domingo, 20 de diciembre de 2015

OTRO ENSAYO SOBRE RELIGIÓN Y POLÍTICA





Gonzalo Gamio Gehri


En estos últimos días ha sido publicado el último volumen de los Cuadernos de Ética y Filosofía Política,  en el que aparece un texto mío denominado ¿Qué es un Estado laico?, que profundiza  en el tema de la secularidad política y la neutralidad estatal en cuestiones religiosas. Se trata de una defensa de la laicidad en sentido liberal, y una crítica de la ambigua tesis de una “laicidad positiva”. El artículo tiene una parte conceptual y otra centrada en el caso peruano, en el nivel de la crítica de algunas tradiciones locales. Hace un tiempo que estoy dedicado a examinar estoy temas, así que he estado publicando varias cosas sobre las concepciones y desafíos que se plantean a una sociedad pluralista en estos asuntos de religión y política.


lunes, 7 de diciembre de 2015

SIN AUTONOMÍA NO EXISTE CIUDADANÍA. APUNTES ACERCA DE UNA DISCUSIÓN INCONCLUSA





Gonzalo Gamio Gehri


Hace una semana, participé en un conversatorio organizado por la UARM y por CEPLAN sobre las perspectivas en torno a la sociedad y el Estado peruano para el 2030. Un evento interesante que congregó a académicos y a funcionarios públicos. Un equipo de CEPLAN expuso los lineamientos de una investigación rigurosa y aguda que despertó interrogantes y buenos comentarios. No voy a revelar detalles del mismo, sólo destacar un tema que motivó mi intervención.

Entre los múltiples puntos que generaron mis comentarios – la mayoría altamente positivos, pues se trataba, repito, de un buen trabajo -, llamaba la atención de la alusión en el documento a términos discutibles como “valores” y “antivalores”. Planteé que estos términos provenían de una versión autoritaria de la pedagogía moral, que reducía la ética al asunto de la inculcación y aplicación de los “grandes valores”, cuyo examen racional se convertía en una tarea de segundo orden. Contrapuse a esa versión conservadora la propuesta de una “ética de la deliberación” centrada en la formación de la razón práctica, el discernimiento de los principios, argumentos y hábitos emocionales que requiere cualquier visión de la rectitud y de una vida plena. Esquilo, Sófocles y Sócrates están entre sus cultores clásicos, entre los modernos – con sus elementos propios -, están Kant y Fichte, quienes desarrollaron la idea ilustrada de “autonomía”; en la actualidad, evoqué la preocupación de Sen y Nussbaum por el cultivo de la capacidad de “agencia” o de “razón práctica”. Más allá de la discusión terminológica, no se puede negar que existen vínculos poderosos de continuidad entre la idea de discernimiento, vida examinada, autonomía y agencia. Se trata de determinaciones de la idea concreta de libertad personal.

Argumenté que, si lo que buscábamos para el Perú rumbo al Bicentenario es la formación de ciudadanos con juicio propio y capacidad de vigilancia del poder, necesitábamos promover una “ética del discernimiento”, basada en la autonomía pública y privada, en el ejercicio de la razón práctica. Se trata, como digo,  de formas fundamentales de libertad. De lo contrario, podríamos permanecer sumergidos en las redes de tutelaje que sólo producen súbditos que anhelan asumir una “doctrina verdadera” y aderezar el festín del caudillo que prometiese “mano dura”, una vez más. Esta idea supone una propuesta educativa que intenta convertir la escuela en un espacio democrático.

Me sorprendió la reacción de un connotado psicólogo social que reaccionó frente a mis palabras defendiendo la “educación en valores”. Su argumento era que “estaba demostrado” – en realidad, no acompañó esta aseveración con material alguno – de que la “ética de la deliberación” era ajena a nuestra “idiosincrasia”, y que la “autonomía” y la “competencia” eran “valores foráneos”, “anglosajones”, que no contribuían a la cohesión comunitaria. Los funcionarios  encargados señalaron que ya no había tiempo para discutir este punto (¡Pese a su gravedad!), y yo me quedé con varias cosas que decir, y, debo confesarlo, bastante sorprendido. Todavía lo estoy.

