica y ontológica-práctica: ¿Puede prescindir la teoría política de compromisos éticos de alguna clase? Creo que este es un problema fundamental que se plantea hoy el filósofo político, pero también el científico social (y no pocos actores políticos). Algunos participantes han insistido en la tesis de que - en determinadas circunstancias - es posible "suspender la ética" (para, dado el caso, aplicar medidas "realistas" en la política. Martín Tanaka ha sido el más explícito aunque no el único. Ha sostenido agudamente que - aún cuando se declara contrario a las posiciones antidemocráticas - constituye un elemento fuerte en la perspectiva reaccionaria el reconocer que (en determinadas circunstancias) no queda otra cosa que "suspender la ética" y actuar conforme a los dictámenes de la utilidad: en su opinión, el liberalismo tendría que responder, desde la cultura de los Derechos Humanos, a este desafío planteado por los conservadores.
Debo decir que suscribo completamente sus interpretaciones políticas sobre este problema, discrepo en algunas cuestiones filosóficas que subyacen al modo en que ha formulado el asunto de la "suspensión de la ética". Quiero deslizar una tesis diferente - deslizarla todavía, no puedo desarrollarla en detalle por cuestiones de tiempo - la ética - concebida en principio como la reflexión y la práctica de aquello que orientan nuestras vidas - constituye un elemento ontológicamente ineludible en la comprensión y la acción humanas. Nuestras ideas de bien y mal, justicia e injusticia, plenitud, eficacia, etc., acompañan nuestra conducta. No abandonamos del todo el terreno de lo ético. Ni siquiera cuando sacrificamos lo "bueno" o "justo" en nombre, por ejemplo, de la "eficacia instrumental". Nunca suspendemos la ética. Tampoco "perdemos" los valores, los cambiamos. La "eficacia" no es una noción valorativamente desarraigada.
Recuerdo, en esta línea de reflexión, las discusiones en el extraordinario Seminario de Filosofía Práctica que llevé en el Doctorado en la Universidad de Comillas con el maestro Augusto Hortal - mi Director de Tesis -, que implicaba la lectura de diversos autores de la tradición occidental, entre ellos Manheim. La lectura inicial de algunos pasajes de la obra de Karl Manheim, Ideología y Utopía. Una Introducción a la sociología del conocimiento, apuntaba precisamente a destacar los compromisos – implícitos o explícitos – de las diferentes formas de pensamiento ético-político con las imágenes concretas de lo que sería su encarnación social. La tesis central reside en que precisamente no puede plantearse un divorcio entre ambas (y si se postula tal cosa, ello supondrá asumir argumentos éticos subyacentes). Ni el marxismo ni la doctrina del rational choice son moralmente neutrales (a pesar de que a ello aspiren). Quisiera reseñar algunos modelos de razonamiento moral - recuérdese que esto es una nota preliminar al tema, que no estoy siendo exhaustivo, sino completamente esquemático (en mi libro Racionalidad y conflicto ético examino con algún detalle alguno de estos paradigmas de razonamiento práctico) - particularmente relevantes en los debates actuales en filosofía práctica. Nótese cómo plantea cada uno el vínculo que señalamos.
a.- Planteamiento clásico.
b.- Planteamiento empírico-teórico.
c.- Planteamiento dialéctico
d.- Planteamiento procedimental.
a.- Planteamiento clásico:
Para esta perspectiva la filosofía práctica indaga ante todo por el buen vivir, el discurso acerca de los fines que convierten a la vida que los sigue en una vida plena o llena de significado. La búsqueda y realización parcial de tales fines exige el desarrollo de hábitos y modos de ser que dirijan aquella vida en tal dirección; las virtudes y las prácticas sociales que son importantes para orientar la vida suponen formas de educación comunitaria al interior de instituciones políticas en donde tal vida puede florecer. En este sentido, la ética y la política se relacionan entre sí como la especie y el género. Aristóteles es el exponente más célebre de esta posición, y Hegel, Arendt y los denominados (erróneamente) “comunitaristas” son los defensores modernos y contemporáneos de la perspectiva clásica (reformulada). Para ella, la defensa de determinados valores está sostenida por ciertas imágenes, públicamente disponibles para el debate y la reformulación crítica, de los “rasgos distintivos de lo humano”, un discurso elaborado desde y en las actividades y relaciones que los agentes concretos desarrollan en el curso de su vida.
b.- Planteamiento empírico-teórico:
Esta es la perspectiva que defiende la ciencia social de inspiración naturalista. La política científica busca contrastar hipótesis con la realidad social tal y como esta se manifiesta en el plano de los hechos ante un observador neutral, el “científico”. Si el anterior puede ser caracterizado como “el punto de vista del agente”, éste es más bien “el punto de vista de un espectador desvinculado”. La distinción entre juicios de valor y juicios de hecho es la piedra angular de la sociología y politología como “ciencias de la conducta social”. Ello implica la necesaria separación entre ética y política. Los “valores” se transforman en meras “variables” que sólo entran en juego cuando hace su ingreso la racionalidad instrumental, criterio por excelencia del juicio político. El tema de los fines aparece como irracional, o simplemente como una noción no susceptible de escrutinio científico. El logro de la “eficacia” - concebida como la selección y aplicación de medios para la consecución de los fines - es para algunos autores el verdadero tema de la ciencia política.. Max Weber es, ciertamente, el más célebre representante de este paradigma de la teoría social.
c.- Planteamiento dialéctico:
Esta posición – defendida por Marx y por el marxismo – asume a través de una diferente vía la vocación cientificista. Supone que el pensamiento práctico – tanto ético y político – no tiene consistencia propia, fuera de la referencia a las condiciones económico – sociales de su emisión: la ética y la filosofía política constituyen formas de superestructura ideológica. Como toda producción de la conciencia, dependen de la estructura económica, los procesos reales de producción, consumo, intercambio y dominación que determinan el curso de la historia. No obstante, la filosofía fue concebida como crítica del mundo existente, como instrumento de liberación humana. En ese sentido, el conflicto de narrativas éticas resulta para este esquema en gran medida ilusorio, dado que las verdaderas luchas se dan en el ámbito de las contradicciones histórico-económicas, hogar de la verdadera praxis emancipatoria (no es difícil reconocer en esta postura una "narrativa ética implícita", una ética de la liberación social). La liberación de las cadenas reales del hombre supuestamente no tendría lugar en sus modos de ser propiamente ético y político, sino en las relaciones de posesión y dominación económicas.
d.- Planteamiento procedimental:
Esta es en buena medida una respuesta a la primera posición, el planteamiento clásico. Ante la diversidad de ethe y concepciones de la vida buena rivales entre sí resulta necesario postular un “criterio” metacultural que determine lo que es justo y correcto en materia de convivencia social, de modo que individuos practicantes de diferentes tradiciones puedan coexistir pacíficamente (o llegar a un consenso mínimo en materia de principios prácticos) en un mismo suelo siguiendo las reglas de la razón. Esta perspectiva práctica asume las pretensiones de neutralidad valorativa y desvinculación propias de la idea ilustrada de racionalidad (a pesar de que el compromiso con la libertad individual y la reducción del sufrimiento las animan). Existen diversas formulaciones de este planteamiento, algunas de ellas se relacionan de manera tensional entre sí. Las teorías del contrato – en las versiones de Hobbes, Locke, Kant y Rawls – son la expresión pública de esta posición. En el plano de la teoría moral propiamente dicha, el utilitarismo, la moral kantiana y la ética discursiva constituyen las lecturas procedimentalistas de la razón práctica más importantes.
miércoles, 16 de enero de 2008
APUNTES SOBRE EL ESTADO DE EXCEPCIÓN
Gonzalo Gamio Gehri
Ha aparecido tardíamente (y un tanto artificialmente) en el debate sobre los griegos y la noción de dignidad el tema del Estado de excepción (Carlos Pérez ha dicho en su blog que la discusión versó sobre el "Estado de excepción", pero ese no ha sido el caso de la discusión en Las páginas de Hernando y en la mía). No había sido planteada en los textos iniciales, que versaron sobre el sentido de la ética antigua, la tortura, el reconocimiento del otro como ser humano. Martín Tanaka y Carlos Pérez han sugerido que sea desarrollado explícitamente, y Alesandro Caviglia ha elaborado un interesante texto formulado en clave kantiana, ¿Qué es el Estado de excepción? Me gustaría añadir una breve nota a lo expuesto por Caviglia.
Ha aparecido tardíamente (y un tanto artificialmente) en el debate sobre los griegos y la noción de dignidad el tema del Estado de excepción (Carlos Pérez ha dicho en su blog que la discusión versó sobre el "Estado de excepción", pero ese no ha sido el caso de la discusión en Las páginas de Hernando y en la mía). No había sido planteada en los textos iniciales, que versaron sobre el sentido de la ética antigua, la tortura, el reconocimiento del otro como ser humano. Martín Tanaka y Carlos Pérez han sugerido que sea desarrollado explícitamente, y Alesandro Caviglia ha elaborado un interesante texto formulado en clave kantiana, ¿Qué es el Estado de excepción? Me gustaría añadir una breve nota a lo expuesto por Caviglia.
Yo partiría de dos tesis, basados en la teoría política democrática : a) que bajo el Estado de excepción se suspenden las garantías, no los derechos. En algunos casos se recortan provisionalmente los derechos de reunión y libre tránsito. Esa es una distinción que no ha sido señalada por quienes han intervenido en la discusión en los últimos días; b) El Estado de excepción es eso, una medida extraordinaria, bajo determinadas circunstancias debatibles (pregunté al respecto: ¿Era necesario el autogolpe de Fujimori para "pacificar" el país?). Carlos Pérez dice que mi pregunta está "mal planteada". No lo creo. Él señala que la pregunta correcta es: "¿Por qué se llegó a una situación tal que los peruanos dejamos de creer en la vía democrática liberal parlamentaria como medio para pacificar el país?" (su formulación hasta parece asumir que el golpe era ineludible). Evidentemente, considero que su pregunta resulta fundamental para comprender la "legitimidad" del golpe del 5 de abril, para que no se repitan situaciones como esa. Sin embargo, no creo que esa pregunta sea similar a la que yo formulé, o que pueda sustituirla (o esclarecerla). Su pregunta es impersonal, está dirigida al "observador", al "analista" que quiere hacerse un punto de "vista objetivo" - si esto es posible - acerca del fenómeno -; mi pregunta está dirigida al ciudadano Carlos Pérez - el agente - que interpreta las circunstancias desde ellas mismas. No interrogo acerca de la "legitimidad", sino si era - a su juicio - necesario suspender el orden constitucional para enfrentar la crisis económica y el terrorismo, o si pudo conjurarse estos males sin desmontar las instituciones, las instancias de fiscalización y violar las condiciones del debido proceso. La "necesidad" de estas medidas siempre es el pretexto para acabar con el Estado de Derecho y violar las libertades. No en vano Judith Shklar señala que las políticas de necesidad suelen encubrir las "razones" - privadas - del "príncipe", es decir, del tirano. La aplicación del (llamado por algunos) "Plan Verde" a partir del autogolpe es un buen ejemplo. Mi pregunta apunta a intentar desenmascarar una posible trampa antidemocrática, pero mi interlocutor asume a priori que los reaccionarios dan en el clavo.
