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jueves, 24 de julio de 2008

"FICCIONES" QUE VALEN LA PENA




CONSIDERACIONES ÉTICAS


Gonzalo Gamio Gehri


En esta oportunidad quisiera decir algo acerca del potencial moral de las ficciones. Para ello, contaré una anécdota que motiva esta reflexión. Tengo el honor de participar en un Seminario de Cultura Política organizado por la Red de Ciencias Sociales – un espacio interdisciplinario que convoca a sociólogos, estudiosos de la cultura, críticos literarios, psicoanalistas, e historiadores de Lima y del interior del país. Soy el único filósofo que asiste al seminario este año. Se trata de un foro en el que un grupo de profesores dialogan sobre textos de especialistas en materia de cultura política, con el objeto de construir juntos una aproximación multidimensional y rigurosa a esta importante cuestión. Tengo el privilegio de participar en este seminario junto a académicos como Gonzalo Portocarrero, Romeo Grompone, Rocío Silva Santisteban, María Luisa Remy, entre otros. El debate allí siempre es iluminador y provechoso para la investigación.

Hace unas cuantas semanas examinamos un texto del extraordinario antropólogo indio, Partha Chaterjee titulado “La política de los gobernados”, una sección de su libro. La nación en tiempo hetegoréneo . Allí, el autor establece una distinción importante entre el comportamiento de los “pobladores” – personas que actúan en conjunto buscando la supervivencia o la satisfacción de ciertas necesidades básicas, a menudo a través de medios extraños a la legalidad – y el comportamiento de los “ciudadanos”, individuos cuya acción supone la observancia de los principios del Estado de Derecho, el ejercicio de la libertad y el acceso al bienestar. Los primeros enmarcan sus prácticas en los escenarios de la “sociedad política” – considero el uso de la expresión poco feliz, dado que por deformación profesional la asocio con la antigua pólis -, los segundos forman parte de la “sociedad civil”. Los “ciudadanos” gozan, al menos parcialmente, los bienes de la modernidad; los “pobladores” conforman redes familiares y tribales típicamente premodernas, pero aspiran a ingresar al mundo social específicamente moderno: sus estrategias paralegales los llevan a “ampliar libertades y capacidades”, para luego incluso formalizar su condición de consumidores, contribuyentes y ciudadanos (en ese orden, de acuerdo con el autor). Chaterjee describe la historia de una colonia ferroviaria, un grupo de personas que “invade” el perímetro de las vías del tren para habitarlo (lo cual estaba explícitamente prohibido por las leyes locales). Cuenta cómo los habitantes del lugar roban luz eléctrica, para - luego de unos años - convertirse finalmente en los usuarios formales de este servicio. Narra cómo en un inicio los habitantes de esta colonia aceptaron el liderazgo de representantes corruptos a causa de la “eficacia” en el logro de la preservación de la colonia. Se trata, en efecto, de un texto muy interesante, que examina una realidad no completamente diferente a la del Perú actual.

En fin. Se abre la discusión. Pide la palabra un joven sociólogo, bastante impetuoso en sus intervenciones, según pude constatar en otras sesiones del seminario (de hecho, me lo imagino en un futuro cercano en la arena política, defendiendo con firmeza y vehemencia causas nobles y justas). Sostuvo que la gente de la colonia ferroviara y - más allá de ésta - los usuarios de la "sociedad política" se había hastiado ya de la “ficción de la igualdad”, y había decidido luchar por resolver sus propios problemas.

El silencio que siguió a su intervención me permitió examinar con algún cuidado los efectos de estas frases tan contundentes y aceleradas. Percibí la incomodidad de todos los críticos literarios presentes en la reunión, pero también – para mi desconcierto - los sutiles gestos de aprobación de la mayoría de los científicos sociales (con notables excepciones, como es el caso de Gonzalo Portocarrero, un célebre sociólogo y catedrático de la PUCP - y formidable escritor de importantes libros sobre el Perú -, un intelectual interesado en el análisis cultural, el arte y la literatura).

