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martes, 21 de febrero de 2017

SOBRE EL INTEGRISMO “RENOVADO”





Gonzalo Gamio Gehri

Hoy concluí mis clases de verano en Estudios Generales Ciencias. La última parte de las clases se concentró en el libro de Richard J. Bernstein El abuso del mal. Allí el autor discute el discurso de la derecha norteamericana después del 11 de Septiembre, sumamente influido por el integrismo religioso y político, que tiende a demonizar y caricaturizar a sus enemigos, dificultando el combate que se ha entablado por ellos. George W. Bush decía recibir el consejo divino para tomar decisiones bélicas en el contexto de una “guerra santa”. El libro sostiene que esa actitud socava el espíritu democrático norteamericano, presente en el magisterio de los padres fundadores, en la primera Constitución y en el legado de los filósofos pramatistas, promotores de la deliberación práctica y el falibilismo.

Uno de los elementos más interesantes de esa investigación reside en la historia de la formación de la Nueva derecha cristiana – durante los años setenta y ochenta – y, como un movimiento suyo, la  llamada Mayoría Moral, un grupo ultraconservador formado por el integrismo protestante y un sector de la ultraderecha católica.  Ella buscaba recuperar la idea de un Estado dibujado desde los cánones del cristianismo más conservador, particularmente en las áreas de salud y educación. En el libro, Bernstein reseña los trabajos de Steve Bruce sobre este tema.  

Resulta interesante  constatar la forma en que estos grupos diseñaron un enemigo fundado en la simplificación y el prejuicio: se inventaron un “humanismo secular” que suscribía a la vez el “relativismo”, el aborto, el ateísmo y una serie de creencias a la carta del conservador. Una perspectiva inexistente a la medida de sus campañas. Me pregunto si esa experiencia ha sido llevada al Perú de alguna forma.  Es difícil evitar comparar la prédica rancia de la Mayoría Moral con los grupos conservadores que se movilizan contra el MINEDU y otras instituciones pedagógicas y científicas en relación con la igualdad de género. Sustituyan el “humanismo secular” por “la izquierda” o “ideología de género” y se harán un retrato bastante claro sobre el discurso y las estrategias de estos grupos. La idea central – que “existe una minoría poderosa que quiere imponer su agenda a la mayoría” – está prácticamente calcada de más de un discurso de la Nueva derecha cristiana.  El ideario básico – “provida”, “pro-moral” y “pro valores patrióticos” – también está presente en el lenguaje de la Mayoría Moral.  Las reflexiones de Bernstein y las de Bruce son interesantes en lo que respeta a la forma de cuestionar a estos movimientos. Una vez más el recurso al falibilismo puede ser muy útil.










lunes, 30 de enero de 2017

APUNTES SOBRE LOS DERROTEROS DEL EXTREMISMO CONSERVADOR











Gonzalo Gamio Gehri

El triunfo de Donald Trump en la campaña electoral estadounidense ha desatado la consolidación de toda una corriente ultraconservadora en el mundo con una importante proyección hacia la opinión pública. Sentimientos de un nacionalismo exacerbado, reacciones contra el enfoque de derechos y de género, incluso gestos de aprobación ante las controversiales declaraciones de Trump sobre la pertinencia de las dictaduras de Hussein y Gadafi. Se convierte en usual el desafiar lo “políticamente correcto” – incluida la búsqueda del control democrático y el respeto por los derechos humanos – a la par que elogiar la firmeza y la “autoridad” de los líderes.  Y se sienten complacidos en medio de esos extraños aires de “heterodoxia”.

Los ataques verbales a los inmigrantes – aún a aquellos que en Europa y Norteamérica han sido acogidos por razones humanitarias - y a las minorías culturales y sexuales   En el discurso paleoconservador, se apela a la recuperación de la “civilización occidental y cristiana”, pontificando a favor de sus “principios eternos” y en contra de sus enemigos; en otras versiones, se recurre a razones de seguridad. En un reciente escrito, Nancy Fraser ha señalado cómo la invocación conservadora a “ser tolerados” equivale, en el terreno de las ideas y en el ámbito de las prácticas, a solicitar se les conceda el 'derecho' a excluir a las personas y a los grupos que consideran peligrosos, inferiores o contrarios a lo que supuestamente establece el “orden natural”. Es decir, procuran trastocar el propio principio de tolerancia.

En el Perú, este discurso basado en la violencia verbal y en la inducción al miedo ha estado presente por décadas de acción política autoritaria, reacia a tomar en serio las exigencias de los derechos humanos, la democracia deliberativa y las políticas inclusivas. Con esta nueva oleada europea y estadounidense, esta clase de léxico político y agenda ha encontrado su lugar tanto en los medios de prensa conservadores como en las redes sociales, en donde han florecido “portales de opinión de ultraderecha”, espacios antiliberales o tradicionalistas comprometidos con el fujimorismo y otros grupos radicales. Como el papel lo aguanta todo, para estos espacios, la izquierda local – en todas sus versiones -  es “proterrorista” y se organiza según estrategias polpotianas, Barack Obama es un “neomarxista”. Incluso algunos extremistas acusan al actual Papa de ser una suerte de “infiltrado de la izquierda internacional”.  Estas caricaturas extravagantes están en las redes sociales de extrema derecha.

