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lunes, 27 de agosto de 2012

EL "OLVIDO DE LA HUIDA" Y SUS EFECTOS *







Gonzalo Gamio Gehri

Existe una clara vocación en parte de la “clase dirigente” por obstaculizar la reconstrucción de la memoria en el Perú. No sólo se pretende empañar el esfuerzo por construir una narración general en torno a los años de la violencia – cuya expresión es el Informe Final -; se procura bloquear el debate en torno a la validez, proyección y eventual corrección de dicho relato. Incluso se puede sostener que los grupos de interés político y mediático que aspiran a minar la credibilidad del trabajo de la CVR ni siquiera se proponen producir una “memoria alternativa” del conflicto. No han elaborado investigaciones sobre el tema, les basta con la mera diatriba, con la columna de opinión. Diríase que consideran el silencio y el olvido como las disposiciones más convenientes frente al período de violencia interna.

Por supuesto, el olvido es una opción – incluso un derecho - para la víctima. Quien ha sufrido puede decidir mirar con otros ojos el pasado, afrontar un proceso de duelo y continuar con la vida. La acción de la justicia busca sancionar a los perpetradores y reparar a las víctimas, de modo que se les restituya a éstas la condición de ciudadanos; luego del trabajo de la justicia, la víctima puede escoger olvidar. Se trata de un “olvido relativo”, pues no se suprime el recuerdo, sólo se transforma el punto de vista frente al pasado. La víctima puede incluso elegir perdonar al agresor; se trata de una gracia que sólo puede ser otorgada por ella, una disposición que implica observar las propias vivencias sin el dolor y el encono de otros tiempos. Paul Ricoeur contrasta esta experiencia con aquella que describe como el “olvido de la huida”, el esfuerzo por cerrar los ojos frente a lo vivido, negar los hechos injustos, mirar hacia otro lado. Esta forma de olvido  “consiste en no querer ver, no querer tener noticia de algo”[1]. En la venerable tradición de Esquilo y Sófocles, podríamos describir este fenómeno como ceguera voluntaria. Esta actitud frente a la injusticia corresponde al ciudadano que peca por omisión, desatendiendo el clamor de las víctimas, y a los actores políticos que buscan imponer “políticas de silencio”.

Estas políticas a menudo están asociadas con propuestas de amnistía. Esta figura legal – que comúnmente es planteada en virtud de una iniciativa del Congreso o del Ejecutivo – implica suspender los procesos judiciales de los autores de crímenes contra los derechos humanos y anular las condenas en esta materia. Supone, además, decretar “olvido” respecto de esta clase de delitos (de allí su nombre). Se trata de una medida que pretende garantizar impunidad para los perpetradores; por ello, la legislación internacional en derechos humanos rechaza sistemáticamente este tipo de mecanismos. A través de la amnistía, el Estado usurpa la exclusiva potestad de la víctima de perdonar al agresor, y de contemplar el daño padecido con nuevos ojos. Por lo general, los políticos plantean la amnistía como un mecanismo que busca lograr la tan ansiada “reconciliación nacional” – concebida ad hoc como desvinculada de la verdad y la justicia -; no obstante, estas iniciativas distorsionan gravemente el concepto de perdón y el proceso mismo de reconciliación. No es posible regenerar el tejido social dañado sobre la base de la supresión de la memoria y la suspensión de la acción de la justicia.

A lo largo de las dos últimas décadas, el discurso político conservador ha invocado en más de una oportunidad la figura del olvido legal como una salida posible frente a la judicialización de casos de violaciones de derechos humanos cometidas por efectivos del Estado. Sin embargo, el argumento contra la memoria y a favor de políticas de “punto final” ha sido planteado recientemente desde el otro extremo del espectro ideológico. En efecto, el MOVADEF – organismo de fachada del grupo terrorista  Sendero Luminoso – ha propuesto una suerte de “amnistía general” para todos los protagonistas del conflicto armado.  Esta facción pretende recurrir, para justificar su posición – de una manera a todas luces artificial y exclusivamente instrumental –, a las reglas de la democracia que procuró dinamitar. En este caso, los extremos ideológicos parecen tocarse. Esta cuestionable  iniciativa ha sido rotundamente rechazada en diversos espacios de opinión pública, y la ciudadanía ha observado con especial preocupación cómo esta agrupación cuenta con numerosos militantes jóvenes.

