martes, 23 de agosto de 2016
SOCIEDAD CIVIL: UNA APROXIMACIÓN CONCEPTUAL
jueves, 31 de diciembre de 2015
OPINIÓN PÚBLICA Y CALIDAD DE LA POLÍTICA. APUNTES
viernes, 21 de agosto de 2015
APUNTES SOBRE UNA CANDIDATURA Y LA ESPERANZA POLÍTICA
(Aparecido en la columna virtual La periferia es el centro del diario La República)
jueves, 6 de agosto de 2015
DEMOCRACIA Y ESTADO LAICO. BREVES CONSIDERACIONES DESDE LA FILOSOFÍA PRÁCTICA
(Aparecido en la columna virtual La periferia es el centro del diario La República)
lunes, 29 de septiembre de 2014
DEMOCRACIA LIBERAL Y ÉTICA DE LAS COMUNICACIONES
domingo, 25 de mayo de 2014
SOCIEDAD CIVIL Y BIENES COMUNES
lunes, 11 de noviembre de 2013
CUESTIONES DE ÉTICA CÍVICA Y ÉTICA PÚBLICA (ESQUEMA)
Gonzalo Gamio Gehri
jueves, 11 de julio de 2013
IMPRESIONES SOBRE "ESTADO DE MIEDO" DE P. YATES
lunes, 2 de mayo de 2011
ESPACIOS DE VIGILACIA POLÍTICA Y CIUDADANÍA

Gonzalo Gamio Gehri
La identificación de la injusticia activa y el reconocimiento de la injusticia pasiva son operaciones éticas suponen una disposición para la reflexión y el examen crítico que permite al ciudadano permanecer alerta frente a las debilidades de las instituciones y sus representantes, pero esta héxis también le permite asumir una posición vigilante y severa respecto de sus propias debilidades en materia de control del poder político y observancia de las exigencias de la justicia. El ciudadano comprometido sabe que – como diría Hegel – no existe señor sin siervo, es consciente de que la corrupción y la lesión de derechos sólo puede tener lugar con el concurso de la indiferencia o de la complicidad de los agentes.
En ese sentido, las iniciativas contra la corrupción que nacen del sistema político – el propio Estado e incluso los partidos políticos que están en carrera electoral – son insuficientes, aunque sean expresión de propuestas veraces y viables en la práctica, si es que no cuestan con el respaldo de una ciudadanía activa. Ciertamente, necesitamos instituciones estatales que formulen las condiciones y reglas que garanticen la transparencia y probidad en las licitaciones, concursos públicos y contratación de personas que ejercerán cargos de responsabilidad en el sector público. Del mismo modo, se requiere un Parlamento en el que sus miembros puedan fiscalizar la gestión de las autoridades que hemos elegido. Precisamos de organismos públicos – como
Esta perspectiva nos devuelve en alguna medida al concepto antiguo de ciudadanía, que aludía no exclusivamente al “titular de derechos” sino estrictamente al agente político. Aristóteles sostenía que el ciudadano (polités) era aquel que a la vez gobierna y es gobernado[1]. Es gobernado porque obedece las disposiciones que han establecido sus representantes, y acata las decisiones que han sido tomadas en el ágora, el espacio de deliberación común. Pero también participa del gobierno, en cuanto interviene decisivamente en el proceso de elección de las autoridades y en los debates públicos que tienen como resultado la promulgación o derogación de leyes como los acuerdos en materia de políticas públicas. El ciudadano – aún en el contexto de nuestras democracias representativas modernas – puede convertirse en coautor de la ley, puede movilizarse con otros para lograr introducir nuevos temas en la agenda pública, puede vigilar y supervisar la gestión de las autoridades.
