
El último debate planteado desde Puente Aéreo y Nómos frente a Anomos en torno al tradicionalismo y el antisemitismo ha reafirmado mi convicción de que el llamado “pensamiento reaccionario criollo” no es genuinamente filosófico, sino eminentemente ideológico (debo decir que hubiese querido que la discusión no hubiese traspasado los límites del estricto intercambio de argumentos, lamentablemente no fue así). No lo anima una actitud crítica frente al horizonte de sus creencias y valores, sino la preservación dogmática de sus supuestos. No obstante, tal esquema ideológico asume el ropaje de la filosofía para legitimarse. De hecho, considero que se trata de una perspectiva que huye de la filosofía para guarecerse en el mito del retorno a la tradición. Una tradición que en lo sustancial no existe (si es que alguna vez existió). A pesar de que dicen remitirse a Aristóteles como fuente de inspiración, es Aristófanes quien aparece como uno de sus verdaderos héroes. No me referiré al canon metapolítico de Eduardo Hernando (puesto que no discutiré aquí ninguna forma de Realpolitik o de decisionismo); estoy pensando en la otra versión de la “reacción antimoderna” – mucho menos seria que la que representa Hernando - , aquella que difunde la vana “retórica del retorno al mundo clásico”, la misma que engañosamente se desliza en algunos blogs ultraconservadores. Encuentro en ese tradicionalismo alguno que otro motivo aristofánico planteado, por supuesto, de una manera simplificada. En realidad lo suyo es la agitación y la propaganda.
Las Nubes puede leerse como una especie de manifiesto antifilosófico, pues muestra el carácter corrosivo del pensamiento crítico frente al respeto devoto de las tradiciones. Se acusa a la filosofía de introducir una reflexión que desestabiliza la cohesión que debe imperar en la comunidad, pues sus miembros deben manejar un “catálogo de valores” que permanezca fijo e incuestionado en sus mentes y corazones. La filosofía – el socratismo – incorpora el culto de nuevos dioses, socavando el ‘verdadero’ panteón divino. El tábano socrático convierte a los jóvenes en espíritus insubordinados al recto pensar y obrar. El héroe aristofánico, en contraste, es el venerable antiguo guerrero que es capaz de transmitir a los jóvenes la rancia virtud de la disciplina militar y el “sentido épico de la vida”, a diferencia del filósofo que invita – desde “El Caviladero”, la Escuela de Sócrates – a la relajación de las costumbres.
“Pues entre los hombres que discurren yo, precisamente por esto, recibí el nombre de Argumento Peor, porque fui el primerísimo al que se le ocurrió contradecir las costumbres establecidas y los litigios justos”[1].
El filósofo desafía la autoridad de las creencias imperantes en el grupo. El héroe aristofánico defiende la tradición contra toda especulación inútil que transmita el “virus de la duda” en los jóvenes. Infunde entre sus discípulos la militancia prematura, el desprecio de las libertades ordinarias, la sospecha frente a quienes se congregan en el espacio público para el ejercicio de la interrogación. Plantean más bien el cultivo de las “virtudes aristocráticas” de una élite de individuos que desprecia la presunta "inferioridad moral" de la muchedumbre que puede verse seducida por la charlatanería de los pensadores diletantes, Ellos aprenderán del recio veterano de guerra – el llamado Argumento Mejor - el viejo grito comunitario: “¡Oh Atenea, saqueadora de ciudades!”, y celebrarán la obediencia a la verdadera fuente del Bien, y a la verdadera ‘Religión’, por así decirlo. Nótese que el modelo de virtud aquí se presenta como un antiguo soldado antes que como un agente político.