Para los “líderes de opinión” conservadores, los peores años de la corrupción fujimorista no existieron, o han sido inventados por liberales e izquierdistas en el calor de una “campaña persecutoria”. La captación fujimontesinista de los medios de comunicación se ha convertido en sólo un molesto rumor del pasado. Para algunos de los columnistas de esa esos medios, el peligro mayor de la historia de la prensa en el Perú es la acción de un hipotético “soviet caviar” (sic). Lo curioso es que los presuntos campeones del “tradicionalismo político - religioso” tampoco es que puedan exhibir grandes logros académicos o periodísticos que desafíen la supuesta “colusión progresista”. Lo suyo son las teorías conspirativas, la apologética de sus compañeros y la queja más simplona y rancia. Su invocación a la “regeneración del país” a partir de la recuperación de los valores del cristianismo preconciliar y el liderazgo de las viejas “élites” – aquellas que precisamente han estado sistemáticamente de espaldas al país y su necesidad de justicia y democracia -, al carecer de sentido crítico y densidad conceptual, se convierte en vana retórica y  en vulgar tañido de campana. Su prédica solemne y marchita se manifiesta como un mero ejercicio criollo de demagogia y falta de creatividad.




miércoles, 7 de diciembre de 2016

LA ‘IDEOLOGÍA DE GÉNERO’ Y LOS PISHTACOS







Gonzalo Gamio Gehri

En estos días, el Perú está viviendo una verdadera asonada oscurantista. Un probable operativo  psicosocial en las redes genera pánico y virulencia en Huaycán. Se difunde el rumor de que operan en la zona traficantes de órganos, los llamados pishtacos, cuyas acciones habrían cobrado vidas humanas. Este rumor no se cimenta en ninguna denuncia ni investigación policial; sin embargo, un número importante de vecinos se movilizan y generan actos de violencia frente a la comisaría. Una mujer muere en este confuso incidente. En otros lugares de la ciudad, un grupo de personas de clara convicción paleo-conservadora religiosa y política, declaran que el Minedu ha elaborado un documento que pretende imponer la llamada “ideología de género” en la educación de los jóvenes. El hecho es que la currícula defiende la igualdad de género, el derecho de varones y mujeres a un trato no discriminatorio, equitativo en materia de oportunidades y libertades. El proyecto del ministerio está orientado a criticar los estereotipos que contribuyen a marginar a las mujeres y a generar incomprensión y violencia contra las minorías, como corresponde a una sociedad democrática y liberal. Sólo podremos vivir en democracia si se valora el diálogo y el respeto por la diversidad.

Ambas incidentes recuerdan los psicosociales perpetrados bajo el funesto régimen de Fujimori, y comparten entre sí ciertos patrones. 1) Se trata de “situaciones catastróficas” inexistentes; en ambos casos, habla el prejuicio y la falta de información. No hay pistachos, nadie está asesinando y robando los órganos de la población de Huaycán. El Ministerio no está promoviendo el ejercicio de una temprana sexualidad entre la niñez, ni está propiciando el uso de baños mixtos; eso sólo está en la mente de los críticos conservadores. Es simplemente absurdo. Leyendo el texto se despeja cualquier duda al respecto. 2) Esta clase de rumores infundados – que recurren a la manipulación de información en la red – está al servicio del ejercicio de la violencia, así como provoca una sensación de pánico y desconcierto a partir de la cual se propone  transmitir la imagen de que el gobierno padece síntomas de debilidad y no puede lidiar con el desorden, o que incluso lo propicia. 3) Intentan beneficiar a los grupos que prometen “mano dura” y una cosmovisión autoritaria y monolítica. Habrá que identificar a sus artífices, aunque ese discurso nos es familiar. Ya sabemos de qué organizaciones se trata.

Hoy el APRA y el fujimorismo intentarán censurar al Ministro de Educación. Aunque los temas son otros – los Panamericanos y las computadoras -, se sabe que los puntos fundamentales son los planes de estudio y el futuro de la Reforma universitaria. Para nadie es un secreto que dieciséis congresistas están comprometidos con los intereses de universidades que tendrían problemas para estar a la altura de los criterios que la Ley establece. Se sabe también que muchos de los columnistas que se desgarran las vestiduras por la “ideología de género” y que piden en los medios la censura del ministro son autoridades o docentes de aquellas universidades-negocio que son contrarias a esta reforma. Políticos y columnistas de opinión han intentado convertir al funcionario en una suerte de enemigo político, en sentido estricto. Es preciso prestar atención al modo en que estos personajes proceden cuando se trata de defender su agenda,  personal o corporativa, a expensas del país. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

LOS VIEJOS MOTIVOS





Gonzalo Gamio Gehri

En muchas ocasiones he insistido en que en el país se echa de menos una perspectiva liberal, tanto de derecha como de izquierda. Un grupo de personas que valoren con similar grado de compromiso valorativo los derechos humanos, la participación política y las libertades económicas. Una derecha que reivindique la autonomía privada y pública, así como una izquierda que se comprometa con el pluralismo. No es lo que tenemos en el Perú: los avances en esta dirección son claramente insuficientes. En la arena política impera la orfandad de argumentos y en los medios de prensa encontramos considerable beligerancia.  Incluso se detecta en los medios una suerte de macartismo ideológico.

Los nuevos medios tienden a continuar con estas prácticas de confrontación polìtica. Algunos espacios buscan reeditar el paleoconservadurismo, el célebre pensamiento reaccionario.  Hace poco leo un texto que aboga por la edificación de una “nueva derecha”, pero se la asocia con la adhesión a los valores tradicionales. Recuperar los viejos motivos  no es en sí mismo negativo, pero esta derecha se describe como antimoderna y virulenta.  No resulta nueva, en ese sentido, y tampoco se insinúa democrática. En una sociedad en la que sus autodenominadas “élites” han considerado que las Fuerzas armadas y la Iglesia Católica son instituciones “tutelares” de la patria, o que determinados temas incómodos son dejados fuera de la discusión pública – por ejemplo, asuntos relativos a la recuperación de la memoria y las políticas de derechos humanos -, uno se pregunta cuánta novedad podría encontrarse en una propuesta como esa. Hay un cierto sentido común conservador en el Perú, que es preciso interpelar y cuestionar. Me parece percibir la presencia del “viejo sol” como diría Nietzsche. Un sol tradicionalista, que considera a la izquierda y al liberalismo político  enemigos, no interlocutores en un proceso de intercambio de argumentos. 