Es importante insistir en que los reaccionarios afirman que el Estado de excepción forma parte de una teoría general del Estado. Los reaccionarios paleoconservadores - los que predican la antigua alianza entre Trono y Altar, y suspiran por los "buenos tiempos" barrocos de los Austrias o góticos con los Hohenstaufen - no creen en la suspensión transitoria de las garantías constitucionales: consideran que las "crisis de la democracia" revelan la "necesidad" de superar el nefasto "paréntesis moderno" y volver a una imagen idealizada de la Edad Media (no al cultivo de la filosofía escolástico, sino al sistema político y social de las edades oscuras): orden social jerárquico de castas, un Estado confesional monárquico (al modo del Sacro Imperio Germánico). Su apelación a la observancia de la "Estructura de la realidad cósmica", a una "naturaleza humana inmutable" o a la "sociedad de castas" no es gratuita. Tampoco su entusiasmo por recuperar el tema del cuerpo como objeto de castigo. Incluso consideran que elk asunto de la excepción mostraría la auténtica "esencia" de lo político: la decisión del "soberano". Para ellos, el acto cuasi adánico del líder es más relevante para la política que la deliberación ciudadana. He escrito muchísimo contra esta tesis - simplemente inaceptable - no quisiera reiterar el enjambre de argumentos en favor de la praxis cívica. Quizá sólo lamentar que muchos caigan en la trampa de las tesis autoritarias, so pretexto de cultivar cierto "realismo político" (¿?).
La ilusión de la "universalidad" y la "objetividad" suelen merodear en algunas canteras reservadas las ciencias que se ocupan de la conducta. Me parece importante rehuir esos cantos de sirena. Desde un punto de vista epistemológico, tanto la fenomenología hermenéutica como el pragmatismo han señalado sus inconsistencias. Entiendo que la postura del "observador desvinculado" siempre es tentadora para quien reflexiona sobre la política; siempre es placentero jugar a imaginar que uno puede ver las cosas como las vería un 'dios menor' (un espectador imparcial y objetivo, curioso respecto de cómo "viven los mortales", sopesan "costos" y "beneficios", etc.). Yo prefiero el enfoque del actor finito, un mortal más. Pretender asumir la postura desvinculada me parece engañosa, así como un un síntoma de hybris.
Suele pensarse erróneamente que el tema del Estado de excepción es coto de caza exclusivo de los reaccionarios (que se valen para pretender convertir la excepción en un régimen estable, a la manera de una nueva Edad Media), suele desconocerse que autores democrático-liberales como Oakshott, Rawls y Walzer - Caviglia ha citado a Agamben - se ocupan de este y otros "casos extremos". En fin, se trata de un tema muy importante que no podemos ceder sin más a los antiliberales.
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sábado, 12 de enero de 2008
ANTIHISTORIA, JUSTICIA Y UNIVERSALISMO MORAL

Gonzalo Gamio Gehri
De entre todos los logros de la cultura moderna que han llegado a nosotros - incluyendo el desarrollo científico, la autonomía de los saberes, etc. - el universalismo moral me parece sin dudarlo el más importante. Hemos visto que esta idea es fruto de un trabajo largo (de grandes debates y cambios históricos), que no es ajeno a las reflexiones del propio mundo clásico (los estoicos y en cierta medida los trágicos) . Se trata de la concepción de la persona humana como un fin en sí mismo, sujeto de derechos inalienables que no pueden ser conculcados por institución ni autoridad alguna - puesto que la autoridad y las instituciones se justifican a partir del consentimiento racional de los individuos - ni pueden ser sacrificados en nombre de un "ideal superior" (la pureza cultural o religiosa, la pervivencia del status quo, etc.). El rechazo de la crueldad y la ética de la reducción del sufrimiento se derivan de esta clase de pensamiento sobre la praxis. No hay idea de "bien común" - por lo general "obra" de las "autoridades" contingentes - que pueda trascender los derechos y las libertades de las personas. Los individuos aman y sostienen la comunidad en la que viven en tanto ésta protege sus libertades y derechos y en tanto ellos pueden convertirse - a través de la acción política, palabra y participación cívica - en potenciales coautores de la ley y de las instituciones. Los grandes principios de las democracias modernas y la justicia global hunden sus raíces en el universalismo moral. Estas determinaciones prácticas constituyen el horizonte normativo que da sentido a las instituciones democráticas.
Hoy en La República tuve la oportunidad de leer el interesante artículo de un joven egresado de filosofía - Andrés Hildebrandt - que se enmarca bien en esta línea del universalismo que hemos evocado. Me ocuparé de los asuntos propiamente de los elementos conceptuales, prescindiendo un tanto de los elementos más personales del texto, pues se trata ante todo de examinar ideas. Se titula Cipriani y la eternidad, y es, como lo indica el título, un texto polémico. Comenta críticamente el juicio del Cardenal sobre la investigación que realiza una corte italiana sobre los presuntos compromisos de Morales Bermudez con el Plan Cóndor (hemos examinado sus declaraciones sobre el tema, junto con las del Presidente y el ministro de Defensa en un post anterior). Cipriani se refiere a los tribunales internacionales como una expresión de "dioses modernos y profanos". Una especie de 'nueva herejía' que desafía la juridicción de los Estados particulares. Extrañaría los tiempos en los que las "autoridades" civiles eran intocables y podían diseñar alguna imagen incuestionada de "bien común".
Hildebrandt muestra cómo esta lucha de la justicia contra el poder personificado aparece con fuerza en la literatura antigua:
"Este es uno de los significados más bellos y
profundos de la tragedia griega. La violación de las leyes de la polis es una
afrenta contra los dioses que siempre recibe castigo. Edipo ignora las
advertencias del oráculo y acusa injustamente a Creonte, pensando que eso lavará
la sangre derramada y detendrá la peste que arrasa Tebas. El final de la obra
revela que, por el contrario, el origen de todo el mal reside en el gobernante
que no somete su poder a ningún tipo de restricción.".
El autor muestra su extrañeza ante las circunstancias en las cuales una autoridad religiosa prefiere asumir el partido del antiguo mandatario antes de comprometerse con la justicia, al punto que se muestra contrario al sólo hecho que se investigue la responsabilidad del ex dictador respecto de la desaparición de los montoneros argentinos. Recuerda los vínculos del personaje en cuestión con el fujimorato, e incluso evoca el tema de las relaciones del papado de Pío XII y el régimen nazi. Es seguro que el tema de la acción de la Iglesia frente al Holocausto será nuevamente tema de discusión, dado que es altamente controversial. Una de las cosas importantes que el artículo de Hildebrandt destaca es que esta actitud contraria a la justicia no es cristiana. En absoluto. Si el cristianismo es una religión de amor y de encarnación, esta debe configurarse en modos de acción observantes de la dignidad de las personas, particularmente de aquellas que hayan sufrido (más allá de cuál sea su condición). Es en este sentido que el cristianismo constituye un credo secular: propone el ingreso del espíritu en lo temporal, en sus afanes y tensiones (al respecto véase mi artículo ¿Qué es la secularización?).
El teólogo católico J.B. Metz señala que una figura clave para comprender el cristianismo consiste en percibir su compromiso con lo que llama la antihistoria. La historia por lo general es relatada desde la perspectiva de los vencedores, los héroes (Carlyle) o es concebida desde categorías más abstractas: el desarrollo de los Estados (Hegel), el conflicto por el control de los modos de producción (Marx) o el anhelo de poder (Foucault). El cristianismo, en contraste con esas narraciones, sitúa el centro de gravedad de la historia en la memoria del sufrimiento y la búsqueda de justicia y paz (Shalom), con miras a la construcción del Reino. Sin esclarecimiento de la violencia y sin la acción de la justicia no hay reconciliación posible. Las "políticas de silencio" son inaceptables en esta perspectiva. Metz se remite al Evangelio, a la experiencia de las primeras comunidades cristianas, para proyectar este horizonte hacia la reflexión crítica en torno a situaciones contemporáneas de irracionalidad y violencia, como Auschwitz.
Hildebrandt señala que "es por lo menos paradójico que en esos tiempos profanos de muchas polis y dioses, la impunidad sea combatida con mucha más dureza que en la era de la Iglesia universal". En muchos casos, la "cristiandad" ha olvidado esta matriz de identificación con la víctima y de lucha por la memoria y la justicia. Con cierta frecuencia la Iglesia se ha apartado de esta misión humanizadora y solidaria. De hecho, contemplar el espectáculo de un pastor que incluso se opone a las investigaciones judiciales que podrían echar luces sobre casos de secuestro y desaparición forzada nos llevan a preguntarnos dónde ha quedado la prédica fundamental de un Dios que quiere la vida. Una jerarquía que rechaza el anhelo de verdad y la protección de los Derechos básicos está claudicando peligrosamente frente al mensaje que le da sentido como tal. Curiosamente, esos presuntos "idolos profanos" están más cerca de la preocupación por el Reino que los alegatos tribales al silencio y la impunidad.
Lamentablemente, este rechazo del humanitarismo "por razones religiosas" no es extraño en nuestro tiempo y en los espacios en los que actuamos y nos comunicamos. Diríase que la obseción tradicionalista por la corrección ritual y la "pureza doctrinal" está primando sobre la sustancia del cristianismo: esto es particularmente penoso en el caso de una confesión para la que Dios solicita no sacrificios, sino misericordia. No olvidemos que Jesús no estaba particularmente preocupado por el cumplimiento de las formalidades rituales (por ejemplo, en la observancia del Sábado) y por la ortodóxia doctrinal: esa era la obsesión de los fariseos. En el clima de confrontaciones dialécticas y excesos verbales que a veces se suscitan en la blogósfera - y yo no he sido totalmente ajeno a ellos, a mi pesar - he notado que muchas veces se identifica erróneamente el cristianismo con cierta espiritualidad medievalizada, de espadas y cruces encendidas en lugar de redes e instrumentos de carpintería. Las letras góticas y sellos de cera han sustituido las prácticas sencillas del cristianismo originario. En la mente de muchos cristianos - influidos por el sector conservador de la Iglesia, hoy dominante -, la disciplina marcial y sumisión irreflexiva ante la autoridad ha tomado el lugar de crítica profética. No obstante, ese no es el ethos del Evangelio.
Si lo que he estado señalando es correcto, entonces las interpelaciones al poder provenientes de la justicia internacional no son manifestaciones de meros "dioses modernos y profanos"; se trata de formas de acción que - de ser concebidas seriamente - no son extrañas a la tradición judeo-cristiana del esclarecimiento de la memoria y la acción de la justicia. Esta lucha ético-espiritual en nombre de la dignidad y la paz puede llevarnos a confrontar los puntos de vista de quienes asumen posiciones de poder y autoridad en las instituciones que habitamos, incluidas las religiosas; ello no debe amilanar a las personas que están dispuestas a cuestionar (como ciudadanos o como creyentes) estas posturas claramente inconsistentes, que desvirtuan el compromiso originario con el otro y con la justicia. A veces, eso es lo que toca. Al fin y al cabo, la perseverancia en tales principios y el ejercicio de la crítica son promovidos tanto por el Evangelio como por la Ilustración - y, a su manera, por el ethos clásico -, las fuentes de este universalismo moral. En cambio, la disposición a guardar silencio, mirar a otro lado y "dejar las cosas como están" en abierta condescendencia con los poderosos (bloqueando incluso las investigaciones) conspiraría contra ese espíritu. La invitación conservadora al abandono de las "cosas del mundo" - señaladas como finitas o contingentes - en favor del cuidado de las "cuestiones eternas" constituiría una penosa actitud evasiva respecto de las propias exigencias de la justicia planteadas por el Evangelio y la Iglesia, centradas en la acción en el mundo temporal. Tal invitación contravendría una religión fundada en la encarnación y en el amor. El propio Hildebrandt lo dice con claridad meridiana (y con singular contundencia):
"Porque desde la perspectiva de la Eternidad,
donde reinan inmaculados la geometría y el orden, los déspotas y asesinos se
confunden con "señores" y se olvidan los sacrificios y vejaciones que sufrieron
los verdaderos líderes de la Iglesia."