Un sentido fuerte de ciudadanía requiere de espacios de deliberación común, tanto en el sistema político como en la sociedad civil (universidades, colegios profesionales, gremios, sindicatos, organismos no gubernamentales, comunidades religiosas, etc.). Estos escenarios permiten la construcción de consensos racionales en torno a programas que expongan temas de interés común. La formación de consensos ha menudo implica superar dificultades significativas a través de la persuasión y el intercambio de argumentos. Forjar consensos es una actividad fundamental en una república de ciudadanos. No obstante, la expresión de disensos es una práctica no menos importante en un régimen político libre. En una sociedad despótica quien discrepa es diagnosticado como un “paciente con problemas ideológicos”, como un sujeto que es víctima de una doctrina falsa o distorsionada, un individuo que debe ser “corregido” por el bien de su mente o de su alma, incluso en contra de su voluntad. Los ejemplos históricos son innumerables (la inquisición en la cristiandad medieval y barroca, los regímenes fascistas y comunistas, etc.). En una sociedad democrática, en contraste, quien discrepa es un interlocutor válido en un diálogo sostenido sobre lo que es bueno y mejor para la ciudadanía; es un individuo que debe ser escuchado en cuanto recurra la palabra y exprese su disentimiento a través de los canales que establece la ley. Una genuina democracia aprecia y promueve la expresión razonable y pacífica de los disensos.
Como se sabe, la corrupción prospera allí donde se concentra el poder, allí donde el ciudadano tiende a comportarse como mero súbdito, y se conforma con “dejar hacer y dejar pasar” respecto de la conducta de las autoridades en la administración del Estado. Con frecuencia, los ciudadanos tendemos a concentrar nuestra atención en el diseño y la ejecución de nuestros planes privados de vida, o a desplegar nuestras capacidades en el mundo del trabajo y la familia. Que este ámbito constituye un auténtico espacio de realización personal es algo de lo que nadie duda. Sin embargo, descuidar completamente nuestra responsabilidad frente a lo que acontece en la escena política tiene graves consecuencias en torno a la distribución del poder en la vida pública (vease las reflexiones de Alessandro Caviglia en esta dirección). Como en su día advirtió Tocqueville, La deserción de la vida cívica implica que la cuota de poder que corresponde a los ciudadanos caiga en manos de los gobernantes y de los políticos de carrera, situación que adereza el festín autoritario y genera las condiciones para que los actos de corrupción permanezcan impunes. Como resulta claro, nada de esto ocurre sin la anuencia de los propios individuos. La perspectiva del espectador contribuye a reproducir esta deplorable situación; sólo sí los miembros de la comunidad asumen la condición de actores políticos, los casos de corrupción y de lesión de derechos fundamentales pueden ser efectivamente combatidos.
[1] Véase Política 1277b 10.
lunes, 3 de enero de 2011
UN QUINQUENIO REACCIONARIO (R. GAMARRA)

Más que un balance de la situación de derechos humanos en el 2010, conviene entonces hacer la cuenta y liquidación del quinquenio aprista en este ámbito.
Para decirlo en una frase: ha sido un quinquenio de clara tendencia reaccionaria. El Gobierno de Alan García representó la llegada al poder de un Presidente con pesadas deudas propias por violaciones de derechos humanos cometidas en su primer mandato, en las cuales está clara su responsabilidad política y queda por esclarecer debidamente su responsabilidad penal, como en el caso El Frontón. Por si fuera poco, en su segunda incursión gubernativa García se hizo acompañar por el vicealmirante Luis Giampietri como vicepresidente, también directamente involucrado en el caso El Frontón, representante del militarismo duro, desfachatado, antediluviano, y, a la vez, nexo y enlace con el fujimorismo en el seno del Gobierno.
En efecto, el alanismo recuperó y volvió a usar el lenguaje y los modos groseros del fujimorismo frente al activismo en defensa de los derechos humanos, intentando desandar lo avanzado en el periodo de la transición democrática impulsada por el presidente Valentín Paniagua y seguida con altas y bajas por Toledo. Consecuente con ello, mostró desde el principio hostilidad y desdén por la labor de la CVR, su Informe Final y sus Recomendaciones. Al mismo tiempo, promovió una atmósfera de acoso y enfrentamiento con las organizaciones que defienden los derechos humanos, los derechos laborales y el medio ambiente. Como culminación, intentó imponer una agenda de impunidad para los violadores de derechos humanos del periodo de violencia.
No necesariamente el alanismo tuvo éxito en la aplicación de este programa reaccionario. Si, por un lado, la mayor parte de las Recomendaciones de la CVR siguen sin ser aplicadas, hubo cierto avance, aunque lento y tortuoso, en lo que atañe a las reparaciones colectivas y la elaboración del Registro Único de Víctimas, sin haberse llegado aún a indemnizar individualmente a ninguna de ellas. Es verdad, por otro lado, que el Gobierno tuvo éxito en su deseo de hacer a un lado el Plan Nacional de Derechos Humanos, primero cuestionando su legitimidad y luego excluyendo arbitrariamente, hasta hace unos meses, a los organismos de la sociedad civil del seno del organismo encargado de monitorear la aplicación del Plan, que expira sin haber sido aplicado.