Estas circunstancias ponen de manifiesto la importancia ética y política de la recuperación pública de la memoria como una condición esencial para la construcción de una genuina sociedad democrática, una sociedad cuya ciudadanía pueda desestimar con firmeza  los cantos de sirena de la violencia como posible  “método” para resolver conflictos humanos. Conocer la gravedad de los hechos ocurridos durante el conflicto armado interno permitiría a los peruanos reconocer los efectos funestos del fundamentalismo en cuestiones ideológicas. La ignorancia frente al más cruento de los conflictos de la historia del Perú, en contraste, deja a nuestros jóvenes en una situación de vulnerabilidad frente a propuestas ideológicas proclives a recurrir a la violencia o a negociar impunidades para lograr sus propósitos. Esclarecer el pasado constituye una estrategia pedagógica eficaz para combatir las múltiples formas de irracionalismo político que todavía amenazan nuestras instituciones.





Este es un adelanto de un ensayo que saldrá publicado en el siguiente número de Páginas.

[1]  Ricoeur, Paul “El olvido en el horizonte de la prescripción” en: Varios Autores ¿Por Qué recordar? Op. Cit., p. 74.

viernes, 24 de agosto de 2012

LA MEMORIA BLOQUEADA. DELIBERACIÓN PÚBLICA Y POLÍTICAS CONTRA EL OLVIDO *





Gonzalo Gamio Gehri

El trabajo de la memoria puede verse bloqueado por agentes externos[1]. En los espacios políticos, esta situación se torna particularmente dramática en los procesos de la llamada `justicia transicional’, la clase de proyectos de acción pública que se ponen en ejercicio en situaciones en las que una sociedad afronta el reto – luego de pasar por un período de violencia o de suspensión del orden constitucional y habiendo recuperado la democracia o la paz – de esclarecer lo sucedido en los tiempos de conflicto armado y autoritarismo, con el fin de establecer responsabilidades y tomar medidas legales y políticas para que las lesiones de la ley y la violación de los derechos de las personas no se repita en el futuro. Hacer memoria en esta perspectiva pública - pensemos en el trabajo de las comisiones de la verdad que han actuado en las últimas décadas - implica la composición crítica de una narración amplia que recoja estrictamente las narraciones de las víctimas como una fuente crucial de su investigación, a la vez que aspira a dilucidar el período de conflicto a la luz de una interpretación crítica de sus causas y secuelas. Examinar el pasado puede convertirse en una práctica irritante o peligrosa a juicio de quienes ocuparon posiciones de poder en los años de conflicto (la situación se agrava seriamente si estos actores preservan tales posiciones de poder en estas etapas de reconstrucción institucional). Indagar sobre la verdad de lo ocurrido puede exigirnos nadar decididamente  a contracorriente.

 En el Perú, la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) elaboró un extenso y riguroso Informe Final que procura dar cuenta de la tragedia vivida durante el conflicto armado interno entre 1980 y 2000. La Comisión recabó el testimonio de cerca de diecisiete mil personas, protagonistas del conflicto o afectados por él. Además de aportar un estudio interdisciplinario sobre la violencia y la desigualdad en nuestra sociedad, el documento ha planteado un conjunto de recomendaciones y reformas institucionales para ejercer la justicia, reparar a las víctimas y lograr la reconciliación, la posibilidad a futuro de reconstruir los vínculos sociales dañados durante aquellos años. El Informe sindica a las organizaciones terroristas como los principales perpetradores de crímenes contra la vida y la dignidad de las personas, y ha señalado que “en ciertos períodos y lugares”, las fuerzas armadas y policiales incurrieron en “una práctica sistemática o generalizada de violaciones de los Derechos Humanos”[2]. El texto pone en evidencia la penosa ausencia del Estado en las zonas que constituyeron el epicentro de la violencia, así como señala la indolencia de un sector importante de la autodenominada “clase dirigente” frente al sufrimiento de las víctimas.