Estas reflexiones de Hildebrandt ponen sobre el tapete (nuevamente) el debate de las últimas semanas sobre la dignidad y los griegos. De hecho, su descripción del caso de Edipo Rey me da la razón. Hoy la discusión está derivando - un poco artificialmente - hacia el tema de la "naturaleza" y las circunstancias empíricas del Estado de excepción. Por desgracia, solemos ocuparnos más de examinar las condiciones en que la vigencia de este universalismo - expresado, por ejemplo, en el sistema de Derechos Fundamentales - puede - hipotéticamente - suspenderse que a discutir las formas en que podemos señalar su plausibilidad o promover políticas que concreten la posibilidad de su ejercicio.
viernes, 11 de enero de 2008
UNA INTERPRETACIÓN DE LA INTRODUCCIÓN A LA "FENOMENOLOGÍA DEL ESPÍRITU" DE HEGEL
Gonzalo Gamio Gehri
Como se sabe, la Fenomenología del espíritu de Hegel constituye la historia del camino de la conciencia natural - las diferentes expresiones de la búsqueda humana de la verdad - hacia el saber. La conciencia va elevándose progresivamente hacia concepciones más complejas de la Realidad, de modo que la cosa misma va desocultándose poco a poco. El saber, para que sea saber efectivo, debe ser producto del trabajo del hombre, de su propio pensamiento activo y no la simple consecuencia de la recepción pasiva de una verdad solamente revelada; debe ser objeto de un discurso explicativo en el que el hombre puede reconocer la verdad a partir de la argumentación racional, en virtud de la cual encuentre el contenido de la verdad “en concordancia con la certeza de sí mismo”. Siguiendo la tradición ilustrada, debe ser un discurso cuyo mensaje sea para todos los hombres y no para beneficio de una élite de iniciados. Hegel inicia el texto de la Introducción planteando el problema de si resulta pertinente problematizar la posibilidad y naturaleza del conocimiento antes de intentar articular un discurso afirmativo acerca del absoluto, esto es, de la verdad. En efecto, parece ser una actitud sensata aquella –tan frecuente entre los filósofos de la modernidad- que proclama la necesidad de una reforma de la mente, que haga posible la consecución de un método seguro que garantice la validez absoluta del conocimiento: una vez depurada la mente de perjuicios y de los ídolos puede ésta emprender la tarea de ocuparse de la cosa misma. Así, la ciencia debe desembarazarse de toda presuposición para constituirse en un conocimiento cierto; pero he aquí que el conocimiento se manifiesta como un intermediario entre la mente y lo real que (aun entendido como un medium pasivo) altera la realidad. Alguien podría pensar que este inconveniente podría ser salvado si se logra separar del resultado aquello que el instrumento –el conocimiento- ha incorporado en nuestro acceso a la cosa, mas esta depuración equivaldría a regresar a la situación de ignorancia que nos aquejaba al principio.
Y es que concebir el carácter anterior del método respecto de la verdad supone un contrasentido que muestra la forma del vicio lógico de la circularidad, a saber, que concibamos el método como anterior a –y eo ipso fuera de- la verdad y al mismo tiempo como verdadero. No hay conocimiento fuera de lo absoluto, sencillamente un absoluto con esas características no sería absoluto, sino un polo limitado, limitado allí donde ocupa su lugar el conocimiento (sería una expresión de la mala infinitud). El método para Hegel es consubstancial al absoluto, es la forma de su devenir, que surge una vez que atendemos al movimiento propio de la cosa misma; la actitud del epistemólogo, que Hegel llama temor al error, es víctima de su propio juego: defiende la dignidad de la ciencia en contra de toda presuposición sin tomar conciencia que ella misma encubre una presuposición que no tematiza, a saber, que la ciencia se halla separada de la opinión, lo cual supone un desgarramiento en la realidad que se pretendía reflejar.
Es preciso pues, que la ciencia no prescinda de la opinión si es que ella quiere ser absoluta, sino que aquélla deba surgir del dinamismo propio de “esta consecuencia se desprende del hecho de que solamente lo absoluto es verdadero y solamente lo verdadero es absoluto”[1]. Estamos, siendo conscientes o no de ello, en el seno de lo absoluto. En esta perspectiva, el temor a error se ha convertido en temor a la verdad, siendo claro que la ciencia ha de resultar del sistema mismo de las opiniones; no basta pues que, en nombre de la ciencia, se desestime toda presuposición, dado que cada una de ellas, aun la más ingenua, forma ya parte del absoluto.
El examen de toda presuposición acerca de la realidad “del saber tal y como se manifiesta” debe efectuarse sin tomar criterios externos a dichas opiniones, por ejemplo su origen, sólo su consistencia inmanente encierra su valor de verdad: cada posición debe ser examinada como un momento necesario en el acceso de la verdad o, mejor aún, en el autodevelamiento progresivo de la verdad en el que manifestación y resultado son inseparables. En este sentido, toda posición acerca de la realidad tiene un lugar en el seno de la ciencia en devenir que la Fenomenología quiere sacar a la luz: a lo largo de dicho examen, del examen de las sucesivas formas en las que se va configurando el saber, y en cada uno de sus estados de tránsito va constituyéndose un lenguaje especulativo, que corresponde a la necesidad del proceso, y que se enriquece al surgir de aquél los problemas. En este sentido el punto de vista de la lógica, del saber absoluto que es la meta de la Fenomenología, va secretamente acompañando el trayecto fenomenológico, en conformidad con la tesis griega que lo semejante sólo se conoce por lo semejante. Este es un punto de vista que sólo conoce el filósofo, el para nosotros que ha elaborado la Fenomenología y que ya conoce el resultado. Pero vayamos más despacio.
Decíamos que el saber real surgía del movimiento de las opiniones como producto del examen de toda presuposición, examen que, dicho sea de paso, lograba que perdiese su carácter previo. La ciencia sólo aparece cuando el saber ha ensayado todas sus formas, evidenciándose como el devenir del proceso en el que la conciencia va experimentando sucesivas formas de desgarramiento, hasta conseguir erigir la unidad viviente entre sujeto y objeto. La Fenomenología del espíritu no consiste en otra cosa que en la exposición del drama de la conciencia en pos de la supresión de toda diferencia entre subjetividad y objetividad. Este camino largo y sinuoso no es ajeno a la experiencia de la muerte; antes bien, el motor del devenir es la experiencia de la limitación, y en este sentido, de la necesidad de superar el límite hacia un nuevo momento del saber, porque “saber su límite quiere decir saber sacrificarse”[2].
La conciencia natural debe, pues, afrontar su propia finitud si quiere elevarse a la infinitud del saber. Cada conciencia, portadora de una manera de ver la Realidad, debe, en su propio autoexamen, afrontar la pérdida de la verdad y, con ello, enfrentar su muerte, en la que su último acto es el reconocimiento de su no-verdad. Cada conciencia inicialmente identifica su posición como la única verdadera, pero, al ser llevada a sus últimas consecuencias, y siendo confrontada con el objeto, toma conciencia de su unilateralidad, prueba de que la meta, el saber absoluto, aún se halla lejos; pero he aquí que la experiencia de su propia finitud la empuja más allá de ella misma, hacia una nueva figura que toma en cuenta la experiencia llevada a cabo la anterior. Este es el camino de la desesperación, el duro camino de lo negativo que toda conciencia que pretenda poseer la verdad debe asumir, en tanto que es “la penetración consciente en la no-verdad del saber que se manifiesta para el cual lo más real de todo es en verdad el concepto no realizado”[3]. Es el escepticismo que la conciencia límite proyecta sobre su propio concepto y que reaparece al surgir una nueva figura, la desconfianza ante una opinión que, de forma inmediata, quiere identificarse con el absoluto.
Es importante subrayar que la actitud escéptica que Hegel atribuye a la conciencia natural no puede ser identificada sin más con el escepticismo absoluto, aquél que reduce a la pura nada cualquier argumentación. Por el contrario, el escepticismo hegeliano se extiende también al escepticismo de la tradición filosófica, que constituye una figura más de la conciencia; la conciencia fenomenológica desespera de esta posición, postula un escepticismo que en su impulso negativo no puede sino engendrar el sistema. El escepticismo aplicado de esta manera no puede reducir a nada las representaciones de la conciencia, condenando al saber a convertirse una y otra vez en silencio. Antes bien, aquí la nada en la que desemboca la conciencia al experimentar su no-verdad es entendida como un resultado, resultado que está presenta en aquello de lo cual resulta: es una negación determinada que contiene una verdad y no una negación abstracta que sólo deja su lugar al silencio. Como dice Hegel, el producto de este movimiento negativo “es un nuevo concepto, pero un concepto superior, más rico que el precedente; porque se ha enriquecido con la negación de dicho precedente, o sea con su contrario; pero contiene algo más que él y es la unidad de sí mismo y su contrario”[4]. Cada conciencia, al afrontar el trabajo de la negatividad, reconoce que ello constituía una perspectiva unilateral, incompleta, lo cual tenía por consecuencia el surgimiento de una nueva figura de la conciencia ahí donde había sucumbido la que le precedía, pero que a su vez recordaba la experiencia de la anterior y su muerte. De tal manera que la experiencia del no-saber contiene ya el saber. La experiencia de la conciencia no verdadera la evidencia como un ensayo fallido necesario en la cadena del concepto que se autodetermina en pos de acceder a un desarrollo omnilateral y completo, sin el concurso de ningún tipo de exterioridad.
Uno podría preguntarse entonces si ese proceso es un cambio interminable, y, si tiene una meta, cuál sería ésta. El impulso que desata el dinamismo de la conciencia natural consiste en la conciencia de la diferencia entre el concepto que la conciencia tiene del objeto y el objeto mismo, inadecuación entre sujeto y objeto; diferencia cuya refutación es la actividad filosófica propiamente dicha. Así, la conciencia desgarrada no encontrará la quietud hasta que el desgarro deje su lugar a la unidad entre concepto y objeto. Es ahí donde el saber obtiene plena satisfacción, “la progresión hasta esta meta es por tanto incontenible y no puede encontrar satisfacción en ninguna estación anterior”[5]. El final del camino tiene lugar cuando la conciencia descubre el movimiento regular del concepto que ha descrito ella misma una y otra vez al encontrarse a sí misma en la alteridad: ello implica descubrir que las oposiciones y diferencias son diferencias internas que el concepto puede dilucidar en su devenir intrínseco: “este resultado –escribe Hegel- es la libertad autoconsciente (...) que, en vez de dejar a un lado y abandonar la contraposición, se ha reconciliado con ella”[6]. Es una reconciliación lograda por el pensamiento, por el trabajo de la razón ajeno a cualquier síntoma de inmediatez, a cualquier forma de entusiasmo místico que la conciencia desestima por su indeterminación y exterioridad.
Sin embargo, aún quedando claro el movimiento que la Fenomenología inaugura, con el fin de liberar a la conciencia de sus falsas oposiciones y reflejar en la unidad de la vida la totalidad de las determinaciones del concepto, no queda tan claro dónde ha de comenzar el proceso y por lo mismo, el sistema de la ciencia; cabe recordar que no hemos llegado todavía al umbral de la lógica, al círculo de círculos en donde principio y fin coinciden y en donde, al investigar, podríamos decir con Parménides “no importa dónde empiece, que allí volveré de nuevo”.
Aquí en la Fenomenología, si hablamos del método que sigue la conciencia, parece sensato pensar que es necesario partir de algún lado, asumiendo dicho punto de partida como una pauta. Esta pauta nos aseguraría la consecución de la verdad al confrontarla con el objeto. Pero hacer depender el examen de la pauta equivaldría a banalizar la ciencia misma, que justamente no puede asumirse como pauta sin convertirse en una pre-suposición non examinada, incurriendo en una petición de principio.