Me llama la atención que se sindique sin más la idea de “vida examinada” como exclusivamente occidental, no considerando en absoluto sus desarrollos en el pensamiento indio, chino, entre los mongoles y árabes. Resulta increíble asociar sesgadamente la “autonomía” con la “competencia”, soslayando la importancia de la autonomía pública como base de la cooperación social (Tocqueville, Mill, Dewey, Habermas y Rawls, para empezar). Es evidentemente falso identificar el principio de autonomía con el atomismo social. Pero más extraño aún me resultó que mi interlocutor no reconociese el carácter falaz de su argumento. Supongamos que la idea de autonomía fuese  originalmente “anglosajona” (que no lo es); eso no la convierte en socialmente fragmentadora, o defectuosa, o en impertinente. Incluso si fuese foránea ello no compromete su validez, o su relevancia para la ciudadanía democrática. La “tradición autoritaria” ha estado presente en diversos episodios de nuestra historia, y encontramos diversas razones para juzgarla funesta e injusta. 

Espero encontrar el contexto en el que esta discusión pueda formularse como se debe, dada su significación. Dedicar más tiempo a escribir sobre este asunto. Me quedé pensando que a menudo muchos de nuestros académicos son condescendientes con diversas especies de tutelaje, acaso sin reparar en el profundo daño que ese modo de vida – público y privado – genera en nosotros. Aún me llama la atención la “naturalidad” de la réplica, como si se invisibilizaran sin más las formas de opresión y servidumbre que genera la erosión de la idea y la valoración crítica de la libertad. No ver este asunto como problemático resulta sumamente extraño.

jueves, 3 de diciembre de 2015

LA IMPORTANCIA DE LA SOCIEDAD CIVIL










Gonzalo GamioGehri

Conocida es la definición aristotélica del ciudadano como aquel que gobierna y a la vez es gobernado[1]. El ciudadano participa de la práctica del poder en la medida en que interviene en la elección de las autoridades y en tanto se compromete en el proceso de deliberación en el espacio común. El autogobierno es la condición de la ciudadanía en una pólis genuinamente libre.

El mundo moderno ha producido sociedades más extensas y complejas, que dificultan el ejercicio de la política en el preciso sentido en el que lo comprendían los antiguos atenienses. El trabajo se ha convertido en una actividad que rivaliza con la política como práctica constitutiva de una vida lograda. El mercado convoca tanto a las personas como el espacio público. Para quienes encuentran en el quehacer político el trasfondo de una peculiar vocación, la participación política exige intervenir en calidad de funcionario público o como militante de un partido político. Cabe preguntarse qué alternativastiene el ciudadano independiente si se propone actuar como un agente político en el citado registro clásico. El dilema que los agentes deben afrontar consiste en encontrar otros espacios de acción cívica, o en renunciar a ejercitar el poder, más allá del acto de votar cada cierto tiempo.

La sociedad civil reúne un conjunto de espacios abiertos a la deliberación de los ciudadanos en torno a temas de interés público. Se trata de instituciones intermedias – situadas entre los individuos y el Estado – que se constituyen como lugares para la construcción de opinión pública y la vigilancia del uso del poder gubernamental y parlamentario. Desde sus fueros se discute la pertinencia de determinadas leyes e instituciones, así como se evalúa la posibilidad de incorporar en la agenda política ciertos temas que preocupan a los miembros de la comunidad. Las universidades, los colegios profesionales, las Organizaciones No Gubernamentales, los sindicatos, las asociaciones religiosas, y otras instituciones forman parte de la sociedad civil.Se trata de foros desde los que puede pensarse la sociedad y sus problemas, así como discernir caminos posibles para la acción común. Causas relevantes para la vida social como la defensa de los derechos humanos, el cuidado del ecosistema o la promoción de una pedagogía intercultural en el país han sido discutidas y cultivadas desde la sociedad civil.

