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lunes, 20 de julio de 2009

HOMERO CUESTIONADO: UNA NOTA SOBRE “LAS TROYANAS”



Gonzalo Gamio Gehri


Existen circunstancias en las que la buena literatura echa luces sobre ciertos fenómenos humanos allí donde otras disciplinas (“científicas”) parecen quedarse a medio camino. Por ello, el diálogo entre la literatura y las ciencias humanas y sociales constituye una tarea singularmente provechosa para quienes consideran impostada y empobrecedora una lectura éticamente desvinculada de la vida práctica. Las Troyanas de Eurípides constituye una obra poderosa y conmovedora sobre las miserias de la guerra. Pretende aportar una mirada cruda sobre la guerra; donde algunos observan fundamentalmente el juego de fuerzas de los intereses de poder político y económico (por ejemplo, Tucídides), Eurípides se atreve a contemplar la realidad inmediata de la guerra: pueblos arrasados, cuerpos mutilados, mujeres que se convierten en botín de combate. En contraste con quienes consideran que la comprensión de la guerra supone una operación de abstracción que permite sólo ver conflictos en el nivel de las instituciones estatales y quienes las dirigen ‘heroicamente’ (invitándonos a “suspender el juicio ético”, concebido como vano discurso. Esta posición también es atribuida – polémicamente – a Tucídides, a quien se asocia de manera mejor justificada en mi opinión, a la defensa del llamado ‘derecho del más fuerte’), Eurípides escribe desde la perspectiva de las víctimas. Consideraba, por supuesto, que esta perspectiva contribuiría a enriquecer la racionalidad política del ciudadano: recordemos la larga tradición ateniense que asociaba la katharsis trágica con el proceso educativo ético-político, la paideia.

La tragedia comienza con un diálogo entre Poseidón y Atenea ante las ruinas de Troya. La diosa pide ayuda al amo de los mares para que el retorno de los aqueos “sea amargo”. Aunque los aqueos debían tomar la ciudad – reparando el daño infligido a Zeus, patrono de la hospitalidad (xenía), y con él, al kósmos en tanto tal -, los vencedores no habían actuado conforme a las exigencias de la prudencia y de la magnanimidad. Habían asesinado a casi la totalidad de los varones, y habían sometido a esclavitud a las mujeres: convirtieron en esclavas sexuales a las jóvenes, y en esclavas domésticas a las mayores. Ni siquiera respetaron los templos, erigidos a los dioses que por igual dánaos y frigios veneraban. Cometieron hybris. Por eso a los principales jefes le espera una vuelta al hogar fatídica y miserable (piénsese en Agamenón, y su patética muerte a manos de Clitemestra y Egisto). Atenea le reserva incluso a Ulises un regreso amargo. Él, fecundo en ardides, que evitó partir de Ítaca años atrás, tardará en volver a pisar suelo patrio tanto tiempo como duró el propio sitio de Troya.

Eurípides procura mostrar aquella dimensión fenomenológica que no debemos por ninguna razón soslayar en nuestra aproximación a la guerra: la situación de las víctimas. cualquier informe sobre la guerra que elimine ese aspecto nuclear se revela meramente abstracto, además de éticamente limitado. No se trata meramente de 'daños colaterales', o del llamado 'costo social de la guerra'; si son elementos que los pretendidos "enfoques científicos" desechan sin más, es en nombre de un sinuoso pathos que es preciso describir en términos ético-políticos (en la blogósfera podemos encontrar uno que otro esfuerzo "realista", por lo general repleto de citas de oropel, pero carente de un argumento consistente y bien construido, más allá de las herramientas bibliográficas. Se hace mención a la filosofía práctica si tener la más mínima idea de su contenido). En determinados fenómenos humanos no ser lo suficientemente 'personal', "cívico" y 'local' en tus descripciones y concepciones te imposibilita comprender qué está en juego; te impide ser auténticamente "universalista" y teóricamente riguroso. Tampoco te permite percibir adecuadamente determinados conflictos prácticos. Los griegos tenían bastante claro que sin la percepción de lo particular no es posible deliberar y actuar según el correcto lógos (cfr., por ejemplo, Eth. Nic. II). Una lectura 'indolora' de la guerra es conceptualmente pobre - demasiado esquemática, unilateral - e inhumana.
Son precisamente las mujeres troyanas las protagonistas de la tragedia. Muertos sus esposos e hijos – los defensores de la ciudad -, y sorteadas cada una como esclavas de los jefes aqueos, se preguntan sino es preferible la muerte frente a ese odioso destino. O si es preciso, con todo, aferrarse a la vida y seguir adelante, incluso en condiciones de humillación y muerte social. El punto más álgido de la obra tiene lugar cuando Hécuba, madre de Héctor y esposa de Príamo, es notificada de que Ulises ha determinado el asesinato de su nieto Astianacte, para evitar que un día se hiciese mayor y tomase las armas contra los argivos. Para las mujeres de la destruida Troya, en eso se resumen las virtudes heroicas, en la aniquilación de los indefensos, en rapiña y muerte, en vanagloria. Eurípides retrata el dolor de las troyanas para mostrar la crueldad y la miseria moral que avalan explícitamente la ética homérica y el “realismo” tucídico. Ante el terrible espectáculo de la muerte y la desesperación, incluso la relación con lo divino no puede quedar intacta. Los olímpicos son descritos como seres incapaces de mostrar compasión por lo que acontece a los mortales en su raquítico mundo.