Resulta interesante que esa derecha ponga sus cartas sobre la mesa en el debate político, pero preocupa su distancia respecto de los núcleos básicos de la una democracia liberal. Necesitamos tomar en serio la noción de “pluralismo razonable” en el sentido liberal del término. Pensemos en su uso en la filosofía práctica de Rawls. Una sociedad democrático – liberal no sólo reconoce la diversidad de “doctrinas comprensivas” (visiones del mundo y de la vida de carácter religioso o secular que abarcan la totalidad de la existencia), de modo que cada una de ellas admite que no es ni debe ser la única, y está dispuesta a coexistir con las demás en el marco del sistema de derechos propio de un Estado constitucional de derecho. Esta situación es compatible con el principio de laicidad del Estado democrático, y con el respeto de la diversidad, basado en el diálogo, la tolerancia y el intercambio de razones. A menudo, este pluralismo es confundido – o asociado falazmente – con el “relativismo”, a pesar que esta identificación no resiste la menor inspección racional.  Que existan diversas visiones de las cosas implica que “sean igualmente válidas”. Es posible examinarlas desde la discusión racional planteada al interior de las organizaciones de la sociedad civil (universidades, colegios profesionales, Iglesias, ONGs, sindicatos, etc.).

Con frecuencia, esa fascinación conservadora con la exaltación de un catálogo de metas fundado en un único credo o '"correcta doctrina", reproduce la ilusión premoderna de un Estado confesional, una ilusión perniciosa en términos de libertad y de justicia. En la óptica de ese conservadurismo rancio, el liberalismo, la socialdemocracia y el marxismo son dignos de rechazo por igual, pues son expresión de la cultura moderna. Les preocupa e irrita asimismo el pluralismo subyacente a los estudios interculturales y de género, y, en el plano teológico, el trabajo de las teologías inductivas (teología de la liberación, teología africana, teología feminista, y otras). Los cambios en la Iglesia Católica producidos por Vaticano II son percibidos por esta derecha paleoconservadora como una trasgresión al espíritu romano que celebran, en clave medieval; sus referentes no son las primeras comunidades cristianas o la reflexión del método histórico-crítico. Por supuesto, la prédica del papa Francisco les resulta chocante, pues la encuentran "socialista", aunque suene increíble. De hecho, la reflexión que hace esta derecha sobre el cristianismo tiende a prescindir del tema de la pobreza  (y de la justicia social).

El obvio peligro del pensamiento paleoconservador es la suscripción de un integrismo lesivo del sistema de derechos fundamentales. Esa doctrina  erosiona el terreno mismo de un pluralismo razonable que sostiene el sistema de instituciones y normas que edifican el liberalismo político. De hecho, la derecha paleoconservadora se inspira en posiciones que rechazan la diversidad como un  supuesto síntoma de raquitismo moral y político. No en vano los seguidores de Franco, el falangismo, el nacionalcatolicismo y el conservadurismo más recalcitrante en España y en América exaltaban la figura de Isabel de Castilla, asociada con la imposición política de una tradición monolítica – una sola cultura, una sola religión, un solo idioma –. Se trata, por supuesto, de una perspectiva que puede convertirse en violenta, además de ser  dañina para la democracia y para una ética del respeto por la diversidad. Esa diversidad es un rasgo distintivo de lo humano, la percibimos en nosotros y en las comunidades que habitamos. Pretender desconocerla o eliminarla constituye una forma insensata de pensar y de actuar.


miércoles, 26 de enero de 2011

UNA POLÉMICA CAMPAÑA





(PRIMERAS REFLEXIONES)


Gonzalo Gamio Gehri



El clima de la presente campaña electoral ya va mostrando signos de manifiesta convulsión. La presentación de las planchas presidenciales y las listas parlamentarias ya genera un ácido debate. La inclusión de Rey como postulante a la Vicepresidencia, y luego al guardaespaldas de Montesinos y a la enfermera de Fujimori en Fuerza 2011 ha generado cuestionamientos en los espacios de opinión pública. El martes 25 y hoy, La República ha destacado la noticia – en primera plana – que Sergio Tapia, abogado de "Camión" e impulsor del funesto Decreto Legislativo 1097, antiguo asesor de Rey y de Giampietri en el Ejecutivo, estaría vinculado a FASTA, un grupo ultraconservador de confesión neofascista. Habrá que esperar los resultados de la investigación (sobre las fuentes ideológicas de Sergio. Tapia, léase las notas de Gorriti y de Sifuentes).

La plancha de Luis Castañeda también ha sido objeto de controversia. Hace poco tiempo se destacó el tema de la contribución económica de la candidata Rosa de Acuña a la campaña de Solidaridad Nacional, en la que ella ha sido postulada para una de las vicepresidencias. El otro candidato a vicepresidente es Augusto Ferrero Costa, abogado que según algunas notas periodísticas estaría vinculado a la posición del cardenal Cipriani en el litigio con la PUCP. El conservadurismo político-religioso – sostienen no pocos analistas - se hallaría bastante cómodo tanto con una victoria del fujimorismo como con un eventual gobierno de Castañeda Lossio, tanto por la presencia de Rey como por la de Ferrero. Estaría jugando a dos ases, argumentan estos analistas, para lograr el respaldo político de su propia agenda. Los enfrentamientos en el APRA por la permanencia o la salida de Jorge del Castillo de la lista de candidatos al Congreso de la República no ha dejado títere con cabeza, al punto que se ha sacrificado nada menos que a la candidata presidencial, Mercedes Aráoz. La plancha de Toledo se concentra en su propio partido y la de PPK apenas se la percibe. Los ataques que se dirigen los tres candidatos más populares son cada vez de un calibre más considerable.

El debate acerca de propuestas todavía se echa de menos, y sabe Dios si tendrá lugar algún día. Probablemente los ciudadanos (a la sazón electores) tendríamos que exigir que tal discusión se lleve a cabo, que los slogans y las sonrisas fingidas ceda su lugar a la confrontación de planes de gobierno. Hasta ahora, los medios de prensa sólo han destacado los temas que pueden ser impactantes desde el punto de vista del periodismo amarillista: el asunto del patrimonio compartido o de la unión civil entre personas homosexuales – se le confunde adrede con el concepto de matrimonio (un tema que los autores políticos de estas iniciativas no han planteado ni examinado), probablemente para incendiar la pradera -, el aborto y la pena de muerte por casos de violación y asesinato de niños y sdolescentes. Por supuesto, ni siquiera se profundiza en las bases de estos temas polémicos. Las cuestiones sobre la cimentación y promoción de un sistema eficaz de lucha contra la corrupción y de defensa de los derechos humanos duermen – una vez más – el sueño de los justos. No nos sorprende, para nada.

sábado, 13 de noviembre de 2010

RENOVANDO IDEAS







RENOVANDO IDEAS

JÓVENES CONSERVADORES Y JÓVENES IZQUIERDISTAS



Gonzalo Gamio Gehri



Me propongo ahora examinar un tema que compromete radicalmente nuestras esperanzas y aspiraciones en torno al futuro de nuestra vida en común. Renovar la política constituye una aspiración digna de elogio, qué duda cabe. La renovación de la política evoca no solamente la crítica y la reforma de las prácticas asociadas con la política corriente, o la configuración de un nuevo estilo de vida para los agentes políticos, sino también la transformación de las ideas que acompañan y a veces orientan (o esclarecen) el curso de la acción política. No es posible renovar la política sin remover el campo de las ideas.

