
NOTA INTRODUCTORIA
Gonzalo Gamio Gehri
¿La crítica del modelo moderno de racionalidad – centrado en el representacionalismo, el cálculo instrumental y el ideal de neutralidad valorativa – tiene que llevar necesariamente a sus críticos a proclamar la abolición de la democracia, la cultura de los derechos humanos y el pluralismo? ¿O es que algunos ideólogos de la crítica de la modernidad intentan “pasar de contrabando” – por así decirlo – más de lo que la crítica supone, a saber, una vuelta injustificada y poco sensata al Antiguo Régimen, al Estado confesional y al tradicionalismo? En más de una ocasión he señalado que la mayoría de los “censores” de la modernidad adolecían de una lectura unilateral de la misma: concentraban su atención en la Ilustración y su idea de una razón desvinculada, pero omitían cualquier referencia al Romanticismo y al Idealismo Alemán, y a sus esfuerzos por conciliar la autorreflexión con la pertenencia a un ethos y a una naturaleza viva (ojo, identificar el movimiento romántico con el "sentimentalismo" o la "primacía de las emociones" sólo revela el desconocimiento de algunos blogueros sobre este importante tema). El diagnóstico de MacIntyre sobre la modernidad en Tras la Virtud, por ejemplo, perdería por completo el piso si se introdujera a Hegel dentro de la narrativa filosófica propuesta en y por dicha obra.
A continuación presento el texto del profesor César Inca Mendoza Loyola, dilecto platonista y especialista en temas metafísicos y deontológicos. César Mendoza representa a una generación de filósofos de la PUCP interesada en la filosofía clásica y en la recuperación del horizonte moral de la autorreflexión. En el siguiente post defiende lúcidamente un tipo de iconoclasia que corrige desde dentro la modernidad sin postular en un craso retorno a los esquemas jerárquicos y opresivos de las viejas tradiciones.
¿HACIA UNA RECTA ICONOCLASIA?
César Inca Mendoza Loyola
I.- Iconoclastas, modernistas y conservadores
Pasa una cosa muy curiosa con la figura del iconoclasta, una figura que evoca una actitud de combativa inconformidad frente a lo establecido, ya sea en la sociedad civil, las artes, la política, la filosofía, la academia científica. El iconoclasta queda validado como el rebelde solitario (o minoritario) que se sirve de su propia lucidez para cuestionar el status de las imágenes predominantes dictadas desde los poderes que dictan lo establecido, impidiendo así el progreso de las mentalidades: romper barreras es para el iconoclasta el ejercicio más serio que puede realizar el hombre con su capacidad racional, el poder mirar hacia horizontes más amplios tras un proyectado rompimiento con los cánones ortodoxos. Pero la iconoclasia originaria apuntaba a otro tipo de reacción, una reacción contra hábitos cada vez más afianzados de veneración religiosa que, en nombre de una pretendida recta comprensión de la voluntad divina, en realidad suponían formas veladas de sacrilegio en niveles intolerables de osadía. Se trataba, pues, de una noción conservadora que se pretendía validar como parangón definitivo para los modos de vínculo entre lo humano y lo divino. La iconoclasia se proponía como la auténtica ortodoxia sobre el culto religioso.