“En vano les hicimos sacrificios. Pero si un dios no hubiera
revuelto lo de arriba poniéndolo al revés, bajo la tierra, seríamos desconocidos
y no estaríamos en boca de los cantores ofreciendo tema de canto a las Musas de
hombres venideros”.
[1]

No obstante, Eurípides consideraba que sí debíamos esperar una actitud compasiva del ciudadano cultivado de Atenas. Esa actitud configura una dimensión fundamental de la razón práctica (phrónesis, prudencia) de un ser humano lúcido y bien constituido. Parafraseando a Aristóteles, la tragedia persigue educar en el discernimiento práctico al ciudadano de la pólis, pero ese discernimiento se configura a partir de la experiencia del temor y de la compasión, emociones éticas que establecen vínculos de compromiso con las víctimas. Por supuesto, quienes se perciben hoy a sí mismos anclados en la modernísima (además de artificial y altamente discutible, por tratarse de una suerte de ficción epistemológica) separación entre el “ser” y el “deber ser” pretenden rehuir el impacto de este enfoque clásico (y sus importantes consecuencias éticas); con ello pretenden legitimar una "epistémica" "imparcialidad", cuando a todas luces se pone de manifiesto la posición que han asumido sin reparos. Ellos han optado por una visión mutilada del ser. La pretendida mirada de la deidad olímpica – demasiado cósmica e indiferente respecto de nuestra precaria vida mortal -, que sólo es capaz de percibir los movimientos en el 'ajedrez impersonal' de la “(geo)política”, no está en capacidad de lograr una comprensión concreta[2] de los asuntos humanos.



[1] Eurípides, Troyanas 1242 – 5.
[2] “Concreta” en el sentido de Hegel.

sábado, 11 de julio de 2009

GUERRA Y ESCUDOS HUMANOS











INTRODUCCIÓN




Gonzalo Gamio Gehri




¿Cuando es posible hablar de guerra justa? Por lo general, en los tratados modernos sobre el tema, se han planteados dos principios bastante claros. 1) Aquel que permite distinguir con claridad entre aquellos que combaten y aquellos que no lo hacen, esto es, la población civil. 2) Aquel que determina la proporcionalidad entre los bienes y los males que producen las guerras; los bienes deben ser mayores (p.e., en el contexto de intervenciones humanitarias, campañas de liberación contra el yugo exterior, etc.) el tema es bastante delicado, puesto que estos principios (particularmente 2) están expuestos a la manipulación ideológica. Cada caso exige ser observado con particular cuidado.

Desde Agustín de Hipona, cuando menos, la observancia de 1 ha tenido especial importancia. Como Michael Walzer nos recuerda (particularmente en Reflexiones sobre la guerra), en sus reflexiones sobre si el cristiano debía o no intervenir en la guerra, Agustín - deliberando en torno a la posible tensión entre la no violencia predicada por Jesús y la necesidad del Imperio Romano de defenderse en tiempos de una aguda crisis -, constituia un poderoso imperativo que la guerra estuviese inspirada en nobles propósitos, que el cristiano no interviese en los actos de pillaje que solían acompañar a los enfrentamientos, y que asumiese la protección de la población indefensa. Tenemos obligaciones morales claras con los no combatientes.