A pesar del natural escepticismo que los interesados en el tema asumen cuando dirigen la mirada sobre nuestra decrépita y convulsionada escena política – movimientos políticos con un exclusivo interés electoral, caudillismo, nula discusión ideológica, etc. -, es posible percibir entre la juventud, tanto en el campus como en la blogósfera, un creciente entusiasmo por pensar la política desde sus raíces e intervenir de una manera intelectualmente vivaz en el mundo de la política. La reflexión sobre la política no es vista más como una herramienta retórica que acompaña la mera “administración de las cosas” o como vana “superestructura ideológica”, sino como el lugar en el que se pone de manifiesto la inteligibilidad de nuestras acciones y el sentido mismo de lo político. Se trata de examinar y dejar atrás los viejos dogmas y slogans vacíos y de enfrentar una realidad que se resiste a adaptarse a los moldes de antaño.

Creo que se está haciendo un trabajo interesante – aunque estos esfuerzos permanezcan en una situación de aislamiento, y no guarden conexión con las fuerzas políticas existentes (quizás no tendría mayor sentido establecer dichas conexiones, dado el estado de precariedad de nuestras agrupaciones políticas, y su evidente desinterés por los fundamentos) -, tanto entre los llamados “neo-conservadores” como entre los “jóvenes izquierdistas”. Los primeros están abandonando los esquemas tradicionales de una “cosmología moral y política” de tipo confesional, los segundos procuran sacudirse del yugo del marxismo ortodoxo. Ambas formas de liberación conceptual constituyen batallas decisivas para renovar realmente la política desde y con el pensamiento.

Los nuevos conservadores están tomando una clara distancia racional de la postura “reaccionaria”, que encontraba en el proyecto de cristiandad su fuente de inspiración primaria. La vigencia del Estado confesional católico, y aún el recurso a la Fuerza Armada como “actor político” puntual, sujeto de un singular “destino”, artífice (y también verdugo) de gobiernos y caudillos. En una visión completamente distinta, dirigen hoy su atención al análisis del funcionamiento y la calidad de las instituciones, siguiendo en parte la tesis hegeliana de que la eticidad (Sittlichkeit), el sistema de instituciones como mundo ético, constituye el ser-ahí de la voluntad libre.

Los jóvenes izquierdistas han roto con el estrecho catecismo secular del materialismo histórico y el materialismo dialéctico; han afrontado una forma de conversión moral hacia las causas democráticas. Han encontrado en el corazón de la ética liberal (derechos humanos, justicia distributiva, participación cívica, libertades políticas) la matriz espiritual para el cuestionamiento de los viejos dogmas. Ha abandonado el ideal revolucionario – por su potencial violento y excluyente – en nombre del camino de las reformas democráticas. Ha superado la referencia retórica al “pueblo” por la invocación pluralista a la ciudadanía y a su capacidad de deliberación. Un gran cambio, motivado por la meditación sostenida en torno a los sucesos de 1989. Este peculiar giro teórico y político puede ser interpretado desde canteras hegelianas, en términos de la atención a la dinámica del reconocimiento (particularmente en materia de interculturalidad, género e inclusión social y política). En uno y otro caso, esta lectura de Hegel precisa de una encarnación en nuestro mundo circundante intuitivo.

Es desde todo punto de vista saludable esta vocación de cambio, aunque éste opere todavía en contados espacios, especialmente en la Academia y no haya asumido todavía algún rostro político claramente definido; nuestro sistema político todavía cuenta con grupos que representan a una derecha y a una izquierda francamente cavernarias. No obstante, esta interesante renovación intelectual podría asumir una encarnación puntual en el futuro.

domingo, 1 de agosto de 2010

EN TORNO A LA VALORACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS







Gonzalo Gamio Gehri


Me llama mucho la atención el “arduo” trabajo que realizan los 'anónimos' en mi blog. Una de las cosas que más me asombra es el esfuerzo que despliegan para encubrir su identidad, cuando resulta tan fácil reconocer quiénes son – por su redacción, su ortografía, sus calificaciones recurrentes, sus obsesiones, los diarios que citan, etc. -, cuáles son sus blogs , etc. En fin, esos son detalles que quedan para la anécdota, para las reflexiones de sobremesa. Finalmente, eso no es tan importante, me figuro, para el lector. Lo que me resulta sorprendente es la acusación recurrente de que quienes valoramos los derechos humanos en el plano del concepto y en el de la práctica somos “activistas fanáticos” que predicamos la “intolerancia” y el “pensamiento único”, que imponemos una “ideología”. En fin, la observación es cacofónica y poco original. También se la puede encontrar en las “Chiquititas”, las “Carnecitas” y en un sinnúmero de monocordes columnas en los diarios de ultraderecha. Sobre este tema quisiera decir un par de cosas hoy.

