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sábado, 6 de junio de 2009

ARISTÓFANES Y SÓCRATES EN CONFLICTO, UNA VEZ MÁS



Gonzalo Gamio Gehri


El último debate planteado desde Puente Aéreo y Nómos frente a Anomos en torno al tradicionalismo y el antisemitismo ha reafirmado mi convicción de que el llamado “pensamiento reaccionario criollo” no es genuinamente filosófico, sino eminentemente ideológico (debo decir que hubiese querido que la discusión no hubiese traspasado los límites del estricto intercambio de argumentos, lamentablemente no fue así). No lo anima una actitud crítica frente al horizonte de sus creencias y valores, sino la preservación dogmática de sus supuestos. No obstante, tal esquema ideológico asume el ropaje de la filosofía para legitimarse. De hecho, considero que se trata de una perspectiva que huye de la filosofía para guarecerse en el mito del retorno a la tradición. Una tradición que en lo sustancial no existe (si es que alguna vez existió). A pesar de que dicen remitirse a Aristóteles como fuente de inspiración, es Aristófanes quien aparece como uno de sus verdaderos héroes. No me referiré al canon metapolítico de Eduardo Hernando (puesto que no discutiré aquí ninguna forma de Realpolitik o de decisionismo); estoy pensando en la otra versión de la “reacción antimoderna” – mucho menos seria que la que representa Hernando - , aquella que difunde la vana “retórica del retorno al mundo clásico”, la misma que engañosamente se desliza en algunos blogs ultraconservadores. Encuentro en ese tradicionalismo alguno que otro motivo aristofánico planteado, por supuesto, de una manera simplificada. En realidad lo suyo es la agitación y la propaganda.

Las Nubes puede leerse como una especie de manifiesto antifilosófico, pues muestra el carácter corrosivo del pensamiento crítico frente al respeto devoto de las tradiciones. Se acusa a la filosofía de introducir una reflexión que desestabiliza la cohesión que debe imperar en la comunidad, pues sus miembros deben manejar un “catálogo de valores” que permanezca fijo e incuestionado en sus mentes y corazones. La filosofía – el socratismo – incorpora el culto de nuevos dioses, socavando el ‘verdadero’ panteón divino. El tábano socrático convierte a los jóvenes en espíritus insubordinados al recto pensar y obrar. El héroe aristofánico, en contraste, es el venerable antiguo guerrero que es capaz de transmitir a los jóvenes la rancia virtud de la disciplina militar y el “sentido épico de la vida”, a diferencia del filósofo que invita – desde “El Caviladero”, la Escuela de Sócrates – a la relajación de las costumbres.

“Pues entre los hombres que discurren yo, precisamente por esto, recibí el nombre de Argumento Peor, porque fui el primerísimo al que se le ocurrió contradecir las costumbres establecidas y los litigios justos”[1].

El filósofo desafía la autoridad de las creencias imperantes en el grupo. El héroe aristofánico defiende la tradición contra toda especulación inútil que transmita el “virus de la duda” en los jóvenes. Infunde entre sus discípulos la militancia prematura, el desprecio de las libertades ordinarias, la sospecha frente a quienes se congregan en el espacio público para el ejercicio de la interrogación. Plantean más bien el cultivo de las “virtudes aristocráticas” de una élite de individuos que desprecia la presunta "inferioridad moral" de la muchedumbre que puede verse seducida por la charlatanería de los pensadores diletantes, Ellos aprenderán del recio veterano de guerra – el llamado Argumento Mejor - el viejo grito comunitario: “¡Oh Atenea, saqueadora de ciudades!”, y celebrarán la obediencia a la verdadera fuente del Bien, y a la verdadera ‘Religión’, por así decirlo. Nótese que el modelo de virtud aquí se presenta como un antiguo soldado antes que como un agente político.