Desde Guerras justas e injustas, Walzer ha cuestionado severamente la hipótesis según la cual en el lapso de la guerra opera una especie de "suspensión de la moral", una funesta presuposición que han suscrito un sinnúmero de autores y operarios 'realistas' que han rechazado durante décadas los preceptos vinculados a los Derechos humanos y a los acuerdos internacionales en torno a las leyes de la guerra en los casos en los que unos u otros tendrían que haber sido aplicados respectivamente. En esta oportunidad, David Villena - profesor de la UNMSM y un importante colaborador de este blog - nos presenta una interpretación de un debate filosófico-práctico en torno a la naturaleza y alcances del primer principio señalado, en el contexto de una reflexión puntual sobre el conflicto israelí-palestino. Como se sabe, el profesor Villena es un conocido filósofo analítico peruano, un joven académico progresista particularmente interesado en la tarea de pensar rigurosamente la guerra desde la cultura de los Derechos Humanos; en este post plantea un problema ético fundamental en contextos bélicos. Villena ha tenido la generosidad de pensar en este blog para publicar este artículo. Estoy seguro de que sus ideas al respecto propiciarán un diálogo interesante sobre este tema.






ESCUDOS HUMANOS




David Villena Saldaña



Mientras una misión del Consejo de DDHH de la ONU trata de determinar si hubo crímenes de guerra durante el reciente conflicto en Gaza, resulta de particular interés prestar atención a un debate entre cuyas partes se encuentra Amos Yadlin, Jefe de Inteligencia de las Fuerzas de Defensa Israelíes (IDF), y el filósofo Michael Walzer.

En mayo pasado, Avishai Margalit y Walzer publicaron un artículo que cuestiona la virtual eliminación de la diferencia entre combatientes y no-combatientes por la cual abogaría un escrito de Asa Kasher y Yadlin, en donde estos sostienen que el “soldado es un ciudadano en uniforme,” y que, por ello, sólo se justifica comprometer su seguridad en condiciones estrictamente necesarias referidas a la defensa de su patria y conciudadanos[1]. De esta manera, si se le envía a un territorio en el que su estado no tiene control efectivo y lucha con terroristas que operan en zonas civiles, resulta inmoral exigirle arriesgar la vida con el objeto de que minimice los perjuicios de la población civil. Para Kasher y Yadlin, dado este escenario, el soldado no está obligado a reparar en las bajas y daños que causen sus acciones entre no-combatientes. Serían efectos que, aunque colaterales e indeseados, no tiene el deber de impedir. Así, no obstante ser el autor, la responsabilidad de los males no es suya ni del estado bajo cuyas órdenes se encuentra, sino de los terroristas con quienes pelea.

Margalit y Walzer anotan que la lógica del argumento no está vinculada a la naturaleza del terrorismo y que, por tanto, si es válido, continuará siéndolo de reemplazar el término ‘terroristas’ por ‘combatientes enemigos.’ En este sentido, la tesis de Kasher y Yadlin afirmaría que, en caso de que “nuestro” ejército se enfrente a otro mezclado entre civiles dentro de territorios que no controlamos, la seguridad de “nuestros” soldados tiene prioridad sobre la seguridad de “sus” ciudadanos no-combatientes. Kasher y Yadlin, sin embargo, niegan esta imputación[2]. Según dicen, la nacionalidad de los civiles no es aquello que los priva de sus derechos de no-combatientes frente al estado atacante cuando son empleados como escudos por el enemigo, sino el hecho de estar en un territorio que el atacante no controla – pues si lo controlara, aun cuando no sean sus nacionales, tendría la responsabilidad de salvaguardar sus vidas e intereses, incluso en desmedro de sus propios soldados.

Pero, de acuerdo con Margalit y Walzer, si el requisito para que un estado atacante respete los derechos de los no-combatientes usados como escudos, es que se encuentren en un territorio que controle, entonces, ningún estado podrá estar en condiciones de mostrar este respeto, pues, por definición, si ataca, no controla el territorio[3].

Kasher y Yadlin sostienen, no obstante esto, que frente al supuesto hipotético de que, por ejemplo, Hezbollah tome por asalto el kibutz Manara ubicado en el norte de Israel y haga uso de no-combatientes como escudos humanos, el estado de Israel estaría obligado a no quebrantar las inmunidades y prerrogativas de los últimos sin importar cuáles sean sus nacionalidades. No habría control sobre el territorio, pero sí jurisdicción. Tal sería la razón por la cual, según Kasher y Yadlin, Israel es responsable de estas personas.