Hegel confía en que este percance puede ser salvado si contemplamos más de cerca la forma como la conciencia se relaciona con la verdad. Así, si nos interesa la verdad del saber, nos preocupa lo que es el saber en sí, pero al mismo tiempo hacemos del saber nuestro objeto, éste consistiría en lo que es para nosotros. Caemos así en la cuenta de que la distinción y la relación entre saber y verdad recae en el seno de la conciencia, de modo que el en sí es siempre un en sí para nosotros, de tal forma que la comparación entre concepto y objeto resulta ser una comparación que la conciencia hace consigo misma: la verdad como adecuación se convierte en verdad como coherencia. En este sentido, es necesario abandonar la idea de encontrar una pauta y penetrar totalmente en el terreno del saber, esto es, de la conciencia, a fin de realizar el examen de toda concepción posible del absoluto. Y, ¿por dónde empezar? Por la más abstracta, esto es, la más indeterminada, la que inmediatamente defiende la conciencia vulgar; aquélla que sindica la certeza sensible como el criterio más claro de la verdad: allí empieza el proceso de autodespliegue de la especulación.
De esta manera la Fenomenología se manifiesta como la sucesión sistemática de las distintas formas en las que la conciencia ha considerado –en el tiempo- que se constituye el verdadero saber; si concepto y objeto no se corresponden, la conciencia se ve obligada a cambiar su saber a fin de ensayar otro paradigma, y, cuando el paradigma sucumbe, el objeto tampoco puede sostenerse en virtud de la interacción entre el saber y la cosa, de tal manera que cuando asistimos a la inversión de la conciencia, asistimos al mismo tiempo a la inversión de un mundo, como veremos.
Este surgimiento y muerte progresivas, que la conciencia experimenta entre el concepto y el objeto, evidenciando como el movimiento de negación determinada, es lo que entiende Hegel por experiencia; esto es, la anulación del en sí, en el en sí para la conciencia. La experiencia consiste en que la conciencia reconozca que las determinaciones del en sí son determinaciones que ella misma establece al confrontarse con el objeto, lo que por otro lado no constituye otra cosa que la esencia del objeto y su propio devenir; devenir que es también el de la conciencia, dado que el nuevo objeto, producto de la experiencia, surge como producto de la investigación de la misma.
No obstante, esta última consideración introduce en la exposición la noción del para nosotros al que nos referíamos al inicio. La conciencia que está inmersa en la experiencia y que toma conciencia de la no-verdad de su saber, debe sacrificarse y morir encontrando su verdad en la siguiente; esta conciencia muere realmente –y su objeto con ella- sin conocer el resultado final que se despliega, como señala Hegel, “a sus espaldas” desconociendo la legalidad del proceso. Pero existe también el para nosotros, el aprendiz de filósofo que acompaña el movimiento de la conciencia en sus sucesivas muertes, descubriendo paulatinamente el hilo del concepto mismo que guía el dinamismo de las figuras de la conciencia; es este para nosotros el testigo de la aparición del nuevo objeto, y, al mismo tiempo, de una nueva figura; podemos además afirmar la existencia de un segundo para nosotros, la conciencia filosófica que tiene en mente la “lógica”, que ya conoce el desenlace de la fenomenología y que discretamente nos adelanta, con relativa frecuencia, algunos resultados del recorrido, lo que evidencia que fenomenología y lógica se implican mutuamente en el seno de la ciencia misma.
Una vez llegado al final se comprenderá que no hay otro verdadero saber que aquél que la conciencia puede hacer suyo en la vida y que reclama vida propia en el mundo. “Debe decirse (...) que nada es sabido que no esté en la experiencia (...) pues la experiencia consiste precisamente en que el contenido –que es el espíritu- sea en sí sustancia y, por tanto, objeto de la conciencia”[7].En este sentido, la experiencia del logos hegeliano es, strictu sensu, experiencia histórica. Esta evidencia se manifiesta al enfrentarnos al concepto de espíritu, que es entendido por Hegel como totalidad concreta que se hace mundo, como producto del obrar intersubjetivo de un sujeto colectivo: un yo es un nosotros y un nosotros es un yo. Las figuras de la conciencia no son sólo figuras categoriales, puramente epistemológicas, sino también figuras de un mundo, épocas de la vida del espíritu: “el movimiento consciente en hacer brotar la forma de su saber de sí es el trabajo que el espíritu lleva a cabo como historia real”[8].
El duro trabajo de la conciencia, un camino largo y penoso, es un camino que ha asistido al inicio y desmantelamiento de mundos enteros, en los que una forma de saber ha ensayado no sólo representaciones intelectuales sino también, y a partir de las mismas, instituciones políticas, desarrollando dentro de sí una filosofía de la historia inmanente: la experiencia de la conciencia se halla atravesada de motivos culturales tales como la tragedia griega o el arte egipcio, que deben ser entendidos como la expresión de la presencia de una racionalidad más alta, que supera todo desgarramiento y reincorpora en el concepto de sistema la noción de ciencia como cultura total, involucrada en la idea griega de episteme. Una idea que necesita atravesar todas las formas en las que se relaciona la conciencia con el objeto para lograr exponer la vida del concepto; exposición que, según Hegel, sólo llega en su momento, dado que historia sensible e historia inteligible responden a una única sucesión que es la expresión concreta de una necesidad absoluta.
Como lo hemos afirmado varias veces, una vez que la conciencia ha logrado para el pensamiento la unidad entre apariencia y ser, entre sujeto y objeto, la Fenomenología termina y se inicia la Lógica, la ciencia libre que se entrega a la sola relación entre conceptos, en la vida transparente del pensamiento; como afirma Hegel “el sistema de la lógica es el reino de las sombras, el mundo de las simples esencias liberadas de todas sus concreciones sensibles (...) es la educación y la disciplina absolutas de la conciencia”[9].Ciertamente, el sentido de esta liberación parece no quedar claro por lo que queremos dedicar nuestro tercer y último punto a profundizar en la relación entre experiencia y concepto a partir de figura de la Fenomenología correspondiente al saber absoluto.
[1] FE, p. 52.
[2] Ibid., p. 472.
[3] Ibid., p. 54.
[4] CL, t. I, p. 71.
[5] FE, p. 55.
[6] Ibid., p. 17.
[7] Ibid., p. 468.
[8] Ibid., p. 469.
[9] CL, t. I; p. 76.
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jueves, 10 de enero de 2008
'TEORÍA DE LA CONSPIRACIÓN' Y APOLOGÍA DEL SILENCIO: RESEÑA DE "EL TRIGO Y LA CIZAÑA"

Prieto Celi, Federico El trigo y la cizaña. Radiografía de una conjura contra el Cardenal Cipriani Lima, s/ editorial 2007 275 pp.
Gonzalo Gamio Gehri
La publicación del Informe Final de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación (IF-CVR) en agosto de 2003 ha dejado una estela de reflexiones y debates acerca del rol de la memoria histórica en la reconstrucción de las instituciones en el Perú, así como una importante discusión en torno a las responsabilidades de nuestras autoridades políticas y sociales, de los institutos armados y de la ciudadanía, en los veinte años de conflicto armado interno en el país. En muchos sentidos, se trata de una discusión pública que todavía permanece pendiente, dado que la investigación y las conclusiones del IF-CVR no han sido sometidas a un examen sistemático en los foros del Estado y la sociedad civil. Es sabido asimismo que sus recomendaciones no han sido atendidas con seriedad y genuina voluntad política por los dos últimos gobiernos elegidos. La mayoría de los libros que han sido publicados sobre el tema se han aproximado al IF-CVR desde canteras partidarias (como el caso de Mártires de la pacificación, escrito por el militante aprista Jesús Aliaga), o constituyen reflexiones sobre el conflicto armado interno desde la experiencia de determinadas comunidades e instituciones sociales (destaca aquí el importante libro Ser Iglesia en tiempos de violencia, editado por Cecilia Tovar). El IF-CVR se ha convertido también – qué duda cabe – en objeto de los ataques provenientes de lo peor de la prensa peruana. El trigo y la cizaña constituye uno de los primeros libros que recoge y continúa esta cuestionable clase de lucha ideológica.
1.- En la senda de Dan Brown.
El trigo y la cizaña no tiene nada que envidiar a El Código Da Vinci en lo que a derroche de imaginación maquiavélica se refiere. Ambas cultivan lo que los norteamericanos llaman conspiracy theory, la idea según la cual determinados eventos en la vida de las personas o las instituciones son el fruto directo de las intrigas y actividades clandestinas de sociedades secretas o grupos de poder en la sombra. Según el autor, Federico Prieto Celi – periodista, ex profesor de la Universidad de Piura y miembro del Opus Dei -, la imagen controvertida que el Cardenal Juan Luís Cipriani proyecta en la opinión pública peruana es obra de sus enemigos, algunos sectores heterodoxos del clero peruano, la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación, los activistas de ciertos organismos de Derechos Humanos. Esta “conjura” estaría enmarcada dentro del contexto mayor de la lucha de los teólogos de la liberación por influir en el curso de la vida de la Iglesia latinoamericana. Los cuestionamientos de la CVR a la actuación de Cipriani como obispo de Ayacucho y el caso de las cartas entregadas por el ministro Olivera sólo pueden entenderse como parte de una oscura conspiración en su contra. Como el título del texto lo sugiere, el autor invita a “separar el trigo y la cizaña” respecto de la actuación de los sectores de la sociedad peruana y la Iglesia local en las dos últimas décadas. Este trabajo de distinción “moral” es llevado a cabo, empero, a partir de una más que discutible reconstrucción histórica, digna de Dan Brown.
El texto se inicia con una descripción de la homilía del Te Deum del año 2006, en la que el Cardenal le reprocha al presidente saliente – con ánimo de “terminar con las venganzas” – el juicio elaborado por la CVR en torno a la conducta de las autoridades episcopales de Ayacucho, Huancavelica y Apurimac, así como por el incidente de las cartas falsificadas. Inmediatamente, el autor se entrega a una descripción – cargada de interpretaciones personales – de la “irrupción de la teología de la liberación” en el escenario eclesiástico local, que habría generado una “crisis de fidelidad” a la Iglesia. Luego pasa a reconstruir el proceso de formación de la presencia del Opus Dei en el Perú. Como se trata de una confesión de parte, no es de extrañar que se trate de una descripción que pretende asumir tonalidades épicas. Uno se pregunta qué sentido tiene tal ejercicio de proyección hacia el pasado. La respuesta no tarda en llegar: se trata de justificar la tesis de un antiguo ‘complot marxista’ contra la propia Iglesia.
Desde el inicio de la lectura, uno va cayendo en la cuenta que el autor no está particularmente interesado en afirmar un compromiso con la objetividad periodística: Prieto Celi ha elegido su trinchera particular contra la CVR y los sectores progresistas de la Iglesia desde la primera línea del libro. Las fuentes evocadas por El trigo y la cizaña son casi exclusivamente los medios que desarrollaron abiertamente una campaña contra la CVR: Expreso, Correo, La Razón. Prieto Celi usa sin ningún reparo el vocabulario con el que estos órganos de prensa califican a sus adversarios en la arena política y en la sociedad civil: “izquierda caviar”, “cívicos”, etc. Es claro que su defensa de la persona del Cardenal Cipriani está definida en el contexto del juego de fuerzas de las posiciones internas de la Iglesia y de la sociedad peruana. Por ello, no considera una deficiencia de su relato el que sólo evoque el punto de vista de los clérigos, periodistas, feligreses o ronderos próximos a la causa del Cardenal. Incluso se sumerge en un intrincado ejercicio hermenéutico dirigido a rescatar el “sentido positivo” de las irreproducibles expresiones de Cipriani contra la Coordinadora de Derechos Humanos.