Hasta aquí llega, por supuesto, la analogía. Por supuesto, el paralelo supone distancias importantes, y resulta evidente que – más allá de su encono contra la filosofía - Aristófanes es un genio de la comedia. Al menos la tradición que predicaba Aristófanes existía en el mundo griego (en realidad, vivía los últimos momentos de su forma política, y el comediógrafo invocaba el retorno a un pasado superior, que representaba la gloria de Atenas, gloria que a su juicio estaba disolviéndose). Nuestros ultraconservadores han sustituido los ideales del hoplita griego por una extravagante vuelta a la ‘espiritualidad del trono y del altar’, un retorno al Antiguo Régimen y sus esquemas jerárquicos. Ese modelo político se aloja exclusivamente – por fortuna – en su bóveda craneana. Como bien ha apuntado Daniel Salas, se trata de una concepción puramente estética, disparatada, comparable a aquella que considera que los ovnis existen, cuya “visión” constituye el preámbulo del “evento” de la llegada de los extraterrestres a la tierra y la construcción de una Asociación Interplanetaria que traerá finalmente paz a la Galaxia. De igual forma, el retorno del “Sacro Imperio” no es otra cosa que un producto de la imaginación de un grupo de entusiastas (entregados con frecuencia a "conspiraciones de manicomio" y a opúsculos de poca monta). La pregunta es: ¿Cómo es posible que esa clase de ideales pueda encender el ánimo de algunos pequeños círculos de jóvenes, ávidos de “certezas”? Cuando ciertos profesores insisten en que esta clase de institucionalidad jerárquica constituye la encarnación política de la ‘verdadera Religión’, al punto que la construcción del igualitarismo liberal aparece como “pecado” y trasgresión al “orden natural de las cosas”, entonces los “discípulos” encuentran un sublime discurso que busca justificar las formas de dominación y desigualdad existentes. Y si el discurso converge con un “sentido común autoritario” que campea en diversos sectores sociales, entonces el festín antidemocrático está servido.

El anhelo de dogmas para la vida práctica (que brinden seguridad al individuo) y el talante autoritario terminan dándose la mano. Es en este sentido quedigo que este ideario rechaza la actitud filosófica, abrazando militancias excesivamente tempranas, en personas que ni siquiera han culminado sus estudios (o apenas habiéndolos iniciado); antes de diversificar sus lecturas ya han asumido un credo reacio a la crítica, lleno de etiquetas y giros retóricos comunes. El impulso liberal – todavía extraño por estas tierras – se manifiesta supuestamente como una invitación a la laxitud moral, a la complacencia con los “inútiles”. Ante la mirada distorsionadora del “pensamiento reaccionario criollo”, impostadamente aristocrático, el ideario aparece como “relativismo” o “nihilismo”. Tan “disolvente” y “peligroso” como era percibido el socratismo ante los ojos del fallidamente autodenominado “Argumento Mejor”. Se trata del tradicionalismo que huye de la libertad de pensamiento como de su peor enemigo.

El intento paleoconservador por vendernos ilícitamente Nostradamus por Heidegger no es lo que yo encuentro más condenable en esa prédica ideológica (aunque Heidegger fue un genio y es recusable la distorsión y manipulación de su pensamiento). Ellos pretenden hacerse pasar por buenos cristianos que difunden la “buena nueva”, cuando en realidad predican el “¡Viva la muerte!” de Millán Astral y sus legionarios adictos a Franco, y postulan la erradicación de los Derechos Humanos. Ese credo pernicioso es contrario al mensaje del cristianismo, que sostiene que la muerte nunca vence sobre la vida. Como oí decir a un notable teólogo jesuita, para el cristiano la muerte jamás tiene la última palabra.

Ricardo Vásquez Kunze ha sostenido en un comentario a mi post anterior que carece de sentido darle un tiempo precioso cuestionando la perspectiva de lo que él describe duramente como “un grupúsculo intelectual cuya influencia académica, social y política es tan grande como una nuez”. Añade que “No sólo es una pérdida de tiempo discutir con quienes no representan a nadie, ni política ni académicamente, sino que la discusión, como decimos en Derecho, carece de objeto. Y carece porque la realidad no le otorga ninguno”. Sin duda, establece un buen punto. Su juicio sobre el tema es muy valioso. Sé que conoce muy bien a ese círculo, y he leído las duras críticas que les ha dirigido desde los medios. Yo también he pensado que quizá esta crítica recurrente al conservadurismo monarquista les brinda alguna publicidad, que es lo que ellos buscan. Sin embargo, pienso que ese pensamiento delirante a veces se modifica y se adapta fortalecer alternativas autoritarias, para coaligarse con el fujimorismo o con el grupo de interés ultramontano que busca intervenir la PUCP desde fuera. Por eso creo que, con todo, cuestionar esta perspectiva puede tener alguna utilidad. Por eso aplaudo los esfuerzos de espíritus lúcidos como Daniel Salas, que discute con los reaccionarios incansablemente, ofreciendo buenos argumentos, pruebas empíricas, y que procura recurrir a las fuentes para interpretar las tradiciones con rigor. Si sirve para que algunos jóvenes despierten y asuman un camino diferente – el que decidan seguir por sí mismos, en el que encuentren buenas razones para seguir – en buena hora.