Esta imagen contemporánea del iconoclasta como pensador/luchador que nos invita urgentemente a quebrantar las barreras que impiden el progreso real, el verdadero avance, la genuina liberación del hombre en aras de conquistar de una buena vez el rol que la Historia le ha otorgado de antemano, está presente en las más lúcidas propuestas de diagnóstico crítico sobre la Modernidad. También está presente en otras críticas menos lúcidas, y las califico así no tanto porque necesariamente haya insuficientes dosis de inteligencia conceptual en ellas, sino porque no advierten que la crítica de la Modernidad puede resultar más constructiva y afirmativa cuanto mejor reconozca su propia raigambre moderna. Aún si se denomina post-moderna, los motivos básicos para el sustentamiento y asentamiento de esta reflexión crítica provienen de esa amalgama rica y muchas veces paradójica que denominamos pensamiento moderno (o filosofía moderna). Vattimo, por ejemplo, nos ha dado un robusto ejemplo de esta línea de reflexión al proponer la kenosis (vaciamiento del propio ser) como una renovadora vía de entrada hacia el ideal cristiano de solidaridad, y con ello, un nuevo modo de comprender los niveles de validación de todo discurso humano. La misión redentora de Cristo exigía de él mismo una Encarnación que suponía un descenso radical desde las inalcanzables alturas del ser divino, a fin de que él pudiera padecer su terrible y significativo sacrificio desde su carne humana. Ampliando esta línea de reflexión hacia una dimensión hermenéutica más global, resulta que el sentido de todo discurso humano deberá orientarse hacia un “descenso” similar, un vaciarse de su propia tendencia a validarse desde los principios básicos de su paradigma articulador a fin de posibilitar un diálogo abierto (incluyendo tensiones llevaderas y confrontaciones bien llevadas) con otros discursos articulados desde paradigmas distintos. Esos paradigmas de los otros discursos nos son ajenos, pero nos puede unir esa capacidad de poder ir más allá de las tendencias conservadoras recurrentemente promovidas por cada ethos particular para vaciarse de dichas pretensiones en aras de un acercamiento hacia lo otro.
II.- Una defensa de la autorreflexión moderna
La racionalidad moderna ha adolecido y sigue adoleciendo en proporciones geométricas de actitudes monolíticas y líneas de acción unilaterales en nombre de una frontal instrumentalización de sus concepciones abstractas de libertad, justicia e igualdad. Ésta es una piedra de toque que nos apela continuamente en las reflexiones y debates académicos que salen continuamente a colación. ¿Qué tipo de iconoclasia podría ser el adecuado? Un tipo puede ser visceral y apabullante, acorde con la imagen del rebelde marginal dispuesto a hacer de la negativa su lema. Esta iconoclasia no reconoce matices en la ideología y los efectos de la Modernidad, simple y llanamente promueve un rompimiento con todo el bloque, y en el camino, se postula como la única alternativa válida de comprensión de la relación entre el hombre y el mundo. En otras palabras, promueve el sueño del retorno al ancien régime – lo cual supone un decisivo apartamiento del ideal de liberación del pensamiento que la había motivado en primer lugar, una posición de conservadurismo que ha de liberarnos de toda pretensión de liberación que se nos pueda ir de las manos. Esta posición critica el arbitrario y fundamentalista conservadurismo inherente al ideario liberal moderno para promover un recto conservadurismo, y en tanto recto, presto a avalar jerarquías y hegemonías (renovadas o resucitadas). Nos invita a atrevernos a seguir la tradición, pero ello supone hundir la racionalidad humana en una concepción cuadripléjica de la tradición en nombre del seguimiento del “orden natural de las cosas”. Ello puede explicar su obsesión por mostrar ejemplos sórdidos de los abusos terribles de la razón instrumental: la industria bélica atómica, la deflagración ambiental, la postergación de comunidades nativas y minoritarias, los excesos de la institucionalidad política, etc. Es cierto, el dominio de la racionalidad científico-tecnológica ha creado efectos devastadores en la gran comunidad humana, su entorno, y ha trastocado severamente varias cosas que sería mejor tener como valiosas sin mayores condiciones. Pero esta capacidad destructiva no es ajena a otras formas de racionalidad, la heterofobia que ignora y/o destruye no es exclusiva de la racionalidad moderna; de hecho, resulta más terrible en el modelo del ancien régime, porque en dicho caso, se es consciente de dicha heterofobia y se articula una justificación “metafísica” para la desigualdad desde la cual se realiza la alterofobia. Ni siquiera es exclusiva de otras racionalidades, y es de lamentar que hasta el día de hoy, so pretexto de mantener la vitalidad de la tradición se manejen esquemas exacerbados de sanción y discriminación contra grupos humanos más débiles, minoritarios, sometidos, descastados, infieles. La destrucción de las Estatuas Budistas de Bamiyan por obra y gracia del régimen afgano talibán es una declaración ostentosa de enfermiza marginación heterofóbica, apoyada en la pretensión de conocer de manera irrefutable cómo debe ser el ethos musulmán bien entendido, el encuadre socio-político perfecto para el auténtico creyente. Un ímpetu similarmente destructivo es el que empuja a los iconoclastas de este tipo visceral a pretender destruir las honras de personas que han dejado buena constancia pública de su compromiso por la libertad y dignidad en nuestros tiempos, en nuestros espacios, en la historia reciente de nuestro país.