La CVR entregó al país un estudio fidedigno pero perfectible acerca del conflicto armado, así como una propuesta razonable acerca de cómo establecer garantías de no repetición. No se propuso cerrar la discusión sobre nuestras responsabilidades frente al proceso de violencia, si no propiciarla; el Informe Final fue postulado como un documento para ser examinado y debatido en los foros públicos del Estado y de la sociedad civil, con el fin de lograr un acercamiento mayor a la verdad de lo ocurrido en aquellas dos décadas. Siempre será posible recoger nuevos testimonios, contrastar nuevas interpretaciones y argumentos que permitan reconstruir los hechos y afinar nuestras políticas de justicia y reparación. La recuperación de la memoria es una actividad pública que implica el trabajo de la deliberación cívica tanto como la investigación de los especialistas. En este sentido, el Informe fue concebido como un punto de partida para un debate mayor acerca de los años de la violencia y las posibles lecciones que podemos extraer de esta dolorosa experiencia para construir una genuina sociedad democrática y cimentar una auténtica cultura de paz entre nosotros. Por desgracia, la considerable resistencia que ejerce buena parte de nuestros políticos en actividad contra la posibilidad misma de plantear una discusión abierta sobre la memoria del conflicto – una actitud que cuenta con el respaldo de un importante sector de la prensa, de la empresa privada, e incluso de una facción de la jerarquía eclesiástica – ha debilitado significativamente esta iniciativa.

El horizonte de enunciación de los propósitos planteados en el Informe final de la CVR (y en general, en el caso de cualquier proyecto ético – político asociado a los procesos de justicia transicional) es el de la cultura de los derechos humanos, sostenida sobre la idea de que los individuos son fines y no exclusivamente medios, titulares de derechos inalienables que no son susceptibles de negociación. La valoración y protección de tales derechos – más allá del género, cultura, clase, preferencia sexual o la condición legal de las personas que los invocan – constituye el presupuesto básico de una sociedad democrática. No obstante, el discurso de los derechos humanos ha sido sindicado erróneamente por los medios de prensa y los grupos políticos de extrema derecha en el Perú como un elemento del imaginario ideológico izquierdista. La agenda de la transición, así como la propia acción de las organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos, han sido identificadas como una expresión de esta clase de ideario político. Los fujimoristas, por ejemplo, se han esforzado por convertir las políticas transicionales en materia de lucha contra la corrupción y recuperación de la memoria histórica en presuntas “estrategias de persecución”, y así, construir una especie de “mística partidaria de resistencia” entre sus adeptos[3].  En los años del gobierno aprista el oficialismo, por su parte, intentó bloquear toda iniciativa dirigida a incorporar en los textos escolares el estudio del proceso de violencia vivido y las rutas posibles de una reconciliación nacional fundada en el ejercicio de la justicia. Se ha edificado en estas canteras una suerte de “sentido común conservador” que tacha de “inconveniente” o  de “perniciosa” la tarea de esclarecer lo sucedido durante el conflicto armado interno y plantear políticas concretas en esta materia.





Este es un adelanto de un ensayo que saldrá publicado en el siguiente número de Páginas.
[1] En el caso de la vida individual, la memoria puede verse bloqueada por causas “internas”, como plantea el psicoanálisis. Sin embargo, esta posibilidad no es tema de este breve artículo.
[2] Comisión de la Verdad y Reconciliación, Informe Final (Tomo I) Lima, UNMSM – PUCP 2004  p. 30.
[3] Sobre este tema de la particular mística fujimorista y su lectura de la transición consúltese Navarro Ángeles, Melissa “Tras el líder. Oportunidades de un partido personalista para lograr la continuidad luego del alejamiento del líder fundacional: el caso del fujimorismo” en: Politai Año 2 Nº 3 pp. 139 – 148.