El bosquejo de la propia historia del obispado de Cipriani en Ayacucho omite una serie de situaciones y datos que permitirían al lector formarse un juicio más completo acerca de la conducta de la persona en cuestión, si esa es la intención del texto. No se menciona nada acerca de la tensa relación entre Cipriani y CEAS en Ayacucho (al punto que se le impidió trabajar en la región), o cómo la oficina del Padre Carlos Schmidt – la Oficina Arquidiocesana de Acción Social de Ayacucho, que cumplía una importante labor en materia de atención médica y defensa de los Derechos Humanos de las víctimas de la violencia – fue cerrada por “órdenes superiores”[1]. Sus declaraciones más violentas contra los organismos nacionales e internacionales de Derechos Humanos no figuran en el texto. Ni una palabra acerca de su defensa incondicional del régimen autoritario de Fujimori en materia de represión, de control político y temas vinculados a la ética pública (sólo tomó distancia respecto de las políticas reproductivas emprendidas por aquel gobierno).
Aparentemente, Prieto Celi ha contado, sin ninguna vocación de objetividad una parte de la historia (en el mejor de los casos, pues esto también es altamente discutible). Corresponde a la ciudadanía – y en particular al pueblo de Ayacucho – juzgar la conducta de quien fue primero obispo auxiliar y luego obispo de la zona en una época de terror y de represión. Le toca a la ciudadanía ayacuchana examinar si las autoridades concentraron su labor en el exclusivo “plano espiritual” (el culto y la administración de los sacramentos) o si su servicio le dio prioridad a la defensa de la vida y la integridad de quienes eran víctimas de las acciones subversivas o de sectores de la Fuerza Armada. Los fieles de Ayacucho recordarán con claridad si las autoridades eclesiásticas locales acogieron sus pedidos de ayuda o sus denuncias cuando los suyos sufrieron tortura o desaparición forzada, o si quedaron desamparados en medio de su dolor y desesperación; si eran escuchadas las apelaciones a sus derechos humanos, o si su observancia era subordinada al cumplimiento de lo que la propia autoridad eclesiástica llamaba los “deberes humanos”.
En el libro de Prieto Celi confluye una serie de lugares comunes de la reacción conservadora frente al IF-CVR. Muchos de ellos se evidencian falsos y maledicientes al pasar revista a las conclusiones del Informe. Tal es el caso de la acusación de que la Comisión a puesto en el mismo nivel a las huestes subversivas que declararon la guerra al Estado y a las Fuerzas del Orden que juraron defenderlo. O que las organizaciones de Derechos Humanos ejercían sistemáticamente la defensa de los grupos subversivos. La identificación de la teología de la liberación con una ideología marxista contraria a la doctrina de la Iglesia es también una vieja observación cuya inconsistencia es manifiesta a la luz de los propios textos (incluyendo el documento vaticano que acredita la ausencia de problemas doctrinales en la obra de Gustavo Gutiérrez). Pero El trigo y la cizaña defiende una serie de tópicos que bajo ciertos contextos pueden apuntar a la vindicación de políticas de impunidad promovidas por regímenes autoritarios (como el de Fujimori y Montesinos). Prieto Celi sugiere que la represión es fundamentalmente ‘reactiva’ frente a los crímenes terroristas, de modo que las acciones de aquellos militares que “presuntamente se excedieron en el cumplimiento de su deber” sean vistos bajo una luz diferente; el autor considera que el IF-CVR carece de esta clase de análisis, y “que se debió estudiar hasta qué punto la violencia revolucionaria es causa de la violencia militar y paramilitar” (p. 106). Resultan desconcertantes las alusiones a la tenebrosa “pedagogía” impartida en la Escuela de las Américas (donde estudió, por ejemplo, el siniestro perpetrador argentino Emilio Eduardo Massera). No sorprende que muchos políticos afines a la postura de Prieto Celi hayan apoyado la nefasta Ley de Amnistía bajo el fujimorato.
Si uno no está dispuesto a confrontar hechos e interpretaciones rivales – privilegiando la propia perspectiva y negándole cualquier espacio a las demás - está condenado a convertir la investigación en panfleto, la historia en historieta. A convertir los personajes de su relato en esculturas monolíticas, inevitablemente poco creíbles. La apología de Prieto Celi abunda en ejemplos en los que su lectura crítica de los eventos y su semblanza de los personajes se hacen manifiesta y conmovedoramente inverosímiles:
2.- La verdad reducida a silencio.
Este curioso entramado de silencios, infundios y medias verdades convierte en implausible el relato que Prieto Celi pretende precariamente construir apelando a artículos periodísticos – propios y ajenos – documentos eclesiásticos citados al paso y declaraciones de personajes afines al punto de vista y a la persona que procura defender. No obstante, el libro contiene algunas tesis sumamente curiosas acerca del modo como ciertos sectores de la opinión pública vinculadas a las Fuerzas Armadas y a la jerarquía católica limeña conciben la verdad del conflicto armado vivido y cómo entienden que ésta debe ser afrontada políticamente, tanto desde la sociedad como desde la Iglesia. Algunos pasajes del texto permiten vislumbrar la penosa concepción del autor respecto de las políticas de Derechos Humanos. No sorprende que se declare adverso al trabajo de la CVR. He aquí uno de los más reveladores en esta materia:
Dejemos de lado por un momento lo hiperbólico del estilo y las extravagantes referencias a Neruda. Prieto Celi pone de manifiesto su abierta vocación por el silencio en materia de justicia transicional. Las tareas de una comisión de la verdad le resultan inconvenientes (“hubiera sido mejor que nadie confrontara a los actores”), y considera que la reconstrucción de la memoria de la violencia es un asunto que deben examinar ante todo los historiadores, pasado un tiempo prudencial que haga propicio su trabajo. No se trata de que los ciudadanos organizados en la sociedad civil, ni las organizaciones de Derechos Humanos, ni una comisión ad hoc investigue y asigne responsabilidades (pues esto sería materia exclusiva de “las irrenunciables funciones policiales y judiciales”). Merece especial atención su peculiar dialéctica de verdad y silencio. Las recargadas alusiones al Poema 15 de Neruda se refieren a la verdad del sufrimiento del inocente: ‘Me gustas cuando callas porque estás como ausente / Distante y dolorosa como si hubieras muerto”. El silencio frente a la verdad de la tragedia padecida transmite la sensación (¿acaso deseada?) de su ausencia (aunque de hecho esté presente aunque no se la quiera ver).
Las frases finales del texto citado son particularmente elocuentes. Este silencio frente a la verdad “es el clima natural de la contemplación divina”, señala. Nótese que el paradigma aquí de la experiencia cristiana no es la encarnación, la acción por la construcción del Reino de Dios – definida como una comunidad de justicia y reconciliación – sino la contemplatio medieval. Es esta clase de visión, y no el proceso de deliberación pública que ciudadanos y fieles afrontan para el esclarecimiento de la memoria y la acción de la justicia, lo que finalmente purificaría “con el tiempo los corazones de los hombres”. Pero no es esto lo que enseña el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia. La reconciliación es fundamentalmente acción – interacción – antes que contemplación y recogimiento: “Si vas, pues, a presentar una ofrenda al altar”, dice el propio Jesús, de acuerdo con el Evangelio, “y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mateo 5: 23 - 24). La Iglesia Católica lo ha reconocido así en repetidas oportunidades y en múltiples documentos; tal es el caso de la intensa exhortación de Juan Pablo II Reconciliatio et paenitentia y del estudio de la Comisión Teológica Internacional Memoria y reconciliación.
Pero Prieto Celi considera que la Iglesia y la sociedad peruanas no deben examinar en público sus responsabilidades frente a la situación de violencia y desamparo vividos en las dos décadas del conflicto armado. A su juicio, la recuperación pública de la memoria promovida por el IF-CVR es motivo de “escándalo”. El autor sugiere que los comisionados sacerdotes no debieron suscribir el Informe Final – en particular la sección sobre el comportamiento de la Iglesia en Ayacucho, Apurimac y Huancavelica – por respeto a las cabezas de la Iglesia peruana. Afirma que mientras los comisionados laicos “pueden apelar a su ignorancia sobre la naturaleza de la Iglesia” (p. 128), los clérigos tendrían pleno conocimiento de las consecuencias de sus acciones. Tal actitud significaría “un atentado frontal contra la Iglesia” (Ibid.). Prieto Celi parece invocar una especie de “espíritu de cuerpo” que proteja a la institución eclesiástica de la necesaria reflexión sobre su actuación en los tiempos de la violencia. Un espíritu abiertamente contrario al que puso de manifiesto la Iglesia de Juan Pablo II en textos como Memoria y reconciliación.
El libro de Prieto Celi se describe a sí mismo como un intento de cubrir a la sociedad con el “bálsamo de la verdad, de la justicia y de la caridad, que devuelva la normal salud espiritual a la opinión pública” (p. 81). Enseguida compara esta tarea con el episodio del Evangelio en el que Jesús aplaca la tempestad, salvando a los discípulos. No obstante, El trigo y la cizaña no es un texto de reconciliación. Tampoco es un escrito académico, en absoluto. Es un escrito de combate – de “agitación y propaganda”, según una antigua terminología - en la larga campaña de ataques que ha recibido la CVR desde su formación. Su evidente vocación por la distorsión de la historia y por el ataque personal le dan un lugar de privilegio en esta “época folletinesca” – para usar la expresión de Hermann Hesse – que ha convertido al oficio periodístico en una herramienta de demolición política y confrontación ideológica, herencia de los peores años de nuestra historia reciente.
[1]Comisión de la Verdad y Reconciliación (Perú), Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación Tomo III, p. 292.
Gonzalo Gamio Gehri
La publicación del Informe Final de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación (IF-CVR) en agosto de 2003 ha dejado una estela de reflexiones y debates acerca del rol de la memoria histórica en la reconstrucción de las instituciones en el Perú, así como una importante discusión en torno a las responsabilidades de nuestras autoridades políticas y sociales, de los institutos armados y de la ciudadanía, en los veinte años de conflicto armado interno en el país. En muchos sentidos, se trata de una discusión pública que todavía permanece pendiente, dado que la investigación y las conclusiones del IF-CVR no han sido sometidas a un examen sistemático en los foros del Estado y la sociedad civil. Es sabido asimismo que sus recomendaciones no han sido atendidas con seriedad y genuina voluntad política por los dos últimos gobiernos elegidos. La mayoría de los libros que han sido publicados sobre el tema se han aproximado al IF-CVR desde canteras partidarias (como el caso de Mártires de la pacificación, escrito por el militante aprista Jesús Aliaga), o constituyen reflexiones sobre el conflicto armado interno desde la experiencia de determinadas comunidades e instituciones sociales (destaca aquí el importante libro Ser Iglesia en tiempos de violencia, editado por Cecilia Tovar). El IF-CVR se ha convertido también – qué duda cabe – en objeto de los ataques provenientes de lo peor de la prensa peruana. El trigo y la cizaña constituye uno de los primeros libros que recoge y continúa esta cuestionable clase de lucha ideológica.
1.- En la senda de Dan Brown.