Hasta aquí llega, por supuesto, la analogía. Por supuesto, el paralelo supone distancias importantes, y resulta evidente que – más allá de su encono contra la filosofía - Aristófanes es un genio de la comedia. Al menos la tradición que predicaba Aristófanes existía en el mundo griego (en realidad, vivía los últimos momentos de su forma política, y el comediógrafo invocaba el retorno a un pasado superior, que representaba la gloria de Atenas, gloria que a su juicio estaba disolviéndose). Nuestros ultraconservadores han sustituido los ideales del hoplita griego por una extravagante vuelta a la ‘espiritualidad del trono y del altar’, un retorno al Antiguo Régimen y sus esquemas jerárquicos. Ese modelo político se aloja exclusivamente – por fortuna – en su bóveda craneana. Como bien ha apuntado Daniel Salas, se trata de una concepción puramente estética, disparatada, comparable a aquella que considera que los ovnis existen, cuya “visión” constituye el preámbulo del “evento” de la llegada de los extraterrestres a la tierra y la construcción de una Asociación Interplanetaria que traerá finalmente paz a la Galaxia. De igual forma, el retorno del “Sacro Imperio” no es otra cosa que un producto de la imaginación de un grupo de entusiastas (entregados con frecuencia a "conspiraciones de manicomio" y a opúsculos de poca monta). La pregunta es: ¿Cómo es posible que esa clase de ideales pueda encender el ánimo de algunos pequeños círculos de jóvenes, ávidos de “certezas”? Cuando ciertos profesores insisten en que esta clase de institucionalidad jerárquica constituye la encarnación política de la ‘verdadera Religión’, al punto que la construcción del igualitarismo liberal aparece como “pecado” y trasgresión al “orden natural de las cosas”, entonces los “discípulos” encuentran un sublime discurso que busca justificar las formas de dominación y desigualdad existentes. Y si el discurso converge con un “sentido común autoritario” que campea en diversos sectores sociales, entonces el festín antidemocrático está servido.
El anhelo de dogmas para la vida práctica (que brinden seguridad al individuo) y el talante autoritario terminan dándose la mano. Es en este sentido quedigo que este ideario rechaza la actitud filosófica, abrazando militancias excesivamente tempranas, en personas que ni siquiera han culminado sus estudios (o apenas habiéndolos iniciado); antes de diversificar sus lecturas ya han asumido un credo reacio a la crítica, lleno de etiquetas y giros retóricos comunes. El impulso liberal – todavía extraño por estas tierras – se manifiesta supuestamente como una invitación a la laxitud moral, a la complacencia con los “inútiles”. Ante la mirada distorsionadora del “pensamiento reaccionario criollo”, impostadamente aristocrático, el ideario aparece como “relativismo” o “nihilismo”. Tan “disolvente” y “peligroso” como era percibido el socratismo ante los ojos del fallidamente autodenominado “Argumento Mejor”. Se trata del tradicionalismo que huye de la libertad de pensamiento como de su peor enemigo.
El intento paleoconservador por vendernos ilícitamente Nostradamus por Heidegger no es lo que yo encuentro más condenable en esa prédica ideológica (aunque Heidegger fue un genio y es recusable la distorsión y manipulación de su pensamiento). Ellos pretenden hacerse pasar por buenos cristianos que difunden la “buena nueva”, cuando en realidad predican el “¡Viva la muerte!” de Millán Astral y sus legionarios adictos a Franco, y postulan la erradicación de los Derechos Humanos. Ese credo pernicioso es contrario al mensaje del cristianismo, que sostiene que la muerte nunca vence sobre la vida. Como oí decir a un notable teólogo jesuita, para el cristiano la muerte jamás tiene la última palabra.
Ricardo Vásquez Kunze ha sostenido en un comentario a mi post anterior que carece de sentido darle un tiempo precioso cuestionando la perspectiva de lo que él describe duramente como “un grupúsculo intelectual cuya influencia académica, social y política es tan grande como una nuez”. Añade que “No sólo es una pérdida de tiempo discutir con quienes no representan a nadie, ni política ni académicamente, sino que la discusión, como decimos en Derecho, carece de objeto. Y carece porque la realidad no le otorga ninguno”. Sin duda, establece un buen punto. Su juicio sobre el tema es muy valioso. Sé que conoce muy bien a ese círculo, y he leído las duras críticas que les ha dirigido desde los medios. Yo también he pensado que quizá esta crítica recurrente al conservadurismo monarquista les brinda alguna publicidad, que es lo que ellos buscan. Sin embargo, pienso que ese pensamiento delirante a veces se modifica y se adapta fortalecer alternativas autoritarias, para coaligarse con el fujimorismo o con el grupo de interés ultramontano que busca intervenir la PUCP desde fuera. Por eso creo que, con todo, cuestionar esta perspectiva puede tener alguna utilidad. Por eso aplaudo los esfuerzos de espíritus lúcidos como Daniel Salas, que discute con los reaccionarios incansablemente, ofreciendo buenos argumentos, pruebas empíricas, y que procura recurrir a las fuentes para interpretar las tradiciones con rigor. Si sirve para que algunos jóvenes despierten y asuman un camino diferente – el que decidan seguir por sí mismos, en el que encuentren buenas razones para seguir – en buena hora.