El conflicto social es un campo en el que el Gobierno se ha mostrado particularmente torpe.
Y si bien el Gobierno se negó en principio a la construcción del Lugar de la Memoria, y pretendió aprobar por decreto una ley de amnistía haciendo pasar gato por liebre para dar impunidad a militares y policías juzgados por gravísimas violaciones de derechos humanos, llegando en varios aspectos mucho más allá que la Ley de Amnistía de Fujimori de 1995, luego se vio obligado a dar marcha atrás en ambos casos ante la creciente resistencia de la sociedad civil y la condena sin ambages de la comunidad internacional. Cabe destacar en una y la otra oportunidad la decisiva intervención de Mario Vargas Llosa en defensa principista de la democracia y los derechos humanos.
El juicio y sentencia de Fujimori es otro caso similar: la presencia activa de la sociedad civil ante un tribunal que pudo llevar adelante un proceso que todo el mundo reconoce como ejemplar por su independencia y respeto del debido proceso, logró un triunfo histórico, aleccionador para los dictadores y violadores de derechos humanos, y de hondo contenido cívico para los peruanos. No obstante ello, es evidente que al alanismo no le gustó el proceso y menos su resultado, y que concedió privilegios y ventajas inadmisibles al ex presidente primero reo y luego sentenciado, que hacen de su prisión un alojamiento dorado. No sería de extrañar que, en algún momento del tramo que le queda en la presidencia, Alan García le dé un indulto al cual Fujimori no tiene derecho, pero que le permitiría fugar mientras se impugna la legalidad del beneficio.
El conflicto social es un campo en el que el Gobierno se ha mostrado particularmente torpe, pues ha propiciado su intensificación y multiplicación, con un aumento exponencial de la pérdida de vidas. Más de cien civiles han muerto en estos conflictos bajo este Gobierno por acción de la fuerza policial. Pero también han perdido la vida decenas de policías, como ocurrió principalmente en Bagua, resultado del manejo deleznable de una crisis que no debió llegar tan lejos. Con este Gobierno también volvimos a conocer, luego de más de una década, casos de ejecución extrajudicial por parte de un destacamento policial que dio muerte, hasta ahora con impunidad, a decenas de presuntos delincuentes comunes en Trujillo.
¿Qué nos espera en el 2011? Lo fundamental está en quién gane la presidencia. Si gana Keiko Fujimori, tendremos todo lo anteriormente descrito y muchísimo más. Si el triunfo sonríe a Castañeda, es un enigma lo que haría en el ámbito de los derechos humanos, aunque cabe temer una inclinación autoritaria. Los antecedentes de Toledo son mucho mejores, sin la menor duda, pese a sus idas y venidas. Pero lo más preocupante es la fragmentación de la sociedad civil y su incapacidad para gestar una plataforma duradera y de gran convocatoria, su vocación suicida en ciertos casos, que lleva a la liquidación de esfuerzos que cuesta tanto trabajo levantar. En este panorama, viene a ser hondamente alentador el triunfo de Susana Villarán en las elecciones a la alcaldía de Lima, pues oxigena un espacio político largamente abandonado al caudillismo autoritario hoy predominante en nuestro país.
martes, 5 de octubre de 2010
ESQUEMAS COMUNITARIOS

Gonzalo Gamio Gehri
Es común pensar que son los autodenominados “conservadores” y “reaccionarios” quienes han destacado la necesidad de recuperación de la comunidad como espacio social (y también político) de realización humana como alegato moral y como denuncia de los efectos atomizadores de la racionalidad moderna. A menudo, esta clase de invocaciones a las formas premodernas de coexistencia se cubre bajo la imprecisa etiqueta del llamado “comunitarismo”. Confieso que no estoy de acuerdo con el uso que hoy se hace de esta noción. El término fue usado – estrictamente con fines pedagógicos - en la década pasada por la bibliografía especializada, que elaboró un mapa del debate contemporáneo en ética y teoría política con el fin de introducir el tema y señalar el ‘aire de familia’ presente en las críticas de algunos filósofos a las concepciones procedimentales (véase los importantes textos de Holmes, Swift y Mulhall, Giusti y Thiebaut). Ese trabajo se llevó a cabo con rigor. En los últimos años, no obstante, creo que se viene abusando del concepto en la literatura no especializada. Lo constato en algunas publicaciones recientes sobre este tema que a veces llegan a mis manos. De hecho, los autores que suelen ser clasificados como “comunitaristas” (entre los que se cuentan Walzer, Taylor, Sandel, MacIntyre y otros) han objetado explícitamente que se use la etiqueta con ellos: hablar hoy del “comunitarismo de Walzer (o de Taylor)” resulta bastante discutible.