El trigo y la cizaña no tiene nada que envidiar a El Código Da Vinci en lo que a derroche de imaginación maquiavélica se refiere. Ambas cultivan lo que los norteamericanos llaman conspiracy theory, la idea según la cual determinados eventos en la vida de las personas o las instituciones son el fruto directo de las intrigas y actividades clandestinas de sociedades secretas o grupos de poder en la sombra. Según el autor, Federico Prieto Celi – periodista, ex profesor de la Universidad de Piura y miembro del Opus Dei -, la imagen controvertida que el Cardenal Juan Luís Cipriani proyecta en la opinión pública peruana es obra de sus enemigos, algunos sectores heterodoxos del clero peruano, la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación, los activistas de ciertos organismos de Derechos Humanos. Esta “conjura” estaría enmarcada dentro del contexto mayor de la lucha de los teólogos de la liberación por influir en el curso de la vida de la Iglesia latinoamericana. Los cuestionamientos de la CVR a la actuación de Cipriani como obispo de Ayacucho y el caso de las cartas entregadas por el ministro Olivera sólo pueden entenderse como parte de una oscura conspiración en su contra. Como el título del texto lo sugiere, el autor invita a “separar el trigo y la cizaña” respecto de la actuación de los sectores de la sociedad peruana y la Iglesia local en las dos últimas décadas. Este trabajo de distinción “moral” es llevado a cabo, empero, a partir de una más que discutible reconstrucción histórica, digna de Dan Brown.
El texto se inicia con una descripción de la homilía del Te Deum del año 2006, en la que el Cardenal le reprocha al presidente saliente – con ánimo de “terminar con las venganzas” – el juicio elaborado por la CVR en torno a la conducta de las autoridades episcopales de Ayacucho, Huancavelica y Apurimac, así como por el incidente de las cartas falsificadas. Inmediatamente, el autor se entrega a una descripción – cargada de interpretaciones personales – de la “irrupción de la teología de la liberación” en el escenario eclesiástico local, que habría generado una “crisis de fidelidad” a la Iglesia. Luego pasa a reconstruir el proceso de formación de la presencia del Opus Dei en el Perú. Como se trata de una confesión de parte, no es de extrañar que se trate de una descripción que pretende asumir tonalidades épicas. Uno se pregunta qué sentido tiene tal ejercicio de proyección hacia el pasado. La respuesta no tarda en llegar: se trata de justificar la tesis de un antiguo ‘complot marxista’ contra la propia Iglesia.
Desde el inicio de la lectura, uno va cayendo en la cuenta que el autor no está particularmente interesado en afirmar un compromiso con la objetividad periodística: Prieto Celi ha elegido su trinchera particular contra la CVR y los sectores progresistas de la Iglesia desde la primera línea del libro. Las fuentes evocadas por El trigo y la cizaña son casi exclusivamente los medios que desarrollaron abiertamente una campaña contra la CVR: Expreso, Correo, La Razón. Prieto Celi usa sin ningún reparo el vocabulario con el que estos órganos de prensa califican a sus adversarios en la arena política y en la sociedad civil: “izquierda caviar”, “cívicos”, etc. Es claro que su defensa de la persona del Cardenal Cipriani está definida en el contexto del juego de fuerzas de las posiciones internas de la Iglesia y de la sociedad peruana. Por ello, no considera una deficiencia de su relato el que sólo evoque el punto de vista de los clérigos, periodistas, feligreses o ronderos próximos a la causa del Cardenal. Incluso se sumerge en un intrincado ejercicio hermenéutico dirigido a rescatar el “sentido positivo” de las irreproducibles expresiones de Cipriani contra la Coordinadora de Derechos Humanos.
El bosquejo de la propia historia del obispado de Cipriani en Ayacucho omite una serie de situaciones y datos que permitirían al lector formarse un juicio más completo acerca de la conducta de la persona en cuestión, si esa es la intención del texto. No se menciona nada acerca de la tensa relación entre Cipriani y CEAS en Ayacucho (al punto que se le impidió trabajar en la región), o cómo la oficina del Padre Carlos Schmidt – la Oficina Arquidiocesana de Acción Social de Ayacucho, que cumplía una importante labor en materia de atención médica y defensa de los Derechos Humanos de las víctimas de la violencia – fue cerrada por “órdenes superiores”[1]. Sus declaraciones más violentas contra los organismos nacionales e internacionales de Derechos Humanos no figuran en el texto. Ni una palabra acerca de su defensa incondicional del régimen autoritario de Fujimori en materia de represión, de control político y temas vinculados a la ética pública (sólo tomó distancia respecto de las políticas reproductivas emprendidas por aquel gobierno).
Aparentemente, Prieto Celi ha contado, sin ninguna vocación de objetividad una parte de la historia (en el mejor de los casos, pues esto también es altamente discutible). Corresponde a la ciudadanía – y en particular al pueblo de Ayacucho – juzgar la conducta de quien fue primero obispo auxiliar y luego obispo de la zona en una época de terror y de represión. Le toca a la ciudadanía ayacuchana examinar si las autoridades concentraron su labor en el exclusivo “plano espiritual” (el culto y la administración de los sacramentos) o si su servicio le dio prioridad a la defensa de la vida y la integridad de quienes eran víctimas de las acciones subversivas o de sectores de la Fuerza Armada. Los fieles de Ayacucho recordarán con claridad si las autoridades eclesiásticas locales acogieron sus pedidos de ayuda o sus denuncias cuando los suyos sufrieron tortura o desaparición forzada, o si quedaron desamparados en medio de su dolor y desesperación; si eran escuchadas las apelaciones a sus derechos humanos, o si su observancia era subordinada al cumplimiento de lo que la propia autoridad eclesiástica llamaba los “deberes humanos”.
En el libro de Prieto Celi confluye una serie de lugares comunes de la reacción conservadora frente al IF-CVR. Muchos de ellos se evidencian falsos y maledicientes al pasar revista a las conclusiones del Informe. Tal es el caso de la acusación de que la Comisión a puesto en el mismo nivel a las huestes subversivas que declararon la guerra al Estado y a las Fuerzas del Orden que juraron defenderlo. O que las organizaciones de Derechos Humanos ejercían sistemáticamente la defensa de los grupos subversivos. La identificación de la teología de la liberación con una ideología marxista contraria a la doctrina de la Iglesia es también una vieja observación cuya inconsistencia es manifiesta a la luz de los propios textos (incluyendo el documento vaticano que acredita la ausencia de problemas doctrinales en la obra de Gustavo Gutiérrez). Pero El trigo y la cizaña defiende una serie de tópicos que bajo ciertos contextos pueden apuntar a la vindicación de políticas de impunidad promovidas por regímenes autoritarios (como el de Fujimori y Montesinos). Prieto Celi sugiere que la represión es fundamentalmente ‘reactiva’ frente a los crímenes terroristas, de modo que las acciones de aquellos militares que “presuntamente se excedieron en el cumplimiento de su deber” sean vistos bajo una luz diferente; el autor considera que el IF-CVR carece de esta clase de análisis, y “que se debió estudiar hasta qué punto la violencia revolucionaria es causa de la violencia militar y paramilitar” (p. 106). Resultan desconcertantes las alusiones a la tenebrosa “pedagogía” impartida en la Escuela de las Américas (donde estudió, por ejemplo, el siniestro perpetrador argentino Emilio Eduardo Massera). No sorprende que muchos políticos afines a la postura de Prieto Celi hayan apoyado la nefasta Ley de Amnistía bajo el fujimorato.
“En consecuencia, hasta qué punto ‘el voluntario in causa’ como se
dice en ciencia moral, explica la violencia represiva fomentada desde los
Estados Unidos en la Escuela de las Américas de Panamá, dónde estudiaron como
combatir al comunismo los generales más prestigiosos de América Latina, también
algunos dictadores” (p. 106, las cursivas son mías).
Si uno no está dispuesto a confrontar hechos e interpretaciones rivales – privilegiando la propia perspectiva y negándole cualquier espacio a las demás - está condenado a convertir la investigación en panfleto, la historia en historieta. A convertir los personajes de su relato en esculturas monolíticas, inevitablemente poco creíbles. La apología de Prieto Celi abunda en ejemplos en los que su lectura crítica de los eventos y su semblanza de los personajes se hacen manifiesta y conmovedoramente inverosímiles:
“Para comprender a Cipriani hay que conocer a fondo el ambiente
deportivo. Porque Cipriani es un deportista por vocación. Si no se hubiera
dedicado al baloncesto, por la influencia de su colegio, posiblemente hubiera
terminado jugando fútbol en primera división. Su carácter se ha ido perfilando a
lo largo del tiempo con las virtudes propias del jugador, y, por qué no decirlo,
la deformación profesional connatural de los deportistas.
Así, es
un ganador nato, no le gusta perder, pero su sentido ético de la vida se traduce
en su actitud al final del partido: magnanimidad al ganar y nobleza al perder.
Sabe aceptar el resultado de todo juego, como debe ser. En el juego como en la
vida, que tiene en sí misma una trascendencia hacia la eternidad en la persona
que tiene fe pero que es, al mismo tiempo y por eso mismo, un juego humano a lo
divino, una comedia terrena con un espectador divino” (pp. 261 -2).
2.- La verdad reducida a silencio.
Este curioso entramado de silencios, infundios y medias verdades convierte en implausible el relato que Prieto Celi pretende precariamente construir apelando a artículos periodísticos – propios y ajenos – documentos eclesiásticos citados al paso y declaraciones de personajes afines al punto de vista y a la persona que procura defender. No obstante, el libro contiene algunas tesis sumamente curiosas acerca del modo como ciertos sectores de la opinión pública vinculadas a las Fuerzas Armadas y a la jerarquía católica limeña conciben la verdad del conflicto armado vivido y cómo entienden que ésta debe ser afrontada políticamente, tanto desde la sociedad como desde la Iglesia. Algunos pasajes del texto permiten vislumbrar la penosa concepción del autor respecto de las políticas de Derechos Humanos. No sorprende que se declare adverso al trabajo de la CVR. He aquí uno de los más reveladores en esta materia:
“Hubiera sido mejor que el Perú no sufriera el drama del terrorismo
en esos años, y una vez ocurrido, hubiera sido mejor que nadie confrontara a los
actores, más allá de las irrenunciables funciones policiales y judiciales. Todo
suceso importante de la historia nacional requiere su seguimiento y su
escritura. Son valiosos los protagonistas, los hechos, y el análisis histórico.
Todo ello debe darse en la vida de la sociedad y en la vida de la Iglesia, de
mano de los historiadores. No es dable un silencio cómplice, que oculte la
verdad objetiva. Pero frente al dolor de los pueblos, dicho en su momento lo que
es debido, es viable asimismo, como acompañamiento a la verdad, el silencio
respetuoso a los que sufren, el silencio que acompaña con claridad y con cariño.
No la manipulación exhibicionista. Ya lo dijo Neruda: ‘Me gustas cuando callas
porque estás como ausente / Distante y dolorosa como si hubieras muerto./
Una palabra entonces y una sonrisa bastan’. Es un silencio que además tiene un
valor singular para el cristiano, porque es el clima natural de la contemplación
divina, que hubiera purificado con el tiempo los corazones de los hombres” (p.
81, las cursivas son nuestras).
Dejemos de lado por un momento lo hiperbólico del estilo y las extravagantes referencias a Neruda. Prieto Celi pone de manifiesto su abierta vocación por el silencio en materia de justicia transicional. Las tareas de una comisión de la verdad le resultan inconvenientes (“hubiera sido mejor que nadie confrontara a los actores”), y considera que la reconstrucción de la memoria de la violencia es un asunto que deben examinar ante todo los historiadores, pasado un tiempo prudencial que haga propicio su trabajo. No se trata de que los ciudadanos organizados en la sociedad civil, ni las organizaciones de Derechos Humanos, ni una comisión ad hoc investigue y asigne responsabilidades (pues esto sería materia exclusiva de “las irrenunciables funciones policiales y judiciales”). Merece especial atención su peculiar dialéctica de verdad y silencio. Las recargadas alusiones al Poema 15 de Neruda se refieren a la verdad del sufrimiento del inocente: ‘Me gustas cuando callas porque estás como ausente / Distante y dolorosa como si hubieras muerto”. El silencio frente a la verdad de la tragedia padecida transmite la sensación (¿acaso deseada?) de su ausencia (aunque de hecho esté presente aunque no se la quiera ver).