Mi respuesta es clara. Me parece que tal acusación es conceptualmente defectuosa y revela una grave falta de información hisórica. Para empezar, los derechos humanos constituyen una categoría que es fruto de la cultura política liberal, una categoría que tiene su origen en la necesidad de establecer mecanismos legales y políticos que conjuren los males generados por las guerras de religión en los siglos XVI y XVII. Se trata de herramientas propias de la razón pública que procuran proteger a los individuos en su vida, libertad, propiedad, etc., de modo que puedan coexistir pacíficamente en sociedad. No es una construcción “marxista” o “socialista” (de hecho, muchos marxistas ortodoxos del pasado – y del presente – han sostenido que se trata de los “derechos del hombre burgués”). No obstante, se trata de una concepción que busca convertirse en un universal concreto, que pueda generar un sistema de normas e instituciones que cuente con el respaldo de diversas doctrinas morales, religiosas y sociales – en términos de lo que John Rawls llama un ‘consenso superpuesto’ -, y de movimientos de distinto signo político. Si la izquierda ha profundizado en esta categoría y en sus consecuencias en el espacio público, esto no constituye un obstáculo para que, por ejemplo, grupos de derecha o incluso conservadores 'blandos' no pudieran asumir el discurso y la práctica de los derechos humanos. Deberían hacerlo. Si la derecha peruana ha asumido casi en bloque una actitud hostil frente al discurso y la práctica de los derechos humanos – incluso próxima a la defensa de la impunidad - ello revela el sentido de su agenda política, y en muchos casos, simple indiferencia frente al destino de las víctimas.

Es curioso que, cuando uno pregunta al académico conservador cuál es su objeción fundamental al discurso y a la práctica de los derechos humanos – la razón por la que afirma que “no existen” – la respuesta pretende ser ‘filosófica’. Se nos dice que los derechos humanos se fundan en una “metafísica densa” que presupone la idea ilustrada de razón científica, una antropología atomista, una comprensión mecanicista de la naturaleza e incluso, de la sociedad y de la historia. Es decir, una versión moderna, racionalista, del derecho natural. Uno no sabe si tomar en serio esa objeción, porque equivale a sostener que si uno cree en los derechos humanos está obligado a ser un kantiano ortodoxo o un contractualista clásico. Como si la discusión académica se hubiese detenido en los siglos XVII y XVIII, y no existiesen otras posibilidades de justificación filosófica. No debería sorprendernos, si muchos de estos censores de la modernidad política plantean como alternativa el retorno al Estado confesional o al Antiguo Régimen con todas sus formas de discriminación y violencia. Uno siente la tentación de recomendarles a estos críticos bibliografía reciente sobre el tema. Porque es posible encontrar buenas justificaciones de los derechos humanos en clave pragmatista, hermenéutica o postmoderna, o lecturas centradas en las capacidades, en el sentido de Nussbaum y Sen. Es absurdo pensar que quien defiende los derechos humanos tiene que ser necesariamente un iusnaturalista ilustrado.

Pero estos objetores no están buscando un cambio de ontología. Si observamos sus escritos sobre temas públicos, veremos que su crítica a la metafísica moderna, al laicismo, al individualismo, etc., parece tener su correlato práctico local en su rechazo a la recuperación de la memoria, la defensa de los derechos de las víctimas, etc (curiosamente, combinan esta vocación por el olvido y por la impunidad con una presunta preocupación febril por el rigor religioso, combinación bastante contradictoria, la verdad); son los que defendieron la Amnistía en los noventa, y comandaron la campaña mediática contra la CVR y el gobierno de transición. A veces, ellos intentan responder a este cuestionamiento arguyendo que quienes defienden los derechos humanos en el Perú intentan imponer una forma puntual de memoria histórica (el Informe de la CVR) sobre otras posibles. Sin embargo, ellos no han elaborado una investigación detallada sobre el asunto (de hecho, se opusieron a toda exploración de la tragedia vivida). La CVR aportó un estudio interdisciplinario, riguroso, sobre los años del conflicto interno; allí están los testimonios, el diagnóstico, sus conclusiones y recomendaciones. Cuando les pedimos a los políticos y académicos conservadores un pronunciamiento claro sobre el Informe Final, terminamos dándonos cuenta de que simplemente ¡No lo han leído!

En fin. Lo he dicho varias veces. Pienso que el respeto de los derechos humanos constituye un signo de civilización, un valor que tendría que trascender cualquier tipo de cantera ideológica, de derecha o de izquierda. Pienso que el discurso y la práctica de los derechos humanos constituyen herramientas sociales sólidas y eficaces para promover el bienestar y las libertades de los individuos y las comunidades, y reducir el sufrimiento. Pienso que estos derechos pueden convertirse en foco de un consenso intercultural en esta materia. Que no necesitamos comprometernos con el iusnaturalismo medieval o moderno para suscribir los derechos humanos. Y que contamos con todos los recursos conceptuales para reconocer la manipulación interesada de este discurso (p.e., el caso de Bush en Irak). Defender estos derechos – una especie de ‘mínimo normativo’ básico para la convivencia local y global – no me parece un asunto que encienda fanatismos de viejo o nuevo cuño. Me da la impresión de que se trata de una expresión secular de una preocupación elemental por el prójimo.



sábado, 3 de julio de 2010

LA OFENSIVA EXTREMISTA (EN TORNO A UN ARTÍCULO DE A. ADRIANZÉN)


Gonzalo Gamio Gehri


Hace días Augusto Álvarez Rodrich y José Alejandro Godoy han escrito acerca de una “ofensiva conservadora”, que aviva el mito del “terrorismo anclado en la UNMSM” para debilitar la Universidad, y se organiza mediáticamente para combatir a la PUCP e intentar minar su pluralismo y su autonomía; son los mismos actores que buscan allanarle el camino a la controvertida candidatura de la dinastía Fujimori. Hoy Silvio Rendón escribe una aguda nota crítica - en el primer punto de su último post - contra el “revelador” artículo de Monseñor Cipriani – Tú eres Pedro – publicado en El Comercio, el nuevo “buque insignia” (para utilizar una imagen recurrente entre los neoconservadores criollos) de los sectores abiertamente contrarios a la PUCP (Rendón sostiene severamente que, a partir de lo leído, para JLC, "aceptar a su encargado en la administración de la PUCP equivale a 'dejar entrar a Cristo'”). Hoy, también, Alberto Adrianzén publica en La República El Fascismo en el Perú, texto en el que denuncia la intolerancia, el racismo y la vocación por la violencia que se profesa en el discurso mediático y cotidiano de la ultraderecha peruana.