El sistema democrático requiere – para gozar de una buena salud - contar con partidos políticos sólidos, pero también necesita el concurso de una sociedad civil organizada. Los agentes no actúan desde esas instituciones sociales en calidad de representantes, sino como ciudadanos comprometidos con bienes comunes y con el cuidado de las libertades básicas. Ellos participan directamente en la discusión de asuntos de interés colectivo y se movilizan para hacer llegar sus propuestas e iniciativas a las instancias del Estado, o pedir cuentas a las autoridades elegidas en materia de su labor y responsabilidad pública. Los ciudadanos que actúan de esta forma no precisan de otra fuente de legitimidad que el estricto ejercicio de sus derechos.

Resulta evidente que las organizaciones de la sociedad civil pueden enfrentar procesos de crisis y degradarse. Toda institución está expuesta a esa clase de peligros. Pensemos en algunos ejemplos. Las universidades pueden organizarse invocando una estructura meramente  empresarial y anteponer la búsqueda del lucro a la formación científica y así renunciar a sus propósitos internos. Las comunidades religiosas pueden prohibir a sus miembros el examen crítico de sus tradiciones e incitar a sus adeptos a asumir una perspectiva integrista. Los sindicatos y los colegios profesionales pueden corromperse y ser controlados por una cúpula inescrupulosa y violenta.  En todos esos casos, las organizaciones pierden su condición de ser foros de discernimiento colectivo. No obstante, ellas pueden prevenir estos males alentando las prácticas deliberativas como elemento básico de su funcionamiento, promoviendo la crítica y proyectando sus acciones hacia la comunidad política.La sociedad civil constituye un escenario privilegiado para el control democrático del poder. El autogobierno se convierte en una meta razonable de la vida pública en la medida en que logramos potenciar estos espacios intermedios como escenarios para la acción común.


(Aparecido hoy en la columna virtual La periferia es el centro del diario La República).



[1] Cfr. Política 1277b 10.

lunes, 30 de noviembre de 2015

UNA NUEVA PUBLICACIÓN SOBRE DEMOCRACIA LIBERAL, DIVERSIDAD Y ESTADO LAICO







Gonzalo Gamio Gehri



Ha aparecido en el volumen más reciente de los Cuadernos de Ética y filosofía política de la Asociación Peruana de Ética y Filosofía Política un texto mío titulado ¿Qué es un Estado laico?  Allí defiendo el concepto liberal de Estado laico y libertad religiosa,  en contra de la idea conservadora de una “laicidad positiva”. El documento discute el predicamento del Estado peruano y la sociedad frente a esta discusión. Se examina la discusión en la UNMSM en torno al uso de espacios de la Universidad para festejar la Navidad, una polémica que – a pesar de su carácter puntual – ha puesto de relieve las ideas de fondo sobre la relación entre la democracia y la “neutralidad” en materia religiosa.

jueves, 26 de noviembre de 2015

EL TEMOR A LOS GRISES, OTRA VEZ. UNA NOTA MÁS SOBRE EL “RELATIVISMO”





Gonzalo Gamio Gehri


Siempre me ha parecido que los conservadores locales han basado buena parte de sus consignas en falsos dilemas. En particular, en un falso dilema moral. O asumes una perspectiva moral definitiva e incorregible – generalmente religiosa – o incurres en el relativismo.  Richard J. Bernstein ha señalado que es común entre los espíritus animados por una vocación integrista suponer como válido el esquema “o esto o esto otro”, una oposición sin matices. El autor añade que, a pesar de que muchos de estos ideólogos rechazan en bloque la cultura moderna, comparten la “ansiedad cartesiana” por erradicar la duda de sus vidas.

Me llama la atención la obsesión que algunos de estos activistas tienen con el "relativismo". Casi nunca lo definen, pero presuntamente es la causa de todos los males de nuestro tiempo. Se traduce en incredulidad e “indiferentismo” (¿?), dicen. Lo curioso es que después de la acerada crítica platónica del pensamiento de Protágoras en el Teeteto, nadie afirma que “cada ser humano sea la medida de todas las cosas”.  De hecho, resulta obvio que el propio Protágoras no pensaba así, y que suscribía más bien una lectura antropomórfica (o “humanocéntrica”) del saber, por así decirlo. El sentido de las cosas es inmanente a nuestra radicalmente humana capacidad de interpretar o de concebir esas cosas. Todo saber es antropomórfico.  La figura de un “relativismo individual” parece ser una estratagema de Platón para ridiculizar al célebre sofista.