Me permito en este punto defender el otro tipo de iconoclasia, uno más acorde con el modelo hermenéutico de la kenosis vattimiana. La clave, en mi humilde opinión, para focalizar coherentemente cualquier crítica seria contra los modos en que se ha plasmado el ideario moderno en la política, la ciencia, la cultura, la sociedad civil, el desarrollo tecnológico-industrial, etc., está en cuestionar desde dentro las maneras unilaterales en que se han aplicado y justificado el predominio de la razón instrumental, la burocratización de la vida pública y el asentamiento de determinadas hegemonías a través del fenómeno de la globalización. La crítica debería hacerse desde dentro porque de ahí se deriva todo un abanico de posibilidades para el paradigma de la solidaridad, una faceta de la Modernidad que no ha tenido todo el peso que debiera a lo largo de los últimos siglos pero que ahora estamos en posición de explotar. Me refiero a la faceta de la autorreflexión, entendida no ésta como la autoafirmación justificadora del sujeto moderno originario, sino como la capacidad del hombre, como individuo y como ethos viviente, de repensar sus propios parámetros y paradigmas a fin de tomar una razonable distancia hipotética frente a sí mismo en aras de aclara sus propias prácticas de apertura hacia y comprensión del otro. Lejos de añorar el modelo del ancien régime, esta iconoclasia aspira a toda costa a mantener niveles de equidad en el contacto entre modos de pensar heterogéneos, priorizar con el máximo sigilo posible el esquema de la solidaridad por sobre el esquema de la objetividad (usamos ahora un vocabulario rortyano). Nada de esto garantiza la imparcialidad usualmente deseada en este tipo de empresas, y de hecho, solo se puede caer en la cuenta de que dicha imparcialidad es imposible, y es justamente desde esta advertencia que se pueda desarrollar el glorioso legado de la libertad moderna de manera constructiva y dignificante.
Denunciar la ingenuidad (muchas veces completada con malicia) de esta aspiración a la imparcialidad no debería necesariamente implicar una demolición radical del ideario moderno para luego recuperar modelos pre-modernos e instaurarlos sobre las ruinas de aquél; denunciar el sueño de la imparcialidad puede también significar la revalorización y fortalecimiento de la autorreflexión como base compartida para el diálogo entre culturas y comunidades, diferentes entre sí pero igualmente comprometidas con el mundo en el que todas ellas viven. Criticar las malas aplicaciones de una parte predominante del ideario moderno es una actividad de genuino compromiso con el otro que me apela desde su alteridad, eso es lo que sucede cada vez que se defienden causas de preservación del medio ambiente, de idiomas y significados propios de comunidades minoritarias, de ampliación de las condiciones para una auténtica democracia, de convivencia intercultural, etc. ¿No es éste el uso público de la razón que formaba parte integral del ideal kantiano de la Ilustración? Pocos autores tan emblemáticos como Kant salen a relucir cada vez que hacemos evaluaciones críticas de los iconos morales y políticos de la Modernidad, y sin embargo, en el seno mismo de su obra encontramos una base sólida para proyectarnos hacia una crítica constructiva de una manera incorrecta de entender y concretizar dichos iconos. Cuán lejos estamos nosotros de confiar ciegamente en los modelos de ciudadano y ser racional que atravesaron las teorías ética y política kantianas, pero no necesitamos ignorar su faceta más creativa en nuestra empresa crítica de los resultados específicos del proyecto moderno. Si existe algo así como una recta iconoclasia, ¿no sería ésta la vía desde la cual elaborar todas sus posibles variantes?, ¿no sería ésta la estrategia más inteligente para evitar toda tentación de heterofobia? Me siento tentado a responder que sí, pero prefiero dejarme a mí mismo en un cierto nivel de incertidumbre respecto a esta pregunta, la cual dejo servida para quienes tengan a bien prestar algo de su tiempo a la reflexión expuesta aquí.
Imagen tomada de aquí.