El distingo entre combatientes y no-combatientes es de orden fundamental. En él, se manifiesta la motivación del derecho internacional humanitario y la teoría de la guerra justa, ya que permite regular la conducta durante la lucha y limitar el alcance de la violencia. Hay lugar, sin embargo, para la revisión y el refinamiento de conceptos. A juicio de Margalit y Walzer, el problema con Kasher y Yadlin es que no ofrecen razones consistentes para modificar la doctrina. Pues, que los derechos constitutivos del no-combatiente, y, por tanto, su estatus mismo, se esfumen cuando un estado pelea en un territorio donde no tiene jurisdicción y en el cual el bando opuesto utiliza civiles como escudos, no es algo sólido ni persuasivo. Ya que, por un lado, la jurisdicción no es criterio moral relevante para distinguir entre combatientes y no-combatientes, y, por otro, el hecho de que el enemigo haya faltado a su deber y use escudos humanos, no libera a la otra parte de su obligación de no ejecutar acciones a consecuencia de las cuales resulte menguada la integridad de los no-combatientes, o, de insistir en su realización, no vacilar en colocarse en riesgo para que tal daño no ocurra o sea el menor. Se trata, en una palabra, de no matar civiles.

El punto es bastante sencillo: el pecado de otros no nos exime de culpa.


[1] Cf. Avishai Margalit y Michael Walzer, “Israel: Civilians & Combatants” en The New York Review of Books, Vol. 56, número 8, 14 de mayo de 2009. Asa Kasher y Amos Yadlin, "Assassination and Preventive Killing” en SAIS Review, Vol. 25, número1, 2005, pp. 41-57.
[2] Cf. Asa Kashner y Amos Yadlin, “Israel & the Rules of War” en The New York Review of Books, Vol. 56, número 10.
[3] Cf. Avishai Margalit y Michael Walzer, “Reply to: Israel & the Rules of War” en The New York Review of Books, Vol. 56, número 10.

viernes, 8 de mayo de 2009

LA IRREALIDAD DEL ‘CHOQUE DE CIVILIZACIONES’: CARTA DE DANIEL SALAS SOBRE CONFLICTO Y CULTURAS










EL TRABAJO DE LA CRÍTICA. PRESENTACIÓN






Gonzalo Gamio Gehri





Hace ya un tiempo que este espacio está centrando su atención en los temas de interculturalidad, política y religión, en el marco general del blog, vinculado a la reflexión ética sobre las políticas democráticas y los Derechos Humanos. El post sobre la Ilusión del Destino y el dedicado a Las religiones y el derecho a la crítica buscan destacar el valor de la agencia racional en la construcción y reconstrucción de las identidades. Son asuntos sobre los cuales es importante seguir discutiendo. En un país como el nuestro, en el que el autoritarismo goza aún de buena salud, y en donde la defensa del pluralismo es sindicada erróneamente como “relativista”, no resulta ocioso ocuparse del tema de las identidades diversas y la libertad cultural. Al contrario, es preciso hacerlo desde la filosofía y las ciencias humanas.

Mi intención es abrir este blog a un diálogo más amplio y plural sobre estos asuntos. Invitar de cuando en cuando a otras voces a participar en este foro. Fue el caso de David Villena y es el caso del académico que presento a continuación. Hace unos días Daniel Salas – crítico literario y especialista en estudios culturales, además de un gran amigo – me comentó que quería escribir un texto, bajo el formato de carta, que recogiera sus reflexiones sobre los conflictos, las culturas, y los modelos de investigación en estos temas. El texto tomaría algunas ideas discutidas en este blog y en otros blogs peruanos. Señaló que Política y Mundo Ordinario podría convertirse en el espacio para publicar esa carta. Acepté con muchísimo gusto, me pareció una gran idea. El documento es el que a continuación dejo a su lectura.

Es un texto lúcido, y riguroso, sin lugar a dudas. El trabajo de la crítica es un arte mayor que hay que saber cultivar. Daniel Salas polemiza con los ideólogos antiliberales locales cuestionando severamente la hipótesis neoconservadora según la cual la guerra deba ser explicada a partir de un presunto “choque de civilizaciones”. Cuestiona con firmeza las ideas de quienes creen que las "nuevas luchas" se darán entre las culturas y los credos. La categoría “civilización” es meramente una abstracción, señala. Lo que existen son personas que configuran sus identidades a partir de la interacción social, en virtud de formas de adhesión y afiliación que las vinculan a diversas instituciones. Como he argumentado en La Ilusión del Destino, la pretensión de muchos “líderes” políticos y religiosos de fijar la pertenencia a determinados grupos sin otorgarle un espacio al ejercicio de la reflexión crítica y la elección constituye una actitud moralmente mutiladora y degradante, que no sólo impide a mucha gente llevar una vida buena, sino que – a juicio de numerosas escuelas de pensamiento occidental y no occidental - bloquea la posibilidad de llevar una vida humana a secas.