[1] Aristófanes, Nubes 1039-40

miércoles, 14 de mayo de 2008

TRADICIONES HEREDADAS Y "VIDA EXAMINADA"

UNA INVITACIÓN AL SOCRATISMO




Gonzalo Gamio Gehri

La relación existente entre las tradiciones heredadas – aquel sistema de interpretaciones sobre la organización del mundo y el sentido de la vida – y el examen crítico (propio del filósofo, del hombre de ciencia o del ciudadano) ha sido siempre un tema controversial. Suele sostenerse – y no sin razón – que las tradiciones vivas incorporan en su seno el cuestionamiento y la crítica. Esta es la tesis de Gadamer y de MacIntyre, y fue también la de Aristóteles y Hegel. No obstante, esta respuesta puede resultar quizás demasiado general cuando no se analiza en detalle las formas de ruptura que suscita el crítico en el ethos en la medida en que se introduce la práctica del cuestionamiento racional entre sus usuarios. A medida que abandonamos las narrativas de proceso histórico – amplias y panorámicas (pienso, por ejemplo, en la visión hegeliana del Volkgeist desde una concepción del curso de la historia universal desarrollada desde su "fin último", y en sus versiones más contemporáneas y modestas – y ahondamos más en las ‘pequeñas narrativas’ (histórico-biográficas, locales), llegamos a percibir la poderosa tensión entre la perspectiva del crítico y el cuerpo de prácticas, creencias e instituciones en los que está insertado.

¿Hasta dónde es preciso admitir la presencia del cuestionamiento en las tradiciones? ¿Podemos convertir el examen crítico en una práctica social ordinaria? Esta es una pregunta de singular importancia, no lo dudemos. En algunos círculos políticos y religiosos de inspiración integrista, la duda es considerada una especie de “virus” que carcome la fe y mina las lealtades comunitarias. “Paraliza la vida”, dicen. Nada mejor que el silencio y la obediencia muda a la autoridad – sostienen - para preservar la estabilidad del colectivo. El que obedece no se equivoca. Para esa concepción el crítico es considerado un enemigo de la tradición. Conocida es la confrontación de esa línea "reaccionaria" - la denominación es suya - con la modernidad y sus desarrollos en la cultura, en la economía y en la política. No obstante, es probable que incluso la energía crítica de un Sócrates le hubiese resultado corrosiva e incómoda (a pesar de sus reiteradas - aunque con frecuencia confusas - referencias generales a los "clásicos"). Habrían considerado la actividad filosófica socrática como una práctica manifiestamente corruptora del ethos.