Adrianzén comienza evocando una escalofriante conversación en Facebook, presuntamente entre un padre y su hijo:

"Hijo: “Feliz día, viejito! Solo me queda agradecerte por el apoyo incondicional que me das día a día, por eso eres el mejor viejo desde mi punto de vista. Y ya sabes viejo: haz patria y mata un caviar”. Padre: “Gracias, hijo del alma. Eres mi orgullo y mi felicidad. Te amo. (No es necesario matar ‘caviares’ para hacer patria, basta con combatirlos y derrotarlos con ideas”.

Luego evoca las ofensivas expresiones de una nota de Expreso en la que se queja contra el importante comunicado firmado por 300 académicos extranjeros a favor de la PUCP – sin duda un duro golpe contra el fundamentalismo religioso y político que opera en el Perú[1]. -. Allí la nota destila virulencia religiosa completamente ajena a una cultura democrática (“¿Qué pensaría Riva Agüero de esta carta encabezada por un agnóstico?”, sostiene en referencia a Vargas Llosa), e incluso apela a un sórdido antisemitismo, al evocar de manera hostil al origen judío del Dr. Salomón Lerner, Rector emérito de la PUCP y defensor de los DDHH. En fin, Adrianzén cita también el lenguaje violento y agraviante que usa Aldo Mariátegui para satanizar a quienes discrepan con él (y sus completamente desorientadas “reflexiones” sobre el concepto liberal de sociedad civil).

“Seguramente, otros ejemplos se podrían citar. Sin embargo, me interesa llamar la atención sobre el creciente clima de intolerancia fascista y el despliegue de una cultura que promueve el racismo y la muerte como opciones principales. Es el hijo que le dice amorosamente al padre: “mata a un caviar”; es Expreso “acusando” a Salomón Lerner F. de judío; es el director de un diario que cree que aquellos que no piensan como él son una manga de idiotas y comunistas. No es extraño que Oliver Starck, columnista de Perú 21, publicara un artículo (26/4/10) en el cual no solo hacia una abierta defensa de Riva Agüero como fundador del fascismo en el Perú (“Riva Agüero fue, efectivamente, un devoto de Benito Mussolini”) sino también del fascismo mismo. La idea de que es posible asesinar al otro distinto (sea de izquierda, caviar o “progre”) no es una simple metáfora o un juego de palabras. Es una propuesta política. El otro dato es que esta ofensiva fascista la promueven impune e impúdicamente algunos medios”.

Por supuesto, el uso del término “fascista” requiere una discusión académica rigurosa, para evitar incurrir en etiquetas poco precisas (lo mismo sucede con el indeterminado rótulo "caviar"). Recurrir a la historia de las ideas será importante. Es altamente probable que el término se esté usando de manera quizás más coloquial, aunque las alusiones a los extravagantes artículos de Oliver Stark señalan la existencia de ciertas tendencias filo-fascistas en nuestro país[2]. Las agudas reflexiones de Adrianzén, sobre cómo estas actitudes y slogans combinan de manera perversa el racismo, el antisemitismo, la violencia y la obsesión por el "orden y las jerarquías" son absolutamente pertinentes, pues se está denunciando una situación real, más allá de la corrección histórico - ideológica (o no) del uso de esta noción. Este cuestionable fenómeno no es nuevo. En algunas páginas de Facebook se plantean diversos intentos de “rescate” del movimiento de Luis A. Flores en busca de "inspiración" (¿?), y florecen delirantes espacios monarquistas y autoritarios. Otros prefieren asumir posiciones próximas al militarismo "duro" y al ultramontanismo. El gobierno ha asumido una actitud complaciente - por decir lo menos - con la ultraderecha, piénsese, sólo por poner un ejemplo reciente, en la cancelación de la residencia del Hermano John Mc Auley, así como en las delirantes acusaciones de parte de la bancada aprista contra sacerdotes católicos defensores de las comunidades y del medio ambiente contra las mineras, entre los que se cuentan el obispo Turley y Paco Muguiro. Y los sectores “mercantilistas” en la prensa – los falsos liberales – coquetean reiteradamente con esta forma pintoresca de extremismo político. Es efectivamente una situación preocupante, que debe ser atendida a través de la crítica racional y el debate público. Como en el caso de la extrema izquierda, es necesario discutir (y refutar) la entraña violenta y discriminadora de la ultraderecha. El Perú necesita una derecha y una izquierda democráticas, bien dispuestas a la confrontación de las ideas.

“No estamos, por lo tanto, solamente frente a una ofensiva conservadora, encabezada por personajes vestidos de frac o de sotana y con olor a naftalina. Lo curioso de todo esto es que aquellos que la promueven, se dicen modernos (y hasta liberales), defienden a capa y espada al mercado, a las actuales políticas neoliberales, a la globalización, pero también al fujimorismo, a los violadores de los DD.HH., al militarismo y al cardenal Cipriani representante de esa cultura franquista llamada Opus Dei. Por eso me pregunto si es posible construir un país y una democracia para todos, cuando no se tiene una derecha moderna (tampoco una izquierda) y sí, más bien, una banda de matones fascistas y de “buenos muchachos” al momento de hacer negocios”.

El texto que comentamos es evidentemente polémico, pero toca un tema sin duda sensible: el lenguaje de la violencia prospera en diferentes sectores, y en ambos extremos de la escena ideológica. Aunque sus cultores no sean numerosos, es preciso estar alertas, pues cuentan con cierto poder e influencia sobre una parte de la opinión pública.


La imagen viene de aquí.



[1] Véase las destempladas e inargumentadas reacciones de Martín Santiváñez en Correo, quien ridículamente llama "cananeos", "filisteos" y "súcubos" a los defensores de la autonomía de la PUCP . Sin embargo, sus fans del monarquismo - Facebook dicen que su raquítica nota es "genial". Muy gracioso, la verdad.

[2] Es sabido que O.Stark No es el único que ha “celebrado” expresamente los posibles vínculos entre Riva-Agüero y el fascismo; sólo basta echar una mirada a los diversos lugares “reaccionarios” en internet para constatar el esfuerzo por establecer conceptualmente esa presunta vinculación.

sábado, 22 de mayo de 2010

CASO PUCP: ARTÍCULO DE LUIS BACIGALUPO EN TORNO A UNA ENTREVISTA DE 1997





El fragmento de la entrevista que le hizo el periodista Patricio Ricketts a Juan Luis Cipriani en 1997, que se puede ver en YouTube, revela intenciones y rasgos de la personalidad del hoy cardenal de la Iglesia católica que merecen comentarse (Por Luis Bacigalupo).