Entonces fui yo el que pidió intervenir. Dije que, en principio, había que tener mucho cuidado con las ficciones, particularmente con las que son valiosas y provechosas para la vida de las personas y para la existencia de instituciones justas. En efecto, la igualdad no “existe” en el sentido en que “existen” los electrones, los pingüinos y los arrecifes (desde luego, soy partidario de un concepto de realidad mucho más amplio que el de mi interlocutor, que parecía referirse únicamente a los "hechos" que podemos 'verificar' a tarvés de los sentidos) . Si nos referimos a la igualdad en un sentido monolítico y empírico, entonces lo que salta a la vista son las diferencias más elementales. Sin embargo, de lo que se trata en los asuntos políticos, por un lado, es vindicar la igualdad civil, y luchar contra las formas de desigualdad socioeconómica y las formas de discriminación que destruyen la ciudadanía y la propia comunidad. La igualdad civil puede ser una "ficción", pero es una "ficción" útil en tanto posee fuerza normativa, esto es, nos ofrece una imagen ético-política acerca de cómo podríamos vivir en sociedad. Nos plantea la posibilidad de que las cosas sean de otra manera, bosqueja un retrato alternativo - y posible - del mundo y de nuestras propias vidas. Esta imagen no sólo inspira nuestro pensamiento, sino nos mueve a cuestionar y denunciar la precaria realidad en la que imperan la desigualdad y la discriminación. Es en esa línea de reflexión que el arte y la literatura han cumplido un rol fundamental en la crítica de las realidades injustas.

Hace un par de siglos – incluso menos – la abolición de la esclavitud como institución constituía una mera utopía; hoy es una realidad, ningún Estado moderno tolera la esclavitud, ninguna comunidad civilizada la admite como parte de sus prácticas. Esta clase de "ficciones" tiene una dimensión radicalmente orientadora de la acción, incluso transformadora en el nivel de las estructuras sociales y las mentalidades. Culminé mi intervención señalando que el primero en sostener el valor normativo de la igualdad era el propio Partha Chaterjee , quien – en el texto que precisamente estábamos discutiendo – sostiene que los pobladores aspiran lograr la inclusión en la esfera de la ciudadanía igualitaria y la propiedad, y no han desechado la opción de lograr participar de la sociedad civil. Lo que buscan es la “ampliación de libertades y capacidades”. Justamente se asocian y actúan – a veces sin seguir las reglas oficiales – porque son conscientes de que sus derechos no están siendo satisfechos, y aspiran a que se les respete y reconozca como ciudadanos. Gonzalo Portocarrero intervino apoyando mi posición, señalando que la lógica de la sociedad civil – su dimensión participativa y deliberativa – constituía un elemento fundamental para la política, tan importante como la movilización. A su juicio –y estoy completamente de acuerdo con él en este punto – no debíamos dejar de lado tan rápido ese elemento cívico y discursivo.

Este peculiar intercambio de argumentos con el joven sociólogo me dejó pensando largo rato sobre el tema, más allá del final de la sesión del seminario. No puedo negar que me dejó preocupado. Aparentemente, cierta facción de los especialistas en ciencias sociales – aquella facción que no acusa mayor influencia del psicoanálisis, la hermenéutica, los estudios culturales o las filosofías postmodernas – aun es presa de cierto “sentido común positivista” que considera que es posible tener los “hechos” ante los ojos, “realidades” desnudas”, aisladas de cualquier conexión hermenéutica con horizontes de valor o categorías y conceptos que puedan otorgarle sentido. Esta suerte de ingenuidad epistemológica a veces converge bastante bien con un pathos político de (remoto) origen marxista, a la luz del cual la igualdad, la ciudadanía, la sociedad civil son expresiones de la “superestructura”, emeras manaciones etéreas de la “verdadera realidad” la de los modos de producción y sus conflictos. Este “positivismo Light con condimentos de vanguardia política” – a pesar de sus clamorosas deficiencias conceptuales – todavía tiene sus suscriptores.

Lo curioso del caso es que mi interlocutor no parecía reparar en el siguiente problema conceptual, nada sencillo de resolver: se seguía de su discurso "realista" y "sólidamente aterrizado" que debíamos prescindir de las “ficciones” – eso es lo que parecía sugerir -; sin embargo, de hacerse efectiva esta prescindencia (anuladas las “ficciones morales” como la igualdad, la libertad o el bien) ¿Cómo sería posible rescatar la prédica ‘progresista’ o 'emancipatoria' - su energía crítica, su razonabilidad, su fuerza movilizadora -, que sin duda él mismo valora? ¿Desde dónde podríamos erigirla como discurso de transformación social?

Borges solía decir que la filosofía era una rama sofisticada de la literatura de ficción. No sé si estaba en lo cierto, pero - aunque así fuera - ella constituye una disciplina que resulta útil para procurar purificar el pensamiento de malos entendidos e inconsistencias como las que afloraron en esa breve discusión sobre la relevancia práctica de las ficciones.