La historia de Sócrates ejemplifica muy bien el meollo del asunto que quisiera discutir aquí. Sale a las calles a filosofar con la convicción de que la reflexión sobre la vida buena convertirá a los atenienses en mejores ciudadanos. En lugar de recurrir acríticamente al conjunto de valores y creencias heredados como una guía para la acción, Sócrates propone tomar en serio el ejercicio consistente en dar razón (lógon dídonai) acerca de nuestras opciones y compromisos en la vida. Se propone sacar a los ciudadanos de su letargo invitándolos a examinarse; compara a la ciudad con un caballo noble pero perezoso – poco dispuesto a iniciar el galope -, y al filósofo como el tábano que lo pica y lo hace despertar. Su método – la mayéutica – no consiste en transmitir verdades a través de la prédica; se trata de procurar, por medio de preguntas y la identificación de contradicciones y vacíos en la argumentación, que el interlocutor examine sus antiguas opiniones, con el fin de depurarlas y convertirlas en pensamientos consistentes. Sócrates consideraba que esta actividad poseía una dimensión pública, asociada a la configuración de una ciudadanía “autoconsciente” y responsable del curso de la vida política. No obstante, no todos en la pólis compartían esa visión. Un sector conservador de la ciudad no veía con buenos ojos que Sócrates se dedicara a filosofar con los jóvenes: se consideraba a la mayéutica una suerte de ‘práctica subversiva’ que corrompía las mentes de los espíritus más nobles de la comunidad. Esta posición se convirtió en materia de una de las acusaciones contra Sócrates en el famoso proceso que finalmente lo condenaría a muerte. Sócrates elige morir antes que renunciar a filosofar, consciente de que no podrá persuadir al tribunal acerca de la justicia de su quehacer:


“En efecto, si digo que me es imposible quedarme quieto porque esto es desobedecer al dios, no los convenceré, como si estuviera fingiendo. Ahora, si digo que el supremo bien para un hombre viene a ser hablar a diario acerca (de los modos de) perfección, y las demás cosas acerca de las cuales me oyen dialogar cuando me examino a mí mismo y a otros; y si (añado) que una vida carente de examen no es vida digna para un hombre, mucho menos los convenceré al decir tales cosas.”
[1].

En el otro extremo de esta posición encontramos a Aristófanes, el joven comediógrafo que representa – con su ironía y la contundencia de sus juicios, -al sector conservador que hemos mencionado. Desde su punto de vista, Sócrates debilita a la ciudad, enseñándoles a los jóvenes a cuestionar sus convicciones sobre lo que es bueno y mejor para la vida. Una comunidad próspera y estable requiere de creencias firmes. Si los ciudadanos no suscriben dogmáticamente los valores de la pólis, no estarán dispuestos a morir por ella cuando haga falta. En Las Nubes, muestra cómo Sócrates induce a sus discípulos a abandonar el culto a los dioses y a los ideales de la patria, para introducir cultos extraños. Rechaza el Argumento Mejor – encarnado en un maduro guerrero, representante de los valores de la ciudad, el héroe de mil batallas -, en nombre de una vana retórica, generadora de vicios, “relativismos” – empleo adrede esta expresión anacrónica – y sutilezas ociosas, que minan los cimientos morales que alguna vez hicieron de Atenas una ciudad gloriosa, temida por sus enemigos. El filósofo y el crítico son una incomodidad y un estorbo para el crecimiento espiritual de la comunidad.


“Pues entre los hombres que discurren yo, precisamente por esto, recibí el nombre de Argumento Peor, porque fui el primerísimo al que se le ocurrió contradecir las costumbres establecidas y los litigios justos”
[2].


La confrontación entre la Apología y Las Nubes constituye un interesante trasfondo para el abordaje del problema del conflicto entre las tradiciones y el espíritu crítico. hace años, Martha Nussbaum - en El cultivo de la humanidad, obra en la que se enfrenta abiertamente al modelo educativo asumido por Allan Bloom en The Closing of American Mind -ha desarrollado este tema en el contexto del análisis de la investigación universitaria en Estados Unidos (seguramente le sorprendería saber que las nuevas universidades privadas peruanas – creadas bajo el amparo del fujimorista DL 882 – se parecen más a un Mc Donald’s que a cualquiera de las antiguas y venerables universidades europeas, y que simplemente no se dedican a la investigación; con suerte, sólo a la preparación de clases). En nuestro país abundan los Aristófanes y escasean los Sócrates: el ejercicio perseverante y consistente de la crítica ha sido rara avis. Son extraños los intelectuales peruanos que prefieren beber la cicuta antes que renunciar a la libertad de pensamiento. La vocación por el ejercicio de la mayéutica ha sido observada con desconfianza (salvo en algunos círculos académicos), a pesar de que no necesariamente este desemboca en el cambio de valores (aunque exige, eso sí, estar dispuesto a abandonar los antiguos valores si estos se revelan inconsistentes o arbitrarios).