[1] Cfr. Sandel, Michael “La moral y el ideal moral” en Filosofía pública Barcelona, Marbot Editores 2008 p. 201.
miércoles, 31 de marzo de 2010
CIUDADANOS Y ESPACIOS PÚBLICOS

Gonzalo Gamio Gehri
I
El miércoles 24 di una conferencia en
II
Leo con preocupación que se ha suscitado un nuevio conflicto entre un sector de la jerarquía católica y un sector del gobierno. El cardenal Cipriani ha solicitado públicamente al Presidente de
Se ha dicho con razón que las políticas públicas en materia de salud no son de carácter confesional, que vivimos en un Estado laico y en una sociedad plural. El Estado legisla y diseña políticas que tienen como destinatarios a todos los ciudadanos peruanos, los que creen en una religión puntual o en otra, y los que no tienen confesión alguna. Apelar a, por ejemplo, a la idea de un supuesto "influjo real" de la Iglesia católica en la sociedad peruana no legitimaría, en ningún caso, saltar la frontera entre los dos fueros, como a veces sugieren algunos políticos tradicionales locales. Ello no significa, por supuesto, que representantes de diversas religiones no deban pronunciarse sobre temas reproductivos o temas morales de otra índole en los espacios propios de sus comunidades religiosas particulares, a través de la prédica o la reflexión teológica, o teológico-moral. Están en todo su derecho y en ejercicio de su rol. Los creyentes deliberarán y asumirán una posición personal sobre la materia (me permito recordar que la libertad de conciencia es un principio cristiano, lo digo como creyente). Sólo un arrebato conservador de mala retórica podría sugerir que ello implica condenar ese mensaje al silencio; lo único que se recuerda es que el locus de enunciación del mismo es la comunidad religiosa puntual. El problema emerge cuando una autoridad eclesiástica se pronuncia como tal y pide airada el retiro de un funcionario público. Dicha actitud es juzgada como invasiva respecto del espacio público, como un acto de presión en un ámbito completamente externo al fuero eclesiástico; una cosa es dirigirse a los creyentes en el templo y referirse al tema moral de la AOE - incluyendo criticar al ministro - y otra muy distinta solicitar ante los medios el despido inmediato de un ministro. En una sociedad democrática, ambos fueros están estrictamente delimitados, de modo que el punto de vista de una autoridad religiosa en el ámbito público constituye la respetable opinión de un ciudadano. Ya hemos discutido este tema antes desde la filosofía política - comentando un manifiesto fundamentalista bastante deficiente - y hemos sostenido que la separación de política y religión resulta beneficiosa para la salud de la política y para la salud de la propia fe.
Los temas vinculados al plano reproductivo son delicados y siempre lo serán. He comentado antes que, en principio, soy expresamente contrario al aborto por razones ético-filosóficas y también soy partidario del derecho de todos a una información completa en materia de sexualidad. También creo que esta clase de ácida confrontaciones no han considerado la distinción democrática de fueros, y no contribuyen en absoluto a generar un debate informado sobre la corrección o incorrección las políticas de salud. Creo que esta clase de incidentes sólo enturbian el panorama y soslayan el tema de fondo. El tema de fondo es 1) si la “píldora del día siguiente” es abortiva o no, si tiene efectos negativos sobre el óvulo fecundado (como se sabe, el aborto está prohibido en el Perú); 2) si las investigaciones de
Actualización:
Actualización 2:
Véase este artículo de Augusto Álvarez Rodrich sobre el aparente apoyo del Cardenal a la candidatura de Kouri, a partir de su crítica a introducir el tema de la decencia y la corrupción en el debate electoral.
El tema de la ética pública - a nuestro juicio muy personal - siempre será crucial para saber cómo votar. No podemos sino discrepar en esta materia. Necesitamos recuperar la densidad ética en la política.