REFLEXIONES SOBRE UNA ENTREVISTA


Luis Eduardo Bacigalupo [1]


Como es costumbre, sobre todo tratándose de personajes públicos, el contenido de las entrevistas suele pactarse previamente. Es razonable suponer que Ricketts y Cirpiani conversaron acerca de los temas a tratar y las preguntas que se irían a plantear.
El arzobispo empieza haciendo referencia a la educación, menciona la reunión del CELAM de Santo Domingo, pero no puede avanzar en el desarrollo de sus ideas porque Ricketts lo interrumpe con una repentina mención a la Pontificia Universidad Católica del Perú, y a una supuesta indicación que habría dado "un cardenal" a la Universidad para no ser mencionado en relación con ella. Esta referencia a la Universidad no fue casual. La sonrisa del arzobispo cuando alude a la historia de la institución y el hecho de que mire sus apuntes para responder delatan la complicidad. Su respuesta es esquemática: reduce la historia de la PUCP a la fundación por parte de Dintilhac y a “la interrupción del status” que atribuye a Velasco Alvarado.

¿En qué consistía para Cipriani el status de la PUCP? Dice expresamente que había una “dependencia directa del Canciller” que se habría perdido; pero no se toma el trabajo de explicar qué significa eso según los estatutos de cualquier universidad católica.

Conviene destacar que la Constitución Apostólica Ex Corde Ecclesiae, que regula el funcionamiento de las universidades católicas, se había promulgado en 1990, de modo que era perfectamente esperable que en 1997 un arzobispo que iba a hablar en la televisión sobre una universidad católica conociese ese documento. En él se señalan claramente cuáles son las funciones de los obispos en toda universidad católica —en el caso de la PUCP las funciones de su Gran Canciller—, a saber: promover a la institución, participar de la vida institucional como un miembro más, animar el trabajo creativo de los teólogos y dirigir o aprobar la pastoral universitaria. El único derecho que le confiere a los obispos la Ex Corde Ecclesiae es el de vigilar el carácter católico de las universidades en sus diócesis.

Nada de lo señalado en la Ex Corde Ecclesiae respecto de las funciones del Gran Canciller ha estado ausente en la vida institucional de la PUCP, ni antes ni después de Velasco Alvarado. De modo que, cuando Cipriani menciona en la entrevista “el bendito sistema de la expropiación y todo el asunto” (sic), sólo puede estar hablando de la propiedad (ya que según él se trató precisamente de una expropiación), en medio de un abierto cuestionamiento del carácter católico de la institución. No me cabe duda de que sus tautologías: “si es pontificia, es pontificia y si no es pontificia, no es pontificia” sólo se pueden interpretar como una puesta en duda de la catolicidad de la PUCP. Claro, luego dice que no se trata de peleas; pero añade explícitamente que se trata de dividir a la asamblea universitariay, por ende, a la comunidad que él, hoy, en su función de Gran Canciller, debería promover como pastor y no hostigar como enemigo.

La mayor falsedad de la entrevista es la frase: “la Iglesia se quedó sin universidad”. Valdría la pena refutar esa afirmación explicando qué significa que una comunidad universitaria sea parte de la Iglesia católica y qué ha significado y significa la PUCP para la Iglesia peruana. Pero después de proferir esa afirmación —por lo demás, mezquina—, Cipriani vuelve a mirar sus apuntes y dice que “no es un problema de querer recuperar” la universidad (nótese el gesto muy significativo de su mano cuando pronuncia la palabra recuperar). Entonces Ricketts lo vuelve a interrumpir, haciéndole perder el hilo, por lo que el arzobispo cae en la flagrante contradicción de decir que la tarea (la suya desde luego) sí es recuperar la PUCP, y no resiste la tentación de añadir, con una típica sonrisa de amenaza, que para ello “hay muchos mecanismos”.

En ese momento Ricketts cambia el tema y le pregunta a Cipriani por el aporte que podría dar la Iglesia a la formación del magisterio, cosa que el entrevistado aprovecha para lanzar una pequeña pastilla ideológica, que al público entendido le recuerda el lenguaje del fascismo católico.

Luego viene una pausa y la entrevista prosigue de una manera muy interesante, que yo llamaría casi providencial. Ricketts pasa a la segunda cuestión acordada con su entrevistado, que es mostrar a la opinión pública el “abandono” en que el Estado peruano tiene a la Iglesia católica. Es curioso que el enemigo declarado del comunismo presente en la televisión su pliego de reclamos: mejores sueldos para los arzobispos, alguna mejora también para los obispos y los curas, “repuestos” para los templos, en una palabra, mayor subsidio del Estado, porque “no puede ser” que su sueldo sea tan bajo. El arzobispo lamenta que para subsistir tenga que “estar pasando el sombrero por todos lados”. Y en ese contexto nos dice: menos mal que “tengo amigos”.

Sólo al final de la entrevista se acuerda Cipriani de que “la Iglesia desde la antigüedad ha vivido de la caridad”; pero nótese que, sintomáticamente, el arzobispo hace un uso vulgar de la palabra caridad, un concepto teológico tan importante para el magisterio eclesiástico y para la vida cristiana. Digo que esta segunda parte de la entrevista es providencial porque muestra con absoluta claridad que la preocupación principal de Cipriani, desde hace más de una década, es el financiamiento exiguo de las obras de su diócesis. Si para eso sirve "recuperar" una Universidad próspera que nunca fue suya, sin importar qué “mecanismos” se pongan en marcha, entonces me imagino que, a quienes no estaban avisados, esta entrevista puede haberles revelado mucho acerca del cardenal como pastor y como persona.

Mira un fragmento de la entrevista a Juan Luis Cipriani en 1997.