Las frases finales del texto citado son particularmente elocuentes. Este silencio frente a la verdad “es el clima natural de la contemplación divina”, señala. Nótese que el paradigma aquí de la experiencia cristiana no es la encarnación, la acción por la construcción del Reino de Dios – definida como una comunidad de justicia y reconciliación – sino la contemplatio medieval. Es esta clase de visión, y no el proceso de deliberación pública que ciudadanos y fieles afrontan para el esclarecimiento de la memoria y la acción de la justicia, lo que finalmente purificaría “con el tiempo los corazones de los hombres”. Pero no es esto lo que enseña el Evangelio y el Magisterio de la Iglesia. La reconciliación es fundamentalmente acción – interacción – antes que contemplación y recogimiento: “Si vas, pues, a presentar una ofrenda al altar”, dice el propio Jesús, de acuerdo con el Evangelio, “y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mateo 5: 23 - 24). La Iglesia Católica lo ha reconocido así en repetidas oportunidades y en múltiples documentos; tal es el caso de la intensa exhortación de Juan Pablo II Reconciliatio et paenitentia y del estudio de la Comisión Teológica Internacional Memoria y reconciliación.
Pero Prieto Celi considera que la Iglesia y la sociedad peruanas no deben examinar en público sus responsabilidades frente a la situación de violencia y desamparo vividos en las dos décadas del conflicto armado. A su juicio, la recuperación pública de la memoria promovida por el IF-CVR es motivo de “escándalo”. El autor sugiere que los comisionados sacerdotes no debieron suscribir el Informe Final – en particular la sección sobre el comportamiento de la Iglesia en Ayacucho, Apurimac y Huancavelica – por respeto a las cabezas de la Iglesia peruana. Afirma que mientras los comisionados laicos “pueden apelar a su ignorancia sobre la naturaleza de la Iglesia” (p. 128), los clérigos tendrían pleno conocimiento de las consecuencias de sus acciones. Tal actitud significaría “un atentado frontal contra la Iglesia” (Ibid.). Prieto Celi parece invocar una especie de “espíritu de cuerpo” que proteja a la institución eclesiástica de la necesaria reflexión sobre su actuación en los tiempos de la violencia. Un espíritu abiertamente contrario al que puso de manifiesto la Iglesia de Juan Pablo II en textos como Memoria y reconciliación.
El libro de Prieto Celi se describe a sí mismo como un intento de cubrir a la sociedad con el “bálsamo de la verdad, de la justicia y de la caridad, que devuelva la normal salud espiritual a la opinión pública” (p. 81). Enseguida compara esta tarea con el episodio del Evangelio en el que Jesús aplaca la tempestad, salvando a los discípulos. No obstante, El trigo y la cizaña no es un texto de reconciliación. Tampoco es un escrito académico, en absoluto. Es un escrito de combate – de “agitación y propaganda”, según una antigua terminología - en la larga campaña de ataques que ha recibido la CVR desde su formación. Su evidente vocación por la distorsión de la historia y por el ataque personal le dan un lugar de privilegio en esta “época folletinesca” – para usar la expresión de Hermann Hesse – que ha convertido al oficio periodístico en una herramienta de demolición política y confrontación ideológica, herencia de los peores años de nuestra historia reciente.
[1]Comisión de la Verdad y Reconciliación (Perú), Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación Tomo III, p. 292.
martes, 8 de enero de 2008
NOTA SOBRE LAS "INVESTIGACIONES LÓGICAS" DE HUSSERL

Gonzalo Gamio Gehri
Si existe una obra realmente fundante para la corriente fenomenológica - perspectiva que influye poderosamente en el trabajo intelectual contemporáneo, desde la teoría del conocimiento y las ciencias sociales hasta la filosofía de la religión y la estética - esta la encontramos en el monumental libro de Edmund Husserl, las Investigaciones Lógicas (1900-1). En esta obra Husserl desarrolla un análisis crítico de los diversos modos de entender la conciencia, para llegar a un concepto amplio y polémico – que seguirá defendiendo en la Crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental – de conciencia como vida anímica en la línea de la noción heraclitea de psyché. En las Investigaciones, Husserl se propone investigar las diferentes fases de la vida y vivencias como dimensiones de una totalidad (investigación mereológica).
Husserl toma distancia de su maestro Brentano al considerar que no toda vivencia es intencional. Es el caso de la llamada “percepción interna”. La cosa percibida no necesariamente es parte de la propia vida, a diferencia del hecho de percibirla como tal. La percepción – así como la descripción que hacemos de ella –no depende de la realidad de aquello que sea objeto de percepción. La fenomenología se ocupa estrictamente de los objetos vividos, que se manifiestan a la conciencia. Su objeto primordial es la vida, esto es, los objetos de experiencia como el horizonte en el cual y desde el cual la experiencia tiene lugar.
Husserl tiene que afrontar, para abordar rigurosamente el problema de la experiencia del mundo, el debate entre idealistas y realistas. Husserl asume una premisa "realista" (que no hay que entender en u sentido "tradicional"): podemos tener diferentes visiones del mundo, pero todas ellas nos remiten a uno y el mismo mundo, ontológicamente pre-existente, por así decirlo (la temática explícita del mundo de vida (Lebenswelt) aparecerá en el último Husserl).
En el caso de Descartes, la temporalidad de la percepción tiene por consecuencia la búsqueda de un punto arquimédico en el conocimiento, el cogito. Husserl destaca la temporalidad de la percepción como parte de la totalidad de la vida, de la conciencia como vida constituyente de sentido. Husserl sostiene que lo que otorga unidad a las vivencias es la conciencia inmanente del tiempo, como el “puro” tener vivencias. Pasado, presente y futuro aparecen como fragmentos que provienen de la experiencia “interna” de la sucesión. En la percepción interna se combina la propia forma de vivir la temporalidad, además de la percepción actual de objetos.
Husserl afirma que cada ciencia particular se ocupa de una diferente “región” de vivencias; lógica, ética y estética se refieren a aspectos puntuales de la totalidad de la vida. La ética se ocupa del problema de la orientación en la vida, la lógica del juicio correcto, y la estética de los criterios de lo bello. La filosofía como tal se ocupa de los caminos que llevan a la verdad, el bien y lo bello.
Husserl considera que lo ideal es siempre universal e intemporal. Este es un supuesto que atraviesa las Investigaciones, así como la tesis de que toda vivencia intencional es susceptible de una aproximación mereológica, en términos de su comprensión en la perspectiva de las partes, los “factores” y la referencia a la totalidad que los articula. Lo ideal, con todo, tiene preeminencia sobre los individuos. Lo verdadero es al margen de que sea pensado o no.
Esta posición distingue estrictamente a Husserl de psicologistas como Mill. Toda forma de validez trasciende los procesos cognitivos y orgánicos tienen lugar en el acto del. Conocimiento. La fenomenología desarrolla una psicología descriptiva en un sentido diferente, al investigar acerca de cómo se dan los objetos mismos al tener experiencia de ellos como objetos vividos y mentados.
En esta línea de pensamiento, el acento de la fenomenología recae más en la cosa misma que en el yo. En los actos simples de la vida la conciencia está – por así decirlo – “abandonada” al objeto, no nota su presencia en él. En los actos complejos, el yo comparece como tal y es tema de reflexión. Consideraciones como las del cogito cartesiano son de segundo orden. Estar atento a la vivencia supone no tomar conciencia de la participación de la subjetividad en el encuentro con el objeto.
La arista más compleja y polémica de las reflexiones de Husserl están vinculadas al tema de la temporalidad de las vivencias. La vivencia siempre presenta una dimensión temporal, así como su condición de ser captadas como “fenómeno puro”. Este segundo aspecto puede constituir un obstáculo para comprender su carácter temporal. El fenómeno puro es temporal, pero la conciencia del tiempo inmanente presenta dificultades para ser abordada en términos mereológicos..
Husserl presupone que la reflexión no distorsiona al objeto, sino que lo acompaña siempre. La reflexión puede captar la esencia intencional de un objeto desde la experiencia ordinaria del objeto. Esto nos remite al paso de la actitud natural a la actitud teórica, en términos del Husserl de las Ideas. La reducción fenomenológica busca captar lo esencial del objeto desde sus modos de darse en la experiencia.
Husserl toma distancia de su maestro Brentano al considerar que no toda vivencia es intencional. Es el caso de la llamada “percepción interna”. La cosa percibida no necesariamente es parte de la propia vida, a diferencia del hecho de percibirla como tal. La percepción – así como la descripción que hacemos de ella –no depende de la realidad de aquello que sea objeto de percepción. La fenomenología se ocupa estrictamente de los objetos vividos, que se manifiestan a la conciencia. Su objeto primordial es la vida, esto es, los objetos de experiencia como el horizonte en el cual y desde el cual la experiencia tiene lugar.
Husserl tiene que afrontar, para abordar rigurosamente el problema de la experiencia del mundo, el debate entre idealistas y realistas. Husserl asume una premisa "realista" (que no hay que entender en u sentido "tradicional"): podemos tener diferentes visiones del mundo, pero todas ellas nos remiten a uno y el mismo mundo, ontológicamente pre-existente, por así decirlo (la temática explícita del mundo de vida (Lebenswelt) aparecerá en el último Husserl).
En el caso de Descartes, la temporalidad de la percepción tiene por consecuencia la búsqueda de un punto arquimédico en el conocimiento, el cogito. Husserl destaca la temporalidad de la percepción como parte de la totalidad de la vida, de la conciencia como vida constituyente de sentido. Husserl sostiene que lo que otorga unidad a las vivencias es la conciencia inmanente del tiempo, como el “puro” tener vivencias. Pasado, presente y futuro aparecen como fragmentos que provienen de la experiencia “interna” de la sucesión. En la percepción interna se combina la propia forma de vivir la temporalidad, además de la percepción actual de objetos.
Husserl afirma que cada ciencia particular se ocupa de una diferente “región” de vivencias; lógica, ética y estética se refieren a aspectos puntuales de la totalidad de la vida. La ética se ocupa del problema de la orientación en la vida, la lógica del juicio correcto, y la estética de los criterios de lo bello. La filosofía como tal se ocupa de los caminos que llevan a la verdad, el bien y lo bello.
Husserl considera que lo ideal es siempre universal e intemporal. Este es un supuesto que atraviesa las Investigaciones, así como la tesis de que toda vivencia intencional es susceptible de una aproximación mereológica, en términos de su comprensión en la perspectiva de las partes, los “factores” y la referencia a la totalidad que los articula. Lo ideal, con todo, tiene preeminencia sobre los individuos. Lo verdadero es al margen de que sea pensado o no.
Esta posición distingue estrictamente a Husserl de psicologistas como Mill. Toda forma de validez trasciende los procesos cognitivos y orgánicos tienen lugar en el acto del. Conocimiento. La fenomenología desarrolla una psicología descriptiva en un sentido diferente, al investigar acerca de cómo se dan los objetos mismos al tener experiencia de ellos como objetos vividos y mentados.
En esta línea de pensamiento, el acento de la fenomenología recae más en la cosa misma que en el yo. En los actos simples de la vida la conciencia está – por así decirlo – “abandonada” al objeto, no nota su presencia en él. En los actos complejos, el yo comparece como tal y es tema de reflexión. Consideraciones como las del cogito cartesiano son de segundo orden. Estar atento a la vivencia supone no tomar conciencia de la participación de la subjetividad en el encuentro con el objeto.