En un ensayo de 2007 he discutido en detalle en qué medida el relativismo constituye una etiqueta vacía. Aquí sólo hago un comentario general acerca de esas ideas. Nadie realmente asume las dos afirmaciones básicas del relativismo: a.- No existe forma alguna de parámetro moral que trascienda las percepciones, las preferencias  y las elecciones del individuo. Los valores que le otorgan significado a la vida son fruto exclusivo del arbitrio individual. b.- Nadie ‘tiene derecho’ a juzgar los valores de los demás o a intervenir en sus planes de vida sin el consentimiento de los involucrados. En la práctica, cuando alguien suscribe un modo de vida no está dispuesto a aceptar que “toda manera de vivir es igualmente válida”. Por lo general, está presto a debatir con quien descalifica su estilo de vida o lo cuestiona. Si está dispuesto a argumentar en favor de su elección, considera que existe un parámetro que trasciende las meras preferencias y percepciones. Argumentar implica ingresar a un espacio que trasciende el mero yo y su parecer. No hay aquí “relativismo”, en sentido estricto.

La acusación de “relativismo” funciona como una estrategia retórica para descalificar al rival en un debate ético y político. Si no compartes mis creencias (morales, religiosas o antropológicas) eres un relativista, así se presenta dicha estrategia en la polémica. Si un grupo de gente no piensa como yo o como nosotros – suelen decir – es porque vivimos una “crisis”, se ha desencadenado el “nihilismo”, etc. No se toman el trabajo de sustentar su visión de las cosas usando argumentos. Se remiten a una “edad de oro” en la que todos pensábamos igual, supuestamente antes de la modernidad.  El cuidado del pluralismo y la disposición a argumentar en el espacio público les parecen prácticas que le restan brillo a la única verdad. Eso también les suena a “relativismo”.

Por supuesto, la realidad es más compleja que lo que aquellos supuestos pretenden describir sin reconocer matices. Pensar la ética y la política con seriedad implica renunciar a esas groseras etiquetas. El respeto de la diversidad constituye un valor crucial en la cultura democrática. Debemos combatir el temor a los diversos tonos de gris.






miércoles, 18 de noviembre de 2015

EL INTEGRISMO Y LOS CRÍMENES DE ODIO





Gonzalo Gamio Gehri

Los sucesos del último 13 de Noviembre en París han conmovido al mundo entero. Un grupo de militantes del Estado Islámico abrieron fuego contra ciudadanos inocentes que sólo buscaban pasarla bien y en paz en la ciudad. Los terroristas actuaron con suma crueldad, enarbolando, una vez más, los estandartes de una ideología feroz que pretende hacerse pasar por una confesión religiosa. Aniquilar al otro por su origen cultural o geográfico, porque no comparte una herencia religiosa o un ideario político, constituye en sí mismo un acto criminal repudiable, contrario a la razón y a la sensibilidad humana más básica. Millones de ciudadanos han expresado su solidaridad con el pueblo francés y con las personas afectadas, y han condenado estas acciones con firmeza.

Es preciso no confundir la religión con el integrismo, aquella actitud que convierte ilegítimamente el propio credo – sea éste espiritual o secular - en la única visión de las cosas, en la suprema verdad que convierte a los demás sistemas de ideas en falsos y perversos, o en relatos parciales y paródicos de la realidad. Para quien cultiva el integrismo, quien piensa de otro modo no es un interlocutor válido con quien hay que dialogar; se trata de un hereje sumido en un error que hay que corregir, o se trata de un enemigo al que hay que combatir sin piedad. A los ojos de los integristas, la tolerancia y el cuidado del pluralismo son expresiones de debilidad moral o constituyen síntomas de un “relativismo” que les resulta inaceptable. El Islam es – si atendemos a sus textos, así como al legado de sus teólogos y de sus místicos – una religión basada en el amor y  en el cuidado compasivo del otro. El integrismo pervierte  sus raíces y trastoca irremediablemente sus valores. Haríamos mal en identificar las creencias de los musulmanes con la funesta prédica de odio y muerte que difunde el Estado islámico.