Salas sostiene que una investigación social rigurosa debe tomar en cuenta la evidencia empírica sobre el asunto. Ello nos devuelve al importante problema del diálogo entre la filosofía y las ciencias. Esta cuestión tiene un trasfondo moral de singular importancia: si queremos erradicar la violencia de nuestras vidas tenemos que comprender qué la suscita. El análisis de la experiencia histórica es, en este sentido, ineludible. El estudio de casos puede contribuir a echar luces sobre no pocos “nudos” que el trabajo conceptual debe desenredar. No es posible plantear una reflexión sobre la guerra que prescinda del análisis histórico. Salas considera que la hipótesis neoconservadora ofrece una teoría falsa de los conflictos violentos; en la práctica, dicha perspectiva desarrolla una cierta condescendencia con la guerra y la estigmatización cultural, religiosa y quizá incluso racial. La pedagogía moral que ella entraña se evidencia raquítica. El autor se muestra sorprendido ante la tesis reaccionaria según la cual la guerra se legitimaría ante la expectativa de la supuesta “maduración moral” del pueblo que la afronta (una aseveración, habría que decir, que acaso procede de una lectura notoriamente epidérmica y altamente cuestionable – quizás indirecta, todo es posible - de Fichte y de Hegel, pero eso es para otro post). Salas finaliza su reflexión lamentando que esta perspectiva goce de cierta popularidad en algunos centros tradicionales de formación superior.

El autor alude en su carta al desarrollo de ciertas ideas vertidas en otros blogs. De hecho, se enfrenta dialécticamente con algunos académicos locales, considerados cultores de la llamada “metapolítica”. No obstante, lo hace honestamente y con el mayor respeto, como corresponde a intelectuales y a ciudadanos de bien, con el único ánimo de contrastar ideas y buscar la verdad. Contesta argumento con argumento, como debe exigirse en cualquier espacio de reflexión sensato (también a los blogs). De todos modos, cualquier expresión de discrepancia razonable y argumentada, cualquier réplica o perspectiva alternativa a la de Daniel – desde cualquier posición conceptual – será bienvenida aquí, no lo duden.









LA IRREALIDAD DEL ‘CHOQUE DE CIVILIZACIONES’


CARTA DE DANIEL SALAS



Daniel Salas Díaz


Estimado Gonzalo:

Hace unos días te prometí un comentario sobre la idea de “choque de civilizaciones” que yace en los fundamentos de los que se ha venido a llamar “pensamiento metapolítico” o “pensamiento reaccionario”.

Como lo he expresado varias veces, veo con mucha preocupación la difusión de tales ideas especialmente en ciertas universidades y en ciertas facultades con sesgos tradicionalistas y autoritarios. Mis razones no están motivadas por la intolerancia al “pensamiento políticamente incorrecto” de la extrema derecha sino por una comprobación básica: la absoluta carencia de solidaridad con el mundo. Me explico: los “reaccionarios”, “metapolíticos”, “coaligados” –o como quieran autodenominarse los que pretenden reactualizar ideas que no en vano han sido descartadas—se refugian en una suerte de especulación intelectual que llaman filosofía –no creo, sinceramente que lo sea—para sostener lo que en el plano científico sería imposible de sustentar.

Como tú sabes, yo soy crítico literario, es decir, analista de textos. Y la filosofía hasta ahora me ha servido como herramienta para afinar mi trabajo interpretativo. Ciertamente, estoy lejos de ser un especialista en el campo filosófico pero reconozco que la filosofía posee un gran poder crítico que me ha ayudado a comprender, por ejemplo, los problemas que más me atraen como son el lenguaje, la representación y la imaginación moral. Uno de mis temas es el estudio de la historiografía, es decir, la escritura historia y su impacto en las distintas esferas sociales. Para emprender mi trabajo tengo que exponerme cotidianamente a documentos o fuentes directas sobre el siglo XV o el siglo XVI, por ejemplo y al hacerlo he logrado tener un contacto especializado con la manera en que pensaban las personas de aquellas épocas y la manera en que percibían su destino moral y el sentido de su tiempo.

De allí viene mi asombro y, más precisamente, la gran molestia que me causa el tratamiento frívolo de la historia. Ya he explicado en numerosas oportunidades el gran desconocimiento que Eduardo Hernando evidencia sobre la edad media, lo cual no es de ninguna manera una falta significativa. Nadie está obligado a saber cómo fue aquella época de la historia. El problema surge cuando Hernando nos pretende dar lecciones sobre el periodo medieval sin mostrar ningún documento, sin ofrecer ninguna prueba de lo que dice y, sobre todo, reduciendo cerca de mil años de historia humana a ciertos principios que no se sostienen cuando se observan los procesos sociales en sus detalles. El problema surge, entonces, cuando se atreve a enunciar tantas falsedades históricas en un libro académico o en una lección universitaria. Y cuando leí el texto de Dick Tonsmann en donde se refiere de manera acrítica e intuitiva a conceptos como “raza” o “civilización” me sentí tremendamente espantado de lo que puede estar enseñándose en este momento en las aulas universitarias peruanas.