La arista más compleja y polémica de las reflexiones de Husserl están vinculadas al tema de la temporalidad de las vivencias. La vivencia siempre presenta una dimensión temporal, así como su condición de ser captadas como “fenómeno puro”. Este segundo aspecto puede constituir un obstáculo para comprender su carácter temporal. El fenómeno puro es temporal, pero la conciencia del tiempo inmanente presenta dificultades para ser abordada en términos mereológicos..Husserl presupone que la reflexión no distorsiona al objeto, sino que lo acompaña siempre. La reflexión puede captar la esencia intencional de un objeto desde la experiencia ordinaria del objeto. Esto nos remite al paso de la actitud natural a la actitud teórica, en términos del Husserl de las Ideas. La reducción fenomenológica busca captar lo esencial del objeto desde sus modos de darse en la experiencia.
lunes, 7 de enero de 2008
REFLEXIONES GENERALES SOBRE EL ANTILIBERALISMO EN EL PERÚ

A PROPÓSITO DE LAS IDEAS DE D. SALAS Y A. CAVIGLIA EN TORNO A LA 'ÉTICA DE LA REDUCCIÓN DEL SUFRIMIENTO'
Gonzalo Gamio Gehri
Gonzalo Gamio Gehri
Esta es una reflexión libre sobre algunos temas recurrentes en este blog. En primer lugar, respecto de la casi inexistencia de un pensamiento liberal en el Perú (me refiero a un genuino liberalismo - en su sentido originario, etico y político - y no ese neoliberalismo ramplón y autoritario de Aldo Mariátegui y Carlos Boloña). En segundo lugar, el debate sobre los griegos, dignidad y tortura, que nos ha acompañado las últimas dos semanas. En su comentario, Martín Tanaka nos invita a Hernando y a mí a desarrollar las consecuencias propiamente políticas de nuestra polémica. Creo que es preciso recoger el guante, pero Alessandro Caviglia y Daniel Salas se nos han adelantado en esta tarea con textos muy agudos sobre este asunto. Es importante que se incorporen nuevas voces a este diálogo, que en sus últimos episodios podía haberse tornado más tenso, y a veces un tanto personal (de un modo involuntario, tanto en el caso de Hernando como en el mío). Caviglia desde su blog - Filosofía, política y religión en las sociedades contemporáneas (http://alessandrocaviglia.blogspot.com/2008/01/post-sobre-la-polmica-gamio-hernando.html), cuya visita recomiendo especialmente - desde una mirada neokantiana explora las consecuencias de una visión totalitaria como la de Hernando conduce a situaciones de deshumanización y a políticas de tortura y eliminación del otro - Auschwittz es el ejemplo que desarrolla - inaceptables desde el punto de vista de la ética más elemental. Caviglia (que es un filósofo de formación y un conocedor de Schmitt) trata de mostrar que estos propósitos se esconden baqjo la retórica del "estado de excepción".
"Queda claro que el acceso a la cultura griega
requiere de una confrontación con un conjunto de textos principales (filosóficos
y literarios) y no sólo de los comentaristas. Pero la argumentación de Hernando,
si bien es por momentos defectuosa y carente de información, se encuentra lejos
de ser ingenua. Se trata de una argumentación que no tiene como objetivo el
análisis o el esclarecimiento de problemas, sino generar la predisposición a
abrazar ciertas creencias que no soportan realmente el examen crítico. Hemos de
leer las intervenciones de Hernando como políticas más que como reflexiones
filosóficas. La simplificación de las ideas y el uso de vicios lógicos no tienen
como fin que reflexionemos sobre la tortura, sino que la aceptemos.
El
compromiso de Hernando con la tortura encubre un compromiso mayor con el
concepto de “estado de excepción”. El “estado de excepción” consiste en una
figura jurídica que, en nombre de la defensa de la república democrática,
permite poner entre paréntesis los derechos fundamentales de los ciudadanos. Tal
como ha señalado recientemente Giorgio Agamben, la figura del estado de
excepción, bajo el ropaje de la defensa de la democracia, termina por conducir a
la disolución de la república y la instauración del totalitarismo. En el Perú de
hoy sabemos muy bien a qué conducen esas políticas de sustracción derechos en
nombres de la seguridad: a la violación de los derechos fundamentales de los
ciudadanos, a las desapariciones, a las torturas y a la miseria política y moral
de la vida ciudadana."
Les invito a leer el texto completo, que es esclarecedor. Daniel Salas es un lingüísta con una importante trayectoria en el cultivo de las humanidades y en el estudio del pensamiento político. En un comentario al post de Tanaka sobre el debate (http://martintanaka.blogspot.com/2007/12/httpjosetalavera.html ; ver asímismo su reciente post en GCC: )http://grancomboclub.blogspot.com/2008/01/eduardo-hernando-o-el-filsofo-del-fin.html dirige críticas de fondo al planteamiento mismo de Hernando, e incluso pretende mostrar la inarticulación de su discurso . Estas críticas las formula en un lenguaje directo y contundente:
"Su libro Pensando peligrosamente supone que alguna vez
hubo un mundo feliz gobernado por un monarca sabio, una sociedad en la que cada
persona encontraba su lugar e ignoraba el vacío existencial. Nada más falso. El
reino de Carlos V y Felipe II era un mundo de infelicidad, revueltas constantes
y sufrimiento. Una filosofía política que no tenga como finalidad la eliminación
del sufrimiento simplemente no tiene sentido. Al prof. Hernando no le importa
eso. Le importa el conjunto orgánico, en el que cada individuo pertenezca y se
realice dentro de un estamento. Es una finalidad monstruosa y
repudiable."
En fin, hasta aquí mi crónica de estas dos significativas intervenciones en este debate. Deseo recoger estas citas sólo para desarrollar un poco más la tesis - general - de la insuficiencia de universalismo moral y de liberalismo en nuestra sociedad (voy a dejar allí mi polémica con Hernando, puesto que ya dije todo lo que tenía que decir sobre los griegos y la tortura) . Es cierto que las ideas criticadas pueden ser extravagantes, que sorprende que un académico del derecho sostenga que la tortura debe ser admitida como práctica aceptada para "combatir al enemigo", o que proclame - como reseña Salas sobre Hernando - que " la monarquía católica era un régimen superior al de la democracia moderna y que los talibanes son un modelo a seguir". Sin embargo, más allá de estas rarezas y elementos pintorescos, hay que decir que en nuestro país la cultura autoritaria es particularmente poderosa en nuestros "sectores dirigenciales"- incluso 'dominante', a diferencia de la experiencia de otros países de América Latina -, al punto que los intentos por afirmar una cultura democrática-liberal sigue siendo hoy una empresa contracultural en la escena política, y fuera de ella.
En nuestro país, el anhelo de "mano dura" se ha convertido prácticamente en un valor, que conspira abiertamente contra la afirmación de la democracia. Lo acreditan los numerosos golpes militares y la acogida del discurso autoritario (revestido o no de reopajes aparentemente "democráticos". Mucha gente sigue creyendo - como en la colonia - que las Fuerzas Armadas y la Iglesia Católica constituyen "instituciones tutelares" de la comunidad política, una creencia profundamente antidemocrática, contraria a la idea misma de una república de ciudadanos. Este es un prejuicio autoritario que se encarna en una multitud de rituales, como el Te Deum y los desfiles escolares. Hace poco, un esacasamente lúcido alcalde miraflorino ha dispuesto que los militares dicten el curso de Educación Cívica en los colegios. Tenemos además el record mundial, en cuanto al número de obispos conservadores en un país - como católico, me gustaría ver un poco de pluralidad -. Estas nuevas autoridades elesiásticas suelen concebir - como ha quedado demostrado en el Sur Andino - el diálogo intercultural e interreligioso como "relativismo", la inculturación como "sincretismo" (o incluso "idolatría") y la acción social como mero "inmanentismo sociologista". En fin, casi el grueso de nuestros partidos políticos, parte de los medios de comunicación - Expreso, Correo, La Razón, etc. - consideran que la lucha por los Derechos Humanos es "ideológica" y "de orientación comunista" y no un proyecto que podría convocar a ciudadanos de todas las tendencias políticas y todas las confesiones (ni siquiera sospechan que es una conquista de la Ilustración y una creación liberal). Es difícil no considerar todas estas determinaciones en la conducta de nuestras (autodenominadas) "élites" como un síntoma grave de atraso moral y político.
Esta descripción no pretende desalentar a nadie - al contrario - sino quizás bosquejar el escenario social y político en el que discutimos y actuamos (y procuramos transformar). Vivimos en un país cuya (autodenominada) "clase dirigente" no acogió en su mayoría la Ilustración y no promovió la independencia, que desestimó la secularización de las instituciones políticas y las escuelas. Que no ha aceptado hasta ahora la modernización de las Fuerzas Armadas y la disolución definitiva de la justicia militar. Una "clase dirigente" que ha aplaudido los golpes de Estado, o los ha promovido desde dentro. Que ha sido condescendiente con la concentración del poder y la riqueza, y con prácticas inaceptables de represión de las diferencias y discriminación. Una "clase dirigente" que ha soñado con una identidad nacional monolítica fundada en la negación de la diversidad en materia cultural y confesional. En las últimas décadas - desde Flores Galindo hasta los textos recientes de Neira Torres - se ha investigado intensamente en torno a la matriz autoritaria y jerárquica de nuestra "república": el anhelo de un "rey" (o algo parecido) y la configuración de un "tejido despótico" han sido una constante en nuestra historia postvirreinal..
Evidentemente, estas prácticas y formas de pensar son incompatibles con un auténtico ethos liberal, que defiende en contraste la tesis según la cual el cuerpo político es legítimo en tanto promueve y garantiza los derechos y libertades básicos de los individuos, concebidos como libres e iguales. Efectivamente, es el rechazo de la crueldad y la "reducción del sufrimiento" - como señala Salas - el corazón mismo del liberalismo. La subordinación del Estado a la protección de los derechos de los ciudadanos constituye un principio normativo que orienta e interpela nuestras prácticas e instituciones. Sirve también para desenmascarar la hipocresía y el cinismo de nuestras "élites". Se busca configurar espacios en los que los agentes puedan diseñar sus vidas, elegir sus creencias y abrazar sus tradiciones o cuestionarlas sin que ninguna autoridad les imponga límites, salvo el respeto a la ley y al derecho de los demás. Estos principios están arraigados en nuestros sistemas políticos. Sin embargo, su realización efectiva permanece aun como télos. Corresponde a los ciudadanos y a las instituciones contruir las mediaciones que permitan fortalecerlos y hacerlos cumplir, y fiscalizar a quienes los transgredan. En ese sentido, el "pensamiento reaccionario" - más allá de su naturaleza bizarra y muchas veces farsesca - no es tan "excepcional", lamentablemente. A pesar de la pobreza de sus argumentos y lo insípido de su fraseología, cuenta con la complicidad de buena parte de nuestros sectores "dirigenciales". Sólo así podemos concebir el que ciertos empresarios pretendan solucionar las huelgas a balazos, que los políticos busquen silenciar a las organizaciones de la sociedad civil o que algún obispo se haya expresado respecto de los Derechos Humanos - o de sus defensores - en términos soeces. Esta clase de situaciones son las que la aguda pluma de Salas y la de Caviglia cuestionan legítimamente. Por fortuna, contamos con ciudadanos que todavía no han renunciado al sueño de convertir al Perú en una sociedad justa de individuos libres e iguales que opten por la persuasión - y no por la fuerza o la exclusiva apelación a "la autoridad" - como el camino para orientar sus vidas.
Etiquetas:
ciudadanía,
Derechos Humanos,
Liberalismo,
libertad individual,
Secularización
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