Es importante recordar esta distinción - crucial en términos éticos y culturales -, en la medida en que las reacciones frente a estos crímenes de odio podrían propiciar el fortalecimiento de las posiciones más duras y beligerantes en Europa. Los sectores ultraconservadores van a invocar un “espíritu de cruzada” que intentará hacer del Islam la mera encarnación del mal y que exhortará a los Estados occidentales a deshacerse de los refugiados de Siria que con tantas dificultades han acogido; ellos son en su mayoría personas que han arriesgado sus vidas para huir del terror. La tentación consistirá en  combatir el integrismo musulmán fortaleciendo la agenda del integrismo local, aquella ideología que sindica a los extranjeros como potenciales “delincuentes” y “terroristas”. Europa debe tener en cuenta que combatir al Estado islámico y al terrorismo internacional no debe implicar estigmatizar al Islam.

Es hora de actuar con firmeza y coraje contra el agresor, pero también con lucidez y sentido de justicia frente a quienes siendo ciudadanos inocentes, podrían ser víctimas de la discriminación y la violencia de quienes pueden obrar conforme a la lógica de una generalización malsana que convierte a todo musulmán o árabe en sospechoso de terrorismo. No debemos olvidar el legado pluralista de la cultura de los derechos humanos, que ha influido decisivamente en las democracias contemporáneas. Los terroristas pretenden “agudizar las contradicciones”, propiciar el imperio de la violencia; el Estado islámico se propone lograr que la comunidad internacional asuma esa misma vocación destructiva. Sin embargo, la represión indiscriminada es una tentación a la que no debemos ceder, pues tenemos un legado espiritual que defender, el de la Ilustración y su compromiso con la libertad, la igualdad y la fraternidad. Se trata de la herencia espiritual de Locke y Voltaire, un modo de pensar y de sentir que vale la pena asumir a toda prueba. No vaya a pasar que – como relata agudamente Borges en Deutsches Réquiem – acabemos reproduciendo la actitud que rechazamos en el otro, y que hemos jurado enfrentar en los múltiples escenarios de la vida.






jueves, 12 de noviembre de 2015

"DEMOCRACY, CULTURE, CATHOLICISM": UNA RECIENTE PUBLICACIÓN SOBRE FE Y MODERNIDAD POLÍTICA





Gonzalo Gamio Gehri


Acaba de ser publicado por Fordham University Press el libro  Democracy, Culture, Catholicism. Voices from tour continents, editado por Michael J. Schuck y John Crowley-Buck. El libro recoge las investigaciones de intelectuales provenientes de Estados Unidos, Lituania, Indonesia y Perú, que discuten acerca de la relevancia de las creencias católicas para el pensamiento y el cuidado de la democracia en el siglo XXI. Estos estudios fueron presentados originalmente en un Congreso celebrado en Roma en el año 2012, organizado por el Joan and Hill Center for the Catholical Intellectual Heritage de Loyola University. Por el Perú – a través de la Universidad Ruiz de Montoya – intervinimos Oscar Espinosa, Soledad Escalante, Jorge Aragón, Juan Carlos Díaz y quien escribe estas líneas.


En dicho volumen figura mi ensayo Catholicism and the Struggle for Memory. Reflections of Peru, una investigación filosófico-cultural en torno al debate generado al interior del sistema político peruano, la sociedad civil y la Iglesia católica en torno al conflicto armado interno durante la elaboración y la posterior publicación del Informe Final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR). El texto se centra en los puntos de vista de aquellos intelectuales y actores sociales que invocaban su filiación católica como un elemento importante para su participación en este intrincado debate. Se contrasta la posición de progresistas y conservadores frente al IF-CVR, de cara a los documentos eclesiales sobre temas de memoria, profecía, justicia y derechos humanos.

Iré comentando algunos ensayos del libro en futuros posts de este blog.