Hay que decir que el “espíritu socrático” es marginal entre nosotros, el antiguo virreinato. No se condice con el parecer de nuestras autodenominadas “élites”, por lo general conservadoras (o de temperamento camaleónico en sus relaciones con el poder). A pesar de concebirse como una práctica que contribuye a renovar el espíritu comunitario, en nuestro medio la crítica es un solo un agente trasgresor del sentido común autoritario. Aquí ha imperado el anhelo de “orden y la autoridad” sobre los inconvenientes y los bienes que trae el cultivo de la libertad. Se exige que se “guarde la línea” y se observe la disciplina, aún en los foros públicos. La rebeldía y la disidencia teórica se reservan a las pocas universidades genuinas que quedan - y todavía quedan algunas, aunque pueden ser contadas con los dedos de una mano, en el caso de Lima -, y a una que otra asociación voluntaria. En la política y en la religión el pluralismo ha sido observado con sospecha. En los seminarios teológicos limeños – no todos, afortunadamente – la filosofía se convierte en un animal doméstico – en una ancilla -, y los docentes que se proponen hacer filosofía y teología sin cortapisas duran poco tiempo al frente de la cátedra; se prefiere la cómoda ideología que asiente ante las voces de la ortodoxia y usurpa el nombre de filosofía. Los más extremistas entre los fundamentalistas religiosos consideran incluso que "el diablo se esconde en apariencias y tal vez todos estos discursos acerca de la libertad y liberacion sean eso". Nuestro conservadurismo local desespera de la crítica – la percibe desestabilizadora – y no es capaz ni siquiera de emular pálidamente el sarcasmo de Aristófanes (el sarcasmo requiere audacia y libertad). Cuando leen Antígona, están inmediatamente del lado de Creonte; cuando leen Un mundo feliz, Mustafá Mond les parece un funcionario responsable, un celoso guardián de la doctrina correcta.

Con todo, el oficio de Aristófanes difiere del trabajo de los conservadores peruanos. Las Nubes busca rescatar los valores de la Atenas tradicional ("arrasadora de ciudades", según el texto), se remiten a un ethos que existía parcialmente, definiéndose en tensión con las nuevas ideas. Los ultramontanos religiosos pretenden apartarse de los desarrollos del Concilio Vaticano II apelando a una Iglesia que se proyecta hacia un pasado remoto. Por eso, algunos reaccionarios no ocultan sus simpatías con Lefebvre. Los conservadores políticos lo tienen más fácil, porque el anhelo de "orden y autoridad" atraviesa toda nuestra historia política. Es cierto que los más extravagantes no se sienten satisfechos con el "autoritarismo pragmático-intuitivo" que impera en nuestra "clase política": algunos se remiten a una visión idealizada de la colonia, otros incluso sueñan con el retorno del antiguo Régimen europeo. Como saben que ese retorno es imposible en la práctica - sólo es posible como objeto de "re-cuerdo" o de nostalgia - no dudan en comprometerse con entusiasmo con los proyectos autoritarios existentes, menos sofisticados, pero igualmente brutales represores de las libertades. El vínculo entre el fujimorismo y la rancia intelectualidad de ultraderecha autodenominada "reaccionaria" (y pomposamente descrita como la "nueva derecha" ) es prueba de ello: algunos ultramontanos asumieron carteras ministeriales y otros puestos en el Congreso del funesto fujimorato, como se recuerda. Otros paleoconservadores aplaudieron desde las butacas, pero apoyaron con entusiasmo (salvo alguna solitaria excepción) ese régimen funesto.

Promover el socratismo metodológico - pues a eso me refiero, pensando en parte en lo propuesto por Nussbaum y Murdoch, e incluso por Appiah - exige ir contra la corriente. Aquí en mayor medida. Combatir las tradiciones autoritarias que aun nos circundan, no sólo sus versiones "aristocráticas", sino también sus variantes realmente existentes en la vida pública (presente en la extrema derecha, pero también en la extrema izquierda, no lo olvidemos). No obstante, el trabajo crítico constituye un modo de vida con el que merece la pena comprometerse. El tábano no debe dejar de picar, por el bien de la ciudad.



[1] Platón, Apología 38ª
[2] Aristófanes, Nubes 1039-40