[1] Filósofo y especialista en la relación entre fe y conocimiento.

sábado, 6 de febrero de 2010

OPOSICIONES CUESTIONABLES: UNIVERSALISMO ÉTICO Y PERTENENCIA




Gonzalo Gamio Gehri


El mundo de los debates conceptuales está lleno de oposiciones burdas e imprecisas. De todas estas oposiciones, una de las más perniciosas y forzadas es aquella que declara (precipitadamente) el antagonismo sin solución entre el universalismo – bosquejado a menudo desde la cultura de los derechos humanos, a veces desde la "globalización" – y los bienes de la pertenencia comunitaria o cultural. Los sectores más conservadores no se cansan de sostener que lo que necesitamos es constituir ‘identidades culturales monolíticas’; ellos deslizan la desafortunada y absurda idea (evidentemente no justificada) que la promoción de los derechos humanos en clave liberal es en sí misma nociva, y que incluso es tan negativa como la violación de los principios que consagra.

Hace años – en el contexto de un Congreso de filosofía en la PUCP – Martha Nussbaum recordaba el caso de Metha Bai, una joven madre de la India, que recientemente había enviudado. Sus parientes políticos no le permitían salir a trabajar, porque las tradiciones de su localidad restringían la esfera de actividades femeninas al hogar y el cuidado de los hijos. Si ella intentara salir de casa, sus cuñados la golpearían. De momento, ella y sus hijos eran mantenidas por su padre. Pero ella temía que en un futuro próximo podrían morir de hambre.

Este es un ejemplo claro de cómo las tradiciones pueden convertirse de espacios de formación de la identidad en vehículos de represión, mutilación o incluso muerte prematura. Los miembros de la comunidad no siempre podemos convertirnos en agentes de crítica cultural y cambio social (en muchos contextos culturales, p.e., la mujer se ve excluida del espacio de discusión). Quienes detentan el poder se convierten a menudo en quienes dictan artificialmente qué costumbres y qué valores cuentan como sagrados, y cuales no. Los potenciales afectados por sus decisiones no tienen cómo protestar. de hecho, no existen espacios en los que, por ejemplo, las mujeres de algunas comunidades africanas puedan emitir un juicio informado acerca de aquello de lo cual sus hijas se verán privadas si se les practica la clitoridectomía. "Eso es lo que nuestra cultura hace" no es una respuesta convincente para quienes se preguntan si determinadas prácticas tradicionales son justas o no. Es curioso que muchos tradicionalistas defiendan este recurso acrítico al “ethos” apelando a los típicos argumentos del llamado “relativismo cultural”.

Esta dicotomía infecunda se plantea completamente cuando se sugiere que la única alternativa a la inmediatez de la costumbre es la imposición externa de una “universalidad abstracta” (el sistema de derechos, por ejemplo) - de una supuesta "racionalidad desvinculada" -, que en realidad sería la encarnación de una cultura puntual que se ha tornado “imperialista”. La globalización del american way of life, por ejemplo. Entonces enfrentamos sin más una comprensión esencialista y tribalista de la identidad cultural con la cultura de los derechos como abstracción.

Voy a concentrarme en el campo teórico, y dejar el elemento político para otra ocasión. El caso es que se han ensayado diversos intentos de mediación entre la remisión al ethos y el universalismo ético, al menos desde Hegel (un autor que los partidarios de la "tradición" deberían conocer mejor; p.e., sus argumentos contra el fundamentalismo en sus diferentes versiones). Autores contemporáneos como John Rawls, Michael Walzer, Jürgen Habermas han planteado teorías muy interesantes sobre el tema; en nuestro medio, Miguel Giusti ha escrito un importante e influyente libro sobre este problema, Tras el consenso. Allí se plantea de una manera aguda y original la posibilidad de un consenso dialéctico que articule la fortaleza de los argumentos de neoaristotélicos y universalistas sobre la justicia y la buena vida.

Estos diversos proyectos de mediación buscan, por ejemplo, poner de manifiesto que el ‘lenguaje de los derechos humanos’ puede ser la expresión de una suerte de consenso intercultural normativo (como se sabe, la Declaración de 1948 fue fruto de una serie de discusiones por parte de usuarios de diversas culturas y experiencias políticas); creo que este camino debería ser transitado más a menudo, y que la discusión sobre la legitimidad de este lenguaje ante otras culturas – p.e., en temas como la situación de la mujer – podría ser provechosa en la teoría y en la práctica.

Otra perspectiva interesante es la de M. Nussbaum, una derivación del enfoque de las capacidades de Amartya Sen. Nussbaum sostiene que sólo podemos hablar de una vida de calidad – o de “desarrollo humano” – cuando los individuos tienen la posibilidad de cultivar ciertas capacidades indispensables para llevar una vida plena. Elaboró una lista sobre la base de trabajos de campo y discusiones con especialistas de diversas culturas y áreas del conocimiento. La lista es la siguiente:

Vida.

Salud física.

Integridad física.

Sensibilidad, imaginación, pensamiento.

Emociones.

Razón práctica.

Afiliación.

Otras especies.

Ocio y juego.

Control sobre el entorno (político y económico).


Nussbaum insiste en que la manera de llevar a cabo estas capacidades y áreas de actividad depende también de la interpretación cultural, pero estas capacidades tendrían que verse protegidas para considerar una comunidad como “cualitativamente positiva”, por así decirlo. Los derechos humanos podrían ser concebidos, en esta línea de reflexión, como herramientas ético-sociales que protegerían el acceso a estas capacidades.

No es difícil darse cuenta de la cantidad de capacidades que la supuesta “tradición” y los arreglos sociales derivados de ella le son negadas a una mujer pobre como Metha Bai. Nussbaum señala que el camino de Metha Bai hacia una vida de calidad supondrá el “empoderamiento”, conocer a otras mujeres de su condición, interpelar los “valores” que las oprimen. Recordemos la importancia en la lista de Nussbaum de la razón práctica, la capacidad de elegir el plan de vida que tenemos buenas razones para valorar. La capacidad de dialogar con nuestras tradiciones, y de promover la crítica en su interior.

Me quedo aquí por ahora. Hay muchas cosas más que decir (algunas ya han sido dichas en otras entradas de este blog, otras serán discutidas más adelante). Lo que quería dejar bien claro es que la oposición absoluta entre universalismo y pertenencia dista de ser insuperable. Se trata de una “trampa teórica conservadora” - bastante endeble, como resulta obvio - en la que no tenemos porqué caer.