El texto de Tonsmann sostiene, al menos, tres proposiciones gruesas sin someter sus conceptos a crítica alguna:

Primero: que existen ciertas entidades llamadas “civilizaciones”.

Segundo: que las diferencias entre “civilizaciones” son las causantes de las guerras.

Tercero: que el “mundo posmoderno” o “liberal” es incapaz de armonizar estas diferencias, con lo cual reproduce e incluso agudiza las condiciones para el odio y las guerras internas y externas.

Yo no puedo aceptar como “filosófica” una especulación que no eche sus raíces en la evidencia empírica. No se puede considerar “filosófica” una forma de pensamiento que haga a un lado los datos, imponiendo una realidad paralela que se pretenda forzar sobre el mundo. Tonsmann no da ninguna prueba de lo que sostiene, no ofrece ningún dato empírico que demuestre que hay más violencia dentro de las sociedades liberales que en las sociedades iliberales.

Tonsmann dictamina con gran soltura, por ejemplo, que “al carecerse de un sentido natural de patria, la violencia está servida en el modelo del Estado liberal”. ¿Cómo comprueba su afirmación? Con ningún ejemplo. Tonsmann se choca con la realidad como contra una pared y no parece importarle. No explica, por ejemplo, el éxito de la Unión Europea que ha permitido que Alemania y Francia sean socios y respondan a intereses comunes. No se pregunta, por ejemplo, por qué nos parecería improbable una guerra entre Canadá y Estados Unidos e, incluso, entre México y Estados Unidos.

Yo he estudiado varios casos de conflictos políticos y militares y no conozco un solo ejemplo en el cual el detonante de la guerra haya sido la diferencia cultural. En cambio, sí conozco varios ejemplos en los cuales la religión y la cultura han sido utilizadas como armas para justificar la violencia. Sí conozco ejemplos en los cuales la “civilización” ha sido utilizada como arma de avanzada en el dominio de las comunidades subalternas. Tonsmann cita como un ejemplo el intento de Nixon de llevar el protestantismo a Latinoamérica como parte de la infiltración imperialista de Estados Unidos en los países católicos y sostiene lo siguiente:

“En una oportunidad el gobierno norteamericano de Richard Nixon subestimó el poder de identificación que había de la Iglesia Latinoamericana con su feligresía, creyendo que podía deshacerse fácilmente de ella por su lucha contra el capitalismo inundando los países con propaganda evangélica. Nada más lejos de todo éxito. Si hay un sitio donde la Iglesia Católica genera cohesión social, ese es el pueblo latinoamericano.”

Como debería ser obvio para cualquier intelectual regido por una mirada crítica, el rechazo al protestantismo no se debe tanto a una mera afirmación del catolicismo sino a una razonable resistencia a los símbolos que traía consigo el invasor y con los cuales quería justificar su dominio. Nixon podía entender que la propaganción de nuevas ideas religiosas servía de arma para afirmar la influencia de Estados Unidos en América Latina. Pero de allí no se deduce que la finalidad de Nixon haya sido que los católicos se volvieran protestantes. Esto ya lo sabía Tácito y lo reconoce en un pasaje muy citado de Agrícola en el que describe los cambios de costumbres de británicos y galos como el medio por el cual aquellos bárbaros creen civilizarse cuando en realidad se están convirtiendo en siervos de Roma (Agricola 1, 21). ¿Creemos acaso que los reyes católicos estaban sinceramente interesados en llevar la fe de Cristo a las poblaciones americanas que vivían en la oscuridad? Ciertamente, no. Quien insista en la idea de que la conquista de América tuvo como motivación principal la salvación de las almas de los indígenas contradice lo que sabemos sobre aquella época a través de sus propios documentos. No hay que ser marxista para concluir que la invasión europea de América en el siglo XVI no se debió a diferencias culturales, a un “choque de civilizaciones”. Lo que estuvo en juego desde el inicio fue el control de la riqueza. Sin este interés concreto la historia de la conquista se haría, simplemente, incomprensible.

Tonsmann se queja de que la sociedad liberal trate homogéneamente a los individuos negándole sus identidades colectivas. Sin embargo, él mismo trata a las civilizaciones como entidades homogéneas y se refiere a ellas como si fueran unidades autónomas capaces, por ejemplo, de hacer la guerra. Las civilizaciones –deberíamos darnos cuenta— son meras abstracciones; no son entidades que puedan irse de un lado a otro como si fueran cuerpos gigantescos en busca de un espacio en el planeta. El hecho de que algunos líderes aludan a las “cruzadas” o invoquen motivaciones civilizadoras no significa que la razón por la cual se muevan ejércitos sea la lucha contra el infiel. Los verdaderos intereses no suelen enunciarse y hay que poseer una ingenuidad impropia de un filósofo como para creer que esta clase de discursos explican la violencia.

Pero el pasaje de su texto que más me asombra y me atemoriza es el siguiente:

“La guerra sólo es lícita si es una lucha por el reconocimiento que, a posteriori, debe resultar en una madurez moral del pueblo que combate, madurez consistente en el ejercicio personal e institucional de la misericordia”.

¿Qué ha querido decir aquí Tonsmann? ¿Acaso que las guerras sirven para formar el temple de un pueblo y que su finalidad es que los pueblos maduren? Hay que entenderlo bien: Tonsmann, en un rapto de irrealidad e iluminación, concluye que la guerra no sería lícita para el Perú en caso de que, por ejemplo, Brasil lo atacase. No. La única razón por la cual el Perú podría ir a la guerra sería con el fin de obtener un reconocimiento o una madurez moral. ¿Qué clase de situación sería aquella?

Lo que parece sostener Tonsmann es que solamente “los pueblos” pequeños, no reconocidos, marginados, pueden ir a la guerra a fin de obtener el reconocimiento y la madurez moral de la que carecen. Con ese razonamiento, no le fue lícito a Estados Unidos entrar en guerra contra el Eje y no le fue lícito ir en busca de los talibanes afganos que planearon el ataque del 11 de setiembre de 2001. Tonsmann pretende darle a la guerra un carácter terapéutico más que propiamente político. Observa además que no son los ejércitos sino “el pueblo” el que combate. Tonsman parece creer que los “pueblos” son entidades orgánicas que poseen identidad y deben pasar por una etapa de adolescencia y madurez, para lo cual han de pasar por un momento de crisis que sería la guerra. Que la gente se mate, se lance bombas, granadas y destruya ciudades con tanques y misiles es un camino hacia la formación de la “identidad”. Debido a su énfasis en la idea de “pueblo” que busca su “madurez moral” Tonsmann está justificando, por cierto, la insurgencia de los que considera las “naciones marginadas” contra aquello que la extrema derecha considera el poder apátrida del capitalismo global. Siguiendo las ideas de Tonsmann, cualquier grupo que se sienta excluido tiene derecho a la guerra, sin importar otras consideraciones como el derecho de los demás a la paz y a la prosperidad. En realidad, está justificando la estrategia de los extremistas nacionalistas de asediar a las sociedades abiertas y democráticas bajo el pretexto de que el capitalismo y la globalización no reconocen su identidad. Pero, ¿qué puede querer decir exactamente que mi identidad no es reconocida?

No me parece un asunto desdeñable pero la extrema derecha lo enfoca equivocadamente y con malicia. Veamos lo que las ideas de Tonsmann podrían significar esto en el Perú. Acabo de hacer a una consulta a una experta en lenguas nativas peruanas. Me asegura que en el Perú se hablan actualmente 42 lenguas nativas. Cada una de esas lenguas podría conformar una comunidad que, con toda razón, se puede considerar excluida y no reconocida (lo que no cierto, hay un número mayor de comunidades con su propia identidad aunque compartan la lengua con otras pero supongamos que en el Perú hay, por lo menos, 42, una cifra respetable si se trata de valorar la diversidad cultural). Pues bien, si seguimos tal como la plantea la idea de Tonsmann sobre la guerra eso significa que en el Perú hay 42 “pueblos” con derecho a hacer la guerra en busca de su reconocimiento y de su maduración.

Actualmente, en la Selva peruana estamos ante un caso bastante agudo de reclamo de derechos (protesta que, dicho sea de paso, apoyo plenamente). Sobre cómo solucionar este conflicto y otros similares, los “metapolíticos” callan. Y lo hacen porque, si siguieran con coherencia sus postulados sobre el derecho de “los pueblos” a la diferencia, tendrían que admitir que la única salida sería la desintegración del país, exactamente lo contrario a lo que, por otro lado, defienden, es decir, un Estado único y fuerte, con poderes “excepcionales” para imponer el orden y evitar el caos. Se trata, en realidad, de un uso oportunista de la identidad y de las diferencias étnicas pues se invoca solamente cuando se trata de atacar, por ejemplo, a Estados Unidos o a Israel o a cualquier instancia política que consideren monstruosa como la secularización o la libertad de culto.

Las identidades siempre se pueden multiplicar, partir o sumar y los regímenes más duros no pueden impedir que esto ocurra, a menos que recurran al genocidio o al exterminio de cualquier disidente. Las identidades no son estables, no son esenciales, ni muchos menos corresponden, como increíblemente sugiere Tonsmann, a una cuestión “natural”. No solamente es innecesario sino que es imposible que la jurisdicción de un Estado corresponda a una sola nación homogénea. Las identidades no son un problema ni tienen que serlo en una sociedad democrática y liberal porque sencillamente en ellas el Estado no tiene que nada que decir. La solución al conflicto de la Selva peruana no tiene que pasar por una “guerra”, como sería el caso si siguiéramos a pie juntillas la doctrina de Tonsmann. Se resolvería fácilmente y sin sangre si el Estado peruano otorgara a los habitantes de la Selva los derechos fundamentales que corresponden a cualquier ciudadano, por ejemplo, el derecho a la propiedad, a no ser molestado, ni a que su modo de vida sea alterado, así como a hablar su lengua y practicar sus propias creencias. Alan García está en realidad socializando la Selva, convirtiéndola en propiedad del Estado, expropiándola a favor de intereses privados, lo que debería resultar inaceptable para cualquier liberal. Más bien es la “razón de Estado” que tanto defiende Eduardo Hernando la que se quiere imponer en aquella zona de nuestro país, transgrediendo los derechos fundamentales que corresponden todos los ciudadanos y no solamente a los que viven en San Isidro o La Molina. Se trata, en realidad, del principio de sacrificar a unos para el beneficio de otros, justamente esa forma de moral socialista con la que tanto simpatiza la extrema derecha.

Concluyo este comentario reiterando mi preocupación porque estas ideas tengan cabida alguna en la discusión universitaria. La universidad, tal como la entiendo, debe ser un espacio crítico y de pluralidad. Pero la diversidad no puede significar contradecir la historia ni negar la ciencia. No se puede poner en un mismo plano la discusión académica con el mero desprecio a la verdad. El prejuicio y la incapacidad para hablar desde la realidad, con asiento en la experiencia humana misma, no debería tener cabida en las aulas. Quienes estamos preocupados por la violencia y quienes quisiéramos vivir en un mundo sin guerras tenemos la obligación moral e intelectual de entender por qué se producen. A ello solamente puede llegarse mediante el examen de los hechos. En los comentarios al post de Tonsmann, él me acusa de “reduccionista” al querer enfocar mis explicaciones sobre la guerra en los intereses materiales. Me parece una mala objeción, ya que Tonsman solamente podría invalidar mi interpretación si fuera capaz de demostrar que hay otros elementos que deberían agregarse al análisis, tarea que hasta ahora no ha podido emprender. Si un médico nos receta un medicamento que nos alivia de algunos malos síntomas, no lo acusamos de “reduccionista” por habernos ayudado a soportar el dolor con una sola medicina en vez de usar dos o tres –aunque por experiencia te puedo decir que algunos pacientes salen sumamente decepcionados cuando el médico no encuentra necesario recetarles nada. Si encontramos una explicación sumamente simple a la cura de la gripe, no se nos ocurriría objetar que deberíamos buscar métodos más complejos. En todo caso, una teoría “culturalista” de la guerra que sostenga que la violencia se origina en las diferencias o choques entre civilizaciones es notoriamente simplista y analíticamente muy pobre, ya que se rinde ante las explicaciones que ofrecen los mismos actores como si el discurso político agotara el porqué de las actuaciones políticas. De todos modos, para mí, la simplicidad de la teoría de Tonsmann no es el problema. Lo que objeto es que sea, por un lado, llanamente falsa, irreconciliable con las evidencias históricas y, por otro, que no contribuya a solucionar una de las grandes causas de dolor como es la guerra. Y una filosofía que no busque explicaciones ni soluciones a los problemas ¿de qué manera es relevante, es decir, para qué nos sirve? No basta ser, pues, “políticamente incorrecto”. En primer lugar uno debe ser moral e intelectualmente solidario y verdadero. Las pachotadas también son “políticamente incorrectas” y, sin embargo, no esperamos que ningún intelectual se las tome en serio (o tal vez sí).

Me detengo aquí, recordando ese cuento de Borges en donde se describe de esta manera a un personaje: “refutarlo es contaminarse de irrealidad”. Otro día podemos hablar de Borges, el escritor fantástico que más agudamente ha reflexionado sobre el valor moral de vivir en la realidad.

Recibe un cordial saludo y espero que nos veamos pronto.

Daniel